jueves, 4 de febrero de 2021

Mujeres en la literatura : Un invento Universal.

 

Las mujeres son un invento muy reciente. Yo pronostico su invención hacia algunas décadas atrás; bueno, si quieren insistir en precisiones pedantes, las mujeres han sido inventadas varias veces en escenarios ampliamente diferentes, pero sus inventores simplemente no sabían cómo vender el producto”. — Ursula K. LeGuin.

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A las mujeres las han inventado varias veces. En geografías tan lejanas como los años que nos separan del romance entre Adan y Eva, y tal vez comenzando por Eva, quien en una narrativa paralela fue la culpable definitiva de que el mundo no sea el cielo en la Tierra. Sin embargo, aunque las hayan inventado varias veces nadie ha logrado tanta precisión en su ilustración como ellas mismas, lo que no significa que no se haya intentado en un mundo en donde inclusive la lectura era privilegio exclusivo de los hombres. Consecuentemente hoy en día el ámbito de la literatura femenina se ha convertido en una disciplina académica aparte.

Lo que sucede con la literatura escrita por mujeres es que en teoría se recrea con el hecho de que históricamente su experiencia convive y depende de su género. Es el esquema de las minorías que no lo son eternamente. Llámese mujer, comunidad LGBT, afroamericanos, expatriados, emigrantes etc.  En este caso la posición femenina dentro de la sociedad crea un tipo de literatura que ni las mujeres más emblemáticas de la ficción de Tolstoi o Gustave Flaubert han podido imitar.

El don de la escritura es ineludible y congénito, no distingue entre sexos ni razas,  pero hacer un estudio de las escritoras del mundo no es tan sencillo porque aunque la habilidad es casi instintiva, a las mujeres no siempre se les permitió escribir, leer, u opinar. Son todavía miles las escritoras que probablemente nunca tendrán una exposición pertinente de sus obras. No todas se atrevieron a publicar aunque sea bajo pseudónimos masculinos como lo hicieron las hermanas Brontë en el siglo XIX.

Pero el hecho de que los archivos que se conocen no sean tan extensos como el de escritores masculinos no excluye que la tradición literaria de la mujer no sea incluso más antigua, o que su aporte a la tradición oral de las historias no sea elemental en la evolución que confluyó hacia los relatos escritos. No obstante, la distorsión creada por corrientes religiosas judeo-cristianas tuvo un enorme peso en la figura de la mujer como algo más que elemento decorativo o santo.

Estos estereotipos medievales polarizaron enormemente la capacidad creativa de las mujeres, convirtiéndolas en figuras de culto y rechazando su sexualidad. Comenzando por la Virgen María y pasando por la caracterización de la mujer en La Biblia o incluso analizando los primeros personajes femeninos de Shakespeare, que en las tablas era inicialmente interpretados por hombres, es evidente que aunque la literatura es universal el privilegio de crearla y compartirla en sociedad llegó con siglos de retraso a las terminologías femeninas.

Mujeres en la literatura: un “invento” universal

Las hermanas Brontë recreadas en la película To walk Invisible | Imagen vía: Acculturated.com

Antigüedad de género    

Los siglos están marcados no solo por las guerras y las transformaciones sociales, sino por la literatura y el arte que se inspira en estos para crear doctrinas. También están marcados por los nombres que se atreven a recordar en voz alta la necesidad del cambio como punto de evolución social.   

Los ideales femeninos en la antigua Grecia podrían haber permanecido en la sombra del poder y la sexualidad. Homero, Sófocles y Esquilo son algunos de los grandes autores que crearon nobles pero limitados personajes femeninos. Es un comienzo importante, el de Helena de TroyaElectra o Las Coeforas, pero la realidad seguía chocando con la atribución de tragedias y narrativas vengativas hacia diosas y mujeres carentes de mayor espacio creativo.

Ni Helena ni Electra lograron lo que la gran poeta griega Sappho (610-570 BCE), prodigiosa letrista que marcó una época y fue una de las primeras mujeres de Occidente que sufrió el exilio por riñas políticas. O lo que la escritora japonesa Murasaki Shikibu con La historia de Genji, una de las novelas modernas más antiguas de la historia, escrita alrededor del año 1000 y en donde se relata en 54 extensos capítulos la vida amorosa e imperial del príncipe Genji. Mucho menos lo que la británica Aphra Behn, nacida en 1640, logra al ser acreditada como la primera mujer escritora en ganarse la vida con su pluma, escribiendo obras para el teatro de Londres y posteriormente novelas. Su trabajo más reconocido es Oroonoko o El esclavo real publicado 1688, la historia de una princesa africana capturada y forzada al esclavismo en Surinam. Virginia Woolf escribió que “todas las mujeres deberían de dejar caer flores en la tumba de Aphra Behn. . . Ya que fue esta quien les concedió el derecho de expresar sus ideas”.

Estas son solo tres voces que utilizaron la pluma y las palabras para expresar una visión del mundo capaz de ser contada únicamente por el ojo femenino, pero consideradas o no escritoras hay personalidades históricas a las cuales la literatura les debe demasiado como para no inmortalizar sus nombres, entre ellas la emperatriz romana Libia, Popea Augusta,  Juana de Arco, Isabel I, María Estuardo, Catalina la Grande, Margarita de Valois, sor Juana Inés de la Cruz y Teresa de Ávila.

La mujer feminista femenina

En A Literature of Their OwnElaine Showalter explica cómo ha evolucionado la literatura femenina desde el periodo victoriano hasta la escritura moderna. Showalter divide el movimiento en tres etapas: la femenina, un período que comienza con el uso del seudónimo masculino en la década de 1840 hasta 1880 con la muerte de George Eliot; la feminista, desde 1880 hasta la victoria del voto en 1920; y la mujer, desde 1920 hasta el presente y que incluye una «nueva etapa de autoconciencia”.

Tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado. -Sylvia Plath en ‘La campana de cristal’

Las unidades de cultura que se expresan en la escritura y experiencias de las mujeres,se evidencian cuando estas comienzan a traducir sus sentimientos y sufrimientos hacia una esfera pública tradicionalmente masculina, intentando amoldarse al club de los escritores.  Las hermanas Brontë, Elizabeth Gaskell, Elizabeth Barrett Browning, Harriet Martineau, George Eliot, Florence Nightingale y la generación posterior de Charlotte Yonge, Dinah Mulock Craik, Margaret Oliphant y Elizabeth Lynn Linton son algunas de las plumas que intentaron reconciliarse con el mundo editorial masculino sin perder esa esencia y vivencias particulares formadas por su género.

En las novelas de 1870 de Mary Braddon, Rhoda Broughton y Florence Marryat se «explora la protesta femenina radical contra el matrimonio y la opresión económica de las mujeres, aunque todavía en el marco de las convenciones femeninas que exigían la destrucción de la heroína errante». Mujeres como Sarah Grand, George Egerton, Mona Caird, Elizabeth Robins y Olive Schreiner hicieron de la ficción el “vehículo para una dramatización de la mujer agraviada, exigiendo cambios en los sistemas sociales y políticos que otorgarían a las mujeres privilegios masculinos».

En el tercer periodo se propone al autodescubrimiento como medio de definición. Dorothy Richardson, Katherine Mansfield y Virginia Woolf trabajaron hacia una estética femenina que eleva la sexualidad de la mujer y que es rematada en el siglo XX con escritoras como Iris Murdoch, Muriel Spark, Doris Lessing, Margaret Drabble, A.S. Byatt y Beryl Bainbridge. Entonces se rompen tabúes  y «la ira y la sexualidad son aceptadas como fuentes de poder creativo femenino».

El análisis de Showalter muestra cómo el progreso de la escritura de las mujeres es un escenario de conflictos y luchas para poder distanciarse de los estereotipos femeninos comunes, que hasta mitades del siglo XVIII se dibujaban entre esposas, viudas, sirvientas e hijas de sociedad. Estereotipos que han evolucionado pero no han sido borrados totalmente de los guiones de Hollywood. La diferencia es que inicialmente las mujeres eran narradas por hombres, creando así una perspectiva unilateral y hasta puritana. Y aunque Chekhov, Tolstoy y Flaubert escribieron personajes femeninos memorables, ninguno de ellos ha podido alcanzar a la señora Dalloway de Woolf o a Elizabeth Bennet de Jane Austen.

Mujeres en la literatura: un “invento” universal 2

Virginia Woolf retratada por su esposo Leonard Woolf en 1932 | Foto vía: ABC

La modernidad de la inclusión

La tradición femenina como elemento universal en la literatura es algo laxa, identificar un canon temático específicamente para la mujer podría significar un tipo de substracción. Considerar a las mujeres como un espécimen aparte de sus contrapartes masculinas implica una lección de género exclusiva pero real.  

Tal vez no se trata de una literatura femenina, sino de la redefinición de una experiencia común que requiere de un esfuerzo mucho más arduoVirginia Woolf se abanderó con esta redefinición en su ensayo Un cuarto propio, en donde acierta en la necesidad de un espacio personal y de una independencia creativa para la restauración narrativa de las mujeres.

«La crítica del sexo opuesto quedará genuinamente perpleja y sorprendida por un intento de alterar la escala actual de valores, y verá en ella no solo una diferencia de opinión, sino una visión débil, o trivial, o sentimental, porque difiere de la suya», escribió Woolf hace más de 70 años.

Pero no fue solo Virginia Woolf quien hizo la diferencia, ni Sylvia Plath cuando escribe en La campana de cristal cómo en su juventud empezó a pensar que “tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.”  Fue también Anne Sexton y la redefinición del ensayo, Margaret Atwood y las utopías opresivas de género, Margarite Duras, Emily Dickinson, Toni Morrison, Alice Munro y Anna Akhmatova. Susanne Collins, Anne Rice, Harper Lee o J.K .Rowling, Beatrix Potter, Alice Walker y Edith Warthon. Fueron también Agatha Christie, Isabel Allende, Gabriela Mistral y Mary Shelley. Lo son hoy en día Zadie Smith, Svetlana Alexievich y Amélie Nothomb.   

Mujeres en la literatura: un “invento” universal 1

Retrato de la escritora americana Ursula K LeGuin | Foto: AP

La invención de las mujeres

Hasta mediados del siglo XIX en la literatura se condenaban los comportamientos “inmorales” de las mujeres. Con el romanticismo el exaltamiento, la rebeldía y la libertad eran todavía bastante restrictivos en la narrativa femenina. Fue a partir de la mitad del siglo XIX, con el realismo, que comienza a aparecer un tipo de literatura que busca la representación objetiva de la realidad, y junto a esta corriente emerge un nuevo tipo de imagen femenina de mujer oprimida que se rebela y rompe con los cánones impuestos.

«Es justo decir que el término ‘literatura de mujeres ‘ cubre todo, desde los anhelos de las princesas de cuento de hadas hasta las brillantes contribuciones de los innovadores literarios de librepensamiento»dice Manini Samarth, conferencista de inglés y estudios de la mujer en el Instituto de investigación de Penn State.

Es evidente que las mujeres siempre han existido, pero también lo es que la promoción de su existencia se ha intentado distribuir varias veces sin éxito. No es un producto, es un invento adelantado a su tiempo, o para ponerlo en las palabras de la escritora americana Ursula K. LeGuin: “Incluso con un genio detrás, una invención tiene que encontrar su mercado, y pareciera que por mucho tiempo la idea de las mujeres simplemente no llegaba a las líneas finales. Modelos como el de la Austen y el de las Brontë eran demasiado complicados, la gente se reía de las Sufragista y la Woolf estaba demasiado adelantada a su tiempo”.

Desde Sherezade en Las mil y una noches, hasta La vegetariana de Han Kang, hay demostraciones casi incuestionables de que las historias sin mujeres no existen. No obstante, hay una diferencia entre personajes femeninos y escritoras femeninas, y es que las primeras se escriben desde el comienzo de los tiempos, sin embargo las segundas se han reinventado varias veces hasta hacerle entender al mundo que su mirada es necesaria para completar la universalidad de la literatura.

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«Si no se me da bien lo de fingir ser un hombre ni se me da bien lo de ser joven, acaso podría empezar a fingir que soy una mujer mayor. No estoy segura de que ya se hayan inventado las mujeres mayores, pero merece la pena intentarlo». — Ursula K. LeGuin

 

martes, 2 de febrero de 2021

 

Margarita de Angulema, llamada también Margarita de FranciaMargarita de Valois, Margarita de Alençon, Margarita de Navarra o Margarita de Orleans (AngulemaFrancia11 de abril de 1492 - Odos, Altos Pirineos, 21 de diciembre de 1549), fue una noble francesa, escritora y humanista. Fue una mujer muy avanzada en su tiempo, hizo de su corte un brillante centro del humanismo, Como escritora su obra más conocida es el Heptamerón, siguiendo el modelo del Decamerón de Bocaccio pero con la inversión de la situación en el papel de hombres y mujeres, ya que en la obra de Margarita son las mujeres quienes ridiculizan a los hombres.

Heptamerón: la reina navarra solo pudo completar siete jornadas, de ahí el título de “Heptamerón”, a causa de su muerte.

Habiéndose acostado con su mujer

Margarita de Navarra


Donde se habla de un sujeto que habiéndose acostado con su mujer, en lugar de con su doncella, envío allí a su vecino, que le puso cuernos sin que su mujer supiese nada

 

En el condado de Allez había un hombre llamado Bornet que se había casado con una honrada mujer de bien, cuyo honor y reputación tenía en gran estima, como creo que ocurre con todos los maridos aquí presentes con respecto a sus mujeres. Pretendía que su mujer le fuera fiel, pero no que la ley fuese igual para los dos, y se enamoró de la doncella, no teniendo más temor que no quisiera aquélla corresponder a su amor. Tenía este hombre un vecino con quien le unía tal amistad que ya lo habían compartido todo, excepto la mujer. El nombre de su vecino era Sandras y su oficio costurero y sillero. Por estos motivos de amistad le confesó los proyectos que tenía sobre la doncella, el cual no sólo lo encontró bien sino que quiso ayudar a llevar a buen fin la empresa, esperando tomar parte en el festín.

La doncella, presionada por todas partes, y viendo debilitarse sus fuerzas, fue a decírselo a su señora, rogándole le diese permiso para volver con sus padres, pues no podía vivir en este tormento. La señora, que quería mucho a su marido y que ya tenía sospechas, se alegró de haberle ganado esta ventaja y preparó a la doncella:

-Escucha, amiga mía, poco a poco id confiando a mi marido y dale seguridad de acostaros con él en mi vestidor, y no olvidéis decirme la noche que va a venir, pero prestad atención para que nadie sepa nada.

La doncella hizo lo que su señora le había ordenado y el amo se puso tan contento que fue a decírselo a su compañero, el cual le rogó le reservase lo que le sobrara. Hizo esta promesa, y cuando llegó la hora, el señor fue a acostarse con la doncella como él esperaba. Pero su mujer, que había renunciado a la autoridad y a mandar por el placer de servir, se puso en lugar de la doncella y recibió a su marido, no como esposa, sino como joven extrañada, y tan bien lo fingió que su marido no se dio cuenta. No sabría deciros quién estaba más contento de los dos: si él de engañar a su mujer o ella de engañar a su marido. Y cuando hubo estado con ella salió de casa y fue en busca de su amigo, más joven y fuerte que él, y le dijo haber encontrado la mejor mujer que nunca viera:

-¿Recordáis lo que me habíais prometido? -dijo su amigo.

-Id pronto -dijo el señor-, no vaya a suceder que se levante o que mi mujer vaya a darse cuenta.

El amigo fue y encontró la misma doncella a quien el marido no reconociera. Ella, creyendo que era su marido, no lo rechazó; de suerte que él prefirió no hablar no fuera a ser descubierto. Permaneció con ella más tiempo que su marido, y la mujer se maravillaba, pues no estaba acostumbrada a tales noches. De todos modos tuvo paciencia, regocijándose sobre la escena que le haría al día siguiente y de la burla que iba a hacer de él. Hacia el alba el hombre se levantó y al separarse de la cama, jugueteando, le arrancó un anillo que ella tenía en su dedo y era el que el marido le diera en sus esponsales. Este anillo es para las mujeres del país motivo de superstición, y son muy honorables las mujeres que guardan el anillo hasta la muerte y, por el contrario, si por azar se pierde, la mujer es despreciada como si se hubiera entregado a otro que no fuera su marido. Ella sintió contento de que se lo llevase, pensando que sería testimonio seguro del engaño de que su marido había sido víctima. Cuando el amigo fue a buscar al marido éste le preguntó:

-¿Y bien?

Respondió el amigo que era de su misma opinión, y que si no hubiera temido la llegada del día se hubiera quedado allí. Y así se fueron los dos a descansar. Al día siguiente, al levantarse el marido, vio el anillo que su amigo llevaba en el dedo, igual completamente al que él había entregado a su mujer en señal de matrimonio, y le preguntó quién se lo había dado. Cuando oyó que lo había arrancado del dedo de la doncella se extrañó mucho y empezó a darse golpes con la cabeza en la pared diciendo:

-¡Ah, Dios mío! ¿Me habré hecho cornudo a mí mismo sin que mi mujer sepa nada?

Su compañero, para consolarle, le dijo:

-Puede ser que vuesa mujer le diera el anillo anoche a la doncella.

El marido corrió a su casa y encontró a su mujer más bella, más contenta y más radiante que de costumbre, contenta de haber podido salvar el honor de su camarera y de haber apurado a su marido sin perder nada más que el sueño de una noche. El marido, al verla de tan buen talante, pensó:

-Si supiera mi suerte no tendría tan buena cara.

Y hablando con ella de varias cosas, la tomó de la mano y notó que no llevaba el anillo, que nunca se quitaba. Entonces, con voz temblorosa, preguntó:

-¿Qué habéis hecho del anillo?

Pero ella, muy contenta de que él sacase esa conversación, le dijo:

-¡Oh, el más malvado de todos los hombres! ¿A quién creéis que se lo habéis quitado? Pensasteis que fue mi doncella, por cuyo amor habéis malgastado el doble de los bienes que habéis gastado en mí. Pues la primera vez que habéis venido a acostaros os he juzgado tan enamorado de ella que era imposible pensar en más. Pero después que salisteis y volvisteis a entrar parecíais un diablo sin orden ni medida. ¡Oh, desgraciado! Pensad en la ceguera que os guiaba a alabar mi cuerpo y mis carnes, de las que venís gozando vos solo durante tanto tiempo sin manifestar estimarlos. No es, pues, la belleza y las carnes de mi doncella las que os han hecho gozar placer tan delicioso; es el pecado infame y la horrible concupiscencia que quema vuestro corazón y que alteran vuestros sentidos hasta el extremo que por amor a esta doncella os trastornasteis tanto que hubierais confundido una cabra con sombrero con una joven bella. Hora es, marido mío, de corregiros y conformaros conmigo, sabiendo que os pertenezco y que soy una mujer de bien, seguro de que no soy una malvada. Lo que he hecho no ha sido más que para sacaros de un mal paso, para que a la vejez vivamos en buena amistad y reposo de conciencia. Pues si queréis continuar con la vida pasada prefiero separarme de vos que asistir cada día a la ruina de vuestra alma, vuestro cuerpo y vuestros bienes. Pero si os decidís a abandonar esto y vivir según la ley de Dios, olvidaré vuestras faltas pasadas como quiero que Dios olvide mi ingratitud de no amarle como debo.

El pobre marido se sintió desconcertado y desesperado al ver a su mujer, tan bella, casta y honesta, abandonada por una que no le amaba, y lo que era peor, haberla hecho mala sin saberlo ella y hacer partícipe a otro de un placer que no era más que suyo. Por estas razones se encontró a sí mismo cornudo con burla perpetua. Pero viendo a su mujer bastante atormentada con el amor que había demostrado a la doncella, se guardó muy bien de decirle la mala pasada que le había jugado y le pidió perdón con la promesa de cambiar enteramente su mala vida. Le devolvió su anillo, que pidiera a su amigo. Pero como todas las cosas dichas al oído son pregonadas algún tiempo después la verdad fue conocida y le llamaban cornudo, sin vergüenza para su mujer.

FIN

 

 

  Christine de Pisan (Venecia, 1364 – Monasterio de Poissy, hacia 1430

La Ciudad de las Damas, considerada una clara anticipación del feminismo

moderno, corona una obra que cultiva la poesía, la historia y los temas

moralizantes. La argumentación sorprende por su modernidad, abordando

temas como la violación, la igualdad de sexos, el acceso de las mujeres al

conocimiento, etc., que convierten a este libro en una obra capital para la

historia de las mujeres y para el pensamiento occidental en el alba de los

tiempos modernos.

 

 La ciudad de las damas, Cristina de Pisan

   VII

Donde Cristina charla con Derechura

EÑORA mía, ahora que veo y entiendo hasta qué punto es justa la causa de

las mujeres, hay que dejar bien claros los errores de quienes las acusan.

Ahora no puedo callar una costumbre muy frecuente en los hombres e incluso en

algunas mujeres: cuando ellas dan a luz una niña, ocurre a menudo que sus maridos

protestan y se quejan de que no haya sido niño, y las tontas de sus mujeres, en vez de

alegrarse y dar gracias a Dios de que el parto haya ido bien, se sienten desgraciadas

porque sus maridos se quejan. ¿Por qué les dará pena? ¿Es que las hijas son una

mayor carga para sus padres que los hijos varones, se ocupan menos de ellos o son

menos cariñosas?

—Querida amiga —me contestó—, ya que me has preguntado la razón, te diré

que viene de la ingenuidad y total ignorancia de quienes se quejan así; ahora bien, el

principal motivo es que temen lo que les han de costar la dote y la boda; otros

también porque piensan en el peligro de que unas hijas jóvenes y sin experiencia

puedan dejarse seducir. Todas estas razones no resisten un examen serio.

           XII

Donde anuncia Derechura que han terminado la construcción de la

Ciudad y que ya es tiempo de poblarla

E parece, querida Cristina, que nuestra construcción anda muy adelantada.

A lo largo de las anchas calles de la Ciudad de las Damas ya se levantan

altos edificios, magníficas mansiones y palacios, tan altas torres y atalayas que

pueden divisarse desde lejos. Ahora es tiempo de poblar esta noble Ciudad para que

no se quede vacía como una villa muerta. Al contrario, estará toda ella habitada por

mujeres y de gran mérito, porque son las únicas que queremos aquí. ¡Qué felices

vivirán las damas de nuestra ciudad! No tendrán que temer ser expulsadas por

ejércitos extranjeros, porque la obra que hemos ido construyendo tiene una propiedad

especial, la de ser inexpugnable. Ahora empieza la era del Nuevo Reino de

Femineidad, muy superior al antiguo reino de las amazonas, porque las damas que

habiten aquí no tendrán que marcharse para concebir y dar a luz a nuevas herederas

que mantengan sus posesiones y perpetúen su linaje. Quienes se alojen aquí, ahora,

vivirán en esta Ciudad eternamente.

»Cuando la hayamos poblado con mujeres de calidad, llegará a la vera de mi

hermana Justicia la Reina que supera a todas. Ella y su séquito de princesas morarán

en los hermosos aposentos que coronan las altas plantas de las elevadas torres. Ella es

la Emperatriz del Género Femenino y es justo que haga una entrada triunfal en esta su

Ciudad, donde la acogerán todas las mujeres.

 

María de Francia (S XII)

Un lay es un determinado tipo de canción compuesta en el Norte de Europa, principalmente Francia y Alemania, entre el siglo XIII y finales del XIV.

Muchas leyendas celtas adoptaron la forma del lay, entre ellas la de Tristán e Isolda

Los Lais de María de Francia son una serie de poemas narrativos cortos escritos en anglo-normando, centrados generalmente en glorificar conceptos del amor cortesano describiendo las aventuras de un determinado héroe.

Se sabe muy poco de su autora, María. Fue la primera poetisa en lengua francesa, y sus obras son una de las primeras muestras del amor cortés en la literatura.

Los Lais de María de Francia son notables sobre todo por su celebración del amor, su originalidad y la viveza de sus descripciones, que constituyen un hito en la literatura de la época. Chevrefoil ("la madreselva"), es una breve composición sobre Tristán e Isolda- mencionan al Rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda, lo que convierte a María de Francia en precursora de buena parte de la literatura artúrica posterior, junto con su contemporáneo Chrétien de Troyes.

Tristán e Isolda es una leyenda de la materia de Bretaña, incorporada al ciclo arturiano, que cuenta la historia de amor entre un joven llamado Tristán y una princesa irlandesa llamada Isolda. Chrétien de Troyes (hacia 1130 – hacia 1183) fue un poeta de la corte de Champaña. Se dice que es el primer novelista de Francia y, según algunos, el padre de la novela occidental.

Los dos amantes

Sucedió antaño en Normandía una aventura muy famosa de dos jóvenes que se amaron y murieron víctimas de su amor. Los bretones los recordaron en un lai que tuvo por título Los dos amantes.
 
Fuera de toda duda está que en Neustria, que nosotros llamamos Normandía, hay una montaña maravillosamente alta. En su cumbre yacen los dos jóvenes. En un lugar al pie de esta montaña, un rey, señor de los pitrenses, tras haber reflexionado y con muy buen acuerdo, hizo construir una ciudad. Tomó ésta el nombre de Pitres, en recuerdo de sus pobladores, y ese nombre se ha conservado hasta hoy; aún existen la ciudad y las casas. Bien conocemos la comarca que se llama Valle de Pitres.
 
El rey tenía una bella hija, doncella muy cortés. No tenía más hijo ni hija. Fue pretendida por nobles caballeros, que mucho hubieran dado por conseguirla. Pero el rey no quería entregarla, pues no podía vivir sin ella ni prescindir de su compañía: día y noche estaba a su lado. La pequeña le consolaba de la pérdida de la reina. Muchos le criticaban por ello; hasta los suyos se lo censuraban.
 
Cuando el rumor adverso se generalizó, al rey le pesó mucho, y sintió gran tristeza. Comenzó entonces a pensar en cómo podría salir airoso del trance sin entregar a su hija. Para ello, hizo público en todas partes que quien pretendiese desposarla habría de cumplir un requisito: era decisión inquebrantable del monarca que debería llevarla en brazos hasta la cumbre del monte cercano a la ciudad, sin pararse a tomar aliento.
 
Cuando la nueva fue conocida y difundida por la comarca, muchísimos lo intentaron y no obtuvieron nada a cambio. Alguno hubo que, en su esfuerzo, alcanzó a subirla hasta la mitad del monte, pero no podían llegar más lejos; les era imposible continuar con su preciosa carga entre los brazos. Largo tiempo permaneció así la doncella, sin que nadie intentase solicitarla.
 
En la comarca había un doncel, gentil y bello, hijo de un conde. Se esforzaba en cosas difíciles, con ánimos de sobresalir. A menudo habitaba en la corte del rey, y llegó a enamorarse de su hija. Muchas veces le suplicó que lo amase y le concediese su amor. Como era esforzado y cortés, y el rey lo tenía en gran estima, ella le otorgó su amor, y él se lo agradeció humildemente. Hablaban juntos con frecuencia y se querían con lealtad, y hacían lo posible por no ser descubiertos. Esto último les pesaba sobremanera, pero el joven pensaba que más valía sufrir estas molestias que precipitarse y echarlo todo a perder. Amarga era, sin embargo, para él esta situación.
 
Mas ocurrió que en cierta ocasión llegó el doncel, tan sabio y bello, hasta su amiga. Le hizo partícipe de sus pesares y, dolorosamente, le pidió que se fuese con él; no podía resistir más. Si la pedía a su padre, sabía bien que éste la quería tanto que no se la concedería, a no ser que la subiese antes en brazos hasta la cumbre de la montaña.
 
La doncella le respondió:
 
-Amigo, bien sé que no podríais llevarme, no sois ni mucho menos tan vigoroso. Si me fuese con vos, mi padre sentiría tanta cólera como dolor, y su vida no sería sino un martirio. Siento por él un cariño tan grande que no quisiera enojarlo. Debéis tomar otra decisión, pues de ésta no quiero ni oír hablar. Tengo una tía en Salerno, mujer rica, de elevadas rentas. Hace más de treinta años que habita allí. Ha practicado tanto el arte de la física que es muy experta en medicinas y conoce numerosas hierbas y raíces. Si vos quisieseis ir a verla, llevarle cartas de mi parte y darle cuenta de vuestra aventura, ella procuraría poner remedio. Os dará tales electuarios y os proporcionará tales bebedizos que os reconfortarán por completo y os proveerán de gran vigor. Cuando volváis a esta región, me solicitaréis a mi padre. Os considerará muy niño aún, y os dirá lo anunciado: que no me entregará a ningún hombre, si no lleva a cabo la hazaña de transportarme en brazos hasta el monte sin descansar. Aceptad esta condición, pues no hay otro remedio.
 
El doncel escuchó atentamente el consejo de la doncella. Muy alegre está, y agradecido. Después pide a su amiga licencia para partir, y se encamina hacia su casa.
 
Allí se provee a toda prisa de ricos paños y dineros, de caballos y palafrenes. Consigo se ha llevado a sus hombres más dignos de confianza. Parte, llega a Salerno y, una vez allí, va a visitar a la tía de su amiga. De su parte le da un mensaje escrito. Cuando la dama de Salerno lo ha leído de cabo a rabo, lo retiene a su lado hasta conocer por extenso su situación. Luego, fuerzas le da con sus medicinas, y le suministra un brebaje tal que jamás estará tan agotado y abatido que no pueda refrescarse todo el cuerpo, las venas y los huesos, y que no recobre todo el vigor, tan pronto como lo haya bebido. Él guarda el bebedizo en un pequeño frasco y se lo lleva a su país.
 
A su regreso, el doncel, alegre y contento, no se detuvo en sus tierras. Fue directamente a pedir al rey la mano de su hija: tomaría a ésta en brazos y la trasladaría hasta la cumbre de la montaña. El rey no le ocultó en modo alguno que lo tenía por gran locura, porque era demasiado joven. ¡Tantos valientes y sabios varones lo habían intentado sin conseguirlo! Por fin, le fija un día para la prueba. Llama a sus hombres y a sus amigos, a cuantos puede encontrar. De todas partes vienen gentes para ver a la joven y al doncel que ha emprendido la aventura de llevarla hasta lo alto del monte. La doncella, mientras tanto, se prepara; se priva de alimentos, ayuna para adelgazar y hacerse más ligera, con el fin de ayudar a su amigo.
 
El día señalado, el doncel llegó antes que nadie, y no olvidó el brebaje mágico. Por su parte, el rey condujo a su hija a la pradera, junto al Sena, donde una inmensa muchedumbre se había congregado. La doncella no viste sino una túnica. El joven la coge entre sus brazos y le entrega la botellita con todo su preciado líquido. Él piensa que no va a traicionarle tan milagrosa pócima, pero yo temo que le vaya a servir de muy poco, pues no hay en él mesura alguna.
 
Parte velozmente con ella, y sube la pendiente hasta la mitad. Por lo alegre que está de tenerla en sus brazos, no se acuerda del bebedizo. Ella le va viendo cansado.
 
-Amigo -dice-, bebed, os lo ruego. Sé bien que os halláis fatigado. ¡Renovad vuestro vigor!
 
El doncel le responde:
 
-Bella, siento mi corazón fuerte como al empezar. Por nada del mundo me detendré el tiempo necesario para beber, mientras pueda dar tres pasos más. La multitud nos gritaría, y su clamor acabaría por aturdirme; no tardaría mucho en verme turbado. Por eso no quiero detenerme.
 
Cuando llevaban subidos los dos tercios de la pendiente, por poco se caen. La doncella le ruega sin cesar:
 
-Amigo, ¡bebe de vuestra medicina!
 
Pero él no quiere hacerle caso. Con gran angustia continúa la marcha, hasta que al final llega a la cumbre del monte. Pero tan agotado está que allí cae, para no levantarse más: el corazón le ha estallado dentro del pecho. La doncella mira a su amigo, piensa que ha sufrido un desmayo. Se arrodilla a su lado, intenta darle el brebaje. Pero él ya no podía responderle. Así, tal como os lo digo, murió. Ella llora a grandes gritos. Después arroja y hace añicos el frasco que contenía el bebedizo. El líquido se esparce y riega la montaña. Toda la comarca se tornó fértil. Muchas buenas hierbas crecieron por efecto del brebaje.
 
Ahora os hablaré de la doncella. Nunca tuvo un dolor tan grande como la pérdida de su amigo. A su lado se acuesta, entre sus brazos le retiene y aprieta, de continuo le besa ojos y boca. El duelo le quebranta el corazón. Y allí murió la doncella, la que era tan discreta, sabia y hermosa.
 
El rey y cuantos esperaban, viendo que no volvían, siguen su pista hasta encontrarlos. A la vista de los cadáveres, el rey cae en tierra, desvanecido. Cuando puede hablar, muestra signos de gran duelo, igual que todos los demás. Tres días los dejaron sobre la tierra. Luego buscaron un sarcófago de mármol, y allí depositaron a ambos jóvenes. El entierro tuvo lugar en la misma cumbre de la colina. Después, todos volvieron a sus casas.
 
Por la aventura de los jóvenes recibe la montaña el nombre de «Los dos amantes». Todo ocurrió como os he dicho. Los bretones hicieron de ello un lai.

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¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...