sábado, 23 de mayo de 2020

Punto de vista


Punto de vista

Imaginemos «Tristeza», el cuento de Chéjov, en primera persona. Un
anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos
turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente
como los pasajeros del cochero en el relato. La voz imparcial de Chéjov, sin
embargo, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorbemos la compasión del
autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el
hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.
Creo que en el fondo es porque somos inseguros.
Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy
escribiendo…
«Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la
consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la
lavandería y luego hago la compra en Lucky’s, recojo el Chronicle del
domingo y me voy a casa», me dirían: eh, no me agobies.
En cambio, mi historia se abre con: «Cada sábado, después de la
lavandería y el supermercado, Henrietta compraba el Chronicle del
domingo». Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles
compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque
está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que
hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será
que lo hay. Seguiré leyendo, a ver qué pasa.
En realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita
todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle,
esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla.
La mayoría de los escritores utilizan accesorios y decorados de su
propia vida. Por ejemplo, mi Henrietta toma cada noche una cena frugal en
un mantelito, con exquisitos cubiertos macizos italianos de acero
inoxidable. Un detalle curioso, que podría parecer contradictorio en esta
mujer que recorta los vales de descuento de los rollos de papel de cocina,
pero capta la atención del lector. O al menos espero que así sea.
Creo que no daré ninguna explicación en el relato. A mí, sin ir más
lejos, me gusta comer con ese tipo de cubiertos elegante. El año pasado
encargué un juego para seis comensales del catálogo navideño del Museo
de Arte Moderno. Muy caro, cien dólares, pero pensé que merecía la pena.
Tengo seis platos y seis sillas. A lo mejor daré una cena en casa, pensé en el
momento. Resultó, sin embargo, que eran cien dólares por seis piezas. Dos
tenedores, dos cuchillos, dos cucharas. Un juego individual. Me dio
vergüenza devolverlos; pensé: bueno, a lo mejor el año que viene encargo
otro.
Henrietta come con sus preciosos cubiertos y bebe vino de Calistoga en
copa. Toma ensalada en un cuenco de madera y calienta una comida
precocinada Lean Cuisine en un plato llano. Mientras cena, lee la sección
«Cosas de este mundo», en la que todos los artículos parecen escritos por la
misma primera persona.
Henrietta espera el lunes con impaciencia. Está enamorada del doctor
B., el nefrólogo. Muchas enfermeras/secretarias están enamoradas de «sus»
doctores. Una especie de síndrome Della Street.
El doctor B. está inspirado en el nefrólogo para el que trabajé durante
un tiempo. No estaba enamorada de él, ni mucho menos. A veces bromeaba
y decía que teníamos una relación amor-odio. Era un hombre tan detestable
que sin duda me recordó cómo degeneran las aventuras amorosas, a veces.
Shirley, mi predecesora, sí que estaba enamorada de él. Me enseñó
todos los regalos de cumpleaños que le había hecho. La maceta con la
hiedra y la pequeña bicicleta de bronce. El espejo con el koala esmerilado.
El estuche estilográfico. Me contó que al doctor le encantaron todos los
regalos salvo el sillín de piel de borrego. Se lo tuvo que cambiar por unos
guantes de ciclista.
En mi relato, el doctor B. se burla de Henrietta cuando le regala el sillín,
es sarcástico y cruel con ella, como sin duda podía ser en realidad. Ese sería
el punto álgido de la historia, de hecho, cuando Henrietta se da cuenta del
desprecio que siente por ella, de qué patético es su amor.
El día que empecé a trabajar allí, encargué camisones de papel. Shirley
los utilizaba de algodón: «Cuadros azules para los chicos, flores rosas para
las chicas». (La mayoría de nuestros pacientes eran tan viejos que usaban
andadores). Todos los fines de semana, Shirley cargaba con la ropa sucia y
se la llevaba a casa en el autobús, y no solo la lavaba, sino que además la
almidonaba y la planchaba. En eso anda ahora mi Henrietta… planchando
en domingo, después de limpiar su apartamento.
Por supuesto buena parte de mi relato va de las costumbres de Henrietta.
Costumbres. Quizá ni siquiera malas en sí mismas, sino tan arraigadas.
Cada sábado, año tras año.
Cada domingo, Henrietta lee las páginas rosas. Primero el horóscopo,
siempre en la página 16, como es costumbre de ese periódico. Normalmente
los astros le traen a Henrietta noticias picantes. «Luna llena, sexy Escorpio,
¡y ya sabes qué significa! ¡Prepárate para que surja la chispa!».
Los domingos, después de limpiar y planchar, Henrietta prepara algo
especial para cenar. Capón al horno. Un salteado instantáneo Stove Top con
salsa de arándanos. Guisantes a la crema. Una chocolatina Forever Yours de
postre.
Después de lavar los platos, ve 60 Minutos. No es que le interese
especialmente el programa. Le gustan los presentadores y tertulianos. Diane
Sawyer, siempre distinguida y guapa, y los hombres, todos tan serios,
fiables e implicados en los temas a debate. A Henrietta le gusta cómo
mueven la cabeza con gesto taciturno, o sonríen cuando hay una situación
divertida. Y sobre todo le gustan los primeros planos de la esfera del reloj.
El minutero y el tictac del paso del tiempo.
Luego ve Se ha escrito un crimen, que no le gusta pero es lo único que
hay.
Me está costando mucho escribir sobre el domingo. Plasmar la larga
sensación de vacío de los domingos. Sin correo, las máquinas cortando el
césped a lo lejos, la desesperanza.
O cómo describir que Henrietta se muere de ganas de que sea lunes por
la mañana. El clic, clic, clic de los pedales de la bicicleta del doctor y el
chasquido de la llave cuando se encierra en el despacho a ponerse su traje
azul.
—¿Ha disfrutado del fin de semana? —le pregunta Henrietta.
Él nunca contesta. Nunca dice hola o adiós.
Cuando el doctor se marcha y sale con la bicicleta, ella le aguanta la
puerta.
—¡Adiós! ¡Que se divierta! —dice sonriendo.
—¿Que me divierta? Por el amor de Dios, déjese de tonterías.
Aun así, por desagradable que sea con ella, Henrietta cree que existe un
vínculo entre los dos. El doctor tiene un pie deforme, una pronunciada
cojera, mientras que ella tiene escoliosis, una desviación en la columna.
Una joroba, de hecho. Ella es tímida y vergonzosa, pero entiende que él
pueda ser tan cáustico. Una vez le dijo que reunía las dos cualidades
necesarias en una enfermera… Ser «estúpida y servil».
Después de Se ha escrito un crimen, Henrietta se da un baño,
mimándose con perlas perfumadas de aroma floral.
Luego ve las noticias mientras se esparce la crema por la cara y las
manos. Ha puesto agua para el té. Le gusta el parte meteorológico. Los
pequeños soles sobre Nebraska y Dakota del Norte. Nubes de lluvia sobre
Florida y Luisiana.
Se estira en la cama a tomar una infusión relajante. Echa de menos su
vieja manta eléctrica, con el regulador BAJO-MEDIO-ALTO. La que tiene ahora
se anunciaba como la «manta eléctrica inteligente». La manta sabe que no
hace frío, así que apenas se calienta. Ojalá se calentara de verdad y la
reconfortara. ¡Demasiado lista, la condenada! A Henrietta se le escapa la
risa. Suena chocante en el pequeño dormitorio.
Apaga el televisor mientras toma la infusión, escuchando los coches que
entran y salen de la gasolinera Arco al otro lado de la calle. De vez en
cuando un coche se para con un frenazo junto a la cabina telefónica.
Después la puerta se cierra de golpe y el coche arranca y se aleja.
Oye un coche que se acerca despacio hacia los teléfonos. Dentro suena
jazz a todo volumen. Henrietta apaga la luz y levanta la persiana junto a su
cama, apenas una rendija. La ventana está empañada. En la radio del coche
suena Lester Young. El hombre que habla por teléfono sujeta el auricular
con la barbilla. Se pasa un pañuelo por la frente. Me apoyo en la repisa fría
de la ventana y le observo. Escucho el suave saxo de «Polka Dots and
Moonbeams». Escribo una palabra en el vidrio empañado. ¿Qué? ¿Mi
nombre? ¿El de un hombre? ¿Henrietta? ¿Amor? Sea cual sea, la borro
antes de que nadie la vea.

martes, 19 de mayo de 2020


SIN RESURRECCIÓN -  CAMILO BLAJAQUIS- César González-
 
Parlante detonado
que nadie pide apagar
sombras sin silueta
computadoras lentas
 
Yo
amante de las madrugadas
lamento que mi hocico ya no sea sensible
y no poder más morir sin freno de mano

mi religión ahora es huérfana
se murió mi resurrección
ahora cargo esta voluntaria fatiga
llevo este devenir mendigo

escondo deseos empresariales
vuelvo en cada frontera
tengo temor a estar callado
 
luego maldigo hablar
mis desechos solo se cagarlos
mis escombros no se reciclan
adentro mío habita un clamor sin verano

quieren que siga adentro de la celda
quieren que aprenda
a traer de nuevo el hueso.

domingo, 17 de mayo de 2020

El cuervo



El cuervo


Edgar Allan Poe

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente -me dije-, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.
no serás un cobarde.
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”
Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda -pensé-, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de “Nunca, nunca más.”
Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: “Nunca más,”
En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!
Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! -le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: Nunca más.”
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!


jueves, 14 de mayo de 2020

POEMAS DE BUKOWSKI


3 Horas, 16 minutos y 30 segundos…
Charles Bukowski

Se supone que soy un gran poeta
y tengo sueño por la tarde
sé que la muerte
es un toro gigantesco
dispuesto a embestirme
y tengo sueño por la tarde
sé que hay guerras y hombres que pelean en el ring
sé que hay buena comida, buenos vinos, buenas mujeres
y tengo sueño por la tarde
sé que hay una mujer que me ama
y tengo sueño por la tarde,
me inclino hacia el sol tras una cortina amarilla
y me pregunto:
¿Adónde habrán ido las moscas del verano?
Recuerdo la muerte tan sangrienta de Hemingway
y tengo sueño por la tarde.
Algún día no tendré sueño por la tarde
algún día escribiré un poema
que encenderá volcanes
en las colinas que están ahí fuera
pero ahora mismo tengo sueño por la tarde
y alguien me pregunta «Bukowski, ¿qué hora es?»
y yo contesto «3 horas, 16 minutos y 30 segundos».
Me siento muy culpable,
me siento asqueroso, inútil,
demente, tengo sueño
por las tardes,
están bombardeando iglesias,
bien, eso está bien,
los niños montan en ponys en los parques,
eso está bien,
las bibliotecas están llenas de miles de libros sabios,
hay música grandiosa encerrada dentro de la radio
y yo tengo sueño por la tarde,
tengo una rumba dentro de mí diciendo,
bah, deja que lo hagan los demás,
déjales que ganen,
déjame dormir,
el ingenio está a oscuras
barriendo la oscuridad como una escoba,
me voy a donde han ido la moscas del verano,
intentad atraparme.
.................


A solas con todo el mundo
Charles Bukowski

La carne cubre el hueso
y dentro le ponen
un cerebro y
a veces un alma,
y las mujeres arrojan
jarrones contra las paredes
y los hombres beben
demasiado y nadie encuentra al otro
pero siguen
buscando
de cama
en cama.
La carne cubre
el hueso y la
carne busca
algo más que
carne.
No hay ninguna
posibilidad:
estamos todos atrapados
por un destino
singular.
Nadie encuentra jamás
al otro.
Los tugurios se llenan
los vertederos se llenan
los manicomios se llenan
los hospitales se llenan
las tumbas se llenan
nada más se llena.
....................


Culminación del dolor
Charles Bukowski

Oigo incluso como ríen
las montañas
arriba y abajo de sus azules laderas
y abajo en el agua
los peces lloran
y toda el agua
son sus lágrimas.
Oigo el agua
las noches que consumo bebiendo
y la tristeza se hace tan grande
que la oigo en mi reloj
se vuelve perillas en la cómoda,
se vuelve papel sobre el suelo,
se vuelve calzador,
ticket de la lavandería,
se vuelve humo de cigarrillo
escalando un templo de oscuras enredaderas…
Poco importa
poco amor
o poca vida
no es tan malo.
Lo que cuenta
es observar las paredes
yo nací para eso.
Nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.

Esa pena de escoria


Charles Bukowski.-  Esa pena de escoria

El poeta Víctor Valoff no era un gran poeta. Tenía reputación local, les gustaba a las señoras y su mujer lo mantenía. Siempre estaba dando lecturas en las librerías locales y a menudo se le oía en la radio estatal. Leía con voz sonora y espectacular, pero el tono nunca variaba. Víctor siempre estaba en trance. Supongo que era eso lo que atraía a las damas. Algunos de sus versos, por separado, parecían tener alma, pero si los considerabas todos en su conjunto, te dabas cuenta de que Víctor nunca decía nada, aunque lo dijera a gritos.
Pero Vicki, como la mayoría de las señoras, se dejaba deslumbrar fácilmente por los cretinos e insistió en ir a una lectura de Valoff. Era un viernes por la noche y hacía bastante calor en la librería feminista-lesbiana-revolucionaria. No cobraban entrada. Valoff leía gratis. Y además habría una exposición de ilustraciones suyas después de la lectura. Sus ilustraciones eran muy modernas. Un toque o dos, normalmente en rojo, y un pequeño epigrama en un color que hiciese contraste. Las muestras de su sabiduría eran de este calibre: Me afecta mucho el cielo verde, lloro azul, azur, azul, azur, azul…
Valoff era inteligente. Sabía que azul podía nombrarse de dos modos.
Había por allí fotos de Tim Leary. Carteles de PROCESEMOS A REAGAN. A mí me dejaban indiferente los carteles de PROCESEMOS A REAGAN. Valoff se levantó y caminó hasta el podio, con media botella de cerveza en la mano.
—Mira —dijo Vicki—, mira qué cara. ¡Cómo tiene que haber sufrido!
—Sí —dije—, y ahora me toca a mí sufrir.
Valoff tenía un rostro bastante interesante… comparado con la mayoría de los poetas. Pero,
comparado con la mayoría de los poetas, casi todo el mundo lo tiene.
Victor Valoff comenzó:
Al este del Suez de mi corazón
comienza un zumbar zumbar zumbar
silencio sombrío, sombra silenciosa
y de pronto llega el verano
viene directamente como un
defensa driblando hasta llegar a la meta
de mi corazón.
Víctor gritó el último verso y, mientras lo hacía, alguien cerca de mí dijo:«¡Maravilloso!» Era una poetisa feminista local que se había cansado de los negros y se tiraba a un doberman en su dormitorio. Era pelirroja, con trenzas, ojos apagados, y tocaba la mandolina mientras leía su obra. Casi toda su obra se refería a algo relacionado con la huella de un bebé muerto en la arena. Estaba casada con un médico que no se dejaba ver (al menos tenía el buen sentido de no asistir a lecturas de poesía). Este doctor le pasaba una cantidad generosa para subvencionar su poesía y alimentar al doberman.
Valoff continuó:
Dique y duque y día derivado
fermentan tras mi frente
del modo más implacable
oh sí, del modo más implacable.
Avanzo dando tumbos a través de la luz y las tinieblas…
—En eso le doy la razón, mira —le dije a Vicki.
—Cállate, por favor —contestó.
«Con un millar de pistolas y un millar de esperanzas irrumpo en el porche de mi mente para asesinar a un millar de papas.»
Busqué mi mediana de cerveza, la destapé y bebí un buen trago.
—Oye —dijo Vicki—, siempre te emborrachas durante las lecturas. ¿Es que no puedes dominarte, hombre?
—Me emborracho con mis propias lecturas —dije—. Tampoco puedo soportar mi obra.
—Caridad engomada —continuaba Valoff—, eso es lo que somos, caridad engomada engomada engomada engomada caridad…
—Ahora dirá algo de un cuervo —dije.
—Engomada caridad —continuó Valoff— y el cuervo para siempre…
Se me escapó la risa. Valoff la reconoció. Me miró.
—Señoras y señores —dijo—, esta noche tenemos entre nosotros al poeta Henry Chinaski.
Se oyeron bisbiseos. Me conocían. «¡Cerdo sexista!» «¡Borracho!» «¡Hijo de puta!»
Eché otro trago.
—Continúa, por favor, Victor —dije.
Continuó.
…condicionada bajo la joroba del valor
el sintético rectángulo inminente y trivial
no es más que un gene en Genova
un cuadrúpleto Quetzalcoatl
y la china llora llora agridulce y bárbara
en su manguito.
—Es maravilloso —dijo Vicki—, pero ¿de qué está hablando?
—Habla sobre una mamada.
—Ya me parecía a mí. Es un hombre maravilloso.
—Espero que mame mejor de lo que escribe.
Pena, Dios santo, pena mía,
esa pena de escoria,
barras y estrellas de pena,
cataratas de pena,
mareas de pena,
pena a destajo
por todas partes…
—Esa pena de escoria —dije—. Me gusta eso.
—¿Ha dejado ya de hablar de mamadas?
—Sí, ahora dice que no se encuentra bien.
…una docena de panadería, primo de un primo admite la estrectomicina
y, propicio, devora mi
gonfalón.
Sueño el plasma de carnaval
a través de frenético cuero…
—¿Y qué dice ahora? —preguntó Vicki.
—Dice que ya está en condiciones de volver a mamar.
—¿Otra vez?
Victor leyó algo más y bebió algo más. Luego pidió un descanso de diez minutos y el público se levantó y se amontonó alrededor del podio. Vicki se acercó también. Hacía calor allí dentro y salí a la calle a tomar el fresco. Había un bar a media manzana. Pedí una cerveza. No había demasiada gente. En la tele daban un partido de baloncesto. Estuve viéndolo. Me daba igual quién ganase, claro. Mi único pensamiento era, Dios santo, cómo corrían aquellos tipos de un lado a otro, de un lado a otro. Deben de tener los suspensorios empapados de sudor. Y el ojo del culo debe de olerles a rayos. Tomé otra cerveza y volví a la guarida de la poesía. Valoff había empezado otra vez. Se le oía desde la calle, a media manzana de distancia.
Choke, Columbia, y los caballos muertos de
mi alma
me saludan a las puertas
me saludan durmiendo, historiadores
ven este tiernísimo pasado
que salta con
sueños de geisha, traspasado del todo de
impertinencia.
Encontré libre mi asiento junto a Vicki.
—¿Qué dice ahora? —me preguntó.
—No dice gran cosa, en realidad. Lo que dice en esencia es que no puede dormir por las noches. Debería buscarse un trabajo.
—¿Dice que debería buscarse un trabajo?
—No, eso lo digo yo.
…el lemming y la estrella fugaz son
hermanos, la disputa del lago
es El Dorado de mi
corazón. Ven toma mi cabeza, ven toma mis
ojos, zúrrame con consuelda…
—¿Y ahora qué dice?
—Dice que necesita una mujer gorda y grande que le dé marcha.
—No seas ganso. ¿De verdad dice eso?
—Los dos lo decimos.
… podría devorar el vacío,
podría disparar cartuchos de amor en la oscuridad
podría mendigar toda una India por tu regresivo estiércol…
En fin, Victor siguió y siguió y siguió. Una persona cuerda se levantó y se fue. Los demás nos quedamos.
…digo, arrastra los dioses muertos a través del
garranchuelo.
Digo la palma es lucrativa,
digo, mira mira mira
a nuestro alrededor:
todo amor es nuestro
toda vida es nuestra
el sol es nuestro perro al extremo de una correa
nada hay que pueda derrotarnos
a la mierda el salmón
no tenemos más que estirar la mano
no tenemos más que arrastrarnos y salir de
sepulcros evidentes,
la tierra, el barro,
la esperanza en tartán de acechantes injertos a nuestros propios
sentidos. Nada tenemos que tomar y nada que
dar, no tenemos más que
empezar, empezar, empezar…
—Muchísimas gracias —dijo Victor Valoff—, por haber venido.
El aplauso fue muy ruidoso. Siempre aplaudían. Victor estaba esplendoroso en su gloria. Alzó la misma botella de cerveza. Logró incluso ruborizarse. Luego sonrió, una sonrisa muy humana. A las damas les encantó. Bebí un último trago de mi botella de whisky.
Todos lo rodearon. Les daba autógrafos y contestaba sus preguntas. A continuación, sería la exposición de sus obras de arte. Conseguí sacar a Vicki de allí y subimos la calle hacia el carro.
—Lee con gran vigor —dijo ella.
—Sí, tiene buena voz.
—¿Qué te parece su obra?
—Muy fina.
—Creo que le tienes envidia.
—Entremos aquí a beber algo —dije—. Retransmiten un partido de baloncesto.
—Bueno —dijo ella.
Tuvimos suerte. El partido no había terminado. Nos sentamos.
—Caramba —dijo Vicki—, ¡mira qué piernas tan largas tienen esos tipos!
—Bueno, ahora te escucho —dije—. ¿Qué vas a tomar?
—Whisky con soda.
Pedí dos whiskies con soda y vimos el partido. Aquellos tipos corriendo de un lado a otro, sin parar. Maravilloso. Parecían muy emocionados por algo; no había mucha gente en el local. Fue lo mejor de la noche.
FIN


¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...