miércoles, 3 de junio de 2020

FRAGMENTOS - Manuel Scorza


Manuel Scorza
FRAGMENTOS DE REDOBLE POR RANCAS
10. Acerca del lugar y la hora en que el gusano de alambre apareció en Yanacancha
Sólo el sol del mediodía calienta. Los perros esperan ansiosos ese fulgor y lo persiguen hasta que se extravía en la estepa.
Allí, de golpe, atardece. El viento sale de las cuevas y lame rencoroso la tierra pelada.
Yanacancha comienza donde acaba Cerro de Pasco: en el cementerio. Los viajeros se extrañan de ese camposanto, demasiado vasto para el pueblo. Y es que antes que viniera el de la barba bermeja, Cerro de Pasco llegó a tener doce viceconsulados. Cateadores de todas las razas subieron a estos nevados a buscar la veta fabulosa. Vinieron por fortuna y dejaron los huesos. Derrochaban sus años vagando por las cordilleras. Un día los sorprendía la fiebre y en las pausas del delirio suplicaban que con su oro les compraran, por lo menos, una buena tumba. Allí están, metidos en sus catafalcos, mascullando contra la nevada.
En una de las paredes del cementerio, un jueves, la noche parió al Cerco. Volví para santiguarme. Una multitud de enchaquetados lo miraba gatear; ante mis ojos, el Cerco circundó el cementerio y descendió a la carretera. Es la hora en que los camiones jadean hacia Huánuco, felices de bajar a tierras arboladas. En el borde de la carretera, el Cerco se detuvo, meditó una hora y se dividió en dos. El camino a Huánuco comenzó a correr entre dos alambrados. El Cerco reptó tres kilómetros y enfiló hacia las oscuras tierras de Cafepampa.
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Ascendí por la cuesta y abrí la boca: el Cerco engullía Cafepampa. Así nació el cabrón, un día lluvioso, a las siete de la mañana. A las seis de la tarde tenía una edad de cinco kilómetros. Pernoctó en el puquial Trinidad. Al día siguiente corrió hasta Piscapuquio: allí celebró sus diez kilómetros. ¿Conocen los cinco manantiales de Piscapuquio? Para el que llega, beberla es un regalo. Para el que parte, es una dulzura recordarla. Ya nadie pudo encariñarse con esos manantiales. El tercer día, el Cerco cumplió otros cinco kilómetros. El cuarto atravesó los lavaderos de oro. En esos esqueletos de piedra levantados por los antiguos, los españoles lavaban su oro. No aconsejo cruzar esas soledades de noche: un decapitado limosnea con su cabeza en la mano. Allí pernoctó el Cerco: al alba reptó hacia el cañón por donde fuga la carretera a Huánuco. Dos infranqueables montes vigilan el desfiladero: el rojizo Pucamina y el enlutado Yantacaca, inaccesibles para los mismos pájaros.
El quinto día, el Cerco derrotó a los pájaros.
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19. Donde el lector se entretendrá con una partida de póquer
los historiadores exhiben una prueba irrefutable: esa noche —¿era noche, era día?— las autoridades confirmaron que Espíritu Félix y sus catorce compañeros habían sido fulminados por un «infarto colectivo»…
Sea como fuere, el dictamen del doctor Montenegro fue categórico: los peones habían sido segados por el primer infarto colectivo de la historia de la medicina. El doctor Montenegro confirmó que los débiles corazones de los caballerangos no resistieron las alturas del poder; corazones acostumbrados a trotar a cinco mil metros fueron despedazados por la emoción de sentarse en los sillones de la sala de El Estribo. La provincia triunfaba. El privilegio de la desconcertante novedad médica, negada a las cosmópolis, recaía en una humilde, pero sincera provincia peruana. El genio no escoge únicamente a las grandes naciones para revelarse.


34. Lo que Fortunato y el Personero de Rancas conversaron
Una universal debilidad destituyó a la rabia. Fortunato sintió que el cielo se desfondaba. Para defenderse de las nubes alzó los brazos. Se abrió la tierra. Intentó agarrarse de las hierbas, de la orilla de la vertiginosa oscuridad, pero sus dedos no obedecieron y rodó, rebotando, hasta el fondo de la tierra.
Semanas después, en sus tumbas, sosegados los sollozos, acostumbrados a la húmeda oscuridad, don Alfonso Rivera le contó el resto. Porque los enterraron tan cerca que Fortunato escuchó los suspiros de don Alfonso y consiguió abrir un agujero en el barro con una ramita. ¡Don Alfonso, don Alfonso!, llamó. El Personero, que se creía condenado para siempre a la oscuridad, sollozó. Lloró una semana, luego se calmó y, más tranquilo, le informó que él, Fortunato, se escurrió al primer balazo, de bruces, sobre su sangre.

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FRAGMENTOS DE EL JINETE INSOMNE

1- DE CÓMO EL RÍO CHAUPIHUARANGA SIGUIÓ APELLIDÁNDOSE CHAUPIHUARANGA PERO CESÓ DE SER RÍO
Yo fui el primero en percatarme de la pereza del agua. Vivo cerca de Racre, en una casucha que respetan las crecidas: conozco todas las mañas del Chaupihuaranga. Una mañana de agosto (pero quizás era diciembre) queriendo encerrar unas truchas en un brazo de agua, me extrañó la flojera del río. Convaleciente de fiebres traídas de un viaje a Huánuco, la diarrea me obligó a buscar al medio día unos arbustos cerca del río. Entonces miré las mismas aguas. Me alarmé pero preferí esperar. Para no inquietarme gasté el día afilando tijeras. Más calmado, volví a la orilla al atardecer. El agua se empecinaba. No queriendo apresurar juicios, me arriesgué a una prueba. El jueves (pero quizás era viernes o lunes) viajé a Yanahuanca. ¡Ojo! No me franqueé con nadie. Sin comerciar palabra compré una onza de anilina morada. La mañana del viernes (pero quizás era martes) sembré el tinte en el río. El morado delataría la velocidad del agua. Por el color pretendía sondear las intenciones del Chaupihuaranga. Vacíe la bolsita en la corriente y me alejé. El fervor del sol maltrataba la tierra. Sofocado busqué pencas, comí tunas, y más tranquilo, casi sosegado, me adormecí bajo los molles.
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Desperté con la mano pesada sobre el corazón. Era el atardecer. Con la boca abrasada me aproximé a la orilla. Mi pavor descubrió  que el morado seguía allí, a una vara de la misma retama. ¿Era viernes o lunes? Alarmado pero sospechando que el tunante de Cisneros me había endilgado una «anilina podrida» el sábado (pero quizás era jueves) viajé a Yanahuanca: quería percatarme de la calidad del tinte. Esta vez compré tres onzas de anilina roja, verde y naranja, en tres tiendas diferentes, a cuyos propietarios previne que quería «teñir un manto para la Virgen del Socorro». Así, con lo sagrado, creí ahuyentar pendejadas. Sin descoser la boca volví a mi estancia. El «domingo» me adentré en la «corriente» y con el agua hasta el pecho espolvoreé los colores en tres lugares diferentes: el rojo cerca del molle desmochado por el rayo, el verde junto al cuajaron morado y el naranja, a la derecha, donde meses antes la correntada se llevó mi vaquilla Vaca. No me sentía bien. Al atardecer vencí la tentación de aproximarme al río. El «lunes» se me desbocaron los ojos: ¡las islitas rojas, verdes y naranjas seguían allí!
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5 SÍNTOMAS DE LA PLAGA QUE ACOMETIÓ A LOS RELOJES DE YANAHUANCA
Doña Añada, la más vieja de las cinco cocineras del juez Montenegro, jura que el primer enfermo fue el Longines del subprefecto Valerio. El Domingo de Ramos percibió un olorcillo dulzón. Doña Paulina, otra de las cocineras, dice que doña Añada se equivocó. «El incienso disimuló el olor». Pero nadie discute que tres días después el reloj enfermo se asfixió en una rápida agonía. Luego se comprobada que a los relojes la muerte les sobrevenía tras clamorosas inflamaciones.
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Repuesta del susto doña Pepita alejó a las domésticas. Solo los Montenegro, el subprefecto Valerio, Arutingo y Atala asistieron a la agonía. Eso no prohibió que las sirvientas percibieran la pestilencia que no obstante zahumerios se prendería largos días a los geranios del patio. El Longines del subprefecto acabó de sufrir ese anochecer. El Chuto Ildefonso envolvió al difunto en un trozo de yute y lo enterró detrás de los últimos molles. Pero él mismo necesitó zamparse un aguardiente. Las sirvientas gastaron las sobras de la noche regando la casa con Agua Florida. Pero aún después en la casa persistió el olor de pedo de gigante.
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Quizás una cuarentena hubiera menguado los estragos pero nadie reparó que las bruscas lentitudes y sorpresivas aceleraciones de los cinco relojes de Yanacocha eran altibajos de la fiebre.
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8-  DE CÓMO LA GENTE NO AGRADECE SINO TODO LO CONTRARIO
Yo ya no quiero franquearme con nadie. Repito: la gente no agradece. ¿Cuántas veces he querido prevenir acerca de las actitudes hipócritas que por aquí adopta el agua? ¿Qué he sacado? En esa época mi mujer estaba por parir: se le antojó comer trucha. Fui al lago. Por este lado el Chaupihuaranga es más tonto que en ninguna parte. Por eso me sorprendió que pasaran los sombreros. A los primeros lo confundí con patos, pero luego me di cuenta: una multitud de sombreros avanzaba sobre el agua inmóvil. ¿Sombreros caminando en el agua quieta? ¿O gente caminando debajo del agua? En todo caso, yo vi sombreros. Uno detrás de otro, en fila, calladitos, pasaron.
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15- DECADENCIA DEL ARTE POSTAL
En eso, don Celestino Matos, jefe de la oficina de correos, enloqueció. En plena ceremonia conmemorativa de la victoria de Ayacucho, el hasta entonces anónimo funcionario mordió la mano que se dignaba alargarle el juez. Solo los puñetazos del Chuto Ildefonso, sombra fiel del magistrado, lo salvaron del furor del jefe de correos.
Reducido por los acompañantes don Celestino siguió aullando. «¿Por qué me desprecian? ¿Por qué me huyen? ¿Soy carachoso?». Nadie lo desdeñaba. Los desaires se domiciliaban en la confusión de sus ojos. Miope de solemnidad —no distinguía ni su espejo— don Celestino había recurrido a la ciencia del sanitario Canchucaja que le recetó unos anteojos que encargó a Cerro de Pasco. Por defectuosa medición o por error de los oculistas, semanas después, don Celestino recibió lentes desconcertantes: las figuras se le escurrían por los costados de las lunas. Don Celestino miraba
acercarse a los hombres y luego doblar y esfumarse. Con dignidad se enfrentó al desastre. Escamoteados por sus anteojos, amigos y enemigos huían. Demasiado  delicado para inquirir las causas del desprecio colectivo, acusándose quizás de crímenes imaginarios, don Celestino se aisló. El 9 de diciembre según unos, el quince de marzo según otros, perdió la razón.
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20- DE LAS ABRACADABRANTES FIESTAS QUE ORGANIZARON
LOS MONTENEGRO
Una tarde doña Pepita gritó «¡Me aburro, carajo!» y sin respeto por la siesta que Arutingo cabeceaba en uno de los sillones, arrancó uno de los almanaques de la abarrotería. Y. Chang.
«¿Por qué no es ya Semana Santa? ¿Qué esperan los santos? Estos cojudos se la pasan hueveando en los altares. ¡Habría que adelantar el calendario!».
—¡Cojones! —gritó Arutingo, electrizado.
—¿Qué pasa? —preguntó disgustada doña usaba pero no toleraba las malas palabras.
—Ya lo tengo, comadrita.
—¿Qué tienes?
—Usted misma lo dijo, doña Pepita: apurar el calendario. ¡Acelerar el tiempo, comadrita!
—Te felicito cholo. Por fin te funciona la tutuma —rio doña Pepita—. ¿Qué día es hoy?
—Quince de febrero.
—Si estuviéramos en marzo podríamos celebrar la Semana Santa.
—Si usted quiere que estemos en marzo ¿quién se opone? ¿Por qué un mes debe tener treinta días? Si usted quiere puede tener diez o cien. ¡Usted señale su tamaño y nosotros lo haremos respetar!
A la mañana siguiente Arutingo viajó a Huarautambo. El Chuto Ildefonso esperaba ya con una asamblea de colonos. Sin gastar saliva Arutingo les comunicó que no deseando que los peones pensaran que doña Pepita los «desairaba», la patrona recibiría con gusto sus invitaciones. Doña Pepita había decidido «adelantar» la Semana Santa. La Crucifixión de Nuestro Salvador se lloraría en febrero: el próximo domingo.
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El calendario comenzó a desmayarse. Por pura bellaquería el Opa Leandro ofreció en venta unos almanaques: simples hojas de cartulina con meses de cuarenta o sesenta días, con las nuevas efemérides en rojo, verde, amarillo, azul. Los badulaques se arremolinaron muertos de risa, pero, oh sorpresa, don Herón de los Ríos, alcalde de Yanahuanca, se metió la mano al bolsillo, extrajo cinco soles y exclamó: «Muy bonita, Leandro, su obra de arte». A los graciosos que estallaron en carcajadas, los condujeron al Puesto por «desacato al señor alcalde». El mantenimiento del
calendario gregoriano se estimó desde entonces un «desacato al Poder Judicial». En la práctica era contradecir la realidad. Los meses comenzaron a alargarse o acortarse según las circunstancias. Octubre engordó hasta tener ochenta días y noviembre murió apenas a los nueve días de edad.
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8 comentarios:

  1. DECADENCIA DEL ARTE POSTAL... este texto no lo puedo comentar, no me sirven las palabras, yo no las sé usar para expresar el tamaño de la admiración y placer que me dio leerlo.

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    1. YO LO ENTIENDO A DON CELESTINO, LO QUE LE PASÓ A ÉL ME PASA A MI CUANDO ME COLOCO LOS LENTES MULTIFOCALES NUEVOS. POR ESO DEJÉ DE USARLOS, PARA NO ENLOQUECER!

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  2. En el capítulo 10 de Redoble por Rancas, la manera de narrar de Scorza me lleva a imaginar esos lugares...Estepa, viento, el sol caliente del mediodía. El tiempo no se detiene y el cerco de alambre tampoco que pasa por los pueblos, el cementerio, los caminos , los manantiales. Como el poder y la ambición del hombre que no tienen límites.
    En el capítulo 34 me impresionó las palabras que eligió el autor para adentrarnos en la oscura humedad de las tumbas de los personajes. Una escena cinematográfica...

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  3. Cuando leí en la información sobre realismo mágico que una de sus características es"mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común", aún no había accedido al Jinete insomne. Me costaba entender esa caracterísca pensando en el fragmento de Redoble por Ranca. Me parecía que era al revés, hacer mágico lo cotidiano. La lectura del Jinete insomne me mostró exactamente esa característica. Algo que vengo pensando desde que nos adentramos en Scorza, y me daba vuelta, no encontraba las palabras justas para expresarlo, coincido con Uslar, es "una negación poética de la realidad"

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  4. Cuando digo el fragmento de Redoble por Rancas me refiero al capítulo 1 y 18 que ya comentamos.

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  5. Me sorprende la forma en que expresa todo ,la capacidad que tiene y maneja cuando describe las cosas cotidianas ,como envolviéndolas...,es diferente. ADRIANA

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  6. se me desbocaron los ojos ... sin comentarios, sobran

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  7. Garabombo, no sé a qué se refiere con ser invisible, si es la representación del oprimido, invisible. Pero la "poesía" del relato es exquisita. La luz cegadora que representa el comprender en lo más profundo, es impresionante

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