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viernes, 5 de junio de 2020

FRAGMENTOS (2º) - Manuel Scorza


SCORZA- Más fragmentos de sus novelas
REDOBLE POR RANCAS
“Héctor Chacón, el Nictálope, comenzó a reírse: su carcajada construyó una especie de grito, una contraseña de animales conjurados, un secreto aprendido de búhos, espuma atropellada por los estampidos de una risotada seca como los disparos de los guardias civiles y que cayó flagelada por los espasmos de una pavorosa alegría. La gente salió a las puertas. En el Puesto, los guardias civiles rastrillaron sus fusiles. Niños y perros cesaron de perseguirse. Las viejas se santiguaron.”



CANTAR DE AGAPITO ROBLES
CAPITULO 1
“Todo en robles era pretexto de color. En uno de sus viajes encontró un cementerio abandonado. Entonces todavía existían las fechas. Se acercaba el primero de noviembre. Agapito se apiadó tanto del abandono que padecían los muertos, que retornó al pueblo más cercano, compró pintura y volvió para colorear de rojo, amarillo, verde y azul todas las cruces de las tumbas. “Así sentirán menos frio”. Pintó también las del cementerio de Jupaicocha, el más alto y apesadumbrado del mundo. Esas cruces del palo multicolor, bajo las cuales mascullan los llameros, Agapito las pintó. Su pasión por los colores era invencible y más de una vez, temeraria. Porque entre las señas de su prontuario, la Policía difundía que “el prófugo viste como un espantapájaros”, calumnia que nunca lo forzó a rebajarse al gris.”

CAPITULO 2
Maca Albornoz es uno de los personajes más curiosos del ciclo. Su historia y descripción va apareciendo en  tres de las novelas. Ella es la única hija mujer de una familia de bandidos: Los Albornoz. Su padre la quiso cambiar por un buen perro guardián, pero como no consiguió nada de su gusto, se quedó con Maca, pero la educó como varón al que llamaban Maco, y se convirtió en un bandido tan audaz como el resto de sus hermanos. Hasta que un día le sale mal un robo de ganado y cae presa. Los presos que quisieron darle ayuda para curar las heridas de los golpes que le habían dado los guardias, descubrieron que no era Maco, sino Maca y que además era “la mujer más bella que contemplaron los nevados de Tusi”. Cuando sale de la cárcel decide alejarse de su familia y asumir su “nuevo” género. Para lo cual se encierra en una pensión y contrata a las mejores prostitutas de la zona para que le enseñen el oficio.
“La flor y nata del puterío de Rancho Chico y Rancho Grande, los burdeles de Cerro, viajó a Goyllarizquizga… La Culo Eléctrico, la Calzón de Fierro, la Nalgapronta, la Rompecatres, la Gallina Clueca y la Triplete, elevaron a Maca hasta la maestría de su Arte superior. Tres meses después… Maca se vistió de mujer. Con cara de mujer, cabellera de mujer, andares de mujer, irreparablemente mujer, salió a la calle. Tiritando la contemplaron los hombres… Así empezó la dictadura de sus ojos, el cimbreante imperio de su paso, la brujería de su voz levemente ronca.
Maca se dedicó a esquilmar u someter a los ciudadanos principales y sus indignadas señoras redactaron el “Memorial de las Esposas Ofendidas de Yanahuanca” contra “esa  Lucifer con faldas”.
Dice uno de esos hombres “Esa noche supe que después de haber dormido con cientos de mujeres, yo era virgen. Conocí, maldita la hora en que mis padres se entreveraron, conocí que el cielo y el infierno tienen la misma puerta tibia, y que se puede vivir dentro de un relámpago”.
Otra de las rarezas de este personaje es que se apiada de todos los seres discriminados por tontos, locos, deformes que hay en los pueblos de la zona y los lleva a vivir bajo su protección.
Pero aquí no termina las originalidades del personaje: el capítulo 31 consiste en la confesión (sin signos de puntuación) que hace una de las prostitutas al cura del pueblo, donde nos enteramos que La Maca odia todo y que lo único que ama es  uno de sus hermanos. También relata cómo después de lograr acostarse con el hermano ambos son consumidos por un fuego aparecido de no se sabe dónde.

CAPITULO 34 (FINAL): DE COMO EL DANZAR DE AGAPITO ROBLES CONVIRTIÓ EN DÍA LA NOCHE
Agapito Robles …”Por la calle del Abanderado Minaya subió hasta el cementerio. Sintió que en su paz cabían no solo las estrellas de esa noche sino todas las estrellas que brillarían en los años por venir. Su paz abarcó hasta los enemigos. ¿Qué enemigos? Ya no tenía enemigos. Hasta por Montenegro sintió amor. Otra vida comenzaría.”
Cuando todos creían estar celebrando la victoria final, los campesinos vigías avisan que se acercan las tropas:
“En los eucaliptos crujió el fúnebre canto de la pacapaca. Y entonces, de nuevo, nuestro personero (Agapito Robles) enloqueció. Comenzó a reírse bajito, luego fuerte, más fuerte. Sorpresivamente se echó el poncho sobre la espalda que tembloteaba con sus carcajadas. Y ante el espanto de Wistozorro (otro campesino) inició su baile… El humo de la danza lo envolvió. Ya no se le veía. Su poncho era un torbellino de colores vertiginosos. Sin dejar de bailar, descendió la loma. Como candela pasó chamuscando los eucaliptos. Yo lo vi. Cuidando que su calor no me alcanzara, lo seguí de lejos. Sin piedad por los maizales que devastaba a su paso, sin atender al terror del caballaje, que se revolvía piafando en los corrales, ¡wifala, wifala!, siguió bajando. Se acercó al pueblo. … El sofoco se hizo intolerable; nos obligó a salir. ¡Entonces lo vimos! ¡Toda la quebrada estaba ardiendo! ¡Un zigzag de colores avanzaba incendiando el mundo!”

GARABOMBO EL INVISIBLE
CAPITULO 12



miércoles, 3 de junio de 2020

FRAGMENTOS - Manuel Scorza


Manuel Scorza
FRAGMENTOS DE REDOBLE POR RANCAS
10. Acerca del lugar y la hora en que el gusano de alambre apareció en Yanacancha
Sólo el sol del mediodía calienta. Los perros esperan ansiosos ese fulgor y lo persiguen hasta que se extravía en la estepa.
Allí, de golpe, atardece. El viento sale de las cuevas y lame rencoroso la tierra pelada.
Yanacancha comienza donde acaba Cerro de Pasco: en el cementerio. Los viajeros se extrañan de ese camposanto, demasiado vasto para el pueblo. Y es que antes que viniera el de la barba bermeja, Cerro de Pasco llegó a tener doce viceconsulados. Cateadores de todas las razas subieron a estos nevados a buscar la veta fabulosa. Vinieron por fortuna y dejaron los huesos. Derrochaban sus años vagando por las cordilleras. Un día los sorprendía la fiebre y en las pausas del delirio suplicaban que con su oro les compraran, por lo menos, una buena tumba. Allí están, metidos en sus catafalcos, mascullando contra la nevada.
En una de las paredes del cementerio, un jueves, la noche parió al Cerco. Volví para santiguarme. Una multitud de enchaquetados lo miraba gatear; ante mis ojos, el Cerco circundó el cementerio y descendió a la carretera. Es la hora en que los camiones jadean hacia Huánuco, felices de bajar a tierras arboladas. En el borde de la carretera, el Cerco se detuvo, meditó una hora y se dividió en dos. El camino a Huánuco comenzó a correr entre dos alambrados. El Cerco reptó tres kilómetros y enfiló hacia las oscuras tierras de Cafepampa.
…………….
Ascendí por la cuesta y abrí la boca: el Cerco engullía Cafepampa. Así nació el cabrón, un día lluvioso, a las siete de la mañana. A las seis de la tarde tenía una edad de cinco kilómetros. Pernoctó en el puquial Trinidad. Al día siguiente corrió hasta Piscapuquio: allí celebró sus diez kilómetros. ¿Conocen los cinco manantiales de Piscapuquio? Para el que llega, beberla es un regalo. Para el que parte, es una dulzura recordarla. Ya nadie pudo encariñarse con esos manantiales. El tercer día, el Cerco cumplió otros cinco kilómetros. El cuarto atravesó los lavaderos de oro. En esos esqueletos de piedra levantados por los antiguos, los españoles lavaban su oro. No aconsejo cruzar esas soledades de noche: un decapitado limosnea con su cabeza en la mano. Allí pernoctó el Cerco: al alba reptó hacia el cañón por donde fuga la carretera a Huánuco. Dos infranqueables montes vigilan el desfiladero: el rojizo Pucamina y el enlutado Yantacaca, inaccesibles para los mismos pájaros.
El quinto día, el Cerco derrotó a los pájaros.
…………
19. Donde el lector se entretendrá con una partida de póquer
los historiadores exhiben una prueba irrefutable: esa noche —¿era noche, era día?— las autoridades confirmaron que Espíritu Félix y sus catorce compañeros habían sido fulminados por un «infarto colectivo»…
Sea como fuere, el dictamen del doctor Montenegro fue categórico: los peones habían sido segados por el primer infarto colectivo de la historia de la medicina. El doctor Montenegro confirmó que los débiles corazones de los caballerangos no resistieron las alturas del poder; corazones acostumbrados a trotar a cinco mil metros fueron despedazados por la emoción de sentarse en los sillones de la sala de El Estribo. La provincia triunfaba. El privilegio de la desconcertante novedad médica, negada a las cosmópolis, recaía en una humilde, pero sincera provincia peruana. El genio no escoge únicamente a las grandes naciones para revelarse.


34. Lo que Fortunato y el Personero de Rancas conversaron
Una universal debilidad destituyó a la rabia. Fortunato sintió que el cielo se desfondaba. Para defenderse de las nubes alzó los brazos. Se abrió la tierra. Intentó agarrarse de las hierbas, de la orilla de la vertiginosa oscuridad, pero sus dedos no obedecieron y rodó, rebotando, hasta el fondo de la tierra.
Semanas después, en sus tumbas, sosegados los sollozos, acostumbrados a la húmeda oscuridad, don Alfonso Rivera le contó el resto. Porque los enterraron tan cerca que Fortunato escuchó los suspiros de don Alfonso y consiguió abrir un agujero en el barro con una ramita. ¡Don Alfonso, don Alfonso!, llamó. El Personero, que se creía condenado para siempre a la oscuridad, sollozó. Lloró una semana, luego se calmó y, más tranquilo, le informó que él, Fortunato, se escurrió al primer balazo, de bruces, sobre su sangre.

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FRAGMENTOS DE EL JINETE INSOMNE

1- DE CÓMO EL RÍO CHAUPIHUARANGA SIGUIÓ APELLIDÁNDOSE CHAUPIHUARANGA PERO CESÓ DE SER RÍO
Yo fui el primero en percatarme de la pereza del agua. Vivo cerca de Racre, en una casucha que respetan las crecidas: conozco todas las mañas del Chaupihuaranga. Una mañana de agosto (pero quizás era diciembre) queriendo encerrar unas truchas en un brazo de agua, me extrañó la flojera del río. Convaleciente de fiebres traídas de un viaje a Huánuco, la diarrea me obligó a buscar al medio día unos arbustos cerca del río. Entonces miré las mismas aguas. Me alarmé pero preferí esperar. Para no inquietarme gasté el día afilando tijeras. Más calmado, volví a la orilla al atardecer. El agua se empecinaba. No queriendo apresurar juicios, me arriesgué a una prueba. El jueves (pero quizás era viernes o lunes) viajé a Yanahuanca. ¡Ojo! No me franqueé con nadie. Sin comerciar palabra compré una onza de anilina morada. La mañana del viernes (pero quizás era martes) sembré el tinte en el río. El morado delataría la velocidad del agua. Por el color pretendía sondear las intenciones del Chaupihuaranga. Vacíe la bolsita en la corriente y me alejé. El fervor del sol maltrataba la tierra. Sofocado busqué pencas, comí tunas, y más tranquilo, casi sosegado, me adormecí bajo los molles.
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Desperté con la mano pesada sobre el corazón. Era el atardecer. Con la boca abrasada me aproximé a la orilla. Mi pavor descubrió  que el morado seguía allí, a una vara de la misma retama. ¿Era viernes o lunes? Alarmado pero sospechando que el tunante de Cisneros me había endilgado una «anilina podrida» el sábado (pero quizás era jueves) viajé a Yanahuanca: quería percatarme de la calidad del tinte. Esta vez compré tres onzas de anilina roja, verde y naranja, en tres tiendas diferentes, a cuyos propietarios previne que quería «teñir un manto para la Virgen del Socorro». Así, con lo sagrado, creí ahuyentar pendejadas. Sin descoser la boca volví a mi estancia. El «domingo» me adentré en la «corriente» y con el agua hasta el pecho espolvoreé los colores en tres lugares diferentes: el rojo cerca del molle desmochado por el rayo, el verde junto al cuajaron morado y el naranja, a la derecha, donde meses antes la correntada se llevó mi vaquilla Vaca. No me sentía bien. Al atardecer vencí la tentación de aproximarme al río. El «lunes» se me desbocaron los ojos: ¡las islitas rojas, verdes y naranjas seguían allí!
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5 SÍNTOMAS DE LA PLAGA QUE ACOMETIÓ A LOS RELOJES DE YANAHUANCA
Doña Añada, la más vieja de las cinco cocineras del juez Montenegro, jura que el primer enfermo fue el Longines del subprefecto Valerio. El Domingo de Ramos percibió un olorcillo dulzón. Doña Paulina, otra de las cocineras, dice que doña Añada se equivocó. «El incienso disimuló el olor». Pero nadie discute que tres días después el reloj enfermo se asfixió en una rápida agonía. Luego se comprobada que a los relojes la muerte les sobrevenía tras clamorosas inflamaciones.
…….
Repuesta del susto doña Pepita alejó a las domésticas. Solo los Montenegro, el subprefecto Valerio, Arutingo y Atala asistieron a la agonía. Eso no prohibió que las sirvientas percibieran la pestilencia que no obstante zahumerios se prendería largos días a los geranios del patio. El Longines del subprefecto acabó de sufrir ese anochecer. El Chuto Ildefonso envolvió al difunto en un trozo de yute y lo enterró detrás de los últimos molles. Pero él mismo necesitó zamparse un aguardiente. Las sirvientas gastaron las sobras de la noche regando la casa con Agua Florida. Pero aún después en la casa persistió el olor de pedo de gigante.
………
Quizás una cuarentena hubiera menguado los estragos pero nadie reparó que las bruscas lentitudes y sorpresivas aceleraciones de los cinco relojes de Yanacocha eran altibajos de la fiebre.
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8-  DE CÓMO LA GENTE NO AGRADECE SINO TODO LO CONTRARIO
Yo ya no quiero franquearme con nadie. Repito: la gente no agradece. ¿Cuántas veces he querido prevenir acerca de las actitudes hipócritas que por aquí adopta el agua? ¿Qué he sacado? En esa época mi mujer estaba por parir: se le antojó comer trucha. Fui al lago. Por este lado el Chaupihuaranga es más tonto que en ninguna parte. Por eso me sorprendió que pasaran los sombreros. A los primeros lo confundí con patos, pero luego me di cuenta: una multitud de sombreros avanzaba sobre el agua inmóvil. ¿Sombreros caminando en el agua quieta? ¿O gente caminando debajo del agua? En todo caso, yo vi sombreros. Uno detrás de otro, en fila, calladitos, pasaron.
…………
15- DECADENCIA DEL ARTE POSTAL
En eso, don Celestino Matos, jefe de la oficina de correos, enloqueció. En plena ceremonia conmemorativa de la victoria de Ayacucho, el hasta entonces anónimo funcionario mordió la mano que se dignaba alargarle el juez. Solo los puñetazos del Chuto Ildefonso, sombra fiel del magistrado, lo salvaron del furor del jefe de correos.
Reducido por los acompañantes don Celestino siguió aullando. «¿Por qué me desprecian? ¿Por qué me huyen? ¿Soy carachoso?». Nadie lo desdeñaba. Los desaires se domiciliaban en la confusión de sus ojos. Miope de solemnidad —no distinguía ni su espejo— don Celestino había recurrido a la ciencia del sanitario Canchucaja que le recetó unos anteojos que encargó a Cerro de Pasco. Por defectuosa medición o por error de los oculistas, semanas después, don Celestino recibió lentes desconcertantes: las figuras se le escurrían por los costados de las lunas. Don Celestino miraba
acercarse a los hombres y luego doblar y esfumarse. Con dignidad se enfrentó al desastre. Escamoteados por sus anteojos, amigos y enemigos huían. Demasiado  delicado para inquirir las causas del desprecio colectivo, acusándose quizás de crímenes imaginarios, don Celestino se aisló. El 9 de diciembre según unos, el quince de marzo según otros, perdió la razón.
…………..
20- DE LAS ABRACADABRANTES FIESTAS QUE ORGANIZARON
LOS MONTENEGRO
Una tarde doña Pepita gritó «¡Me aburro, carajo!» y sin respeto por la siesta que Arutingo cabeceaba en uno de los sillones, arrancó uno de los almanaques de la abarrotería. Y. Chang.
«¿Por qué no es ya Semana Santa? ¿Qué esperan los santos? Estos cojudos se la pasan hueveando en los altares. ¡Habría que adelantar el calendario!».
—¡Cojones! —gritó Arutingo, electrizado.
—¿Qué pasa? —preguntó disgustada doña usaba pero no toleraba las malas palabras.
—Ya lo tengo, comadrita.
—¿Qué tienes?
—Usted misma lo dijo, doña Pepita: apurar el calendario. ¡Acelerar el tiempo, comadrita!
—Te felicito cholo. Por fin te funciona la tutuma —rio doña Pepita—. ¿Qué día es hoy?
—Quince de febrero.
—Si estuviéramos en marzo podríamos celebrar la Semana Santa.
—Si usted quiere que estemos en marzo ¿quién se opone? ¿Por qué un mes debe tener treinta días? Si usted quiere puede tener diez o cien. ¡Usted señale su tamaño y nosotros lo haremos respetar!
A la mañana siguiente Arutingo viajó a Huarautambo. El Chuto Ildefonso esperaba ya con una asamblea de colonos. Sin gastar saliva Arutingo les comunicó que no deseando que los peones pensaran que doña Pepita los «desairaba», la patrona recibiría con gusto sus invitaciones. Doña Pepita había decidido «adelantar» la Semana Santa. La Crucifixión de Nuestro Salvador se lloraría en febrero: el próximo domingo.
…………..
El calendario comenzó a desmayarse. Por pura bellaquería el Opa Leandro ofreció en venta unos almanaques: simples hojas de cartulina con meses de cuarenta o sesenta días, con las nuevas efemérides en rojo, verde, amarillo, azul. Los badulaques se arremolinaron muertos de risa, pero, oh sorpresa, don Herón de los Ríos, alcalde de Yanahuanca, se metió la mano al bolsillo, extrajo cinco soles y exclamó: «Muy bonita, Leandro, su obra de arte». A los graciosos que estallaron en carcajadas, los condujeron al Puesto por «desacato al señor alcalde». El mantenimiento del
calendario gregoriano se estimó desde entonces un «desacato al Poder Judicial». En la práctica era contradecir la realidad. Los meses comenzaron a alargarse o acortarse según las circunstancias. Octubre engordó hasta tener ochenta días y noviembre murió apenas a los nueve días de edad.
…………


martes, 26 de mayo de 2020

Redoble por Rancas


REDOBLE POR RANCAS, Manuel Scorza
Este libro es la crónica exasperantemente real de una lucha solitaria: la que en los Andes Centrales libraron, entre 1950 y 1962, los hombres de algunas aldeas sólo visibles en las cartas militares de los destacamentos que las arrasaron. Los protagonistas, tos crímenes, la traición y la grandeza, casi tienen aquí sus nombres verdaderos…
Ciertos hechos y su ubicación cronológica, ciertos nombres, han sido excepcionalmente modificados para proteger a los justos de la justicia.

Capítulo 1

1.   Donde el zahorí lector oirá hablar de cierta celebérrima moneda

Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergería la Guardia de Asalto para fundar el segundo cementerio de Chinche, un húmedo setiembre, el atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por la leontina de oro de un Longines auténtico. Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su imperturbable paseo.
Hacia las siete de ese friolento crepúsculo, el traje negro se detuvo, consultó el Longines y enfiló hacia un caserón de tres pisos. Mientras el pie izquierdo se demoraba en el aire y el derecho oprimía el segundo de los tres escalones que unen la plaza al sardinel, una moneda de bronce se deslizó del bolsillo izquierdo del pantalón, rodó tintineando y se detuvo en la primera grada. Don Herón de los Ríos, el Alcalde, que hacía rato esperaba lanzar respetuosamente un sombrerazo, gritó: «¡Don Paco, se le ha caído un sol!».
El traje negro no se volvió.
El Alcalde de Yanahuanca, los comerciantes y la chiquillería se aproximaron. Encendida por los finales oros del crepúsculo, la moneda ardía. El Alcalde, oscurecido por una severidad que no pertenecía al anochecer, clavó los ojos en la moneda y levantó el índice: «¡Que nadie la toque!». La noticia se propaló vertiginosamente. Todas las casas de la provincia de Yanahuanca se escalofriaron con la nueva de que el doctor don Francisco Montenegro, Juez de Primera Instancia, había extraviado un sol.
Los amantes del bochinche, los enamorados y los borrachos se desprendieron de las primeras oscuridades para admirarla. «¡Es el sol del doctor!», susurraban exaltados. Al día siguiente, temprano, los comerciantes de la plaza la desgastaron con temerosas miradas. «¡Es el sol del doctor!», se conmovían. Gravemente instruidos por el Director de la Escuela —«No vaya a ser que una imprudencia conduzca a vuestros padres a la cárcel»—, los escolares la admiraron al mediodía: la moneda tomaba sol sobre las mismas desteñidas hojas de eucalipto. Hacia las cuatro, un rapaz de ocho años se atrevió a arañarla con un palito: en esa frontera se detuvo el coraje de la provincia.
Nadie volvió a tocarla durante los doce meses siguientes.
Sosegada la agitación de las primeras semanas, la provincia se acostumbró a convivir con la moneda. Los comerciantes de la plaza, responsables de primera línea, vigilaban con tentaculares miradas a los curiosos. Precaución inútil: el último lameculos de la provincia sabía que apoderarse de esa moneda, teóricamente equivalente a cinco galletas de soda o a un puñado de duraznos, significaría algo peor que un carcelazo. La moneda llegó a ser una atracción. El pueblo se acostumbró a salir de paseo para mirarla. Los enamorados se citaban alrededor de sus fulguraciones.
El único que no se enteró que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda destinada a probar la honradez de la altiva provincia fue el doctor Montenegro.
Todos los crepúsculos cumplía veinte vueltas exactas. Todas las tardes repetía los doscientos cincuenta y seis pasos que constituyen la vuelta del polvoriento cuadrado. A las cuatro, la plaza hierve, a las cinco todavía es un lugar público, pero a las seis es un desierto. Ninguna ley prohíbe pasearse a esa hora, pero sea porque el cansancio acomete a los paseantes, sea porque sus estómagos reclaman la cena, a las seis la plaza se deshabita. El medio cuerpo de un hombre achaparrado, tripudo, de pequeños ojos extraviados en un rostro cetrino, emerge a las cinco, al balcón de un caserón de tres pisos de ventanas siempre veladas por una espesa neblina de visillos. Durante sesenta minutos, ese caballero casi desprovisto de labios contempla, absolutamente inmóvil, el desastre del sol. ¿Qué comarcas recorre su imaginación? ¿Enumera sus propiedades? ¿Recuenta sus rebaños? ¿Prepara pesadas condenas? ¿Visita a sus enemigos? ¡Quién sabe! Cincuenta y nueve minutos después de iniciada su entrevista solar, el Magistrado autoriza a su ojo derecho a consultar el Longines, baja la escalera, cruza el portón azul y gravemente enfila hacia la plaza. Ya está deshabitada. Hasta los perros saben que de seis a siete no se ladra allí.
Noventa y siete días después del anochecer en que rodó la moneda del doctor, la cantina de don Glicerio Cisneros vomitó un racimo de borrachos. Mal aconsejado por un aguardiente de culebra Encarnación López se había propuesto apoderarse de aquel mitológico sol. Se tambalearon hacia la plaza. Eran las diez de la noche. Mascullando obscenidades, Encarnación iluminó el sol con su linterna de pilas. Los ebrios seguían sus movimientos imantados. Encarnación recogió la moneda, la calentó en la palma de la mano, se la metió en el bolsillo y se difuminó bajo la luna.
Pasada la resaca, por los labios de yeso de su mujer, Encarnación conoció al día siguiente el bárbaro tamaño de su coraje. Entre puertas que se cerraban presurosas se trastabilló hacia la plaza, lívido como la cera de cincuenta centavos que su mujer encendía ante el Señor de los Milagros. Sólo cuando descubrió que él mismo, sonámbulo, había depositado la moneda en el primer escalón, recuperó el color.
El invierno, las pesadas lluvias, la primavera, el desgarrado otoño y de nuevo la estación de las heladas circunvalaron la moneda. Y se dio el caso de que una provincia cuya desaforada profesión era el abigeato, se laqueó de una imprevista honradez. Todos sabían que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda idéntica a cualquier otra circulante, un sol que en el anverso mostraba el árbol de la quina, la llama y el cuerno de la abundancia del escudo de la República y en el reverso exhibía la caución moral del Banco de Reserva del Perú. Pero nadie se atrevía a tocarla. El repentino florecimiento de las buenas costumbres inflamó el orgullo de los viejos. Todas las tardes auscultaban a los niños que volvían de la escuela. «¿Y la moneda del doctor?». «¡Sigue en su sitio!». «Nadie la ha tocado». «Tres arrieros de Pillao la estuvieron admirando». Los ancianos levantaban el índice, con una mezcla de severidad y orgullo: «¡Así debe ser; la gente honrada no necesita   candados!».
A pie o a caballo, la celebridad de la moneda recorrió caseríos desparramados en diez leguas. Temerosos que una imprudencia provocara en los pueblos pestes peores que el mal de ojo, los Teniente-gobernadores advirtieron, de casa en casa, que en la plaza de Armas de Yanahuanca envejecía una moneda intocable. ¡No fuera que algún comemierda bajara a la provincia a comprar fósforos y «descubriera» el sol! La fiesta de Santa Rosa, el aniversario de la Batalla de Ayacucho, el Día de los Difuntos, la Santa Navidad, la Misa de Gallo, el Día de los Inocentes, el Año Nuevo, la Pascua de Reyes, los Carnavales, el Miércoles de Ceniza, la Semana Santa, y, de nuevo, el aniversario de la Independencia Nacional sobrevolaron la moneda. Nadie la tocó. No bien llegaban los forasteros, la chiquillería los enloquecía: «¡Cuidado, señores, con la moneda del doctor!». Los fuereños sonreían burlones, pero la borrascosa cara de los comerciantes los enfriaba. Pero un agente viajero, engreído con la representación de una casa mayorista de Huancayo (dicho sea de paso: jamás volvió a recibir una orden de compra en Yanahuanca), preguntó con una sonrisita: «¿Cómo sigue de salud la moneda?». Consagración Mejorada le contestó: «Si usted no vive aquí, mejor que no abra la boca». «Yo vivo en cualquier parte», contestó el bellaco, avanzando. Consagración —que en el nombre llevaba el destino— le trancó la calle con sus dos metros: «Atrévase a tocarla», tronó. El de la sonrisita se congeló. Consagración, que en el fondo era un cordero, se retiró confuso. En la esquina lo felicitó el Alcalde:
«¡Así hay que ser: derecho!». Esa misma noche, en todos los fogones, se supo que Consagración, cuya única hazaña conocida era beberse sin parar una botella de aguardiente, había salvado al pueblo. En esa esquina lo parió la suerte. Porque no bien amaneció los comerciantes de la plaza de Armas, orgullosos de que un yanahuanquino le hubiera parado el macho a un badulaque huancaíno, lo contrataron para descargar, por cien soles mensuales, las mercaderías.
La víspera de la fiesta de Santa Rosa, patrona de la Policía, descubridora de misterios, casi a la misma hora en que, un año antes, la extraviara, los ojos de ratón del doctor Montenegro sorprendieron una moneda. El traje negro se detuvo delante del celebérrimo escalón. Un murmullo escalofrió la plaza. El traje negro recogió el sol y se alejó. Contento de su buena suerte, esa noche reveló en el club: «¡Señores, me he encontrado un sol en la plaza!».
La provincia suspiró.

Capítulo 18

1.   Sobre las anónimas peleas de Fortunato

Setiembre encontró más de treinta mil ovejas muertas. Ensordecidos por el estruendo de su desgracia, los pueblos sólo sabían llorar. Sentados en el mar de lana de sus ovejas moribundas, sollozaban, inmóviles, con los ojos fijos en la carretera.
El tercer viernes de setiembre el Personero Rivera mandó llamar al padre Chasán. El padrecito vino a celebrar. Todos los pecadores, todos los ranqueños, llenaron la iglesia. El padre pronunció un sermón oído de rodillas.
—Padrecito —preguntó el Personero al terminar la misa—, ¿por qué Dios nos envía este castigo?
El padre respondió:
—El Cerco no es obra de Dios, hijitos. Es obra de los americanos. No basta rezar.
Hay que pelear.
La cara de Rivera se azuló.
—¿Cómo se puede luchar con «La Compañía», padrecito? De los policías, de los jueces, de los fusiles, de todo son dueños.
—Con la ayuda de Dios todo se puede. El Personero Rivera se arrodilló.
—Bendición, padrecito.
El padre Chasán dibujó una cruz.
Comenzaron a pelear. A las cuatro de la mañana, Rivera tocó todas las puertas de los varones. Se reunieron en la plaza. Helaba. Saltaban sobre las piedras para no pelarse de frío. Se armaron de garrotes y hondas. Se repartieron tres botellas de cañazo. Todavía oscuro se agazaparon para esperar la ronda de «La Compañía». El sol no conseguía sacar las patas de la tela de araña de una neblina rosada. Vagas estatuas ecuestres emergieron. Cayeron sobre los cabalgados. El miedo endureció sus puños coléricos. Brillantes de excitación y de rocío, los perros participaban de la cólera. Los sorprendidos caporales, magullados, con las caras rajadas por los hondazos, se esfumaron en la neblina.
—¡Rompan el Cerco! —ordenó el Personero Rivera escupiendo un diente.
—¿Qué cosa, don Alfonso?
—¡Rompan el Cerco y metan el ganado! —insistió el Personero secándose la sangre de la nariz con un pañuelo mugroso.
Obedecieron. Volvieron a Rancas por las ovejas: tuvieron que arrastrarlas. Pero el pasto es milagroso; una hora después los borregos comían y saltaban, de nuevo, entre los perros, locos de contento. Esa noche, por primera vez en semanas, sonaron risas en Rancas. Todos se jactaban de verdaderas o imaginarias hazañas. Los mismos comerciantes fiaban contentos. Don Eudocio invitó a todos los que mostraban caras magulladas o labios rotos. Siguieron peleando.  Cada madrugada se enfrentaban a las rondas de la «Cerro de Pasco Corporation». Como antes al pastoreo, salían ahora a cumplir el antiquísimo rito de los varones. Volvían ensangrentados. Egoavil, el jefe de los caporales, un jayán de casi dos metros, reforzó a su gente. Se acabaron las patrullas de cinco; las rondas de «La Cerro» se cumplían de veinte en veinte cabalgados. Así y todo peleaban. Y los más fieros eran los viejos. «Nosotros no tenemos dientes —decían—.
¿Qué nos importa que nos rompan la jeta? Ustedes, jóvenes, cuiden sus dientes para agradar a las muchachas. ¿Nosotros de qué servimos?».
Pero Egoavil no era manco. Una mañana los pastores de «La Florida» entraron en Rancas llorando detrás de un rebaño de vacas que mugía lastimeramente. Las vacas parecían cuyes: no tenían rabo. Así empezó la violencia. Oveja que encontraban las cuadrillas era oveja pisoteada. Y pasó peor: una madrugada tres pastores se calentaban delante de una fogata de bosta. La neblina era espesa. Se calentaban al pie de una ladera cuando crepitó una carcajada. Se levantaron alarmados mientras una pelota rodaba hasta sus pies. Se acercaron: era la cabeza de Mardoqueo Silvestre.
La gente comenzó a ralear. Los últimos que se atrevían a pelear, volvían arrastrándose. En vano el Personero tocaba las puertas obstinadas. A fines de setiembre ni los valientes osaron combatir. Un día los caporales vinieron con uniformados. Un pelotón de la Guardia Republicana escoltó, desde entonces, a la ronda. Atacarla era atacar a la Fuerza Armada. Egoavil entró en Rancas acompañado de tres guardias republicanos, ostentosamente recorrió la calle, taconeó en la plaza y entró en la cantina de don Eudocio.
—Una docena de cervezas para los señores guardias —gruñó recostándose en el mostrador.
Hubo que servirle.
En la vastedad de los campos clausurados sólo quedó Fortunato.
En casetas de madera apresuradamente construidas por los carpinteros de la
«Cerro de Pasco Corporation», la Guardia Republicana colocó centinelas, cada tres kilómetros. Nadie se atrevió a atacar.
Nadie salvo Fortunato.
Cuando Egoavil, el gigantesco hijo de puta, jefe de los caporales, miró al único adversario de «La Compañía» la risa casi lo derribó de la silla. Se carcajeó hasta las lágrimas y se alejó. Pero al día siguiente la ronda tropezó, de nuevo, con el viejo. En su aplastada cara ardían dos candelas. El viejo divisó a los jinetes y les soltó un hondazo.
Desmontaron y lo molieron a puñetazos. Fortunato volvió arrastrándose. La madrugada siguiente, insistió. Egoavil mandó tallarlo a latigazos. El Cara de Sapo — así lo llamaba Egoavil— se retorcía como culebra, pero no gritaba.
Cuando los látigos lo desdeñaron tenía los labios mordidos.
—¡Si quieres, vuelve mañana por el vuelto! —gritó Egoavil.
Volvió. Regresó a Rancas igualito al San Sebastián de la iglesia de Villa de Pasco. Un camino de cuatro kilómetros le demoró tres horas. Entró dejando un reguero de sangre.
—No insista, don Fortunato —le suplicó esa mañana Alfonso Rivera—. Usted solo no puede. Uno solo no puede pelear contra quinientos.
—Te matarán, papacito —sollozaban sus hijas—. Vivo nos sirves; muerto, no nos traerás ni agua.
—Solo no puedes, Fortunato —insistió Rivera.
No contestó. Siguió peleando. Día tras día salía a enfrascarse en las inútiles peleas. Para los caporales no era un combate, era una diversión. Los barbajanes se lo rifaban. «No le pegues muy duro, hay que conservar a nuestro sapito», se burlaba Egoavil. El viejo seguía acudiendo a la cita. Caía y se levantaba. No cedía. Era como esos tentetiesos que, doblados en cualquier dirección, siempre vuelven a quedar erectos. Maltratarlo era una rutina que dependía de los humores de Egoavil. Así, al amanecer de la noche en que la Culoeléctrico lo desairó públicamente después de bebérsele una botella de anisado Poblete, Egoavil quiso quitarse esa mosca del ojo. Ocho jinetes clausuraron un círculo alrededor de la palidez del viejo. Una hora se lo cedieron, uno a otro, a puntapiés y puñetazos. Fortunato se tambaleaba mareado; su cara era una máscara desportillada. Cuando lo soltaron, no se le veían los ojos. Se derrumbó como un saco vacío.
Se quedó tirado sobre el pasto, jadeando, cara al cielo, con la boca abierta. Unos arrieros lo recogieron al mediodía: entró en Rancas vomitando. Se tiró lacio en su jergón tres días con la verde-amarilla-morada cara cubierta con pedazos de carne fresca. El cuarto día se levantó. La quinta madrugada salió, de nuevo, a enfrentar a la ronda. Encontró a Egoavil cambiado. Esta vez no descendió ningún jinete.
—¡Váyase, Fortunato, lárguese! —le gritaron, alejándose.
El viejo quiso perseguirlos a pedradas, pero se lo prohibieron su debilidad y el trote de los bastardos.
Egoavil había comenzado a soñarlo. Fortunato lo perseguía en sueños. Se le aparecía todas las noches. En su soñera vagaba por un desierto, más allá de toda fatiga, cuando oyó una voz; alarmado, Egoavil apresuró el paso, pero lo silbaron de nuevo. ¿Quién podía nombrarlo en esa planetaria soledad? Siguió huyendo de la voz implacable. Sólo leguas más allá reconoció aterrado que el hablador era su caballo; se descabalgó tiritando para descubrir que el cuartago tenía la tumefacta, la anaranjada cara de Fortunato. Y soñó también que encontraba en su dormitorio un retrato del viejo. Enloquecido, arrancó el rostro odiado sólo para descubrir que era un calendario atroz y que debajo de cada cara arrancada surgían cientos de rostros del viejo: Fortunato riéndose, Fortunato sacándole la lengua, Fortunato llorando, Fortunato guiñándole los ojos, Fortunato con la cara azul, Fortunato con la cara agujereada, Fortunato granizado. Y soñó peor: Fortunato se le apareció crucificado. Lo ensoñó como un Jesucristo clavado en una cruz. Los fieles de Rancas, los devotos de toda la tierra, seguían el anda rezando. El crucificado vestía los mismos pantalones sebosos y la deshilachada camisa del viejo; en lugar de la corona de espinas, lucía su sombrero rotoso. Nítidamente Egoavil distinguió la cara hinchada. El crucificado, el Señor de Rancas, aparentemente, no padecía; de tiempo en tiempo descolgaba un brazo y se llevaba a la boca una botella de aguardiente. Egoavil avanzó tras el anda temblando, con una vela en la mano, queriendo ocultarse, pero el crucificado lo reconoció y le gritó: «¡No se me corra, Egoavil! ¡Mañana nos veremos!», guiñándole un ojo tapiado por una amarilla, atroz tumefacción. Se despertó gritando.
Calmosamente, sentado en una roca, el viejo se remangó la camisa. Egoavil sintió la boca de paja.
—¡Don Fortunato! —enronqueció desde el caballo—. Ya sé de sobra que usted es un macho. —Y su mano despectiva abarcó la ronda silenciosa—: Aquí no hay ningún varón como usted. Ninguno de estos huevones es tan hombre como usted. ¿Para qué seguir esta pelea? Usted solo no puede nada, don Fortunato. «La Cerro» es poderosísima. Todos los pueblos se han echado. Usted es el único que insiste. ¿Para qué seguir, don Fortunato?
—¡Baja o te bajo, cabrón! —gritó el Cara de Sapo.
—Por favorcito, don Fortunato, no me insulte.
—¡Hijo de puta por parte de madre!
—No queremos pegarle. Si usted no se presenta por aquí, ya no volverá la ronda.
—¡Hijo de puta por parte de padre!
Egoavil recorrió los rostros de cuero de la ronda, entrevió la faz del Cristo, sintió el sudor de la soñarrera y saltó del caballo. Se trenzaron. Fortunato atacaba con rabia, con puñetazos de mula. Egoavil respondía con golpes de lana.



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  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...