martes, 27 de julio de 2021

 

VIRGINIA WOOLF  - "La marca en la pared"

 

Quizá fue a mediados de enero del presente año cuando levanté la vista y vi por primera vez la marca en la pared. A fin de concretar el día es preciso recordar lo que una vio. Por esto, ahora, pienso en el fuego, la constante película de luz amarilla sobre la página del libro, los tres crisantemos en el redondeado cuenco de vidrio sobre la repisa de la chimenea. Sí, seguramente era invierno, y acabábamos de tomar el té, por cuanto recuerdo que fumaba un cigarrillo, cuando levanté la vista y vi la marca en la pared por primera vez. Levanté la vista, a través del humo del cigarrillo, y mi vista se fijó durante unos instantes en los carbones ardiendo, y a la mente me vino aquella vieja fantasía de la bandera roja ondeando en lo alto de la torre del castillo, y pensé en la cabalgata de los caballeros rojos ascendiendo por la ladera de la negra roca. Con cierto alivio por mi parte, la visión de la marca interrumpió mi fantasía, ya que se trata de una fantasía vieja, mecánica, quizá nacida en mi infancia. La marca era pequeña y redonda, negra sobre el blanco de la pared, situada seis o siete pulgadas más arriba de la repisa de la chimenea.

Con cuánta rapidez se arremolinan nuestros pensamientos alrededor de un objeto nuevo, levantándolo un poco, de la misma manera en que las hormigas transportan una pajilla muy febrilmente, y luego la abandonan... Si aquella mancha era una marca dejada por un clavo, el clavo no pudo ser colocado allí para colgar un cuadro, sino para una miniatura, la miniatura representando a una señora de blancos rizos empolvados, empolvadas mejillas y labios como claveles rojos. Una falsificación, desde luego, por cuanto la gente que vivía en esta casa antes que nosotros hubiera escogido pinturas así, una vieja pintura para una vieja estancia. Era gente así, gente muy interesante, y si pienso en ella tan a menudo y en tan extraños lugares, ello se debe a que jamás la volveré a ver, ni sabré qué fue de ella. Dejaron esta casa porque querían cambiar el estilo de sus muebles, eso fue lo que él dijo, y estaba él en trance de decir que, a su parecer, el arte debe tener ideas detrás, cuando fuimos separados, tal como se queda separado de la vieja dama en trance de verter el té y del joven a punto de golpear la pelota de tenis en el jardín trasero de la villa en el barrio residencial, cuando se pasa rápidamente en tren.

Pero, en lo referente a la marca, realmente no estoy segura. A fin de cuentas, no creo que fuera una marca dejada por un clavo; era demasiado grande, demasiado redondeada. Hubiera podido levantarme, pero si me levantaba y la miraba, había diez probabilidades contra una de que no supiera averiguarlo con certeza; debido a que, cuando se hace una cosa, una nunca sabe cómo ocurrió. Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento... La ignorancia de la humanidad... Para demostrar cuan poco dominio tenemos sobre nuestras posesiones —cuan accidental es nuestro vivir, después de tanta civilización—, séame permitido enumerar unas pocas cosas entre todas las que perdemos a lo largo de nuestra vida, comenzando por la pérdida que siempre me ha parecido la más misteriosa entre todas: ¿qué gato es capaz de masticar o qué ratón es capaz de roer, tres estuches azul pálido de herramientas para encuadernar libros? Luego vinieron los casos de las jaulas de pájaros, de los aros de hierro, de los patines metálicos, del recipiente para carbón estilo Reina Ana, del tablero de bagatela, del organillo... todo ello desaparecido, y también las joyas. Ópalos y esmeraldas, enterrados están entre las raíces de los nabos. ¡Qué difícil e irritante asunto es la certeza! Lo increíble es que lleve ropas puestas y esté rodeada de sólidos muebles en este instante. En realidad, si se quiere comparar la vida a algo, debe compararse a que la lancen a una por el túnel del metro a cincuenta millas por hora, para acabar en el otro extremo, sin siquiera una horquilla en el pelo. ¡Que la lancen a una a los pies de Dios totalmente desnuda! ¡Cruzar, rodando los prados de asfódelo igual que los paquetes de papel castaño son lanzados por el tobogán en correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras. Sí, esto parece expresar la rapidez de la vida, el perpetuo destrozo y reparación, todo tan al azar, tan sin sentido...

Pero después de la vida. El lento arrancar de gruesos tallos verdes, de manera que el cáliz de la flor, al inclinarse, no arroje sobre una un diluvio de luz roja y morada. A fin de cuentas, ¿por qué no habría una de nacer allá, tal como nació aquí, indefensa, sin habla, incapaz de centrar la vista, a tientas entre las raíces del césped, entre los dedos de los pies de los Gigantes? Y en lo tocante a decir lo que son árboles, lo que son hombres y mujeres, o si semejantes entes existen, no se estará en condiciones de hacerlo en el curso de cincuenta años aproximadamente. No habrá nada, salvo espacios de luz y de tinieblas, cruzados por recias vallas, y quizá, bastante arriba, marcas en forma de rosa de confuso color —oscuros rosados y azules— que, al paso del tiempo, se harán menos confusas, se convertirán en... No sé en qué.

Pero esa marca en la pared no es un agujero, ni mucho menos. Puede haber sido causada por una sustancia redonda y negra, como un pequeño pétalo de rosa, resto del pasado verano, ya que no soy un ama de casa muy esmerada —y, como demostración, basta mirar, por ejemplo, el polvo en la repisa del hogar, polvo que, según dicen, enterró a Troya tres veces, y sólo algunos fragmentos de cerámica se resistieron a ser aniquilados, lo cual parece cierto.

El árbol junto a la ventana golpea muy levemente el vidrio... Quiero pensar tranquilamente, en calma, anchamente, sin ser jamás interrumpida, sin tenerme que levantar jamás del sillón, deslizarme fácilmente de una cosa a otra, sin sensación de hostilidad, de obstáculos. Quiero hundirme más y más, lejos de la superficie, con sus duros y separados hechos. Para tranquilizarme, voy a fijarme en la primera idea que se me ocurra... Shakespeare... Importa tanto como cualquier otro. Un hombre que se sentaba firmemente en un sillón, y contemplaba el fuego, de modo que... un diluvio de ideas caía perpetuamente desde un cielo muy alto sobre su mente. Apoyaba la frente en la palma de la mano, y la gente miraba por la puerta abierta, ya que esta escena ocurre, supuestamente, en una noche de verano... Pero cuan aburrido es esto, esta novela histórica... No me interesa nada. Me gustaría encontrar unos pensamientos agradables, unos pensamientos que fueran un camino que indirectamente me reportara prestigio, ya que éstos son los pensamientos más agradables, y se encuentran muy a menudo incluso en la mente de la gente de modesto color ratonil, que sinceramente cree que no le gusta oír que les canten alabanzas. No son pensamientos que la alaben a una directamente; esto es lo bueno. Todos ellos son pensamientos como el siguiente:

«Entonces entré en el cuarto. Estaban hablando de botánica. Dije que había visto una flor que crecía en un montón de tierra, en el solar de una vieja casa de Kingsway. La semilla, dije, seguramente fue sembrada durante el reinado de Carlos I. ¿Qué flores había en el reinado de Carlos I?» Esta fue mi pregunta. (Pero no recuerdo la contestación.) Altas flores con bolas moradas quizás. Y así sucesivamente. Todo el tiempo no hago más que evocar mi figura en mi mente, amorosamente, furtivamente, sin adorarla a las claras, ya que, si lo hiciera, me reprimiría, e inmediatamente alargaría la mano en busca de un libro para protegerme a mí misma. De hecho, es curioso ver cuan instintivamente una protege de la idolatría a la propia imagen, así como de cualquier otro tratamiento que pudiera ponerla en ridículo, o que la alejara tanto del original que no se pudiera creer en ella. ¿O quizá no sea tan curioso, a fin de cuentas? Desde luego, es asunto de gran importancia. Cuando el espejo se rompe, la imagen desaparece, y la romántica figura, rodeada de un bosque de verdes profundidades, deja de existir, y sólo queda la cáscara de aquella persona que es lo que los demás ven, ¡y cuan sofocante, superficial, pelado y abrupto se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir. Cuando nos miramos los unos a los otros en los autobuses o en los vagones del metro, miramos el espejo; y esto explica la vaguedad y el vidriado brillo de nuestros ojos. Y en el futuro los novelistas se darán más y más clara cuenta de la importancia de estos reflejos, por cuanto, desde luego, no hay un solo reflejo, sino un número infinito de ellos. Estas son las profundidades que explorarán, éstos son los fantasmas que perseguirán, apartándose más y más de la descripción de la realidad, en sus historias, dando por supuesto el conocimiento de ellas, tal como hacían los griegos y quizá Shakespeare... Pero estas generalizaciones carecen de todo valor. Traen a la memoria artículos de fondo, ministros del gobierno; en realidad, toda una clase de cosas que, en la infancia, pensábamos eran la cosa en sí misma, la cosa clásica, la cosa real, de la que una no se podía apartar sin riesgo de una condena sin nombre. No sé por qué razón, las generalizaciones evocan los domingos en Londres, los paseos de la tarde del domingo, los almuerzos del domingo, y también maneras de hablar de los muertos, así como las ropas y las costumbres, como la costumbre de estar todos reunidos en una estancia, sentados, hasta cierta hora, a pesar de que a nadie le gustaba. Para todo había una norma. La norma referente a los manteles, en aquel período determinado, decía que debían ser bordados, con pequeños compartimentos amarillos, como los que se ven en las fotografías de las alfombras que cubren los pasillos de los palacios reales. Los manteles de diferente especie no eran manteles verdaderos. Cuan sorprendente y, al mismo tiempo, cuan maravilloso fue descubrir que esas cosas verdaderas, los almuerzos del domingo, los paseos del domingo, las casas de campo y los manteles no eran totalmente reales, que en el fondo eran medio fantasmales, y que la condena que recaía sobre el que se mostraba incrédulo ante ellas sólo consistía en una sensación de libertad ilegítima. Y me pregunto qué es lo que ahora ocupa el lugar de aquellas cosas, aquellas cosas corrientes, reales. Un hombre quizá debiera ser una mujer; el masculino punto de vista que gobierna nuestro vivir, que ha sentado la norma, que ha establecido la Tabla de Precedencia del Whitaker, que se ha convertido, a mi parecer, después de la guerra, en su mitad fantasmal para los hombres y para las mujeres, que pronto, cabe esperar, será arrojada entre risas al cubo de la basura al que van a parar los fantasmas, los aparadores de caoba, los grabados de Landseer, los dioses y los demonios, etcétera, dejándonos con un ilegítimo sentido de libertad. Si es que la libertad existe...

Bajo ciertas luces, la marca en la pared parece surgir de la pared. No es totalmente circular. No estoy segura, pero parece proyectar una visible sombra, de manera que, si pasara el dedo por esta parte de la pared, el dedo ascendería y descendería sobre un pequeño promontorio, como aquellos que se ven en los South Downs y que son, según se dice, cementerios o castros. De entre una cosa y otra, preferiría que fueran tumbas, por cuanto me gusta la melancolía al igual que a la mayoría de los ingleses, y me parece natural, al término de una caminata, pensar en los huesos enterrados bajo la hierba... Seguramente hay un libro que trata del asunto. Algún anticuario habrá desenterrado esos huesos y les habrá dado nombre... ¿Y qué clase de hombre es un anticuario? Me atrevería a decir que, en su mayoría, son coroneles retirados, al mando de ancianos obreros allí, arriba, que examinan piedras y grumos de tierra, y que entablan correspondencia con los clérigos de la vecindad, lo cual, debido a que abren las cartas a la hora del desayuno, les da sensación de importancia, y la comparación de las puntas de flecha exige efectuar viajes a través de los contornos para ir a las poblaciones, una agradable necesidad, tanto para los clérigos como para sus esposas ya entradas en años que desean hacer jalea de ciruela o limpiar el estudio, y tienen muy buenas razones para mantener en estado de perpetua duda la cuestión de si es cementerio o castro, mientras el coronel se siente placenteramente filosófico, al acumular pruebas en uno y otro sentido. Cierto es que, a fin de cuentas, el coronel prefiere creer que se trata de un castro. Y, al ser su tesis contradicha, el coronel pergeña un folleto que se dispone a leer en la reunión trimestral de la sociedad local, cuando la apoplejía le ataca, y su último pensamiento consciente no se centra en su mujer, ni en sus hijos, sino en el castro y en la punta de flecha, que ahora se encuentra en una vitrina del museo de la localidad, juntamente con el pie de una asesina china, un puñado de clavos de los tiempos de Isabel I, gran número de pipas de barro Tudor, una jarra romana y el vaso en que Nelson bebió... algo que no sé.

No, no, nada está demostrado, nada se sabe. Y si ahora me levantara, en este mismo instante, y comprobara que la marca en la pared es realmente —¿qué voy a decir?— la cabeza de un viejo y gigantesco clavo, clavado hace doscientos años, que ahora, gracias al paciente desgaste producido por largas generaciones de criadas, ha asomado la cabeza por la capa de pintura, y tiene la primera impresión de la vida moderna, en esta estancia de paredes pintadas de blanco e iluminada por el fuego del hogar, ¿qué ganaría, yo, con ello? ¿Conocimientos? ¿Más posibilidades de elaborar hipótesis? Sentada, soy tan capaz de pensar como en pie. ¿Y qué es el conocimiento? ¿Qué son nuestros hombres eruditos sino los descendientes de brujas y ermitaños que vivían agachados en cuevas y bosques, cociendo hierbas e interrogando a ratones campestres, y consignando el lenguaje de las estrellas? Y además menos honores les rendimos, a medida que nuestras supersticiones menguan, y que nuestro respeto por la belleza y la salud de la mente aumenta... Sí, cabe imaginar un mundo muy agradable. Un mundo tranquilo y amplio, con flores muy rojas y azules en los campos bajo el cielo. Un mundo sin profesores ni especialistas ni caseros con perfil de policía, un mundo que se pudiera cortar con el pensamiento tal como el pez corta el agua con sus aletas, rozando los tallos de los nenúfares, quedando suspendido sobre conglomerados de blancos huevos marinos... De cuanta paz se goza en este fondo, enraizados en el centro del mundo, y mirando hacia lo alto, a través de las aguas grises, con sus bruscos rayos de luz, y con sus reflejos... ¡si no fuera por el Almanaque de Whitaker!, ¡si no fuera por su Tabla de Precedencias!

Debo ponerme en pie de un salto y ver por mí misma qué es realmente esta marca en la pared, ¿un clavo, un pétalo de rosa, una grieta en la madera?

Y aquí tenemos a la naturaleza jugando una vez más al viejo juego de la autoconservación. La naturaleza se da cuenta de que esta clase de pensamiento no hace más que amenazar con un derroche de energías, incluso con cierta colisión con la realidad, por cuanto, ¿quién se atreverá jamás a alzar un dedo contra la Tabla de Precedencias de Whitaker? Detrás del Arzobispo de Canterbury va el Lord Presidente de la Cámara de los Lores; y el Lord Presidente de la Cámara de los Lores va seguido por el Arzobispo de York. Siempre hay alguien que va detrás de alguien, según la filosofía de Whitaker; y lo más importante es saber quién va detrás de quién. Whitaker sabe, y tú deja, la naturaleza aconseja, que esto te consuele en vez de enfurecerte; y si no puedes quedar consolada, si tienes que destruir esta hora de paz, piensa en la marca en la pared.

Comprendo el juego de la naturaleza, su invitación a actuar, a fin de poner término a todo pensamiento que amenace con excitar o causar dolor. De ahí, supongo, surge nuestro desprecio por los hombres de acción: hombres, presumimos, que no piensan. De todas maneras, nada malo hay en poner punto final a los pensamientos desagradables, por el medio de mirar una marca en la pared.

Realmente, ahora que he fijado la vista en la marca, tengo la sensación de haberme asido a una tabla en el mar, siento una satisfactoria impresión de realidad que inmediatamente convierte a los dos arzobispos y al Lord Presidente de la Cámara de los Lores en proyecciones de sombras. Aquí hay algo definido, algo real. De la misma manera, al despertar a medianoche de una pesadilla horrorosa, una enciende apresuradamente la luz, y yace pasivamente, adorando la cómoda, adorando la solidez, adorando la realidad, adorando el mundo impersonal que es demostración de una existencia que no es la nuestra. Esto es aquello de lo que una quiere tener certeza... Es agradable pensar en la madera. Procede de un árbol; y los árboles crecen, y no sabemos cómo crecen. Crecen durante años y años, sin prestarnos la más leve atención, en prados, en bosques, en las riberas de los ríos, todo ello cosas en las que a una le gusta pensar. Bajo los árboles, las vacas agitan la cola en las tardes calurosas; los árboles pintan a los ríos tan verdes que, cuando una cerceta se lanza a las aguas, una espera verla salir con las plumas teñidas de verde. Me gusta pensar en los peces, en equilibrio contra la corriente, como una bandera tensada por el viento; y los escarabajos peloteros levantando despacio cúpulas con el barro del río. Me gusta pensar en el árbol en sí mismo: primero la inmediata y seca sensación de ser madera, después su movimiento en la tormenta, después el lento y delicioso correr de la savia. También me gusta pensar en el árbol, alzado en las noches invernales en un campo solitario, con todas sus hojas prietamente enroscadas, sin que nada tierno de él quede expuesto a las balas de hierro de la luna, un mástil desnudo sobre la tierra que cae y cae durante toda la noche. El canto de los pájaros forzosamente ha de tener un sonido muy alto y raro en el mes de junio; y qué sensación de frío causarán las patas de los insectos sobre el árbol, a medida que avanzan trabajosamente por las hendiduras de la corteza, o toman el sol en la delgada y verde cúpula de las hojas, y miran rectamente al frente con sus ojos rojos tallados como diamantes... Una tras otra, las fibras se quiebran bajo la inmensa y fría presión de la tierra, y entonces llega la última tormenta, y las ramas más altas, al caer, penetran de nuevo profundamente en la tierra. A pesar de todo, la vida no ha terminado; quedan millones de pacientes y vigilantes vidas para un árbol, a lo largo y ancho del mundo, en dormitorios, en buques, en pavimentos, en cuartos de estar donde hombres y mujeres se reúnen después de tomar el té y fuman cigarrillos. Rebosa pensamientos de paz, pensamientos felices, este árbol. Me gustaría considerar por separado cada árbol, pero hay un obstáculo que lo impide... ¿Dónde estaba? ¿De qué trataba? ¿Un árbol? ¿Un río? ¿Colinas? ¿El Almanaque de Whitaker? ¿Campos de asfódelo? Nada recuerdo. Todo se mueve, cae, resbala, se desvanece... Hay una vasta conmoción de la materia. Alguien se encuentra en pie junto a mí, y dice:

«Salgo a comprar el periódico.»

«¿Sí?»

«Aunque no vale la pena comprar el periódico... Nunca pasa nada. Maldita guerra; que Dios la maldiga... De todas maneras, no veo por qué hemos de tener un caracol en la pared.»

¡Ah, la marca en la pared! Era un caracol.

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miércoles, 21 de julio de 2021

VIRGINIA WOOLF (1882-1941)

 

Virginia Woolf - UNA HABITACIÓN PROPIA (fragmentos)

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Este ensayo está basado en dos conferencias dadas en octubre de 1928 en la Sociedad Literaria de Newham y la Odtaa de Girton. Los textos eran demasiado largos para ser leídos en su totalidad y posteriormente fueron alterados y ampliados

Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. Las glorias de todas nuestras guerras serían desconocidas. Todavía estaríamos grabando la silueta de ciervos en los restos de huesos de cordero y trocando pedernales por pieles de cordero o cualquier adorno sencillo que sedujera nuestro gusto poco sofisticado. Los Superhombres y Dedos del Destino nunca habrían existido. El Zar y el Káiser nunca hubieran llevado coronas o las hubieran perdido. Sea cual fuere su uso en las sociedades civilizadas, los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o heroica. Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que sea sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es? Así meditaba yo, desmigajando mi pan y revolviendo el café, y mirando de vez en cuando a la gente que pasaba por la calle. La imagen del espejo tiene una importancia suprema, porque carga la vitalidad, estimula el sistema nervioso. Suprimidla y puede que el hombre muera, como el adicto a las drogas privado de cocaína. La mitad de las personas que pasan por la acera, pensé mirando por la ventana, se van a trabajar bajo el sortilegio de esta ilusión. Se ponen el sombrero y el abrigo por la mañana bajo sus agradables rayos. Empiezan el día llenas de confianza, fortalecidas, creyendo su presencia deseada en la merienda de Miss Smith; se dicen a sí mismas al entrar en la habitación: «Soy superior a la mitad de la gente que está aquí». Y así se explica sin duda que hablen con esta confianza, esta seguridad en sí mismas que han tenido consecuencias tan profundas en la vida pública y dado origen a tan curiosas notas en el margen de la mente privada.

 

Tengo asegurados para siempre la comida, el cobijo y el vestir. Por tanto, no sólo cesan el esforzarse y el luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme. De modo que, imperceptiblemente, fui adoptando una nueva actitud hacia la otra mitad de la especie humana. Era absurdo culpar a ninguna clase o sexo en conjunto. Las grandes masas de gente nunca son responsables de lo que hacen. Las mueven instintos que no están bajo su control. También ellos, los patriarcas, los profesores, tenían que combatir un sinfín de dificultades, tropezaban con terribles escollos. Su educación había sido, bajo algunos aspectos, tan deficiente como la mía propia. Había engendrado en ellos defectos igual de grandes. Tenían, es cierto, dinero y poder, pero sólo a cambio de albergar en su seno un águila, un buitre que eternamente les mordía el hígado y les picoteaba los pulmones: el instinto de posesión, el frenesí de adquisición, que les empujaba a desear perpetuamente los campos y los bienes ajenos, a hacer fronteras y banderas, barcos de guerra y gases venenosos; a ofrecer su propia vida y la de sus hijos. Pasad por debajo del Admiralty Arch (había llegado a este monumento) o recorred cualquier avenida dedicada a los trofeos y al cañón y reflexionad sobre la clase de gloria que allí se celebra. O ved en una soleada mañana de primavera al corredor de Bolsa y al gran abogado encerrándose en algún edificio para hacer más dinero, cuando es sabido que quinientas libras le mantendrán a uno vivo al sol. Estos instintos son desagradables de abrigar, pensé. Nacen de las condiciones de vida, de la falta de civilización, me dije mirando la estatua del duque de Cambridge y en particular las plumas de su sombrero de tres picos con una fijeza de la que raramente habrían sido objeto antes. Y al ir dándome cuenta de estos escollos, el temor y la amargura se fueron transformando poco a poco en piedad y tolerancia; y luego, al cabo de un año o dos, desaparecieron la piedad y la tolerancia y llegó la mayor liberación de todas, la libertad de pensar directamente en las cosas. Aquel edificio, por ejemplo, ¿me gusta o no? ¿Es bello aquel cuadro o no? En mi opinión, ¿este libro es bueno o malo? Realmente, la herencia de mi tía me hizo ver el cielo al descubierto y sustituyó la grande e imponente imagen de un caballero, que Milton me recomendaba que adorara eternamente, por una visión del cielo abierto.

….

 

Al ir avanzando el siglo dieciocho, cientos de mujeres se pusieron a aumentar sus alfileres o a ayudar a sus familias apuradas haciendo traducciones o escribiendo innumerables novelas malas que no han llegado siquiera a incluirse en los libros de texto, pero que todavía pueden encontrarse en los puestos de libros de lance de Charing Cross Road. La extrema actividad mental que se produjo entre las mujeres a finales del siglo dieciocho —las charlas y reuniones, los ensayos sobre Shakespeare, la traducción de los clásicos— se basaba en el sólido hecho de que las mujeres podían ganar dinero escribiendo. El dinero dignifica lo que es frívolo si no está pagado. Quizá seguía estando de moda burlarse de las «marisabidillas con la manía de garabatear», pero no se podía negar que podían poner dinero en su monedero. Así, pues, a finales del siglo dieciocho se produjo un cambio que yo, si volviera a escribir la Historia, trataría más extensamente y consideraría más importante que las Cruzadas o las Guerras de las Rosas. La mujer de la clase media empezó a escribir. Porque si Orgullo y prejuicio tiene alguna importancia, si Middlemarch y Cumbres borrascosas tienen alguna importancia, entonces tiene más importancia que lo que es posible demostrar en un discurso de una hora el hecho de que las mujeres en general, no sólo la aristócrata solitaria encerrada en su casa de campo, se pusieran a escribir. Sin estas predecesoras, ni Jane Austen, ni las Brontë, ni George Eliot hubieran podido escribir, del mismo modo que Shakespeare no hubiera podido escribir sin Marlowe, ni Marlowe sin Chaucer, ni Chaucer sin aquellos poetas olvidados que pavimentaron el camino y domaron el salvajismo natural de la lengua. Porque las obras maestras no son realizaciones individuales y solitarias; son el resultado de muchos años de pensamiento común, de modo que a través de la voz individual habla la experiencia de la masa.

……………

 

Todas las relaciones entre mujeres, pensé recorriendo rápidamente la espléndida galería de figuras femeninas, son demasiado sencillas. Se han dejado tantas cosas de lado, tantas cosas sin intentar. Y traté de recordar entre todas mis lecturas algún caso en que dos mujeres hubieran sido presentadas como amigas. Se ha intentado vagamente en Diana of the Crossways. Naturalmente, hay las confidentes del teatro de Racine y de las tragedias griegas. De vez en cuando hay madres e hijas. Pero casi sin excepción se describe a la mujer desde el punto de vista de su relación con hombres. Era extraño que, hasta Jane Austen, todos los personajes femeninos importantes de la literatura no sólo hubieran sido vistos exclusivamente por el otro sexo, sino desde el punto de vista de su relación con el otro sexo. Y ésta es una parte tan pequeña de la vida de una mujer… Y qué poco puede un hombre saber siquiera de esto observándolo a través de las gafas negras o rosadas que la sexualidad le coloca sobre la nariz. De ahí, quizá, la naturaleza peculiar de la mujer en la literatura; los sorprendentes extremos de su belleza y su horror; su alternar entre una bondad celestial y una depravación infernal. Porque así es cómo la veía un enamorado, según su amor crecía o menguaba, según era un amor feliz o desgraciado. Esto no se aplica a las novelas del siglo diecinueve, naturalmente. La mujer adquiere entonces más matices, se hace complicada. De hecho, quizá fue el deseo de escribir sobre las mujeres lo que impulsó a los hombres a abandonar gradualmente el teatro poético, que con su violencia podía hacer poco uso de ellas, y a inventar la novela como receptáculo más adecuado. Aun así, es evidente, hasta en la obra de Proust, que a los hombres les cuesta mucho conocer a la mujer y la miran con parcialidad, tal como les ocurre a las mujeres con los hombres.

 

Además, proseguí, volviendo de nuevo los ojos hacia la página, se está viendo cada vez más claramente que las mujeres tienen, como los hombres, otros intereses, aparte de los intereses perennes de la domesticidad. «A Chloe le gustaba Olivia. Compartían un laboratorio…». Seguí leyendo y descubrí que estas dos jóvenes se ocupaban de machacar hígado, que es, según parece, una cura para la anemia perniciosa; aunque una de ellas estaba casada y tenía —no creo equivocarme— dos niños de corta edad. Ahora bien, todo esto antes se tuvo que dejar de lado, naturalmente, y el espléndido retrato literario de la mujer resulta extremadamente sencillo y monótono. Supongamos, por ejemplo, que en la literatura se presentara a los hombres sólo como los amantes de mujeres y nunca como los amigos de hombres, como soldados, pensadores, soñadores; ¡qué pocos papeles podrían desempeñar en las tragedias de Shakespeare! ¡Cómo sufriría la literatura! Quizá nos quedase la mayor parte de Otelo y buena parte de Antonio; pero no tendríamos a César, ni a Bruto, ni a Hamlet, ni a Lear, ni a Jaques. La literatura se empobrecería considerablemente, de igual modo que la ha empobrecido hasta un punto indescriptible el que tantas puertas les hayan sido cerradas a las mujeres. Casadas en contra de su voluntad, forzadas a permanecer en una sola habitación, a hacer una única tarea, ¿cómo hubiera podido un dramaturgo hacer de ellas una descripción completa, interesante y verdadera? El amor era el único intérprete posible.

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Pero la visión de aquellas dos personas subiendo al taxi y la satisfacción que me produjo también me hicieron preguntarme si la mente tiene dos sexos que corresponden a los dos sexos del cuerpo y si necesitan también estar unidos para alcanzar la satisfacción y la felicidad completas. Y me puse, para pasar el rato, a esbozar un plano del alma según el cual en cada uno de nosotros presiden dos poderes, uno macho y otro hembra; y en el cerebro del hombre predomina el hombre sobre la mujer y en el cerebro de la mujer predomina la mujer sobre el hombre. El estado de ser normal y confortable es aquel en que los dos viven juntos en armonía, cooperando espiritualmente. Si se es hombre, la parte femenina del cerebro no deja de obrar; y la mujer también tiene contacto con el hombre que hay en ella. Quizá Coleridge se refería a esto cuando dijo que las grandes mentes son andróginas. Cuando se efectúa esta fusión es cuando la mente queda fertilizada por completo y utiliza todas sus facultades. Quizás una mente puramente masculina no pueda crear, pensé, ni tampoco una mente puramente femenina. Pero convenía averiguar qué entendía uno por «hombre con algo de mujer» y por «mujer con algo de hombre» hojeando un par de libros.

 

 Y con el desasosiego con que uno saca libros de los estantes y los vuelve a colocar en su sitio sin mirarlos, me puse a imaginar una era futura de virilidad pura, de autoafirmacíón de la virilidad, como la que las cartas de los profesores (tomemos las cartas de Sir Walter Raleigh, por ejemplo) parecen augurar y que los gobernantes de Italia ya han iniciado. Porque difícilmente deja uno de sentirse impresionado en Roma por una sensación de masculinidad inmitigada; y sea cual fuere desde el punto de vista del estado el valor de la masculinidad inmitigada, su efecto sobre el arte de la poesía es discutible. De todos modos, según los periódicos, reina en Italia cierta ansiedad acerca de la novela. Ha habido una reunión de académicos cuyo objeto era «estimular la novela italiana».

«Hombres famosos por su nacimiento, o en los círculos financieros, la industria o las corporaciones fascistas» se reunieron el otro día y discutieron el asunto, y se envió al Duce un telegrama en que se expresaba la esperanza de que «la era fascista pronto produciría un poeta digno de ella». Podemos unirnos todos a esta esperanza, pero dudo de que la poesía pueda nacer de una incubadora. La poesía debería tener una madre, lo mismo que un padre. El poema fascista, hay motivos para temer, será un pequeño aborto horrible como los que se ven en tarros de cristal en los museos de las ciudades de provincias. Estos monstruos nunca viven mucho tiempo, se dice; nunca se ven prodigios de esta clase cortando la hierba en un prado. Dos cabezas en un cuerpo no garantizan una larga vida.

….

 

En segundo lugar, puede que me reprochéis el haber insistido demasiado sobre la importancia de lo material. Aun concediendo al simbolismo un amplio margen y suponiendo que quinientas libras signifiquen el poder de contemplar y un pestillo en la puerta el poder de pensar por sí mismo, quizá me digáis que la mente debería elevarse por encima de estas cosas; y que los grandes poetas a menudo han sido pobres. Dejadme entonces citaros las palabras de vuestro propio profesor de Literatura, que sabe mejor que yo qué entra en la fabricación de un poeta. Sir Arthur Quiller-Couch escribe.

 

¿Cuáles son los grandes nombres de la poesía de estos últimos cien años aproximadamente? Coleridge, Wordsworth, Byron, Shelley, Landor, Keats, Tennyson, Browning, Arnold, Morris, Rossetti, Swinburne. Parémonos aquí. De éstos, todos menos Keats, Browning y Rossetti tenían una formación universitaria; y de estos tres, Keats, que murió joven, segado en la flor de la edad, era el único que no disfrutaba de una posición bastante acomodada. Quizá parezca brutal decir esto, y desde luego es triste tener que decirlo, pero lo rigurosamente cierto es que la teoría de que el genio poético sopla donde le place y tanto entre los pobres como entre los ricos, contiene poca verdad. Lo rigurosamente cierto es que nueve de estos doce poetas tenían una formación universitaria: lo que significa que, de algún modo, consiguieron los medios para obtener la mejor educación que Inglaterra puede dar. Lo rigurosamente cierto es que de los tres restantes, Browning, como sabéis, era rico, y me apuesto cualquier cosa a que, si no lo hubiera sido, no hubiera logrado escribir Saúl o El anillo y el libro, de igual modo que Ruskin no hubiera logrado escribir Pintores modernos si su padre no hubiera sido un próspero hombre de negocios. Rossetti tenía una pequeña renta personal; además pintaba. Sólo queda Keats, al que Atropos mató joven, como mató a John Clare en un manicomio y a James Thomson por medio del láudano que tomaba para drogar su decepción. Es una terrible verdad, pero debemos enfrentarnos con ella. Lo cierto —por poco que nos honre como nación— es que, debido a alguna falta de nuestro sistema social y económico, el poeta pobre no tiene hoy día, ni ha tenido durante los pasados doscientos años, la menor oportunidad. Creedme —y he pasado gran parte de diez años estudiando unas trescientas veinte escuelas elementales—, hablamos mucho de democracia, pero de hecho en Inglaterra un niño pobre no tiene muchas más esperanzas que un esclavo ateniense de lograr esta libertad intelectual de la que nacen las grandes obras literarias.

 

Nadie podría exponer el asunto más claramente. «El poeta pobre no tiene hoy día, ni ha tenido durante los últimos doscientos años, la menor oportunidad… En Inglaterra un niño pobre no tiene más esperanzas que un esclavo ateniense de lograr esta libertad intelectual de la que nacen las grandes obras literarias». Exactamente. La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no sólo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres no han tenido, pues, la menor oportunidad de escribir poesía. Por eso he insistido tanto sobre el dinero y sobre el tener una habitación propia. Sin embargo, gracias a los esfuerzos de estas mujeres desconocidas del pasado, de estas mujeres de las que desearía que supiéramos más cosas, gracias, por una curiosa ironía, a dos guerras, la de Crimea, que dejó salir a Florence Nightingale de su salón, y la Primera Guerra Mundial, que le abrió las puertas a la mujer corriente unos sesenta años más tarde, estos males están en vías de ser enmendados. Si no, no estaríais aquí esta noche y vuestras posibilidades de ganar quinientas libras al año, aunque desgraciadamente, siento decirlo, siguen siendo precarias, serían ínfimas.

VIRGINIA WOOLF (1882-1941)

 

VIRGINIA WOOLF - "La señora en el espejo. Un reflejo"

La gente no debiera dejar espejos colgados en sus habitaciones, tal como no debe dejar talonarios de cheques o cartas abiertas confesando un horrendo crimen. En aquella tarde de verano, una no podía dejar de mirar el alargado espejo que colgaba allí, afuera, en el vestíbulo. Las circunstancias así lo habían dispuesto. Desde las profundidades del diván en la sala de estar, se podía ver, en el reflejo del espejo italiano, no sólo la mesa con cubierta de mármol situada enfrente, sino también una parte del jardín, más allá. Se podía ver un sendero con alta hierba que se alejaba por entre parterres de altas flores, hasta que, en un recodo, el marco dorado lo cortaba.

 La casa estaba vacía, y una se sentía, ya que era la única persona que se encontraba en la sala de estar, igual que uno de esos naturalistas que, cubiertos con hierbas y hojas, yacen observando a los más tímidos animales —tejones, nutrias, martín pescadores—, los cuales se mueven libremente, cual si no fueran observados. Aquel atardecer, la habitación estaba atestada de esos tímidos seres, de luz y sombras, con cortinas agitadas por el viento, pétalos cayendo —cosas que nunca ocurren, o eso parece, cuando alguien está mirando. La silenciosa y vieja estancia campestre, con sus alfombras y su hogar de piedra, con sus hundidas estanterías para libros, y sus cómodas laqueadas en rojo y oro, estaba llena de esos seres nocturnos. Se acercaban contoneándose, y cruzaban así el suelo, pisando delicadamente con los pies elevándose muy alto, y las colas extendidas en abanico, y picoteando significativamente, cual si hubieran sido cigüeñas o bandadas de pavos reales con la cola cubierta de velo de plata. Y también había sombríos matices y oscurecimientos, como si una sepia hubiera teñido bruscamente el aire con morado. Y el cuarto tenía sus pasiones, sus furias, sus envidias y sus penas cubriéndolo, nublándolo, igual que un humano. Nada seguía invariable siquiera durante dos segundos.

 Pero, fuera, el espejo reflejaba la mesa del vestíbulo, los girasoles y el sendero del jardín, con tal precisión y fijeza que parecían allí contenidos, sin posibilidad de escapar, en su realidad. Constituía un extraño contraste; aquí todo cambiante, allá todo fijo. No se podía evitar que la vista saltara, para mirar lo uno y lo otro. Entre tanto, debido a que por el calor todas las ventanas y puertas estaban abiertas, se daba un perpetuo suspiro y cese del sonido, como la voz de lo transitorio y perecedero, parecía, yendo y viniendo como el aliento humano, en tanto que, en el espejo, las cosas habían dejado de alentar y se estaban quietas, en trance de inmortalidad.

 Hacía media hora que la dueña de la casa, Isabella Tyson, se había alejado por el sendero, con su fino vestido de verano, un cesto al brazo, y había desaparecido, cortada por el marco dorado del espejo. Cabía presumir que había ido al jardín bajo, para coger flores; o, lo que parecía más natural suponer, a coger algo leve, fantástico, con hojas, con lánguidos arrastres, como clemátides o uno de esos elegantes haces de convólvulos que se retuercen sobre sí mismos contra feos muros, y ofrecen aquí y allá el estallido de sus flores blancas y violetas. Parecía más propio de Isabella el fantástico y trémulo convólvulo que el erecto áster o la almidonada zinnia, o incluso sus propias rosas ardientes, encendidas como lámparas en lo alto de sus tallos. Esta comparación indicaba cuan poco, a pesar de los años transcurridos, una sabía de Isabella; por cuanto es imposible que una mujer de carne y hueso, sea quien sea, de unos cincuenta y cinco o sesenta años, sea, realmente, un ramo o un zarcillo. Estas comparaciones son peor que estériles y superficiales, son incluso crueles, por cuanto se interponen como el mismísimo convólvulo, temblorosas, entre los ojos y la verdad. Debe haber verdad; debe haber un muro. Sin embargo, no dejaba de ser raro que, después de haberla conocido durante tantos años, una no pudiera decir la verdad acerca de lo que Isabella era; una todavía componía frases como ésas, referentes a convólvulos y ásteres. En cuanto a los hechos, no cabía dudar de que era solterona, rica, que había comprado esta casa y que había adquirido con sus propias manos —a menudo en los más oscuros rincones del mundo y con grandes riesgos de venenosas picadas y orientales enfermedades— las alfombras, las sillas y los armarios que ahora vivían su nocturna vida ante los ojos de una. A veces parecía que estos objetos supieran acerca de ella más de lo que nosotros, que nos sentábamos en ellos, escribíamos en ellos y caminábamos, tan cuidadosamente, sobre ellos, teníamos derecho a saber. En cada uno de aquellos muebles había gran número de cajoncitos, y cada cajoncito, con casi total certeza, guardaba cartas, atadas con cintas en arqueados lazos, cubiertas con tallos de espliego y pétalos de rosa. Sí, ya que otra verdad —si es que una quería verdades— consistía en que Isabella había conocido a mucha gente, tenía muchos amigos; por lo que, si una tenía la audacia de abrir un cajón y leer sus cartas, hallaría los rastros de muchas agitaciones, de citas a las que acudir, de reproches por no haber acudido, largas cartas de intimidad y afecto, violentas cartas de celos y acusaciones, terribles palabras de separación para siempre —ya que todas esas visitas y compromisos a nada habían conducido—, es decir, Isabella no había contraído matrimonio, y sin embargo, a juzgar por la indiferencia de máscara de su cara, había vivido veinte veces más pasiones y experiencias que aquellos cuyos amores son pregonados para que todos sepan de ellos. Bajo la tensión de pensar en Isabella, aquella estancia se hizo más sombría y simbólica; los rincones parecían más oscuros, las patas de las sillas y de las mesas, más delicadas y jeroglíficas.

 De repente, estos reflejos terminaron violentamente, aunque sin producir sonido alguno. Una gran sombra negra se cernió sobre el espejo, lo borró todo, sembró la mesa con un montón de rectángulos de mármol veteados de rosa y gris, y se fue. Pero el cuadro quedó totalmente alterado. De momento quedó irreconocible, ilógico y totalmente desenfocado. Una no podía poner en relación aquellos rectángulos con propósito humano alguno. Y luego, poco a poco, cierto proceso lógico comenzó a afectar a aquellos rectángulos, comenzó a poner en ellos orden y sentido, y a situarlos en el marco de los normales aconteceres. Una se dio cuenta, por fin, de que se trataba meramente de cartas. El criado había traído el correo.

 Reposaban en la mesa de mármol, todas ellas goteando, al principio, luz y color, crudos, no absorbidos. Y después fue extraño ver cómo quedaban incorporadas, dispuestas y armonizadas, cómo llegaban a formar parte del cuadro, y recibían el silencio y la inmortalidad que el espejo confería. Allí reposaban revestidas de una nueva realidad y un nuevo significado, y dotadas también de más peso, de modo que parecía se necesitara un escoplo para separarlas de la mesa. Y, tanto si se trataba de verdad como de fantasía, no parecía que fueran un puñado de cartas, sino que se hubieran transformado en tablas con la verdad eterna incisa en ellas; si una pudiera leerlas, una sabría todo lo que se podía saber acerca de Isabella, sí, y también acerca de la vida. Las páginas contenidas en aquellos sobres marmóreos forzosamente tenían que llevar profuso y profundamente hendido significado. Isabella entraría, las cogería, una a una, muy despacio, las abriría, y las leería cuidadosamente, una a una, y después, con un profundo suspiro de comprensión, como si hubiera visto el último fondo de todo, rasgaría los sobres en menudas porciones, ataría el montoncito de cartas, y las encerraría bajo llave en un cajón, decidida a ocultar lo que no deseaba se supiera.

 Este pensamiento cumplió la función de estímulo. Isabella no quería que se supiera, pero no podía seguir saliéndose con la suya. Era absurdo, era monstruoso. Si tanto ocultaba y si tanto sabía, una tenía que abrir a Isabella con el instrumento que más al alcance de la mano tenía: la imaginación. Una debía fijar la atención en ella, inmediatamente, ahora. Una tenía que dejar clavada allí a Isabella. Una debía negarse a que le dieran más largas mediante palabras y hechos propios de un momento determinado, mediante cenas y visitas y corteses conversaciones. Una tenía que ponerse en los zapatos de Isabella. Interpretando esta última frase literalmente, era fácil ver la clase de zapatos que Isabella llevaba, allá, en el jardín de abajo, en los presentes instantes. Eran muy estrechos y largos y muy a la moda, del más suave y flexible cuero. Al igual que cuanto llevaba, eran exquisitos. Y ahora estaría en pie junto al alto seto, en la parte baja del jardín, alzadas las tijeras, que llevaba atadas a la cintura, para cortar una flor muerta, una rama excesivamente crecida. El sol le daría en la cara, incidiría en sus ojos; pero no, en el momento crítico una nube cubriría el sol, dejando dubitativa la expresión de sus ojos... Qué era ¿burlona o tierna, brillante o mate? Una sólo podía ver el indeterminado contorno de su cara un tanto marchita, bella, mirando hacia el cielo. Pensaba, quizá, que debía comprar una nueva red para las fresas, que debía mandar flores a la viuda de Johnson, que había ya llegado el momento de ir en automóvil a visitar a los Hippesley en su nueva casa. Ciertamente, esas eran las cosas de que hablaba durante la cena. Pero una estaba cansada de las cosas de que hablaba en la cena. Era su profundo estado de ser lo que una quería aprehender y verter en palabras, aquel estado que es a la mente lo que la respiración es al cuerpo, lo que se llama felicidad o desdicha. Al mencionar estas palabras quedó patente, sin duda, que forzosamente Isabella tenía que ser feliz. Era rica, era distinguida, tenía muchos amigos, viajaba —compraba alfombras en Turquía y cerámica azul en Persia. Avenidas de placer se abrían hacia allí y allá, desde el lugar en que ahora se encontraba, con las tijeras alzadas para cortar temblorosas ramas, mientras las nubes con calidad de encaje velaban su cara.

 Y aquí, con un rápido movimiento de las tijeras, cortó un haz de clemátides que cayó al suelo. En el momento de la caída, se hizo, sin la menor duda, más luz, y una pudo penetrar un poco más en su ser. Su mente rebosaba ternura y remordimiento... Cortar una rama en exceso crecida la entristecía debido a que otrora vivió y amó la vida. Sí, y al mismo tiempo la caída de la rama le revelaba que también ella debía morir, y la trivialidad y carácter perecedero de las cosas. Y una vez más, asumiendo este pensamiento, con su automático sentido común, pensó que la vida le había tratado bien; incluso teniendo en cuenta que también tendría que caer, sería para yacer en la tierra e incorporarse suavemente a las raíces de las violetas. Y así estaba, en pie, pensando. Sin dar precisión a pensamiento alguno —por cuanto era una de esas reticentes personas cuya mente retiene el pensamiento envuelto en nubes de silencio—, rebosaba pensamientos. Su mente era como su cuarto, en donde las luces avanzaban y retrocedían, avanzaban haciendo piruetas y contoneándose y pisando delicadamente, abrían en abanico la cola, a picotazos se abrían camino; y, entonces, todo su ser quedaba impregnado, lo mismo que el cuarto, de una nube de cierto profundo conocimiento, de un arrepentimiento no dicho, y entonces quedaba toda ella repleta de cajoncitos cerrados bajo llave, llenos de cartas, igual que sus canteranos. Hablar de «abrirla», como si fuera una ostra, de utilizar en ella la más hermosa, sutil y flexible herramienta entre cuantas existen, era un delito contra la piedad y un absurdo. Una tenía que imaginar —y allí estaba ella, en el espejo. Una tuvo un sobresalto.

 Al principio, estaba tan lejos que una no podía verla con claridad. Venía despacio, deteniéndose de vez en cuando, enderezando una rosa aquí, alzando un clavel allá para olerlo, pero no dejaba de avanzar. Y, constantemente, se hacía más grande y más grande en el espejo, y más y más completa era la persona en cuya mente una había intentado penetrar. Una la iba comprobando poco a poco, incorporaba las cualidades descubiertas a aquel cuerpo visible. Allí estaba su vestido verde gris, y los alargados zapatos, y el cesto, y algo que relucía en su garganta. Se acercaba tan gradualmente que no parecía perturbar las formas reflejadas en el espejo, sino que se limitara a aportar un nuevo elemento que se movía despacio, y que alteraba los restantes objetos como si les pidiera cortésmente que le hicieran sitio. Y las cartas y la mesa y los girasoles que habían estado esperando en el espejo se separaron y se abrieron para recibirla entre ellos. Por fin llegó, allí estaba, en el vestíbulo. Se quedó junto a la mesa. Se quedó totalmente quieta. Inmediatamente el espejo comenzó a derramar sobre ella una luz que parecía gozar de la virtud de fijarla, que parecía como un ácido que corroía cuanto no era esencia, cuanto era superficial, y sólo dejaba la verdad. Era un espectáculo fascinante. Todo se desprendió de ella —las nubes, el vestido, el cesto y el diamante—, todo lo que una había llamado enredaderas y convólvulos. Allí abajo estaba el duro muro. Aquí estaba la mujer en sí misma. Se encontraba en pie y desnuda bajo la luz despiadada. Y nada había. Isabella era totalmente vacía. No tenía pensamientos. No tenía amigos. Nadie le importaba. En cuanto a las cartas, no eran más que facturas. Mírala, ahí, en pie, vieja y angulosa, con abultadas venas y con arrugas, con su nariz de alto puente y su cuello rugoso, ni siquiera se toma la molestia de abrirlas.

 La gente no debiera dejar espejos colgados en sus estancias.

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martes, 13 de julio de 2021

 

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

Henry James


Entre otras convicciones secretas, cual las que todos albergamos, Peter Brench estimaba como el más grande logro de su vida no haber emitido jamás un juicio comprometedor sobre la obra, como era denominada, de su amigo Morgan Mallow. En lo tocante a ella, según pensaba él honradamente, nadie podía, con veracidad, citar una sola opinión pronunciada por sus labios, y en ningún lado podía haber constancia de que, a ese mismo respecto, en ninguna ocasión ni tesitura alguna, hubiese mentido o hubiese proclamado la verdad. Semejante triunfo le parecía de relevancia capital aun siendo un hombre que había logrado otros triunfos: un hombre que había llegado a los cincuenta años, que había eludido el matrimonio, que había vivido sin dilapidar su fortuna, que desde muchos años atrás amaba a la señora Mallow sin decir palabra, y que, lo último en orden pero no en importancia, se había juzgado a sí mismo hasta los más íntimos recovecos. De hecho se había juzgado hasta tal punto que había sentenciado que la actitud que mejor le cuadraba era una gran humildad global; y, sin embargo, nada lo hacía tener mejor concepto de sí mismo que el recto rumbo que había logrado seguir pese a varios de los escollos precitados. De esta guisa, consideraba categóricamente un mérito que aquéllos de sus amigos en quienes más confianza tenía fueran precisamente aquéllos ante quienes guardaba la mayor reserva. Él no podía —al menos eso había decidido el excelente hombre— decirle a la señora Mallow que ella era la adorable causa única de su contumaz soltería; y tampoco decirle al marido que la visión de los innumerables mármoles que poblaban el taller de éste le causaba un sufrimiento cuya incisividad ni siquiera el tiempo había conseguido embotar. Sin embargo, su victoria, como ya he apuntado, en lo tocante a estas esculturas, no consistía sólo en haber callado que las abominaba; consistía además, heroicamente, en no haber intentado nunca obtener, como premio a su silencio, una dulce compensación de otro orden.

La situación entera, entre estas buenas gentes, era en verdad cosa digna de admiración, y probablemente no había ninguna que le fuese comparable en muchas leguas a la redonda del punto que nos incumbe: la zona londinense donde en aquella época los melodiosos declives de Hampstead principiaban a ser debelados por los quebrados ritmos de St. John’s Wood. Peter deploraba las estatuas de Mallow y adoraba a la esposa de Mallow, pero sentía considerable simpatía hacia Mallow, por quien, a su vez, él era igualmente apreciado. La señora Mallow exhibía gran admiración por las estatuas… aunque, si la apuraban, confesaba preferir los bustos; y su ostensible afecto por Peter Brench se debía al afecto que éste último le testimoniaba a Morgan. Por lo demás, cada uno de los tres amaba a los otros dos por la delicadeza con que trataban a Lancelot, el único y muy querido descendiente de los Mallow, en quien el amigo de la casa tenía al tercero —pero sin duda el más guapo— de sus ahijados. Desde su nacimiento, ninguno de la familia, ni siquiera el propio

niño, si hubiese sido posible consultarlo, habría hallado sujeto más cualificado que Peter para el papel de padrino. Por fortuna, todas estas notables personas gozaban, en el aspecto pecuniario, de cierto desahogo; de lo contrario, el Maestro no habría podido pasar sus solemnes Wanderjahre[9] en Florencia y en Roma ni continuar, junto al Támesis no menos que junto al Arno y el Tiber, amontonando una tras otra obras no vendidas y modelando, con lo que no tenía otro remedio que ser una pasión de todo punto desinteresada, fantaseadas cabezas de celebridades demasiado sumidas en la época o demasiado poco —demasiado ocupadas en vivir el presente o demasiado muertas y enterradas en el pasado— para concederle sesiones de «pose». Ni tampoco Peter, que se presentaba casi todos los días, habría podido encontrar los suficientes ratos de ocio para colaborar con su presencia a mantener toda esta complicada tradición de cosas. Él, el depositario de estos secretos, era hombre macizo pero bonancible: corpulento y recio y rubicundo y crespo, de entonaciones profundas, miradas profundas, bolsillos profundos, por no mencionar su hábito de las pipas largas, los sombreros flexibles y los trajes descoloridos entre parduscos y grisáceos, en apariencia siempre los mismos.

Se había entregado a «escribir», según se sabía, aunque nunca se hubiera entregado a hablar… a hablar, en particular, de eso; y daba la impresión (ya que, según se creía, continuaba cogiendo la pluma) de que prosiguiera su actividad literaria para tener algo más —como si, de suyo, aún no tuviera bastante— sobre lo cual callar. Sea como fuere, lo cierto es que sus ocasionales versos y prosas, ignorados de todos, le permitían afirmar ante su propia mirada la integridad de su buen gusto y comprobar paladinamente la interdependencia de la fama y la mediocridad. La puerta verde de su propiedad se abría en una tapia de jardín cuyo estuco lucía agrietado y desvaído, y, en la pequeña mansión a la que aquélla daba paso, todo era vetusto: el mobiliario, los sirvientes, los libros y los grabados, las costumbres inmemoriales y aun los arreglos más recientes. A diez minutos de allí, los Mallow tenían su propia residencia, bautizada como Villa Carrara, cuyo taller se levantaba sobre un pequeño terreno que éstos, en su feliz optimismo, habían anexado a la propiedad con el fin de edificar tal santuario del arte. Ello había sido posible por la buena suerte, si es que no habría que llamarla mala, de que la señora Mallow, al desposarse, hubiera aportado a su marido una dote suficiente para procurarle una mínima seguridad y permitirle así, respecto del arte del cincel, mantenerse en sus trece. Y en sus trece se mantenían —siempre se habían mantenido— el engolado escultor y su esposa, en favor de los cuales la naturaleza había rizado el rizo privándolos de toda conciencia de lo difícil. De escultor, Morgan lo tenía todo excepto el espíritu de Fidias: la casaca de terciopelo marrón, el berretto apropiado, el «aspecto plástico», los dedos melindrosos, un bonito acento italiano y un viejo fámulo traído de Italia. Parecía compensar todas sus ineptitudes cuando le ordenaba a Egidio en su lengua natal que hiciera girar alguno de los pedestales rotatorios que en el taller abundaban. En Villa Carrara todos eran muy italianizantes, y lo inconfesable del papel que este hecho representaba en la vida de Peter era, mayormente, que le aportaba, a fuer de británico a machamartillo, la justa cantidad de «extranjería» que era capaz de tolerar. Toda su Italia la constituían los Mallow, aunque en cierto modo era gracias a Italia por lo que le agradaban. Su sola preocupación era que Lance —así llamaban por abreviación a su ahijado— resultaba, a despecho de su educación en un colegio nacional, acaso una pizca demasiado italiano. Por otra parte, Morgan poseía el aspecto de la imagen aduladora que uno puede tener de sí mismo, semejante a aquéllas que cabe contemplar en esa gran sala del museo de los Uffizi dedicada a Autorretratos de Artistas. La única lamentación del Maestro era no haber nacido pintor en vez de escultor, a causa de su deseo de haber contribuido a la insigne colección sobredicha.

Con el tiempo se vio que Lance, de todas formas, sí que sentía la vocación de los pinceles; pues, cuando el muchacho frisaba ya en los veinte años, un buen día la señora Mallow le anunció al amigo, quien solía ser confidente de los problemas y preocupaciones más íntimos de la familia, que no parecía sino que en rigor de verdad no tenían más remedio que dejarlo seguir la carrera de pintor. Ya no podían permanecer insensibles ante la circunstancia de que no cosechaba ningún laurel en Cambridge, donde la facultad en que otrora había hecho Brench los estudios llevaba un año suavizándole las reprimendas únicamente por consideración a su padrino. Así, pues, ¿a qué obstinarse en la vana tentativa de formarlo para lo imposible? Lo imposible —ello ya estaba sobradamente claro— era que Lance pudiese llegar a ser otra cosa que artista.

—¡Oh, cielos, cielos! —exclamó el pobre Peter.

—¿Cómo? ¿No cree usted en ello? —preguntó la señora Mallow, quien, aunque cumplidos ya los cuarenta, había conservado unos ojos de un violeta aterciopelado, una lisa piel lustrosa y un suave cabello rojizo.

—Que si no creo ¿en qué?

—Pues en la pasión que siente Lance.

—No sé bien a qué se refiere con eso de «creer en su pasión». No se me había escapado, ciertamente, la propensión de Lance, desde su más tierna infancia, a enarbolar pinceles y mezclar colores; pero yo esperaba, lo confieso, que se le pasaría.

—Y ¿por qué habría de pasársele —preguntó ella con una hermosa sonrisa—, habida cuenta de los preciosos antecedentes familiares? Una pasión es una pasión… aunque claro está que, naturalmente, usted, mi buen Peter, no entiende nada de semejantes cosas. ¿Se ha extinguido la del Maestro alguna vez?

Por un momento, Peter apartó el semblante y, a su habitual manera informe, durante algunos instantes emitió un sonido intermedio entre un silbido atenuado y un rezongo reprimido.

—¿Cree usted que también él se convertirá en un Maestro? —preguntó.

Apenas si ella pareció dispuesta a llegar tan lejos, pero mostró, en conjunto, un aplomo maravilloso:

—Ya sé lo que quiere insinuar usted: ¿merecerá la pena una actividad que desencadenará las mismas envidias y suscitará las mismas maquinaciones que en ciertos momentos casi han resultado demasiado duras de soportar para el padre de Lance? Pues bien, contemos con ello, ya que nada excepto la trapacería, en la triste época en que vivimos, puede, por lo visto, asegurar el éxito, y ya que, si una maldición le ha otorgado el don del refinamiento y la exquisitez, uno fácilmente puede verse teniendo que mendigar el pan toda la vida. Pongámonos en lo peor: supongamos que él tenga la desgracia de volar tan alto que el gusto vulgar del ignaro populacho no pueda seguirlo. Recuerde, así y todo, la ventaja de que disfrutará él, la misma de que disfruta el Maestro. Él conocerá.

Peter semejó pesaroso:

—Ah, pero ¿qué es lo que conocerá?

—¡La felicidad interior! —exclamó la señora Mallow con entonación algo impacientada. Y se fue.

 

 

2

 

Naturalmente, Peter hubo de tener, poco después, una charla sobre aquello con el propio joven y oírle que, virtualmente, estaba ya todo decidido. Lance no iba a volver más a la Universidad e iba a marcharse a París, donde podría, ya que la suerte estaba echada, encontrar reunidas el máximo número de facilidades. Peter siempre había tenido la impresión de que era necesario aceptar a su ahijado tal como era, pero quizá nunca hasta este momento se había visto tan forzado a verlo como era realmente:

—Entonces, ¿es que abandonas Cambridge por completo? ¿No es bastante lamentable?

Al modo de ver del amigo, Lance se habría parecido a su padre si hubiese sido menos humorista y a su madre si hubiese sido más hermoso. Pero era una buena solución intermedia, para Peter, eso de que, a la manera de los jóvenes modernos, tuviera, a primera vista, más bien el aire de un corredor de bolsa que el de un artista en agraz. El muchacho hizo valer que se trataba de una cuestión de tiempo: le quedaban tantas experiencias por vivir, tantos hechos por observar. Había sostenido algunas conversaciones con sus camaradas y se había formado su opinión propia al respecto:

—En nuestros días —dijo— lo que importa, ¿sabe usted?, no es llegar a adquirir erudición, sino discernimiento.

Ante esto, su interlocutor emitió un gruñido:

—¡Oh, diablos, no quieras saber discernir! Lance se maravilló:

—¿Que «no» quiera saber discernir? Entonces, ¿qué tiene de bueno…?

        —Qué tiene de bueno ¿el qué?

—Pues… todo. ¿No confía usted en mi talento?

Peter aspiró su larga pipa, en silencio, durante un instante; después ahondó:

—No      es     el     discernimiento,         sino      la     ignorancia,        lo     que     (nos      lo     dicen excelentemente) nos da la felicidad.

—Entonces, ¿no cree usted que yo tenga talento? —insistió Lance.

Peter, según su costumbre de inesperados gestos bonachones, puso su brazo en torno al cuello de su ahijado y lo mantuvo así un momento, diciendo:

—¿Qué sé yo?

—¡Ah —dijo el joven—, si es su propia ignorancia lo que está usted tratando de defender…!

De nuevo, durante una pausa, sentado en el diván, el padrino fumó.

—No se trata de eso —dijo—. Yo tengo la desgracia de ser omnisciente.

—¡Ah, caramba —dijo Lance riendo de nuevo—, si sabe usted demasiado…!

—De eso se trata precisamente, y he ahí por qué soy tan desdichado. La jocundidad de Lance subió de punto:

—¿Desdichado usted? ¡Venga ya!

—Pero me olvidaba —completó su compañero— de que tampoco deberías saber nada de este asunto. Eso sería, también para ti, saber demasiado. Voy a comunicarte tan sólo mis intenciones. —Peter se levantó del diván—. Si aceptas volver a Cambridge, yo te pagaré todos los gastos.

Lance lo miró de hito en hito, un tanto pesaroso a despecho de sentirse todavía más divertido.

—¡Oh, Peter! —exclamó—. ¿Desprecia usted París, pues, hasta ese extremo?

—Caramba, le tengo miedo.

—Ah, ya lo entiendo.

—No, tú no entiendes nada… no aún. Pero acabarás entendiendo; es decir, corres el riesgo de acabar entendiendo. Y eso no es bueno.

El joven reflexionó más seriamente:

—Pero mi inocencia ya está…

—¿Ya        ha    recibido      golpes?      Oh,     ello     tiene     remedio      —siguió       Peter—;      la restauraremos aquí.

—¿Aquí? Entonces lo que usted desea, ¿es que permanezca en casa? Peter casi lo confesó:

—Caramba, estamos los cuatro tan bien como estamos, todos juntos… tan amparados unos por otros… Escucha, no lo eches a perder.

Ante esto, el joven, que ya se había tornado grave, pasó a la consternación, impresionado ante el muy sentido tono de su amigo.

—Entonces, ¿a qué se dedicaría servidor?

—A ser mi ahijado. Atiende, muchacho —y ahora Peter suplicó de veras—, yo me ocuparía de tu mantenencia.

   Lance, que con las piernas extendidas y las manos en los bolsillos había permanecido sentado en el diván, lo escudriñó con mirada desconfiada. Después se incorporó:

—Lo que usted piensa es que no tengo suficientes aptitudes, que no triunfaré.

—¿A qué te refieres con eso de triunfar? Lance reflexionó de nuevo, y respondió:

—Caramba, el mejor triunfo, creo, consiste en satisfacerse a uno mismo. ¿No es de eso precisamente de lo que, a despecho de las maquinaciones y todo lo demás, disfruta (a su especial modo inimitable) el Maestro?

Tantísimas cosas incluidas en esta pregunta pedían contestación simultánea, que lo que a efectos prácticos hizo fue poner fin a la conversación, la cual se volvió singularmente difícil a la luz de tamaña evidencia renovada de que, aunque posiblemente la inocencia del joven, durante el transcurso de sus estudios, como afirmaba él mismo, hubiera sufrido golpes, la quintaesencia de su candor permanecía intacta. Lo cierto es que ello era lo que Peter había dado por supuesto y lo que al propio tiempo deseaba por encima de todo; pero, debido a alguna perversión suya, la ingenuidad de Lance lo indignó. El joven creía en las maquinaciones y todo lo demás, creía en el especial modo inimitable, creía, en suma, en el Maestro. Uno o dos meses más tarde, no sólo Lance no había vuelto a Cambridge con todos los gastos pagados por su padrino, sino que además, quince días después del asentamiento de aquél en París, Peter le mandó cincuenta libras esterlinas.

Entretanto, en su país natal, Peter se había mentalizado para lo peor; y jamás lo que podía ser lo peor se le había prefigurado de una forma tan vívida como cuando, un domingo por la noche en que, como de costumbre, él acudió a casa de sus amigos para cenar, la señora de Villa Carrara lo saludó con una pregunta sobre —ni más ni menos— las riquezas de los canadienses. Ella hablaba en serio, hablaba casi con apasionamiento:

—Dígame: ¿hay muchos de ellos verdaderamente ricos?

Por fuerza él hubo de confesar no saber nada acerca de aquello, aunque posteriormente recordaría muchas veces esta velada. La habitación en que se hallaban estaba exornada con diversas muestras de la genialidad del Maestro, las cuales poseían el mérito de tener, como sugería a menudo la propia señora Mallow, unas dimensiones infrecuentemente oportunas. Eran dimensiones en efecto poco usuales en las creaciones del cincel y ofrecían la peculiaridad de que, si los objetos y los detalles destinados a ser pequeños parecían demasiado grandes, los objetos y los detalles destinados a ser grandes parecían demasiado pequeños. La intención del Maestro, fuese en este respecto o en cualquier otro, había permanecido, en casi todos los casos, incluso tras el paso de años, inescrutable para Peter Brench. Las creaciones que tan insuficientemente la exteriorizaban se erguían, un poco por todas partes, sobre pedestales y ménsulas, sobre mesas y estanterías: todo un pequeño pueblo blanco de fija mirada, heroico, idílico, alegórico, mítico, simbólico, en que la «proporción» se había desviado y extraviado de tal manera que la plaza pública y la repisa de la chimenea parecían haber intercambiado sus papeles, pues todo lo monumental resultaba diminuto y todo lo diminuto monumental; las obras de estas dos categorías, por otra parte, eran, innegablemente, miembros de una estirpe en la cual, singular fenómeno, cada estatua no ofrecía ninguna información acerca de su respectiva profesión, edad o sexo. Al igual que los Mallow, ellas mismas, este pueblo de estatuas, componían la familia del desdichado Brench: por lo menos le eran, en grandísima medida, íntimamente familiares. La coyuntura presente era de aquéllas que desde hacía mucho tiempo había aprendido a identificar y a definir: breves fogonazos de la débil llama, dulces ráfagas de un aire más clemente. Dos veces al año, con regularidad, el Maestro confiaba en su suerte, aparte confiar todo el año en su genio. Esta vez la prosperidad tenía que estar asegurada con una pareja de luto, procedente de Toronto, que acababa de hacer el magnifícente encargo: la ejecución de una tumba para tres niños difuntos, a quienes deseaban ver conmemorados, en el grupo escultórico, con un estilo a la par simbólico y realista.

Ése era naturalmente el trasfondo de la pregunta de la señora Mallow: al suponer que estos extranjeros eran adinerados, cabía creer, por la índole de la admiración de los mismos, así como por sus misteriosas alusiones (¡eran gente un poco extravagante!) dejadas caer a propósito de la posibilidad de otros encargos de este tenor funerario, en un patrocinio futuro; y no menos factible era que, si el Maestro conseguía adquirir una mínima notoriedad en aquellos lejanos pagos, una larga serie de clientes canadienses viniera inexorablemente a hacer sus pedidos. En otras ocasiones, Peter había visto afluencias de clientes coloniales o autóctonos, grupos de compradores que sin embargo habían producido poquísimos vacíos en la compañía marmórea que los rodeaba; pero se guardaba mucho, en circunstancias así, de hacer tambalearse tales ilusiones halagüeñas. Mientras duraban, constituían un bálsamo para la amargura ocasionada por las distinciones jamás obtenidas, el largo sufrimiento de las medallas y los diplomas constantemente otorgados a otros; y alimentaban, así, la lámpara destinada a lucir hasta el próximo eclipse. Ellos vivían, empero, al fin y a la postre —tal como siempre era maravilloso comprobarlo—, sobre un plan trascendente, apenas atentos a los altibajos de la existencia. Consentían, a veces, deliciosamente, en reconocer que el público, de cuando en cuando, no era demasiado infame como para desear comprar; pero jamás renunciaban a la muy honda convicción de que el Maestro era siempre demasiado excelso como para lograr vender. A menudo, Peter se decía que ellos estaban, sea como fuere, maravillosamente forjados para su destino: el Maestro tenía una vanidad, y su esposa una lealtad, cuyo mérito y encanto habrían sido disminuidos por el éxito, privándolas de inocencia. Cualquiera puede resultar hechicero si vive bajo un hechizo, y, cuando Peter miraba el mercenario mundo exterior, todavía más falto de equilibrio y armonía que el propio museo del Maestro, se preguntaba si alguna vez habría conocido a otra pareja tan por completo ajena a las infamias de lo corriente.

        —¡Qué mala pata que Lance no esté aquí presente para regocijarse con nosotros!

—suspiró aquella noche la señora Mallow durante la cena.

—Beberemos a la salud del ausente —repuso su marido, y llenó el vaso de su amigo y el suyo. Vertió una gota en el de su compañera y prosiguió—: De todos modos, esperemos que él alcance una felicidad menos parecida a la nuestra de esta noche (¡comprensible por otra parte, todo hay que admitirlo!) que a la serenidad (ésa que no depende de las circunstancias) de que nosotros siempre hemos podido disfrutar. ¡Esperemos que alcance —aclaró el Maestro, retrepándose en su sofá, bajo la grata luz de lámpara y junto al grato fuego de chimenea, alzando su vaso y paseando la mirada por su familia de mármol, monstruosa progenie más o menos presente en todas las habitaciones—, esperemos que alcance la felicidad que hay en la mera práctica hermosa de un arte!

Peter estudió su vino con aire un poco cohibido:

—¡Hum! Me importa poco el nombre con que califique usted la situación en que un artista permanece ignorado, mas es necesario que Lance sí aprenda a vender, creo yo. ¡Brindo por que él se haga con el secreto de la vil popularidad!

—Oh sí, él debe vender —concedió con sorprendente sinceridad la madre del muchacho, la cual había tenido que ser aún más, no obstante, como esta declaración semejó patentizarlo, la esposa del Maestro.

—Oh —dictaminó confiadamente, tras una pausa, el escultor—, Lance venderá.

No temas. Habrá aprendido.

—He ahí precisamente —comentó con malicia la señora Mallow— lo que exasperó a Peter (¿por qué diantres se mostró usted tan pérfido, Peter?) cuando Lance le habló sobre ello.

Cuando la dama de sus pensamientos lo miraba con afectuoso reproche —favor no infrecuente de su parte—, Peter nunca encontraba las palabras; pero el Maestro, que era la mismísima personificación de la donosura y el tacto, lo ayudó a salir de este trance como tantas veces lo había hecho:

—Es la manía de Peter, ya sabes, a propósito de la cual Peter y yo hemos diferido tantas veces: él sostiene la teoría de que el artista debe ser tan sólo impulso e instinto. Yo sostengo, evidentemente, que es necesario un poco de aprendizaje: no demasiado, pero en una proporción conveniente. Ahí tienes —terminó de explicarle a su esposa

— por qué protestó pensando en los riesgos que, ya ves, podría correr Lance.

—Ah, claro —y a través de la mesa volvió a orientar la señora Mallow sus ojos violeta hacia el suscitador de aquella explicación—, él sólo podía tener, por supuesto, buenas intenciones; pero ello no quita que, si Lance hubiera seguido su consejo, él habría resultado, a la hora de la verdad, horriblemente cruel.

Ellos tenían una forma cordialmente bromista de hablar de Peter en su propia presencia como si éste fuese de arcilla o —a lo sumo— de yeso, e, invariablemente, el Maestro se mostraba magnánimo. Se habría dicho que ordenaba a Egidio que lo hiciese girar en su pedestal.

        —Oh, pero el pobre Peter —dijo— no andaba tan equivocado al hablar de las cosas que quizá, al fin y al cabo, esté aprendiendo Lance.

—Huy, no creo que se trate de nada grave en lo referente a sus planes artísticos — insistió ella… todavía, al parecer del pobre Peter, picara y traviesa.

—En efecto: se tratará tan sólo de las pequeñas triquiñuelas a la francesa —dijo el Maestro; ante lo cual su amigo tuvo que fingir reconocer, presionado por la señora Mallow, que había sido únicamente su recelo hacia esos vicios estéticos lo que había motivado sus inquietudes.

 

 

3

 

—Ahora ya sé —le dijo Lance al cabo de un año— por qué se opuso usted a mi proyecto. —De vuelta a su país, naturalmente por un corto plazo de tiempo, el joven se inclinaba a permanecer en Villa Carrara, donde había hecho ya, dos o tres veces tras su partida, breves reapariciones. Su presente estadía se anunciaba como un periodo de vacaciones más prolongado—. Me ha sobrevenido algo bastante terrible. No es tan bueno esto de saber la verdad.

—He de decir que efectivamente no tienes alegre el semblante —se vio Peter forzado a convenir bastante pesarosamente—. De todos modos, ¿estás segurísimo de que la sabes?

—Cuando menos, sé todo lo que puedo soportar. —Estas observaciones eran intercambiadas en la residencia de Peter, y el joven, fumando un pitillo, estaba junto a la chimenea con la espalda vuelta al fuego. Era cierto que la expansividad de su juventud parecía haberse apaciguado ya un poco.

El pobre Peter quedó impresionado:

—Caramba, ¿has comprendido realmente los motivos personales que yo tenía para no querer que fueras a París?

—¿Personales? —Lance reflexionó—. Me parece que, en lo atinente a motivos personales, sólo puede haber uno.

Permanecieron un momento sondeándose el uno al otro.

—¿Estás completamente seguro?

—¿Completamente seguro de ser un fracasado sin una sola pizca de talento?

Completamente. Desde hace algún tiempo.

—¡Ah! —Y Peter se volvió de espaldas, se habría dicho que casi tranquilizado.

—Ése es el poco agradable descubrimiento que he hecho.

—Oh, «ése» no me preocupa —dijo Peter, tornando a encararlo a renglón seguido

—. Quiero decir que, personalmente, me es igual.

—¡No obstante, reconocerá usted que a mí no me es igual!

—Vaya, ¿qué pretendes decir con eso? —preguntó Peter con escepticismo.

 

Y, ante esto, Lance hubo de explicar… cómo su aprendizaje en París sólo había servido para enseñarle implacablemente las dudosas características de su talento. Su aprendizaje lo había iluminado, de tal manera que una luz nueva refulgía en sus ojos; pero esta luz había tenido por efecto desvelarle demasiadas cosas:

—¿Sabe usted la causa de mi sufrimiento? Un exceso de inteligencia. En el fondo, París era el último lugar adonde habría debido ir. He aprendido a darme cuenta de mis insuficiencias.

El pobre Peter quedó conmovido: lo que Lance había recibido era un mazazo; pero, incluso tras la larga conversación durante la cual el joven anunció, sin ambages, la dura verdad que había aprendido a sus propias expensas, su amigo traslució menos satisfacción que la que en casos parecidos se manifiesta en un semblante connotador del suave comentario: «Ya te lo había advertido yo». En esta ocasión el pobre Peter aludió tan poco a lo que ya le había advertido él, que, uno o dos días más tarde, Lance no pudo menos que retomar la cuestión:

—¿Qué era lo que (antes de mi partida) en realidad temía usted que yo descubriese?

Esto, empero, Peter rehusó contestárselo: le argumentó que si él solo no lo había adivinado ya, probablemente jamás lo adivinaría, y que en tal caso resultaba contraproducente, para ambos a dos, sin ningún género de dudas, formular el motivo de sus temores. Lance lo atalayó, al calor de esto, durante unos instantes, con la insolente curiosidad de la juventud… incluso con el aire de que estuviesen cruzándole el espíritu dos o tres hipótesis plausibles, alguna de las cuales debería ser certera. Sin embargo, Peter, dándose la vuelta otra vez, no le ofreció ninguna ayuda, y cuando se separaron, el joven realizó uno que otro aspaviento de irritación. Congruentemente, en su siguiente encuentro, Peter discernió a simple vista que, durante el intervalo, Lance lo había adivinado todo y que, para hablarle de ello, tan sólo estaba esperando a que se presentase la ocasión propicia. Se las compuso para facilitarle pronto otra entrevista, y su ahijado espetó sin rodeos:

—¿Sabe usted que su enigma me impedía dormir? Pero durante mis meditabundas vigilias me llegó la respuesta… y, a fe mía, me hizo estallar en carcajadas. ¿Supone usted que realmente me hacía falta ir a París para descubrir eso?

—Al verlo, incluso en este instante, mantener su reserva con tan sublime heroísmo, el joven amigo de Peter no pudo menos que echarse a reír de nuevo—: ¿No dará usted ninguna señal de asentimiento antes de cerciorarse por completo? ¡Admirable viejo Peter! —Pero Lance finalmente se explayó—: Pues bien, diablos, se trata de la verdad sobre el Maestro.

Esto provocó por ambas partes, durante los siguientes momentos, un vívido pasaje, en que cada uno de ellos se asombró ante el asombro del otro.

—Pero, entonces, ¿desde cuándo sabías…?

—… ¿el valor exacto de su obra? Lo supe —dijo Lance, haciendo un esfuerzo memorístico— desde que empecé a enterarme de la realidad de las cosas. Aunque

reconozco que no lo vi con absoluta claridad hasta que estuve là-bas.

—¡Piedad, piedad! —se lamentó Peter con un terror retrospectivo.

—Pero ¿por quién me tomaba usted? Yo soy un inepto incurable: eso sí ha habido necesidad de que me lo metieran a la fuerza en la cabeza. ¡Pero, al menos, no soy tan inepto como el Maestro! —declaró Lance.

—Entonces, ¿por qué nunca me dejaste ver…?

—… ¿que yo, a fin de cuentas —completó el joven—, no era tan idiota? Pues precisamente porque nunca me había imaginado que usted sabía. Pero le pido perdón. Sencillamente quería ahorrarle desconciertos. Y lo que ahora no se me alcanza es cómo diantres, en tal caso, ha conseguido usted mantener su boca cerrada durante tanto tiempo.

Peter le brindó la explicación, pero sólo después de cierta demoranza y con una gravedad no exenta de balbuceos:

—Fue por tu madre.

—¡Oh! —dijo Lance.

—Y ahora eso es lo primordial, ya que se ha descubierto el pastel. Te exijo una promesa. Me refiero —y Peter se explicó casi febrilmente— a un juramento por tu parte, un juramento solemne que debes hacerme aquí ahora mismo: el de sacrificar cualquier cosa antes que dejarla descubrir…

—… ¿lo que yo descubrí? —Lance lo meditó—. Comprendo. —A las claras, tras un instante, ya había meditado muchísimo—: Pero ¿qué es lo que usted cree que podría yo verme en la coyuntura de sacrificar?

—Oh, siempre se posee algo susceptible de tener que ser sacrificado. Lance lo miró intensamente:

—¿Quiere eso decir que usted ha tenido que…? —Sin embargo, la mirada que recibió en correspondencia eludió esta interrogante tan drásticamente que el joven se apresuró a abordar otra vertiente del asunto—: ¿Está usted verdaderamente seguro de que mi madre no sospecha nada?

Tras renovadas cavilaciones, Peter estuvo verdaderamente seguro:

—Si lo sabe, entonces es que es de todo punto extraordinaria.

—Pero ¿no somos todos aquí unos fenómenos?

—Sí —concedió Peter—; pero de modos diferentes. Lo que te exijo es de cabal importancia porque el restringido público de tu padre, como bien sabes —se extendió Peter—, se compone de… a ver, ¿de cuántas personas?

—En primer lugar —tuvo el hijo del Maestro la audacia de decir— de sí mismo.

Y en último lugar, también. No sé de otra persona.

Peter tuvo un asomo de irritación:

—Y de tu madre, córcholis, siempre. Lance lo reconsideró.

—¿Tiene usted absoluta certeza?

—Absoluta.

        —Bien, pues con usted ya son tres.

         —¡Oh, conmigo! —Y Peter, con un ademán de su vieja cabeza benévola, se minimizó modestamente—: El grupo es, de todos modos, tan exiguo que una disidencia, si llegare a producirse, se dejaría notar cruelmente. ¡Por consiguiente, en resumidas cuentas, esfuérzate, mi querido muchacho (eso lo es todo), en no escindirte del grupo!

—¿Tengo que perpetuar la farsa? —gimió Lance.

—Precisamente ha sido para ponerte en guardia contra los peligros de una defección por tu parte el motivo de que yo haya preparado esta ocasión.

—Y ¿en qué cree usted —preguntó el joven— que consisten concretamente esos peligros?

—Pues mira, desde el momento en que tu madre, capaz de tan apasionadas emociones, sospechase tu secreto… vaya —dijo Peter porfiadamente—, eso sería como encender un reguero de pólvora.

Pareció, por unos momentos, que Lance siguiera con su mirada el recorrido de la llama:

—¿Ella me repudiaría?

—Ella lo repudiaría a él.

—Y ¿se sumaría a nuestro bando?

Antes de contestar, Peter apartó el semblante.

—Se sumaría a tu bando. —Pero con esto ya había dicho lo suficiente para describir (y, según esperaba manifiestamente, para evitar) la horrenda posibilidad.

 

 

4

 

Durante los seis meses siguientes, empero, sus temores se renovaron, con toda virulencia, más de una vez. Lance había regresado a París para intentarlo de nuevo; después de ello volvió al redil, y tuvo con su padre, por vez primera en su vida, una de esas escenas que hacen saltar chispas. Con mucha expresividad, el joven se la narró a Peter, respecto del cual —ello era algo sin precedentes— constituía una manifestación de reserva inusitada por parte del matrimonio de Villa Carrara el que en esta ocasión rehusaran, tratándose de una cuestión de orden íntimo, espontanearse —ya que no con júbilo, entonces con consternación— ante su excelente amigo. Acaso esto produjo, a efectos prácticos, entre las dos partes, una ligera frialdad y un cierto espaciamiento en sus amistosas relaciones… patentizados primordialmente por la circunstancia de que, para estar en condiciones de hablar a sus anchas con su viejo compañero de juegos, Lance debiera, normalmente, ir a visitarlo en su residencia. De esta guisa surgieron entre ellos las más estrechas, aunque desde luego no las más jocosas, relaciones mutuas que tuvieran jamás. El malestar del pobre Lance se debía a

la tensión que primaba en su hogar, engendrada por el hecho de que su padre deseaba que llegase, como mínimo, al grado de triunfo a que había llegado él. Lance no había

«renunciado» a París, no obstante tener la vivida sensación de que París había renunciado a él; estaba dispuesto a regresar allí por la fascinación que le producía ensayar, ver, sondear las profundidades: aprender la lección, en definitiva, aun cuando la lección consistiese simplemente en percatarse de la impotencia propia al desarrollarse el sentido crítico propio. En cambio, el Maestro, ensimismado en su mediocre fecundidad, ¿qué sabía acerca de la impotencia y qué sentido crítico digno de tal nombre había desarrollado en toda su vida de altivez? Enardecido e indignado, Lance recabó con franqueza el parecer de su padrino.

A Lance, por lo visto, su padre lo había reprendido con dureza, pues no podía perdonarle no tener, después de tanto tiempo, ninguna obra que enseñarle, y esperaba que, tras su próxima ausencia, ya hubiese subsanado tamaña omisión. Lo esencial, según explicaba el Maestro con complacencia, consistía —para todo artista, aunque no fuese tan grande como él— en al menos «producir» obras. «¿Qué eres tú capaz de producir? ¡Es todo lo que te pido!». Desde luego que él había producido suficientemente, y no cabía duda de que tenía obras que enseñar. A Lance le aparecieron lágrimas en los ojos cuando le confesó a su viejo amigo cuán duro era el «sacrificio» que éste le exigía. No le era fácil mantener una farsa absurda —la de hijo admirador de su padre— después de haberse visto escarnecido por no desear ser una nulidad prolífica. Pero Peter, una vez al corriente de la situación, insistió en imponerle una noble hipocresía; y, durante cierto tiempo, su joven amigo, aun amargado y herido, se las industrió para seguir procurándole ese consuelo lealmente. Cincuenta libras esterlinas recompensaron, todo hay que decirlo, más de una vez, tanto en Londres como en París, la lealtad del joven amigo… no menos eficazmente, sin duda, ahora, por ser informado de que tal dinero no era sino un adelanto sobre un cuantioso legado cuyo último destino Peter había determinado secretamente desde hacía mucho tiempo. Mediante estas artes u otras, en todo caso, el justo furor de Lance pudo ser aplacado durante una temporada… aunque sólo durante una. Día llegó en que Lance le advirtió a su padrino que ya no podía resistirlo más, o, mejor dicho, que le era imposible contenerse. En Villa Carrara había tenido que aguantar otro sermón pronunciado con gran rimbombancia: imposición ésta más onerosa, a esas alturas, de lo que, sin la posibilidad de contraatacar o decirle al Maestro cuatro verdades, podía soportar un ser de carne y hueso.

—Y yo no me explico —observó Lance con cierta irritación por echar en falta los miramientos que, a fin de cuentas, pensándolo bien, le eran debidos a él mismo—, no me explico, a fe mía, cómo puede usted, al punto a que han llegado las cosas, seguirle el juego.

—Oh, para seguirle el juego me es preciso tan sólo retener la lengua —dijo Peter con calma—. Y además tengo mis motivos.

—¿Siempre mi madre?

    Peter evidenció su turbación como solía hacerlo; vale decir, apartó el semblante bruscamente.

—¿Qué quieres que le haga? Jamás he dejado de sentir cariño hacia ella.

—Es hermosa, y es un cielo de mujer, no cabe duda —concedió Lance—; pero, en definitiva, ¿qué es lo que representa ella para usted, y qué interés tiene usted en lo que ella haga o deshaga?

Peter, que se había arrebolado, hizo una breve tregua. Después contestó:

—Bueno, es por las reacciones que sus reacciones me producirían a mí. Ahora hubo, empero, en su joven amigo, una insistencia extraña, intencional:

—En definitiva, ¿qué es lo que representa usted para ella?

—Huy, nada. Pero eso no hace al caso.

—Ella sólo ama a mi padre —dijo Lance el parisiense.

—Naturalmente, y he ahí precisamente mis motivos.

—¿Por qué desea usted evitárselo?

—Porque ella lo ama tan apasionadamente.

Lance dio una vuelta por la habitación, aunque con la mirada siempre clavada en su anfitrión, y dijo:

—¡Ha debido usted sentir hacia ella un tremendo… cariño!

—Tremendo. Siempre —dijo Peter Brench.

Por un momento el joven prosiguió meditando; después tornó a colocarse delante de Peter:

—¿Sabe usted hasta qué punto ella lo ama a él? —Ante esto se cruzaron los ojos de ambos, mas Peter, como si su mirada entreviese algo nuevo en la de Lance, pareció vacilar, por vez primera en muchísimo tiempo, en decir que lo sabía todo—. Yo lo he sabido hace nada —dijo Lance—. Ayer por la noche, ella se presentó en mi habitación después de haber estado presente, silenciosa, con los ojos fijos en mí, en la escena que con él hube de arrostrar; se presentó… y estuvimos hablando juntos a lo largo de una insólita hora.

Lance hizo aún una pausa, y de nuevo se sondearon el uno al otro durante unos instantes. Entonces, una luz súbita, que lo hizo palidecer, iluminó a Peter:

—¿Ella lo sabe?

—Ella lo sabe. Me lo confesó todo… para pedirme a mí tan sólo eso, como dijo ella: eso de lo cual ella ha sido capaz. Ella siempre, siempre lo ha sabido —dijo Lance, sin piedad.

Peter quedó mudo un largo rato, durante el cual su ahijado habría podido escuchar su silencioso gemido profundo y, si le hubiese puesto encima una mano, habría podido advertir en él la vibración de una prolongada exclamación reprimida. Para cuando Peter habló, por último, ya había apurado su cáliz:

—En tal caso, me doy cuenta de con cuánta pasión…

—¿Verdad que es prodigioso? —dijo Lance.

—Prodigioso —musitó Peter.

        —¡Conque si todo su esfuerzo por alejarme de París no tenía otro fin que el de preservar mi ignorancia…! —exclamó Lance con un gesto que simbolizó elocuentemente el fracaso de aquella tentativa.

Habría podido ser dicho fracaso lo que Peter pareció contemplar detenidamente por unos momentos.

—¡Creo que sobre todo (sin que fuese yo consciente de ello en su momento) tenía el fin de preservar mi ignorancia! —repuso finalmente éste, apartando el semblante.

¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...