miércoles, 23 de junio de 2021

George Eliot

 

George Eliot (Mary Ann Evans – 1819-1880)
Las novelas tontas de ciertas damas novelistas (1856)

 

El género de las Novelas Tontas Escritas por Mujeres tiene muchas subespecies que,
según la calidad concreta de la tontería que predomine en ellas, pueden ser
superficiales, prosaicas, beatas o pedantes. Pero la amalgama de todas estas
subespecies variopintas produce un género —basado en la fatuidad femenina—
donde pueden incluirse la mayoría de estas novelas, que podríamos llamar del estilo
de «artimaña y confección».

…


Es justo confesar un grave error de juicio, enmendado al descubrir que las novelas
tontas transcurren casi todas en el entorno de una alta sociedad de enorme elegancia.
Pensábamos que las mujeres necesitadas se hacían novelistas, como se hacen
institutrices, porque ambas ocupaciones permiten ganarse el pan de un modo bien
visto por la sociedad. Por ello, la sintaxis imprecisa y los argumentos inverosímiles
nos producían cierta ternura, como los acericos superfluos y los absurdos gorros de
noche que venden los ciegos por las calles. Si la mercancía literaria parecía un
estorbo inútil, era un consuelo saber que el dinero serviría para aliviar las penurias de
gentes necesitadas, por tratarse de mujeres solas que tenían que procurarse el
sustento, o de esposas e hijas dedicadas a producir el «material» por puro heroísmo,
tal vez para pagar las deudas del marido o comprar las medicinas del padre enfermo.

Este convencimiento disuadía de criticar toda novela publicada por una mujer: por
mal que escribiera, sus motivos parecían irreprochables; por poca imaginación que
tuviera, su paciencia se antojaba infinita. Bajo la mala literatura había un estómago
vacío; bajo la tontuna, un mar de lágrimas.

¡Pero no! La observación de la realidad hizo necesario relegar aquella teoría,

como tantas otras teorías bonitas. A tenor de los hechos, podemos asegurar que

las novelas tontas femeninas se escriben en circunstancias bien distintas.

Huelga decir que sus bienintencionadas autoras jamás han cruzado palabra con un tendero, salvo desde la ventana de su carruaje; están convencidas de que la clase trabajadora la componen unos «subordinados»; piensan que ganar quinientos al año es una miseria; creen en dos verdades primordiales: el barrio de Belgravia y los salones de los barones; y para despertar su interés, un hombre tiene que ser como mínimo un gran terrateniente, aunque siempre es preferible un primer ministro. Como era de esperar, escriben en un elegante saloncito, en tinta de color violeta y con una pluma engarzada de rubíes; la contabilidad
editorial es un asunto que les resulta ajeno y su única relación con la pobreza es la de
su pobre cerebro.

 Si en sus narraciones produce un asombro constante la falta de verosimilitud de esa alta sociedad en la que aparentan vivir, tampoco parecen tener trato con ninguna otra forma de vida. Si los caballeros y damas que retratan son improbables, sus hombres de letras, sus comerciantes y sus campesinos son imposibles; y tienen un intelecto peculiarmente dotado para reproducir con imparcialidad tanto lo que han visto y oído, como lo que no han visto ni oído, ambos con idéntico desacierto.

Cabe suponer que pocas mujeres ignoren lo que es un niño de cinco años, pero en
la recién publicada Compensación, una novela del género de «artimaña y confección»
que se define como una historia sobre la vida real, aparece una niña de cuatro años y
medio que habla al estilo del bardo Ossian, como puede comprobarse en este párrafo:

«—Ay, qué feliz soy, mi querida y maravillosa mamá. He conocido… He
conocido a un ser encantador, que me recuerda a todo lo bello que hay en este
mundo: el olor a flores frescas y la vista desde Ben Lemond; no, es mejor aún,
porque verle es como ver todas mis cosas preferidas. Y también me recuerda a
mamá cantando, sí. Y tiene una frente tan ancha como ese lejano océano —
dijo la niña, señalando hacia las aguas azules del Mediterráneo—. Una
grandeza que parece no acabar nunca, como ese cielo estrellado que tanto me
gusta en las noches de verano cuando hace buen tiempo… No me mires así…
Tu frente es como el Loch Lomond, cuando sopla el viento al caer la tarde;
me gusta la luz del sol cuando el agua está lisa… Por eso ahora me gusta más
que nunca…
El lago es aún más bonito estando sereno y oscurecido por una
nube, cuando el sol de pronto ilumina cada uno de los colores de los bosques
y las vistosas rocas moradas, y todo ello se refleja en las aguas».


No sorprende descubrir que este portento infantil, cuyos síntomas tienen un
preocupante parecido con los de una adolescencia anulada por la ginebra, desciende
de una madre que también es un verdadero fénix. Se nos asegura, una y otra vez, que
la señora está dotada de una mentalidad extraordinariamente original, que es un genio
«consciente de su singularidad» y que la fortuna la ha bendecido con un amante que
también es un genio y un hombre de «una inteligencia única».
Leemos que este amante «maravillosamente semejante» a ella «en cuanto al juicio
y al talento» posee «una superioridad infinita en lo relativo a la fe y la experiencia», y
la señora descubre en este ser «el agapé, tan difícil de hallar, sobre el que había leído
con profunda admiración en su Testamento griego; pues tal era su facilidad para los
idiomas que leía las Sagradas Escrituras en sus lenguas originales». ¡Por supuesto que
sí! El griego y el hebreo son un simple juego para nuestra heroína. El sánscrito lo
aprende como si fuera el abecedario. Y sabe hablar con toda corrección cualquier
idioma, menos el suyo. Estamos ante una políglota pizpireta, una Creuzer con faldas.


…

 

Rango y belleza representa una variedad más superficial y menos religiosa del
género de «artimaña y confección». De la heroína descubrimos que «si había
heredado el orgullo de su padre y la belleza de su madre, poseía un carácter entusiasta
tal vez propio de su época, incluso en las clases más bajas; entusiasmo que, si se
cultiva, progresa hacia el indómito espíritu del romanticismo sólo en los
descendientes de familias longevas, quienes lo consideran su mejor herencia». La
entusiasta señorita, a fuerza de leer el periódico en voz alta a su padre, se enamora del
primer ministro que, a través de los artículos de opinión y los resúmenes
parlamentarios, brilla en su imaginación como una estrella resplandeciente y única,
sin un paralaje correspondiente a la vida campestre que lleva ella bajo el sencillo
nombre de «la señorita Wyndham». Pero al poco se convierte por derecho propio en
la baronesa de Umfraville, maravillando a propios y extraños cuando sale de su
mansión de Spring Gardens y hace su aparición en sociedad donde, como podrán
imaginar, se topa con su objeto amado, sobre el que nunca había posado los ojos. Tal
vez las palabras «primer ministro» les hagan pensar en un sexagenario ajado u obeso;
pero les ruego que descarten la imagen. Lord Rupert Conway ha llegado al cargo
«siendo aún bisoño, por así decirlo, ante cualquier circunstancia que pueda darse en
el universo» y no hay artículo de opinión ni resumen parlamentario capaz de superar
esta quimera.


«La puerta se abrió nuevamente y entró lord Rupert Conway. Evelyn le miró.
Lo que vio no la decepcionó. Era como llevar tiempo contemplando un retrato
que, de pronto, cobrase vida, de modo que el hombre retratado saltara del
marco ante sus ojos. Su esbelta figura y la distinguida sencillez de su porte lo
convertían en un Van Dyck encarnado, en un caballero, en uno de sus nobles
ancestros, o tal vez en un aristócrata soñado por su mente fantasiosa, un
hidalgo que hubiera luchado junto a un Umfraville contra los paganos allende
los mares. ¿Sería verdad?».


Parecía muy poco probable que lo fuera, desde luego.

…


Las escritoras del género de «artimaña y confección» son sorprendentemente
unánimes en la elección de vocablos. En sus novelas suele haber una dama o un
caballero tan altos como un árbol malayo; el amante luce un porte varonil; las mentes
tienen reminiscencias variadas; los corazones están huecos; los ágapes se disfrutan; a
los amigos los sepultan en panteones; la infancia es una etapa encantadora de la vida;
el sol es una luminaria que se reclina sobre el ocaso o que ampara el dulce vapor de la
lluvia en su seno refulgente; la vida es una bendición melancólica; Albión y Britania
son epítetos coloquiales.

…


Pero lo más meritorio de las escritoras del género de «artimaña y confección»

 son sus reflexiones filosóficas. La autora de Laura Gay, por ejemplo,

tras haber casado al héroe y la heroína, adorna el acontecimiento al observar

que «si los escépticos, cuya costumbre de reparar en la materia les impide ver nada bueno en el ser humano, pudieran experimentar en cuerpo y espíritu una felicidad como esta, acabarían aceptando que el alma humana y el pólipo no tienen un origen común, ni la misma textura».

…


Las más patéticas de todas las novelas tontas escritas por ciertas señoras novelistas
son las que podríamos llamar del género oracular, que pretenden exponer las teorías
religiosas, filosóficas o morales de la autora.

…


Es casi imposible hallar una señora novelista del género oracular
que no se crea plenamente capacitada para decidir sobre cualquier cuestión teológica;
que no tenga la menor duda sobre su aptitud para distinguir con perfecto rigor entre el
bien y el mal en cualquier reunión religiosa; que no sepa elucidar con toda precisión
los errores cometidos por todos aquellos que la precedieron; y que no se compadezca
de los filósofos en general, por verse privados de la oportunidad de consultarla. En
cuanto a los grandes escritores, que se conforman modestamente con narrar sus
experiencias y que se imponen la tarea de mostrar las cosas y las personas tal como
son, la dama suspira ante la deplorable ineficacia con la que emplean su talento.

…


Es probable que las damas y los caballeros se parezcan bien poco a todos los que la
autora haya tenido la suerte o la desgracia de conocer, pues por norma general la
capacidad de una señora novelista para narrar la vida real y describir a sus congéneres
es inversamente proporcional a su confiada elocuencia sobre Dios y el más allá, y el
medio que suele elegir para guiarnos hacia una idea verdadera de lo invisible es una
visión falsa de lo visible.

…


Los relatos como El enigma son como esos dibujos que hacen los niños avispados
diciendo que «se les ha ocurrido de pronto», en los que sale una casa moderna a la
derecha, dos caballeros con armadura en el primer plano y un feroz tigre en un bosque a la izquierda, una curiosa colección de objetos reunidos porque le parecen
bonitos al artista y, ante todo, porque quizá recuerde haberlos visto en otros cuadros.

…


En todo caso, nos abstenemos de citar ninguno más de sus pasajes, pues hacen referencia
a asuntos demasiado serios para nuestras páginas.
Podría parecer una impertinencia calificar de «tonta» a una novela que parece sugerir
tantas lecturas y actividad intelectual como El enigma, pero empleamos este epíteto
con conocimiento de causa. Si, tal como se acepta universalmente desde hace tiempo,
una gran preparación cultural no hace sabio a un hombre, una preparación cultural
mínima basta para hacer sabia a una mujer. Y la modalidad más traviesa de la tontería
femenina es la modalidad literaria, porque tiende a confirmar el prejuicio popular
contra una educación femenina más sólida.

…


Una mujer verdaderamente culta, como un hombre verdaderamente culto, será una persona más sencilla y menos molesta gracias, precisamente, a sus conocimientos; su cultura le permite juzgarse fríamente y opinar con algo semejante a un canon de las proporciones. Por tanto, no convierte la cultura en un pedestal desde el que ufanarse de ver a todos los habitantes y las cosas del mundo, sino en una perspectiva que le permite estimarse a sí misma adecuadamente.

…


Entre las novelas tontas, hay un género más numeroso que el oracular (inspirado, en
general, por alguna forma de anglicanismo o cristianismo transcendental), al que
podríamos llamar el género de la toquilla blanca, representativo de la mentalidad y el
espíritu de la comunidad evangélica. Este género es una especie de tratado de la
cursilería a gran escala. Creado como caramelo medicinal para las jovencitas de la
congregación evangélica, es un sustituto religioso de los novelones para señoras,
como las ferias de primavera son un sustituto de la ópera. A los niños cuáqueros, de
modo similar, no se les puede negar la indulgencia de una muñeca, pero ha de ser una
muñeca con un vestido tristón y un sombrero como un cubo de carbón, en lugar de
una muñeca mundana adornada con tules y lentejuelas.

…


Entonces, ¿qué impide a nuestras novelistas evangélicas explicarnos sus ideas religiosas mediante las gentes (tan abundantes en el mundo) que no tienen coche, «ni siquiera una calesa con remaches de latón», que consiguen acabarse la cena sin un tenedor de plata y en cuya boca sería perfectamente verosímil el inglés cuestionable de la propia autora? ¿Por qué no ofrecernos un retrato de la vida religiosa de la clase industrial inglesa, tan interesante como los cuadros de las experiencias religiosas de la señora Beecher-Stowe con los negros? En su lugar, estas pías damas nos producen náuseas con unas novelas cuyas heroínas nos
recuerdan a esas mujeres mundanas recién transformadas en «conversas». A la señora
protagonista todavía le gusta cenar bien, pero ahora invita a clérigos en vez de
galanes; todavía le interesa la ropa, pero ahora elige colores y estampados más
sobrios; y su conversación es tan banal como antes, pero ahora adorna la banalidad
con el Evangelio, en vez del anecdotario.

…


Cada mujer que escribe por necesidad se corresponde con tres que lo hacen por vanidad. Además, trabajar para ganarse la vida es algo tan antiséptico que la literatura femenina de mala calidad no parece haberse producido, precisamente, en tales circunstancias. «Toda labor genera un beneficio»,
nos aseguran; pero las novelas tontas que escriben ciertas señoras no proceden de una
intensa labor, evidentemente, sino de una intensa holganza.
Por fortuna, no es necesaria una buena argumentación para demostrar que la ficción es un apartado de la literatura en el que las mujeres pueden, conservando su personalidad, igualar plenamente a los hombres. Un buen número de grandes escritoras, tanto vivas como fallecidas, acude a nuestra memoria como prueba de que las mujeres pueden darnos novelas no solo buenas, sino entre las mejores del mundo; novelas, además, con un valioso carácter propio, cuyas cualidades y vivencias son distintas de las que aparecen en las novelas escritas por hombres.

…


Y así nos topamos una y otra vez con aquella historia del asno de La Fontaine que, al acercar el hocico a una flauta y escuchar el sonido, exclama: «Yo también sé tocar la flauta». Nos despedimos, por tanto, con la recomendación de tener presente esta fábula a toda lectora que amenace con aumentar el número de novelas tontas femeninas.

….

 

sábado, 22 de mayo de 2021

BAUDELAIRE

 

Una carroña

 (Charles Baudelaire "Las flores del mal")

 Alma mía, recuerda el objeto que vimos

esa hermosa mañana de verano:

al volver un sendero, una infame carroña

en un cauce sembrado de guijarros.

 

Levantadas las piernas, como un lúbrico gesto,

trasudando ardorosa sus venenos,

entreabría de un modo indiferente y cínico

su vientre rebosante de vapores.

 

Vimos cómo aquel sol se ensañaba en la podre

como para dejarla bien cocida,

devolviendo con creces a la Naturaleza

todo cuanto ella misma había unido.

 

Contemplaban los cielos el soberbio esqueleto

como una flor a punto de brotar.

El hedor era tal que allí, sobre la hierba,

creíste desplomarte desmayada.

 

Sobre aquel vientre pútrido se afanaban las moscas

y salían negruzcos batallones

de unas larvas movibles como un líquido espeso

entre aquellos andrajos de la vida.

 

Todo aquello se hundía y se hinchaba encrespándose

con destellos de espuma en las olas,

como un cuerpo animado por un soplo indecible

cuya vida creciese en sí misma.

 

Y ese mundo engendraba una música extraña,

como el agua que corre y el viento,

como el grano agitado por la rítmica mano

al girar revolviéndose en la criba.

 

Se borraban las formas, no eran más que un ensueño,

un esbozo que tarda en perfilarse

en la tela olvidada, y que acaba el artista

reviviendo tan sólo un recuerdo.

 Tras las rocas había una perra impaciente

que tenía en los ojos el furor,

acechando el momento de volver a roer

los manjares que tuvo que soltar.

 

-¡Y pensar que serás igual que esta carroña,

que te espera la misma podredumbre,

tú, la estrella y el sol de mis ojos, mi vida,

tú, ángel mío, a quien llamo mi pasión!

 

Así tienes que ser, soberana de encantos,

tras aquel sacramento que es el último,

cuando bajo la hierba y el mantillo del campo

enmohezca tu cuerpo entre los huesos.

 

Oh, beldad mía, entonces di a los crueles gusanos

que contigo tendrán festín de besos,

que conservo la forma y la esencia divina

de estos amores míos que son polvo.

 

Charles Baudelaire.

Poeta, crítico de arte y traductor francés (1821-1867), exponente del simbolismo en Francia y lúcido escritor de su época, quien rompió con las formas poéticas clásicas compartiendo opiniones sobre la modernidad, el arte, la cultura y la poesía. Sus “Flores del mal” fueron perseguidas y mutiladas por la ley, buena parte de la sociedad de la época lo excluyó y quedó para la historia como un “poeta maldito”.

Lo feo también contiene esencia divina y puede ser hermoso. El poeta transforma la visión de una carroña en una declaración de amor que recuerda un poco, aunque de forma mucho más cruda, a uno de los sonetos de amor más hermosos de la literatura. Lo feo y lo sucio también se vuelven parte de la poesía, la modernidad acepta todo lo que permita describir las emociones que sienten sus hombres. La “estrella y sol” del poeta, la divina mujer que es exaltada, llegará en algún momento a ser carroña, y el hombre moderno está consciente de eso; su idealización incluye esa consciencia, esa claridad de saber que ese posible “polvo enamorado” será antes una carroña descompuesta y comida por los gusanos, que la hermosura se convertirá en podredumbre. Con lo que dice, el poeta parece acercarse más a la claridad de la lucidez que contentarse con la vaguedad del ensueño.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Charles Baudelaire

 

Charles Baudelaire (Francia; 1821-1867)

 

Lo irremediable

Poema número 84 de Las flores del mal (edición de 1861).

 I

 Una Idea, una Forma, un Ser,

salido del azul y caído

en un Estigio cenagoso y plomizo

donde no penetra ninguna mirada del Cielo;

 

un Ángel, imprudente viajero

que ha intentado amar a lo deforme

en el fondo de una pesadilla enorme

debatiéndose como un nadador,

 

y luchando, ¡con fúnebres angustias!,

contra un gigantesco remolino

que va cantando como los locos

y haciendo piruetas en las tinieblas;

 

un infeliz embrujado

en sus inútiles intentos

por huir de un lugar lleno de reptiles,

que busca la luz y la llave;

 

un condenado que desciende sin lámpara,

al borde de un abismo cuyo olor

traiciona la húmeda profundidad,

de eternas escaleras sin barandilla,

 

donde velan unos monstruos viscosos

cuyos grandes ojos de fósforo

hacen la noche más negra todavía

y no dejan visibles más que a ellos;

 

un navío atrapado en el polo,

como en una trampa de cristal,

buscando por qué estrecho fatal

ha caído en esta prisión;

 

–símbolos claros, cuadro perfecto

de una suerte irremediable

que hace pensar que el Diablo

¡siempre hace bien todo lo que hace!

 

II

 ¡Conversación a solas límpida y sombría

en la que un corazón se ha convertido en su espejo!

Pozo de Verdad, claro y negro,

donde tiembla una lívida estrella,

 

un faro irónico, infernal,

antorcha de gracias satánicas,

únicos alivio y gloria,

–¡la conciencia en el Mal!

 ………….

 La destrucción 

(Poema número 109 de Las flores del mal (edición de 1861).

 

Incesante a mi vera se agita el Demonio;
Flota alrededor mío como un aire impalpable;
Lo aspiro y lo siento que quema mis pulmones
Y los llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, sabiendo mi gran amor al Arte,
La forma de la más seductora de las mujeres,
Y, bajo especiosos pretextos de tedio,
Habitúa mis labios a filtros infames.

Me conduce así, lejos de la mirada de Dios,
Jadeante y destrozado por la fatiga, en medio
De las llanuras del Hastío, profundas y desiertas,

Y despliega ante mis ojos llenos de confusión
Vestimentas mancilladas, heridas abiertas,
¡Y el aparejo sangriento de la Destrucción!


 …………………

 El perro y el frasco

Poema número 8 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa).

-Lindo perro mío, buen perro, chucho querido, acércate y ven a respirar un excelente perfume, comprado en la mejor perfumería de la ciudad.

Y el perro, meneando la cola, signo, según creo, que en esos mezquinos seres corresponde a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone curioso la húmeda nariz en el frasco destapado; luego, echándose atrás con súbito temor, me ladra, como si me reconviniera.

-¡Ah miserable can! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia, devorándolos tal vez. Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida.

…………………….

Las muchedumbres

Poema número 12 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa).


No a todos les es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte; y sólo puede darse a expensas del género humano un atracón de vitalidad aquel a quien un hada insufló en la cuna el gusto del disfraz y la careta, el odio del domicilio y la pasión del viaje.

Multitud, soledad: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. El que no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en una muchedumbre atareada.

Goza el poeta del incomparable privilegio de poder a su guisa ser él y ser otros. Como las almas errantes en busca de cuerpo, entra cuando quiere en la persona de cada cual. Sólo para él está todo vacante; y si ciertos lugares parecen cerrársele, será que a sus ojos no valen la pena de una visita.

El paseante solitario y pensativo saca una embriaguez singular de esta universal comunión. El que fácilmente se desposa con la muchedumbre, conoce placeres febriles, de que estarán eternamente privados el egoísta, cerrado como un cofre, y el perezoso, interno como un molusco. Adopta por suyas todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le ofrecen.

Lo que llaman amor los hombres es sobrado pequeño, sobrado restringido y débil, comparado con esta inefable orgía, con esta santa prostitución del alma, que se da toda ella, poesía y caridad, a lo imprevisto que se revela, a lo desconocido que pasa.

Bueno es decir alguna vez a los venturosos de este mundo, aunque sólo sea para humillar un instante su orgullo necio, que hay venturas superiores a la suya, más vastas y más refinadas. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros, desterrados en la externidad del mundo, conocen, sin duda, algo de estas misteriosas embriagueces; y en el seno de la vasta familia que su genio se formó, alguna vez han de reírse de los que les compadecen por su fortuna, tan agitada, y por su vida, tan casta.

…………………………….

El jugador generoso

Poema número 29 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa)

Ayer, a través del gentío de la avenida, me sentí rozado por un Ser misterioso que siempre había deseado conocer y al que reconocí enseguida, si bien no lo había visto nunca. En relación a mí, seguramente había en él un deseo análogo, pues al pasar me guiñó el ojo significativamente por lo cual me apresuré a obedecerlo. Lo seguí atentamente y en seguida descendí detrás de él a una vivienda subterránea, resplandeciente, donde estallaba un lujo tal que ninguna de las habitaciones superiores de París podría ofrecer un ejemplo aproximado. Me pareció singular que yo hubiera podido pasar tan a menudo al lado de esa prestigiosa guarida sin adivinar la entrada; allí reinaba una atmósfera exquisita, aunque excitante, que hacía olvidar casi instantáneamente todos los horrores fastidiosos de la vida; allí se respiraba una oscura beatitud, análoga a la que debieron de experimentar los comedores de loto cuando, al desembarcar en una isla encantada, iluminada por resplandores de una tarde eterna, sintieron nacer en ellos, con los sonidos adormecedores de cascadas melodiosas, el deseo de no volver ya nunca más a sus a sus casas, a sus niños, de no volver a subir nunca más a las altas olas del mar.

Allí había rostros extraños de hombres y de mujeres marcados por una fatal belleza, que me parecía haber visto ya en épocas y países que me era imposible recordar exactamente, y que me inspiraban más bien una simpatía fraternal que ese temor que nace ordinariamente frente al aspecto de lo desconocido. Si quisiera tratar de definir de algún modo la expresión singular de sus miradas, diría que jamás he visto unos ojos que brillaran más enérgicamente de horror al aburrimiento y del deseo inmortal de sentirse vivos.

Al sentarme, mi huésped y yo ya éramos viejos y perfectos amigos. Comimos, bebimos con exceso toda clase de vinos extraordinarios, y cosa no menos extraordinaria, después de varias horas me parecía que yo no estaba más ebrio que él. Sin embargo, el juego, ese placer sobrehumano, había cortado en diversos intervalos nuestras frecuentes libaciones, y debo decir que nos habíamos jugado el alma, y de común acuerdo, yo la había perdido, con una despreocupación y una ligereza heroicas. El alma es una cosa impalpable, tan a menudo inútil y algunas veces tan molesta que en cuanto a esta pérdida, sólo sentí un poco menos de emoción que si en el curso de un paseo hubiera perdido mi tarjeta de visita.

Fumamos largamente algunos cigarros cuyo sabor y perfume incomparables daban al alma la nostalgia por el país y las dichas desconocidas, y embriagado por todas estas delicias, me atreví a exclamar, en un acceso de familiaridad que pareció no disgustarle, y apoderándome de una copa llena hasta el borde: «A su salud inmortal, viejo Satán».

También hablamos del universo, de su creación y su futura destrucción; de la gran idea del siglo, es decir, del progreso y de la perfectibilidad y, en general, de todas las formas de la infatuación humana. Sobre este tema, Su Alteza no paraba de hacer bromas ligeras e irrefutables, y se expresaba con una suavidad de dicción y una tranquilidad en la gracia que no había encontrado en ningún otro de los conversadores de la humanidad. Me explicó el absurdo de las diferentes filosofías que hasta ese momento habían tomado posesión del cerebro humano, y hasta se dignó a hacerme la confidencia de algunos principios fundamentales cuyos beneficios y propiedad no me conviene compartir con quien quiera que sea. Ella no se quejaba de ningún modo de la mala reputación de la que gozaba en todas partes del mundo, me aseguró que ella misma era la persona más interesada en la destrucción de la superstición y me confesó que en relación a su propio poder, había tenido miedo una sola vez; fue el día en que había oído a un predicador más sutil que sus colegas, exclamar desde un pulpito: «Hermanos míos, ¡no olvidéis nunca cuando oigáis alabar el progreso de las luces, que la mayor de las artimañas del diablo es persuadiros de que no existe!»

El recuerdo de este célebre orador nos condujo naturalmente hacia el tema de las academias, y mi extraño comensal me afirmó que en muchos casos él no desdeñaba inspirar la pluma, la palabra y la conciencia de los pedagogos y que casi siempre asistía en persona, aunque invisible, a todas las sesiones académicas.

Animado por tantas bondades, le pedí novedades de Dios y le pregunté si lo había visto recientemente. Me respondió con una despreocupación matizada con cierta tristeza: "Cuando nos encontramos, nos saludamos como dos viejos gentileshombres en los cuales una cortesía innata no podría apagar completamente el recuerdo de viejos rencores"

Es dudoso que Su Alteza haya dado jamás una audiencia tan larga a un simple mortal, y yo temía abusar de ello. Finalmente, cuando el alba estremecida empezaba a aclarar las ventanas, el célebre personaje, cantado por tantos poetas y servido por tantos filósofos que trabajan en su gloria sin saberlo, me dijo que usted guarde de mí un buen recuerdo, y quiero probarle que yo, de quien se habla tan mal, algunas veces soy un buen diablo, para servirme de una de sus locuciones vulgares. A fin de compensar la pérdida irremediable que usted ha hecho de su alma, le doy la puesta que habría ganado si la suerte hubiera estado de su parte, es decir, la posibilidad de aliviar y vencer, durante toda su vida, esa extraña afección del Aburrimiento, que es la fuente de todas sus enfermedades y de todos sus miserables progresos. Nunca se creará en usted un deseo que yo no ayude a realizar; reinará sobre sus vulgares semejantes; estará abastecido de halagos y hasta de adoraciones; el dinero, el oro, los diamantes, los palacios fantásticos, vendrán a buscarlo y le pedirán que los acepte, sin que usted haya hecho algún esfuerzo para ganarlos; cambiará de patria y de región tan rápido como su fantasía se lo ordene; se embriagará de voluptuosidad, sin hastiarse, en países encantados donde siempre hace calor y donde las mujeres huelen tan bien como las flores, etc., etc. — agregó levantándose y despidiéndome con una buena sonrisa.

Si no hubiera sido por el temor de humillarme ante una reunión tan grande, habría caído de buena gana a los pies de ese jugador generoso para agradecerle su magnificencia inaudita. Pero después que lo hube dejado, la incurable desconfianza volvió a entrar en mi pecho poco a poco; ya no me atrevía a creer en una felicidad tan prodigiosa, y al acostarme, diciendo aún la oración por un resto de costumbre imbécil, repetía en una duermevela: «¡Dios mío! ¡Señor, Dios mío! ¡Haz que el diablo mantenga su palabra!»


  Embriagaos

Poema número 33 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa).

 Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.

Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos.

Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso, en la tristona soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella, el ave, el reloj, os contestarán: «¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo, embriagaos, embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud; de lo que queráis.»

…………………………..

¡Matemos a los pobres!

Poema número 49 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa).

Durante quince días me recluí en la habitación, rodeado de los libros de moda entonces -hará diez y seis o diez y siete años-; quiero decir de los libros en que se trata del arte de hacer a los pueblos dichosos, buenos y ricos en veinticuatro horas. Había, pues, digerido -es decir, tragado- todas las elucubraciones de esos contratistas de la felicidad pública de los que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos y de los que llegan a persuadirles de que todos son reyes destronados-. No habrá de causar sorpresa que estuviese yo entonces en una disposición de espíritu cercana del vértigo o de la estupidez.

Únicamente me había parecido que sentía, confinado en el fondo de mi intelecto, el germen obscuro de una idea superior a todas las fórmulas de buena mujer, cuyo diccionario había recorrido yo no hacía mucho. Pero no era más que la idea de una idea, algo infinitamente vago.

Y salí con una gran sed. Porque el gusto apasionado de las malas lecturas engendra una necesidad en proporción de aire libre y de refrescos.

A punto de entrar en la taberna, un mendigo me alargó el sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían tronos si el espíritu moviese la materia y si los ojos de un magnetizador hiciesen madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí una voz que me cuchicheaba al oído, una voz que reconocí perfectamente: era la de un Ángel bueno o la de un Demonio bueno, que a todas partes me acompaña. Puesto que Sócrates tenía su Demonio bueno, ¿por qué no había yo de tener mi Ángel bueno, y por qué no tendría, como Sócrates, el honor de alcanzar mi certificado de locura, firmado por el sutil Lélut y por el avispado Baillarger?

Esta diferencia existe entre el Demonio de Sócrates y el mío; que el de Sócrates no se le manifestaba sino para defender, avisar o impedir, y el mío se digna aconsejar, sugerir, persuadir. El pobre Sócrates no tenía más que un Demonio prohibitivo; el mío es gran afirmador, el mío es Demonio de acción, Demonio de combate.

Su voz, pues, me cuchicheaba esto: «Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla.»

Inmediatamente me arrojé sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que en un segundo se volvió del tamaño de una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza bastante, porque soy delicado de nacimiento y me he ejercitado poco en el boxeo, para matar al viejo con rapidez, le cogí con una mano por la solapa del vestido, le agarré del pescuezo con la otra y empecé a sacudirle vigorosamente la cabeza contra la pared. He de confesar que antes había inspeccionado los alrededores en una ojeada, para comprobar que en aquel arrabal desierto me encontraba, por tiempo bastante largo, fuera del alcance de todo agente de policía.

Como en seguida, de un puntapié en la espalda, bastante enérgico para romperle los omoplatos, acogotara al débil sexagenario, me apoderé de una gruesa rama que estaba caída y le golpeé con la energía obstinada de los cocineros que quieren ablandar un biftec.

De repente -¡Oh milagro!, ¡oh goce del filósofo que comprueba lo excelente de su teoría!- vi que la vieja armazón de huesos se volvía, se levantaba con energía, que nunca hubiera sospechado yo en máquina tan descompuesta, y con una mirada de odio que me pareció de buen agüero, el decrépito malandrín se me echó encima, me hinchó ambos ojos, me rompió cuatro dientes, y con la misma rama me sacudió leña en abundancia. Con mi enérgica medicación le había devuelto el orgullo y la vida.

Hícele señas entonces, para darle a entender que yo daba por terminada la discusión, y, levantándome tan satisfecho como un sofista del Pórtico, le dije: «¡Señor mío, es usted igual a mí! Concédame el honor de compartir conmigo mi bolsa; y acuérdese, si es filántropo de veras, que a todos sus colegas, cuando la pidan limosna, hay que aplicarles la teoría que he tenido el dolor de ensayar en sus espaldas.»

Me juró que se daba cuenta de mi teoría y que sería obediente a mis consejos.

 

¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...