Entrevista a la escritora Irene Vallejo
https://www.youtube.com/watch?v=yw7C_MLqgQw
sábado, 27 de junio de 2020
martes, 23 de junio de 2020
PANDECUENTOS
GRACIAS AL GRUPO DE NARRADORAS "LAS MARGARITAS BLANCAS" POR COMPARTIR ESTOS RELATOS
EL PARTO
LA VISITA
UN HOMBRE DE POCA SUERTE
martes, 16 de junio de 2020
domingo, 14 de junio de 2020
El caballo de Nietszche
eldiario.es
Por qué El caballo de Nietzsche
11/03/2014
- 20:19h
Ocurrió en Turín, el 3 de enero de
1889. Friedrich Nietzsche cruza la plaza Carlo Alberto y se topa con un cochero
que azota con el látigo a su caballo, rendido, agotado, resignado, doblegado en
el suelo. Nietzsche, hondamente dolido, herido en lo más profundo de su alma,
se arroja sobre el caballo y lo abraza.
Los relatos del incidente varían
según los autores. Unos dicen que le susurró palabras que solo él, el caballo,
podía oír. Otros dicen que permaneció en silencio, llorando, quizá hablándole
sin pronunciar palabra. Pero todos coinciden en que fue un episodio crucial en
la vida del filósofo alemán: el momento en el que perdió lo que la humanidad
llama “razón” y, de alguna forma, rompió para siempre con esa misma humanidad,
que lo consideró desde entonces un perturbado. Permaneció junto al caballo
hasta que fue detenido por desórdenes públicos. Sabemos lo que pasó después con
Nietzsche, pero no hemos sabido qué fue de aquel caballo.
Podemos pensar, como escribió Milan
Kundera en La insoportable levedad del ser, que en aquel momento
Nietzsche pedía perdón al caballo en nombre de la humanidad, en nombre de
Descartes. Queremos pensar que le pidió perdón porque la humanidad, al
construir su relación con los animales, eligiera a Descartes frente a, por
ejemplo, Pitágoras. Porque se apoyara en Descartes y no en Pitágoras para
interpretar el “dominio” que, según el Génesis, Dios otorgó a los humanos sobre
los demás animales.
Hay palabras en el Génesis que nos
podrían haber permitido construir esa relación sobre el respeto, sobre una
premisa de protección de los “superiores” sobre los “débiles”, incluso sobre el
amor. Pero los humanos optaron por interpretar que podemos ejercer de dueños y
señores de cuanto nos rodea, y la historia de la humanidad es la del uso a su
antojo y el abuso del resto de los animales.
En ese proceso, Descartes es causa y
efecto. Como recuerda Kundera, Descartes definió a los animales no humanos como
máquinas vivientes, “machina animata”, seres carentes de alma y, por tanto,
incapaces de experimentar dolor ni emoción alguna. Así, sus quejidos no serían
tales, solo el chirrido propio de un mecanismo que funciona mal, igual que el
chirrido de la rueda de un carro no significa que el eje sufra, sino que no
está engrasado.
Descartes nos puso en bandeja olvidar
a Pitágoras, que siglos antes había dado nombre a los primeros vegetarianos;
que consideraba a los animales poseedores de un alma similar a la humana, y con
idéntica capacidad de amor y de sufrimiento; que experimentaba la felicidad
cada vez que podía comprar una vida para liberarla.
Quizá Nietzsche pidió perdón al
caballo en nombre de Descartes, como quiso creer Kundera, o quizá simplemente
lo hizo en su propio nombre, por no haberlo hecho antes, por no haber sido
consciente de ese inmenso sufrimiento hasta verlo en unos ojos y en un cuerpo torturado,
por haber sido él mismo víctima de Descartes, como en el fondo lo ha sido toda
la humanidad.
Son cientos, miles de años de
creencia en la superioridad, de permiso para dominar, de impunidad en el uso y
la explotación de otros. Y mientras la sociedad avanza y deja atrás viejas
creencias, como esa que hasta el mismo siglo XX no dudaba de la superioridad de
los blancos sobre todos los demás hombres, ni de la superioridad de los hombres
frente a todas las mujeres, los animales no humanos esperan su turno para
recuperar algo tan básico como su derecho a existir y a no ser maltratados.
Ya nadie duda de que todos los
humanos tenemos derecho a una existencia digna. Pero ha costado. Hace solo unas
décadas esta premisa fundamental no estaba tan clara. Aún hay quien sigue
cuestionándola, pero hemos logrado llegar a un punto donde ponerla en cuestión
en público, simplemente verbalizarla, es reprobable y hasta puede ser
constitutivo de delito.
Nelson Mandela tuvo que explicar ante
muchos de sus congéneres, los mismos que lo señalan ahora como un ejemplo para
la humanidad, que los negros sangraban igual que los blancos, sufrían igual que
los blancos y tenían las mismas ganas de vivir que los blancos. De eso hace
solo sesenta años, y unos pocos años antes aún había zoos humanos, donde las
familias blancas acudían a contemplar niños negros con unos argumentos que
ahora rechazaríamos de plano porque, en nuestra propia evolución, hemos asumido
el racismo, igual que el sexismo, como formas de violencia.
Los estudios científicos han
demostrado que los animales no humanos también sienten. Que aman, que sufren,
que establecen vínculos emocionales con sus semejantes y con individuos de
otras especies, incluso jerarquías en sus grupos sociales. Que tienen, en
definitiva, necesidades vitales, físicas y emocionales. Pero nosotros, los
animales humanos, que nos creemos superiores como en el Génesis, seguimos
anclados en la teoría de Descartes. Y es nuestro código cultural el que
determina si un animal no humano es digno del derecho a satisfacer o no esas
necesidades.
En nuestra evolución como especie,
hemos asumido que todas las vidas humanas merecen respeto. Y por eso el racismo
o el sexismo, tan arraigados culturamente, van quedando poco a poco atrás. Hay
resistencias, reductos donde tratan de hacerse fuertes, pero ya no es un
comportamiento moralmente aceptable.
El reto pendiente es asumir que las
vidas de los demás animales también tienen un valor intrínseco. Porque la ética
de una sociedad se mide por el trato que brinda a sus miembros más débiles, y
la verdadera prueba de moralidad, como decía Kundera, radica en la relación que
los humanos establecemos con quienes están a nuestra merced. Y esos son los
animales no humanos. Todos. Al margen de las etiquetas que cada cultura haya puesto
a unos y a otros.
A estas alturas de la película nada
justifica que nos escandalice el maltrato a un perro o a un gato cuando miles
de millones de otros animales con idéntica o superior capacidad de sufrimiento
son masacrados para satisfacer nuestras necesidades o caprichos. Y menos aún
teniendo en cuenta que disponemos de opciones para vivir plenamente sin
condenar a nadie al sufrimiento. Ya no podemos creer que se pueda defender el
medio ambiente sin luchar contra unos métodos de explotación animal que
constituyen una aberración, no solo por el sufrimiento atroz que causan a sus
víctimas directas, sino por el daño indirecto que causan a la naturaleza. Ya no
podemos contemplar el incremento del hambre y la miseria en el mundo si no es
como consecuencia directa de un engranaje endiablado en el que los animales no
humanos son una pieza más, y los animales humanos, otra. Y solo luchando
juntos, los más fuertes en primera línea, protegiendo a los más débiles,
podemos tener esperanza en nuestro futuro.
Creemos que ese futuro pasa por
abrazar, como Nietzsche al caballo de Turín, a los demás animales. Por pedirles
perdón en nombre de la humanidad y en nombre de Descartes. Por reconocerles sus
derechos como antes se los reconocimos a otros humanos a quienes creímos menos
valiosos. Por luchar contra el especismo como
lo hacemos contra el racismo o el sexismo. Por considerar que no puede haber
razón sin empatía. Porque sabemos que solo respetando a un animal no humano,
solo experimentando como propios sus intereses y su sufrimiento, podremos decir
que nos interesamos de verdad por la vida y que somos realmente humanos.
Nota de las editoras: En relación a Nietzsche, nos identificamos con lo
que representa el episodio concreto del caballo de Turín, lo que no significa
en absoluto que asumamos todos sus postulados, en particular los relativos a
las mujeres, con los que estamos radicalmente en desacuerdo y consideramos que
el filósofo habría tenido también que revisar.
sábado, 13 de junio de 2020
EL RINCON DE GLORIA
GLORIA ADAMINI Y SUS LECTURAS
Invitamos a compartir sus lecturas de cuentos y poesías a través del link
https://drive.google.com/drive/folders/1wuESVIGZw7Ji3kNmm0TRqntQJbUheY43?usp=sharing
jueves, 11 de junio de 2020
Árbol genealógico de la familia Buendía.
Primera generación: José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán.
Segunda generación: José Arcadio Buendia, coronel Aureliano Buendía, Amaranta, Rebeca.
Tercera generación: Arcadio, Aureliano José, 17 "Aurelianos".
Cuarta generación: Remedios, la bella, José Arcadio Segundo, Aureliano Segundo.
Quinta generación: Renata Remedios (Meme), José Arcadio, Amaranta Úrsula.
Sexta generación: Aureliano Babilonia.
Séptima generación: Aureliano/Rodrigo.
miércoles, 10 de junio de 2020
El mestizaje y el Nuevo Mundo
El mestizaje y el
Nuevo Mundo -. Arturo Uslar Pietri
Fragmento del libro En busca del Nuevo Mundo de
Arturo Uslar Pietri (1969). www.cervantesvirtual.com
(FRAGMENTOS)
Si algún pueblo hubiera podido permanecer
indefinidamente aislado y encerrado en su tierra original, hubiera quedado en
una suerte de prehistoria congelada. Fueron los grandes encuentros de pueblos
diferentes por los más variados motivos los que han ocasionado los cambios, los
avances creadores, los difíciles acomodamientos, las nuevas combinaciones, de
los cuales ha surgido el proceso histórico de todas las civilizaciones.
El inmediato resultado creador de esos encuentros fue el mestizaje
cultural. Convivieron en pugna, resistencia y sumisión, y mezclaron las
creencias, las lenguas, las visiones y las técnicas. El mestizaje penetró hasta
el Olimpo.
La historia del Occidente cristiano es la del más extraordinario y
aluvional experimento de mestizaje cultural. Las lenguas modernas son el
archivo viviente y el mejor testimonio de esa caótica mezcla. Occidente se
afirmó y creó su originalidad histórica sobre la empresa contradictoria de sus
grandes mestizadores de culturas y creencias.
La historia de España ofrece acaso la más completa y convincente muestra
del poder creador del mestizaje. Indígenas ibéricos, cartagineses, romanos,
godos, cristianos, francos, moros, judíos contribuyeron a crear la
extraordinaria personalidad de su alma compleja y poderosa.
Por un absurdo y antihistórico concepto de pureza, los hispanoamericanos
han tendido a mirar como una marca de inferioridad la condición de su
mestizaje.
Se miró al mestizaje como un indeseable rasgo de inferioridad. Se estaba
bajo la influencia de las ideas de superioridad racial, que empezaron a
aparecer en Europa desde el siglo XVIII y se afirmaron en el XIX con Gobineau,
que dieron nacimiento a toda aquella banal literatura sobre la supremacía de
los anglosajones y sobre la misión providencial y el fardo histórico del hombre
blanco encargado de civilizar, dirigir y encaminar a sus inferiores hermanos de
color. Se creó una especie de complejo de inferioridad y de pudor biológico
ante el hecho del mestizaje sanguíneo. Se quería ocultar la huella de la sangre
mezclada o hacerla olvidar ante los europeos, olvidándonos de que Europa era el
fruto de las más increíbles mescolanzas y de que el mestizaje de sangre podía
ser un efecto, pero estaba lejos de ser la única causa ni la única forma del
mestizaje cultural.
Es claro que en el hacer de América hubo
mestizaje sanguíneo, amplio y continuo. Se mezclaron los españoles y
portugueses con los indios y los negros. Esto tiene su innegable importancia
desde el punto de vista antropológico y muy favorables aspectos desde el punto
de vista político, pero el gran proceso creador del mestizaje americano no estuvo
ni puede estar limitado al mero mestizaje sanguíneo. El mestizaje sanguíneo
pudo ayudar a ello, en determinados tiempos y regiones, pero sería cerrar los
ojos a lo más fecundo y característico de la realidad histórica y cultural,
hablar del mestizaje americano como de un fenómeno racial limitado a ciertos
países, clases sociales o épocas.
Lo que vino a realizarse en América no fue ni la permanencia del mundo
indígena, ni la prolongación de Europa. Lo que ocurrió fue otra cosa y por eso
fue Nuevo Mundo desde el comienzo. El mestizaje comenzó de inmediato por la
lengua, por la cocina, por las costumbres. Entraron las nuevas palabras, los
nuevos alimentos, los nuevos usos.
En aquellas villas de Indias, en las que
dos viejas y ajenas formas de vida se ponían en difícil y oscuro contacto para
crear un nuevo hecho, nada queda intacto y todo sufre diversos grados de
alteración. A veces la Iglesia católica se alza sobre el templo indígena, las
técnicas y el tempodel trabajo artesanal y agrícola se alteran. Entran a los telares otras
manos y otros trasuntos de patrones. El habla se divierte del tiempo y la
ocasión de España se arremansa en una más lenta evolución que incorpora voces y
nombres que los indios habían puesto a las cosas de su tierra. El «vosotros» no
llega a sustituir al «vuestras mercedes». Nombres de pájaros, de frutas, de
fieras, de lugares entran en el torrente de la lengua. Los pintores, los
albañiles, los escultores y talladores introducen elementos espurios y maneras
no usuales en la factura de sus obras. Todo el llamado «barroco de Indias» no
es sino el reflejo de ese mestizaje cultural que se hace por flujo aluvional y
por lento acomodamiento en tres largos siglos.
Se combinaron
reminiscencias y rasgos del gótico, del románico y del plateresco, dentro de la
gran capacidad de absorción del barroco. El historiador de arte Pal Kelemen (Baroque
and Rococo in Latin América) ha podido afirmar:
Quienes observan la historia cultural de
la América hispana notan de inmediato ese rasgo de coexistencia simultánea de
herencias y de influencias que la distingue de la sucesión lineal de épocas y
escuelas que caracteriza al mundo occidental desde el fin de la Edad Media. Es
un crecer por accesión y por incorporación aluvional que le da ese carácter de
impureza que hace tan difícil clasificar con membretes de la preceptiva europea
monumentos, autores y épocas de la creación cultural latinoamericana. José
Moreno Villa (Lo mexicano) lo ha observado al estudiar el arte colonial
mexicano y ha dicho textualmente: «Las artes o modos
artísticos son aquí de aluvión, es decir, que no obedecen a un proceso interno
evolutivo como en Europa».
La verdad es que es un
proceso de formación que corresponde a un tiempo biológico distinto del que
alcanzó Europa después del Renacimiento, cuando su gran época de mestizaje
creador comenzaba a cerrarse. Unificada la herencia cultural europea comenzó un
tiempo de dominante evolución lineal interna, mientras que en América se abría
un nuevo tiempo caótico, de mestizaje.
Tan avasalladora es la vocación de
mestizaje y el fondo histórico del fenómeno cultural que se pone de manifiesto,
aun en aquellos casos en que los hombres de pensamiento pretenden reaccionar
intelectualmente contra la tradición y la herencia del pasado e instaurar un
nuevo rumbo. Nadie más abierta y desesperadamente que Sarmiento pretendió
europeizar, sajonizar o desnaturalizar el hecho americano; sin embargo, en
nadie es más visible que en él el aluvión de contrarias influencias de la
historia y las lecturas, del pasado y el presente. Facundo es
un libro maravillosamente impuro que no podía escribir sino el gran mestizo
cultural de su tiempo que era don Domingo Faustino. El culto por la democracia
sajona, por el racionalismo, por la civilización decimonónica europea va junto
con la admiración por el payador, por el rastreador, por el gaucho que parecía
el enemigo de la civilización y la encarnación de la barbarie y hasta por el
caudillo Quiroga, que recibe de sus manos el más fascinante retrato. Ésas eran
las que las gentes simples llamaban y todavía llaman las contradicciones de
Sarmiento y que no eran sino el reflejo, en aquella grande y abierta
sensibilidad creadora, del mestizaje vivo americano. Lo que él miraba en
Facundo, en el Chacho, en las gentes que lo rodeaban en Mendoza y en Cuyo, en
el gauchaje, no era ni podía ser barbarie, sino el estancado y mezclado resto
de la civilización que los españoles de los siglos XVII y XVIII intentaron
implantar en América. Ese rezago ya era impuro y mezclado. También la condición
de su ideal de civilización era inalcanzable: convertir en ciudadanos de la
Nueva Inglaterra o en discípulos de Guizot a los hijos de un proceso histórico
diferente, en marcha y peculiar. Sarmiento no era, ni podía ser, acaso
inconscientemente, sino un gran continuador de la fundamental empresa del
mestizaje americano. Lo que se proponía era abrir la entrada a nuevos afluentes
y nuevos aportes para enriquecer y universalizar más el caldo de creación del
Nuevo Mundo.
El aire barroco que mueve las frases de
Asturias y Carpentier está mezclado con elementos románticos, con sabiduría
surrealista y con la atracción por la magia de los pueblos primitivos. Un libro
como Los pasos perdidos o como El señor presidente refleja,
en el más mestizo lenguaje creador, el mestizaje original y profundo del Nuevo
Mundo. Jorge Luis Borges es el más refinado manipulador de la vocación y de los
elementos del mestizaje cultural. La torrencial voracidad transformadora y
caótica de Pablo Neruda tiene sus raíces y su razón en el poderoso fenómeno del
mestizaje americano.
No sólo hay una vocación
de superponer influencias y escuelas sino que, además, hay una deformadora
capacidad de asimilar y desnaturalizar las influencias, que no es otra cosa que
la avasallante consecuencia cultural del hecho americano.
La gran época creadora del mestizaje en
Europa ha terminado desde hace mucho tiempo. Los mitos de la superioridad
racial, del pasado histórico, de la pureza de la herencia nacional actuaron
como frenos y diques empobrecedores. Tal vez el romanticismo es la última
tentativa mayor por volver a descubrir la veta del mestizaje cultural. En las
artes plásticas, acaso los cubistas, con su importación de la escultura negra,
intentaron la aventura de sacar el arte de Occidente del camino de abstracción
y de pureza al que fatalmente iba a caer.
En cambio, la América
hispana es tal vez la única gran zona abierta en el mundo actual al proceso del
mestizaje cultural creador. En lugar de mirar esa característica extraordinaria
como una marca de atraso o de inferioridad, hay que considerarla como la más
afortunada y favorable circunstancia para que se afirme y extienda la vocación
de Nuevo Mundo que ha estado asociada desde el inicio al destino americano.
Es sobre la base de ese mestizaje fecundo y poderoso donde puede afirmarse
la personalidad de la América hispana, su originalidad y su tarea creadora. Con
todo lo que le llega del pasado y del presente, puede la América hispana
definir un nuevo tiempo, un nuevo rumbo y un nuevo lenguaje para la expresión
del hombre, sin forzar ni adulterar lo más constante y valioso de su ser
colectivo, que es su aptitud para el mestizaje viviente y creador.
martes, 9 de junio de 2020
viernes, 5 de junio de 2020
FRAGMENTOS (2º) - Manuel Scorza
SCORZA-
Más fragmentos de sus novelas
REDOBLE POR RANCAS
“Héctor Chacón, el
Nictálope, comenzó a reírse: su carcajada construyó una especie de grito, una
contraseña de animales conjurados, un secreto aprendido de búhos, espuma
atropellada por los estampidos de una risotada seca como los disparos de los
guardias civiles y que cayó flagelada por los espasmos de una pavorosa alegría.
La gente salió a las puertas. En el Puesto, los guardias civiles rastrillaron
sus fusiles. Niños y perros cesaron de perseguirse. Las viejas se santiguaron.”
CANTAR DE AGAPITO
ROBLES
CAPITULO 1
“Todo en robles era
pretexto de color. En uno de sus viajes encontró un cementerio abandonado.
Entonces todavía existían las fechas. Se acercaba el primero de noviembre. Agapito
se apiadó tanto del abandono que padecían los muertos, que retornó al pueblo
más cercano, compró pintura y volvió para colorear de rojo, amarillo, verde y
azul todas las cruces de las tumbas. “Así sentirán menos frio”. Pintó también
las del cementerio de Jupaicocha, el más alto y apesadumbrado del mundo. Esas
cruces del palo multicolor, bajo las cuales mascullan los llameros, Agapito las
pintó. Su pasión por los colores era invencible y más de una vez, temeraria.
Porque entre las señas de su prontuario, la Policía difundía que “el prófugo
viste como un espantapájaros”, calumnia que nunca lo forzó a rebajarse al gris.”
CAPITULO 2
Maca
Albornoz es uno de los personajes más curiosos del ciclo. Su historia y
descripción va apareciendo en tres de
las novelas. Ella es la única hija mujer de una familia de bandidos: Los
Albornoz. Su padre la quiso cambiar por un buen perro guardián, pero como no
consiguió nada de su gusto, se quedó con Maca, pero la educó como varón al que
llamaban Maco, y se convirtió en un bandido tan audaz como el resto de sus
hermanos. Hasta que un día le sale mal un robo de ganado y cae presa. Los
presos que quisieron darle ayuda para curar las heridas de los golpes que le
habían dado los guardias, descubrieron que no era Maco, sino Maca y que además
era “la mujer más bella que contemplaron
los nevados de Tusi”. Cuando sale de la cárcel decide alejarse de su
familia y asumir su “nuevo” género. Para lo cual se encierra en una pensión y
contrata a las mejores prostitutas de la zona para que le enseñen el oficio.
“La flor y nata del
puterío de Rancho Chico y Rancho Grande, los burdeles de Cerro, viajó a
Goyllarizquizga… La Culo Eléctrico, la Calzón de Fierro, la Nalgapronta, la Rompecatres,
la Gallina Clueca y la Triplete, elevaron a Maca hasta la maestría de su Arte
superior. Tres meses después… Maca se vistió de mujer. Con cara de mujer, cabellera
de mujer, andares de mujer, irreparablemente mujer, salió a la calle. Tiritando
la contemplaron los hombres… Así empezó la dictadura de sus ojos, el cimbreante
imperio de su paso, la brujería de su voz levemente ronca.”
Maca se dedicó a esquilmar u someter a los ciudadanos principales
y sus indignadas señoras redactaron el “Memorial
de las Esposas Ofendidas de Yanahuanca” contra “esa Lucifer con faldas”.
Dice uno de esos hombres “Esa
noche supe que después de haber dormido con cientos de mujeres, yo era virgen.
Conocí, maldita la hora en que mis padres se entreveraron, conocí que el cielo
y el infierno tienen la misma puerta tibia, y que se puede vivir dentro de un
relámpago”.
Otra de las rarezas de este personaje es que se apiada de todos
los seres discriminados por tontos, locos, deformes que hay en los pueblos de
la zona y los lleva a vivir bajo su protección.
Pero aquí no termina las originalidades del personaje: el capítulo
31 consiste en la confesión (sin signos de puntuación) que hace una de las
prostitutas al cura del pueblo, donde nos enteramos que La Maca odia todo y que
lo único que ama es uno de sus hermanos.
También relata cómo después de lograr acostarse con el hermano ambos son
consumidos por un fuego aparecido de no se sabe dónde.
CAPITULO 34 (FINAL): DE COMO EL DANZAR DE AGAPITO ROBLES CONVIRTIÓ
EN DÍA LA NOCHE
Agapito Robles …”Por la
calle del Abanderado Minaya subió hasta el cementerio. Sintió que en su paz cabían
no solo las estrellas de esa noche sino todas las estrellas que brillarían en
los años por venir. Su paz abarcó hasta los enemigos. ¿Qué enemigos? Ya no
tenía enemigos. Hasta por Montenegro sintió amor. Otra vida comenzaría.”
Cuando todos creían estar celebrando la victoria final, los
campesinos vigías avisan que se acercan las tropas:
“En los eucaliptos
crujió el fúnebre canto de la pacapaca. Y entonces, de nuevo, nuestro personero
(Agapito
Robles) enloqueció. Comenzó a reírse
bajito, luego fuerte, más fuerte. Sorpresivamente se echó el poncho sobre la
espalda que tembloteaba con sus carcajadas. Y ante el espanto de Wistozorro (otro
campesino) inició su baile… El humo de la
danza lo envolvió. Ya no se le veía. Su poncho era un torbellino de colores
vertiginosos. Sin dejar de bailar, descendió la loma. Como candela pasó
chamuscando los eucaliptos. Yo lo vi. Cuidando que su calor no me alcanzara, lo
seguí de lejos. Sin piedad por los maizales que devastaba a su paso, sin atender
al terror del caballaje, que se revolvía piafando en los corrales, ¡wifala,
wifala!, siguió bajando. Se acercó al pueblo. … El sofoco se hizo intolerable;
nos obligó a salir. ¡Entonces lo vimos! ¡Toda la quebrada estaba ardiendo! ¡Un
zigzag de colores avanzaba incendiando el mundo!”
GARABOMBO EL INVISIBLE
CAPITULO 12
miércoles, 3 de junio de 2020
FRAGMENTOS DE "HOMBRE DE MAÍZ"
MIGUEL
ANGEL ASTURIAS
FRAGMENTOS
DE “HOMBRE DE MAÍZ”
CAPITULO
1
…
—El
Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño de los ojos.
—El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha…
—El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja…
El Gaspar Ilóm movía la cabeza de un lado a otro. Negar, moler la acusación del suelo que estaba dormido con su petate , su sombra y su mujer y enterrado con sus muertos y su ombligo, sin poder deshacerse de una culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, pájaros y retumbos que sentía alrededor
del cuerpo.
—La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm, donde el guarda canta con lloro de barranco, vuela de cabeza el gavilán, anda el zompopo (hormiga grande), gime la espumuy (paloma) y duerme con su petate, su sombra y su mujer el que debía trozar los párpados a los que hachan los árboles, quemar las pestañas a los que chamuscan el monte y enfriar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos que corriendo duerme y no ve nada pero atajada en las pozas abre los ojos y lo ve todo con mirada honda…
El Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertirlo en una masa de frijol negro; goteaba
noche de profundidades.
Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó:
—Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra el Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de ñudos ciegos…
La palabra del suelo hecha llama solar estuvo a punto de quemarles las orejas de tuza (hoja que cubre el maíz) a los conejos amarillos en el cielo, a los conejos amarillos en el monte, a los conejos amarillos en el agua; pero el Gaspar se fue volviendo tierra que cae de donde cae la tierra, es decir, sueño que no encuentra sombra para soñar en el suelo de Ilóm y
nada pudo la llama solar de la voz burlada por los conejos amarillos que se pegaron a mamar en un papayal, convertidos en papayas del monte, que se pegaron al cielo, convertidos en estrellas, y se disiparon en el agua como reflejos con orejas.
Tierra desnuda, tierra despierta, tierra maicera con sueño, el Gaspar que caía de donde cae la tierra, tierra maicera bañada por ríos de agua hedionda de tanto estar despierta, de agua verde en el desvelo de las selvas sacrificadas por el maíz hecho hombre sembrador de maíz. De entrada se llevaron los maiceros por delante con sus quemas y sus hachas en selvas abuelas de la sombra, doscientas mil jóvenes ceibas de mil años.
En el pasto había un mulo, sobre el mulo había un hombre y en el hombre había un muerto. Sus ojos eran sus ojos, sus manos eran sus manos, su voz era su voz, sus piernas eran sus piernas y sus pies eran sus pies para la guerra en cuanto escapara a la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que se le había enroscado en el cuerpo. Pero cómo soltarse, cómo desatarse de la siembra, de la mujer, de los hijos, del rancho; cómo romper con el gentío alegre de los campos; cómo arrancarse para la guerra con los frijolares a media flor en los brazos, las puntas de güisquil calientitas alrededor del cuello y los pies enredados en el lazo de la faina.
El aire de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Un remolino de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos dio vueltas y vueltas y vueltas y vueltas en torno al cacique de Ilóm y mientras le pegaba el viento en las carnes y la cara y mientras la tierra que levantaba el viento le pegaba se lo tragó una media luna sin dientes, sin morderlo, sorbido del
aire, como un pez pequeño.
La tierra de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el agua, conejos amarillos en el monte.
No abrió los ojos. Los tenía abiertos, amontonados entre las pestañas. Lo golpeaba la tumbazón de los latidos. No se atrevía a moverse, a tragar saliva, a palparse el cuerpo desnudo temeroso de encontrase el pellejo frío y en el pellejo frío los profundos barrancos que le había babeado la serpiente.
—El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha…
—El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja…
El Gaspar Ilóm movía la cabeza de un lado a otro. Negar, moler la acusación del suelo que estaba dormido con su petate , su sombra y su mujer y enterrado con sus muertos y su ombligo, sin poder deshacerse de una culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, pájaros y retumbos que sentía alrededor
del cuerpo.
—La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm, donde el guarda canta con lloro de barranco, vuela de cabeza el gavilán, anda el zompopo (hormiga grande), gime la espumuy (paloma) y duerme con su petate, su sombra y su mujer el que debía trozar los párpados a los que hachan los árboles, quemar las pestañas a los que chamuscan el monte y enfriar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos que corriendo duerme y no ve nada pero atajada en las pozas abre los ojos y lo ve todo con mirada honda…
El Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertirlo en una masa de frijol negro; goteaba
noche de profundidades.
Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó:
—Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra el Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de ñudos ciegos…
La palabra del suelo hecha llama solar estuvo a punto de quemarles las orejas de tuza (hoja que cubre el maíz) a los conejos amarillos en el cielo, a los conejos amarillos en el monte, a los conejos amarillos en el agua; pero el Gaspar se fue volviendo tierra que cae de donde cae la tierra, es decir, sueño que no encuentra sombra para soñar en el suelo de Ilóm y
nada pudo la llama solar de la voz burlada por los conejos amarillos que se pegaron a mamar en un papayal, convertidos en papayas del monte, que se pegaron al cielo, convertidos en estrellas, y se disiparon en el agua como reflejos con orejas.
Tierra desnuda, tierra despierta, tierra maicera con sueño, el Gaspar que caía de donde cae la tierra, tierra maicera bañada por ríos de agua hedionda de tanto estar despierta, de agua verde en el desvelo de las selvas sacrificadas por el maíz hecho hombre sembrador de maíz. De entrada se llevaron los maiceros por delante con sus quemas y sus hachas en selvas abuelas de la sombra, doscientas mil jóvenes ceibas de mil años.
En el pasto había un mulo, sobre el mulo había un hombre y en el hombre había un muerto. Sus ojos eran sus ojos, sus manos eran sus manos, su voz era su voz, sus piernas eran sus piernas y sus pies eran sus pies para la guerra en cuanto escapara a la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que se le había enroscado en el cuerpo. Pero cómo soltarse, cómo desatarse de la siembra, de la mujer, de los hijos, del rancho; cómo romper con el gentío alegre de los campos; cómo arrancarse para la guerra con los frijolares a media flor en los brazos, las puntas de güisquil calientitas alrededor del cuello y los pies enredados en el lazo de la faina.
El aire de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Un remolino de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos dio vueltas y vueltas y vueltas y vueltas en torno al cacique de Ilóm y mientras le pegaba el viento en las carnes y la cara y mientras la tierra que levantaba el viento le pegaba se lo tragó una media luna sin dientes, sin morderlo, sorbido del
aire, como un pez pequeño.
La tierra de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el agua, conejos amarillos en el monte.
No abrió los ojos. Los tenía abiertos, amontonados entre las pestañas. Lo golpeaba la tumbazón de los latidos. No se atrevía a moverse, a tragar saliva, a palparse el cuerpo desnudo temeroso de encontrase el pellejo frío y en el pellejo frío los profundos barrancos que le había babeado la serpiente.
……
CAPITULO
5
…
Lo
salado fue sentarse a que lloviera. Las nubes gateaban sobre los cerros y la oscurana
del agua, verdosa allá arriba, porque no hay que hacerle, lo verde cae del cielo,
alabanciaba la tierra, pero no caía. Amagaba el agua y no más. Los hombres, gastados
los ojos de mirar por encima de los cerros, empezaron a mirar pal suelo, como
chuchos que buscan güeso, en la aflicción de adivinar al través de la tierra si
no se habría secado la semilla. Hasta se habló entre ellos de castigo de Dios
por haber engañado al viejo Machojón. Y hasta pensaron bajar a la casa grande y
arrodillarse ante el señor Tomás a pedirle perdón, con tal que lloviera, a
esclarecerle una vez por
todas que ellos no habían visto al Machojón en las quemas y si le habían dicho así, era para no contrariarlo y para que les diera buenas tierras en que sembrar. El viejo, si le hablamos, nos quitará la mitad de la fanega. De perderlo todo a perder la mitad.
Mientras lo tengamos agraviado no llueve y si pasan más días se echará a perder todo. Así decían. Así hablaban.
La lluvia los agarró dormidos, envueltos en sus ponchos como momias. Al principio les pareció que soñaban. De tanto desear el agua la soñaban. Pero estaban despiertos, con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo los riendazos del cielo, la bravencia de los truenos y ya no se pudieron dormir, porque les tardaba el día para
ver sus tierras mojadas. Los chuchos se entraron a los ranchos. El agua también se entró a los ranchos, como chucho por su casa. Las mujeres se les juntaron. Hasta dormidas le tenían miedo a la tempestad y al rayo.
El agradecimiento debe oler, si algún huele tiene, a tierra mojada. Ellos sentían el pecho hinchado de agradecimiento y cada rato decían de pensada: «Dios se lo pague a Dios». Los hombres, cuando han sembrado y no llueve se van poniendo lisos, las mujeres les sufren el mal carácter, y por eso qué alegre sonaba en los oídos de las mujeres medio dormidas el aguaje que estaba cayendo en grande. El pellejo de sus chiches (pechos) del mismo color que la tierra llovida. Lo negro del pezón. La humedad del pezón con leche. Pesaba la chiche para dar de mamar como la tierra mojada. Sí, la tierra era un gran pezón, un enorme seno al que estaban pegados todos los peones con hambre de cosecha, de leche con de verdad sabor a leche de mujer, a lo que saben las cañas de la milpa (la planta del maíz) mordiéndolas tiernitas. Si llueve, ya se ve, hay filosofía. Si no, hay pleito. Una bendición de siembras.
todas que ellos no habían visto al Machojón en las quemas y si le habían dicho así, era para no contrariarlo y para que les diera buenas tierras en que sembrar. El viejo, si le hablamos, nos quitará la mitad de la fanega. De perderlo todo a perder la mitad.
Mientras lo tengamos agraviado no llueve y si pasan más días se echará a perder todo. Así decían. Así hablaban.
La lluvia los agarró dormidos, envueltos en sus ponchos como momias. Al principio les pareció que soñaban. De tanto desear el agua la soñaban. Pero estaban despiertos, con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo los riendazos del cielo, la bravencia de los truenos y ya no se pudieron dormir, porque les tardaba el día para
ver sus tierras mojadas. Los chuchos se entraron a los ranchos. El agua también se entró a los ranchos, como chucho por su casa. Las mujeres se les juntaron. Hasta dormidas le tenían miedo a la tempestad y al rayo.
El agradecimiento debe oler, si algún huele tiene, a tierra mojada. Ellos sentían el pecho hinchado de agradecimiento y cada rato decían de pensada: «Dios se lo pague a Dios». Los hombres, cuando han sembrado y no llueve se van poniendo lisos, las mujeres les sufren el mal carácter, y por eso qué alegre sonaba en los oídos de las mujeres medio dormidas el aguaje que estaba cayendo en grande. El pellejo de sus chiches (pechos) del mismo color que la tierra llovida. Lo negro del pezón. La humedad del pezón con leche. Pesaba la chiche para dar de mamar como la tierra mojada. Sí, la tierra era un gran pezón, un enorme seno al que estaban pegados todos los peones con hambre de cosecha, de leche con de verdad sabor a leche de mujer, a lo que saben las cañas de la milpa (la planta del maíz) mordiéndolas tiernitas. Si llueve, ya se ve, hay filosofía. Si no, hay pleito. Una bendición de siembras.
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FRAGMENTOS - Manuel Scorza
Manuel Scorza
FRAGMENTOS DE REDOBLE POR RANCAS
10. Acerca del lugar y la hora en que el
gusano de alambre apareció en Yanacancha
Sólo el sol del mediodía calienta. Los perros
esperan ansiosos ese fulgor y lo persiguen hasta que se extravía en la estepa.
Allí, de golpe, atardece. El viento sale de las cuevas y lame rencoroso la tierra pelada.
Yanacancha comienza donde acaba Cerro de Pasco: en el cementerio. Los viajeros se extrañan de ese camposanto, demasiado vasto para el pueblo. Y es que antes que viniera el de la barba bermeja, Cerro de Pasco llegó a tener doce viceconsulados. Cateadores de todas las razas subieron a estos nevados a buscar la veta fabulosa. Vinieron por fortuna y dejaron los huesos. Derrochaban sus años vagando por las cordilleras. Un día los sorprendía la fiebre y en las pausas del delirio suplicaban que con su oro les compraran, por lo menos, una buena tumba. Allí están, metidos en sus catafalcos, mascullando contra la nevada.
En una de las paredes del cementerio, un jueves, la noche parió al Cerco. Volví para santiguarme. Una multitud de enchaquetados lo miraba gatear; ante mis ojos, el Cerco circundó el cementerio y descendió a la carretera. Es la hora en que los camiones jadean hacia Huánuco, felices de bajar a tierras arboladas. En el borde de la carretera, el Cerco se detuvo, meditó una hora y se dividió en dos. El camino a Huánuco comenzó a correr entre dos alambrados. El Cerco reptó tres kilómetros y enfiló hacia las oscuras tierras de Cafepampa.
Allí, de golpe, atardece. El viento sale de las cuevas y lame rencoroso la tierra pelada.
Yanacancha comienza donde acaba Cerro de Pasco: en el cementerio. Los viajeros se extrañan de ese camposanto, demasiado vasto para el pueblo. Y es que antes que viniera el de la barba bermeja, Cerro de Pasco llegó a tener doce viceconsulados. Cateadores de todas las razas subieron a estos nevados a buscar la veta fabulosa. Vinieron por fortuna y dejaron los huesos. Derrochaban sus años vagando por las cordilleras. Un día los sorprendía la fiebre y en las pausas del delirio suplicaban que con su oro les compraran, por lo menos, una buena tumba. Allí están, metidos en sus catafalcos, mascullando contra la nevada.
En una de las paredes del cementerio, un jueves, la noche parió al Cerco. Volví para santiguarme. Una multitud de enchaquetados lo miraba gatear; ante mis ojos, el Cerco circundó el cementerio y descendió a la carretera. Es la hora en que los camiones jadean hacia Huánuco, felices de bajar a tierras arboladas. En el borde de la carretera, el Cerco se detuvo, meditó una hora y se dividió en dos. El camino a Huánuco comenzó a correr entre dos alambrados. El Cerco reptó tres kilómetros y enfiló hacia las oscuras tierras de Cafepampa.
…………….
Ascendí por la cuesta y abrí la boca: el Cerco
engullía Cafepampa. Así nació el cabrón, un día lluvioso, a las siete de la
mañana. A las seis de la tarde tenía una edad de cinco kilómetros. Pernoctó en
el puquial Trinidad. Al día siguiente corrió hasta Piscapuquio: allí celebró
sus diez kilómetros. ¿Conocen los cinco manantiales de Piscapuquio? Para el que
llega, beberla es un regalo. Para el que parte, es una dulzura recordarla. Ya
nadie pudo encariñarse con esos manantiales. El tercer día, el Cerco cumplió
otros cinco kilómetros. El cuarto atravesó los lavaderos de oro. En esos esqueletos
de piedra levantados por los antiguos, los españoles lavaban su oro. No aconsejo
cruzar esas soledades de noche: un decapitado limosnea con su cabeza en la mano.
Allí pernoctó el Cerco: al alba reptó hacia el cañón por donde fuga la
carretera a Huánuco. Dos infranqueables montes vigilan el desfiladero: el
rojizo Pucamina y el enlutado Yantacaca, inaccesibles para los mismos pájaros.
El quinto día, el Cerco derrotó a los pájaros.
El quinto día, el Cerco derrotó a los pájaros.
…………
19. Donde el lector se entretendrá con una
partida de póquer
los historiadores exhiben una prueba
irrefutable: esa noche —¿era noche, era día?— las autoridades confirmaron que
Espíritu Félix y sus catorce compañeros habían sido fulminados por un «infarto
colectivo»…
Sea como fuere, el dictamen del doctor Montenegro
fue categórico: los peones habían sido segados por el primer infarto colectivo
de la historia de la medicina. El doctor Montenegro confirmó que los débiles
corazones de los caballerangos no resistieron las alturas del poder; corazones acostumbrados
a trotar a cinco mil metros fueron despedazados por la emoción de sentarse en
los sillones de la sala de El Estribo. La provincia triunfaba. El privilegio de
la desconcertante novedad médica, negada a las cosmópolis, recaía en una humilde,
pero sincera provincia peruana. El genio no escoge únicamente a las grandes
naciones para revelarse.
34.
Lo que Fortunato y el Personero de Rancas conversaron
Una universal debilidad destituyó a la rabia.
Fortunato sintió que el cielo se desfondaba. Para defenderse de las nubes alzó
los brazos. Se abrió la tierra. Intentó agarrarse de las hierbas, de la orilla
de la vertiginosa oscuridad, pero sus dedos no obedecieron y rodó, rebotando,
hasta el fondo de la tierra.
Semanas después, en sus tumbas, sosegados los sollozos, acostumbrados a la húmeda oscuridad, don Alfonso Rivera le contó el resto. Porque los enterraron tan cerca que Fortunato escuchó los suspiros de don Alfonso y consiguió abrir un agujero en el barro con una ramita. ¡Don Alfonso, don Alfonso!, llamó. El Personero, que se creía condenado para siempre a la oscuridad, sollozó. Lloró una semana, luego se calmó y, más tranquilo, le informó que él, Fortunato, se escurrió al primer balazo, de bruces, sobre su sangre.
Semanas después, en sus tumbas, sosegados los sollozos, acostumbrados a la húmeda oscuridad, don Alfonso Rivera le contó el resto. Porque los enterraron tan cerca que Fortunato escuchó los suspiros de don Alfonso y consiguió abrir un agujero en el barro con una ramita. ¡Don Alfonso, don Alfonso!, llamó. El Personero, que se creía condenado para siempre a la oscuridad, sollozó. Lloró una semana, luego se calmó y, más tranquilo, le informó que él, Fortunato, se escurrió al primer balazo, de bruces, sobre su sangre.
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FRAGMENTOS DE EL JINETE INSOMNE
1- DE CÓMO
EL RÍO CHAUPIHUARANGA SIGUIÓ APELLIDÁNDOSE CHAUPIHUARANGA PERO CESÓ DE SER RÍO
Yo fui el primero en percatarme de la pereza del agua. Vivo cerca de Racre, en una casucha que respetan las crecidas: conozco todas las mañas del Chaupihuaranga. Una mañana de agosto (pero quizás era diciembre) queriendo encerrar unas truchas en un brazo de agua, me extrañó la flojera del río. Convaleciente de fiebres traídas de un viaje a Huánuco, la diarrea me obligó a buscar al medio día unos arbustos cerca del río. Entonces miré las mismas aguas. Me alarmé pero preferí esperar. Para no inquietarme gasté el día afilando tijeras. Más calmado, volví a la orilla al atardecer. El agua se empecinaba. No queriendo apresurar juicios, me arriesgué a una prueba. El jueves (pero quizás era viernes o lunes) viajé a Yanahuanca. ¡Ojo! No me franqueé con nadie. Sin comerciar palabra compré una onza de anilina morada. La mañana del viernes (pero quizás era martes) sembré el tinte en el río. El morado delataría la velocidad del agua. Por el color pretendía sondear las intenciones del Chaupihuaranga. Vacíe la bolsita en la corriente y me alejé. El fervor del sol maltrataba la tierra. Sofocado busqué pencas, comí tunas, y más tranquilo, casi sosegado, me adormecí bajo los molles.
Yo fui el primero en percatarme de la pereza del agua. Vivo cerca de Racre, en una casucha que respetan las crecidas: conozco todas las mañas del Chaupihuaranga. Una mañana de agosto (pero quizás era diciembre) queriendo encerrar unas truchas en un brazo de agua, me extrañó la flojera del río. Convaleciente de fiebres traídas de un viaje a Huánuco, la diarrea me obligó a buscar al medio día unos arbustos cerca del río. Entonces miré las mismas aguas. Me alarmé pero preferí esperar. Para no inquietarme gasté el día afilando tijeras. Más calmado, volví a la orilla al atardecer. El agua se empecinaba. No queriendo apresurar juicios, me arriesgué a una prueba. El jueves (pero quizás era viernes o lunes) viajé a Yanahuanca. ¡Ojo! No me franqueé con nadie. Sin comerciar palabra compré una onza de anilina morada. La mañana del viernes (pero quizás era martes) sembré el tinte en el río. El morado delataría la velocidad del agua. Por el color pretendía sondear las intenciones del Chaupihuaranga. Vacíe la bolsita en la corriente y me alejé. El fervor del sol maltrataba la tierra. Sofocado busqué pencas, comí tunas, y más tranquilo, casi sosegado, me adormecí bajo los molles.
…………
Desperté con la mano pesada sobre el corazón.
Era el atardecer. Con la boca abrasada me aproximé a la orilla. Mi pavor
descubrió que el morado seguía allí, a
una vara de la misma retama. ¿Era viernes o lunes? Alarmado pero sospechando
que el tunante de Cisneros me había endilgado una «anilina podrida» el sábado
(pero quizás era jueves) viajé a Yanahuanca: quería percatarme de la calidad
del tinte. Esta vez compré tres onzas de anilina roja, verde y naranja, en tres
tiendas diferentes, a cuyos propietarios previne que quería «teñir un manto
para la Virgen del Socorro». Así, con lo sagrado, creí ahuyentar pendejadas. Sin
descoser la boca volví a mi estancia. El «domingo» me adentré en la «corriente»
y con el agua hasta el pecho espolvoreé los colores en tres lugares diferentes:
el rojo cerca del molle desmochado por el rayo, el verde junto al cuajaron
morado y el naranja, a la derecha, donde meses antes la correntada se llevó mi
vaquilla Vaca. No me sentía bien. Al atardecer vencí la tentación de
aproximarme al río. El «lunes» se me desbocaron los ojos: ¡las islitas rojas,
verdes y naranjas seguían allí!
……………………
5 SÍNTOMAS DE LA PLAGA QUE ACOMETIÓ A LOS
RELOJES DE YANAHUANCA
Doña Añada, la más vieja de las cinco cocineras
del juez Montenegro, jura que el primer enfermo fue el Longines del
subprefecto Valerio. El Domingo de Ramos percibió un olorcillo dulzón. Doña
Paulina, otra de las cocineras, dice que doña Añada se equivocó. «El incienso
disimuló el olor». Pero nadie discute que tres días después el reloj enfermo se
asfixió en una rápida agonía. Luego se comprobada que a los relojes la muerte
les sobrevenía tras clamorosas inflamaciones.
…….
Repuesta del susto doña Pepita alejó a las
domésticas. Solo los Montenegro, el subprefecto Valerio, Arutingo y Atala
asistieron a la agonía. Eso no prohibió que las sirvientas percibieran la
pestilencia que no obstante zahumerios se prendería largos días a los geranios
del patio. El Longines del subprefecto acabó de sufrir ese anochecer. El Chuto
Ildefonso envolvió al difunto en un trozo de yute y lo enterró detrás de los
últimos molles. Pero él mismo necesitó zamparse un aguardiente. Las sirvientas
gastaron las sobras de la noche regando la casa con Agua Florida. Pero aún después
en la casa persistió el olor de pedo de gigante.
………
Quizás una cuarentena hubiera menguado los
estragos pero nadie reparó que las bruscas lentitudes y sorpresivas
aceleraciones de los cinco relojes de Yanacocha eran altibajos de la fiebre.
……………
8- DE
CÓMO LA GENTE NO AGRADECE SINO TODO LO CONTRARIO
Yo ya no quiero franquearme con nadie. Repito: la gente no agradece. ¿Cuántas veces he querido prevenir acerca de las actitudes hipócritas que por aquí adopta el agua? ¿Qué he sacado? En esa época mi mujer estaba por parir: se le antojó comer trucha. Fui al lago. Por este lado el Chaupihuaranga es más tonto que en ninguna parte. Por eso me sorprendió que pasaran los sombreros. A los primeros lo confundí con patos, pero luego me di cuenta: una multitud de sombreros avanzaba sobre el agua inmóvil. ¿Sombreros caminando en el agua quieta? ¿O gente caminando debajo del agua? En todo caso, yo vi sombreros. Uno detrás de otro, en fila, calladitos, pasaron.
Yo ya no quiero franquearme con nadie. Repito: la gente no agradece. ¿Cuántas veces he querido prevenir acerca de las actitudes hipócritas que por aquí adopta el agua? ¿Qué he sacado? En esa época mi mujer estaba por parir: se le antojó comer trucha. Fui al lago. Por este lado el Chaupihuaranga es más tonto que en ninguna parte. Por eso me sorprendió que pasaran los sombreros. A los primeros lo confundí con patos, pero luego me di cuenta: una multitud de sombreros avanzaba sobre el agua inmóvil. ¿Sombreros caminando en el agua quieta? ¿O gente caminando debajo del agua? En todo caso, yo vi sombreros. Uno detrás de otro, en fila, calladitos, pasaron.
…………
15- DECADENCIA DEL ARTE POSTAL
En eso, don Celestino Matos, jefe de la oficina de correos, enloqueció. En plena ceremonia conmemorativa de la victoria de Ayacucho, el hasta entonces anónimo funcionario mordió la mano que se dignaba alargarle el juez. Solo los puñetazos del Chuto Ildefonso, sombra fiel del magistrado, lo salvaron del furor del jefe de correos.
Reducido por los acompañantes don Celestino siguió aullando. «¿Por qué me desprecian? ¿Por qué me huyen? ¿Soy carachoso?». Nadie lo desdeñaba. Los desaires se domiciliaban en la confusión de sus ojos. Miope de solemnidad —no distinguía ni su espejo— don Celestino había recurrido a la ciencia del sanitario Canchucaja que le recetó unos anteojos que encargó a Cerro de Pasco. Por defectuosa medición o por error de los oculistas, semanas después, don Celestino recibió lentes desconcertantes: las figuras se le escurrían por los costados de las lunas. Don Celestino miraba
acercarse a los hombres y luego doblar y esfumarse. Con dignidad se enfrentó al desastre. Escamoteados por sus anteojos, amigos y enemigos huían. Demasiado delicado para inquirir las causas del desprecio colectivo, acusándose quizás de crímenes imaginarios, don Celestino se aisló. El 9 de diciembre según unos, el quince de marzo según otros, perdió la razón.
En eso, don Celestino Matos, jefe de la oficina de correos, enloqueció. En plena ceremonia conmemorativa de la victoria de Ayacucho, el hasta entonces anónimo funcionario mordió la mano que se dignaba alargarle el juez. Solo los puñetazos del Chuto Ildefonso, sombra fiel del magistrado, lo salvaron del furor del jefe de correos.
Reducido por los acompañantes don Celestino siguió aullando. «¿Por qué me desprecian? ¿Por qué me huyen? ¿Soy carachoso?». Nadie lo desdeñaba. Los desaires se domiciliaban en la confusión de sus ojos. Miope de solemnidad —no distinguía ni su espejo— don Celestino había recurrido a la ciencia del sanitario Canchucaja que le recetó unos anteojos que encargó a Cerro de Pasco. Por defectuosa medición o por error de los oculistas, semanas después, don Celestino recibió lentes desconcertantes: las figuras se le escurrían por los costados de las lunas. Don Celestino miraba
acercarse a los hombres y luego doblar y esfumarse. Con dignidad se enfrentó al desastre. Escamoteados por sus anteojos, amigos y enemigos huían. Demasiado delicado para inquirir las causas del desprecio colectivo, acusándose quizás de crímenes imaginarios, don Celestino se aisló. El 9 de diciembre según unos, el quince de marzo según otros, perdió la razón.
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20- DE LAS ABRACADABRANTES FIESTAS QUE
ORGANIZARON
LOS MONTENEGRO
LOS MONTENEGRO
Una tarde doña Pepita gritó «¡Me aburro,
carajo!» y sin respeto por la siesta que Arutingo cabeceaba en uno de los
sillones, arrancó uno de los almanaques de la abarrotería. Y. Chang.
«¿Por qué no es ya Semana Santa? ¿Qué esperan los santos? Estos cojudos se la pasan hueveando en los altares. ¡Habría que adelantar el calendario!».
—¡Cojones! —gritó Arutingo, electrizado.
—¿Qué pasa? —preguntó disgustada doña usaba pero no toleraba las malas palabras.
—Ya lo tengo, comadrita.
—¿Qué tienes?
—Usted misma lo dijo, doña Pepita: apurar el calendario. ¡Acelerar el tiempo, comadrita!
—Te felicito cholo. Por fin te funciona la tutuma —rio doña Pepita—. ¿Qué día es hoy?
—Quince de febrero.
—Si estuviéramos en marzo podríamos celebrar la Semana Santa.
—Si usted quiere que estemos en marzo ¿quién se opone? ¿Por qué un mes debe tener treinta días? Si usted quiere puede tener diez o cien. ¡Usted señale su tamaño y nosotros lo haremos respetar!
A la mañana siguiente Arutingo viajó a Huarautambo. El Chuto Ildefonso esperaba ya con una asamblea de colonos. Sin gastar saliva Arutingo les comunicó que no deseando que los peones pensaran que doña Pepita los «desairaba», la patrona recibiría con gusto sus invitaciones. Doña Pepita había decidido «adelantar» la Semana Santa. La Crucifixión de Nuestro Salvador se lloraría en febrero: el próximo domingo.
«¿Por qué no es ya Semana Santa? ¿Qué esperan los santos? Estos cojudos se la pasan hueveando en los altares. ¡Habría que adelantar el calendario!».
—¡Cojones! —gritó Arutingo, electrizado.
—¿Qué pasa? —preguntó disgustada doña usaba pero no toleraba las malas palabras.
—Ya lo tengo, comadrita.
—¿Qué tienes?
—Usted misma lo dijo, doña Pepita: apurar el calendario. ¡Acelerar el tiempo, comadrita!
—Te felicito cholo. Por fin te funciona la tutuma —rio doña Pepita—. ¿Qué día es hoy?
—Quince de febrero.
—Si estuviéramos en marzo podríamos celebrar la Semana Santa.
—Si usted quiere que estemos en marzo ¿quién se opone? ¿Por qué un mes debe tener treinta días? Si usted quiere puede tener diez o cien. ¡Usted señale su tamaño y nosotros lo haremos respetar!
A la mañana siguiente Arutingo viajó a Huarautambo. El Chuto Ildefonso esperaba ya con una asamblea de colonos. Sin gastar saliva Arutingo les comunicó que no deseando que los peones pensaran que doña Pepita los «desairaba», la patrona recibiría con gusto sus invitaciones. Doña Pepita había decidido «adelantar» la Semana Santa. La Crucifixión de Nuestro Salvador se lloraría en febrero: el próximo domingo.
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El calendario comenzó a desmayarse. Por pura
bellaquería el Opa Leandro ofreció en venta unos almanaques: simples hojas de
cartulina con meses de cuarenta o sesenta días, con las nuevas efemérides en
rojo, verde, amarillo, azul. Los badulaques se arremolinaron muertos de risa,
pero, oh sorpresa, don Herón de los Ríos, alcalde de Yanahuanca, se metió la
mano al bolsillo, extrajo cinco soles y exclamó: «Muy bonita, Leandro, su obra
de arte». A los graciosos que estallaron en carcajadas, los condujeron al
Puesto por «desacato al señor alcalde». El mantenimiento del
calendario gregoriano se estimó desde entonces un «desacato al Poder Judicial». En la práctica era contradecir la realidad. Los meses comenzaron a alargarse o acortarse según las circunstancias. Octubre engordó hasta tener ochenta días y noviembre murió apenas a los nueve días de edad.
calendario gregoriano se estimó desde entonces un «desacato al Poder Judicial». En la práctica era contradecir la realidad. Los meses comenzaron a alargarse o acortarse según las circunstancias. Octubre engordó hasta tener ochenta días y noviembre murió apenas a los nueve días de edad.
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