martes, 23 de junio de 2020

PANDECUENTOS

GRACIAS AL GRUPO DE NARRADORAS "LAS MARGARITAS BLANCAS" POR COMPARTIR ESTOS RELATOS 

EL PARTO



LA VISITA



UN HOMBRE DE POCA SUERTE


domingo, 14 de junio de 2020

El caballo de Nietszche


eldiario.es
Por qué El caballo de Nietzsche
11/03/2014 - 20:19h
Ocurrió en Turín, el 3 de enero de 1889. Friedrich Nietzsche cruza la plaza Carlo Alberto y se topa con un cochero que azota con el látigo a su caballo, rendido, agotado, resignado, doblegado en el suelo. Nietzsche, hondamente dolido, herido en lo más profundo de su alma, se arroja sobre el caballo y lo abraza.
Los relatos del incidente varían según los autores. Unos dicen que le susurró palabras que solo él, el caballo, podía oír. Otros dicen que permaneció en silencio, llorando, quizá hablándole sin pronunciar palabra. Pero todos coinciden en que fue un episodio crucial en la vida del filósofo alemán: el momento en el que perdió lo que la humanidad llama “razón” y, de alguna forma, rompió para siempre con esa misma humanidad, que lo consideró desde entonces un perturbado. Permaneció junto al caballo hasta que fue detenido por desórdenes públicos. Sabemos lo que pasó después con Nietzsche, pero no hemos sabido qué fue de aquel caballo.
Podemos pensar, como escribió Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, que en aquel momento Nietzsche pedía perdón al caballo en nombre de la humanidad, en nombre de Descartes. Queremos pensar que le pidió perdón porque la humanidad, al construir su relación con los animales, eligiera a Descartes frente a, por ejemplo, Pitágoras. Porque se apoyara en Descartes y no en Pitágoras para interpretar el “dominio” que, según el Génesis, Dios otorgó a los humanos sobre los demás animales.
Hay palabras en el Génesis que nos podrían haber permitido construir esa relación sobre el respeto, sobre una premisa de protección de los “superiores” sobre los “débiles”, incluso sobre el amor. Pero los humanos optaron por interpretar que podemos ejercer de dueños y señores de cuanto nos rodea, y la historia de la humanidad es la del uso a su antojo y el abuso del resto de los animales.
En ese proceso, Descartes es causa y efecto. Como recuerda Kundera, Descartes definió a los animales no humanos como máquinas vivientes, “machina animata”, seres carentes de alma y, por tanto, incapaces de experimentar dolor ni emoción alguna. Así, sus quejidos no serían tales, solo el chirrido propio de un mecanismo que funciona mal, igual que el chirrido de la rueda de un carro no significa que el eje sufra, sino que no está engrasado.
Descartes nos puso en bandeja olvidar a Pitágoras, que siglos antes había dado nombre a los primeros vegetarianos; que consideraba a los animales poseedores de un alma similar a la humana, y con idéntica capacidad de amor y de sufrimiento; que experimentaba la felicidad cada vez que podía comprar una vida para liberarla.
Quizá Nietzsche pidió perdón al caballo en nombre de Descartes, como quiso creer Kundera, o quizá simplemente lo hizo en su propio nombre, por no haberlo hecho antes, por no haber sido consciente de ese inmenso sufrimiento hasta verlo en unos ojos y en un cuerpo torturado, por haber sido él mismo víctima de Descartes, como en el fondo lo ha sido toda la humanidad.
Son cientos, miles de años de creencia en la superioridad, de permiso para dominar, de impunidad en el uso y la explotación de otros. Y mientras la sociedad avanza y deja atrás viejas creencias, como esa que hasta el mismo siglo XX no dudaba de la superioridad de los blancos sobre todos los demás hombres, ni de la superioridad de los hombres frente a todas las mujeres, los animales no humanos esperan su turno para recuperar algo tan básico como su derecho a existir y a no ser maltratados.
Ya nadie duda de que todos los humanos tenemos derecho a una existencia digna. Pero ha costado. Hace solo unas décadas esta premisa fundamental no estaba tan clara. Aún hay quien sigue cuestionándola, pero hemos logrado llegar a un punto donde ponerla en cuestión en público, simplemente verbalizarla, es reprobable y hasta puede ser constitutivo de delito.
Nelson Mandela tuvo que explicar ante muchos de sus congéneres, los mismos que lo señalan ahora como un ejemplo para la humanidad, que los negros sangraban igual que los blancos, sufrían igual que los blancos y tenían las mismas ganas de vivir que los blancos. De eso hace solo sesenta años, y unos pocos años antes aún había zoos humanos, donde las familias blancas acudían a contemplar niños negros con unos argumentos que ahora rechazaríamos de plano porque, en nuestra propia evolución, hemos asumido el racismo, igual que el sexismo, como formas de violencia.
Los estudios científicos han demostrado que los animales no humanos también sienten. Que aman, que sufren, que establecen vínculos emocionales con sus semejantes y con individuos de otras especies, incluso jerarquías en sus grupos sociales. Que tienen, en definitiva, necesidades vitales, físicas y emocionales. Pero nosotros, los animales humanos, que nos creemos superiores como en el Génesis, seguimos anclados en la teoría de Descartes. Y es nuestro código cultural el que determina si un animal no humano es digno del derecho a satisfacer o no esas necesidades.
En nuestra evolución como especie, hemos asumido que todas las vidas humanas merecen respeto. Y por eso el racismo o el sexismo, tan arraigados culturamente, van quedando poco a poco atrás. Hay resistencias, reductos donde tratan de hacerse fuertes, pero ya no es un comportamiento moralmente aceptable.
El reto pendiente es asumir que las vidas de los demás animales también tienen un valor intrínseco. Porque la ética de una sociedad se mide por el trato que brinda a sus miembros más débiles, y la verdadera prueba de moralidad, como decía Kundera, radica en la relación que los humanos establecemos con quienes están a nuestra merced. Y esos son los animales no humanos. Todos. Al margen de las etiquetas que cada cultura haya puesto a unos y a otros.
A estas alturas de la película nada justifica que nos escandalice el maltrato a un perro o a un gato cuando miles de millones de otros animales con idéntica o superior capacidad de sufrimiento son masacrados para satisfacer nuestras necesidades o caprichos. Y menos aún teniendo en cuenta que disponemos de opciones para vivir plenamente sin condenar a nadie al sufrimiento. Ya no podemos creer que se pueda defender el medio ambiente sin luchar contra unos métodos de explotación animal que constituyen una aberración, no solo por el sufrimiento atroz que causan a sus víctimas directas, sino por el daño indirecto que causan a la naturaleza. Ya no podemos contemplar el incremento del hambre y la miseria en el mundo si no es como consecuencia directa de un engranaje endiablado en el que los animales no humanos son una pieza más, y los animales humanos, otra. Y solo luchando juntos, los más fuertes en primera línea, protegiendo a los más débiles, podemos tener esperanza en nuestro futuro.
Creemos que ese futuro pasa por abrazar, como Nietzsche al caballo de Turín, a los demás animales. Por pedirles perdón en nombre de la humanidad y en nombre de Descartes. Por reconocerles sus derechos como antes se los reconocimos a otros humanos a quienes creímos menos valiosos. Por luchar contra el especismo como lo hacemos contra el racismo o el sexismo. Por considerar que no puede haber razón sin empatía. Porque sabemos que solo respetando a un animal no humano, solo experimentando como propios sus intereses y su sufrimiento, podremos decir que nos interesamos de verdad por la vida y que somos realmente humanos. 
Nota de las editoras: En relación a Nietzsche, nos identificamos con lo que representa el episodio concreto del caballo de Turín, lo que no significa en absoluto que asumamos todos sus postulados, en particular los relativos a las mujeres, con los que estamos radicalmente en desacuerdo y consideramos que el filósofo habría tenido también que revisar.



sábado, 13 de junio de 2020

EL RINCON DE GLORIA


GLORIA ADAMINI Y SUS LECTURAS

Invitamos a compartir sus lecturas de cuentos y poesías a través del link

https://drive.google.com/drive/folders/1wuESVIGZw7Ji3kNmm0TRqntQJbUheY43?usp=sharing




jueves, 11 de junio de 2020

Árbol genealógico de la familia Buendía.


Primera generación: José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán.
Segunda generación: José Arcadio Buendia, coronel Aureliano Buendía, Amaranta, Rebeca.
Tercera generación: Arcadio, Aureliano José, 17 "Aurelianos".
Cuarta generación: Remedios, la bella, José Arcadio Segundo, Aureliano Segundo.
Quinta generación: Renata Remedios (Meme), José Arcadio, Amaranta Úrsula.
Sexta generación: Aureliano Babilonia.
Séptima generación: Aureliano/Rodrigo.


miércoles, 10 de junio de 2020

El mestizaje y el Nuevo Mundo

El mestizaje y el Nuevo Mundo -. Arturo Uslar Pietri
Fragmento del libro En busca del Nuevo Mundo de Arturo Uslar Pietri (1969). www.cervantesvirtual.com

(FRAGMENTOS)

Si algún pueblo hubiera podido permanecer indefinidamente aislado y encerrado en su tierra original, hubiera quedado en una suerte de prehistoria congelada. Fueron los grandes encuentros de pueblos diferentes por los más variados motivos los que han ocasionado los cambios, los avances creadores, los difíciles acomodamientos, las nuevas combinaciones, de los cuales ha surgido el proceso histórico de todas las civilizaciones.
El inmediato resultado creador de esos encuentros fue el mestizaje cultural. Convivieron en pugna, resistencia y sumisión, y mezclaron las creencias, las lenguas, las visiones y las técnicas. El mestizaje penetró hasta el Olimpo.
La historia del Occidente cristiano es la del más extraordinario y aluvional experimento de mestizaje cultural. Las lenguas modernas son el archivo viviente y el mejor testimonio de esa caótica mezcla. Occidente se afirmó y creó su originalidad histórica sobre la empresa contradictoria de sus grandes mestizadores de culturas y creencias.
La historia de España ofrece acaso la más completa y convincente muestra del poder creador del mestizaje. Indígenas ibéricos, cartagineses, romanos, godos, cristianos, francos, moros, judíos contribuyeron a crear la extraordinaria personalidad de su alma compleja y poderosa.
Por un absurdo y antihistórico concepto de pureza, los hispanoamericanos han tendido a mirar como una marca de inferioridad la condición de su mestizaje.
Se miró al mestizaje como un indeseable rasgo de inferioridad. Se estaba bajo la influencia de las ideas de superioridad racial, que empezaron a aparecer en Europa desde el siglo XVIII y se afirmaron en el XIX con Gobineau, que dieron nacimiento a toda aquella banal literatura sobre la supremacía de los anglosajones y sobre la misión providencial y el fardo histórico del hombre blanco encargado de civilizar, dirigir y encaminar a sus inferiores hermanos de color. Se creó una especie de complejo de inferioridad y de pudor biológico ante el hecho del mestizaje sanguíneo. Se quería ocultar la huella de la sangre mezclada o hacerla olvidar ante los europeos, olvidándonos de que Europa era el fruto de las más increíbles mescolanzas y de que el mestizaje de sangre podía ser un efecto, pero estaba lejos de ser la única causa ni la única forma del mestizaje cultural.
Es claro que en el hacer de América hubo mestizaje sanguíneo, amplio y continuo. Se mezclaron los españoles y portugueses con los indios y los negros. Esto tiene su innegable importancia desde el punto de vista antropológico y muy favorables aspectos desde el punto de vista político, pero el gran proceso creador del mestizaje americano no estuvo ni puede estar limitado al mero mestizaje sanguíneo. El mestizaje sanguíneo pudo ayudar a ello, en determinados tiempos y regiones, pero sería cerrar los ojos a lo más fecundo y característico de la realidad histórica y cultural, hablar del mestizaje americano como de un fenómeno racial limitado a ciertos países, clases sociales o épocas.
Lo que vino a realizarse en América no fue ni la permanencia del mundo indígena, ni la prolongación de Europa. Lo que ocurrió fue otra cosa y por eso fue Nuevo Mundo desde el comienzo. El mestizaje comenzó de inmediato por la lengua, por la cocina, por las costumbres. Entraron las nuevas palabras, los nuevos alimentos, los nuevos usos.
En aquellas villas de Indias, en las que dos viejas y ajenas formas de vida se ponían en difícil y oscuro contacto para crear un nuevo hecho, nada queda intacto y todo sufre diversos grados de alteración. A veces la Iglesia católica se alza sobre el templo indígena, las técnicas y el tempodel trabajo artesanal y agrícola se alteran. Entran a los telares otras manos y otros trasuntos de patrones. El habla se divierte del tiempo y la ocasión de España se arremansa en una más lenta evolución que incorpora voces y nombres que los indios habían puesto a las cosas de su tierra. El «vosotros» no llega a sustituir al «vuestras mercedes». Nombres de pájaros, de frutas, de fieras, de lugares entran en el torrente de la lengua. Los pintores, los albañiles, los escultores y talladores introducen elementos espurios y maneras no usuales en la factura de sus obras. Todo el llamado «barroco de Indias» no es sino el reflejo de ese mestizaje cultural que se hace por flujo aluvional y por lento acomodamiento en tres largos siglos.
Se combinaron reminiscencias y rasgos del gótico, del románico y del plateresco, dentro de la gran capacidad de absorción del barroco. El historiador de arte Pal Kelemen (Baroque and Rococo in Latin América) ha podido afirmar:
El arte colonial de la América hispana está lejos de ser un mero trasplante de formas españolas en un nuevo mundo; se formó de la unión de dos civilizaciones que en muchos aspectos eran antitéticas. Factores no europeos entraron en juego. Quedaron incorporadas las preferencias del indio, su característico sentido de la forma y el color, el peso de su herencia propia, que sirvieron para modular y matizar el estilo importado. Además, el escenario físico diferente contribuyó a una nueva expresión.
Quienes observan la historia cultural de la América hispana notan de inmediato ese rasgo de coexistencia simultánea de herencias y de influencias que la distingue de la sucesión lineal de épocas y escuelas que caracteriza al mundo occidental desde el fin de la Edad Media. Es un crecer por accesión y por incorporación aluvional que le da ese carácter de impureza que hace tan difícil clasificar con membretes de la preceptiva europea monumentos, autores y épocas de la creación cultural latinoamericana. José Moreno Villa (Lo mexicano) lo ha observado al estudiar el arte colonial mexicano y ha dicho textualmente: «Las artes o modos artísticos son aquí de aluvión, es decir, que no obedecen a un proceso interno evolutivo como en Europa».
La verdad es que es un proceso de formación que corresponde a un tiempo biológico distinto del que alcanzó Europa después del Renacimiento, cuando su gran época de mestizaje creador comenzaba a cerrarse. Unificada la herencia cultural europea comenzó un tiempo de dominante evolución lineal interna, mientras que en América se abría un nuevo tiempo caótico, de mestizaje.
Tan avasalladora es la vocación de mestizaje y el fondo histórico del fenómeno cultural que se pone de manifiesto, aun en aquellos casos en que los hombres de pensamiento pretenden reaccionar intelectualmente contra la tradición y la herencia del pasado e instaurar un nuevo rumbo. Nadie más abierta y desesperadamente que Sarmiento pretendió europeizar, sajonizar o desnaturalizar el hecho americano; sin embargo, en nadie es más visible que en él el aluvión de contrarias influencias de la historia y las lecturas, del pasado y el presente. Facundo es un libro maravillosamente impuro que no podía escribir sino el gran mestizo cultural de su tiempo que era don Domingo Faustino. El culto por la democracia sajona, por el racionalismo, por la civilización decimonónica europea va junto con la admiración por el payador, por el rastreador, por el gaucho que parecía el enemigo de la civilización y la encarnación de la barbarie y hasta por el caudillo Quiroga, que recibe de sus manos el más fascinante retrato. Ésas eran las que las gentes simples llamaban y todavía llaman las contradicciones de Sarmiento y que no eran sino el reflejo, en aquella grande y abierta sensibilidad creadora, del mestizaje vivo americano. Lo que él miraba en Facundo, en el Chacho, en las gentes que lo rodeaban en Mendoza y en Cuyo, en el gauchaje, no era ni podía ser barbarie, sino el estancado y mezclado resto de la civilización que los españoles de los siglos XVII y XVIII intentaron implantar en América. Ese rezago ya era impuro y mezclado. También la condición de su ideal de civilización era inalcanzable: convertir en ciudadanos de la Nueva Inglaterra o en discípulos de Guizot a los hijos de un proceso histórico diferente, en marcha y peculiar. Sarmiento no era, ni podía ser, acaso inconscientemente, sino un gran continuador de la fundamental empresa del mestizaje americano. Lo que se proponía era abrir la entrada a nuevos afluentes y nuevos aportes para enriquecer y universalizar más el caldo de creación del Nuevo Mundo.
El aire barroco que mueve las frases de Asturias y Carpentier está mezclado con elementos románticos, con sabiduría surrealista y con la atracción por la magia de los pueblos primitivos. Un libro como Los pasos perdidos o como El señor presidente refleja, en el más mestizo lenguaje creador, el mestizaje original y profundo del Nuevo Mundo. Jorge Luis Borges es el más refinado manipulador de la vocación y de los elementos del mestizaje cultural. La torrencial voracidad transformadora y caótica de Pablo Neruda tiene sus raíces y su razón en el poderoso fenómeno del mestizaje americano.
No sólo hay una vocación de superponer influencias y escuelas sino que, además, hay una deformadora capacidad de asimilar y desnaturalizar las influencias, que no es otra cosa que la avasallante consecuencia cultural del hecho americano.
La gran época creadora del mestizaje en Europa ha terminado desde hace mucho tiempo. Los mitos de la superioridad racial, del pasado histórico, de la pureza de la herencia nacional actuaron como frenos y diques empobrecedores. Tal vez el romanticismo es la última tentativa mayor por volver a descubrir la veta del mestizaje cultural. En las artes plásticas, acaso los cubistas, con su importación de la escultura negra, intentaron la aventura de sacar el arte de Occidente del camino de abstracción y de pureza al que fatalmente iba a caer.
En cambio, la América hispana es tal vez la única gran zona abierta en el mundo actual al proceso del mestizaje cultural creador. En lugar de mirar esa característica extraordinaria como una marca de atraso o de inferioridad, hay que considerarla como la más afortunada y favorable circunstancia para que se afirme y extienda la vocación de Nuevo Mundo que ha estado asociada desde el inicio al destino americano.
Es sobre la base de ese mestizaje fecundo y poderoso donde puede afirmarse la personalidad de la América hispana, su originalidad y su tarea creadora. Con todo lo que le llega del pasado y del presente, puede la América hispana definir un nuevo tiempo, un nuevo rumbo y un nuevo lenguaje para la expresión del hombre, sin forzar ni adulterar lo más constante y valioso de su ser colectivo, que es su aptitud para el mestizaje viviente y creador.

viernes, 5 de junio de 2020

FRAGMENTOS (2º) - Manuel Scorza


SCORZA- Más fragmentos de sus novelas
REDOBLE POR RANCAS
“Héctor Chacón, el Nictálope, comenzó a reírse: su carcajada construyó una especie de grito, una contraseña de animales conjurados, un secreto aprendido de búhos, espuma atropellada por los estampidos de una risotada seca como los disparos de los guardias civiles y que cayó flagelada por los espasmos de una pavorosa alegría. La gente salió a las puertas. En el Puesto, los guardias civiles rastrillaron sus fusiles. Niños y perros cesaron de perseguirse. Las viejas se santiguaron.”



CANTAR DE AGAPITO ROBLES
CAPITULO 1
“Todo en robles era pretexto de color. En uno de sus viajes encontró un cementerio abandonado. Entonces todavía existían las fechas. Se acercaba el primero de noviembre. Agapito se apiadó tanto del abandono que padecían los muertos, que retornó al pueblo más cercano, compró pintura y volvió para colorear de rojo, amarillo, verde y azul todas las cruces de las tumbas. “Así sentirán menos frio”. Pintó también las del cementerio de Jupaicocha, el más alto y apesadumbrado del mundo. Esas cruces del palo multicolor, bajo las cuales mascullan los llameros, Agapito las pintó. Su pasión por los colores era invencible y más de una vez, temeraria. Porque entre las señas de su prontuario, la Policía difundía que “el prófugo viste como un espantapájaros”, calumnia que nunca lo forzó a rebajarse al gris.”

CAPITULO 2
Maca Albornoz es uno de los personajes más curiosos del ciclo. Su historia y descripción va apareciendo en  tres de las novelas. Ella es la única hija mujer de una familia de bandidos: Los Albornoz. Su padre la quiso cambiar por un buen perro guardián, pero como no consiguió nada de su gusto, se quedó con Maca, pero la educó como varón al que llamaban Maco, y se convirtió en un bandido tan audaz como el resto de sus hermanos. Hasta que un día le sale mal un robo de ganado y cae presa. Los presos que quisieron darle ayuda para curar las heridas de los golpes que le habían dado los guardias, descubrieron que no era Maco, sino Maca y que además era “la mujer más bella que contemplaron los nevados de Tusi”. Cuando sale de la cárcel decide alejarse de su familia y asumir su “nuevo” género. Para lo cual se encierra en una pensión y contrata a las mejores prostitutas de la zona para que le enseñen el oficio.
“La flor y nata del puterío de Rancho Chico y Rancho Grande, los burdeles de Cerro, viajó a Goyllarizquizga… La Culo Eléctrico, la Calzón de Fierro, la Nalgapronta, la Rompecatres, la Gallina Clueca y la Triplete, elevaron a Maca hasta la maestría de su Arte superior. Tres meses después… Maca se vistió de mujer. Con cara de mujer, cabellera de mujer, andares de mujer, irreparablemente mujer, salió a la calle. Tiritando la contemplaron los hombres… Así empezó la dictadura de sus ojos, el cimbreante imperio de su paso, la brujería de su voz levemente ronca.
Maca se dedicó a esquilmar u someter a los ciudadanos principales y sus indignadas señoras redactaron el “Memorial de las Esposas Ofendidas de Yanahuanca” contra “esa  Lucifer con faldas”.
Dice uno de esos hombres “Esa noche supe que después de haber dormido con cientos de mujeres, yo era virgen. Conocí, maldita la hora en que mis padres se entreveraron, conocí que el cielo y el infierno tienen la misma puerta tibia, y que se puede vivir dentro de un relámpago”.
Otra de las rarezas de este personaje es que se apiada de todos los seres discriminados por tontos, locos, deformes que hay en los pueblos de la zona y los lleva a vivir bajo su protección.
Pero aquí no termina las originalidades del personaje: el capítulo 31 consiste en la confesión (sin signos de puntuación) que hace una de las prostitutas al cura del pueblo, donde nos enteramos que La Maca odia todo y que lo único que ama es  uno de sus hermanos. También relata cómo después de lograr acostarse con el hermano ambos son consumidos por un fuego aparecido de no se sabe dónde.

CAPITULO 34 (FINAL): DE COMO EL DANZAR DE AGAPITO ROBLES CONVIRTIÓ EN DÍA LA NOCHE
Agapito Robles …”Por la calle del Abanderado Minaya subió hasta el cementerio. Sintió que en su paz cabían no solo las estrellas de esa noche sino todas las estrellas que brillarían en los años por venir. Su paz abarcó hasta los enemigos. ¿Qué enemigos? Ya no tenía enemigos. Hasta por Montenegro sintió amor. Otra vida comenzaría.”
Cuando todos creían estar celebrando la victoria final, los campesinos vigías avisan que se acercan las tropas:
“En los eucaliptos crujió el fúnebre canto de la pacapaca. Y entonces, de nuevo, nuestro personero (Agapito Robles) enloqueció. Comenzó a reírse bajito, luego fuerte, más fuerte. Sorpresivamente se echó el poncho sobre la espalda que tembloteaba con sus carcajadas. Y ante el espanto de Wistozorro (otro campesino) inició su baile… El humo de la danza lo envolvió. Ya no se le veía. Su poncho era un torbellino de colores vertiginosos. Sin dejar de bailar, descendió la loma. Como candela pasó chamuscando los eucaliptos. Yo lo vi. Cuidando que su calor no me alcanzara, lo seguí de lejos. Sin piedad por los maizales que devastaba a su paso, sin atender al terror del caballaje, que se revolvía piafando en los corrales, ¡wifala, wifala!, siguió bajando. Se acercó al pueblo. … El sofoco se hizo intolerable; nos obligó a salir. ¡Entonces lo vimos! ¡Toda la quebrada estaba ardiendo! ¡Un zigzag de colores avanzaba incendiando el mundo!”

GARABOMBO EL INVISIBLE
CAPITULO 12



miércoles, 3 de junio de 2020

Guayasamín




FRAGMENTOS DE "HOMBRE DE MAÍZ"


MIGUEL ANGEL ASTURIAS
FRAGMENTOS DE “HOMBRE DE MAÍZ”
CAPITULO 1
—El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño de los ojos.
—El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha…
—El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja…
El Gaspar Ilóm movía la cabeza de un lado a otro. Negar, moler la acusación del suelo que estaba dormido con su petate , su sombra y su mujer y enterrado con sus muertos y su ombligo, sin poder deshacerse de una culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, pájaros y retumbos que sentía alrededor
del cuerpo.
—La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm, donde el guarda canta con lloro de barranco, vuela de cabeza el gavilán, anda el zompopo (hormiga grande), gime la espumuy (paloma) y duerme con su petate, su sombra y su mujer el que debía trozar los párpados a los que hachan los árboles, quemar las pestañas a los que chamuscan el monte y enfriar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos que corriendo duerme y no ve nada pero atajada en las pozas abre los ojos y lo ve todo con mirada honda…
El Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertirlo en una masa de frijol negro; goteaba
noche de profundidades.
Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó:
—Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra el Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de ñudos ciegos…
La palabra del suelo hecha llama solar estuvo a punto de quemarles las orejas de tuza (hoja que cubre el maíz) a los conejos amarillos en el cielo, a los conejos amarillos en el monte, a los conejos amarillos en el agua; pero el Gaspar se fue volviendo tierra que cae de donde cae la tierra, es decir, sueño que no encuentra sombra para soñar en el suelo de Ilóm y
nada pudo la llama solar de la voz burlada por los conejos amarillos que se pegaron a mamar en un papayal, convertidos en papayas del monte, que se pegaron al cielo, convertidos en estrellas, y se disiparon en el agua como reflejos con orejas.
Tierra desnuda, tierra despierta, tierra maicera con sueño, el Gaspar que caía de donde cae la tierra, tierra maicera bañada por ríos de agua hedionda de tanto estar despierta, de agua verde en el desvelo de las selvas sacrificadas por el maíz hecho hombre sembrador de maíz. De entrada se llevaron los maiceros por delante con sus quemas y sus hachas en selvas abuelas de la sombra, doscientas mil jóvenes ceibas de mil años.
En el pasto había un mulo, sobre el mulo había un hombre y en el hombre había un muerto. Sus ojos eran sus ojos, sus manos eran sus manos, su voz era su voz, sus piernas eran sus piernas y sus pies eran sus pies para la guerra en cuanto escapara a la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que se le había enroscado en el cuerpo. Pero cómo soltarse, cómo desatarse de la siembra, de la mujer, de los hijos, del rancho; cómo romper con el gentío alegre de los campos; cómo arrancarse para la guerra con los frijolares a media flor en los brazos, las puntas de güisquil calientitas alrededor del cuello y los pies enredados en el lazo de la faina.
El aire de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Un remolino de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos dio vueltas y vueltas y vueltas y vueltas en torno al cacique de Ilóm y mientras le pegaba el viento en las carnes y la cara y mientras la tierra que levantaba el viento le pegaba se lo tragó una media luna sin dientes, sin morderlo, sorbido del
aire, como un pez pequeño.
La tierra de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el agua, conejos amarillos en el monte.
No abrió los ojos. Los tenía abiertos, amontonados entre las pestañas. Lo golpeaba la tumbazón de los latidos. No se atrevía a moverse, a tragar saliva, a palparse el cuerpo desnudo temeroso de encontrase el pellejo frío y en el pellejo frío los profundos barrancos que le había babeado la serpiente.
……
CAPITULO 5
Lo salado fue sentarse a que lloviera. Las nubes gateaban sobre los cerros y la oscurana del agua, verdosa allá arriba, porque no hay que hacerle, lo verde cae del cielo, alabanciaba la tierra, pero no caía. Amagaba el agua y no más. Los hombres, gastados los ojos de mirar por encima de los cerros, empezaron a mirar pal suelo, como chuchos que buscan güeso, en la aflicción de adivinar al través de la tierra si no se habría secado la semilla. Hasta se habló entre ellos de castigo de Dios por haber engañado al viejo Machojón. Y hasta pensaron bajar a la casa grande y arrodillarse ante el señor Tomás a pedirle perdón, con tal que lloviera, a esclarecerle una vez por
todas que ellos no habían visto al Machojón en las quemas y si le habían dicho así, era para no contrariarlo y para que les diera buenas tierras en que sembrar. El viejo, si le hablamos, nos quitará la mitad de la fanega. De perderlo todo a perder la mitad.
Mientras lo tengamos agraviado no llueve y si pasan más días se echará a perder todo. Así decían. Así hablaban.
La lluvia los agarró dormidos, envueltos en sus ponchos como momias. Al principio les pareció que soñaban. De tanto desear el agua la soñaban. Pero estaban despiertos, con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo los riendazos del cielo, la bravencia de los truenos y ya no se pudieron dormir, porque les tardaba el día para
ver sus tierras mojadas. Los chuchos se entraron a los ranchos. El agua también se entró a los ranchos, como chucho por su casa. Las mujeres se les juntaron. Hasta dormidas le tenían miedo a la tempestad y al rayo.
El agradecimiento debe oler, si algún huele tiene, a tierra mojada. Ellos sentían el pecho hinchado de agradecimiento y cada rato decían de pensada: «Dios se lo pague a Dios». Los hombres, cuando han sembrado y no llueve se van poniendo lisos, las mujeres les sufren el mal carácter, y por eso qué alegre sonaba en los oídos de las mujeres medio dormidas el aguaje que estaba cayendo en grande. El pellejo de sus chiches (pechos) del mismo color que la tierra llovida. Lo negro del pezón. La humedad del pezón con leche. Pesaba la chiche para dar de mamar como la tierra mojada. Sí, la tierra era un gran pezón, un enorme seno al que estaban pegados todos los peones con hambre de cosecha, de leche con de verdad sabor a leche de mujer, a lo que saben las cañas de la milpa 
(la planta del maíz) mordiéndolas tiernitas. Si llueve, ya se ve, hay filosofía. Si no, hay pleito. Una bendición de siembras.
….

FRAGMENTOS - Manuel Scorza


Manuel Scorza
FRAGMENTOS DE REDOBLE POR RANCAS
10. Acerca del lugar y la hora en que el gusano de alambre apareció en Yanacancha
Sólo el sol del mediodía calienta. Los perros esperan ansiosos ese fulgor y lo persiguen hasta que se extravía en la estepa.
Allí, de golpe, atardece. El viento sale de las cuevas y lame rencoroso la tierra pelada.
Yanacancha comienza donde acaba Cerro de Pasco: en el cementerio. Los viajeros se extrañan de ese camposanto, demasiado vasto para el pueblo. Y es que antes que viniera el de la barba bermeja, Cerro de Pasco llegó a tener doce viceconsulados. Cateadores de todas las razas subieron a estos nevados a buscar la veta fabulosa. Vinieron por fortuna y dejaron los huesos. Derrochaban sus años vagando por las cordilleras. Un día los sorprendía la fiebre y en las pausas del delirio suplicaban que con su oro les compraran, por lo menos, una buena tumba. Allí están, metidos en sus catafalcos, mascullando contra la nevada.
En una de las paredes del cementerio, un jueves, la noche parió al Cerco. Volví para santiguarme. Una multitud de enchaquetados lo miraba gatear; ante mis ojos, el Cerco circundó el cementerio y descendió a la carretera. Es la hora en que los camiones jadean hacia Huánuco, felices de bajar a tierras arboladas. En el borde de la carretera, el Cerco se detuvo, meditó una hora y se dividió en dos. El camino a Huánuco comenzó a correr entre dos alambrados. El Cerco reptó tres kilómetros y enfiló hacia las oscuras tierras de Cafepampa.
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Ascendí por la cuesta y abrí la boca: el Cerco engullía Cafepampa. Así nació el cabrón, un día lluvioso, a las siete de la mañana. A las seis de la tarde tenía una edad de cinco kilómetros. Pernoctó en el puquial Trinidad. Al día siguiente corrió hasta Piscapuquio: allí celebró sus diez kilómetros. ¿Conocen los cinco manantiales de Piscapuquio? Para el que llega, beberla es un regalo. Para el que parte, es una dulzura recordarla. Ya nadie pudo encariñarse con esos manantiales. El tercer día, el Cerco cumplió otros cinco kilómetros. El cuarto atravesó los lavaderos de oro. En esos esqueletos de piedra levantados por los antiguos, los españoles lavaban su oro. No aconsejo cruzar esas soledades de noche: un decapitado limosnea con su cabeza en la mano. Allí pernoctó el Cerco: al alba reptó hacia el cañón por donde fuga la carretera a Huánuco. Dos infranqueables montes vigilan el desfiladero: el rojizo Pucamina y el enlutado Yantacaca, inaccesibles para los mismos pájaros.
El quinto día, el Cerco derrotó a los pájaros.
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19. Donde el lector se entretendrá con una partida de póquer
los historiadores exhiben una prueba irrefutable: esa noche —¿era noche, era día?— las autoridades confirmaron que Espíritu Félix y sus catorce compañeros habían sido fulminados por un «infarto colectivo»…
Sea como fuere, el dictamen del doctor Montenegro fue categórico: los peones habían sido segados por el primer infarto colectivo de la historia de la medicina. El doctor Montenegro confirmó que los débiles corazones de los caballerangos no resistieron las alturas del poder; corazones acostumbrados a trotar a cinco mil metros fueron despedazados por la emoción de sentarse en los sillones de la sala de El Estribo. La provincia triunfaba. El privilegio de la desconcertante novedad médica, negada a las cosmópolis, recaía en una humilde, pero sincera provincia peruana. El genio no escoge únicamente a las grandes naciones para revelarse.


34. Lo que Fortunato y el Personero de Rancas conversaron
Una universal debilidad destituyó a la rabia. Fortunato sintió que el cielo se desfondaba. Para defenderse de las nubes alzó los brazos. Se abrió la tierra. Intentó agarrarse de las hierbas, de la orilla de la vertiginosa oscuridad, pero sus dedos no obedecieron y rodó, rebotando, hasta el fondo de la tierra.
Semanas después, en sus tumbas, sosegados los sollozos, acostumbrados a la húmeda oscuridad, don Alfonso Rivera le contó el resto. Porque los enterraron tan cerca que Fortunato escuchó los suspiros de don Alfonso y consiguió abrir un agujero en el barro con una ramita. ¡Don Alfonso, don Alfonso!, llamó. El Personero, que se creía condenado para siempre a la oscuridad, sollozó. Lloró una semana, luego se calmó y, más tranquilo, le informó que él, Fortunato, se escurrió al primer balazo, de bruces, sobre su sangre.

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FRAGMENTOS DE EL JINETE INSOMNE

1- DE CÓMO EL RÍO CHAUPIHUARANGA SIGUIÓ APELLIDÁNDOSE CHAUPIHUARANGA PERO CESÓ DE SER RÍO
Yo fui el primero en percatarme de la pereza del agua. Vivo cerca de Racre, en una casucha que respetan las crecidas: conozco todas las mañas del Chaupihuaranga. Una mañana de agosto (pero quizás era diciembre) queriendo encerrar unas truchas en un brazo de agua, me extrañó la flojera del río. Convaleciente de fiebres traídas de un viaje a Huánuco, la diarrea me obligó a buscar al medio día unos arbustos cerca del río. Entonces miré las mismas aguas. Me alarmé pero preferí esperar. Para no inquietarme gasté el día afilando tijeras. Más calmado, volví a la orilla al atardecer. El agua se empecinaba. No queriendo apresurar juicios, me arriesgué a una prueba. El jueves (pero quizás era viernes o lunes) viajé a Yanahuanca. ¡Ojo! No me franqueé con nadie. Sin comerciar palabra compré una onza de anilina morada. La mañana del viernes (pero quizás era martes) sembré el tinte en el río. El morado delataría la velocidad del agua. Por el color pretendía sondear las intenciones del Chaupihuaranga. Vacíe la bolsita en la corriente y me alejé. El fervor del sol maltrataba la tierra. Sofocado busqué pencas, comí tunas, y más tranquilo, casi sosegado, me adormecí bajo los molles.
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Desperté con la mano pesada sobre el corazón. Era el atardecer. Con la boca abrasada me aproximé a la orilla. Mi pavor descubrió  que el morado seguía allí, a una vara de la misma retama. ¿Era viernes o lunes? Alarmado pero sospechando que el tunante de Cisneros me había endilgado una «anilina podrida» el sábado (pero quizás era jueves) viajé a Yanahuanca: quería percatarme de la calidad del tinte. Esta vez compré tres onzas de anilina roja, verde y naranja, en tres tiendas diferentes, a cuyos propietarios previne que quería «teñir un manto para la Virgen del Socorro». Así, con lo sagrado, creí ahuyentar pendejadas. Sin descoser la boca volví a mi estancia. El «domingo» me adentré en la «corriente» y con el agua hasta el pecho espolvoreé los colores en tres lugares diferentes: el rojo cerca del molle desmochado por el rayo, el verde junto al cuajaron morado y el naranja, a la derecha, donde meses antes la correntada se llevó mi vaquilla Vaca. No me sentía bien. Al atardecer vencí la tentación de aproximarme al río. El «lunes» se me desbocaron los ojos: ¡las islitas rojas, verdes y naranjas seguían allí!
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5 SÍNTOMAS DE LA PLAGA QUE ACOMETIÓ A LOS RELOJES DE YANAHUANCA
Doña Añada, la más vieja de las cinco cocineras del juez Montenegro, jura que el primer enfermo fue el Longines del subprefecto Valerio. El Domingo de Ramos percibió un olorcillo dulzón. Doña Paulina, otra de las cocineras, dice que doña Añada se equivocó. «El incienso disimuló el olor». Pero nadie discute que tres días después el reloj enfermo se asfixió en una rápida agonía. Luego se comprobada que a los relojes la muerte les sobrevenía tras clamorosas inflamaciones.
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Repuesta del susto doña Pepita alejó a las domésticas. Solo los Montenegro, el subprefecto Valerio, Arutingo y Atala asistieron a la agonía. Eso no prohibió que las sirvientas percibieran la pestilencia que no obstante zahumerios se prendería largos días a los geranios del patio. El Longines del subprefecto acabó de sufrir ese anochecer. El Chuto Ildefonso envolvió al difunto en un trozo de yute y lo enterró detrás de los últimos molles. Pero él mismo necesitó zamparse un aguardiente. Las sirvientas gastaron las sobras de la noche regando la casa con Agua Florida. Pero aún después en la casa persistió el olor de pedo de gigante.
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Quizás una cuarentena hubiera menguado los estragos pero nadie reparó que las bruscas lentitudes y sorpresivas aceleraciones de los cinco relojes de Yanacocha eran altibajos de la fiebre.
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8-  DE CÓMO LA GENTE NO AGRADECE SINO TODO LO CONTRARIO
Yo ya no quiero franquearme con nadie. Repito: la gente no agradece. ¿Cuántas veces he querido prevenir acerca de las actitudes hipócritas que por aquí adopta el agua? ¿Qué he sacado? En esa época mi mujer estaba por parir: se le antojó comer trucha. Fui al lago. Por este lado el Chaupihuaranga es más tonto que en ninguna parte. Por eso me sorprendió que pasaran los sombreros. A los primeros lo confundí con patos, pero luego me di cuenta: una multitud de sombreros avanzaba sobre el agua inmóvil. ¿Sombreros caminando en el agua quieta? ¿O gente caminando debajo del agua? En todo caso, yo vi sombreros. Uno detrás de otro, en fila, calladitos, pasaron.
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15- DECADENCIA DEL ARTE POSTAL
En eso, don Celestino Matos, jefe de la oficina de correos, enloqueció. En plena ceremonia conmemorativa de la victoria de Ayacucho, el hasta entonces anónimo funcionario mordió la mano que se dignaba alargarle el juez. Solo los puñetazos del Chuto Ildefonso, sombra fiel del magistrado, lo salvaron del furor del jefe de correos.
Reducido por los acompañantes don Celestino siguió aullando. «¿Por qué me desprecian? ¿Por qué me huyen? ¿Soy carachoso?». Nadie lo desdeñaba. Los desaires se domiciliaban en la confusión de sus ojos. Miope de solemnidad —no distinguía ni su espejo— don Celestino había recurrido a la ciencia del sanitario Canchucaja que le recetó unos anteojos que encargó a Cerro de Pasco. Por defectuosa medición o por error de los oculistas, semanas después, don Celestino recibió lentes desconcertantes: las figuras se le escurrían por los costados de las lunas. Don Celestino miraba
acercarse a los hombres y luego doblar y esfumarse. Con dignidad se enfrentó al desastre. Escamoteados por sus anteojos, amigos y enemigos huían. Demasiado  delicado para inquirir las causas del desprecio colectivo, acusándose quizás de crímenes imaginarios, don Celestino se aisló. El 9 de diciembre según unos, el quince de marzo según otros, perdió la razón.
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20- DE LAS ABRACADABRANTES FIESTAS QUE ORGANIZARON
LOS MONTENEGRO
Una tarde doña Pepita gritó «¡Me aburro, carajo!» y sin respeto por la siesta que Arutingo cabeceaba en uno de los sillones, arrancó uno de los almanaques de la abarrotería. Y. Chang.
«¿Por qué no es ya Semana Santa? ¿Qué esperan los santos? Estos cojudos se la pasan hueveando en los altares. ¡Habría que adelantar el calendario!».
—¡Cojones! —gritó Arutingo, electrizado.
—¿Qué pasa? —preguntó disgustada doña usaba pero no toleraba las malas palabras.
—Ya lo tengo, comadrita.
—¿Qué tienes?
—Usted misma lo dijo, doña Pepita: apurar el calendario. ¡Acelerar el tiempo, comadrita!
—Te felicito cholo. Por fin te funciona la tutuma —rio doña Pepita—. ¿Qué día es hoy?
—Quince de febrero.
—Si estuviéramos en marzo podríamos celebrar la Semana Santa.
—Si usted quiere que estemos en marzo ¿quién se opone? ¿Por qué un mes debe tener treinta días? Si usted quiere puede tener diez o cien. ¡Usted señale su tamaño y nosotros lo haremos respetar!
A la mañana siguiente Arutingo viajó a Huarautambo. El Chuto Ildefonso esperaba ya con una asamblea de colonos. Sin gastar saliva Arutingo les comunicó que no deseando que los peones pensaran que doña Pepita los «desairaba», la patrona recibiría con gusto sus invitaciones. Doña Pepita había decidido «adelantar» la Semana Santa. La Crucifixión de Nuestro Salvador se lloraría en febrero: el próximo domingo.
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El calendario comenzó a desmayarse. Por pura bellaquería el Opa Leandro ofreció en venta unos almanaques: simples hojas de cartulina con meses de cuarenta o sesenta días, con las nuevas efemérides en rojo, verde, amarillo, azul. Los badulaques se arremolinaron muertos de risa, pero, oh sorpresa, don Herón de los Ríos, alcalde de Yanahuanca, se metió la mano al bolsillo, extrajo cinco soles y exclamó: «Muy bonita, Leandro, su obra de arte». A los graciosos que estallaron en carcajadas, los condujeron al Puesto por «desacato al señor alcalde». El mantenimiento del
calendario gregoriano se estimó desde entonces un «desacato al Poder Judicial». En la práctica era contradecir la realidad. Los meses comenzaron a alargarse o acortarse según las circunstancias. Octubre engordó hasta tener ochenta días y noviembre murió apenas a los nueve días de edad.
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¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...