martes, 13 de julio de 2021

 

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

Henry James


Entre otras convicciones secretas, cual las que todos albergamos, Peter Brench estimaba como el más grande logro de su vida no haber emitido jamás un juicio comprometedor sobre la obra, como era denominada, de su amigo Morgan Mallow. En lo tocante a ella, según pensaba él honradamente, nadie podía, con veracidad, citar una sola opinión pronunciada por sus labios, y en ningún lado podía haber constancia de que, a ese mismo respecto, en ninguna ocasión ni tesitura alguna, hubiese mentido o hubiese proclamado la verdad. Semejante triunfo le parecía de relevancia capital aun siendo un hombre que había logrado otros triunfos: un hombre que había llegado a los cincuenta años, que había eludido el matrimonio, que había vivido sin dilapidar su fortuna, que desde muchos años atrás amaba a la señora Mallow sin decir palabra, y que, lo último en orden pero no en importancia, se había juzgado a sí mismo hasta los más íntimos recovecos. De hecho se había juzgado hasta tal punto que había sentenciado que la actitud que mejor le cuadraba era una gran humildad global; y, sin embargo, nada lo hacía tener mejor concepto de sí mismo que el recto rumbo que había logrado seguir pese a varios de los escollos precitados. De esta guisa, consideraba categóricamente un mérito que aquéllos de sus amigos en quienes más confianza tenía fueran precisamente aquéllos ante quienes guardaba la mayor reserva. Él no podía —al menos eso había decidido el excelente hombre— decirle a la señora Mallow que ella era la adorable causa única de su contumaz soltería; y tampoco decirle al marido que la visión de los innumerables mármoles que poblaban el taller de éste le causaba un sufrimiento cuya incisividad ni siquiera el tiempo había conseguido embotar. Sin embargo, su victoria, como ya he apuntado, en lo tocante a estas esculturas, no consistía sólo en haber callado que las abominaba; consistía además, heroicamente, en no haber intentado nunca obtener, como premio a su silencio, una dulce compensación de otro orden.

La situación entera, entre estas buenas gentes, era en verdad cosa digna de admiración, y probablemente no había ninguna que le fuese comparable en muchas leguas a la redonda del punto que nos incumbe: la zona londinense donde en aquella época los melodiosos declives de Hampstead principiaban a ser debelados por los quebrados ritmos de St. John’s Wood. Peter deploraba las estatuas de Mallow y adoraba a la esposa de Mallow, pero sentía considerable simpatía hacia Mallow, por quien, a su vez, él era igualmente apreciado. La señora Mallow exhibía gran admiración por las estatuas… aunque, si la apuraban, confesaba preferir los bustos; y su ostensible afecto por Peter Brench se debía al afecto que éste último le testimoniaba a Morgan. Por lo demás, cada uno de los tres amaba a los otros dos por la delicadeza con que trataban a Lancelot, el único y muy querido descendiente de los Mallow, en quien el amigo de la casa tenía al tercero —pero sin duda el más guapo— de sus ahijados. Desde su nacimiento, ninguno de la familia, ni siquiera el propio

niño, si hubiese sido posible consultarlo, habría hallado sujeto más cualificado que Peter para el papel de padrino. Por fortuna, todas estas notables personas gozaban, en el aspecto pecuniario, de cierto desahogo; de lo contrario, el Maestro no habría podido pasar sus solemnes Wanderjahre[9] en Florencia y en Roma ni continuar, junto al Támesis no menos que junto al Arno y el Tiber, amontonando una tras otra obras no vendidas y modelando, con lo que no tenía otro remedio que ser una pasión de todo punto desinteresada, fantaseadas cabezas de celebridades demasiado sumidas en la época o demasiado poco —demasiado ocupadas en vivir el presente o demasiado muertas y enterradas en el pasado— para concederle sesiones de «pose». Ni tampoco Peter, que se presentaba casi todos los días, habría podido encontrar los suficientes ratos de ocio para colaborar con su presencia a mantener toda esta complicada tradición de cosas. Él, el depositario de estos secretos, era hombre macizo pero bonancible: corpulento y recio y rubicundo y crespo, de entonaciones profundas, miradas profundas, bolsillos profundos, por no mencionar su hábito de las pipas largas, los sombreros flexibles y los trajes descoloridos entre parduscos y grisáceos, en apariencia siempre los mismos.

Se había entregado a «escribir», según se sabía, aunque nunca se hubiera entregado a hablar… a hablar, en particular, de eso; y daba la impresión (ya que, según se creía, continuaba cogiendo la pluma) de que prosiguiera su actividad literaria para tener algo más —como si, de suyo, aún no tuviera bastante— sobre lo cual callar. Sea como fuere, lo cierto es que sus ocasionales versos y prosas, ignorados de todos, le permitían afirmar ante su propia mirada la integridad de su buen gusto y comprobar paladinamente la interdependencia de la fama y la mediocridad. La puerta verde de su propiedad se abría en una tapia de jardín cuyo estuco lucía agrietado y desvaído, y, en la pequeña mansión a la que aquélla daba paso, todo era vetusto: el mobiliario, los sirvientes, los libros y los grabados, las costumbres inmemoriales y aun los arreglos más recientes. A diez minutos de allí, los Mallow tenían su propia residencia, bautizada como Villa Carrara, cuyo taller se levantaba sobre un pequeño terreno que éstos, en su feliz optimismo, habían anexado a la propiedad con el fin de edificar tal santuario del arte. Ello había sido posible por la buena suerte, si es que no habría que llamarla mala, de que la señora Mallow, al desposarse, hubiera aportado a su marido una dote suficiente para procurarle una mínima seguridad y permitirle así, respecto del arte del cincel, mantenerse en sus trece. Y en sus trece se mantenían —siempre se habían mantenido— el engolado escultor y su esposa, en favor de los cuales la naturaleza había rizado el rizo privándolos de toda conciencia de lo difícil. De escultor, Morgan lo tenía todo excepto el espíritu de Fidias: la casaca de terciopelo marrón, el berretto apropiado, el «aspecto plástico», los dedos melindrosos, un bonito acento italiano y un viejo fámulo traído de Italia. Parecía compensar todas sus ineptitudes cuando le ordenaba a Egidio en su lengua natal que hiciera girar alguno de los pedestales rotatorios que en el taller abundaban. En Villa Carrara todos eran muy italianizantes, y lo inconfesable del papel que este hecho representaba en la vida de Peter era, mayormente, que le aportaba, a fuer de británico a machamartillo, la justa cantidad de «extranjería» que era capaz de tolerar. Toda su Italia la constituían los Mallow, aunque en cierto modo era gracias a Italia por lo que le agradaban. Su sola preocupación era que Lance —así llamaban por abreviación a su ahijado— resultaba, a despecho de su educación en un colegio nacional, acaso una pizca demasiado italiano. Por otra parte, Morgan poseía el aspecto de la imagen aduladora que uno puede tener de sí mismo, semejante a aquéllas que cabe contemplar en esa gran sala del museo de los Uffizi dedicada a Autorretratos de Artistas. La única lamentación del Maestro era no haber nacido pintor en vez de escultor, a causa de su deseo de haber contribuido a la insigne colección sobredicha.

Con el tiempo se vio que Lance, de todas formas, sí que sentía la vocación de los pinceles; pues, cuando el muchacho frisaba ya en los veinte años, un buen día la señora Mallow le anunció al amigo, quien solía ser confidente de los problemas y preocupaciones más íntimos de la familia, que no parecía sino que en rigor de verdad no tenían más remedio que dejarlo seguir la carrera de pintor. Ya no podían permanecer insensibles ante la circunstancia de que no cosechaba ningún laurel en Cambridge, donde la facultad en que otrora había hecho Brench los estudios llevaba un año suavizándole las reprimendas únicamente por consideración a su padrino. Así, pues, ¿a qué obstinarse en la vana tentativa de formarlo para lo imposible? Lo imposible —ello ya estaba sobradamente claro— era que Lance pudiese llegar a ser otra cosa que artista.

—¡Oh, cielos, cielos! —exclamó el pobre Peter.

—¿Cómo? ¿No cree usted en ello? —preguntó la señora Mallow, quien, aunque cumplidos ya los cuarenta, había conservado unos ojos de un violeta aterciopelado, una lisa piel lustrosa y un suave cabello rojizo.

—Que si no creo ¿en qué?

—Pues en la pasión que siente Lance.

—No sé bien a qué se refiere con eso de «creer en su pasión». No se me había escapado, ciertamente, la propensión de Lance, desde su más tierna infancia, a enarbolar pinceles y mezclar colores; pero yo esperaba, lo confieso, que se le pasaría.

—Y ¿por qué habría de pasársele —preguntó ella con una hermosa sonrisa—, habida cuenta de los preciosos antecedentes familiares? Una pasión es una pasión… aunque claro está que, naturalmente, usted, mi buen Peter, no entiende nada de semejantes cosas. ¿Se ha extinguido la del Maestro alguna vez?

Por un momento, Peter apartó el semblante y, a su habitual manera informe, durante algunos instantes emitió un sonido intermedio entre un silbido atenuado y un rezongo reprimido.

—¿Cree usted que también él se convertirá en un Maestro? —preguntó.

Apenas si ella pareció dispuesta a llegar tan lejos, pero mostró, en conjunto, un aplomo maravilloso:

—Ya sé lo que quiere insinuar usted: ¿merecerá la pena una actividad que desencadenará las mismas envidias y suscitará las mismas maquinaciones que en ciertos momentos casi han resultado demasiado duras de soportar para el padre de Lance? Pues bien, contemos con ello, ya que nada excepto la trapacería, en la triste época en que vivimos, puede, por lo visto, asegurar el éxito, y ya que, si una maldición le ha otorgado el don del refinamiento y la exquisitez, uno fácilmente puede verse teniendo que mendigar el pan toda la vida. Pongámonos en lo peor: supongamos que él tenga la desgracia de volar tan alto que el gusto vulgar del ignaro populacho no pueda seguirlo. Recuerde, así y todo, la ventaja de que disfrutará él, la misma de que disfruta el Maestro. Él conocerá.

Peter semejó pesaroso:

—Ah, pero ¿qué es lo que conocerá?

—¡La felicidad interior! —exclamó la señora Mallow con entonación algo impacientada. Y se fue.

 

 

2

 

Naturalmente, Peter hubo de tener, poco después, una charla sobre aquello con el propio joven y oírle que, virtualmente, estaba ya todo decidido. Lance no iba a volver más a la Universidad e iba a marcharse a París, donde podría, ya que la suerte estaba echada, encontrar reunidas el máximo número de facilidades. Peter siempre había tenido la impresión de que era necesario aceptar a su ahijado tal como era, pero quizá nunca hasta este momento se había visto tan forzado a verlo como era realmente:

—Entonces, ¿es que abandonas Cambridge por completo? ¿No es bastante lamentable?

Al modo de ver del amigo, Lance se habría parecido a su padre si hubiese sido menos humorista y a su madre si hubiese sido más hermoso. Pero era una buena solución intermedia, para Peter, eso de que, a la manera de los jóvenes modernos, tuviera, a primera vista, más bien el aire de un corredor de bolsa que el de un artista en agraz. El muchacho hizo valer que se trataba de una cuestión de tiempo: le quedaban tantas experiencias por vivir, tantos hechos por observar. Había sostenido algunas conversaciones con sus camaradas y se había formado su opinión propia al respecto:

—En nuestros días —dijo— lo que importa, ¿sabe usted?, no es llegar a adquirir erudición, sino discernimiento.

Ante esto, su interlocutor emitió un gruñido:

—¡Oh, diablos, no quieras saber discernir! Lance se maravilló:

—¿Que «no» quiera saber discernir? Entonces, ¿qué tiene de bueno…?

        —Qué tiene de bueno ¿el qué?

—Pues… todo. ¿No confía usted en mi talento?

Peter aspiró su larga pipa, en silencio, durante un instante; después ahondó:

—No      es     el     discernimiento,         sino      la     ignorancia,        lo     que     (nos      lo     dicen excelentemente) nos da la felicidad.

—Entonces, ¿no cree usted que yo tenga talento? —insistió Lance.

Peter, según su costumbre de inesperados gestos bonachones, puso su brazo en torno al cuello de su ahijado y lo mantuvo así un momento, diciendo:

—¿Qué sé yo?

—¡Ah —dijo el joven—, si es su propia ignorancia lo que está usted tratando de defender…!

De nuevo, durante una pausa, sentado en el diván, el padrino fumó.

—No se trata de eso —dijo—. Yo tengo la desgracia de ser omnisciente.

—¡Ah, caramba —dijo Lance riendo de nuevo—, si sabe usted demasiado…!

—De eso se trata precisamente, y he ahí por qué soy tan desdichado. La jocundidad de Lance subió de punto:

—¿Desdichado usted? ¡Venga ya!

—Pero me olvidaba —completó su compañero— de que tampoco deberías saber nada de este asunto. Eso sería, también para ti, saber demasiado. Voy a comunicarte tan sólo mis intenciones. —Peter se levantó del diván—. Si aceptas volver a Cambridge, yo te pagaré todos los gastos.

Lance lo miró de hito en hito, un tanto pesaroso a despecho de sentirse todavía más divertido.

—¡Oh, Peter! —exclamó—. ¿Desprecia usted París, pues, hasta ese extremo?

—Caramba, le tengo miedo.

—Ah, ya lo entiendo.

—No, tú no entiendes nada… no aún. Pero acabarás entendiendo; es decir, corres el riesgo de acabar entendiendo. Y eso no es bueno.

El joven reflexionó más seriamente:

—Pero mi inocencia ya está…

—¿Ya        ha    recibido      golpes?      Oh,     ello     tiene     remedio      —siguió       Peter—;      la restauraremos aquí.

—¿Aquí? Entonces lo que usted desea, ¿es que permanezca en casa? Peter casi lo confesó:

—Caramba, estamos los cuatro tan bien como estamos, todos juntos… tan amparados unos por otros… Escucha, no lo eches a perder.

Ante esto, el joven, que ya se había tornado grave, pasó a la consternación, impresionado ante el muy sentido tono de su amigo.

—Entonces, ¿a qué se dedicaría servidor?

—A ser mi ahijado. Atiende, muchacho —y ahora Peter suplicó de veras—, yo me ocuparía de tu mantenencia.

   Lance, que con las piernas extendidas y las manos en los bolsillos había permanecido sentado en el diván, lo escudriñó con mirada desconfiada. Después se incorporó:

—Lo que usted piensa es que no tengo suficientes aptitudes, que no triunfaré.

—¿A qué te refieres con eso de triunfar? Lance reflexionó de nuevo, y respondió:

—Caramba, el mejor triunfo, creo, consiste en satisfacerse a uno mismo. ¿No es de eso precisamente de lo que, a despecho de las maquinaciones y todo lo demás, disfruta (a su especial modo inimitable) el Maestro?

Tantísimas cosas incluidas en esta pregunta pedían contestación simultánea, que lo que a efectos prácticos hizo fue poner fin a la conversación, la cual se volvió singularmente difícil a la luz de tamaña evidencia renovada de que, aunque posiblemente la inocencia del joven, durante el transcurso de sus estudios, como afirmaba él mismo, hubiera sufrido golpes, la quintaesencia de su candor permanecía intacta. Lo cierto es que ello era lo que Peter había dado por supuesto y lo que al propio tiempo deseaba por encima de todo; pero, debido a alguna perversión suya, la ingenuidad de Lance lo indignó. El joven creía en las maquinaciones y todo lo demás, creía en el especial modo inimitable, creía, en suma, en el Maestro. Uno o dos meses más tarde, no sólo Lance no había vuelto a Cambridge con todos los gastos pagados por su padrino, sino que además, quince días después del asentamiento de aquél en París, Peter le mandó cincuenta libras esterlinas.

Entretanto, en su país natal, Peter se había mentalizado para lo peor; y jamás lo que podía ser lo peor se le había prefigurado de una forma tan vívida como cuando, un domingo por la noche en que, como de costumbre, él acudió a casa de sus amigos para cenar, la señora de Villa Carrara lo saludó con una pregunta sobre —ni más ni menos— las riquezas de los canadienses. Ella hablaba en serio, hablaba casi con apasionamiento:

—Dígame: ¿hay muchos de ellos verdaderamente ricos?

Por fuerza él hubo de confesar no saber nada acerca de aquello, aunque posteriormente recordaría muchas veces esta velada. La habitación en que se hallaban estaba exornada con diversas muestras de la genialidad del Maestro, las cuales poseían el mérito de tener, como sugería a menudo la propia señora Mallow, unas dimensiones infrecuentemente oportunas. Eran dimensiones en efecto poco usuales en las creaciones del cincel y ofrecían la peculiaridad de que, si los objetos y los detalles destinados a ser pequeños parecían demasiado grandes, los objetos y los detalles destinados a ser grandes parecían demasiado pequeños. La intención del Maestro, fuese en este respecto o en cualquier otro, había permanecido, en casi todos los casos, incluso tras el paso de años, inescrutable para Peter Brench. Las creaciones que tan insuficientemente la exteriorizaban se erguían, un poco por todas partes, sobre pedestales y ménsulas, sobre mesas y estanterías: todo un pequeño pueblo blanco de fija mirada, heroico, idílico, alegórico, mítico, simbólico, en que la «proporción» se había desviado y extraviado de tal manera que la plaza pública y la repisa de la chimenea parecían haber intercambiado sus papeles, pues todo lo monumental resultaba diminuto y todo lo diminuto monumental; las obras de estas dos categorías, por otra parte, eran, innegablemente, miembros de una estirpe en la cual, singular fenómeno, cada estatua no ofrecía ninguna información acerca de su respectiva profesión, edad o sexo. Al igual que los Mallow, ellas mismas, este pueblo de estatuas, componían la familia del desdichado Brench: por lo menos le eran, en grandísima medida, íntimamente familiares. La coyuntura presente era de aquéllas que desde hacía mucho tiempo había aprendido a identificar y a definir: breves fogonazos de la débil llama, dulces ráfagas de un aire más clemente. Dos veces al año, con regularidad, el Maestro confiaba en su suerte, aparte confiar todo el año en su genio. Esta vez la prosperidad tenía que estar asegurada con una pareja de luto, procedente de Toronto, que acababa de hacer el magnifícente encargo: la ejecución de una tumba para tres niños difuntos, a quienes deseaban ver conmemorados, en el grupo escultórico, con un estilo a la par simbólico y realista.

Ése era naturalmente el trasfondo de la pregunta de la señora Mallow: al suponer que estos extranjeros eran adinerados, cabía creer, por la índole de la admiración de los mismos, así como por sus misteriosas alusiones (¡eran gente un poco extravagante!) dejadas caer a propósito de la posibilidad de otros encargos de este tenor funerario, en un patrocinio futuro; y no menos factible era que, si el Maestro conseguía adquirir una mínima notoriedad en aquellos lejanos pagos, una larga serie de clientes canadienses viniera inexorablemente a hacer sus pedidos. En otras ocasiones, Peter había visto afluencias de clientes coloniales o autóctonos, grupos de compradores que sin embargo habían producido poquísimos vacíos en la compañía marmórea que los rodeaba; pero se guardaba mucho, en circunstancias así, de hacer tambalearse tales ilusiones halagüeñas. Mientras duraban, constituían un bálsamo para la amargura ocasionada por las distinciones jamás obtenidas, el largo sufrimiento de las medallas y los diplomas constantemente otorgados a otros; y alimentaban, así, la lámpara destinada a lucir hasta el próximo eclipse. Ellos vivían, empero, al fin y a la postre —tal como siempre era maravilloso comprobarlo—, sobre un plan trascendente, apenas atentos a los altibajos de la existencia. Consentían, a veces, deliciosamente, en reconocer que el público, de cuando en cuando, no era demasiado infame como para desear comprar; pero jamás renunciaban a la muy honda convicción de que el Maestro era siempre demasiado excelso como para lograr vender. A menudo, Peter se decía que ellos estaban, sea como fuere, maravillosamente forjados para su destino: el Maestro tenía una vanidad, y su esposa una lealtad, cuyo mérito y encanto habrían sido disminuidos por el éxito, privándolas de inocencia. Cualquiera puede resultar hechicero si vive bajo un hechizo, y, cuando Peter miraba el mercenario mundo exterior, todavía más falto de equilibrio y armonía que el propio museo del Maestro, se preguntaba si alguna vez habría conocido a otra pareja tan por completo ajena a las infamias de lo corriente.

        —¡Qué mala pata que Lance no esté aquí presente para regocijarse con nosotros!

—suspiró aquella noche la señora Mallow durante la cena.

—Beberemos a la salud del ausente —repuso su marido, y llenó el vaso de su amigo y el suyo. Vertió una gota en el de su compañera y prosiguió—: De todos modos, esperemos que él alcance una felicidad menos parecida a la nuestra de esta noche (¡comprensible por otra parte, todo hay que admitirlo!) que a la serenidad (ésa que no depende de las circunstancias) de que nosotros siempre hemos podido disfrutar. ¡Esperemos que alcance —aclaró el Maestro, retrepándose en su sofá, bajo la grata luz de lámpara y junto al grato fuego de chimenea, alzando su vaso y paseando la mirada por su familia de mármol, monstruosa progenie más o menos presente en todas las habitaciones—, esperemos que alcance la felicidad que hay en la mera práctica hermosa de un arte!

Peter estudió su vino con aire un poco cohibido:

—¡Hum! Me importa poco el nombre con que califique usted la situación en que un artista permanece ignorado, mas es necesario que Lance sí aprenda a vender, creo yo. ¡Brindo por que él se haga con el secreto de la vil popularidad!

—Oh sí, él debe vender —concedió con sorprendente sinceridad la madre del muchacho, la cual había tenido que ser aún más, no obstante, como esta declaración semejó patentizarlo, la esposa del Maestro.

—Oh —dictaminó confiadamente, tras una pausa, el escultor—, Lance venderá.

No temas. Habrá aprendido.

—He ahí precisamente —comentó con malicia la señora Mallow— lo que exasperó a Peter (¿por qué diantres se mostró usted tan pérfido, Peter?) cuando Lance le habló sobre ello.

Cuando la dama de sus pensamientos lo miraba con afectuoso reproche —favor no infrecuente de su parte—, Peter nunca encontraba las palabras; pero el Maestro, que era la mismísima personificación de la donosura y el tacto, lo ayudó a salir de este trance como tantas veces lo había hecho:

—Es la manía de Peter, ya sabes, a propósito de la cual Peter y yo hemos diferido tantas veces: él sostiene la teoría de que el artista debe ser tan sólo impulso e instinto. Yo sostengo, evidentemente, que es necesario un poco de aprendizaje: no demasiado, pero sí en una proporción conveniente. Ahí tienes —terminó de explicarle a su esposa

— por qué protestó pensando en los riesgos que, ya ves, podría correr Lance.

—Ah, claro —y a través de la mesa volvió a orientar la señora Mallow sus ojos violeta hacia el suscitador de aquella explicación—, él sólo podía tener, por supuesto, buenas intenciones; pero ello no quita que, si Lance hubiera seguido su consejo, él habría resultado, a la hora de la verdad, horriblemente cruel.

Ellos tenían una forma cordialmente bromista de hablar de Peter en su propia presencia como si éste fuese de arcilla o —a lo sumo— de yeso, e, invariablemente, el Maestro se mostraba magnánimo. Se habría dicho que ordenaba a Egidio que lo hiciese girar en su pedestal.

        —Oh, pero el pobre Peter —dijo— no andaba tan equivocado al hablar de las cosas que quizá, al fin y al cabo, esté aprendiendo Lance.

—Huy, no creo que se trate de nada grave en lo referente a sus planes artísticos — insistió ella… todavía, al parecer del pobre Peter, picara y traviesa.

—En efecto: se tratará tan sólo de las pequeñas triquiñuelas a la francesa —dijo el Maestro; ante lo cual su amigo tuvo que fingir reconocer, presionado por la señora Mallow, que había sido únicamente su recelo hacia esos vicios estéticos lo que había motivado sus inquietudes.

 

 

3

 

—Ahora ya sé —le dijo Lance al cabo de un año— por qué se opuso usted a mi proyecto. —De vuelta a su país, naturalmente por un corto plazo de tiempo, el joven se inclinaba a permanecer en Villa Carrara, donde había hecho ya, dos o tres veces tras su partida, breves reapariciones. Su presente estadía se anunciaba como un periodo de vacaciones más prolongado—. Me ha sobrevenido algo bastante terrible. No es tan bueno esto de saber la verdad.

—He de decir que efectivamente no tienes alegre el semblante —se vio Peter forzado a convenir bastante pesarosamente—. De todos modos, ¿estás segurísimo de que la sabes?

—Cuando menos, sé todo lo que puedo soportar. —Estas observaciones eran intercambiadas en la residencia de Peter, y el joven, fumando un pitillo, estaba junto a la chimenea con la espalda vuelta al fuego. Era cierto que la expansividad de su juventud parecía haberse apaciguado ya un poco.

El pobre Peter quedó impresionado:

—Caramba, ¿has comprendido realmente los motivos personales que yo tenía para no querer que fueras a París?

—¿Personales? —Lance reflexionó—. Me parece que, en lo atinente a motivos personales, sólo puede haber uno.

Permanecieron un momento sondeándose el uno al otro.

—¿Estás completamente seguro?

—¿Completamente seguro de ser un fracasado sin una sola pizca de talento?

Completamente. Desde hace algún tiempo.

—¡Ah! —Y Peter se volvió de espaldas, se habría dicho que casi tranquilizado.

—Ése es el poco agradable descubrimiento que he hecho.

—Oh, «ése» no me preocupa —dijo Peter, tornando a encararlo a renglón seguido

—. Quiero decir que, personalmente, me es igual.

—¡No obstante, reconocerá usted que a mí no me es igual!

—Vaya, ¿qué pretendes decir con eso? —preguntó Peter con escepticismo.

 

Y, ante esto, Lance hubo de explicar… cómo su aprendizaje en París sólo había servido para enseñarle implacablemente las dudosas características de su talento. Su aprendizaje lo había iluminado, de tal manera que una luz nueva refulgía en sus ojos; pero esta luz había tenido por efecto desvelarle demasiadas cosas:

—¿Sabe usted la causa de mi sufrimiento? Un exceso de inteligencia. En el fondo, París era el último lugar adonde habría debido ir. He aprendido a darme cuenta de mis insuficiencias.

El pobre Peter quedó conmovido: lo que Lance había recibido era un mazazo; pero, incluso tras la larga conversación durante la cual el joven anunció, sin ambages, la dura verdad que había aprendido a sus propias expensas, su amigo traslució menos satisfacción que la que en casos parecidos se manifiesta en un semblante connotador del suave comentario: «Ya te lo había advertido yo». En esta ocasión el pobre Peter aludió tan poco a lo que ya le había advertido él, que, uno o dos días más tarde, Lance no pudo menos que retomar la cuestión:

—¿Qué era lo que (antes de mi partida) en realidad temía usted que yo descubriese?

Esto, empero, Peter rehusó contestárselo: le argumentó que si él solo no lo había adivinado ya, probablemente jamás lo adivinaría, y que en tal caso resultaba contraproducente, para ambos a dos, sin ningún género de dudas, formular el motivo de sus temores. Lance lo atalayó, al calor de esto, durante unos instantes, con la insolente curiosidad de la juventud… incluso con el aire de que estuviesen cruzándole el espíritu dos o tres hipótesis plausibles, alguna de las cuales debería ser certera. Sin embargo, Peter, dándose la vuelta otra vez, no le ofreció ninguna ayuda, y cuando se separaron, el joven realizó uno que otro aspaviento de irritación. Congruentemente, en su siguiente encuentro, Peter discernió a simple vista que, durante el intervalo, Lance lo había adivinado todo y que, para hablarle de ello, tan sólo estaba esperando a que se presentase la ocasión propicia. Se las compuso para facilitarle pronto otra entrevista, y su ahijado espetó sin rodeos:

—¿Sabe usted que su enigma me impedía dormir? Pero durante mis meditabundas vigilias me llegó la respuesta… y, a fe mía, me hizo estallar en carcajadas. ¿Supone usted que realmente me hacía falta ir a París para descubrir eso?

—Al verlo, incluso en este instante, mantener su reserva con tan sublime heroísmo, el joven amigo de Peter no pudo menos que echarse a reír de nuevo—: ¿No dará usted ninguna señal de asentimiento antes de cerciorarse por completo? ¡Admirable viejo Peter! —Pero Lance finalmente se explayó—: Pues bien, diablos, se trata de la verdad sobre el Maestro.

Esto provocó por ambas partes, durante los siguientes momentos, un vívido pasaje, en que cada uno de ellos se asombró ante el asombro del otro.

—Pero, entonces, ¿desde cuándo sabías…?

—… ¿el valor exacto de su obra? Lo supe —dijo Lance, haciendo un esfuerzo memorístico— desde que empecé a enterarme de la realidad de las cosas. Aunque

reconozco que no lo vi con absoluta claridad hasta que estuve là-bas.

—¡Piedad, piedad! —se lamentó Peter con un terror retrospectivo.

—Pero ¿por quién me tomaba usted? Yo soy un inepto incurable: eso sí ha habido necesidad de que me lo metieran a la fuerza en la cabeza. ¡Pero, al menos, no soy tan inepto como el Maestro! —declaró Lance.

—Entonces, ¿por qué nunca me dejaste ver…?

—… ¿que yo, a fin de cuentas —completó el joven—, no era tan idiota? Pues precisamente porque nunca me había imaginado que usted sabía. Pero le pido perdón. Sencillamente quería ahorrarle desconciertos. Y lo que ahora no se me alcanza es cómo diantres, en tal caso, ha conseguido usted mantener su boca cerrada durante tanto tiempo.

Peter le brindó la explicación, pero sólo después de cierta demoranza y con una gravedad no exenta de balbuceos:

—Fue por tu madre.

—¡Oh! —dijo Lance.

—Y ahora eso es lo primordial, ya que se ha descubierto el pastel. Te exijo una promesa. Me refiero —y Peter se explicó casi febrilmente— a un juramento por tu parte, un juramento solemne que debes hacerme aquí ahora mismo: el de sacrificar cualquier cosa antes que dejarla descubrir…

—… ¿lo que yo descubrí? —Lance lo meditó—. Comprendo. —A las claras, tras un instante, ya había meditado muchísimo—: Pero ¿qué es lo que usted cree que podría yo verme en la coyuntura de sacrificar?

—Oh, siempre se posee algo susceptible de tener que ser sacrificado. Lance lo miró intensamente:

—¿Quiere eso decir que usted ha tenido que…? —Sin embargo, la mirada que recibió en correspondencia eludió esta interrogante tan drásticamente que el joven se apresuró a abordar otra vertiente del asunto—: ¿Está usted verdaderamente seguro de que mi madre no sospecha nada?

Tras renovadas cavilaciones, Peter estuvo verdaderamente seguro:

—Si lo sabe, entonces es que es de todo punto extraordinaria.

—Pero ¿no somos todos aquí unos fenómenos?

—Sí —concedió Peter—; pero de modos diferentes. Lo que te exijo es de cabal importancia porque el restringido público de tu padre, como bien sabes —se extendió Peter—, se compone de… a ver, ¿de cuántas personas?

—En primer lugar —tuvo el hijo del Maestro la audacia de decir— de sí mismo.

Y en último lugar, también. No sé de otra persona.

Peter tuvo un asomo de irritación:

—Y de tu madre, córcholis, siempre. Lance lo reconsideró.

—¿Tiene usted absoluta certeza?

—Absoluta.

        —Bien, pues con usted ya son tres.

         —¡Oh, conmigo! —Y Peter, con un ademán de su vieja cabeza benévola, se minimizó modestamente—: El grupo es, de todos modos, tan exiguo que una disidencia, si llegare a producirse, se dejaría notar cruelmente. ¡Por consiguiente, en resumidas cuentas, esfuérzate, mi querido muchacho (eso lo es todo), en no escindirte tú del grupo!

—¿Tengo que perpetuar la farsa? —gimió Lance.

—Precisamente ha sido para ponerte en guardia contra los peligros de una defección por tu parte el motivo de que yo haya preparado esta ocasión.

—Y ¿en qué cree usted —preguntó el joven— que consisten concretamente esos peligros?

—Pues mira, desde el momento en que tu madre, capaz de tan apasionadas emociones, sospechase tu secreto… vaya —dijo Peter porfiadamente—, eso sería como encender un reguero de pólvora.

Pareció, por unos momentos, que Lance siguiera con su mirada el recorrido de la llama:

—¿Ella me repudiaría?

—Ella lo repudiaría a él.

—Y ¿se sumaría a nuestro bando?

Antes de contestar, Peter apartó el semblante.

—Se sumaría a tu bando. —Pero con esto ya había dicho lo suficiente para describir (y, según esperaba manifiestamente, para evitar) la horrenda posibilidad.

 

 

4

 

Durante los seis meses siguientes, empero, sus temores se renovaron, con toda virulencia, más de una vez. Lance había regresado a París para intentarlo de nuevo; después de ello volvió al redil, y tuvo con su padre, por vez primera en su vida, una de esas escenas que hacen saltar chispas. Con mucha expresividad, el joven se la narró a Peter, respecto del cual —ello era algo sin precedentes— constituía una manifestación de reserva inusitada por parte del matrimonio de Villa Carrara el que en esta ocasión rehusaran, tratándose de una cuestión de orden íntimo, espontanearse —ya que no con júbilo, entonces con consternación— ante su excelente amigo. Acaso esto produjo, a efectos prácticos, entre las dos partes, una ligera frialdad y un cierto espaciamiento en sus amistosas relaciones… patentizados primordialmente por la circunstancia de que, para estar en condiciones de hablar a sus anchas con su viejo compañero de juegos, Lance debiera, normalmente, ir a visitarlo en su residencia. De esta guisa surgieron entre ellos las más estrechas, aunque desde luego no las más jocosas, relaciones mutuas que tuvieran jamás. El malestar del pobre Lance se debía a

la tensión que primaba en su hogar, engendrada por el hecho de que su padre deseaba que llegase, como mínimo, al grado de triunfo a que había llegado él. Lance no había

«renunciado» a París, no obstante tener la vivida sensación de que París había renunciado a él; estaba dispuesto a regresar allí por la fascinación que le producía ensayar, ver, sondear las profundidades: aprender la lección, en definitiva, aun cuando la lección consistiese simplemente en percatarse de la impotencia propia al desarrollarse el sentido crítico propio. En cambio, el Maestro, ensimismado en su mediocre fecundidad, ¿qué sabía acerca de la impotencia y qué sentido crítico digno de tal nombre había desarrollado en toda su vida de altivez? Enardecido e indignado, Lance recabó con franqueza el parecer de su padrino.

A Lance, por lo visto, su padre lo había reprendido con dureza, pues no podía perdonarle no tener, después de tanto tiempo, ninguna obra que enseñarle, y esperaba que, tras su próxima ausencia, ya hubiese subsanado tamaña omisión. Lo esencial, según explicaba el Maestro con complacencia, consistía —para todo artista, aunque no fuese tan grande como él— en al menos «producir» obras. «¿Qué eres tú capaz de producir? ¡Es todo lo que te pido!». Desde luego que él había producido suficientemente, y no cabía duda de que tenía obras que enseñar. A Lance le aparecieron lágrimas en los ojos cuando le confesó a su viejo amigo cuán duro era el «sacrificio» que éste le exigía. No le era fácil mantener una farsa absurda —la de hijo admirador de su padre— después de haberse visto escarnecido por no desear ser una nulidad prolífica. Pero Peter, una vez al corriente de la situación, insistió en imponerle una noble hipocresía; y, durante cierto tiempo, su joven amigo, aun amargado y herido, se las industrió para seguir procurándole ese consuelo lealmente. Cincuenta libras esterlinas recompensaron, todo hay que decirlo, más de una vez, tanto en Londres como en París, la lealtad del joven amigo… no menos eficazmente, sin duda, ahora, por ser informado de que tal dinero no era sino un adelanto sobre un cuantioso legado cuyo último destino Peter había determinado secretamente desde hacía mucho tiempo. Mediante estas artes u otras, en todo caso, el justo furor de Lance pudo ser aplacado durante una temporada… aunque sólo durante una. Día llegó en que Lance le advirtió a su padrino que ya no podía resistirlo más, o, mejor dicho, que le era imposible contenerse. En Villa Carrara había tenido que aguantar otro sermón pronunciado con gran rimbombancia: imposición ésta más onerosa, a esas alturas, de lo que, sin la posibilidad de contraatacar o decirle al Maestro cuatro verdades, podía soportar un ser de carne y hueso.

—Y yo no me explico —observó Lance con cierta irritación por echar en falta los miramientos que, a fin de cuentas, pensándolo bien, le eran debidos a él mismo—, no me explico, a fe mía, cómo puede usted, al punto a que han llegado las cosas, seguirle el juego.

—Oh, para seguirle el juego me es preciso tan sólo retener la lengua —dijo Peter con calma—. Y además tengo mis motivos.

—¿Siempre mi madre?

    Peter evidenció su turbación como solía hacerlo; vale decir, apartó el semblante bruscamente.

—¿Qué quieres que le haga? Jamás he dejado de sentir cariño hacia ella.

—Es hermosa, y es un cielo de mujer, no cabe duda —concedió Lance—; pero, en definitiva, ¿qué es lo que representa ella para usted, y qué interés tiene usted en lo que ella haga o deshaga?

Peter, que se había arrebolado, hizo una breve tregua. Después contestó:

—Bueno, es por las reacciones que sus reacciones me producirían a mí. Ahora hubo, empero, en su joven amigo, una insistencia extraña, intencional:

—En definitiva, ¿qué es lo que representa usted para ella?

—Huy, nada. Pero eso no hace al caso.

—Ella sólo ama a mi padre —dijo Lance el parisiense.

—Naturalmente, y he ahí precisamente mis motivos.

—¿Por qué desea usted evitárselo?

—Porque ella lo ama tan apasionadamente.

Lance dio una vuelta por la habitación, aunque con la mirada siempre clavada en su anfitrión, y dijo:

—¡Ha debido usted sentir hacia ella un tremendo… cariño!

—Tremendo. Siempre —dijo Peter Brench.

Por un momento el joven prosiguió meditando; después tornó a colocarse delante de Peter:

—¿Sabe usted hasta qué punto ella lo ama a él? —Ante esto se cruzaron los ojos de ambos, mas Peter, como si su mirada entreviese algo nuevo en la de Lance, pareció vacilar, por vez primera en muchísimo tiempo, en decir que lo sabía todo—. Yo lo he sabido hace nada —dijo Lance—. Ayer por la noche, ella se presentó en mi habitación después de haber estado presente, silenciosa, con los ojos fijos en mí, en la escena que con él hube de arrostrar; se presentó… y estuvimos hablando juntos a lo largo de una insólita hora.

Lance hizo aún una pausa, y de nuevo se sondearon el uno al otro durante unos instantes. Entonces, una luz súbita, que lo hizo palidecer, iluminó a Peter:

—¿Ella lo sabe?

—Ella lo sabe. Me lo confesó todo… para pedirme a mí tan sólo eso, como dijo ella: eso de lo cual ella ha sido capaz. Ella siempre, siempre lo ha sabido —dijo Lance, sin piedad.

Peter quedó mudo un largo rato, durante el cual su ahijado habría podido escuchar su silencioso gemido profundo y, si le hubiese puesto encima una mano, habría podido advertir en él la vibración de una prolongada exclamación reprimida. Para cuando Peter habló, por último, ya había apurado su cáliz:

—En tal caso, me doy cuenta de con cuánta pasión…

—¿Verdad que es prodigioso? —dijo Lance.

—Prodigioso —musitó Peter.

        —¡Conque si todo su esfuerzo por alejarme de París no tenía otro fin que el de preservar mi ignorancia…! —exclamó Lance con un gesto que simbolizó elocuentemente el fracaso de aquella tentativa.

Habría podido ser dicho fracaso lo que Peter pareció contemplar detenidamente por unos momentos.

—¡Creo que sobre todo (sin que fuese yo consciente de ello en su momento) tenía el fin de preservar mi ignorancia! —repuso finalmente éste, apartando el semblante.

 

El relojero

Robert Louis Stevenson

La garrafa estaba colocada sobre una mesa, en medio de la habitación. Hacía casi una semana que nadie entraba por la puerta; la sirvienta era descuidada y no había cambiado el agua desde hacía un mes. La raza dirigente de los animálculos había alcanzado así una gran antigüedad y ellos estaban muy avanzados en sus estudios científicos. Su principal deleite era la astronomía; los filósofos se pasaban los días contemplando los cuerpos celestes, la sociedad se complacía en comentar las distintas teorías. Dos ventanas, una que daba al este y otra al sur, les daban dos años solares de distinta duración; el segundo se mezclaba con el primero y el primero volvía a suceder al segundo después de un intervalo de oscuridad. Muchas generaciones nacían y perecían durante la noche; la tradición de un sol se vio debilitada, de modo que los pesimistas abandonaron la esperanza de que volviera a salir; y la luna, que entonces estaba llena, engañó a algunos de los más sabios. No fue sino hasta el sexto año solar largo que apareció un animálculo de intelecto inigualable; él destronó la ciencia anterior y dejó un legado de discusión.

Su hipótesis puede llamarse La Teoría del Cuarto. Era errónea en partes. El cuarto no estaba lleno de agua potable; tampoco estaban hechas sus paredes de la misma sustancia que el mantel. Pero, en la mayor parte de los puntos, la teoría concordaba burdamente con los hechos; y su autor había calculado la posición relativa de la garrafa, la mesa, las paredes, los adornos de la repisa de la chimenea y el reloj de ocho días hasta el millonésimo lugar de los decimales, pues sus métodos e instrumentos eran exquisitamente finos. Hasta ahora, los más escépticos reconocían sus méritos. Pero el filósofo era un hombre de mente devota y obediente; y había decidido aceptar y basarse en una leyenda de su raza. En la antigüedad, antes del surgimiento de la ciencia, se decía que el espacio amarillo y oblongo, situado en la pared que daba al norte, se había abierto y un objeto, cuyo tamaño descomunal superaba la imaginación, había aparecido y, durante algunas generaciones, se había movido visiblemente en el espacio. Una luz, a decir de algunos más brillante que el sol, según otros apenas más brillante que la luna, acompañó al meteoro en su órbita. Mientras tanto, la garrafa fue sacudida por tronidos e inexplicables convulsiones; los costados del universo se oyeron crepitar; una detonación final señaló el momento de su desaparición; y, cuando los animálculos se recobraron del susto, vieron que el espacio amarillo y oblongo de la pared que daba al norte había retomado su aspecto natural. Tal fue el informe de los historiadores serios y críticos; en boca de los incultos, la versión era otra. “En la antigua era del canibalismo”, decían ellos, “un animálculo asombrosamente enorme atravesó el muro; tenía el sol en una garra; el movimiento de su nado sacudió la garrafa entera; y antes de volver a salir, le hizo algo al reloj”. Para asombro de la sociedad, esta versión popular fue la que el filósofo aceptó. Un coloso que llevaba una luz, parecido al que había sido observado, caminaba conforme a periodos establecidos cerca de las paredes exteriores de la habitación; y el hecho de que pasara, primero frente a una ventana y luego frente a la otra, explicaba los años solares. Pero el filósofo fue aún más lejos. En el Cosmos animalcular existía un elemento de anormalidad superlativa: el reloj, con su péndulo, su esfera y sus manecillas. Varias generaciones de observadores habían demostrado, de modo irrefutable, que el péndulo se balanceaba, que las manecillas reptaban por la esfera, que el fenómeno de las campanadas ocurría a intervalos aproximadamente iguales y que al menos era posible concebir una relación entre estos intervalos y la procesión de las manecillas. Pronto, la atención se fijó en el reloj; las pruebas de la existencia de algún propósito en la creación se centraron allí; el creador, que hablaba con oscuras palabras en sus demás obras, parecía emitir una voz auténtica en el reloj; y el teísmo y el ateísmo trabaron combate en torno a la cuestión del Relojero. El Newton animalcular era relojerista; y se arriesgó a hacer la osada conjetura de que el coloso que llevaba una lámpara alrededor de la habitación se vería obligado a regular sus movimientos de acuerdo con el tiempo del reloj.

Entre los piadosos, las interrogantes del filósofo pronto se erigieron en doctrinas de la iglesia. El coloso de la leyenda fue identificado con el sol, junto con el creador del reloj. El culto al relojero reemplazó las religiones anteriores, la veneración del agua, la veneración de los ancestros y la adoración bárbara de la repisa de la chimenea; a él le fueron atribuidas todas las virtudes; y todo el comportamiento animalcular de buen tono quedó reunido bajo la rúbrica de Comportamiento Relojeroso. Mientras tanto, el otro bando clamaba a favor del animalculomorfismo. El filósofo había declarado que todo el espacio estaba ocupado por el agua; no había nada menos comprobado, nada menos comprobable; más allá de la piel interna de la botella, el agua dejaba de existir; y, si éste era el caso, ¿en dónde quedaba el relojero? La vida implicaba agua, el pensamiento implicaba agua. Nadie que no viviera en el agua podía concebir la idea del tiempo, ¡mucho menos la de un reloj! Examinen su hipótesis (decían los relojeristas) y todo se reduce a esto: una criatura que vive en el agua ¡viviendo fuera del agua! ¿Pueden acaso los animálculos razonables entretenerse con semejante absurdo? Y admitiendo lo imposible, admitiendo (únicamente con el propósito de aclarar la cuestión) que la vida y el pensamiento existen más allá de las paredes de la garrafa, ¿por qué no se manifiesta el Relojero? Sería sencillo para él comunicarse con los animálculos; cuando creó el reloj, le habría sido fácil colocar sobre la esfera señales inteligibles (por ejemplo, la proposición cuadragésima séptima) o incluso (si acaso le hubiera importado) algún medidor del paso fugaz del tiempo; y en vez de eso, a distancias que más o menos se aproximan a la igualdad, tienen lugar esas marcas sin sentido, que probablemente son el resultado del ebullicionismo. Entonces, si acaso existe un relojero, hay que figurárselo como un frívolo y maligno sinvergüenza, que creó la garrafa, la mesa y la habitación con el único objeto de regodearse con las tribulaciones de los animálculos. Semejantes opiniones hallaron una expresión más violenta en boca de los poetas contemporáneos; la infame “Oda a un Relojero”, que estremeció a la sociedad, empezaba más o menos así:

Enormes son tus pecados,
Enormes como una garrafa entera.
Relojero, yo te reto.
Tu crueldad es mayor que la de un jarrón sobre la repisa de la chimenea,
Y redonda como la esfera del reloj.
Eres fuerte, te jactas de ello;
Eres astuto e inventas cronómetros;
¡Vanas son tu fuerza y astucia!
Basta con que un solo animálculo honrado te mire a los ojos,
Y quedas vencido en medio de tus instrumentos.
Palideces y te ocultas en la trastienda.

El sentir universal fue que el poeta había llegado demasiado lejos. Si en efecto existía un relojero, cabía suponer que no toleraría que esas declaraciones quedaran impunes; cabía temer que toda la garrafa se vería implicada en su venganza. Después de un juicio en donde él se vanaglorió de sus horrendos sentimientos, el poeta fue condenado y públicamente destruido; y, durante algunas generaciones, este acto de rigor frenó el espíritu del libre pensamiento.

Todos esperaban con ansia el amanecer del séptimo año solar doble. Al acercarse el momento, todos los telescopios que había en la botella se dirigieron hacia la ventana que daba al este o hacia el reloj; y una vez que el acontecimiento hubo tenido lugar y mientras se preparaban los cálculos, las muchedumbres esperaron afuera de las casas de los astrónomos, algunos rezando, otros haciendo irreverentes apuestas sobre el resultado. Éste no fue concluyente. El reloj y el sol no tenían ninguna relación precisa de concordancia; a los fieles más ardientes les fue imposible proclamar su triunfo. Mas la discrepancia era pequeña; y el más firme de los librepensadores fue consciente de la existencia de una duda íntima.

En El Relojero revelado en todas sus obras, El Relojero reivindicado y La verdadera ciencia relojerosa exhibida y justificada, los piadosos buscaron disimular su desilusión; en obras de distinta naturaleza, los librepensadores magnificaron su victoria. Conforme pasaban las horas y una generación sucedía a otra, todos percibieron que la fe había sido sacudida. La creencia en un Relojero decayó de forma estable; y pronto el reloj mismo, con sus movimientos disminuidos y su regularidad irregular, se convirtió en un tema de burla para los bromistas.

En medio de todo esto, se vio abrirse el espacio amarillo y oblongo de la pared que daba al norte y el relojero entró y procedió a darle cuerda al reloj.

El cambio fue total; los animálculos de todas las edades y condiciones sociales se apiñaron en los lugares de culto; la garrafa retumbó con salmos; y, de un extremo a otro de la botella, no hubo ninguna criatura consciente que no hubiese sacrificado todo lo que poseía con tal de prestarle un servicio al relojero.

Cuando acabó de darle cuerda al reloj, el relojero divisó la garrafa; y como tenía sed por haber tomado cerveza la noche anterior, la apuró hasta las heces. Después, por espacio de tres semanas, yació en cama, enfermo; y el médico que lo atendía mandó sanear todo el suministro de agua de esa parte de la ciudad.

martes, 6 de julio de 2021

El huésped de Drácula

 

El huésped de Drácula

Bram Stoker


Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d’hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:

-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.

Johann le contestó con un enfático:

-Ja, mein Herr.

Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.

Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:

-Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?

Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:

-Walpurgis Nacht.

Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije:

-Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.

Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:

-Walpurgis Nacht!

Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal…. y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:

-Enterrados…, estar enterrados los que matarse ellos mismos.

Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.

-¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!

Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.

Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:

-Suena como lobo…, pero no hay lobos aquí, ahora.

-¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?

-Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.

Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo:

-La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.

Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.

Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.

-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo.

Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:

-Es maldito.

-¿Qué es lo que es maldito? -inquirí.

-El pueblo.

-Entonces, ¿hay un pueblo?

-No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.

Me devoraba la curiosidad:

-Pero dijo que había un pueblo.

-Había.

-¿Y qué pasa ahora?

Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!…. y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no…. no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:

-Tiene usted miedo, Johann… tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann… La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.

Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.

Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.

Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.

Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.

El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.

Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.

Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.

En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.

Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:

CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801

En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.

Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:

Los muertos viajan de prisa

Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!

La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo…, sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.

Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos… Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.

Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.

Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla…, una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.

Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.

Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.

Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.

-¡Buenas noticias, camaradas! -gritó-. ¡Su corazón todavía late!

Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:

-¿Lo hallaron?

La respuesta fue apresurada:

-¡No! ¡No! ¡Vámonos…. pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!

-¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.

La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.

-¡Era… era… una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.

-¡Era un lobo…, sin embargo, no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose.

-No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.

-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto.

-Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él… ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.

El oficial miró mi garganta y replicó:

-Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.

-¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial.

-Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.

El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.

Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.

-¡Un gran perro! Eso no era ningún perro -interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.

El joven oficial le respondió con calma:

-Dije un perro.

-¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:

-Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.

Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.

Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d’hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.

-Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?

Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:

-Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.

-Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté.

-El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.

-¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?

-¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:

BISTRITZ

«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. – Drácula.

Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d’hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas…, y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.

FIN


lunes, 5 de julio de 2021

LEWIS CARROLL (Charles Lutwidge Dogson; 1832-1898)

 

LEWIS CARROL -. Alicia en el país de las maravillas;

Fragmento del capitulo 6

 

El Gato, cuando vio a Alicia, se limitó a sonreír. Parecía tener buen carácter, pero también
tenía unas uñas muy largas Y muchísimos dientes, de modo que sería mejor tratarlo con
respeto.

--Minino de Cheshire --empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le
gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que
Alicia decidió que sí le gustaba--.
Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de
aquí?
--Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar --dijo el
Gato.
--No me importa mucho el sitio... --dijo Alicia.
--Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes --dijo el Gato.
--... siempre que llegue a alguna parte --añadió Alicia como explicación.
--¡Oh, siempre llegarás a alguna parte --aseguró el Gato--, si caminas lo suficiente!


A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra pregunta:
¿Qué clase de gente vive por aquí?
--En esta dirección --dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha-- vive un
Sombrerero. Y en esta dirección --e hizo un gesto con la otra pata-- vive una Liebre de
Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.
--Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca --protestó Alicia.
--Oh, eso no lo puedes evitar --repuso el Gato--. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco.
Tú estás loca.
--¿Cómo sabes que yo estoy loca? --preguntó Alicia.
--Tienes que estarlo
--afirmó el Gato--, o no habrías venido aquí.


Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus preguntas:
--¿Y cómo sabes que tú estás loco?
--Para empezar -repuso el Gato--, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
--Supongo que sí --concedió Alicia.
--Muy bien. Pues en tal caso --siguió su razonamiento el Gato--, ya sabes que los perros
gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo

gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy
loco.
--A eso yo le llamo ronronear, no gruñir --dijo Alicia.
--Llámalo como quieras --dijo el Gato--. ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina?
--Me gustaría mucho --dijo Alicia--, pero por ahora no me han invitado.
--Allí nos volveremos a ver --aseguró el Gato, y se desvaneció.


A Alicia esto no la sorprendió demasiado, tan acostumbrada estaba ya a que sucedieran
cosas raras. Estaba todavía mirando hacia el lugar donde el Gato había estado, cuando éste
reapareció de golpe.
--A propósito, ¿qué ha pasado con el bebé? --preguntó--. Me olvidaba de preguntarlo.
--Se convirtió en un cerdito --contestó Alicia sin inmutarse, como si el Gato hubiera vuelto
de la forma más natural del mundo.
--Ya sabía que acabaría así --dijo el Gato, y desapareció de nuevo.


Alicia esperó un ratito, con la idea de que quizás aparecería una vez más, pero no fue así, y,
pasados uno o dos minutos, la niña se puso en marcha hacia la dirección en que le había
dicho que vivía la Liebre de Marzo.
--Sombrereros ya he visto algunos --se dijo para sí--. La Liebre de Marzo será mucho más
interesante. Y además, como estamos en mayo, quizá ya no esté loca... o al menos quizá no
esté tan loca como en marzo.
Mientras decía estas palabras, miró hacia arriba, y allí estaba el Gato una vez más, sentado
en la rama de un árbol.
--¿Dijiste cerdito o cardito? --preguntó el Gato.
--Dije cerdito --contestó Alicia--. ¡Y a ver si dejas de andar apareciendo y desapareciendo
tan de golpe! ¡Me da mareo!
--De acuerdo --dijo el Gato.
Y esta vez desapareció despacito, con mucha suavidad, empezando por la punta de la cola y
terminando por la sonrisa, que permaneció un rato allí, cuando el resto del Gato ya había
desaparecido.
--¡Vaya! --se dijo Alicia--. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa
sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!

¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...