viernes, 29 de mayo de 2020
martes, 26 de mayo de 2020
Redoble por Rancas
REDOBLE POR RANCAS, Manuel Scorza
Este libro es la crónica
exasperantemente real de una lucha solitaria: la que en los Andes Centrales
libraron, entre 1950 y 1962, los hombres de algunas aldeas sólo visibles en las
cartas militares de los destacamentos que las arrasaron. Los protagonistas, tos
crímenes, la traición y la grandeza, casi tienen aquí sus nombres verdaderos…
Ciertos
hechos y su ubicación cronológica, ciertos nombres, han sido excepcionalmente
modificados para proteger a los justos de la justicia.
Capítulo 1
1. Donde el zahorí lector oirá
hablar de cierta celebérrima moneda
Por la misma esquina de la plaza de
Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergería la Guardia de Asalto para
fundar el segundo cementerio de Chinche, un húmedo setiembre, el atardecer
exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por
la leontina de oro de un Longines auténtico. Como todos los atardeceres de los
últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta
minutos de su imperturbable paseo.
Hacia las siete
de ese friolento crepúsculo, el traje negro se detuvo, consultó el Longines y
enfiló hacia un caserón de tres pisos. Mientras el pie izquierdo se demoraba en
el aire y el derecho oprimía el segundo de los tres escalones que unen la plaza al sardinel, una moneda de bronce se deslizó del bolsillo izquierdo
del pantalón, rodó
tintineando y se detuvo en la primera grada. Don Herón de los Ríos, el Alcalde,
que hacía rato esperaba lanzar respetuosamente un sombrerazo, gritó: «¡Don
Paco, se le ha caído un sol!».
El traje negro no se volvió.
El Alcalde de Yanahuanca, los comerciantes y la
chiquillería se aproximaron. Encendida por los finales oros del crepúsculo, la
moneda ardía. El Alcalde, oscurecido por una severidad que no pertenecía al
anochecer, clavó los ojos en la moneda y levantó el índice: «¡Que nadie la
toque!». La noticia se propaló vertiginosamente. Todas las casas de la provincia de Yanahuanca se escalofriaron con la nueva de que el doctor don
Francisco Montenegro, Juez de Primera Instancia, había extraviado un sol.
Los amantes del
bochinche, los enamorados y los borrachos se desprendieron de las primeras
oscuridades para admirarla. «¡Es el sol del doctor!», susurraban exaltados. Al día siguiente, temprano, los comerciantes de la plaza la desgastaron con temerosas miradas. «¡Es el sol del doctor!», se conmovían.
Gravemente instruidos por el Director de la Escuela —«No vaya a ser que una
imprudencia conduzca a vuestros padres a la cárcel»—, los escolares la
admiraron al mediodía: la moneda tomaba sol sobre las mismas
desteñidas hojas de eucalipto. Hacia las cuatro,
un rapaz de ocho años se atrevió a arañarla con un palito:
en esa frontera se detuvo
el coraje de la provincia.
Nadie volvió a tocarla durante los doce meses siguientes.
Sosegada la
agitación de las primeras semanas, la provincia se acostumbró a convivir con la
moneda. Los comerciantes de la plaza, responsables de primera línea, vigilaban
con tentaculares miradas a los curiosos. Precaución inútil: el último lameculos
de la provincia sabía que apoderarse de esa moneda, teóricamente equivalente a cinco galletas
de soda o a un puñado de duraznos, significaría algo peor que un carcelazo. La moneda llegó a
ser una atracción. El pueblo se acostumbró a salir de paseo para mirarla. Los
enamorados se citaban alrededor de sus fulguraciones.
El único que no
se enteró que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda destinada a probar
la honradez de la altiva provincia fue el doctor Montenegro.
Todos los
crepúsculos cumplía veinte vueltas exactas. Todas
las tardes repetía los doscientos cincuenta y seis pasos que constituyen
la vuelta del polvoriento cuadrado. A las cuatro, la plaza hierve, a las cinco
todavía es un lugar público, pero a las seis es un desierto. Ninguna ley
prohíbe pasearse a esa hora, pero sea porque el cansancio acomete a los
paseantes, sea porque sus estómagos reclaman la cena, a las seis la plaza se
deshabita. El medio cuerpo de un hombre achaparrado, tripudo, de pequeños ojos
extraviados en un rostro cetrino, emerge a las cinco, al balcón de un caserón
de tres pisos de ventanas siempre veladas por una espesa neblina de visillos.
Durante sesenta minutos, ese caballero casi desprovisto de labios contempla,
absolutamente inmóvil, el desastre del sol. ¿Qué comarcas recorre su
imaginación? ¿Enumera sus propiedades? ¿Recuenta sus rebaños? ¿Prepara pesadas
condenas? ¿Visita a sus enemigos?
¡Quién sabe! Cincuenta y nueve minutos después de iniciada su entrevista solar, el Magistrado autoriza a su ojo
derecho a consultar el Longines, baja la escalera, cruza el portón azul y
gravemente enfila hacia la plaza. Ya está
deshabitada. Hasta los perros saben que de seis a siete no se ladra allí.
Noventa y siete
días después del anochecer en que rodó la moneda del doctor, la cantina de don Glicerio
Cisneros vomitó un racimo de borrachos. Mal aconsejado por un aguardiente de culebra Encarnación
López se había propuesto apoderarse de aquel
mitológico sol. Se tambalearon hacia la plaza.
Eran las diez de la noche. Mascullando obscenidades, Encarnación
iluminó el sol con su linterna de pilas. Los ebrios seguían sus movimientos
imantados. Encarnación recogió la moneda, la calentó en la palma de la mano, se
la metió en el bolsillo y se difuminó bajo la
luna.
Pasada la resaca,
por los labios de yeso de su mujer, Encarnación conoció al día siguiente el
bárbaro tamaño de su coraje. Entre puertas que se cerraban presurosas se
trastabilló hacia la plaza, lívido como la cera de cincuenta centavos que su
mujer encendía ante el Señor de los Milagros. Sólo cuando descubrió que él
mismo, sonámbulo, había depositado la moneda en el primer escalón, recuperó el
color.
El invierno, las
pesadas lluvias, la primavera, el desgarrado otoño y de nuevo la estación de
las heladas circunvalaron la moneda. Y se dio el caso de que una provincia cuya
desaforada profesión era el abigeato, se laqueó de una imprevista honradez.
Todos sabían que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda idéntica a
cualquier otra circulante, un sol que en el anverso mostraba el árbol de la
quina, la llama y el cuerno de la abundancia del escudo de la República y en el
reverso exhibía la caución moral del Banco de Reserva del Perú. Pero nadie se
atrevía a tocarla. El repentino florecimiento de las buenas
costumbres inflamó el orgullo de los viejos. Todas
las tardes auscultaban a los niños que volvían de la escuela. «¿Y la
moneda del doctor?». «¡Sigue en su sitio!». «Nadie la ha tocado». «Tres arrieros de Pillao la estuvieron
admirando». Los ancianos levantaban el índice, con una mezcla de severidad y
orgullo: «¡Así debe ser; la gente honrada no necesita candados!».
A pie o a
caballo, la celebridad de la moneda recorrió caseríos desparramados en diez
leguas. Temerosos que una imprudencia provocara en los pueblos pestes peores
que el mal de ojo, los Teniente-gobernadores advirtieron, de casa en casa, que
en la plaza de Armas de Yanahuanca envejecía una moneda intocable. ¡No fuera
que algún comemierda bajara a la provincia a comprar fósforos y «descubriera»
el sol! La fiesta de Santa Rosa, el aniversario de la Batalla de Ayacucho, el
Día de los Difuntos, la Santa Navidad, la Misa de Gallo, el Día de los
Inocentes, el Año Nuevo, la Pascua de Reyes, los Carnavales, el Miércoles de
Ceniza, la Semana Santa, y, de nuevo, el aniversario de la Independencia
Nacional sobrevolaron la moneda. Nadie la tocó. No bien llegaban los
forasteros, la chiquillería los enloquecía: «¡Cuidado, señores, con la moneda
del doctor!». Los fuereños sonreían burlones, pero la borrascosa cara de los
comerciantes los enfriaba. Pero un agente viajero, engreído con la
representación de una casa mayorista de Huancayo (dicho sea de paso: jamás
volvió a recibir una orden de compra en Yanahuanca), preguntó con una
sonrisita: «¿Cómo sigue de salud la moneda?». Consagración Mejorada le
contestó: «Si usted no vive aquí, mejor que no abra la boca». «Yo vivo en
cualquier parte», contestó el bellaco, avanzando. Consagración —que en el
nombre llevaba el destino— le trancó la calle con sus dos metros: «Atrévase a
tocarla», tronó. El de la sonrisita se congeló. Consagración, que en el fondo
era un cordero, se retiró confuso. En la esquina lo felicitó el Alcalde:
«¡Así hay que ser: derecho!». Esa
misma noche, en todos los fogones, se supo que Consagración, cuya única hazaña
conocida era beberse sin parar una botella de aguardiente, había salvado al
pueblo. En esa esquina lo parió la suerte. Porque no bien amaneció los
comerciantes de la plaza de Armas, orgullosos de que un yanahuanquino le
hubiera parado el macho a un badulaque huancaíno, lo contrataron para
descargar, por cien soles mensuales, las mercaderías.
La víspera de la
fiesta de Santa Rosa, patrona de la Policía, descubridora de misterios, casi a
la misma hora en que, un año antes, la extraviara, los ojos de ratón del doctor
Montenegro sorprendieron una moneda. El traje negro se detuvo delante del
celebérrimo escalón. Un murmullo escalofrió la plaza. El traje negro recogió el
sol y se alejó. Contento de su buena suerte, esa noche reveló en el club:
«¡Señores, me he encontrado un sol en la plaza!».
La provincia suspiró.
Capítulo 18
1.
Sobre las
anónimas peleas de Fortunato
Setiembre encontró más de treinta mil
ovejas muertas. Ensordecidos por el estruendo de su desgracia, los pueblos sólo
sabían llorar. Sentados en el mar de lana de sus ovejas moribundas, sollozaban,
inmóviles, con los ojos fijos en la carretera.
El tercer viernes
de setiembre el Personero Rivera mandó llamar al padre Chasán. El padrecito vino a celebrar.
Todos los pecadores, todos
los ranqueños, llenaron la iglesia. El padre pronunció un sermón oído de rodillas.
—Padrecito
—preguntó el Personero al terminar la misa—, ¿por qué Dios nos envía este
castigo?
El padre respondió:
—El Cerco no es
obra de Dios, hijitos. Es obra de los americanos. No basta rezar.
Hay que pelear.
La cara de Rivera
se azuló.
—¿Cómo se puede
luchar con «La Compañía», padrecito? De los policías, de los jueces, de los
fusiles, de todo son dueños.
—Con
la ayuda de Dios todo se puede. El Personero Rivera se arrodilló.
—Bendición, padrecito.
El padre Chasán dibujó una cruz.
Comenzaron a
pelear. A las cuatro de la mañana, Rivera tocó todas las puertas de los
varones. Se reunieron en la plaza. Helaba. Saltaban sobre las piedras para no
pelarse de frío. Se armaron de garrotes y hondas. Se repartieron tres botellas
de cañazo. Todavía oscuro se agazaparon para esperar la ronda de «La Compañía».
El sol no conseguía sacar las patas de la tela de araña de una neblina rosada.
Vagas estatuas ecuestres emergieron. Cayeron sobre los cabalgados. El miedo
endureció sus puños coléricos. Brillantes de excitación y de rocío, los perros
participaban de la cólera. Los sorprendidos caporales, magullados, con las
caras rajadas por los hondazos, se esfumaron en la neblina.
—¡Rompan el Cerco! —ordenó el Personero Rivera escupiendo un diente.
—¿Qué cosa, don
Alfonso?
—¡Rompan el Cerco
y metan el ganado! —insistió el Personero secándose la sangre de la nariz con
un pañuelo mugroso.
Obedecieron. Volvieron a Rancas por las ovejas:
tuvieron que arrastrarlas. Pero el pasto es milagroso; una hora después los
borregos comían y saltaban, de nuevo, entre los perros, locos de contento. Esa
noche, por primera vez en semanas, sonaron risas en Rancas. Todos se jactaban de verdaderas o
imaginarias hazañas. Los mismos comerciantes fiaban contentos. Don Eudocio
invitó a todos los que mostraban caras magulladas o labios rotos. Siguieron
peleando. Cada madrugada se enfrentaban a las rondas de la «Cerro de Pasco
Corporation». Como antes al pastoreo, salían ahora a cumplir el antiquísimo
rito de los varones. Volvían ensangrentados.
Egoavil, el jefe de los caporales, un jayán de casi dos metros, reforzó a su
gente. Se acabaron las patrullas de cinco; las rondas de «La Cerro» se cumplían
de veinte en veinte cabalgados. Así y todo peleaban. Y los más fieros eran los viejos.
«Nosotros no tenemos
dientes —decían—.
¿Qué nos importa que nos rompan la
jeta? Ustedes, jóvenes, cuiden sus dientes para agradar a las muchachas.
¿Nosotros de qué servimos?».
Pero Egoavil
no era manco. Una mañana
los pastores de «La Florida»
entraron en Rancas llorando
detrás de un rebaño de vacas que mugía lastimeramente. Las vacas parecían
cuyes: no tenían rabo. Así empezó la violencia. Oveja que encontraban las
cuadrillas era oveja pisoteada. Y pasó peor: una madrugada tres pastores se
calentaban delante de una fogata de bosta. La neblina era espesa. Se calentaban
al pie de una ladera cuando crepitó una carcajada. Se levantaron alarmados
mientras una pelota rodaba hasta sus pies. Se acercaron: era la cabeza de Mardoqueo
Silvestre.
La gente comenzó
a ralear. Los últimos que se atrevían a pelear,
volvían arrastrándose. En vano el Personero tocaba las puertas
obstinadas. A fines de setiembre ni los valientes osaron combatir. Un día los caporales vinieron
con uniformados. Un pelotón de la Guardia Republicana escoltó, desde entonces,
a la ronda. Atacarla era atacar a la Fuerza Armada. Egoavil entró en Rancas
acompañado de tres guardias republicanos, ostentosamente recorrió la calle,
taconeó en la plaza y entró en la cantina de don Eudocio.
—Una docena de
cervezas para los señores guardias —gruñó recostándose en el mostrador.
Hubo que servirle.
En la vastedad de los campos clausurados sólo quedó
Fortunato.
En casetas de madera apresuradamente construidas por
los carpinteros de la
«Cerro
de Pasco Corporation», la Guardia Republicana colocó centinelas, cada tres kilómetros.
Nadie se atrevió a atacar.
Nadie salvo Fortunato.
Cuando Egoavil,
el gigantesco hijo de puta, jefe de los caporales, miró al único adversario de
«La Compañía» la risa casi lo derribó de la silla. Se carcajeó hasta las
lágrimas y se alejó. Pero al día siguiente la ronda tropezó, de nuevo, con el
viejo. En su aplastada cara ardían dos candelas. El viejo divisó a los jinetes
y les soltó un hondazo.
Desmontaron y lo
molieron a puñetazos. Fortunato volvió arrastrándose. La madrugada siguiente, insistió. Egoavil mandó tallarlo a latigazos. El Cara de Sapo —
así lo llamaba Egoavil— se retorcía como culebra, pero no gritaba.
Cuando los látigos lo desdeñaron tenía los labios mordidos.
Volvió. Regresó a Rancas
igualito al San Sebastián de la iglesia
de Villa de Pasco. Un camino de cuatro kilómetros le
demoró tres horas. Entró dejando un reguero de sangre.
—No insista, don
Fortunato —le suplicó esa mañana Alfonso Rivera—. Usted solo no puede. Uno solo
no puede pelear contra quinientos.
—Te matarán,
papacito —sollozaban sus hijas—. Vivo nos
sirves; muerto, no nos traerás ni agua.
—Solo no puedes, Fortunato —insistió Rivera.
No contestó.
Siguió peleando. Día tras día salía a enfrascarse en las inútiles peleas. Para
los caporales no era un combate, era una diversión. Los barbajanes se lo
rifaban. «No le pegues muy duro, hay que conservar a nuestro sapito», se
burlaba Egoavil. El viejo seguía acudiendo a la cita. Caía y se levantaba. No
cedía. Era como esos tentetiesos que, doblados en cualquier dirección, siempre
vuelven a quedar erectos. Maltratarlo era una rutina que dependía de los
humores de Egoavil. Así, al amanecer de la noche en que la Culoeléctrico lo desairó públicamente después de bebérsele una
botella de anisado Poblete, Egoavil
quiso quitarse esa mosca del ojo. Ocho jinetes clausuraron un círculo alrededor
de la palidez del viejo. Una hora se lo cedieron, uno a otro, a puntapiés y
puñetazos. Fortunato se tambaleaba mareado; su cara era una máscara
desportillada. Cuando lo soltaron, no se le veían los ojos. Se derrumbó como un
saco vacío.
Se quedó tirado
sobre el pasto, jadeando, cara al cielo, con la boca abierta. Unos arrieros lo
recogieron al mediodía: entró en Rancas vomitando. Se tiró lacio en su jergón
tres días con la verde-amarilla-morada cara cubierta con pedazos de carne
fresca. El cuarto día se levantó. La quinta madrugada salió, de nuevo, a
enfrentar a la ronda. Encontró a Egoavil cambiado. Esta vez no descendió ningún
jinete.
—¡Váyase, Fortunato, lárguese! —le gritaron, alejándose.
El viejo quiso
perseguirlos a pedradas, pero se lo prohibieron su debilidad y el trote de los
bastardos.
Egoavil había
comenzado a soñarlo. Fortunato lo perseguía en sueños. Se le aparecía todas las
noches. En su soñera vagaba por un desierto, más allá de toda fatiga, cuando
oyó una voz; alarmado, Egoavil apresuró el paso, pero lo silbaron de nuevo.
¿Quién podía nombrarlo en esa planetaria soledad? Siguió huyendo de la voz implacable. Sólo leguas más allá reconoció
aterrado que el hablador era su caballo;
se descabalgó tiritando para descubrir que el cuartago tenía la
tumefacta, la anaranjada cara de Fortunato. Y soñó también que encontraba en su
dormitorio un retrato del viejo. Enloquecido, arrancó
el rostro odiado
sólo para descubrir que era un calendario
atroz y que debajo de cada cara arrancada surgían cientos de rostros del viejo:
Fortunato riéndose, Fortunato sacándole la lengua, Fortunato llorando, Fortunato guiñándole los ojos, Fortunato con la
cara azul, Fortunato con la cara agujereada, Fortunato granizado. Y soñó peor:
Fortunato se le apareció crucificado. Lo ensoñó como un Jesucristo clavado en
una cruz. Los fieles de Rancas, los devotos de toda la tierra, seguían
el anda rezando. El crucificado vestía los mismos
pantalones sebosos y la deshilachada camisa del viejo; en
lugar de la corona de espinas, lucía su sombrero rotoso. Nítidamente Egoavil
distinguió la cara hinchada. El crucificado, el Señor de Rancas, aparentemente,
no padecía; de tiempo en tiempo descolgaba un brazo y se llevaba a la boca una
botella de aguardiente. Egoavil avanzó tras el anda temblando, con una vela en
la mano, queriendo ocultarse, pero el crucificado lo reconoció y le gritó: «¡No
se me corra, Egoavil! ¡Mañana nos veremos!», guiñándole un ojo tapiado por una
amarilla, atroz tumefacción. Se despertó gritando.
Calmosamente, sentado
en una roca, el viejo se remangó
la camisa. Egoavil
sintió la boca de paja.
—¡Don Fortunato!
—enronqueció desde el caballo—. Ya sé
de sobra que usted es un macho. —Y su mano despectiva abarcó la ronda silenciosa—: Aquí no hay ningún
varón como usted. Ninguno de estos huevones es tan hombre como usted. ¿Para qué
seguir esta pelea? Usted solo no puede nada, don Fortunato. «La Cerro» es
poderosísima. Todos los pueblos se
han echado. Usted es el único que insiste. ¿Para qué seguir, don Fortunato?
—¡Baja o te bajo,
cabrón! —gritó el Cara de Sapo.
—Por favorcito, don Fortunato, no me insulte.
—¡Hijo de puta por parte de madre!
—No queremos pegarle. Si usted no se presenta por
aquí, ya no volverá la ronda.
—¡Hijo de puta por parte de padre!
Egoavil recorrió
los rostros de cuero de la ronda, entrevió la faz del Cristo, sintió el sudor de la soñarrera y saltó del caballo. Se trenzaron. Fortunato
atacaba con rabia, con puñetazos de mula. Egoavil
respondía con golpes de lana.
domingo, 24 de mayo de 2020
Amigos
AMIGOS
Loretta conoció a
Anna y Sam el día que le salvó la vida a Sam.
Anna y Sam eran
viejos. Ella tenía ochenta años, y él ochenta y nueve. Loretta veía a Anna cada
tanto, cuando iba a nadar a la piscina de su vecina
Elaine. Un día que pasó a saludar, las dos señoras trataban de convencer
al anciano para que se diera un baño. El hombre finalmente se metió en el agua,
e iba dando brazadas torpes con una gran sonrisa cuando le dio un ataque. Las dos señoras estaban en la
parte baja y no se dieron cuenta. Loretta saltó al agua, con zapatos y todo, lo
arrastró hacia los escalones y consiguió sacarlo de la piscina. No necesitó que
lo reanimaran, pero parecía desorientado y asustado. Tenía que tomarse una medicación, para la epilepsia, y lo ayudaron a secarse y vestirse. Se quedaron un
rato sentados hasta asegurarse de que el hombre se encontraba bien y podía ir
andando a su casa, que estaba en esa misma manzana. Anna y Sam no paraban de
darle las gracias a Loretta por haberle salvado la vida, e insistieron en que
fuera a comer con ellos al día siguiente.
Dio la casualidad de que ella
no tenía que ir al trabajo por unos cuantos
días. Se había tomado tres días
libres sin sueldo porque necesitaba solucionar varias cosas. Almorzar con ellos
significaría ir hasta Berkeley desde la ciudad, y no zanjar todos los asuntos
pendientes en un día, como había planeado.
A menudo esas cosas la
desbordaban. Situaciones en las que te dices:
€aramba, es lo menos que puedo hacer,
son tan amables. Si no lo haces, te sientes culpable, y si lo haces, te sientes
un pelele.
Se le pasó el mal
humor en cuanto entró en su casa, soleada y diáfana como una antigua villa de
México, donde ellos habían vivido la mayor parte de su vida. Anna era
arqueóloga y Sam ingeniero. Siempre habían trabajado juntos, en Teotihuacán y
otros yacimientos. Tenían un sinfín
de vasijas preciosas y fotografías, una magnífica biblioteca. Bajando las
escaleras, en el patio trasero, había un huerto enorme, muchos árboles
frutales y zarzas de frutos silvestres. Loretta se asombró de que dos ancianos
frágiles como pajaritos se ocuparan de todas las labores sin ayuda de nadie.
Ambos usaban bastón, y caminaban con mucha dificultad.
€omieron pan
tostado con queso, sopa de chayote y una ensalada de su huerto. Anna y Sam
prepararon juntos el almuerzo, pusieron la mesa y sirvieron la comida juntos.
Lo habían hecho
todo juntos durante cincuenta años. €omo gemelos, uno repetía las palabras del
otro o remataba las frases que el otro empezaba. El almuerzo transcurrió
agradablemente mientras le contaban, en estéreo, algunas de sus experiencias
trabajando en la pirámide de México, y sobre
otras excavaciones en las que habían participado. A Loretta la
impresionaron aquellos dos viejecitos, su amor compartido por la música y la
jardinería, cómo disfrutaban uno del otro. La admiró ver lo implicados que
estaban en la política local y nacional, participando en manifestaciones y
protestas, escribiendo a los congresistas y a la prensa, haciendo llamadas de teléfono.
Leían tres o cuatro periódicos cada día, se leían novelas o libros de historia uno al otro por la
noche.
Mientras Sam
recogía la mesa con manos temblorosas, Loretta le dijo a Anna qué envidiable
era haber encontrado un compañero con quien compartir la vida. Sí, dijo Anna,
pero pronto uno de los dos faltará…
Loretta
recordaría esas palabras mucho después, y se preguntaría si Anna había empezado
a cultivar una amistad con ella como una especie de póliza de seguros para el momento en que uno de los dos
muriera. No, pensó, en realidad era
más simple. Hasta entonces los dos habían sido autosuficientes, se habían
colmado uno al otro toda la vida, pero Sam empezaba a parecer distraído, y a
menudo perdía el hilo. Repetía las
mismas historias una y otra vez, y aunque Anna siempre lo trataba con
paciencia, Loretta notaba que se alegraba de poder hablar con alguien más.
Sea cual fuera la
razón, se vio cada vez más implicada en la vida de Sam y Anna. Ellos ya no
conducían. €on frecuencia Anna llamaba a
Loretta al trabajo
y le pedía que al salir le comprara sustrato
de turba para
las plantas, o que llevara a Sam al
oftalmólogo. A veces ninguno de los dos se encontraba con ánimos de hacer la
compra, así que Loretta iba por ellos. Ambos le caían bien, los admiraba por
igual. €omo parecían tan necesitados de compañía, empezó a ir a
cenar con ellos una vez a la semana, o cada dos a lo sumo. Ella los invitó a
cenar a su casa varias veces, pero había que subir tantas escaleras, y los dos
llegaban tan exhaustos, que desistió.
Así que cuando iba llevaba un plato de pescado, de pollo o de pasta. Ellos
preparaban una ensalada, de postre servían frutos rojos del jardín.
Después de cenar, mientras tomaban una infusión de
hierbabuena o té de Jamaica, hacían la
sobremesa escuchando las historias de Sam. De cuando Anna tuvo la polio, en una
excavación en plena jungla del Yucatán, y
la llevaron a un hospital, y lo bien que se portó la gente. Muchas anécdotas
sobre la casa que se construyeron en Xalapa. De la mujer del alcalde, cuando se rompió la pierna
bajando por una ventana para esquivar a una
visita. Las historias de Sam siempre empezaban igual: «Eso me recuerda aquella vez que…».
Poco a poco
Loretta fue conociendo los detalles de su vida juntos. Su cortejo en el Monte Tam. Su idilio en Nueva York cuando eran comunistas. Viviendo en pecado. Nunca se casaron,
todavía se complacían en ese desafío a las convenciones. Tenían dos hijos; ambos vivían en ciudades
lejanas. Había historias sobre el rancho cerca de Big Sur, cuando los niños eran pequeños. €uando se estaba acabando
una historia, Loretta decía: «Me da rabia tener que irme, pero mañana empiezo a
trabajar muy temprano». A menudo se marchaba en ese momento. Normalmente, sin
embargo, Sam decía: «Espera, déjame
contarte lo que ocurrió con el gramófono». Horas más tarde, exhausta,
conduciendo de vuelta a su casa en Oakland, se repetía que no podía seguir así.
O que podía, siempre y cuando fijara una hora límite.
No es que se
aburriera nunca con ellos o le parecieran anodinos. Al contrario, la pareja
había vivido una vida rica, plena, eran personas comprometidas y receptivas.
Sentían un ávido interés por el mundo, por su propio pasado. Se lo pasaban tan
bien, añadiendo un matiz a los comentarios
del otro, discutiendo alguna fecha o un detalle, que a Loretta le
sabía mal interrumpirlos y marcharse. Y desde luego a ella también la
enriquecía, porque los dos se alegraban mucho de verla. A veces, sin embargo,
cuando estaba demasiado cansada o tenía alguna otra cosa por hacer, iba a
desgana. Al final les dijo que no podía quedarse hasta tan tarde, que por la
mañana se le pegaban las sábanas. Vente a almorzar el domingo, sin prisas,
propuso Anna.
€uando hacía buen
tiempo comían en una mesa en el porche, rodeados de flores y plantas. €ientos
de pájaros acudían a los comederos y
picoteaban cerca de ellos. Al llegar el frío empezaron a comer dentro
junto a la estufa de leña. Sam iba echando los troncos que él mismo cortaba. Tomaban gofres o la tortilla especial de
Sam; a veces Loretta llevaba bagels con salmón ahumado. Pasaban las horas, se
le iba el día mientras Sam contaba sus historias, mientras Anna le corregía y
añadía algún comentario. A veces, en el porche al sol o al calor de la lumbre,
le costaba mantenerse despierta.
En México vivían
en una casa de bloques de hormigón, pero mandaron hacer las vigas, las
encimeras y repisas y los armarios de madera de cedro. Primero se construyó la
sala grande, cocina y comedor a la vez. Habían plantado árboles, por supuesto,
antes de empezar a construir la casa. Bananos y ciruelos, jacarandas. Al año
siguiente añadieron un dormitorio, varios años más tarde otro dormitorio y un
estudio para Anna. Las camas, los bancos de trabajo y las mesas eran de cedro. Volvían a su pequeña morada después de
trabajar en el yacimiento, en otro estado de México. La casa siempre
estaba fresca y olía a cedro, como un arcón.
Anna contrajo
neumonía y tuvo que ir al hospital. A pesar de lo enferma que estaba, solo
podía pensar en Sam, en cómo se las arreglaría sin ella. Loretta le prometió
que pasaría a verlo antes del trabajo, vigilaría que tomara su medicina y que
desayunara, y al salir de trabajar le prepararía la cena y lo llevaría al
hospital a visitarla. Lo más terrible fue que Sam no hablaba. Se sentaba
temblando en el borde de la cama mientras Loretta lo ayudaba a vestirse. Se
tomaba las píldoras y el zumo de piña como un autómata, se limpiaba pulcramente
la barbilla después de desayunar. Por la tarde lo encontraba en el porche
esperándola. Quería ir primero a ver a Anna, y cenar luego. €uando llegaban al
hospital, Anna yacía pálida en la cama, parecía una niña con sus largas trenzas
blancas. Le habían puesto suero, un catéter, oxígeno. No hablaba, pero
sonreía y le daba la mano a Sam mientras él le contaba que había hecho la
colada, regado los tomates, cubierto las judías con un mantillo, lavado los
platos, preparado limonada. Le hablaba sin parar, jadeando; le relataba el día
hora por hora. €uando se marchaban Loretta tenía que sostenerlo, el anciano
tropezaba y se tambaleaba al andar. En el coche lloraba, angustiado de
preocupación. Y sin embargo Anna volvió a casa y se recuperó, solo la
inquietaba ver el huerto tan descuidado. Al domingo siguiente, después del
almuerzo, Loretta ayudó a arrancar malas hierbas, cortó las zarzamoras.
Entonces empezó a cavilar: ¿y si Anna se ponía enferma de verdad? ¿Qué
responsabilidad implicaba esa amistad? La dependencia mutua de la pareja, la
vulnerabilidad de los dos ancianos la entristecían y la conmovían. Esos
pensamientos se le pasaron por la cabeza mientras trabajaba, pero disfrutó,
removiendo la tierra negra fresca, sintiendo el sol en la espalda. Sam,
contando sus historias mientras arrancaba hierbajos en el surco contiguo.
El siguiente domingo
que Loretta fue a visitarlos llegó tarde. Había madrugado, tenía muchas cosas que hacer.
La verdad es que habría preferido quedarse en casa, pero le faltó valor
para llamarlos y cancelar.
Encontró la
puerta principal con el pestillo puesto, como de costumbre, así que fue al
jardín para entrar por atrás. Echó un vistazo al huerto, exuberante de tomates,
calabacines, tirabeques. Abejas perezosas. Anna y Sam estaban fuera, en el
porche trasero. Loretta iba a llamarlos, pero los
oyó muy enfrascados hablando.
—Nunca ha llegado tarde. A lo
mejor no viene.
—Ah, claro que vendrá… Estas mañanas significan mucho para ella.
—Pobrecita. Está
tan sola. Nos necesita. La verdad es que somos la única familia que tiene.
—Y cómo le gustan
mis historias. €aramba, no se me ocurre ninguna para contarle hoy.
—Ya improvisarás algo…
—¡Hola! —gritó Loretta—. ¿Hay alguien en casa?
sábado, 23 de mayo de 2020
La tristeza
La tristeza
La capital aparece envuelta en el
crepúsculo vespertino. La nieve cae en gruesos copos, revolotea perezosamente junto
a los faroles encendidos, se extiende en fina capa sobre los tejados, sobre los
lomos de los caballos, sobre los hombres, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como
un fantasma. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado hasta donde puede
estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni toda la nieve que
le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e
inmóvil. Su inmovilidad, las formas angulosas de su cuerpo, la tiesura de palo
de sus patas le hacen parecer, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los
que se les compran a los chiquillos por una moneda. Hállase sumido en sus
reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y
lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre
cavilando tristes pensamientos. Es muy grande la diferencia entre la apacible
vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades
deslumbrantes.
Hace mucho tiempo que Yona y su
caballo están inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar, pero Yona no
ha ganado nada.
Las sombras se van espesando. La luz de
los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido se acrecienta.
–¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que
se sacude la nieve del lomo. El militar se asienta en el trineo. El cochero
arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y alza el látigo. El caballo
también estira el cuello, levanta las patas y, sin prisa, se pone en marcha.
–¡Ten cuidado! –grita otro cochero
invisible, con cólera–. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
–¡Vaya un cochero! –se enoja el
militar–. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramentos del
cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona lanza una
amenaza. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo
del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira a su alrededor como si acabara
de despertarse de un sueño profundo.
–¡Se diría que todo el mundo ha
organizado una conspiración contra ti! –dice irónicamente el militar–. Todos
tratan de fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera
conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca.
Sin dudas quiere decir algo; pero no puede pronunciar una palabra.
El pasajero advierte sus esfuerzos y
pregunta:
–¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta
con voz ahogada:
–Ya ve usted, señor… He perdido a mi
hijo… Murió la semana pasada…
–¿De veras?… ¿Y de qué murió?
–No lo sé… De una de tantas
enfermedades… Ha estado tres meses en el hospital y al final… Dios lo ha
querido.
–¡A la derecha! –óyese de nuevo gritar
en la oscuridad–. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
–¡A ver! –dice el militar–. Ve un poco
más rápido. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello, como un
cisne, se levanta un poco y, de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su
pasajero, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y
no parece dispuesto a escucharlo.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El
cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se baja. Yona vuelve a
quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado
en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y
envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos… ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Pero, de pronto ,Yona se estremece; ve
detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y
jorobado.
–¡Cochero, llévanos al puesto de
policía! ¡Veinte copecas por los tres!
Yona toma las riendas, se endereza.
Veinte copecas es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le
importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando e
insultando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten
largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie
el jorobado.
–¡Bueno; en marcha! –le grita el
jorobado a Yona, colocándose a su espalda–.
¡Qué gorro llevas, muchacho! Apuesto
cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro
más feo…
–¡El señor está de buen humor! –dice
Yona con risa forzada–. Mi gorro…
–¡Bueno, bueno! Apura un poco a tu
caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más rápido te
administraré unos cuantos sopapos.
–Me duele la cabeza –dice uno de los
jóvenes–. Ayer, yo y Vaska bebimos cuatro botellas de coñac en casa de
Dukmasov.
–¡Eso no es verdad! –responde el otro–.
Eres un mentiroso, amigo, y sabes que nadie te cree.
–¡Palabra de honor!
–¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni
un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación,
vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
–¡Ji, ji, ji!… ¡Qué buen humor!
–¡Vamos, viejo! –grita enojado el
jorobado–. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale firme al holgazán de tu caballo.
¡Qué demonios!
Yona agita su látigo, agita las manos,
se estremece todo su cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le
riñen, le injurian; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan,
insultan, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se
vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
–Y yo, señores acabo de perder a mi
hijo. Murió la semana pasada…
–¡Todos nos tenemos que morir!
–contesta el jorobado–. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable!
Prefiero ir a pie.
–Si quieres que vaya más rápido dale
una cachetada –le aconseja uno de sus compañeros.
–¿Oyes, viejo espantapájaros? –grita el
jorobado–. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en
la espalda.
–¡Ji, ji, ji! –ríe, sin gana, Yona–.
¡Dios les conserve el buen humor, señores!
–Cochero, ¿eres casado? –pregunta uno
de los clientes.
–¿Yo? ¡Ji, ji, ji! ¡Qué señores más
alegres! No, no tengo a nadie… Sólo me espera la sepultura… Mi hijo ha muerto;
pero a mí la muerte ni me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar
conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar
cómo ha muerto su hijo; pero en este momento, el jorobado lanzando un suspiro
de satisfacción, exclama:
–¡Por fin hemos llegado!
Yona recibe las veinte copecas
convenidas y los clientes se apean. Los sigue con los ojos hasta que
desaparecen detrás de un portón.
Vuelve a quedarse solo con su caballo.
La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su cansado corazón. Observa a
la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de
transeúntes, alguien que quiera escucharle. Pero la gente tiene prisa y pasa
sin verlo.
Su tristeza es más intensa a cada
instante. Enorme, infinita. Si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo
entero.
Yona ve un portero que se asoma a la
puerta con un paquete y trata de hablar con él.
–¿Qué hora es? –le pregunta,
delicadamente.
–Van a dar las diez –contesta el otro–.
Aléjese un poco; no debe usted estar delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de
nuevo y se hunde en sus tristes pensamientos.
Se ha convencido de que es inútil
dirigirse a las personas.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y
decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
–No puedo más –murmura–. Hay que ir a
acostarse.
El caballo, como si hubiera comprendido
las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después, Yona está en casa, es
decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en
bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Se
oyen ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan
pronto. Además, no ha ganado casi nada.
Quizá por eso, se siente tan triste y
desdichado.
En un rincón, un joven cochero se
incorpora. Se rasca el pecho y la cabeza y busca algo con la mirada.
–¿Quieres beber? –le pregunta Yona.
–Sí.
–Aquí tienes agua… He perdido a mi
hijo… ¿Lo sabías?… La semana pasada, en el hospital… ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido
efecto alguno. El cochero no le ha prestado atención, se ha vuelto a acostar,
se ha tapado la cabeza con el cobertor y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una
necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha
transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún
ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella
largamente, contarla con todos sus detalles.
Necesita decir cómo enfermó su hijo, lo
que ha padecido, las palabras que ha pronunciado al morir.
Quisiera también referir cómo ha sido
el entierro… Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña, de la que también
quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar!
¡Qué no daría él por encontrar alguien
que se prestase a escucharlo, moviendo compasivamente la cabeza, suspirando,
compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier campesina; a estas
mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para
que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo. Se
viste y sale a la cuadra. El caballo, inmóvil, come heno.
–¿Comes? –le dice Yona, dándole
palmadillas en el lomo–. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado
para comprar avena hay que conformarse con heno… Soy ya demasiado viejo para
ganar mucho… A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera
reemplazado. Era un verdadero, un espléndido cochero; conocía el oficio como
pocos.
Desgraciadamente, ha muerto…
Tras una corta pausa, Yona continúa.
–Sí, amigo…, ha muerto… ¿Comprendes? Es
como si tú tuvieras un hijo y se muriera…
Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?…
El caballo sigue comiendo heno, escucha
a su viejo amo y resopla un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al fin por un ser
viviente, desahoga su corazón y, poco a poco, se lo cuenta todo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?
E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...
-
Primera generación : José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán. Segunda generación : José Arcadio Buendia, coronel Aureliano Buendía, Amaranta, ...
-
La confesión Manuel Peyrou En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado...
-
MIGUEL ANGEL ASTURIAS FRAGMENTOS DE “HOMBRE DE MAÍZ” CAPITULO 1 … —El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño d...