jueves, 30 de abril de 2020

PEPE CIBRIAN LEYENDO SU HOMENAJE A GARCÍA LORCA

DIALOGO FINAL ENTRE FEDERICO GARCIA LORCA Y UNO DE SUS ASESINOS


DIALOGO FINAL ENTRE FEDERICO GARCIA LORCA Y UNO DE SUS ASESINOS
AUTOR: PEPE CIBRIAN (fragmento de una obra de teatro)

FEDERICO
ME HUBIESE GUSTADO MORIR ENTRE MANOS MÁS AMENAS.
ESCUCHANDO SEVILLANAS O UN VERSO DE RAFAEL ALBERTI.
CANTANDO POR BULERIAS O EXTASIADO ANTE EL DOLOR
DE VER EL COLOR DE GOYA FUSILÁNDOME A MI SUERTE.

ME HUBIESE GUSTADO CERRAR LOS OJOS QUE HAY EN MI MENTE
CON IMÁGENES DE AMIGOS Y CON SONIDOS DE FUENTES,
QUE LOS MOROS ME TEJIERAN Y QUE YA LAS TENGO AUSENTES.

NO PODRÍA DAR YO MAS, PUES ESTOY POR DAR MI MUERTE.
MAS LA DARIA OTRA VEZ PARA ENTERRAR YO A MI MADRE
Y EVITARLE SOPORTAR EL ENTERRAR A SU VIENTRE.

NO PENSÉ MORIR ASÍ, TAN DESPROLIJO Y SIN GENTE.
TAN SOLITARIO EN MI ADIÓS ESTANDO EN MENTES PRESENTE.
¡QUE DOLOR LE HA DE CAUSAR A MIS AMIGOS
EL IGNORAR DE QUE FORMA FEDERICO, CAYÓ INERTE!

¿CÓMO MURIÓ?¿PASÓ FRIO?
¿DAÑARON SUS MANOS BLANCAS
O LO MATARON DORMIDO?
¿LO VIOLARON?
¿O MURIÓ COMO UN TORERO
DE ESOS, QUE ÉL AMÓ TANTO
CLAVADO POR BANDERILLAS
CON UN ESTOQUE EN SU FRENTE?

¡QUE RISA CAUSAN PREGUNTAS
QUE NADIE HA DE CONTESTARSE!

SI TE PREGUNTAN, TÚ CALLA.
NO DIGAS QUE ME HAS MATADO.
GUARDA EL SECRETO EN EL ALMA
Y EL SITIO DONDE LO HAS HECHO
SE PIERDA CON SU ROCÍO.

YA SÉ QUE NO HAS DE LLORARME,
PERO QUIÉN SABE, TAL VEZ,
UN DÍA TU HAS DE CUMPLIR TU DESEO… Y LEERME,
Y PODRAS DECIRTE A TI,
CON UN ORGULLO INDECENTE:
“¡HIJOPUTA! A ESTE TÍO LO MATÉ
Y NO ME NOMBRA EN SU MUERTE”.

Y SI POR CASUALIDAD UN DÍA POR AQUÍ PASAS.
YO NO TE PIDO... ¡DETENTE!
SIMPLEMENTE MIRA ALLÍ DONDE ESTARÉ, ENTERRADO INDIFERENTE,
Y PIENSA QUE ALGUNA VEZ TU CORRERÁS ESA SUERTE.

ASESINO
ES TARDE Y YA TENGO FRÍO.

FEDEDERICO
YO TAMBIÉN. ¿SERA ESTO FRIO
O LA ILUSIÓN DE PERDERTE?

ASESINO
NO TE ENTIENDO Y SON PALABRAS
QUE ME SUENAN MARICUELAS.
DICEN MIS GENERALES, Y DICE QUEIPO DE LLANO,
QUE ERES MARICA,
Y YO ACATO LO DICHO POR GENERALES
Y SOBRE TODO, LO DICHO POR QUEIPO DE LLANO.
PALABRAS DE UN MARICA, QUE NO SE SI SON PALABRAS.
EN POCO RATO TENDRÁ
ESPAÑA UN MARICÓN MENOS!!
¿QUIERES LO OJOS TAPADOS?

FEDEDERICO
PREFIERO ESTAR PRESENTE.

ASESINO
PARA QUE VEAS QUE SOY UN FALANGISTA DECENTE,
ANTE ESTE PELOTÓN, DEL CUAL SOLDADO SOY YO
ADEMÁS DE CAPITÁN, TE DOY A TI LA OCASIÓN
DE HABLAR ANTES QUE LLEGUE TU MUERTE.

FEDERICO
¿ME LA DAS?

ASESINO
HAZTE CON ELLA.

FEDERICO
¿SERÍAS TAL VEZ CAPAZ
DE GUARDAR LO QUE YO DIGA EN TU MENTE?

ASESINO
PIERDES TIEMPO.
VA A ACLARAR, Y A LAS DOS TENGO UN ALMUERZO
CON GENTE QUE ES MUY DECENTE. (PAUSA) ¡HABLA O TE PERFORO DE ADENTRO! ¡HABLA MARICA! MARICA… HABLA. ¡HABLA MARICA!

FEDERICO
(PAUSA. OBSERVA)

BATALLÓN DE MARIQUILLAS DE SOLDADOS QUE HAN VENIDO
A MARIQUILLEARME CON CIEN MARICAS PLOMIZOS
DE PÓLVORAS LOS MARICAS, Y DE MARICAS SUS TIROS.

MARICAS QUE HAN MANCILLADO
LAS FALANGES DE ALEJANDRO
USÁNDOLAS COMO SIMBOLO
SIN SABER QUE ERA UN MARICA.

Y MATAN COMO MARICAS
AL AMOR POR PERVERTIDO,
Y CIEGAN LOS OJOS NIÑOS
Y ASI NO VERAN MARICAS.

MARICAS QUE ME MARICAN
POR MARIQUEAR FANTASÍAS
QUE TILDAN DE MARICONAS
POR NO ENCONTRARLES SENTIDO.

PELOTONES MARIQUITAS
QUE DESTROZAN... ¡MARICONES!
EL CORAZON DE ESTE HOMBRE
CON DIGNIDAD DE MARICA.

¡TIREN AL CENTRO MARICA
QUE DIO A LUZ OBRAS MARICAS
Y TRATEN DE QUE AL HACERLO
ME OLVIDE UN MUNDO MARICA.

ACRIBILLEN MIS GENITALES
QUE A MARICAS ENDULZARON
Y AL HACERLO QUE ME EXPLOTEN
COMO FRUTILLAS... MARICAS.

QUE MI SANGRE REPRODUZCA
EN ESTE SUELO MARICA
FLORES DE COLORES NUEVOS
QUE LAS VERAN MIS MARICAS.

MARICA QUIEN ME HA APLAUDIDO
MARICA QUIEN ME HA LEIDO
MARICA QUIEN HA LUCHADO
CONTRA LAS HORDAS MARICAS
QUE BARBAREMENTE ROMPEN
LA BELLEZA DE UN MARICA.

MARICA EL DANTE Y SU MUNDO
Y CALDERON... UN MARICA
QUE ESCRIBIO QUE “TODO ES SUEÑO”
Y UN SUEÑO ES ACTO MARICA.

MARICAS LOS ENFERMEROS
POR SANAR LEPRAS MARICAS.
GALILEO, EL MAS MARICA,
POR PRETENDER VER REDONDO
UN MUNDO CUADRANGULADO
POR CUADRANGULOS MARICAS.

MARICA EL MEDICO A PALOS
Y MARICA SU ESCRIBANO,
¡MARICA PENICILINA
QUE SOLO CURAS MARICAS!

MARICA DON JUAN TENORIO
POR AMAR ÉL LO PROHIBIDO.
Y BEETHOVEN ¡GRAN MARICA!
QUE JUNTO A MANUEL DE FALLA
SE ATREVIERAN A DAR SONES
QUE POR SERLO SON MARICAS.

MARICA EL CRUCUFICADO
POR REDIMIR MARIQUITAS.
MARICA, MADRE, ¡MARICA!
POR HABERME TU PARIDO.

MARICA TAMBIEN MI PADRE
POR TENER SEMEN MARICA
Y MARICAS MIS ANCESTROS
POR ENGENDRARNOS MARICAS.

Y ASI... SUMANDO ... MARICAS...
VEREMOS QUE EN CADA TUMBA
DE HUMANIDADES MARICAS
SOLO YACEN ESQUELETOS.
ESQUELETOS DE MARICAS.


SE ESCUCHA UN TIRO

sábado, 25 de abril de 2020

Julio Cortázar
(1914-1984)


La autopista del sur
(Todos los fuegos el fuego, 1966)

Gli automobilisti accaldati sembrano nom avere
sotiria... Come realtà, un ingorgo automobilistico
impressiona ma nom ci dice gran che.

ARRIGO BENEDETTI, “L'Espresso”,
Roma, 21/6/1964


         Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros; detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por el retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los dos hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.
         A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo la sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupaba el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que le caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil—Essonnes se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.
         A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.
         No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataban el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.
         A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o caso todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban de otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.
         En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l'Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Cub se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Cub lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, trasmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Cub, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.
         En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Cub sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó el matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.
         Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto; sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos. Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.
         Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte: a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.
         A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres; nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los otros grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon—lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.
         Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
         Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon—lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.
         Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos, volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconveniente en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar, más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles; las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa; llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipajes del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. El le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.
         Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Se estableció una lista de prioridades, se distribuyeron los abrigos. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.
         Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio.
         Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaban a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lonas de la rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.
         Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.
         A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahidos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y la del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos estaban tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.
         Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición de Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de la provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaba a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como si triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas, Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía, Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó el auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.

viernes, 24 de abril de 2020

Algo de Eduardo Galeano

INTRODUCCION A LA HISTORIA DEL ARTE

  El escultor trabajaba en un taller inmenso, rodeado de niños. Todos los niños del barrio son sus
  amigos.
  Un buen día la alcaldía le encargo un gran caballo para una plaza de la ciudad. Un camión trajo al
   taller el bloque gigante de granito.   El escultor empezó a trabajarlo, subido a una escalera, a golpes
   de martillo y cincel.  Los niños lo miraban hacer.
   Entonces los niños partieron de vacaciones, rumbo a las montañas o el mar.
   Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado.
   Y uno de los niños, con los ojos muy abiertos, le preguntó:
    -Pero...¿Como sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?


 EL ORIGEN DEL MUNDO


    Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre
   las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel,
   buscaba trabajo.  En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo.  Todos le ponían
   mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda.  Con nadie se entendía, nadie lo escu-
   chaba.  El vino era el único amigo que le quedaba.  Por las noches, ante los platos vacíos, sopor-
   taba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria,  mientras el hijo, un
   niño pequeño le recitaba el catecismo.
     Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó.  Me lo con-
    tó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio.  Me lo contó: el era un niño desesperado que quería
    salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.
      -Pero papá- le dijo Josep, llorando.  Si Dios no existe quién hizo el mundo?
      -Tonto- dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto -Tonto- Al mundo lo hicimos nosotros, los
    albañiles.


  LA BUROCRACIA

      Sixto Martinez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.  En medio del patio de ese
    cuartel, había un banquito.  Junto al banquito un soldado hacía guardia..  Nadie sabía por que se
    hacía la guardia del banquito.  La guardia se hacía por que se hacía, noche y día, todas las noches,
    todos los días y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la
    obedecían.  Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó.  Si así se hacía, y siempre se había hecho,
    por algo sería.
      Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé que general o coronel, quiso conocer la orden orginal.
    Hubo que revolver a  fondo los archivos.  Y después de mucho hurgar, se supo.  Hacia treinta y un      años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que
    estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

GARCIA MARQUEZ



Ladrón de sábado

[Cuento - Texto completo.]
Gabriel García Márquez

Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.
FI









miércoles, 22 de abril de 2020

Varios de Walt Whitman  del libro Hojas de Hierba

 YO VI EN UN SUEÑO     
  Yo vi en un sueño una ciudad invencible a los ataques
  de todo el resto de la tierra.
  Soñe que era la ciudad nueva de los amigos
  Nada en ella era mas grande que la calidad del amor robusto:
  este superaba a todo lo demás,
  Se lo veía a todas horas en los actos de los hombres
  de aquella ciudad.
  Y  en todas sus miradas y palabras


  JUVENTUD, DIA,  ANCIANIDAD Y NOCHE

  Juventud amplia, vigorosa, tierna - juventud llena de gracia,
    fuerza, fascinación
 ¿Sabes que la ancianidad puede venir en pos de ti con igual
    gracia, fuerza, fascinación?

  Día florecido y espléndido - día del sol inmenso, acción
     ambición, risa,
  La noche va en pos de tí con millones de soles, y sueños y
     obscuridad reconfortante


   DESPUES DEL DESLUMBRAMIENTO DEL DIA

   Después del deslumbramiento del día
    Solo la obscura, obscura noche muestra a mis ojos las
       estrellas
   
   Después del estruendo del órgano majestuoso, o del coro
      o de la orquesta perfecta
    Silenciosa, a través de mi alma, vibra la verdadera sinfonía
 

La cuerda

 FICCIÓN TRADUCIDABLOG 
Un matrimonio en el campo, una discusión y una cuerda. Un cuento de la escritora texana Katherine Anne Porter (1890-1980), ganadora del premio Pulitzer, tomado de los Cuentos Completos (Debolsillo).
La cuerda
Por Katherine Anne Porter.
A los tres días de haberse instalado en el campo, él regresó del pueblo andando, con una cesta de provisiones y un rollo de cuerda de veintidós metros. Ella, secándose las manos en su delantal verde, salió a su encuentro. Tenía el pelo revuelto y la nariz escarlata por el sol; él le dijo que su aspecto ya era el de una campesina de toda la vida. A él se le pegaba al cuerpo la camisa de franela gris y tenía los pesados zapatos llenos de polvo. Ella le aseguró que parecía el personaje rural de una representación teatral.
¿Se había acordado del café? Ella había estado esperando durante todo el día el café. Habían olvidado comprarlo al hacer su encargo a la tienda el primer día.
¡Caramba, no, no lo había comprado! ¡Dios, tendría que volver!
Sí, si en ello le fuera la vida, sin duda regresaría, pero pensó que tenía todo lo demás. Ella le recordó que eso se debía únicamente a que él no bebía café. De lo contrario, lo hubiese recordado. Imaginaos que se quedase sin cigarrillos. Entonces ella vio la cuerda. ¿Para qué era? Pues bien, él pensaba que podía servir para tender ropa o algo. Y, naturalmente, ella le preguntó si creía que iban a poner una lavandería. Ya tenían una de quince metros colgada ante sus ojos. ¿De verdad que no se había dado cuenta? Para ella, afeaba el paisaje.
El comentó que una cuerda podía servir para un montón de cosas. Ella quiso saber para qué, que le diera un ejemplo. Él lo consideró unos segundos, pero no se le ocurrió nada. Podían esperar y ver, ¿no? Se necesita toda clase de chismes raros allí en el campo. Ella dijo que sí, que así era, pero que creía que justo en aquel momento, cuando cada centavo era valioso, parecía tonto comprar más cuerda. Eso era todo. No quería decir nada más. Al principio no había comprendido por qué él creía que era necesaria.
¡Ya está bien, diablos! La había comprado porque quería y basta. Ella pensó que esa era una razón suficiente y no podía entender por qué él no lo había dicho desde el principio. Indudablemente, serían útiles veintidós metros de cuerda. Aunque no le venía ninguna a la cabeza en ese momento, había cientos de utilidades. Desde luego. Como él había dicho, en el campo esas cosas siempre son necesarias.
Pero se sentía un tanto decepcionada con lo del café y, ¡oh, mira, mira, mira los huevos! ¡Oh, no, están todos rotos! ¿Qué les había puesto encima? ¿No sabía que no hay que poner peso alguno sobre los huevos? Chafar, quién los había chafado, quería saber él. ¡Qué tontería! Él, sencillamente, los había llevado en la cesta junto con las otras cosas. Si se habían roto, era culpa del hombre de la tienda. Aquel hombre debía saber mejor que nadie que no había que poner cosas pesadas encima de los huevos.
Ella creía que había sido la cuerda. Era lo más pesado del paquete. Lo había visto claramente cuando él llegaba de la tienda y la cuerda destacaba como un enorme envoltorio encima de todo. Él deseaba que el mundo entero diese fe de que eso no era cierto. Había cargado con la cuerda en una mano y con la cesta en la otra, ¿y de qué le servía a ella tener ojos si no era capaz de sacarles más provecho?
En cualquier caso, ella señaló que al menos una cosa estaba clara: no habría huevos para el desayuno. Y tendrían que hacer un revuelto para la cena. Era una verdadera desgracia. Había pensado hacer filetes para la cena. No había hielo, la carne no se podía guardar. Él quiso saber por qué ella no podía terminar de romper los huevos en un tazón y colocarlos en un lugar fresco.
¡Lugar fresco! Si era capaz de encontrarle uno, ella estaría encantada de ponerlos allí. Bien, entonces, a él le parecía perfectamente posible cocinar la carne al mismo tiempo que los huevos y luego calentarla al día siguiente. La idea sencillamente la escandalizó. Carne recalentada cuando podían muy bien comerla recién hecha. Sucedáneos, sobras e improvisaciones, ¡hasta con la carne! Él le frotó un poco la espalda. En realidad, no era tan importante, ¿no, querida? A veces, cuando estaban de buen humor, él le frotaba la espalda y ella se arqueaba y ronroneaba. Esa vez siseó y estuvo a punto de arañarlo. Él se disponía a decir que seguramente se podrían arreglar de alguna manera cuando ella se volvió y dijo que si le decía que se podrían arreglar de alguna manera, no dudaría en darle una bofetada.
Él se tragó esas palabras al rojo vivo y su cara ardió. Levantó la cuerda para colocarla en el estante más alto. Ella no quería tenerla en el estante más alto, donde colocaban frascos y latas; decididamente, no quería que estuviese ocupado por tantos metros de cuerda. Había soportado todo el desorden que era capaz de soportar en el piso de la ciudad; al menos, ahí había espacio y se proponía tener las cosas en orden.
Bien, en ese caso, él quería saber qué estaban haciendo el martillo y los clavos allí. Y por qué los había puesto allí cuando sabía muy bien que él necesitaba aquel martillo y aquellos clavos arriba para fijar los marcos de las ventanas. Ella no hacía más que retrasarlo todo y duplicar el trabajo con su insensata costumbre de cambiar las cosas de lugar y esconderlas.
Estaba segura de no haberle oído bien y, si hubiese tenido alguna razón para creer que él iba a fijar los marcos de las ventanas aquel verano, habría dejado el martillo y los clavos exactamente donde él los había puesto: en medio del suelo del dormitorio, para poder pisarlos bien en la oscuridad. Y ahora, si él no se llevaba aquello de allí, lo arrojaría todo al pozo.
¡Oh, de acuerdo, de acuerdo!… ¿Podría ponerlo en el armario? Desde luego que no, había escobas y fregonas y recogedores, ¿y por qué no podía encontrar un lugar para la cuerda fuera de su cocina? ¿No se había parado a pensar que había siete habitaciones dejadas de la mano de Dios en la casa y sólo una cocina?
Él quiso saber qué tenía que ver. ¿Y comprendía ella que estaba haciendo el ridículo? ¿Y por quién le tomaba? ¿Por un idiota de tres años? El problema era que ella necesitaba de alguien más débil para acosarlo y oprimirlo. Justo en aquel momento él deseaba desesperadamente tener un par de niños sobre los que ella pudiera descargarse. Quizá así conseguiría algún descanso.
Ante ese comentario, a ella se le mudó el rostro. Le recordó que había olvidado el café y comprado un inútil trozo de cuerda. Y cuando ella consideraba todas las cosas que en realidad necesitaban para que aquel sitio fuese siquiera decentemente adecuado para vivir bien, se echaba a llorar, eso era todo. Se la veía tan desamparada, tan perdida y desesperada, que él no podía creer que un simple trozo de cuerda fuera el causante de todo el jaleo. ¿Qué era lo que ocurría, por el amor de Dios?
Oh, ¿le haría él el favor de callarse y salir y quedarse fuera, si podía, durante cinco minutos? Claro, así lo haría. Si ella lo deseaba se quedaría fuera indefinidamente. Dios, sí, no había nada que él desease más que marcharse y no volver nunca. Ella no entendería en su vida qué le retenía entonces. Era una oportunidad estupenda. Ahí estaba ella, clavada, lejos de cualquier ferrocarril, con una casa medio vacía entre las manos, ni un centavo en el bolsillo y todo por hacer en el mundo; parecía el momento elegido por Dios para que él escapara de allí. Estaba sorprendida de que no se hubiera quedado en la ciudad, como de costumbre, hasta que ella hubiese salido y, después de que ella hubiera terminado con todo el trabajo, llegara él para hacer como que ponía las cosas en orden. Era su truco habitual.
Él tenía la impresión de que las cosas estaban yendo demasiado lejos. Saliéndose un tanto de madre, si a ella no le importaba que lo dijera así. ¿Por qué demonios se había quedado en la ciudad el verano anterior? Para hacer media docena de trabajos extras y conseguir el dinero que le había enviado. De eso se trataba. Ella sabía perfectamente que no podían haberlo hecho de otra manera. Aquella vez había estado de acuerdo con él. Y esa había sido la única ocasión en que le había dejado hacer las cosas por sí misma.
Oh, él podría contárselo a su bisabuela. Ella tenía cierta idea de lo que le había retenido en la ciudad. Mucho más que una idea, si él quería saberlo. ¿De modo que ella iba a remover otra vez todo aquello? Pues bien, podía pensar lo que quisiera. Estaba cansado de dar explicaciones. Quizá hubiese parecido ridículo, pero sencillamente había mordido el anzuelo y ¿qué más podía hacer? Era imposible creer que ella fuese a tomárselo en serio. Sí, sí, sabía qué pasaba con un hombre: si se le dejaba libre un minuto, con toda seguridad alguna mujer lo raptaría. ¡Y, naturalmente, él no podía herir sus sentimientos negándose!
Pues bien, ¿qué la enojaba? ¿Olvidaba que le había dicho que aquellas dos semanas sola en el campo habían sido las más felices en cuatro años? ¿Y cuánto tiempo llevaban casados cuando lo dijo? ¡De acuerdo, calla! Si creía que aquello no había sido un golpe bajo…
Ella no había querido decir que estuviese contenta porque él se encontrara lejos. Había querido decir que se había sentido feliz poniendo la maldita casa bonita y en condiciones para él. Eso era lo que había querido decir ¡y ahora, mira! Sacando a relucir algo que ella había dicho hacía un año, únicamente para justificarse por haber olvidado el café y roto los huevos y comprado un condenado trozo de cuerda que no podían permitirse comprar. En realidad pensó que ya era hora de abandonar el tema y que sólo quería dos cosas en el mundo. Quería que él sacara esa cuerda de debajo de sus pies y volviera al pueblo y consiguiera café y, si era capaz de recordarlo, trajera un estropajo de aluminio para las sartenes y dos barras más para cortinas y, si hubiese en el pueblo, guantes de goma, pues tenía las manos en carne viva, y una botella de leche de magnesia de la farmacia.
Él contempló el atardecer azul oscuro abrasador sobre las laderas de las colinas, se enjugó la frente, suspiró profundamente y dijo que, si ella fuese capaz de esperar tan sólo un minuto por alguna cosa, él volvería. Había dicho eso, ¿no?, justo en el momento en que se dieron cuenta de que lo había olvidado.
Oh, sí, de acuerdo… vete. Ella iba a limpiar las ventanas. ¡El campo era tan hermoso! Dudaba de que tuvieran un momento para disfrutarlo. Él se refería a marcharse, pero ni siquiera se atrevía a insinuarlo pues ella, una melancólica incurable, no creería que volvería al cabo de unos días. ¿No recordaba nada agradable de los otros veranos? ¿No se habían divertido siempre de alguna manera? Ella no tenía tiempo para hablar de eso, y ¿le haría el favor de no dejar esa cuerda por ahí para que tropezara? Él la cogió, pues se había deslizado de la mesa, y salió con ella bajo el brazo.
¿Se marchaba justo entonces? Seguramente. Eso pensó ella. A veces tenía la impresión de que él intuía cuál era el momento perfecto para dejarla en la estacada. Quería que sacaran los colchones al sol, pero si se disponían a hacerlo, al menos tendrían para tres horas. Él debía de haberle oído decir por la mañana que tenía la intención de airearlos. De modo que, por supuesto, se marchaba y le dejaba todo el trabajo. Dedujo que él creía que el ejercicio le haría bien.
Bueno, él tan sólo iba a buscar su café. Una caminata de seis kilómetros por un kilo de café era algo ridículo, pero él estaba perfectamente dispuesto a hacerlo. La adicción la estaba destrozando, pero si ella quería destruir su vida, no había nada que él pudiera hacer al respecto. Si creía que era el café lo que la estaba destrozando, ella le felicitaba; debía de tener una conciencia condenadamente tranquila.
Con la conciencia tranquila o no, él no veía por qué los colchones no podían esperar hasta el día siguiente. Y de todos modos, por el amor de Dios, ¿vivían en la casa o iban a permitir que la casa los llevara a la muerte? Ella palideció al oír eso y su rostro se puso lívido en torno a la boca. Su actitud parecía intimidatoria, y le recordó que el cuidado de la casa no era más obligación de uno que de otro; ella tenía otras cosas que hacer y a ese ritmo, ¿cuándo creía que iba a encontrar tiempo para hacerlas?
¿Iba a empezar de nuevo? Sabía tan bien como él que su trabajo proporcionaba ingresos regulares mientras que el de ella era sólo ocasional. Si dependieran de lo que ella hacía… ¡y ya era hora de que lo comprendiera con toda claridad de una vez por todas!
Definitivamente, ese no era el problema. La cuestión era si, cuando ambos estuvieran trabajando a la vez, habría o no división del trabajo doméstico. Ella simplemente quería saberlo, pues tenía que hacer sus planes. Pues bien, él creía que todo estaba arreglado. Era un hecho que él iba a ayudar. ¿No lo había hecho siempre, durante los veranos?
¿Lo había hecho? Oh, ¡lo había hecho! ¿Y cuándo y dónde y haciendo qué? ¡Dios, qué broma tan divertida!
Hasta tal punto era divertida la broma que el rostro de ella se tornó ligeramente púrpura y estalló en una carcajada. Rio tanto que tuvo que sentarse y al final un torrente de lágrimas brotó de sus ojos y rodó hacia las alzadas comisuras de sus labios. Él se precipitó hacia ella, la obligó a ponerse en pie y trató de echarle agua en la cabeza. El cucharón colgaba de un clavo por una cuerda y al tirar él la rompió. Entonces trató de sacar agua con una mano mientras luchaba con la otra. Así que dejó de intentarlo y, en su lugar, la sacudió.
Ella, haciendo un gran esfuerzo, se soltó de sus manos, gritándole que cogiera su cuerda y se fuera al infierno. Sencillamente lo había abandonado; y corrió. Él oyó sus zapatillas de tacón haciendo ruido y tropezando en las escaleras.
Salió, rodeó la casa y se internó en el sendero; de pronto se dio cuenta de que tenía una ampolla en el talón y de que sentía arder la camisa. Las cosas estallan tan repentinamente que no se sabe cuándo han comenzado. Se ponía hecha una furia por nada. Era terrible, maldición, ni una pizca de sensatez. Cuando estaba así daba lo mismo hablar con un colador que con esa mujer. ¡Que le condenasen si tenía que pasar toda su vida dándole la razón! Y bien, ¿qué iba a hacer? Devolvería la cuerda y la cambiaría por otra cosa. Las cosas se acumulaban, las cosas eran gigantescas y no se podían mover, ni seleccionar, ni eliminar. Están por ahí y se pudren. La devolvería. Diablos, ¿por qué? Él la quería. Al fin y al cabo, ¿qué era? Un trozo de cuerda. Imaginad a alguien que se preocupe más por un trozo de cuerda que por los sentimientos de un hombre. ¿Qué derecho tenía ella a protestar por eso? Recordó todas las cosas inútiles, sin sentido, que compraba para sí misma. ¿Por qué? Porque quería, ¡por eso! Se detuvo y eligió una piedra grande junto al camino. Cuando regresara, pondría la cuerda detrás de ella en la caja de herramientas. Ya había oído hablar de la cuerdecita bastante para el resto de su vida.
Cuando regresó, ella estaba apoyada en el buzón, a un lado del camino, esperando. Era bastante tarde; el olor a filete asado le llegó, flotando en el aire fresco. La cara de la mujer era joven, tersa y de buen color. Su rebelde y gracioso cabello negro estaba revuelto. Le saludó con un gesto desde lejos y él se apresuró. Ella gritó que la cena estaba lista y esperando, ¿tenía hambre?
Ya lo creo que tenía hambre. Ahí estaba el café. Lo alzó para que lo viese. Ella miró su otra mano. ¿Qué era lo que tenía allí? Bueno, era otra vez la cuerda. Él se detuvo de golpe. Tenía el propósito de cambiarla, pero había olvidado hacerlo. Ella quiso saber por qué había de cambiarla, si tanto deseaba tenerla. ¿No era ahora agradable el aire y bueno el estar allí?
Ella caminó junto a él sujetándose con una mano en su cinturón de cuero. Tironeaba y le empujaba un poco al andar y se apoyaba en su cuerpo. Él la rodeó con su brazo libre y le dio una palmadita en el estómago. Intercambiaron cautelosas sonrisas. ¡Café, café para los tortolitos! Él se sintió como si le trajera un hermoso regalo.
Era un amor, creía la mujer con toda firmeza, y de haber tenido su café por la mañana no se hubiese comportado de modo tan sorprendente… Había un chotacabras, imagínate, totalmente fuera de estación, que se posaba en el manzano silvestre y llamaba solo a los demás. Tal vez su hembra lo hubiese abrumado. Tal vez. Tenía la esperanza de oírlo una vez más, amaba los chotacabras… Él sabía cómo era ella, ¿no?
Claro, él sabía cómo era ella.


¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...