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martes, 20 de octubre de 2020

HAROLDO CONTI

 Las doce a Bragado.- Haroldo Conti (de "La balada del álamo Carolina", 1967)

A mi tío Agustín, por si algún día para de andar y alcanza a leerlo.

Bien, ahora mismo, desde este invierno que empapa el pavimento y las paredes y las ropas y el alma, si tenemos, lo que sea, esa finita tristeza que se enrosca por dentro como una madreselva y en días así, justo, asoma sus floridas puntas por las orejas y la nariz y los ojos, en días así, digo, cierro los ojos y veo ese largo camino polvoriento del verano que se extiende hasta el horizonte como un río seco bajo el sol. Es el camino de tierra entre Chacabuco y Bragado, ese mismo semejante a una áspera corteza de árbol viejo con tantos y tantos surcos, el almacén de don Luis Stéfano en una esquina de acacias hasta el año 33 y después para siempre en la memoria, y la de Iglesias a la derecha, más adelante, ya por el camino de Sastre, después esa loma que trepa brevemente hacia el cielo y después el puente sobre el río Salado, que es el mismo límite entre los dos partidos, según dicen los carteles de chapa en una y otra punta, y uno imagina que hay en el aire una línea invisible y que el aire es sutilmente distinto a cada lado de esa línea. Y ahora, es lo que veo desde este húmedo y triste invierno, el tío Agustín aparece saliendo de la curva, un poco antes del almacén de Iglesias, a la altura del mojón de hierro
fundido que casi tapan los pastos, del lado de Chacabuco todavía. Viene corriendo con sus largas piernas huesudas perseguido por una nubecita de polvo y un perro escuálido que ladra a sus zapatillas de badana.
La gente del almacén lo aplaude hasta que trepa a la loma y se pierde tras ella, plaf, plaf, el tío Agustín, y el viejo Iglesias le grita a sus espaldas: "¡Dale, flaco!". Porque el tío es puro hueso, y una llama bien encendida que alumbra por debajo de su piel. Los ladridos del perro se sofocan detrás de la loma y el tío debe estar cruzando el puente. Hace seis horas que largó punteando desde la plaza San Martín, en Chacabuco, frente a la iglesia de San Isidro Labrador. Hoy es justamente la festividad de San Isidro, 15 de mayo, y se corre la Vuelta del Salado o La Fondo de las 12, es decir, La Carrera de Fondo de las 12 leguas a Bragado. El tío estuvo haciendo trote en la largada una hora antes de la partida. Tenía puesta una camiseta de frisa con el número 14 pintado en la espalda y unos pantaloncitos negros y las zapatillas de badana y cuando el viejo Pelice disparó la bomba de estruendo el tío pegó un tremendo salto y un grito y salió a los trancos, plaf, plaf, plaf, perseguido en la mañana neblinosa por una hilera de hombres semidesnudos, entre ellos el loco Garbarino que no pasaba del cementerio y se cansaba tanto de agitar los brazos y saludar hasta a los perros, dio una vuelta a la plaza y cuando comenzaba a encendérsele aquella blanca llama enfiló por la Avenida Alsina, pasó punteando frente al bar japonés y rumbeó serenamente hacia las quintas. El tío corre con la huesuda cabeza echada hacia atrás como un pájaro y a medida que entra en combustión sus trancos son más largos y más altos.
La gente resbala como una mancha oscura por el costado de sus ojos y, después del hospital  municipal, se corta, se disuelve y cuando no hay más gente y sólo queda por delante el camino pelado, el campo húmedo y la mañana olorosa, la llama le brota por los ojos y corre todavía más fuerte, más liviano. Los pasos de badana resuenan suavemente cuando golpean sobre las tablas del puente y cuando el tío se embala por la pendiente de la loma, al otro lado, ya en el partido de Bragado, la llama le brota a chorros a través de la piel, los ojos se le borran con tanto brillo y corre, corre locamente bebiendo el aire perfumado de la mañana, los campos verdes inundados
de esa blanda luz de mayo, loco caballo desbocado, loco. En tres horas más, a ese paso, puede estar en Bragado, por lo menos en la laguna, pero un poco antes de Warnes, cuando ya asoman los palos del alumbrado entre los altos y oscuros árboles de la entrada, esto es antes de las vías del ferrocarril Sarmiento, tuerce el tío hacia la izquierda y se lanza sin cambiar la marcha por el estrecho camino que bordea el monte de eucaliptos del campo de Cirigliano cuyos negros árboles saltan desde hace un rato en el hueco encendido de sus ojos. El tío es ahora el tibio camino de tierra cruzado por frescas sombras que atraviesan sus largas piernas. Corre y corre saltando las
sombras húmedas, blandos terrones de tierra, solo y alado, sobre este recuerdo, sobre puntos y líneas, sobre el raído invierno de mi tristeza, sobre años y tiempos, siempre volante, eterno, perenne corredor de las 12 a Bragado, el bravo tío Agustín empujando su intensa llama por aquel solitario camino recruzado por espantados cuises y liebres y pájaros que arrancan veloces un poco antes de sus pasos. Salta un alambrado y sigue la carrera a campo traviesa, llama y llama, fuego y fuego. Sólo una vez llegó hasta el Bragado porque el tano Cersósimo, esto es, el Gringo del Pito como se lo conocía por aquellos años, lo siguió con un sulky y cuando se quería desviar le cerraba el paso y lo golpeaba con el látigo y llegó con dos leguas de ventaja sobre el Chino Motta, nada menos, pero cuando la gente lo aclamaba ya y el intendente se paró en el palco con un banderín en la mano no lo pudieron atajar porque saltó sobre la meta con un grito profundo y siguió de carrera hacia 25 de Mayo, muy campeón, el grandes piernas de acero de mi tío, el formidable tío Agustín. Eso fue en el 32, que batió todos los récords, aunque a él no le importaba eso sino tan sólo correr y correr.
Pero las otras veces torció a derecha o izquierda antes del Bragado, aturdido por el campo, y algunos lo vieron y avisaron que el tío iba a los saltos entre las doradas espigas o las oscuras hebras de pasto o las chalas que  brillaban como vidrios y azotaban sus duras piernas, espantando liebres y pájaros y cuises, y un día o dos después lo hallaron dormido debajo del álamo carolina, ese que se levanta solitario detrás del campo de Cirigliano y que desde el camino real aparece todo un monte y que para el tío era su única meta reconocida y hasta ella corrió por premio o por mero gusto, acompañado o solo, el día de San Isidro o un día cualquiera mientras le duró, por muchos años, aquel berretín de caballo desbocado.
Yo era pibe entonces y veía al tío, joven, como desde una enorme distancia, a través de nieblas y velos, porque yo estaba por ser, no tenía sombra ni casi historia, era tan sólo presente, pequeño, mero estar y ver y sentir a la sombra de los grandes, mi abuelo, ciego por terquedad que un día prometió rezar un millón de padrenuestros porque dijo que se le había aparecido Jesús, carpintero como él, mi padre, que entonces correteaba para el frigorífico La Blanca montado en un fragoroso Ford A o la tía Juana, por siempre joven, que tenía un cuarto para ella sola y una cama muy alta que olía a jazmín y una escupidera de loza que parecía una sopera y un novio que venía todas las tardes a las cinco y se marchaba apenas caían las sombras en el patio de baldosas con la parra de uva chinche y la bomba pie de molino y por supuesto el tío, tío Agustín, ese ansioso caballo de verano. A veces cuando pateo la calle cierro los ojos, y aun sin cerrarlos lo veo pasar entre la gente, al trote con su pantaloncito negro y la camisa de frisa y el número 14 en la espalda, que siempre me falló en la quiniela, lo veo, por ejemplo, trotar a las zancadas por el medio de Corrientes o trasponer de un salto Alem, en dirección al puerto. Yo me
suspendo y pienso, casi grito, ¡Ahí va mi tío, hijos de puta! ¡Miren qué lindo loco! Pasa como entonces con la terca y dura mirada clavada en el horizonte, con las narices anchas de viento, cavando el aire con sus largas, muy largas piernas.
Después crecí, eché sombra como un árbol y hasta yo mismo participé en La Fondo de las 12 a Bragado, pero no pasé del cementerio. Cuando doblé por el hospital y vi a lo lejos los altos humos de los hornos de ladrillo, algo que, supongo, trastornaba al tío, el cual quería darle alcance a cuanto se ponía al fondo del camino, las sienes me empezaron a temblar y me dolían las encías como si fuese a echar un puñado de dientes. Al llegar al cementerio rodé con un grito entre polvo, sudores y piernas que pasaron zumbando al lado de mi cabeza.
El tío, por ese entonces, trabajaba en la carpintería del abuelo, sobre el pasaje Intendente Beltrán, frente a la plaza Gral. Necochea o la Plaza del Mercado donde está hoy la estación de colectivos. Ahora cierro los ojos y me veo en la penumbra del taller con paredes de ladrillo a la vista y un espeso olor a polvo, sillas y elásticos que cuelgan de las vigas y al fondo la mesa de carpintero en la que trabajaba el tío. A veces no recuerdo al tío sino que mi pensamiento se sujeta de un objeto cualquiera y ese objeto cubre casi todo mi día. Hoy, por ejemplo, mientras cruzaba hasta el bar Falucho aguantando el viento que barría la Avenida Santa Fe, me acordé de buenas a primeras de aquella sierra de ingletes o de falsa escuadra que había en una punta de la mesa. El día crece lentamente alrededor de ese objeto, lo rodea como la pulpa de un fruto y el día en todo caso vale nada más que por eso. Aquella sierra que había sido construida en Inglaterra en 1895, que en consecuencia había atravesado el mar  embalada cuidadosamente en un cajón de pinotea, me atraía misteriosamente. Era una sierra montada sobre un bastidor, con una empuñadura negra como la de una ametralladora y servía para cortar marcos, escuadras, ángulos, encastres y demás cortes de precisión. La veo ahora mismo en el aire, negra y pulida y, por fuerza, al rato veo en la punta de la empuñadura al tío Agustín. Él se movía silenciosamente de un lado a otro del taller aporreando maderas, reparando vencidos elásticos de cama o reemplazándolos por otros nuevos que estiraba para encajarlos en el armazón en una prensa, especie de potro que giraba con bruscos chirridos metálicos. El tío era de una silenciosa precisión en todo. Yo me maravillaba de que hombre tan silencioso y preciso en sus movimientos produjese a ratos tanto ruido de una vez. Por ejemplo cuando se calzaba un pañuelo negro delante de su aguda nariz y echaba a andar aquella cardadora mecánica que era el supremo orgullo de la mueblería y carpintería El Mercurio. El tío metía la lana apelmazada por un lado y ya mismo salía por el otro en blandos copos que caían lentamente dentro de un corralito de alambre de gallinero. La máquina rechinaba en la punta de las manos del tío. Por aquel tiempo había dejado de correr hasta el álamo carolina, pero después del trabajo emprendía largas caminatas hasta el zanjón o el cementerio o el Prado Español o la quinta de Pastore, o la estación del Pacífico, donde esperaba ver pasar al "Cuyano" que hendía la noche como un carbón encendido
aventando sombreros y papeles. Los años lo habían enflaquecido aún más y un día que lo sorprendí inclinado sobre la fabulosa sierra de ingletes le vi brillar las blancas sienes y el emplumado mechón de pelos encanecidos que le caía sobre la frente. Y esa vez sentí verdadero amor por el tío, aquel ansioso caballo del verano que ahora descendía a la carrera la larga cuesta de sus días. Yo, en cambio, trepaba los míos. Esos días me llevaron lejos del pueblo y cuando volví, algún verano después, y entré en el taller penumbroso, el tío levantó la cara por encima de la sierra y me observó con una mansa sonrisa por arriba del armazón de metal de unos lentes. La luz de la tarde penetraba por una claraboya y el tío flotaba, blando y casi transparente, en aquella luz polvorienta. Me preguntó qué tal estaba la ruta 7. Por lo que recuerdo, fue la primera vez que habló conmigo demostrando cierto interés sobre algo concreto. Señal que yo había crecido realmente y ahora era un hombre, al menos para él, que la medida de mi tiempo. Siempre preguntaba sobre caminos. La ruta 7 terminaba de ser reparada entre San  Andrés de Giles y Carmen de Areco. Eso lo alegró al tío. Ese mismo año había ido a pie hasta Luján portando el
estandarte de la Congregación de San Luis Gonzaga. Me explicó que era cuestión de echarse a andar y no cambiar el paso, vendarse los pies y calzar botines bien armados. Volvió con el Expreso Rojas y recién entonces notó que la ruta estaba levantada en algunos tramos. Fue toda una conversación. Por él me enteré de que el camino entre Chacabuco y Bragado seguía siendo de tierra, pero que ahora le habían puesto la electrificación rural y era probable que en un par de años le echaran encima cemento. Ya no va a ser lo mismo, dijo el tío con tristeza.
Seguía haciendo sus largas caminatas, pero ahora se extraviaba cada dos por tres. Una vez lo trajo un vigilante que lo encontró perdido por el Agua Corriente, y otra el viejo Punta que lo cruzó en el camino a Salto, por el almacén de Cattaneo, y él le preguntó dónde quedaba el Tiro Federal y el viejo entendió el Estadio Municipal y como de todas maneras ambos quedaban para el otro lado, lo subió a la jardinera y lo trajo hasta la mueblería.
Un día el tío, esto lo supe dos veranos después, ya hombre entero y él más viejo y más flaco, y el camino a Bragado todavía sin asfaltar, fue hasta la farmacia de Marino, al otro lado de la plaza, pero cuando llegó a la Avenida Alsina, que fue asfaltada en el 32, bajo la intendencia de don Esteban Cernuda, la encontró de tierra, como cuando era chico y después mozo y corría ya en la Vuelta del Salado. Los charrés y los sulkys iban y venían por la avenida de tierra y algunos jinetes trotaban entre espumosas nubes de tierra. El tío, flaco y encorvado, vio con algo de sorpresa cómo avanzaba por el medio de la calle un landó descapotado como los de la cochería Grossi Hermanos con la señorita Lombardi en su interior. El coche se detuvo justo enfrente del tío y la señorita Lombardi asomó su cabeza cubierta con una capelina de raso y apuntándole con su sombrilla de seda estampada le preguntó por la abuela Adela que había muerto, si mal no recordaba, seis años atrás. Él se quitó el sombrero, sonrió complacido a la tan señorita y se inclinó hasta que la sombra del carruaje desapareció de su vista. Naturalmente, no cruzó la avenida ni fue hasta la farmacia de Marino porque en aquel tiempo la farmacia no existía todavía.
Volvió al taller y el resto del día, hasta que vino la luz de la tarde, se sentó en un rincón, detrás de la mesa de carpintero, entre cajas de herramientas y rollos de elásticos y tablones de pino que olían a resina y pensó en la muy dulce señorita Lombardi que para él, el tiempo le daba la razón, no iba a envejecer nunca. Quizá dentro de unos pocos días, pensó, si se entrenaba un poco, podía volver a correr en La Fondo de las 12 a Bragado. Ya no quedaban campeones y en el tiempo que tardaba ahora cualquier buen fondista de la zona él podía llegar a Bragado saltando sobre un pie. Cuando entró aquel melancólico rayo de luz por la alta claraboya, el tío echó a
andar hasta el Prado Español.
Días después, al cruzar la plaza, le dio un salto el corazón. Debajo de la pérgola que había sido echada abajo en tiempos de Fresco vio y hasta escuchó a la banda del maestro Marsiletti. La banda tocaba aquel número de fuerza que le hacía temblar las piernas al tío, Tremi gli insani del mio furore, Nabucco, Acto I, y que el maestro Marsiletti tarareaba y por momentos aullaba tratando de imitar a Titta Ruffo. No sólo estaba aquella pérgola, que semejaba una jaula florida, sino que hacia el lado del Palacio Municipal vio brillar entre los oscuros árboles al lago artificial que mandó rellenar el intendente Barcán y en el que el loco Garbarino se zambulló un 25 de mayo. La banda, con el maestro Marsiletti que blandía la batuta y un Avanti que sacudía en la boca al compás de la música, parecía flotar en el aire de la pérgola debajo de una luz amarilla como la que penetraba en la claraboya del taller. Después de Nabucco, tocaron Alegría de la hoguera, una polca-mazurca de Strauss con la cual el maestro Marsiletti parecía remontar un vuelo y la plaza comenzó a poblarse de muchachas y muchachos que en dos hileras giraban por el centro, alrededor de la estatua de San Martín, que de golpe había reemplazado a la pérgola y que en aquel tiempo era pedestre, no ecuestre, según se acostumbra, por razones de economía,
pues la partida que votó el Concejo Deliberante no alcanzó para el caballo, lo cual terminó por convertirse en una curiosidad y hasta en una atracción hasta que en tiempo del gobernador Aloé, que era de Chacabuco, le pusieron el caballo y es así como cabalga ahora en el alto cielo de mi pueblo entre las espléndidas copas de los árboles, en dirección a la confitería San Martín, hacia la que apunta un dedo.
En eso el tío vio pasar al Cholo Barrios que, según tenía entendido, porque estuvo en el velatorio, se voló la cabeza mientras probaba una escopeta de un caño, calibre 20, vio al Cholo con sus bigotazos renegridos, rancho, polainas blancas y un bastoncito con el pomo de plata que lo saludó con el brazo en alto, muy en su contexto, lustroso caballero el Cholo, gran amigo de violentas farras y fuerte apostador en las cuadreras y reñideros, propietario de un gallo "Ají Seco", apodado Racoto, de origen peruano, que batió a todos los gallos de combate del 36 al 45.
Otra vez el tío iba para el Círculo Obrero donde estaba cambiando el esterillado de las sillas y no pudo seguir de la Avenida Alsina, pues se tropezó con la procesión de Nuestra Señora del Carmen, con el padre Doglia debajo del palio y los tanos Minervino y Visiconti tocando la gaita a la cabeza, todos muy de solemnis sobre la calle de tierra mientras las campanas de la iglesia batían a fiesta bien pulsadas por el viejo Santiago, gordas palomas de bronce por el aire limpio de la mañana.

El último verano que estuve en el pueblo, este que pasó, fui hasta la vieja casa del abuelo y, como siempre, después de los saludos y los mates penetré en el empolvado taller del fondo. Tardé un rato en acostumbrarme a la penumbra, cegado como entré por el sol del patio, y en aquella momentánea ceguera sentí el tibio olor a maderas y a cola de carpintero y oí el escamoso crujir de las chapas del techo recalentadas por el sol. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a aquel velado y quieto paisaje de objetos sepultados por el polvo descubrí cada cosa en su exacto lugar, como si el tiempo no se hubiese movido y yo tornara de golpe a mi infancia.
Allí estaba la tremenda cardadora a motor, la carcomida mesa de carpintero y sobre ella, en un extremo, mi querida sierra de ingletes que apuntaba hacia la puerta. En la prensa había un elástico a medio tender. Aquella suave pero insistente permanencia de las cosas, luego de tantos años y tantos cambios y tanto y tanto, recuperó por un momento ese firme presente de mi infancia, sin sombras ni pesos, errante edad de mi pueblo. De repente sentí un leve raspón junto al tablero de las herramientas y achicando los ojos vi emerger por detrás de la mesa la blanca cabeza del tío que estaba sentado en un banquito. Parecía un viejo pájaro, uno de esos viejos cóndores que con las raídas alas abiertas toman el sol en la jaula del Zoológico. El tío se caló los anteojos que extrajo lentamente de su estuche a presión y me observó en silencio con sus ojos lagañosos, como de vidrio mellado. "¿De quién sos?", preguntó al cabo de un rato con una voz finita. Quería decir de quién era hijo yo, que es lo que se pregunta o como se pregunta a un muchacho cualquiera de los pueblos. Yo dije "El hijo de Pedro Isidro". Él cabeceó y repitió para sí, sin reconocerme, posiblemente sin reconocer siquiera aquel nombre: "Pedro Isidro...". Pedro Isidro es mi padre, su hermano. Se levantó y caminó hasta mí, encorvado. Me echó una afilada mano encima del hombro y preguntó esta vez: "¿De dónde venís, muchacho...?". No preguntó qué tal estaba la ruta 7, ni tampoco supe si por fin habían asfaltado el fabuloso camino a Bragado.
Luego supe por la tía Teresa que en esos días se había encontrado en la esquina de la tienda Ciudad de Messina con Pepe Provenzano, que pateaba como siempre la calle vendiendo billetes de lotería y con Pancho Tonelli, ambos bien finados, lo mismo que la tienda, que cerró allá por el 58. Después, cuando trató de volver a la casa no dio con la calle y aunque pasó por enfrente de la puerta, al recorrer el pueblo por tercera vez, no acertó a reconocerla. Por suerte se tropezó en la esquina del Almacén Inglés con el gordo De Nigris, otro muertito, que lo condujo, siempre tan gentil caballero, hasta aquella salteada puerta y se lo devolvió a la tía cuando ya oscurecía.
Para Reyes vino la hija de Buenos Aires y el tío se calzó los anteojos y le preguntó de quién era. A partir de ahí empezó a equivocar las puertas y los cuartos y a veces charlaba en los rincones del patio con personajes invisibles. No mucho después, como lo pronosticó la madre Benedicta, ni siquiera reconoció a la tía a la que confundió una vez con Martita Romero, su primer filo, y otra con Filomena Perrone, que fue reina del carnaval del Club Porteño, en el año 38.
Acabo de volver del pueblo y por eso pienso tan fuerte en el tío en esta podrida noche de invierno mientras bebo un semillón en el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María Campos. Cuando fui a ver al tío lo encontré acostado en el medio de esa buena cama inglesa con cabezales de bronce y remaches de cobre y elástico de flejes que perteneció a la familia Mediavilla y compró en un remate de Warnes. Tenía puesto un camisón de frisa y un gorrito de lana y de tan flaquito y huesudo se perdía sobre la pila de almohadas. Hace meses que no sale de ahí. Fuera de los límites de esa cama no reconoce nada en el mundo. A eso se ha reducido el suyo, a aquella buena cama inglesa de bronce bien lustrado. Sin embargo, no la pasa tan mal. Siempre tiene algún muertito con el que charlar y por detrás de la barras de bronce ve cosas de hermosa extravagancia, como el corso del año 23 o el Circo Sarrasani, e incluso el día en que el loco Garbarino ganó de tarro La Fondo de las 12 a Bragado.

HAROLDO CONTI

 Devociones.- HAROLDO CONTI

(A Lita y Fico Vogelius, que nada tienen que ver con esta historia)

Dentro de un rato sonará, a las cinco en punto de la matina, ese puto despertador que el día que gane el Prode o asalte un Banco reventaré contra la pared de una patada, como reventaré a tantas otras cosas, y me levantaré en puntas de pie para no despertar a Margarita que duerme a mi lado a patas sueltas hace dieciocho años, me vestiré en el baño y saldré más o menos a las cinco y diez rumbo a la Primera de Saavedra chupando el primer cigarrillo de la mañana. La Primera de Saavedra es la fábrica de jaulas en la cual trabajo desde el día que mi padre decidió echarme a la calle de un puntapié.
En todos estos años he hecho miles de jaulas, tantas que me sorprende que todavía ande por el aire algún pajarito suelto. Un día, esto pienso mientras las hago, construiré una bien grande, la más grande de todas, con unos gruesos barrotes de hierro y meteré ahí dentro a Margarita y su desgraciada madre, esto es, mi puta suegra y las sumergiré a las dos, luego de alimentarlas con alpiste envenenado, en el Riachuelo, nada de un arroyo limpio y rumoroso ni siquiera del Río de la Plata, que por ser el más ancho del mundo con seguridad podría resumir tanta maldad, sino en el Riachuelo para que se chupen todo ese olor a podrido que viene de los mataderos y revienten en forma.
Me alegro y me consuelo pensando en esto aunque sé que nunca lo haré porque soy un pobre infeliz. En lugar de eso sé que me levantaré en puntas de pie dentro de un rato y de que en puntas de pie recorreré el resto de mi vida.
Pensé cuando murió mi abuela, que decían que tenía en el sótano una pila de valijas llenas de plata, que las cosas iban a ser distintas. Pero no. Todo lo que dejó mi abuela fue una estatuita de la Virgen de Lujan que preside mi casa y delante de la cual Margarita se persigna hasta cuando pasa revoleando la escoba detrás de mí. Yo me
pregunto cómo tanta devoción en tantos años no le ha metido un poco de humildad, por no decir sencillamente bondad, en su abultado cuerpo. Pero no quiero pensar en esto porque es capaz de despertarse en este mismo momento y zamparme un puñetazo en medio de la cara. Yo no sé cómo mierda hace, pero me adivina hasta el
último pensamiento. Con excepción del de la jaula, que lo tengo fuera de casa.
En lugar de pensar en todo esto, que sólo sirve para amargarme, debiera tratar de aprovechar hasta el último minuto antes de las cinco pero sucede que anoche tuvimos una pelea fenomenal y después un sueño cargado de pesadillas. La última acaba de despertarme y ya no puedo pegar un ojo.
Soñé precisamente que estaba haciendo la jaula esa, cantando y silbando, cuando de pronto me cayó encima la Margarita echando sapos y culebras, de las que se alimenta, supongo, mientras yo estoy afuera sudando como un penado al rayo del sol, y que me hacía una llave como las de Titanes en el Ring y por último, para rematarla,
o más bien rematarme, me asfixiaba con una de sus enormes tetas. Ahí, por suerte, desperté con la cabeza debajo de la almohada y la impresión fue tanta que no pude volver a pegar los ojos. Y pensar que fueron justo esas tetas las que me perdieron.
Ahora parecen dos bolsas rellenas de trapos pero antes cada una por separado era la piedra movediza de Tandil.
Bueno, aparte de la estatuita, que amarré bien alto en un nicho de madera en forma de jaula que construí yo mismo para que esté a salvo de las batallas que se suceden más abajo, mi abuela, a la que nada reprocho, me dejó sus santas devociones.
Echando cuentas, eso ha sido lo más importante para mí pues me ayudó bastante a atravesar esta negra vida sin quejarme más de lo necesario ni echarme al paso del Mitre como me sugirió tantas veces Margarita y yo mismo lo pensé. Pero, según se mire, al propio tiempo fue esa devoción la que me perdió. Aunque yo creo hasta hoy
que de todo eso saldrá algún provecho, que alguien en el mundo se debe haber favorecido, por lo menos el tipo que seguía en la lista y se salvó de Margarita.
La mano vino así. Creo que fue en el 45, un sábado 14 de septiembre, con la primavera adelantada, detalle que hay que tomar en cuenta. Yo acababa de llegar de mi pueblo, Chacabuco, con la virgen envuelta en un paquete y una valija de cartón. Fui a parar a una pensión de Plaza Italia.
La semana la tenía ocupada con la Primera de Saavedra pero los fines no sabía qué hacer. Daba vueltas por la plaza como un idiota, soñando con mi pueblo o minas en pelotas que caían a mis pies de los pocos árboles que hay allí y me pedían a gritos que las violara hasta que el olor a empanadas fritas que bombeaban los boliches de
Santa Fe casi me hacía perder el conocimiento. Fue en uno de esos días que vi pegado a las paredes un letrero amarillo de la Sociedad de Peregrinos a Pie al Santuario Nacional de Nuestra Señora de Lujan que invitaba a la próxima peregrinación anual. En el letrero se daban todas las instrucciones, desde los botines a calzar hasta los pensamientos que había que poner en la cosa.
Ese año yo me había salvado de la colimba por número bajo y a raíz de eso, que tomé entonces por una suerte, prometí ir a pie a Lujan y de rodillas desde la puerta del santuario hasta el camarín de la virgen. Al día siguiente, después que volví de la Primera, me fui a anotar a la sede de la Sociedad, en Independencia al 900. Por esos
días, y véase cómo maniobra el destino, debieron anotarse Margarita y Requena, para ingresar en mi vida el próximo 14 de septiembre, aunque, desde luego, no fuese ésa la intención que los llevó al mismo lugar que yo, como tampoco fue la mía.
En los días previos me entrené y preparé como si fuese a correr en las Doce a Bragado que se corren en mi pueblo más o menos para el mismo tiempo y en las que corría mi tío Agustín, que también la pateó a Lujan, pero desde Chacabuco, más de cien kilómetros a pata el muy animal y llevando un estandarte de la Congregación de
San Luis Gonzaga que cuando soplaba una racha de viento lo arrancaba del pavimento.
Siguiendo las instrucciones del volante que me dieron y las que recordaba de mi tío Agustín, me armé de un par de botines patria, me vendé los pies sin tirar de las vendas, me puse un plástico debajo de la camisa para aguantar el frío y el 14 me largué temprano hasta la Basílica de San José de Flores, que era desde donde partía la
peregrinación. Encabezaba la marcha un cura que hablaba como Balbín y más o menos decía las mismas choteras, aunque referidas a la Santa Iglesia y no a la Unión Cívica Radical, se entiende, y llevaba un bastón que revoleaba cada tanto para darnos aliento y que si no lo paran, pues para mí estaba como poseso, hubiese seguido lo menos hasta Mendoza. Era flaco y duro como un palo de madura y despedía un fuego por los ojos.
Bien, cantamos Ven, sube a la montaña y echamos a andar a un mismo paso. En ese momento no imaginé cómo esos sencillos pasos me podían llevar tan lejos. Desde entonces pongo algún cuidado siempre que echo el primero y no sé con seguridad a dónde voy. Qué iba a sospechar yo todo lo que vendría después cuando di aquel
primer paso, el 14 de septiembre de 1945. Salimos a las 7 de la mañana y a las 9 estábamos cruzando Liniers. Cuando pasé por debajo del puente de la General Paz me puse melancólico pues pensé que iba para mi pueblo que queda en la misma dirección, sobre la misma ruta, es decir, la 7. Fue ahí donde reparé por primera vez en
el tipo que traía al lado.
No fue que reparé sino que se me vino encima, me echó los brazos al cuello y me dijo, resollando, «Negro, aquí me muero». Yo le dije: «Viejo, recién estamos en Liniers». «Eso es lo que me mata —dijo él—. La idea.» Dijo una gran verdad porque, por lo que sé, hasta hoy lo que lo mataron fueron las ideas. El tipo se llamaba
Requena y no estaba lo que se dice en forma. Por empezar llevaba puesto un sobretodo, algo que expresamente no se recomienda. Para colmo llevaba un toco de libros, una pila, que era El Nuevo Testamento en Salmos, de las ediciones paulistas, más de 500 páginas en papel finito que si en Liniers cada uno pesaba ya como un ladrillo en Morón o Merlo pesarían lo que una pared entera.
El desgraciado, todavía colgado de mis hombros, me vendió un libro de esos que tenía marcado el precio de tres pesos, pero que Requena vendía a cuatro, como ayuda a no sé qué institución. Además hizo que cargara con el resto de la pila, aparte del sobretodo. Como yo era un pendejo que echaba fuego por todos los lados y a cada
rato el mundo me quedaba chico cargué con todo sin chistar y aun hubiese cargado con el propio Requena, lo cual en cierta forma hice desde ese momento, aunque en otro sentido. Creo que de ahí le vino la idea de publicar libros él mismo, desde la Imitación de Cristo hasta las Verdaderas Memorias de una Princesa Rusa, de
Oberdan Rocamora, y, en combina con el turco Asís, Breve manual del pedaleo y Karate y sexo, con veinte llaves inéditas científicamente ilustradas, lo que dio luego pie a REQUENA EDITOR, que es el último oficio que le conocí.
Lo bueno de él, según se mire, es que siempre se le está ocurriendo una forma nueva de encarar esta miserable vida. Yo sé que un día mandará todo a pasear y se echará al medio del camino y entonces inventará al mundo de punta a punta en sociedad con el mismo Padre Todopoderoso. Bien, cargué el sobretodo y el paquete, el cura revoleó el bastón y comenzó a rezar los misterios dolorosos, con carácter penitencial. Fue ahí exactamente donde apareció en mi vida Margarita, este mismo pedazo de carne que ahora suspira al lado mío y sonríe en sueños vaya a saber pensando en qué maldad. Porque eso es lo que yo no entendí nunca, que las mujeres son un pozo de maldad.
Esta advertencia debiera ponerse en todos los caminos, como las señales de tránsito, y en los paquetes de cigarrillos y en los sobres de los preservativos. Qué otra vida hubiese sido la mía si yo hubiese visto esa señal a tiempo. Probablemente no le habría hecho caso y me hubiese ensartado en la misma forma porque estaba escrito y además Margarita en ese tiempo era un monumento capaz de ocultar cualquier señal, por grande que fuese, con cada uno de los sólidos detalles que lo componían.
Más o menos es lo que pienso cuando leo u oigo hablar del monumento a los caídos. De paso obsérvese nuevamente en qué forma procede el destino. En ese momento fue un detalle insignificante, pero a partir de ese detalle mi vida pegaba un giro de noventa grados y arrancaba para otro lado.
El detalle en cuestión fue que al lado, un poco a mi derecha y un poco atrás, empecé a escuchar una voz cantarína que arrancaba con cada Ave María adelantándose y comandando, diría excitando si no fuese que en esas circunstancias se entendería de otra forma, al lote de sonámbulos que marchaba arrastrando los pies por la calle Rivadavia, que aparte de ser la más larga del mundo el cansancio la estiraba a cada metro un poco más. Me volví y fue que vi por primera vez a Margarita. Requena me preguntó si me pasaba algo porque entré a caminar a paso de ganso y a rezar a los gritos. Requena iba y venía entre la gente vendiendo sus libritos y yo, cuando vi lo que vi, casi tiro el resto de la pila por encima de las cabezas de los peregrinos.
Él pensó que empezaba a ver visiones por el esfuerzo de la caminata. En cierta forma era verdad. Margarita en ese tiempo era una hembra colosal, sin el menor desperdicio, con un par de porrones que daban mareos, los mismos que ahora yacen como dos piñatas desinfladas o como mis pantalones de brin sanforizado con manchas de grasa que esperan ellos también a que suene el despertador sobre el respaldo de la silla. Por un instante me olvidé de lo que estaba haciendo allí y el demonio me entró en el cuerpo al rojo vivo. El cura en ese momento, como si adivinara la situación, levantó el bastón y pegó un brinco y yo me concentré en el tercer misterio.
Requena, que en Morón había terminado de vender los libritos y hasta vendió el mío, se puso a partir de ahí a hablar de comidas. Yo iba bien hasta entonces pero el desgraciado me tocó mi punto flaco por esa época, aparte de las hembritas, que lo siguen siendo. A cada rato me decía, entre misterio y misterio. «¿No te comerías un sanguche de milanesa, flaco?» o «Ni siquiera se me ocurrió traer un par de huevos duros» o «¿Te imaginas un plato de ravioles de ricota con salsa mixta?» o, y ahí me mató, «Me comería un lechón entero, hecho con brasitas de marlo y bastante limón».
Cuando mencionó la palabra lechón me empezó a saltar espuma por la boca. Me acordé en el acto de los lechones que hace mi viejo en el Cicles Club de Chacabuco o en el fondo de mi casa, debajo de la parra de uva chinche, con el cuento tostado y duro que se raja y deja entrever la grasita y las costillas que se van soltando solas por el calor y los riñoncitos que largan una perfumada nubecita de vapor. Casi me desmayo. Por suerte Requena que cuando pasamos por Merlo ya deliraba empezó a pedir a los gritos un plato de buseca y cayó redondo en medio del pavimento. Lo metimos en una ambulancia, después que el cura lo roció con un hisopo, y se lo llevaron para Lujan soñando posiblemente con un plato de «fusiles» al pesto. Creo que ahí cambiamos las primeras palabras con Margarita que me preguntó si el señor, esto es, Requena era mi amigo y yo le dije que sí aunque acababa de conocerlo y ella exclamó «¡Pobre señor!», y agitó los pechos y yo vi el cielo de color rojo. El resto del camino traté de concentrarme en motivos religiosos y a veces en mis pies que ya echaban un chorro de humo pero cada tanto mi mirada se desviaba hacia la derecha, un poco atrás.
Ella seguía rezando con las manos juntas como Santa Teresita, la de yeso que había en la iglesia de mi pueblo, sólo que no era de yeso para nada sino enteramente de carne y hueso, sobre todo de carne de la mejor calidad que se removía bajo sus ropas y al parecer enviaba como unas ondas o rayos eléctricos que me quemaban la
piel.
Cuando llegamos a la basílica encontré a Requena al lado de la verja completamente fresco repartiendo otra pila de libritos. Me saludó y me abrazó como si yo acabase de ganar las Doce a Bragado. Le entregué el sobretodo que de Moreno en adelante pesaba como si arrastrase a un muerto. Compré una vela de cera de mi exacta altura, según se acostumbra, con velas y estampitas y que, por el precio, pensé que se pagaba a crédito y me dispuse a cumplir con mi promesa.
Comencé a subir de rodillas las escaleras con Requena de un lado y del otro Margarita, que al enterarse de mi promesa se había conmovido hasta las lágrimas, rumbo al camarín de la virgen. Cuando traspuse la puerta me pareció que ya estaba andando sobre los propios huesos. Recé un padrenuestro, un credo y cuanto me acordé en ese momento para ganar tiempo y recuperar el aire.
Requena me animó con un empujoncito en la espalda pero lo que me lanzó verdaderamente hacia adelante casi a la carrera fue el hecho de que Margarita extrajo un pañuelito perfumado de entre los pechos y me secó el sudor de la frente. Ahí sentí que podía correr sobre mis rodillas hasta la cordillera de los Andes, ida y vuelta. Con todo en mitad de la nave tuve la impresión de que las piernas se me reducían y que pronto iba a estar avanzando sobre mis caderas.
Sea como fuere llegué al pie de la escalera del camarín, cerré los ojos y comencé a trepar tanteando los escalones. Cada vez que despegaba una rodilla del duro mármol era como si me arrancasen las tripas y una vez me abracé de una pierna de Margarita y entonces piqué hasta la punta de la escalera de un tirón, creo que
salteando inclusive algunos escalones.
Hubo una solemne misa concelebrada y el cura del bastón, después del evangelio, se echó un sermón sobre el pecado y la puta condición humana a propósito del sordomudo sanado por Jesucristo, o sea, el pecador consuetudinario curado por la gracia del Señor, que casi nos reduce a polvo.
Después de disparar toda la artillería sobre el rebaño de pecadores que, por descontado, éramos nosotros, el cura, cuando explicaba con lujo de detalles cómo el estado del sordomudo del Evangelio representa el estado del pecador empedernido, gritó sobre la punta de los pies, sacando medio cuerpo del pulpito como si fuese a caer literalmente sobre nosotros, «El sordomudo se encontraba en una condición bien lamentable puesto que se hallaba privado del oído y del habla; pero no lo es menos la del pecador consuetudinario que se halla espiritualmente privado del oído y de la palabra.
En efecto, este desgraciado pecador no da oídos a las voces de la conciencia, que le reprende los delitos cotidianos. No hace caso de los amorosos consejos de los amigos y parientes, que querrían verle fuera del camino de la perdición. No presta oídos a la voz de Dios, que ya indirectamente por medio de algún acontecimiento inesperado, ya directamente por medio de alguna inspiración interior, le dice: «¡Conviértete y ámame!».
Mientras el cura esto decía o gritaba, señalaba torvamente, en su intención a un pecador imaginario pero de hecho a una vieja que había en la primera fila y que empezó a temblar como una caña removida por el viento. Requena se golpeaba el pecho como si fuese a voltearse uno o dos pulmones, lo cual hacía más tétrico el
asunto.
Total que la vieja saltó del banco y se puso a gritar: Peccato! Peccato! Madonna mia abbi pietá di me…! Al principio yo pensé que era una especie de claque pero cuando la vieja comenzó a arrancarse la ropa vi que iba en serio, tanto que el mismo cura escondió la mano y empezó a empalidecer. Por suerte la pararon unas señoras
aunque después de todo si hubiese quedado en pelota la verdad es que le habríamos tomado verdadero asco al pecado. El cura terminó tirando la manga a todos los pecadores allí presentes. El único inocente resultó Requena que cuando pasaron el cepillo entró en éxtasis alzando los brazos al cielo de manera que hubiese sido una
irreverencia pretender que los bajase hacia el bolsillo. La misa terminó cuando la mitad de la vela me había chorreado sobre la mano y me sentía realmente como si el demonio en persona hubiese salido de mi cuerpo, liviano y finito como el de un ángel. Traté de levantarme y salir como los demás pero me vine en banda y sólo
después de masajearme las rodillas y zamparme un par de aspirinas salí de allí sostenido de un lado por Requena y del otro por Margarita.
Donde se ve en esto y lo que sigue como el destino no para de tejer su tela un solo minuto. Margarita, que había venido con los viejos y el hermano, un taradito que sonreía a cada rato como si supiera algo que nosotros desconocíamos, por ejemplo, que iba a estallar una bomba y nos iba a pulverizar a todos, menos a él, nos invitó,
siguiente paso del destino, a compartir el contenido de una canasta que el viejo fue a recoger del camión que traía los bultos y paquetes de los peregrinos.
Requena se apresuró a aceptar la invitación y así, en dulce conversa, nos fuimos a la orilla del río Lujan y alquilamos una de esas roñosas mesas bajo los sauces, entre papeles y mugre y alguna otra cosa. La vieja abrió el canasto y entró a sacar la comida para un regimiento. El viejo descorchó una damajuana de tinto riojano y,
después de persignarnos devotamente, comenzamos a comer con elegante ferocidad, sobre todo Requena que mientras hablaba de grandes negocios se embuchó un matambre casero y medio pollo frío al limón. Yo comía y miraba a Margarita.
Comíamos y nos mirábamos, algo tan simple, y nos reíamos de nada. El vino nos soltó la lengua y empecé a hablar de mi pueblo. Mi pueblo es un montón de historias a poco más de cien kilómetros de Lujan, sobre la misma ruta, y cualquier cosa que uno cuenta de él se parece a la historia de cualquier tipo de cualquier polvoriento pueblo de la provincia.
De manera que nos pusimos un poco melancólicos y cada uno pensó en su propio pueblo, allá a sus espaldas, incluso el propio Requena que comenzó a hablar de gentes y caminos y otros pueblachos semejantes al mío. Después de la comida el viejo se echó al pie de un sauce y al rato estaba roncando.
Requena se fue a remojar los pies con el taradito, que a esta altura se llamaba Juan José, y yo me fui a dar una vuelta con Margarita, que con el vino y la comida se había puesto más encarnada y más eléctrica, por así decir. Primero recorrimos los juegos, como era inevitable. Luego de la Flor Azteca subimos a una calesita, por
sugerencia de Margarita que se hacía, ahora comprendo, la nena, cosa que me enloqueció en ese momento como a un buen boludo.
Yo trepé a un caballo de madera y ella a un bote, yo subía y ella bajaba al compás del vals Desde el alma, de manera que sus tetas, a las que yo observaba de reojo, subían y bajaban en la misma forma, por supuesto, y cuando ellas subían, subían mis ojos y cuando ellas bajaba, bajaban, que era cuando tenía yo la mejor visión del
asunto. Al rato más bien parecían algo que no tenía que ver con Margarita, que estaba detrás, naturalmente, y yo las miraba subiendo y bajando como subía y bajaba mi duro pajarito que golpeaba contra el lomo del caballo, con absoluta naturalidad, no sólo voluptuosas, sino majestuosas como un barco con las velas henchidas tirando
victoriosamente para adelante.
Dimos cuatro vueltas. Después probé al tiro al blanco pero los rifles de aire comprimido estaban tan desviados que apunté a un pato de lata y por poco le doy al tipo que tenía al lado. Finalmente, decidí probar mi fuerza en ese puto aparatito con dos manijas posiblemente conectadas a una batería y que uno va separando y a medida que las separa marcan un número en un tablero y destilan una pequeña corriente eléctrica que al principio apenas se insinúa como un cosquilleo alentador.
Yo miraba a Margarita y sonreía de manera que no prestaba verdadera atención al aparato ese. Así que como, en apariencia, no pasaba nada sonreí nuevamente a Margarita, que me alentó con un cabeceo muy gentil, y separé las manijas de golpe. La máquina me disparó tal patada que se me arrugaron las pelotas, me temblaron los dientes y la lengua se me retorció dentro de la boca como a un ahorcado. Creo que si en ese momento me ponen una bombita de ciento veinte en la oreja la enciendo por largo rato. Cerré los ojos y vi un puñado de locas estrellas que giraban sobre una noche inmensa y luego, debo haber abierto los ojos, vi en medio de las estrellas a Margarita que aplaudía no sé muy bien qué cosa.
Cuando pude volver a caminar, nos alejamos de allí rumbeando descuidadamente hacia los árboles del fondo, cerca de la ruta 7. De vez en cuando, entre las copas de los árboles entreveía las torres de la basílica pero yo desviaba enseguida la mirada.
Había algunas parejas por esos árboles rascando entre papeles y restos de comidas pero Margarita no parecía pisar en esta tierra y hablaba de asuntos más bien espirituales, como el amor cristiano, el efecto de las palomas y otras vaguedades en las cuales, ahora estoy bien seguro, no creía un solo centímetro. Confieso que, dentro
de mi ignorancia, yo no podía entender cómo con ese cuerpo que incitaba por mera presencia a ejercer una verdadera carnicería y cuyo lugar natural era el Maipo, por lo menos, podía engendrar tales elevados pensamientos. Así son las cosas en este mundo. Yo tenía mucho que aprender.
Bueno, dale que va llegamos al fondo propiamente donde una mata de arbustos nos cerraba el paso. Nos sentamos más o menos a orillas del agua, un chorrito mugriento que arrastraba papeles y de vez en cuando algún preservativo, al reparo de la mezquina sombra que echaban esos desplumados yuyos y no sé muy bien por qué
allí se me soltó la lengua y me puse a hablar otra vez de mi pueblo y de mi infancia.

No sé por qué tampoco uno se compadece tanto en tales circunstancias. Me sentí de pronto el más desgraciado de los hombres y, con perdón de los viejos, inventé una infancia tan miserable que yo mismo solté unas lágrimas cuando Margarita, revoleando los mismos ojos de yeso de Santa Teresita, me tomó las manos, que me patearon en la misma forma que el aparato ese de los juegos, y trató de reanimarme. Yo tuve un golpe de sangre. Vi todo rojo. Le besé y le mordí las manos y ella, pasando por alto este último detalle, reclinó mi cabeza entre sus  pechos, es decir, tetas, cosa que me enloqueció del todo porque tragando aire, pues sentí que me ahogaba, estrujé, besé y mordí aquellas colosales tetas, cuyo mero recuerdo me excita todavía.
Ella, siempre serenamente, se bajó el corpiño para que yo ejerciera mi ferocidad en estilo libre. Luego, sin perder esa maravillosa y extraña serenidad, se recostó en el pasto, se izó la pollera, se bajó los calzones y me acomodó encima de ella con sabia precisión, detalle al que naturalmente en ese momento no le presté demasiada atención, y yo la ensarté, empujé y removí mientras ella me ceñía con sus rotundas piernas que me introdujeron un poco más adentro todavía. Cuando terminé y ella me apartó suavemente, preocupada por sus medias, yo asomé la cabeza entre los yuyos y vi en una misma línea a la vieja que se puso a gritar en la misa concelebrada, acompañada por otras dos momias, que se santiguó rápidamente y, más atrás, contra el cielo fulgurante de aquella tarde del destino las dos torres de la basílica y ahí me sentí el más miserable de los hombres.
Volvimos al atardecer, después de rezar el último rosario, lo que hice entre sollozos y sacudones mientras Requena me palmeaba un hombro, en el expreso La Lujanera. Margarita iba a mi lado con cara de seducida y abandonada. Cuando el ómnibus dejó la avenida de acceso y enfiló por la ruta y, entre las copas de los árboles, vi por última vez las dos altas torres de la basílica, me dije, golpeándome el pecho: «Perdón, Nuestra Señora. Mañana mismo le hablo al viejo y antes de fin de año me caso. Lo juro». Margarita, que debió, según su costumbre, haber leído mi pensamiento me apretó una mano y fue ahí donde el destino me dio la última y
definitiva patada de aquel día memorable.
Ahora, como tantas veces, me pregunto si no habría sido mucho mejor hacer la colimba y aun la guerra, inclusive las dos mundiales juntas. En fin, si me lo propusiera estoy seguro de recordar, a pesar de todo, muchas cosas buenas.
Acaba de sonar el despertador. Margarita se revuelve en la cama. Su día de chismes, ruleros, cacerolas, televisión y Antena todavía no empieza. Me levanto en puntas de pie, me calzo el pantalón saltando en una pierna y a través de la ventana del baño veo el pálido y ojeroso rostro de este nuevo día que debo atravesar de una punta a otra como un condenado a perpetua.

HAROLDO CONTI: Perfumada noche (optativa)

 Perfumada noche | Haroldo Conti

(A mi tía Haydée, para que 

nunca se muera)

 

La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante.

El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz. Pocos lo recuerdan en este pueblo. Algunos, los más concisos, piensan que murió realmente de vejeces. La muerte es según, como la vida. Es otra vida, justo, otra forma de consistir, no un per saecula definitivo, nada absoluto, ninguna cosa extravagante porque también es de ser, aunque en artículo mortis. De modo que el señor Pelice sigue siendo todavía. La muerte, ya que viene al caso, es suceso chiquito, desdibujo, entreluces. Este pueblo no fue así desde el comienzo, como uno imagina.

En su momento fue pueblo niño. Antes no estaba el molino de Rodríguez ni la fábrica de fideos de Basile era como es ahora con un alto letrero encendido en la punta, sino de madera bien seca y engrasada, es decir, lista para encenderse en cualquier momento como finalmente sucedió bien solemne y entonces, después, sobre las cenizas vino esta otra, de fuerte cemento y letrero penachudo, ni estaba siquiera esta estatua de San Martín que cabalga sereno entre las copas de los árboles, ni el blanco palacio de la Municipalidad tan gobernante, ni aun la avenida AIsina de cemento lisa embanderada de letreros a los costados.

Esto es, hay otro pueblo por debajo de este, y otro y otro más con tapialitos amarillos de sol y callecitas de tierra. Y por una de esas callecitas ahí viene el señor Pelice con sus botines de becerro, su traje de gabardina negra y su panamá copudo, a los pasitos, muy de cuerpo presente. Viene. Y ese fue el minuto y la luz del señor Pelice.

Porque no va que ve por primera vez a la señorita Haydée Lombardi en la puerta de su casa, en la calle Saavedra, al lado de la confitería Renacimiento, que está en la esquina de Pueyrredón y Saavedra, aquella opulenta casa con un tejado a la Mansard con espiga, tragaluces, cresta, veleta, buharda y chimenea, que se ennegrecía al atardecer y boyaba como un barco en el alto cielo y ella allí, en la puerta, para siempre desde ahora, blanca y frágil y perfumada, figurín, Haydée Lombardi, para sueño y música.

Al señor Pelice le hizo un ruido el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía. Para el señor Pelice fue el momento más brillante de su vida lo cual es bastante textual porque, como se sabe, el señor Pelice era el cohetero más reputado de la zona.

¿Quién no recuerda, eso sí, las cascadas, abanicos, glorias y soles fijos que hacía estallar para la fiesta de San Donato, por ejemplo, aparte de las consonantes bombas de estruendo que reventaba en procesiones y remates y que se oían hasta Irala o Cucha-Cucha, según soplase el viento, y era el propio mundo que saltaba en pedazos?

Aquel año del encuentro engendró para la fiesta de San Isidro Labrador, de este pueblo protector, sus famosas piezas pírricas de formidable combustión. Las piezas pírricas mediante fuegos fijos, esto es, que hacen su efecto sin dar vueltas, según se conocían hasta entonces, eran fáciles de prender mediante el simple recurso de mechas de comunicación.

El maestro Pelice, en cambio, que era un verdadero artista creativo, prosiguiendo y mejorando los fogosos estudios del maestro Ruggieri, perfeccionó in extenso los fuegos pinicos alternando piezas fijas con piezas giratorias, lo cual es de suma perfección si se tiene en cuenta que el movimiento de rotación se opone per se a que se establezca la comunicación entre las piezas. El sutil rebusque se basaba en una fuerte broca colocada horizontalmente sobre un sólido poste de madera y que servía de eje a todas las piezas, de las más simples a las más complicadas, combinando en ajustada competencia de ingenio soles fijos, estrellas, glorias, patas de ganso, aspas de molino y las maravillosas espuelas de fuego de su exclusiva invención. Inspirado por la alada figura de la señorita Haydée, el señor Pelice llegó incluso a fabricar aquella atronadora pieza en espiral, compuesta de fuegos giratorios y de una hilera de lanzas que suben circularmente y forman, cuando la pieza gira, una espiral de fuego de enorme pasmo y majestuoso incendio, que disparó para la noche del 9 de Julio de 1935.

Esa misma noche, en la casita que habitaba en las afueras del pueblo sobre el camino de tierra a las Aguas Corrientes, después de encender cuantas velas y lámparas tenía y distribuirlas por toda la casa y aun en el jardín, el señor Pelice se estableció frente a su escritorio de persiana y tras suspirar largamente mientras se rascaba la cabeza con una lapicera de pluma de pavo escribió con su hermosa letra bastarda de curvas rotundas y el sesgo conexivo de 309, como se prescribe, la misma con la que copiaba las fórmulas del maestro Julio Rossignon, autor del Nuevo Manual del Cohetero y Polvorista editado por la librería de la Vda. de Ch. Bouret, su primera carta a la señorita Haydée, inspirada libremente en el Corresponsal del AmorEstilo Moderno de Cartas Emotivas y Pasionales. Como, según las apariencias, sobrepasaba en varios años a la señorita le pareció atinente utilizar como modelo la carta de un viudo pidiendo relaciones a una soltera, aunque él, con propiedad, no fuese viudo de mujer sino más bien viudo de costumbre.

Releyó un par de veces la carta a la luz de la lámpara de aceite de tubo alto y luz espesa, que era su preferida y que cuando se adormecía lo despertaba con breves y susurrantes chisporroteos de la mecha, como si chamuyara. La plegó con cuidado, la besó ladeando sus bigotes de manubrio y la metió en un sobre perfumado. A esta carta nocturna siguieron otras muchas, puntualmente una por semana, pero el señor Pelice no llegó a despachar ninguna. Prefería rellenar con ellas las bombas de estruendo, que ahora sonaban un poco más apagadas o huecas, aunque sólo él lo notase, y desparramarlas en mil pedacitos sobre los techos del pueblo. Algunos de esos pedacitos cayeron en el patio de canteros elevados de la casa de la señorita Haydée Lombardi, aunque lamentablemente el día de la carrera de las Doce a Bragado, cuando disparó una bomba para la largada, un papel chamuscado que decía “Mi adorada Haydée” cayó con tan mala leche que fue a dar en el patio de la señora Haydée Bonsignore y más precisamente casi a los pies del señor Bonsignore, que tenía la sangre caliente, y se armó una podrida de calendario.

El señor Pelice seguía transcurriendo exacto, puntual todas las tardes por frente a la casa de la calle Saavedra y allí estaba siempre la señorita de visu, cada día más blanca y leve, casi transparente.

La señorita Haydée Lombardi murió de tabardillo el 8 de mayo de 1946. El señor Pelice redactó esa noche la única carta que en todos esos años remitió por correo. “Mi estimada señorita: en momentos tan especiales deseo expresarle a usted mi invariable afecto y la seguridad de mi perdurable compañía en esa otra vida de tránsito que ha iniciado usted y que me impongo yo en este mismo momento. Su leal servidor P.” El señor Pelice echó la carta al día siguiente y no volvió a salir de la casa por el resto de sus días.

Solamente lo hacía cada 8 de mes, por la tardecita, para depositar un sobre perfumado en el nicho de la señorita que luego se llevaba el viento o algún curioso o bien lo chamuscaba y descoloría el tiempo. Coincidió que para entonces los festejos de estruendo fueron cayendo en desuso y se convocaba a remate por edicto judicial. Al tiempo, los vecinos lo dieron por muerto o simplemente lo olvidaron. Ya estaba el asfalto, se habían construido varios molinos, el Expreso Rojas llegaba hasta Buenos Aires y sobre el pueblo de tapiales amarillos había surgido otro pueblo. La casa de la calle Saavedra se convirtió en un local de compra y venta de propiedades.

A todo esto el señor Pelice envejecía suavemente detrás del último tapial como un fuego que se apaga con lentitud. Al caer la noche encendía todas las velas y las lámparas y daba de comer a unos pececitos de colores que criaba en un acuario y que eran su única y silenciosa compañía. Tenía una colisa labiosa, dos ángeles que parecían dos pajaritos rígidos, un betta splendens, un labeo bicolor, un telescopio renegrido de ojos saltones que semejaba un gato, una ninfa, un cometa y dos besadores chatos y blancos que colgaban del agua como dos papelitos. La luz del atardecer penetraba por la puerta-ventana que daba al jardín y revestía el cuarto de una claridad dorada que encendía pálidamente la pecera.

Los pececitos flotaban en el agua dorada como suaves pájaros de lento vuelo, desplazándose majestuosamente entre las ramitas de elodea o de helecho japonés. El señor Pelice inclinaba su cabeza encanecida sobre los vidrios y sus pensamientos se desplazaban tan lentos y suaves como aquellos pececitos ánimas. Detrás del tapial amarillo que con las sombras se cubría de caracoles, el señor Pelice se hinchaba y arrugaba un poco más cada año. Ahora podía salir y pasar entre los vecinos sin ser reconocido. El pueblo seguía progresivo, casi capital.

Altas luces de mercurio alumbraban las calles avenidas, el asfalto había llegado hasta la calle Magallanes, en las afueras, había dos semáforos en el centro que saltaban bonitamente del verde al rojo y a la viceversa y de los que don Pelice no entendió muy bien su significancia, aunque imaginó que eran tramoyas de estación. La iglesia de San Isidro, tan altiva, tan de lejos visible apuntando al cielo entre los árboles, sobre los buenos campos, había sido vaciada por dentro, ya no consistía en aquel brillante altar con columnas al pan de oro y la santa imagen, muy camal en su contexto, de Santa María bendita, todo color y vestes y brillos y ojos de vidrio y el niño desnudo, barrigoncito, sino que ahora era una especie de agudo galpón blanqueado, con una mesada en alto.

Quedan de los otros tiempos, y por allí la reconoció, los grandes ventanales con vidrios a franjas blancas y violáceas que según la disposición del sol azulaban a cierta hora el aire, las gentes, las imágenes de bulto, en cuya luz vio una mañana sobreandar, flotante, a la señorita Haydée con un tul que le velaba el rostro y de cuyos entrepaños florecían ambas manos como de cera. Nada de eso prevalecía ya. Él mismo no era el Pelice de entonces pues nadie se volvió a reconocerlo cuando avanzó por el medio de la nave con el panamá en la mano haciendo crujir los resecos botines de becerro.

De regreso pasó por la calle Saavedra y hundida entre dos vidrieras que resplandecían descubrió trabajosamente la negra silueta de la casa con un afrentoso letrero sobre la puerta. Haciendo visera con la mano, sus ojos repasaron el imbatible tejado a la Mansard que se recortaba contra el resplandor de las luces de mercurio. Esa noche escribió una larga carta a la señorita Haydée dándole cuenta de los adelantos habidos y de las altas y frías luces que hubiesen quitado brillo aun a las cascadas de cuatro brazos, de once metros de alto, con veinte, dieciséis, doce y ocho cartuchos detonantes respectivamente, más otros cuatro en el extremo superior del palo que construyó para el sesquicentenario y que fue su más colosal de facto.

Ahora es noviembre. En la profunda noche perfumada al señor Pelice, ya decididamente viejo y por lo tanto insomne, le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Casi no duerme. Se aquieta sobre el catre y hacia el amanecer se adormece un poco.

En esas largas horas divaga por el jardín con la lámpara de aceite en la mano o se echa en una mecedora e impulsada por el aire dulzón que despide el ligustro humedecido por el rocío, su cabeza se vuela como un globo o una pajarita de papel que planea sobre el viejo pueblo con los tapialitos amarillos y las calles de tierra y tanta cosa que se desapareció u ocultó, no visible a prima facie, que eso es la muerte, olvido, oscuridades, suma y suma, tiempo y tiempo, distancia inmóvil.

En la madrugada acercó la lámpara a la pecera y comprobó ya sin dolor que el pez telescopio, ese lento pajarito renegrido que lo observaba con sus grandes ojos saltones a través del cristal y con el que casi había llegado a entenderse, de un mundo a otro, pez-hombre, pez-pez, flotaba inerte en uno de los rincones. Al principio, cuando instaló la pecera, eran doce movedizos pececitos pero, iletrado en aguas, el exceso de comida o alteraciones en la temperatura o defectos en la aireación y filtración redujeron el lote rápidamente. La primera muerte fue una catástrofe.

El señor Pelice extrajo el cuerpecito finado, una vez que comprobó en forma absoluta que no se movía ni aun empujándolo con un dedo, con la redecilla de tul y lo depositó sobre una hoja de hortensia en el medio del escritorio y lo veló algunas horas con la lámpara de aceite. Con una cuchara cavó un hoyo al pie de una magnolia foscata y enterró allí al pececito. No se había aún recuperado de aquella sensible pérdida cuando murió unmacropodus opercularis que comenzó boqueando en la superficie y luego se acurrucó en un rincón con el vientre hinchado. Lo sepultó al pie del ciruelo de jardín de aladas hojas marrones. Así fueron muriendo uno tras otro y el viejo enterrándolos al pie de esta planta, aquella.

Al telescopio lo plantó junto a su arbolito más querido, un jazmín japonés de flores carnosas que reventaban justamente para fines de noviembre y se removían en la noche como avecitas blancas bombeando intensas ondas perfumadas que traspasaban la oscuridad hasta el catre o la mecedora del señor Pelice, que ya prácticamente no duerme.

A ratos lee, a ratos escribe pero sobre todo piensa. Eso es la vejez seguramente, una desvelada memoria. Por lo general reconstruye el pueblo desde su infancia mezclando o, mejor dicho, combinando los tiempos, las personas.

Desfilan contra un mismo tapial o por la penumbra amarilla del cuarto el padre Doglia, previniéndolo en cocoliche sobre las tentaciones de este mundo mientras se pone y se quita el bonete francés, nervioso con la presencia del demonio a quien imagina una especie de comisario de la provincia con el uniforme colorado, el viejo Ponce, que habla solo, Bimbo Marsiletti que agita los brazos frente a una banda invisible, Oreste Provenzano que levanta una ristra de billetes de lotería o los tanos Minervino, Visiconti y Ciminelli que pasan tocando la gaita en fila india igual que en la procesión de la Virgen del Carmen.

Desde que se marchó la señorita Haydée ha tomado por costumbre colgar un farol de viento en medio del jardín. El viento lo agita y remueve las densas sombras que cambian pesadamente de lugar. Su luz anaranjada semeja la lechosa claridad de la pecera. Y en esa luz submarina ve brotar en la punta de una ramita al macropodus opercularis o allabeo bicolor o al scatophagus argus o a los puntius arulius que murieron a dúo. Se agitan como flores o pajaritos o caireles, casi transparentes, muy navegantes. Esta noche de noviembre florecerá sin duda el telescopio, pez pajarito de negros velos, en la cresta del jazmín japonés.

El 8 de diciembre, día de la Inmaculada, el señor Pelice escuchó desde el catre el volteo de las campanas que convocaban a la misa solemne de primera comunión con la lámpara de aceite todavía encendida a un lado, sobre la silla. Pensó en la virgen de cemento que erigieron las Hijas de María en el atrio de la iglesia y que viera la última vez con el rostro y las manos pintadas de color carne y en las hileras de chicos con brazaletes y túnicas que atravesaban la plaza y estarían ingresando en este mismo momento por la puerta puntiaguda a través de la cual se alcanzaba a ver el altar colmado de luces. Pero su hinchado cuerpo no obedeció al impulso. Tenía los brazos adormecidos y las piernas envaradas. Recién a la tardecita, arrastrándose por el piso, pudo dar de comer a los pececitos. Angelita Alori, que venía dos veces por semana a asear la casa, lo encontró al día siguiente tumbado en el piso de ladrillos y lo acomodó en el catre para finales. Como por otro ítem padecía el mal de orina, Angelita le preparó un cocido a base de raíz de rábano con una mata de perejil y un puñado de hojas de berro, endulzado el conjunto con azúcar de cande.

Se abreva una copa para extraer la orina y los humores que vienen de acompañamiento, aconsejándose un Pater para refuerzo. El señor Pelice mejoró de la orina pero total que era casi lo mismo pues no podía transportarse para expulsarla, debiendo ayudar al efecto la Angelita con la vista vuelta hacia otra parte. El 8 de enero, puntual, el señor Pelice emprendió su tránsito con el traje de gabardina, el sombrero panamá y los botines de becerro a la hora justa en que los pececitos se brotaban en las ramas. Según la Angelita, que depuso para constancia, hizo una buena muerte, al natural, y fue enterrado de oficio, sin luto ni comparsa, en la mera tierra.

Ahora bien, y a propósito del señor Pelice que pasó, pregunto: ¿cuál es, cuál el verdadero pueblo de la ciudad de Chacabuco, cuál rige? Este de ahora encumbrado en adelantos o aquel otro de los tapialcitos amarillos y las calles de tierra, cuando el camión de riego asentaba el polvo al atardecer y todo era más viejo y simple pero más dulce, y bastaba con estirar el cogote para ver al fondo de la calle las primeras quintas y que por la calle Saavedra en este momento se acerca gravemente el señor Pelice, se detiene frente a la casa de los Lombardi, ya medio en sombras,, se quita el panamá y saluda a la señorita Haydée que dice por primera vez con su voz de pajarito:

—¿Habrá calor este año, no cree usted?

—El sol está fuerte para noviembre —responde per oblicua el señor Pelice.

—¡Hermoso atardecer!

—Sopla algo de viento, por suerte.

—¿Hacia dónde va usted tan incontinenti?

—Al Prado —improvisa temerario el señor Pelice.

—Muy buena idea. ¡Me gustaría mucho ir hasta ahí! — canturrea la señorita.

El señor Pelice le ofrece el brazo y la señorita Haydée con una risita se aparta de la puerta y enlaza el brazo del maestro cohetero. Las dos figuras se alejan entre tapiales amarillos y penachos de sombras rumbo al Prado Español mientras sobre el pueblo desciende la perfumada noche.

 


¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...