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domingo, 24 de mayo de 2020

Amigos


                               AMIGOS

           Loretta conoció a Anna y Sam el día que le salvó la vida a Sam.
Anna y Sam eran viejos. Ella tenía ochenta años, y él ochenta y nueve. Loretta veía a Anna cada tanto, cuando iba a nadar a la piscina de su vecina Elaine. Un día que pasó a saludar, las dos señoras trataban de convencer al anciano para que se diera un baño. El hombre finalmente se metió en el agua, e iba dando brazadas torpes con una gran sonrisa cuando le dio un ataque. Las dos señoras estaban en la parte baja y no se dieron cuenta. Loretta saltó al agua, con zapatos y todo, lo arrastró hacia los escalones y consiguió sacarlo de la piscina. No necesitó que lo reanimaran, pero parecía desorientado y asustado. Tenía que tomarse una medicación, para la epilepsia, y lo ayudaron a secarse y vestirse. Se quedaron un rato sentados hasta asegurarse de que el hombre se encontraba bien y podía ir andando a su casa, que estaba en esa misma manzana. Anna y Sam no paraban de darle las gracias a Loretta por haberle salvado la vida, e insistieron en que fuera a comer con ellos al día siguiente.
Dio la casualidad de que ella no tenía que ir al trabajo por unos cuantos
días. Se había tomado tres días libres sin sueldo porque necesitaba solucionar varias cosas. Almorzar con ellos significaría ir hasta Berkeley desde la ciudad, y no zanjar todos los asuntos pendientes en un día, como había planeado.
A menudo esas cosas la desbordaban. Situaciones en las que te dices:
€aramba, es lo menos que puedo hacer, son tan amables. Si no lo haces, te sientes culpable, y si lo haces, te sientes un pelele.
Se le pasó el mal humor en cuanto entró en su casa, soleada y diáfana como una antigua villa de México, donde ellos habían vivido la mayor parte de su vida. Anna era arqueóloga y Sam ingeniero. Siempre habían trabajado juntos, en Teotihuacán y otros yacimientos. Tenían un sinfín de vasijas preciosas y fotografías, una magnífica biblioteca. Bajando las escaleras, en el patio trasero, había un huerto enorme, muchos árboles frutales y zarzas de frutos silvestres. Loretta se asombró de que dos ancianos frágiles como pajaritos se ocuparan de todas las labores sin ayuda de nadie. Ambos usaban bastón, y caminaban con mucha dificultad.
€omieron pan tostado con queso, sopa de chayote y una ensalada de su huerto. Anna y Sam prepararon juntos el almuerzo, pusieron la mesa y sirvieron la comida juntos.
Lo habían hecho todo juntos durante cincuenta años. €omo gemelos, uno repetía las palabras del otro o remataba las frases que el otro empezaba. El almuerzo transcurrió agradablemente mientras le contaban, en estéreo, algunas de sus experiencias trabajando en la pirámide de México, y sobre otras excavaciones en las que habían participado. A Loretta la impresionaron aquellos dos viejecitos, su amor compartido por la música y la jardinería, cómo disfrutaban uno del otro. La admiró ver lo implicados que estaban en la política local y nacional, participando en manifestaciones y protestas, escribiendo a los congresistas y a la prensa, haciendo llamadas de teléfono. Leían tres o cuatro periódicos cada día, se leían novelas o libros de historia uno al otro por la noche.
Mientras Sam recogía la mesa con manos temblorosas, Loretta le dijo a Anna qué envidiable era haber encontrado un compañero con quien compartir la vida. Sí, dijo Anna, pero pronto uno de los dos faltará…
Loretta recordaría esas palabras mucho después, y se preguntaría si Anna había empezado a cultivar una amistad con ella como una especie de póliza de seguros para el momento en que uno de los dos muriera. No, pensó, en realidad era más simple. Hasta entonces los dos habían sido autosuficientes, se habían colmado uno al otro toda la vida, pero Sam empezaba a parecer distraído, y a menudo perdía el hilo. Repetía las  mismas historias una y otra vez, y aunque Anna siempre lo trataba con paciencia, Loretta notaba que se alegraba de poder hablar con alguien más.
Sea cual fuera la razón, se vio cada vez más implicada en la vida de Sam y Anna. Ellos ya no conducían. €on frecuencia Anna llamaba a  Loretta al trabajo y le pedía que al salir le comprara sustrato de turba para
las plantas, o que llevara a Sam al oftalmólogo. A veces ninguno de los dos se encontraba con ánimos de hacer la compra, así que Loretta iba por ellos. Ambos le caían bien, los admiraba por igual. €omo parecían  tan necesitados de compañía, empezó a ir a cenar con ellos una vez a la semana, o cada dos a lo sumo. Ella los invitó a cenar a su casa varias veces, pero había que subir tantas escaleras, y los dos llegaban tan exhaustos, que desistió. Así que cuando iba llevaba un plato de pescado, de pollo o de pasta. Ellos preparaban una ensalada, de postre servían frutos rojos del jardín.
Después de cenar, mientras tomaban una infusión de hierbabuena o té  de Jamaica, hacían la sobremesa escuchando las historias de Sam. De cuando Anna tuvo la polio, en una excavación en plena jungla del Yucatán, y la llevaron a un hospital, y lo bien que se portó la gente. Muchas anécdotas sobre la casa que se construyeron en Xalapa. De la mujer del alcalde, cuando se rompió la pierna bajando por una ventana para esquivar a una visita. Las historias de Sam siempre empezaban igual: «Eso me recuerda aquella vez que…».
Poco a poco Loretta fue conociendo los detalles de su vida juntos. Su cortejo en el Monte Tam. Su idilio en Nueva York cuando eran comunistas. Viviendo en pecado. Nunca se casaron, todavía se complacían en ese desafío a las convenciones. Tenían dos hijos; ambos vivían en ciudades lejanas. Había historias sobre el rancho cerca de Big Sur, cuando los niños eran pequeños. €uando se estaba acabando una historia, Loretta decía: «Me da rabia tener que irme, pero mañana empiezo a trabajar muy temprano». A menudo se marchaba en ese momento. Normalmente, sin embargo, Sam decía: «Espera, déjame contarte lo que ocurrió con el gramófono». Horas más tarde, exhausta, conduciendo de vuelta a su casa en Oakland, se repetía que no podía seguir así. O que podía, siempre y cuando fijara una hora límite.
No es que se aburriera nunca con ellos o le parecieran anodinos. Al contrario, la pareja había vivido una vida rica, plena, eran personas comprometidas y receptivas. Sentían un ávido interés por el mundo, por su propio pasado. Se lo pasaban tan bien, añadiendo un matiz a los comentarios del otro, discutiendo alguna fecha o un detalle, que a Loretta le sabía mal interrumpirlos y marcharse. Y desde luego a ella también la enriquecía, porque los dos se alegraban mucho de verla. A veces, sin embargo, cuando estaba demasiado cansada o tenía alguna otra cosa por hacer, iba a desgana. Al final les dijo que no podía quedarse hasta tan tarde, que por la mañana se le pegaban las sábanas. Vente a almorzar el domingo, sin prisas, propuso Anna.
€uando hacía buen tiempo comían en una mesa en el porche, rodeados de flores y plantas. €ientos de pájaros acudían a los comederos y  picoteaban cerca de ellos. Al llegar el frío empezaron a comer dentro junto a la estufa de leña. Sam iba echando los troncos que él mismo cortaba. Tomaban gofres o la tortilla especial de Sam; a veces Loretta llevaba bagels con salmón ahumado. Pasaban las horas, se le iba el día mientras Sam contaba sus historias, mientras Anna le corregía y añadía algún comentario. A veces, en el porche al sol o al calor de la lumbre, le costaba mantenerse despierta.
En México vivían en una casa de bloques de hormigón, pero mandaron hacer las vigas, las encimeras y repisas y los armarios de madera de cedro. Primero se construyó la sala grande, cocina y comedor a la vez. Habían plantado árboles, por supuesto, antes de empezar a construir la casa. Bananos y ciruelos, jacarandas. Al año siguiente añadieron un dormitorio, varios años más tarde otro dormitorio y un estudio para Anna. Las camas, los bancos de trabajo y las mesas eran de cedro. Volvían a su pequeña morada después de trabajar en el yacimiento, en otro estado de México. La casa siempre estaba fresca y olía a cedro, como un arcón.
Anna contrajo neumonía y tuvo que ir al hospital. A pesar de lo enferma que estaba, solo podía pensar en Sam, en cómo se las arreglaría sin ella. Loretta le prometió que pasaría a verlo antes del trabajo, vigilaría que tomara su medicina y que desayunara, y al salir de trabajar le prepararía la cena y lo llevaría al hospital a visitarla. Lo más terrible fue que Sam no hablaba. Se sentaba temblando en el borde de la cama mientras Loretta lo ayudaba a vestirse. Se tomaba las píldoras y el zumo de piña como un autómata, se limpiaba pulcramente la barbilla después de desayunar. Por la tarde lo encontraba en el porche esperándola. Quería ir primero a ver a Anna, y cenar luego. €uando llegaban al hospital, Anna yacía pálida en la cama, parecía una niña con sus largas trenzas blancas. Le habían puesto suero, un catéter, oxígeno. No hablaba, pero sonreía y le daba la mano a Sam mientras él le contaba que había hecho la colada, regado los tomates, cubierto las judías con un mantillo, lavado los platos, preparado limonada. Le hablaba sin parar, jadeando; le relataba el día hora por hora. €uando se marchaban Loretta tenía que sostenerlo, el anciano tropezaba y se tambaleaba al andar. En el coche lloraba, angustiado de preocupación. Y sin embargo Anna volvió a casa y se recuperó, solo la inquietaba ver el huerto tan descuidado. Al domingo siguiente, después del almuerzo, Loretta ayudó a arrancar malas hierbas, cortó las zarzamoras. Entonces empezó a cavilar: ¿y si Anna se ponía enferma de verdad? ¿Qué responsabilidad implicaba esa amistad? La dependencia mutua de la pareja, la vulnerabilidad de los dos ancianos la entristecían y la conmovían. Esos pensamientos se le pasaron por la cabeza mientras trabajaba, pero disfrutó, removiendo la tierra negra fresca, sintiendo el sol en la espalda. Sam, contando sus historias mientras arrancaba hierbajos en el surco contiguo.
 El siguiente domingo que Loretta fue a visitarlos llegó tarde. Había madrugado, tenía muchas   cosas que hacer. La verdad es que habría preferido quedarse en casa, pero le faltó valor para llamarlos y cancelar.
Encontró la puerta principal con el pestillo puesto, como de costumbre, así que fue al jardín para entrar por atrás. Echó un vistazo al huerto, exuberante de tomates, calabacines, tirabeques. Abejas perezosas. Anna y Sam estaban fuera, en el porche trasero. Loretta iba a llamarlos, pero los oyó muy enfrascados hablando.
—Nunca ha llegado tarde. A lo mejor no viene.
—Ah, claro que vendrá… Estas mañanas significan mucho para ella.
—Pobrecita. Está tan sola. Nos necesita. La verdad es que somos la única familia que tiene.
—Y cómo le gustan mis historias. €aramba, no se me ocurre ninguna para contarle hoy.
—Ya improvisarás algo…
—¡Hola! —gritó Loretta—. ¿Hay alguien en casa?


sábado, 23 de mayo de 2020

Punto de vista


Punto de vista

Imaginemos «Tristeza», el cuento de Chéjov, en primera persona. Un
anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos
turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente
como los pasajeros del cochero en el relato. La voz imparcial de Chéjov, sin
embargo, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorbemos la compasión del
autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el
hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.
Creo que en el fondo es porque somos inseguros.
Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy
escribiendo…
«Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la
consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la
lavandería y luego hago la compra en Lucky’s, recojo el Chronicle del
domingo y me voy a casa», me dirían: eh, no me agobies.
En cambio, mi historia se abre con: «Cada sábado, después de la
lavandería y el supermercado, Henrietta compraba el Chronicle del
domingo». Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles
compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque
está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que
hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será
que lo hay. Seguiré leyendo, a ver qué pasa.
En realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita
todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle,
esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla.
La mayoría de los escritores utilizan accesorios y decorados de su
propia vida. Por ejemplo, mi Henrietta toma cada noche una cena frugal en
un mantelito, con exquisitos cubiertos macizos italianos de acero
inoxidable. Un detalle curioso, que podría parecer contradictorio en esta
mujer que recorta los vales de descuento de los rollos de papel de cocina,
pero capta la atención del lector. O al menos espero que así sea.
Creo que no daré ninguna explicación en el relato. A mí, sin ir más
lejos, me gusta comer con ese tipo de cubiertos elegante. El año pasado
encargué un juego para seis comensales del catálogo navideño del Museo
de Arte Moderno. Muy caro, cien dólares, pero pensé que merecía la pena.
Tengo seis platos y seis sillas. A lo mejor daré una cena en casa, pensé en el
momento. Resultó, sin embargo, que eran cien dólares por seis piezas. Dos
tenedores, dos cuchillos, dos cucharas. Un juego individual. Me dio
vergüenza devolverlos; pensé: bueno, a lo mejor el año que viene encargo
otro.
Henrietta come con sus preciosos cubiertos y bebe vino de Calistoga en
copa. Toma ensalada en un cuenco de madera y calienta una comida
precocinada Lean Cuisine en un plato llano. Mientras cena, lee la sección
«Cosas de este mundo», en la que todos los artículos parecen escritos por la
misma primera persona.
Henrietta espera el lunes con impaciencia. Está enamorada del doctor
B., el nefrólogo. Muchas enfermeras/secretarias están enamoradas de «sus»
doctores. Una especie de síndrome Della Street.
El doctor B. está inspirado en el nefrólogo para el que trabajé durante
un tiempo. No estaba enamorada de él, ni mucho menos. A veces bromeaba
y decía que teníamos una relación amor-odio. Era un hombre tan detestable
que sin duda me recordó cómo degeneran las aventuras amorosas, a veces.
Shirley, mi predecesora, sí que estaba enamorada de él. Me enseñó
todos los regalos de cumpleaños que le había hecho. La maceta con la
hiedra y la pequeña bicicleta de bronce. El espejo con el koala esmerilado.
El estuche estilográfico. Me contó que al doctor le encantaron todos los
regalos salvo el sillín de piel de borrego. Se lo tuvo que cambiar por unos
guantes de ciclista.
En mi relato, el doctor B. se burla de Henrietta cuando le regala el sillín,
es sarcástico y cruel con ella, como sin duda podía ser en realidad. Ese sería
el punto álgido de la historia, de hecho, cuando Henrietta se da cuenta del
desprecio que siente por ella, de qué patético es su amor.
El día que empecé a trabajar allí, encargué camisones de papel. Shirley
los utilizaba de algodón: «Cuadros azules para los chicos, flores rosas para
las chicas». (La mayoría de nuestros pacientes eran tan viejos que usaban
andadores). Todos los fines de semana, Shirley cargaba con la ropa sucia y
se la llevaba a casa en el autobús, y no solo la lavaba, sino que además la
almidonaba y la planchaba. En eso anda ahora mi Henrietta… planchando
en domingo, después de limpiar su apartamento.
Por supuesto buena parte de mi relato va de las costumbres de Henrietta.
Costumbres. Quizá ni siquiera malas en sí mismas, sino tan arraigadas.
Cada sábado, año tras año.
Cada domingo, Henrietta lee las páginas rosas. Primero el horóscopo,
siempre en la página 16, como es costumbre de ese periódico. Normalmente
los astros le traen a Henrietta noticias picantes. «Luna llena, sexy Escorpio,
¡y ya sabes qué significa! ¡Prepárate para que surja la chispa!».
Los domingos, después de limpiar y planchar, Henrietta prepara algo
especial para cenar. Capón al horno. Un salteado instantáneo Stove Top con
salsa de arándanos. Guisantes a la crema. Una chocolatina Forever Yours de
postre.
Después de lavar los platos, ve 60 Minutos. No es que le interese
especialmente el programa. Le gustan los presentadores y tertulianos. Diane
Sawyer, siempre distinguida y guapa, y los hombres, todos tan serios,
fiables e implicados en los temas a debate. A Henrietta le gusta cómo
mueven la cabeza con gesto taciturno, o sonríen cuando hay una situación
divertida. Y sobre todo le gustan los primeros planos de la esfera del reloj.
El minutero y el tictac del paso del tiempo.
Luego ve Se ha escrito un crimen, que no le gusta pero es lo único que
hay.
Me está costando mucho escribir sobre el domingo. Plasmar la larga
sensación de vacío de los domingos. Sin correo, las máquinas cortando el
césped a lo lejos, la desesperanza.
O cómo describir que Henrietta se muere de ganas de que sea lunes por
la mañana. El clic, clic, clic de los pedales de la bicicleta del doctor y el
chasquido de la llave cuando se encierra en el despacho a ponerse su traje
azul.
—¿Ha disfrutado del fin de semana? —le pregunta Henrietta.
Él nunca contesta. Nunca dice hola o adiós.
Cuando el doctor se marcha y sale con la bicicleta, ella le aguanta la
puerta.
—¡Adiós! ¡Que se divierta! —dice sonriendo.
—¿Que me divierta? Por el amor de Dios, déjese de tonterías.
Aun así, por desagradable que sea con ella, Henrietta cree que existe un
vínculo entre los dos. El doctor tiene un pie deforme, una pronunciada
cojera, mientras que ella tiene escoliosis, una desviación en la columna.
Una joroba, de hecho. Ella es tímida y vergonzosa, pero entiende que él
pueda ser tan cáustico. Una vez le dijo que reunía las dos cualidades
necesarias en una enfermera… Ser «estúpida y servil».
Después de Se ha escrito un crimen, Henrietta se da un baño,
mimándose con perlas perfumadas de aroma floral.
Luego ve las noticias mientras se esparce la crema por la cara y las
manos. Ha puesto agua para el té. Le gusta el parte meteorológico. Los
pequeños soles sobre Nebraska y Dakota del Norte. Nubes de lluvia sobre
Florida y Luisiana.
Se estira en la cama a tomar una infusión relajante. Echa de menos su
vieja manta eléctrica, con el regulador BAJO-MEDIO-ALTO. La que tiene ahora
se anunciaba como la «manta eléctrica inteligente». La manta sabe que no
hace frío, así que apenas se calienta. Ojalá se calentara de verdad y la
reconfortara. ¡Demasiado lista, la condenada! A Henrietta se le escapa la
risa. Suena chocante en el pequeño dormitorio.
Apaga el televisor mientras toma la infusión, escuchando los coches que
entran y salen de la gasolinera Arco al otro lado de la calle. De vez en
cuando un coche se para con un frenazo junto a la cabina telefónica.
Después la puerta se cierra de golpe y el coche arranca y se aleja.
Oye un coche que se acerca despacio hacia los teléfonos. Dentro suena
jazz a todo volumen. Henrietta apaga la luz y levanta la persiana junto a su
cama, apenas una rendija. La ventana está empañada. En la radio del coche
suena Lester Young. El hombre que habla por teléfono sujeta el auricular
con la barbilla. Se pasa un pañuelo por la frente. Me apoyo en la repisa fría
de la ventana y le observo. Escucho el suave saxo de «Polka Dots and
Moonbeams». Escribo una palabra en el vidrio empañado. ¿Qué? ¿Mi
nombre? ¿El de un hombre? ¿Henrietta? ¿Amor? Sea cual sea, la borro
antes de que nadie la vea.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Manual para mujeres de la limpieza


Cuento: Manual para mujeres de la limpieza, por Lucia Berlin
42–PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braille; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencioso, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas las letras del cartel PRODUCTOS NACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.
La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir hasta el centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.
Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.
Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con quien puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.
Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos la calderilla de los ceniceros.
A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir siempre algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.
En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, los anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: «Debajo de su almohada, detrás del inodoro verde sauce». Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.
Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre que encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.
Me senté en el bordillo a esperar el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.
Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos.
(Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento).
Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.
—¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?
Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.
La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura.
Las mujeres de la limpieza de toda la vida no me aceptan de buenas a primeras. Y además, me cuesta conseguir trabajo en esto, porque soy «instruida». Sé que ahora mismo no puedo buscarme otra cosa. He aprendido a contarles a las señoras desde el principio que mi marido alcohólico acaba de morir y me he quedado sola con mis cuatro hijos. Hasta ahora nunca había trabajado, criando a los niños y demás.
43–SHATTUCK–BERKELEY. Los bancos con carteles de SATURACIÓN PUBLICITARIA están empapados todas las mañanas. Le pedí fuego a un hombre y me dio la caja de cerillas. EVITEMOS EL SUICIDIO. Era de esas que, absurdamente, llevan la banda de fósforo detrás. Más vale prevenir.
Al otro lado de la calle, la mujer de la tintorería estaba barriendo la acera. A ambos lados de su puerta revoloteaban hojas y basura. Ahora es otoño, en Oakland.
Esa misma tarde, al volver de limpiar en casa de Horwitz, la acera de la tintorería volvía a estar cubierta de hojas y porquería. Tiré mi billete de transbordo. Siempre compro billete de transbordo. A veces los regalo, pero normalmente me los quedo.
Ter solía burlarse de esa manía mía de guardarlo siempre todo.
—Vamos, Maggie May, en este mundo no te puedes aferrar a nada. Excepto a mí, quizá.
Una noche en Telegraph Avenue me desperté al notar que me ponía la anilla de una lata de Coors en la palma de la mano y me cerraba el puño. Abrí los ojos y lo vi sonriendo. Terry era un vaquero joven, de Nebraska. No le gustaba ver películas extranjeras. Ahora sé que era porque no le daba tiempo a leer los subtítulos.
Las raras veces que Ter leía un libro, arrancaba las páginas a medida que las pasaba y las iba tirando. Al volver a casa, donde las ventanas siempre estaban abiertas o rotas, me encontraba un remolino de hojas en la habitación, como palomas en un aparcamiento del Safeway.
33–BERKELEY EXPRESS. ¡El autobús se perdió! El conductor se pasó de largo en el desvío de SEARS para tomar la autopista. Todo el mundo empezó a tocar el timbre mientras el hombre, avergonzado, giraba a la izquierda en la calle 27. Acabamos atascados en un callejón sin salida. La gente se asomaba a las ventanas a ver el autobús. Cuatro hombres se bajaron para ayudarle a retroceder entre los coches que había aparcados en la calle estrecha. Una vez en la autopista, empezó a acelerar como un loco. Daba miedo. Hablábamos unos con otros, emocionados por el suceso.
Hoy toca la casa de Linda.
(Mujeres de la limpieza: como norma general, no trabajéis para las amigas. Tarde o temprano se molestan contigo porque sabes demasiado de su vida. O dejan de caerte bien, por lo mismo).
Pero Linda y Bob son buenos amigos, de hace tiempo. Siento su calidez aunque no estén ahí. Esperma y confitura de arándanos en las sábanas. Quinielas del hipódromo y colillas en el cuarto de baño. Notas de Bob a Linda: «Compra tabaco y lleva el coche a… du-duá, du-duá». Dibujos de Andrea con amor para mamá. Cortezas de pizza. Limpio los restos de coca del jespejo con Windex.
Es el único sitio donde trabajo que no está impecable, para empezar. Más bien está hecho un asco. Cada miércoles subo como Sísifo las escaleras que llevan al salón de su casa, donde siempre parece que estén en mitad de una mudanza.
No gano mucho dinero con ellos porque no les cobro por horas, ni el transporte. No me dan la comida, por supuesto. Trabajo duro de verdad. Pero también paso muchos ratos sentada, me quedo hasta muy tarde. Fumo y leo el New York Times, libros porno, Cómo construir una pérgola. Sobre todo miro por la ventana la casa de al lado, donde viví un tiempo. El 2129 ½ de Russell Street. Miro el árbol que da peras de madera, con las que Ter hacía tiro al blanco. En la cerca brillan los perdigones incrustados. El rótulo de BEKINS que iluminaba nuestra cama por la noche. Echo de menos a Ter y fumo. Los trenes no se oyen de día.
40–TELEGRAPH AVENUE–ASILO DE MILLHAVEN. Cuatro ancianas en sillas de ruedas contemplan la calle con mirada vidriosa. Detrás, en el puesto de enfermeras, una chica negra preciosa baila al son de «I Shot the Sheriff». La música está alta, incluso para mí, pero las ancianas ni siquiera la oyen. Más abajo, tirado en la acera, hay un cartel burdo: INSTITUTO DEL CÁNCER 13:30.
El autobús se retrasa. Los coches pasan de largo. La gente rica que va en coche nunca mira a la gente de la calle, para nada. Los pobres siempre lo hacen… De hecho, a veces parece que simplemente vayan en el coche dando vueltas, mirando a la gente de la calle. Yo lo he hecho. La gente pobre está acostumbrada a esperar. La Seguridad Social, la cola del paro, lavanderías, cabinas telefónicas, salas de urgencias, cárceles, etcétera.
Mientras esperábamos el 40, nos pusimos a mirar el escaparate de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE. Mill había nacido en un molino, en Georgia. Estaba tumbado sobre una hilera de cinco lavadoras, instalando un televisor enorme en la pared. Addie hacía pantomimas para nosotros, simulando que el televisor se iba a caer en cualquier momento. Los transeúntes se paraban también a mirar a Mill. Nos veíamos reflejados en la pantalla, como en un programa de cámara oculta.
Calle abajo hay un gran funeral negro en FOUCHÉ. Antes pensaba que el cartel de neón decía «touché», y siempre imaginaba a la muerte enmascarada, apuntándome al corazón con un florete.
He reunido ya treinta pastillas, entre los Jessel, los Burn, los McIntyre, los Horwitz y los Blum. En cada una de esas casas donde trabajo hay un arsenal de anfetas o sedantes que bastaría para dejar fuera de circulación a un ángel del infierno durante veinte años.
18–PARK BOULEVARD–MONTCLAIR. Centro de Oakland. Hay un indio borracho que ya me conoce, y siempre me dice: «Qué vueltas da la vida, cielo».
En Park Boulevard un furgón azul de la policía del condado, con las ventanas blindadas. Dentro hay una veintena de presos de camino a comparecer ante el juez. Los hombres, encadenados juntos y vestidos con monos naranjas, se mueven casi como un equipo de remo. Con la misma camaradería, a decir verdad. El interior del furgón está oscuro. En la ventanilla se refleja el semáforo. Ámbar DESPACIO DESPACIO. Rojo STOP STOP.
Una hora larga de modorra hasta las colinas neblinosas de Montclair, un próspero barrio residencial. Solo van sirvientas en el autobús. Al pie de la Iglesia Luterana de Sion hay un letrero grande en blanco y negro que dice PRECAUCIÓN: TERRENO RESBALADIZO. Cada vez que lo veo, se me escapa la risa. Las otras mujeres y el conductor se vuelven y me miran. A estas alturas ya es un ritual. En otra época me santiguaba automáticamente cuando pasaba delante de una iglesia católica. Tal vez dejé de hacerlo porque en el autobús la gente siempre se daba la vuelta y miraba. Sigo rezando automáticamente un avemaría, en silencio, siempre que oigo una sirena. Es un incordio, porque vivo en Pill Hill, un barrio de Oakland lleno de hospitales; tengo tres a un paso.
Al pie de las colinas de Montclair mujeres en Toyotas esperan a que sus sirvientas bajen del autobús. Siempre me las arreglo para subir a Snake Road con Mamie y su señora, que dice: «¡Caramba, Mamie, tú tan preciosa con esa peluca atigrada, y yo con esta facha!». Mamie y yo fumamos.
Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos.
(Mujeres de la limpieza: nunca os hagáis amigas de los gatos, no les dejéis jugar con la mopa, con los trapos. Las señoras se pondrán celosas. Aun así, nunca los ahuyentéis de malos modos de una silla. En cambio, haceos siempre amigas de los perros, pasad cinco o diez minutos rascando a Cherokee o Smiley nada más llegar. Acordaos de bajar la tapa de los inodoros. Pelos, goterones de baba).
Los Blum. Este es el sitio más raro en el que trabajo, la única casa realmente bonita. Los dos son psiquiatras. Son consejeros matrimoniales, con dos «preescolares» adoptados.
(Nunca trabajéis en una casa con «preescolares». Los bebés son geniales. Puedes pasar horas mirándolos, acunándolos en brazos. Con los críos más mayores… solo sacarás alaridos, Cheerios secos, hacerte inmune a los accidentes y el suelo lleno de huellas del pijama de Snoopy).
(Nunca trabajéis para psiquiatras, tampoco. Os volveréis locas. Yo también podría explicarles a ellos un par de cosas… ¿Zapatos con alzas?).
El doctor Blum está en casa, otra vez enfermo. Tiene asma, por el amor de Dios. Va dando vueltas en albornoz, rascándose una pierna peluda y pálida con la alpargata.La, la, la, la, Mrs. Robinson… Tiene un equipo estéreo de más de dos mil dólares y cinco discos. Simon & Garfunkel, Joni Mitchell y tres de los Beatles.
Se queda en la puerta de la cocina, rascándose ahora la otra pierna. Me alejo contoneándome con la fregona hacia el office, mientras él me pregunta por qué elegí este tipo de trabajo en particular.
—Supongo que por culpabilidad, o por rabia —digo con desgana.
—Cuando se seque el suelo, ¿podré prepararme una taza de té?
—Mire, vaya a sentarse. Ya se lo preparo yo. ¿Azúcar o miel?
—Miel. Si no es mucha molestia. Y limón, si no es…
—Vaya a sentarse —le llevo el té.
Una vez le traje una blusa negra de lentejuelas a Natasha, que tiene cuatro años, para que se engalanara. La doctora Blum puso el grito en el cielo y dijo que era sexista. Por un momento pensé que me estaba acusando de intentar seducir a Natasha. Tiró la blusa a la basura. Conseguí rescatarla y ahora me la pongo de vez en cuando, para engalanarme.
(Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio).
Los Blum tienen un montón de pastillas, una plétora de pastillas. Ella tiene estimulantes, él tiene tranquilizantes. El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así.
Una mañana los oí hablando en el office de la cocina y él dijo: «¡Hagamos algo espontáneo hoy, llevemos a los niños a volar una cometa!».
Me robó el corazón. Una parte de mí quiso irrumpir en la escena como la sirvienta de la tira cómica del Saturday Evening Post. Se me da muy bien hacer cometas, conozco varios sitios con buen viento en Tilden. En Montclair no hay viento. La otra parte de mí encendió la aspiradora para no oír lo que ella le contestaba. Fuera llovía a cántaros.
El cuarto de los juguetes era una leonera. Le pregunté a Natasha si Todd y ella realmente jugaban con todos aquellos juguetes. Me dijo que los lunes al levantarse los tiraban por el suelo, porque era el día que iba yo a limpiar.
—Ve a buscar a tu hermano —le dije.
Los había puesto a recoger cuando entró la señora Blum. Me sermoneó sobre las interferencias y me dijo que se negaba a «imponer culpabilidad o deberes» a sus hijos. La escuché, malhumorada. Luego, como si se le ocurriera de pronto, me pidió que desenchufara el frigorífico y lo limpiara con amoniaco y vainilla.
¿Amoniaco y vainilla? A partir de ahí dejé de odiarla. Una cosa tan simple. Me di cuenta de que realmente quería vivir en un hogar acogedor, que no quería imponer culpabilidad o deberes a sus hijos. Más tarde me tomé un vaso de leche, y sabía a amoniaco y vainilla.
40–TELEGRAPH AVENUE–BERKELEY. Lavandería de Mill y Addie. Addie está sola dentro, limpiando los cristales del escaparate. Detrás de ella, encima de una lavadora, hay una enorme cabeza de pescado en una bolsa de plástico. Ojos ciegos y perezosos. Un amigo, el señor Walker, les lleva cabezas de pescado para hacer caldo. Addie traza círculos inmensos de espuma blanca en el vidrio. Al otro lado de la calle, en la guardería St. Luke, un niño cree que lo está saludando. La saluda, haciendo los mismos gestos con los brazos. Addie para, sonríe y lo saluda de verdad. Llega mi autobús. Toma Telegraph Avenue hacia Berkeley. En el escaparate del SALÓN DE BELLEZA VARITA MÁGICA hay una estrella de papel de plata pegada a un matamoscas. Al lado, tienda de ortopedia con dos manos suplicantes y una pierna.
Ter se negaba a ir en autobús. Ver a la gente ahí sentada lo deprimía. Le gustaban las estaciones de autobuses, en cambio. Íbamos a menudo a las de San Francisco y Oakland. Sobre todo a la de Oakland, en San Pablo Avenue. Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue.
Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises.
No sé cómo salir adelante ahora que estás muerto, Ter. Aunque eso ya lo sabes.
Es como aquella vez en el aeropuerto, cuando estabas a punto de embarcar para Albuquerque.
—Mierda, no puedo irme. Nunca vas a encontrar el coche.
O aquella otra vez, cuando te ibas a Londres.
—¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie? —repetías sin parar.
—Haré macramé, chaval.
—¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie?
—¿De verdad crees que te necesito tanto?
—Sí —contestaste. Sin más, una afirmación rotunda de Nebraska.
Mis amigos dicen que me recreo en la autocompasión y el remordimiento. Que ya no veo a nadie. Cuando sonrío, sin querer me tapo la boca con la mano.
Voy juntando somníferos. Una vez hicimos un pacto: si para 1976 las cosas no se arreglaban, nos mataríamos a tiros al final del muelle. Tú no te fiabas de mí, decías que te dispararía y echaría a correr, o me mataría yo primero, cualquier cosa. Estoy harta de bregar, Ter.
58–UNIVERSIDAD–ALAMEDA. Las viejecitas de Oakland van todas al centro comercial Hink, en Berkeley. Las viejecitas de Berkeley van al centro comercial Capwell, en Oakland. En este autobús todos son jóvenes y negros, o viejos y blancos, incluidos los conductores. Los conductores viejos blancos son cascarrabias y nerviosos, especialmente en la zona del Politécnico de Oakland. Siempre paran con un frenazo, gritan a los que fuman o van escuchando la radio. Dan bandazos y se detienen en seco, haciendo que las viejecitas se choquen contra las barras. A las viejecitas les salen cardenales en los brazos, instantáneamente.
Los conductores jóvenes negros van rápido, surcan Pleasant Valley Road pasándose todos los semáforos en ámbar. Sus autobuses son ruidosos y echan humo, pero no dan bandazos.
Hoy me toca la casa de la señora Burke. También tengo que dejarla. Ahí nunca cambia nada. Nunca hay nada sucio. Ni siquiera entiendo para qué voy. Hoy me sentí mejor. Al menos he entendido lo de las treinta botellas de Lancers Rosé. Antes había treinta y una. Por lo visto ayer fue su aniversario de bodas. Encontré dos colillas de cigarrillo en el cenicero del marido (en lugar de la que hay siempre), una copa de vino (ella no bebe) y la botella en cuestión. Los trofeos de petanca estaban ligeramente desplazados. Nuestra vida juntos.
Ella me enseñó mucho sobre el gobierno de la casa. Coloca el rollo de papel de váter de manera que salga por abajo. Abre la lengüeta del detergente solo hasta la mitad. Quien guarda halla. Una vez, en un ataque de rebeldía, rasgué la lengüeta de un tirón con tan mala suerte que el detergente se vertió y cayó en los quemadores de la cocina. Un desastre.
(Mujeres de la limpieza: que sepan que trabajáis a conciencia. El primer día dejad todos los muebles mal colocados, que sobresalgan un palmo o queden un poco torcidos. Cuando limpiéis el polvo, poned los gatos siameses mirando hacia otro lado, la jarrita de la leche a la izquierda del azucarero. Cambiad el orden de los cepillos de dientes).
Mi obra maestra en este sentido fue cuando limpié encima del frigorífico de la señora Burke. A ella no se le escapa nada, pero si yo no hubiera dejado la linterna encendida no se habría dado cuenta de que me había entretenido en rascar y engrasar la plancha, en reparar la figurita de la geisha, y de paso en limpiar la linterna.
Hacer mal las cosas no solo les demuestra que trabajas a conciencia, sino que además les permite ser estrictas y mandonas. A la mayoría de las mujeres estadounidenses les incomoda mucho tener sirvientas. No saben qué hacer mientras estás en su casa. A la señora Burke le da por repasar la lista de felicitaciones de Navidad y planchar el papel de regalo del año anterior. En agosto.
Procurad trabajar para judíos o negros. Te dan de comer. Pero sobre todo porque las mujeres judías y negras respetan el trabajo, el trabajo que haces, y además no se avergüenzan en absoluto de pasarse el día entero sin hacer nada de nada. Para eso te pagan, ¿no?
Las mujeres de la Orden de la Estrella de Oriente son otra historia. Para que no se sientan culpables, intentad siempre hacer algo que ellas no harían nunca. Encaramaos a los fogones para restregar del techo las salpicaduras de una Coca-Cola reventada. Encerraos dentro de la mampara de la ducha. Retirad todos los muebles, incluido el piano, y ponedlos contra la puerta. Ellas nunca harían esas cosas, y además así no pueden entrar.
Menos mal que siempre están enganchadas como mínimo a un programa de televisión. Dejo la aspiradora encendida media hora (un sonido relajante) y me tumbo debajo del piano con un trapo de limpiar el polvo en la mano, por si acaso. Simplemente me quedo ahí tumbada, tarareando y pensando. No quise identificar tu cadáver, Ter, aunque eso trajo muchas complicaciones. Temía empezar a pegarte por lo que habías hecho. Morir.
El piano de los Burke lo dejo para el final. Lo malo es que la única partitura que hay en el atril es el himno de la Marina. Siempre acabo marchando a la parada del autobús al ritmo de «From the Halls of Montezuma…».
58–UNIVERSIDAD–BERKELEY. Un conductor viejo blanco cascarrabias. Lluvia, retrasos, gente apretujada, frío. Navidad es una mala época para los autobuses. Una hippy joven colocada empezó a gritar «¡Quiero bajarme de este puto autobús!». «¡Espera a la próxima parada!», le gritó el conductor. Una mujer de la limpieza gorda que iba sentada delante de mí vomitó y ensució las galochas de la gente y una de mis botas. El olor era asqueroso y varias personas se bajaron en la siguiente parada, como ella. El conductor paró en la gasolinera Arco de Alcatraz y trajo una manguera para limpiarlo, pero lo único que hizo fue echarlo hacia atrás y encharcar aún más el suelo. Estaba colorado y rabioso, y se saltó un semáforo; nos puso a todos en peligro, dijo el hombre que había a mi lado.
En el Politécnico de Oakland una veintena de estudiantes con radios esperaban detrás de un hombre prácticamente impedido. La Seguridad Social está justo al lado del Politécnico. Mientras el hombre subía al autobús, con muchas dificultades, el conductor gritó «¡Ah, por el amor de Dios!», y el hombre pareció sorprendido.
Otra vez la casa de los Burke. Ningún cambio. Tienen diez relojes digitales y los diez están en hora, sincronizados. El día que me vaya, los desenchufaré todos.
Finalmente dejé a la señora Jessel. Seguía pagándome con un cheque, y en una ocasión me llamó cuatro veces en una sola noche. Llamé a su marido y le dije que tengo mononucleosis. Ella no se acuerda de que me he ido, anoche me llamó para preguntarme si la había visto un poco pálida. La echo de menos.
Una señora nueva, hoy. Una señora de verdad.
(Nunca me veo como «señora de la limpieza», aunque así es como te llaman: su señora o su chica).
La señora Johansen. Es sueca y habla inglés con mucha jerga, como los filipinos.
Cuando abrió la puerta, lo primero que me dijo fue: «¡Santo cielo!».
—Uy. ¿Llego demasiado pronto?
—En absoluto, querida.
Invadió el escenario. Una Glenda Jackson de ochenta años. Quedé hechizada. (Mirad, ya estoy hablando como ella). Hechizada en el recibidor.
En el recibidor, antes incluso de quitarme el abrigo, el abrigo de Ter, me puso al día sobre su ida.
Su marido, John, había muerto hacía seis meses. A ella lo que más le costaba era dormir. Se aficionó a hacer puzles. (Señaló la mesita de la sala de estar, donde el Monticello de Jefferson estaba casi terminado, salvo por un agujero protozoario, arriba a la derecha).
Una noche se enfrascó tanto en el puzle que ni siquiera durmió. Se olvidó, ¡se olvidó de dormir! Y hasta de comer, para colmo. Cenó a las ocho de la mañana. Luego se echó una siesta, se despertó a las dos, desayunó a las dos de la tarde y salió y se compró otro puzle.
Cuando John vivía era Desayuno a las 6, Almuerzo a las 12, Cena a las 6. Los tiempos han cambiado, ¡a mí me lo van a decir!
—Así que no, querida, no llegas demasiado pronto —concluyó—. Solo que quizá me vaya de cabeza a la cama en cualquier momento.
Yo seguía de pie en el recibidor, acalorada, sin apartar la mirada de los ojos radiantes y somnolientos de mi nueva señora, como si los cuervos fueran a hablar.
Lo único que tenía que hacer era limpiar las ventanas y aspirar la moqueta; pero antes de aspirar la moqueta, encontrar la pieza que faltaba del puzle. Cielo con unas hojas de arce. Sé que se ha perdido.
Disfruté en el balcón, limpiando las ventanas. Aunque hacía frío, el sol me calentaba la espalda. Dentro, ella siguió con su puzle. Absorta, pero sin dejar de posar en ningún momento. Se notaba que había sido muy hermosa.
Después de las ventanas vino la tarea de buscar la pieza del puzle. Repasar centímetro a centímetro la alfombra verde, encontrar entre las largas hebras migas de biscotes, gomas elásticas del Chronicle. Estaba encantada, era el mejor trabajo que había tenido nunca. A ella le «importaba un rábano» si fumaba o no, así que seguí gateando por el suelo mientras fumaba, deslizando el cenicero a mi lado.
Encontré la pieza lejos de la mesita donde estaba el puzle, al otro lado del salón. Era cielo, con unas hojas de arce.
—¡La encontré! —gritó—. ¡Sabía que se había perdido!
—¡Yo la he encontrado! —exclamé.
Entonces pude pasar la aspiradora, y entretanto ella terminó el puzle con un suspiro. Al irme le pregunté cuándo creía que me necesitaría otra vez.
—Ah… ¿qué será, será? —dijo ella.
—Lo que tenga que ser… será —dije, y las dos nos reímos.
Ter, en realidad no tengo ningunas ganas de morir.
40–TELEGRAPH AVENUE. Parada del autobús delante de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE, que está abarrotada de gente haciendo turno para las lavadoras, pero en un clima festivo, como si esperaran una mesa. Charlan de pie al otro lado de la vidriera, tomando latas verdes de Sprite. Mill y Addie alternan como estupendos anfitriones, dando cambio a los clientes. En la televisión, la Orquesta Estatal de Ohio toca el himno nacional. Arrecia la nieve en Michigan.
Es un día frío, claro de enero. Cuatro motoristas con patillas aparecen por la esquina de la calle 29 como la cola de una cometa. Una Harley pasa muy despacio por delante de la parada del autobús y varios críos saludan al motorista greñudo desde la caja de una ranchera, una Dodge de los años cincuenta. Lloro, al fin.


¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...