martes, 3 de noviembre de 2020

Kryptonita (fragmento)

 Por donde aún sigo dando pelea

Montado en un caballo de hierro cromado

Miré las estrellas. Miré mi reloj. Cuatro horas más. Solo cuatro horas. Cuatro

horitas. ¿Qué eran cuatro horas más después de haber estado todo el día en el hospital el viernes, el sábado y el domingo? Cuatro horas más y llegaba a las 72 por las que me pagaban los cinco médicos clínicos que tendrían que estar de guardia. En cuatro horas más iban a ser 72 horas seguidas trabajando. Porque ese era MI currito en el Paroissien: ser nochero. Oficialmente, yo no estuve de guardia ninguna de estas noches. La última vez que fiché mi salida del hospital fue ayer, domingo, a las 20:07 después de haber cumplido mi turno de doce horas. En el Estado es así. Uno trabaja tres por dos. Tres días seguidos de guardia por dos de franco. Y por ley, un hospital público tiene que asegurar la atención de un mínimo de cinco médicos clínicos en la guardia nocturna. Off the record: esos cinco colegas se ponen de acuerdo para hacer una vaquita importante, pero que a ellos no les afecta en nada el bolsillo, y así pagarle a un nochero para que los cubra. Un nochero que se banque todo lo que vaya a pasar durante esa guardia. Un nochero que si se encuentra con algo grave los tiene que llamar de inmediato. Un nochero que no puede firmar nada porque eso lo tienen que hacer los titulares. Ni siquiera una receta para la farmacia. Así que salvo que no se aguanten más el dolor, sea cual sea la causa, a una guardia de un hospital público, para quedarse tranquilos, vayan de día. Pero no se crean que todo es un viva la Pepa. Que no hay control de lo que está pasando. Cualquiera de los cinco médicos clínicos, que deberían estar trabajando, seturna para pasar en algún momento de la noche. Para ver cómo anda todo. Siempre uno viene. Un rato. Por lo general, el que pasa a controlar, es el doctor al que tendría que llamar esa noche si algo se llegara a complicar. Desde que estoy en el Paroissien yo soy nochero de Fiorenza, Ugalde, Lanzoni, Polonio y Galiano. Los doctores Fiorenza, Ugalde, Lanzoni y Polonio no rompen las pelotas. No existen. Y no quieren existir, salvo para las planillas en donde figuran como personal del establecimiento; en las dichosas planillas donde aparece un presentismo perfecto que, sumado a sus respectivas antigüedades, abulta, ¡y cómo!, los totales de sus sueldos. Ellos te invitan un café. A veces se aparecen con medialunas. Charlan un poco. Se quejan de lo que sea que los esté preocupando afuera del hospital. Te cuentan algo de su vida. Nunca te preguntan por la tuya. Te dan una mano, si por una de esas casualidades hay dos personas esperando para ser atendidas. Pero más de una hora no se quedan. Ven que todo esté en orden. Y después se van a seguir durmiendo tranquilos.                 

De los cinco la jodida es la doctora. La hija de puta de Galiano. Hija de puta. Nomal cojida. Es vox populi que ella aprovecha sus noches de guardia para engañar almarido. Para dormir en otras camas. Camas que cuando abandona la ponen de muy mal humor. Mal humor que se le pasa, siempre, con maltratar un poco al nochero. Cuando se da una vuelta por el hospital nunca te trata de igual a igual. No ve en vos a un colega. Ve a un subordinado. Ve a un ser inferior. No es solo conmigo. Lo hace con la mayoría del personal del Paroissien, sea médico o no. Incluso con los que se acostó. Pero las enfermeras y nosotros, los nocheros, somos sus preferidos. Las enfermeras son mujeres muy sacrificadas. Sus historias no dejan de repetirse. En cualquier turno. En cualquier hospital. Las más grandes son abandonadas por sus parejas, tienen casi siempre hijos delincuentes o drogadictos… Y las más jóvenes tienen novios delincuentes y drogadictos. Es solo cuestión de tiempo. Aparecen en la guardia primero sus conocidos, después amigos o familiares y, por último, los hijos o novios de ellas con algún balazo. No es justo. No es justo que sufran tanto cuando ellas son lo más solidario con lo que te podés encontrar acá adentro. Las que comparten todo. Hasta el mate.

La doctora Galiano se viste como si estuviera atendiendo en la Suizo Argentina; como si fuera parte de la mejor clínica privada del país y por algo está acá con nosotros en el Paroissien. Insulta, y con furia, cuando llueve y se le embarran los tacos de los zapatos. De los pacientes, cuando no le queda otra que atenderlos, habla de ellos llamándolos «estos negros de mierda». Hace que tu almuerzo, cena o café se enfríe. Espera que vayas al buffet a sentarte en una mesa para mandar a llamarte urgente. Después es solo por una pavada. Por eso una vez, nos pusimos de acuerdo entre varios con el encargado del buffet y le hicimos comer una placenta con puré. Vuelta y vuelta. Bien cocida. Y Galiano no se dio cuenta.

Cuatro horas más. Cuatro horitas más me faltaban para salir. Para volver a casa. Para dormir algo después de haber estado prácticamente tres días despierto. Hasta ese momento no había estado tan mal. Lo mismo de siempre las madrugadas del sábado y del domingo: algún que otro herido por alguna gresca adentro o afuera del Jesse James; algún que otro lastimado por alguna pelea familiar en los barrios más cercanos. Tranquilo el sábado a la tarde porque Almirante Brown jugó de visitante. Unas chicas que yendo en una Zanella a un cumpleaños a Puerta de Hierro se habían patinado en la Ruta 3 por la lluvia. Nada grave.

Cuatro horas más. Cuatro horitas para salir. Ir a casa. Intentar dormir. Tomarme una sopa de Alprazolam de 10 miligramos para poder bajar. Pastearme con Duxetil para que la cabeza deje de estar acelerada. Que el desmayo me dure 48 horas seguidas. Completas. Y que ojalá en los próximos dos días no tenga ningún sueño. Mucho menos una pesadilla. Que no se me vaya a aparecer ningún recuerdo. Que no diga presente la tristeza. ¡¿Me quedan muestras gratis?! ¡Ufff! Sí. Menos mal. No quiero deberle a nadie ninguna firma.


Estaba mirando la hora y las estrellas. Hacía frío. Siempre hace frío en el Paroissien. También cuando es verano. Pero recién estaba empezando el invierno. Y había llovido el fin de semana. Y por eso hacía mucho frío. Y yo andaba con dos pulóveres encima del ambo. Estaba tentado en volver a fumar, aunque sea un solo cigarrillo. En comerme los dos pebetes completos que todavía quedaban debajo de la campana en el mostrador del buffet, aunque ya no estuvieran frescos. Pero me aguanté porque en cuatro horas, en cuatro horitas nada más, en casa había sopa de Alprazolam y ensalada de Duxetil. Estaba mirando las estrellas. Las pocas que quedaban. Las pocas que se hacían notar por la ausencia de la luna. De la luz de la luna. Una luna nueva en lunes. Un lunes por la madrugada. ¿Por qué solo esas estrellas se notaban? Empezaba a perderme en una idea. En esa idea. A obsesionarme con ella. Estaba bien que me diera cuenta. Estaba MUY bien que registrara cuándo esto me pasaba. Porque mientras pudiera ver y reconocer estos síntomas no me iba a volver loco. Porque estar de guardia con la cabeza a mil, como exigen tres días completos con todas sus horas, te vuelven algo psicótico. Una mañana, entrando a cumplir mi horario, me encontré con otro nochero, el Doctor Nazar. Vi cómo en su locker guardaba casi una docena de churros que había ido juntando durante sus tres días de guardia. Le pregunté que estaba haciendo. Me contestó que tenía que escribir a mano un libro sobre la historia de su familia. Que como iba a ser un libro muy extenso necesitaba muchas lapiceras porque se les iban a acabar la tinta. Yo le hice notar que lo que estaba guardando eran churros. Él me dio la razón y me juró que estaba seguro de que le habían parecido lapiceras. Igual dejó los churros adentro del locker. Todavía Nazar sigue atendiendo y trabajando de nochero. Aunque ya esté ido. Es un loco y un borracho ejerciendo la medicina. Solo tiene cuarenta y un años. Y acá en el Paroissien todos le dicen «Tía María». Porque eso es lo que usa para bajar. Lo delata el aliento.Ser nochero es perjudicial para la salud. Y ejercer este servicio más de dos veces al mes es un suicidio. Matarse de a poco. Seis días de treinta, treinta y uno; seis días sin dormir durante un mes: no parece mucho. Pero, a la larga, lo es. Se paga un precio caro. Pero depende de lo que uno quiera pagar. El Doctor Nazar, por ejemplo, prefirió perder en salud para estar al día con las cuotas de alimentos de sus hijos que les tiene que pasar a sus ex. Prefirió perder la salud y que nunca le falte el licor de café. Una vida estudiando y una vocación a cambio de dos recibos al mes y de varias botellas vacías. Qué sé yo. Nazar por lo menos tiene eso. Yo solo un montón de nada… y algún que otro episodio de locura, ya no tan aislado para ser honesto. Este fin de semana estuvo bien. Lo mismo la vez anterior que curré como nochero. Me puedo olvidar hace cuánto que estoy haciendo esto. Pero no de las veces en las que perdí el control. No fueron muchas. Dos. Iba a decir «dos apenas». Pero fueron más de dos. No tengo a quién mentirle y no puedo mentirme. Yo sé lo que vi. Yo sé lo que vi y escuché las veces que se me apareció. Una medianoche, exactamente a las doce, entró un gitano con una herida de bala en el estómago. No había mucho por hacer. La amante —también gitana— se coló como pudo y, sin que nos diéramos cuenta mientras lo atendíamos, con una piedra dibujó un círculo en el piso de la sala.

—Así mi amor no se va a ir para abajo —explicó, resignada, con lágrimas negras

por el maquillaje antes de que la echáramos.

Y el gitano a los pocos minutos murió. Y yo hice que saliera todo el mundo. Y cuando me quedé solo con el cuerpo me encontré con un hombre alto y delgado al que no había visto antes. Era pelirrojo y tenía un mechón blanco de canas en el pelo. Las manos en los bolsillos de una campera de cuero marrón ubaldinista. El hombre estaba oliendo el rostro del gitano muerto. —¡¿Qué está haciendo?! —le pregunté lo que saltaba a la vista. Él alzó la cabeza para ver de dónde venían esas palabras. Sus ojos estaban colorados. «Seguro está borracho. Está borracho o, como dicen los pibes ahora, los ojos le quedaron así de tanto chiflar tuqueros», me acuerdo que pensé en ese instante.

—Váyase. Váyase de acá. Ahora. Antes de que llame a la policía.

Él me sostuvo la mirada. Siempre con las manos en los bolsillos, después dio un

par de arcadas pero no vomitó. Sí escupió un gargajo de saliva con sangre. Se limpió

la boca con el revés de la derecha y, volviendo a mirarme a los ojos, me preguntó:

—¿Quiere que se vaya? «¿Que se vaya quién? ¿A quién carajo le está hablando?», me pregunté mirando a los costados. Y ahí abrí la boca y me puse firme.

—Señor, le pido que se retire de inmediato. Sonrió triunfal.

—Que así sea entonces: que se vaya… que se vaya… que se vaya la forma humana… y que se alce… EL DEMONIO. Las luces pestañearon. Primero, la saliva y sangre que había escupido se prendieron fuego. Después, el tipo se incendió de cuerpo completo —hasta la sombra estaba en llamas— y unos segundos más tarde se apagó solo. Y de sus cenizas apareció largando un humo negro un diablo de piel amarilla vestido con una capa celeste. En el primer movimiento que hizo quiso avanzar hacia mí para ponerme sus garras encima, pero notó en el piso el dibujo que había hecho la gitana. Y se enojó mostrando su furia en los dientes.

—Un círculo como prisión ha trazado una mano astuta —rugió bronca y de los

ojos le salieron llamas antes de desaparecer. Primero él. Después sus ojos.

Sentí que alguien me llamaba.

—¿Doctor? ¿Doctor? ¿Se encuentra bien? Lo veo pálido. ¿No le habrá bajado la

presión? —me preguntó una pasante. Negué con la cabeza y salí a tomar aire. Necesitaba aire fresco. Despabilarme. Afuera me crucé con la gitana.


—¿Lo vio? ¿Lo vio, doctor?

La ignoré y me alejé de ella.

—No se lo pudo llevar. No se va a poder llevar a nadie de ahí.

Esa criatura, ese bicho, se me apareció un par de veces más en este último tiempo. Pero no me volvió a hablar. Sigue atrapado en el mismo lugar. A veces creo que si no le doy mayor importancia al diablo de piel amarilla es porque como médico yo sé muy bien que no tengo religión, tengo ansiedad. Y que gracias al Alprazolam y al Duxetil todavía no compartí botella con el Doctor Nazar. Pero me es fácil diagnosticar que, cuando lo vuelva a ver, si sigo así estoy a solo tres pasos de emborracharme con Tía María.

Estaba mirando las estrellas y casi me pierdo, cuando me mandaron a buscar por una urgencia. Habían dejado tirado en la puerta de entrada a un pibe. Catorce, quince años como mucho. Laceraciones en hígado y estómago, además de fractura de cráneo y múltiples escoriaciones. No respiraba y el corazón estaba en paro. La que me avisó fue Nilda, una enfermera que no se había jubilado para no tener que volver a su casa y atender a su familia. Como pasa la mayoría de las veces en un caso como este, desaparecen —además de los que trajeron a la persona hasta el hospital— casi todos los enfermeros y los policías de guardia. No se registra al paciente. Nadie quiere hacerse cargo de lo que va a pasar después. Pero Nilda todavía tiene vocación. Y hace bien su trabajo. Cuando la dejan. Me habla a los gritos. Entiendo lo que me dice a duras penas. Y también entiendo que ya es tarde para que me borre. Entre los dos lo subimos al chico a una camilla. Lo llevamos al quirófano. Empiezo a hacerle maniobras de resucitación cardiopulmonar cuando se nos suma el oficial Ventura. Le pide a Nilda que nos deje a solas. Nilda se niega. El oficial Ventura le pregunta por su hijo menor. ¿Cómo está? Con eso solo le alcanza para que Nilda recuerde que le debe un favor. Y porque la familia, la sangre de uno, siempre va a estar antes que la vocación; el paciente que estábamos atendiendo va a morir. El chico está irreconocible. Es prácticamente, de la cabeza a los pies, un solo moretón. Ventura me dice que sabe quién es. Que le dicen el Orejón y que es una lástima lo que le está pasando. Que es del barrio Los Pinos. Que había tenido lo suyo. Que la estaba peleando para no equivocarse más. Que había vuelto a la escuela. Que todas las semanas se atendía en el CPA de San Justo. Ventura insiste con que es una lástima y me cuenta que hará cosa de una hora el pibe con un par de amigos, con un arma de juguete, intentaron robar un auto. Que el dueño se avivó cuando notó que el gatillo del revolver era anaranjado. Y que empezó a darle una paliza y a gritar pidiendo ayuda. Que los otros dos con los que andaba el Orejón lo abandonaron cuando vieron que los vecinos salían de sus casas para también pegarle. Que se sentaron sobre él para inmovilizarlo mientras el resto lo pateaba. Ventura admite que ellos atendieron el llamado tarde, media hora después. Y que cuando llegaron lo encontraron al Orejón tirado en la calle, mal herido. Que no había nadie. Salvo el dueño del auto al que habían querido robar. Y que el tipo les contó lo que había pasado. Pero les dijo que jamás lo iba a admitir en una corte. Y que ahí nomás arreglaron un precio. Una oferta teniendo en cuenta lo que habían hecho. Que al Orejón igual lo esposaron por las dudas y que lo metieron en el asiento trasero del patrullero. Que nunca llamaron a la ambulancia porque se sabe que es al pedo. Y que lo trajeron a la guardia. Pero que eso no tenía que figurar en ningún lado. Que lo que oficialmente había pasado era que lo habían abandonado así en la entrada del hospital.

En definitiva: el Orejón es un pibe chorro. Y a un pibe chorro es difícil que en una guardia lo salven. Con un pibe chorro, de puertas para adentro, no se utiliza el cardiorresucitador. Y mucho menos se le pone un respirador. Si llega así, solo, entra vivo y sale muerto. Y eso es lo que le va a pasar a este pibe de catorce, como mucho quince años. Se está muriendo y va a morir. Y nosotros no vamos a hacer nada para poder salvarlo.

Ventura, antes de retirarse, me da la mano y cuando se la estrecho siento los billetes que me está entregando. Los guardo, sin mirarlos ni contarlos, en uno de los bolsillos del pantalón, mientras el oficial me aconseja que llame al doctor de guardia, al que tendría que haber estado presente cuando llegó el pibe; porque el titular va a tener que firmar un deceso y Ventura sabe muy bien que yo no puedo hacerlo porque soy solo un nochero. Mira para el lado donde dejamos al Orejón y me dice que esto no va a quedar así. Que por más que en el barrio hagan un pacto de silencio esto no va a quedar así. Que la calle habla y que uno siempre se entera. Que en el mejor de los casos, los familiares del pibe van a ir a tirar piedras en las casas de esos vecinos. Que en el peor, si es que ellos no tienen fierros, les van a ofrecer uno para ir a emparejar las cosas. Ventura lo afirma convencido y después se va. Mentalmente repaso lo que le voy a decir a los familiares cuando los tenga cara a cara. Cuando conozcan al «Doctor González». Les voy a explicar que llegamos a compensarlo durante un breve instante pero que su cuadro al ingresar al hospital ya era delicado. Y que por eso el paciente, siendo exactamente las cuatro de la mañana del lunes 29 de junio de 2009, obitó. Que obitó a las cuatro de la mañana. Las cuatro… Cuatro horas… Me faltaban solo cuatro horas. Cuatro horitas nomás para terminar mi guardia sin ningún problema. Y ahora la tenía que llamar a la Doctora Galiano.


El cavador


El cavador

 

Necesitaba descansar, así que alquilé una casona en un pueblo de la costa, lejos de la ciudad. Cuando iba llegando, los pastizales me impidieron seguir en auto; me bajé, tomé lo imprescindible y continué a pie. Oscurecía y, aunque no se veía el mar, podía escuchar las olas alcanzar la orilla. Ya estaba cerca de la casa cuando tropecé con algo.

–¿Es usted?

Retrocedí asustado.

–¿Es usted, don? –un hombre se incorporó con dificultad–. No desperdicié ni un solo día, eh... Se lo juro por mi mismísima madre...

Hablaba apurado; estiró las arrugas de la ropa y se acomodó el pelo.

–Pasa que justo anoche... Imagínese, don, que estando tan cerca no iba a dejar las cosas para el otro día. Venga, venga –dijo, y se metió en un pozo que había entre los yuyales, a sólo un paso de donde nos encontrábamos.

Me agaché y asomé la cabeza. El agujero medía más de un metro de diámetro y adentro no se alcanzaba a ver nada. ¿Para quién trabajaría un obrero que no reconocía ni a su propio capataz? ¿Qué andaría buscando para cavar tan profundo?

–Don, ¿baja?

–Creo que se equivoca –dije.

–¿Qué?

Le dije que no bajaría y, como no contestó, me fui para la casa. Recién cuando llegué a las escaleras de entrada escuché un lejano muy bien, don, como usted diga.

A la mañana siguiente salí a buscar el equipaje que había dejado en el auto. Sentado en la galería de la casa, el hombre cabeceaba vencido por el sueño y sujetaba entre las rodillas una pala oxidada. Al verme la dejó y se apresuró a alcanzarme. Cargó lo más pesado y, señalando unos paquetes, preguntó si eran parte del plan.

–Primero necesito organizarme –dije y, al llegar a la puerta, le quité lo que cargaba para evitar que entrara a la casa.

–Sí, sí, don. Como usted diga.

Entré. Desde las ventanas de la cocina vi la playa. Apenas había algunas olas, el mar estaba ideal para nadar. Crucé la cocina y espié por la ventana del frente: el hombre seguía ahí. De a ratos miraba hacia el pozo y de a ratos estudiaba el cielo. Cuando salí, corrigió la postura y me saludó respetuoso.

–¿Qué hacemos, don?

Me di cuenta de que un gesto mío hubiera bastado para que el hombre se echara a correr hacia el pozo y se pusiera a cavar. Miré hacia los pastizales, en dirección al pozo.

–¿Cuánto cree usted que falte?

–Poco, don, muy poco...

–¿Cuánto es poco para usted?

–Poco... no sabría decirle.

–¿Cree que pueda terminar esta noche?

–No puedo asegurarle nada... usted sabe: esto no depende sólo de mí.

–Bueno, si tanto quiere hacerlo, hágalo.

–Délo por hecho, don.

Vi al hombre tomar la pala, bajar los escalones de la casa hasta el pastizal y perderse en el pozo.

Más tarde fui al pueblo. Era una mañana de sol y quería comprar un short de baño para aprovechar el mar; a fin de cuentas, no tenía por qué preocuparme por un hombre que cavaba un pozo en una casa que no me pertenecía. Entré a la única tienda que encontré abierta. Cuando el empleado estaba envolviendo mi compra, preguntó:

–¿Y cómo va su cavador?

Me quedé unos segundos en silencio, esperando quizá que algún otro contestase.

–¿Mi cavador?

Me alcanzó la bolsa.

–Sí, su cavador...

Le extendí el dinero y miré al hombre, extrañado; antes de irme no pude evitar preguntarle:

–¿Cómo sabe del cavador?

–¿Que cómo sé del cavador? –dijo, como si no me comprendiese.

Volví a la casa y el cavador, que esperaba dormido en la galería, se despertó en cuanto abrí la puerta.

–Don –dijo poniéndose de pie–, hubo grandes avances, puede que estemos cada vez más cerca...

–Pienso bajar a la playa antes de que oscurezca.

No recuerdo por qué me había parecido una buena idea decírselo. Pero ahí estaba él, feliz por el comentario y dispuesto a acompañarme. Esperó afuera a que me cambiara y un poco más tarde caminábamos hacia el mar.

–¿No hay problema en que deje el pozo? –pregunté.

El cavador se detuvo.

–¿Prefiere que vuelva?

–No, no, le pregunto.

–Pero cualquier cosa que pase... –amagó con volver– sería terrible, don.

–¿Terrible? ¿Qué puede pasar?

–Hay que seguir cavando.

–¿Por qué?

Miró el cielo y no contestó.

–Bueno, no se preocupe –continué caminando y el cavador me siguió, indeciso–. Venga conmigo.

Ya en la playa, a pocos metros del mar, me senté para sacarme los zapatos y las medias. El hombre se sentó junto a mí, dejó a un lado la pala y se quitó las botas.

–¿Sabe nadar? –pregunté.

–No, don. Yo lo miro, si le parece. Y traje la pala, por si se le ocurre un nuevo plan.

Me incorporé y caminé hacia el mar. El agua estaba fría, pero sabía que el hombre me miraba y no quería echarme atrás.

Cuando regresé, el cavador ya no estaba.

Con un sentimiento de fatalidad busqué posibles huellas hacia el agua, por si acaso había seguido mi sugerencia, pero no encontré nada y entonces decidí volver. Revisé el pozo y los alrededores. En la casa, recorrí las habitaciones con desconfianza. Me detuve en los descansos de la escalera, lo llamé en voz alta desde los pasillos, algo avergonzado. Más tarde salí. Caminé hasta el pozo, me asomé y lo llamé otra vez. No se veía nada. Me acosté boca abajo en el suelo, metí la mano y tanteé las paredes: se trataba de un trabajo prolijo, de aproximadamente un metro de diámetro, que se hundía hacia el centro de la tierra. Pensé en la posibilidad de meterme, pero enseguida la deseché. Cuando apoyé una mano para levantarme, los bordes se quebraron. Me aferré a los pastizales y, paralizado, oí el ruido de la la tierra cayendo en la oscuridad. Mis rodillas resbalaron en el borde y vi cómo la boca del pozo se desmoronaba y se perdía en su interior. Me puse de pie y observé el desastre. Miré con miedo a mi alrededor, pero el cavador no se veía por ningún lado. Entonces se me ocurrió que podría arreglar los bordes con un poco de tierra húmeda, aunque necesitaría una pala y algo de agua.

Volví a la casa. Abrí los placares, revisé dos cuartos traseros a los que entraba por primera vez, busqué en el lavadero. Al fin, en una caja junto a otras herramientas viejas, encontré una pala de jardinería. Era pequeña, pero servía para empezar. Cuando salí de la casa, me encontré frente a frente con el cavador. Escondí la pala detrás de mi cuerpo.

–Lo estaba buscando, don. Tenemos un problema.

Por primera vez, el cavador me miraba con desconfianza.

–Diga –dije.

 –Alguien más ha estado cavando.

–¿Alguien más? ¿Está seguro?

–Conozco el trabajo. Alguien ha estado cavando.

–¿Y usted dónde estaba?

–Afilaba la pala.

–Bueno –dije, tratando de ser terminante–, usted cave cuanto pueda y no vuelva a dispersarse. Yo vigilo los alrededores.

Vaciló. Se alejó algunos pasos pero al fin se detuvo y se volvió hacia mí. Distraído, yo había dejado caer mi brazo y la pala colgaba junto a mis piernas.

–¿Va a cavar, don? –me miró.

Instintivamente oculté la pala. Él parecía no reco­nocer en mí al hombre que yo había sido para él hasta un momento antes.

–¿Va a cavar? –insistió.

–Lo ayudo. Usted cava un rato y yo sigo cuando se cansa.

El cavador levantó la pala y volvió a clavarla en la tierra.

–El pozo es suyo –dijo–, usted no puede cavar.

Algo me despierta en la noche. Es el ruido incon­fundible de la pala contra la tierra. Ahora, a diferencia de otras veces, se escucha con toda claridad. Me incor­poro y camino hasta la ventana. El cavador trabaja en­tre los pastizales. Se detiene, me mira, levanta la pala y vuelve a clavarla. El pozo es cada vez más grande; el borde, cada vez más cercano a la casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


El todo que surca la nada

 

EL TODO QUE SURCA LA NADA, CÉSAR AIRA

 

Al gimnasio van dos señoras que charlan sin parar; ocasionalmente con otros, entre ellas todo el tiempo. Parecen amigas de toda la vida, que lo tienen todo en común; teñidas del mismo matiz de rubio, la misma ropa, las mismas reacciones, seguramente los mismos gustos; hasta la voz la tienen semejante. Son de esas señoras de edad intermedia, pasados los cincuenta, que deciden ir juntas al gimnasio a hacer algo por su cuerpo, porque solas no irían. No es que éstas dos necesiten mucho una actividad física extra, porque son flacas y activas y parecen en buena forma. Señoras de barrio, sin nada especial como no sea la locuacidad, que está lejos de ser una rareza. Tampoco necesitan el gimnasio para conversar, porque empiezan antes; llegan hablando; si en ese momento yo estoy en una de las bicicletas cerca de la entrada, oigo sus voces cuando suben la escalera; hablan en el vestuario mientras se cambian, hacen sus ejercicios juntas sin parar de hablar un momento, en las bicicletas, las cintas, los aparatos; y se van hablando. No fui el único en observarlo. Una vez las oía desde el vestuario de hombres (ellas estaban en el de damas), hablando, hablando, hablando, y le dije al instructor: “Cómo hablan, ésas dos.” Asintió arqueando las cejas: “Es terrorífico. ¡Y lo que dicen! ¿Las has escuchado?” No, no lo había hecho, aunque habría sido fácil porque hablan en voz alta y clara, como esa gente que no tiene secretos ni intimidades; se conforman a ese estereotipo de señoras de barrio, esposas, madres, amas de casa, como todas las demás, seguras de sí mismas y de su representatividad. Una vez, hace años y en otro gimnasio, había visto un caso parecido pero distinto, dos chicas que hablaban todo el tiempo, aun mientras estaban haciendo ejercicios aeróbicos muy exigentes; eran muy jóvenes y debían de tener unos pulmones formidables; un día que estaban en sendas colchonetas enfrentadas haciendo flexiones abdominales de las que dejan sin aliento, y no paraban de hablar, se las señalé de lejos a la instructora de ese gimnasio, que me dijo disculpándolas: “Es que son muy amigas y las dos trabajan todo el día: éste es el único rato que pasan juntas”. No es el caso de estas dos señoras, que evidentemente pasan el día juntas: las he visto por el barrio haciendo compras, mirando vidrieras o sentadas en un café, siempre hablando, hablando, hablando.

Hasta que un día, por casualidad, seguramente porque se ubicaron en bicicletas vecinas a la mía, oí lo que decían. No recuerdo qué era, pero sí recuerdo que me causó una impresión rara, de una rareza que no pude definir en el momento pero que de algún modo inconsciente y más bien desganado (después de todo, a mí qué me importaba) me prometí explicarme.

Aquí debo aclarar algo de mí, y es que hablo poco, creo que demasiado poco, y creo que eso perjudica mi vida social. No es que tenga dificultades para expresarme, o tengo las dificultades normales que tiene todo el mundo para expresar algo difícil de poner en palabras, e inclusive diría que tengo menos, porque mi largo trato con la literatura ha terminado por darme una capacidad superior al promedio para utilizar el lenguaje. Pero no tengo el don del small talk, y es inútil que trate de aprenderlo o cultivarlo porque lo hago sin convicción. Mi estilo de conversación es espasmódico (alguien lo calificó una vez de “ahuecante”). A cada frase se abren vacíos, que exigen un recomienzo. No puedo mantener una continuidad. En pocas palabras, “hablo cuando tengo algo que decir”. Supongo que mi problema, cuyas raíces bien podrían estar en ese largo trato con la literatura, está en que le doy demasiada importancia al tema. Conmigo nunca se trata sólo de “hablar” sino “de qué hablar”. Y el esfuerzo de evaluar los temas mata la espontaneidad del diálogo. Dicho de otro modo: siempre tiene que “valer la pena” decir algo, y así no vale la pena seguir hablando. Envidio a la gente que puede iniciar una conversación con gusto y energía, y puede sostenerla. Los envidio porque ahí veo un contacto humano lleno de promesas, una realidad viviente de la que yo, mudo y solo, me siento excluido. Me pregunto “¿pero de qué hablan?”, y a todas luces ésa es la pregunta equivocada. La agria incomodidad de mi trato con el prójimo proviene de esta falla. Si miro atrás, puedo adjudicarle a ella gran parte de las oportunidades perdidas, y casi todas las melancolías de la soledad. A medida que avanzo en años, más me convenzo de que es una mutilación, que no compensan mis éxitos profesionales ni mucho menos mi “riqueza interior”. Y nunca he podido resolver la intriga que me provocan los conversadores: ¿de dónde sacan temas? Ya ni siquiera me lo pregunto, quizás por saber que no hay respuesta. No me lo preguntaba respecto de estas dos señoras, y sin embargo recibí una respuesta, tan inesperada como sorprendente, tanto que abrió ante mí un abismo pavoroso.

De pronto, en el fluir incesante del diálogo, una le estaba diciendo a la otra: “Le dieron los resultados de los análisis a mi marido, y tiene cáncer, pedimos turno con el oncólogo...” Eso lo registré, y me puse a pensar. Por supuesto, creí haber oído mal, pero no era así. No sé si reproduzco las palabras exactas, pero era eso lo que decía una de ellas, y su amiga le respondía, con la debida simpatía y preocupación pero sin demasiada sorpresa, sin soltar gritos o desmayarse. Y sin embargo la noticia era de grueso calibre. Demasiado como para intervenir en la conversación de un modo casual, en medio de otros datos y en un plano de igualdad con ellos. Me constaba que las dos llevaban una hora larga en el gimnasio, y habían estado hablando todo el tiempo; además, habían venido juntas, lo que significaba que la charla había empezado un buen rato antes... ¿O sea que habían estado tocando diez, veinte, treinta temas, antes de que le llegara el turno a éste, tan trascendente? Barajé varias posibilidades. Quizás la afectada había venido reservando deliberadamente este asunto fundamental, para lanzarlo “como una bomba” en cierto momento; quizás había estado reuniendo fuerzas para decírselo a su amiga; quizás una especie de pudor la había retenido hasta que el tema salió por sí solo. O bien podía ser que la noticia no fuera tan importante, por ejemplo si el que ella llamaba (por costumbre, para entenderse) “mi marido”, era un ex marido del que estaba separada hacía muchísimos años y con el que ya no tenía ningún compromiso afectivo. Había explicaciones más audaces o imaginativas, como suponer que estaban hablando del argumento de una novela o guión teatral que una de ellas estuviera escribiendo (para un taller literario al que concurrieran juntas como concurrían al gimnasio); o que estuviera contando un sueño, sin usar los tiempos verbales adecuados a ese tipo de relato; o cualquier otra cosa. Apenas menos improbable que estas suposiciones era plantear que desde que se habían encontrado esa mañana, dos o tres horas atrás, habían estado hablando de asuntos más importantes y urgentes que el cáncer del marido de una de ellas, y éste llegaba en su debido momento, nada más. Absurda como parecía, esta explicación terminó siendo la más lógica y realista, o al menos la única que quedó en pie.

En el curso de estas reflexiones yo había recordado la ocasión anterior en que las había oído, y la sensación difusa de extrañeza que me había causado. Ahora podía ponerla en foco y explicarme retrospectivamente la extrañeza. Era lo mismo, pero había sido necesaria la repetición para que entrara plenamente a mi conciencia. Aquella vez se trataba (porque ahora sí lo recordé) de algo menos pasmoso como noticia: una le informaba a la otra que el día anterior habían empezado a pintar las paredes de su casa, y tenía todos los muebles tapados con sábanas viejas, y el descalabro usual de cuando “entraban los pintores”; la otra la compadecía, y ella respondía que con toda la incomodidad indecible que comportaba, era necesario renovar la pintura, no podían seguir viviendo en una tapera descascarada, etc., etc. La pequeña intriga que yo no había podido definir en mi mente era que esa noticia, tan central en la vida de un ama de casa, se pronunciara en medio de una conversación, y no al comienzo de la jornada, e inclusive que no hubiera sido anticipada días antes. Lo del cáncer del marido, ahora, me abría los ojos porque era mucho más chocante, aunque en esencia seguía siendo el mismo mecanismo.

A partir de ahí, empecé a prestar atención. Debo decir que no era tan fácil, por razones tanto físicas como psicológicas. De las primeras, la principal era que un gimnasio es un sitio muy ruidoso; los aparatos resuenan cuando se golpean las pesas de fierro, las poleas rechinan, el semáforo que marca los ritmos de actividad suelta unos pitidos agudos cada quince segundos, los motores eléctricos de las cintas zumban y gimen, el coro de bicicletas fijas puede hacerse ensordecedor cuando hay varias funcionando al mismo tiempo, todo el mundo habla y algunos gritan; y, por supuesto, el televisor está pasando ininterrumpidamente videos musicales a todo volumen, a lo que suele superponerse, en el salón del fondo, la música mucho más fuerte (hace temblar los vidrios) de la clase de aerobics. Las dos señoras, ya lo dije, hablan en voz alta, sin preocuparse porque las oigan, y en efecto es fácil oír que están hablando; lo que no es tan fácil es oír qué están diciendo, salvo que uno esté muy cerca. La continua movilidad a la que obliga una rutina de ejercicios me daba muchas oportunidades de colocarme cerca de ellas, pero, por lo mismo, no podía seguir cerca mucho tiempo sin despertar sospechas.

Aun así, lo que oí bastó para alimentar una perplejidad creciente. No importaba la hora, o el momento, que estuvieran llegando o yéndose, a la mitad de su rutina o en el vestuario o en las camillas de masajes con rodillo: siempre se estaban dando noticias importantes, y comentándolas con la debida avidez. Y si en un mismo día yo las oía dos o tres o cuatro veces, extremando mis maniobras de acercamiento, eran otras tantas noticias importantes, demasiado importantes para que siguieran apareciendo después de horas de conversación; pero, aun así, eran la única materia de conversación. “Con la tormenta de anoche se cayó el árbol del fondo de casa y me aplastó la cocina.” “Ayer nos robaron el auto”. “Mañana se casa mi hijo.” “Murió mamá.”

Eso no era small talk, de ninguna manera. Pero en realidad yo no sé lo que es el small talk; creía saberlo, pero ahora, al dudar de su existencia, ya no lo sé; si el caso de estas dos señoras puede generalizarse, entonces es posible que cuando la gente habla, lo hace porque tiene algo que decir, algo que vale la pena decir; empiezo a preguntarme si existirá el “hablar por hablar”, si no será un mito que yo me había inventado para disimular mi falta de vida, que en el fondo es una falta de temas.

¿O es al revés? ¿No serán estas dos señoras el mito que yo he inventado? Salvo que ellas existen. Vaya si existen. Las veo (y las oigo) todos los días. Y no sólo existen en el “campo magnético” del gimnasio. Como dije, las he visto y oído hablar en la calle también. Ayer al atardecer, justamente, había salido a caminar y me las crucé, salían de una perfumería charlando animadamente. Alcancé a oír un par de frases al pasar. Una le estaba diciendo a la otra que el día anterior había tenido una discusión con la hija, y que ésta había terminado anunciándole que se iba a vivir sola... Eran las siete de la tarde, y ellas habían estado juntas y hablando todo el día (por la mañana habían estado en el gimnasio). Descarto la posibilidad de que digan esas cosas “para mí”, no sólo porque sería una broma demasiado complicada y sin objeto, sino porque ellas no han registrado mi existencia, ni falta que les hace.

La respuesta a mis preguntas sería hacer una lista de todos los temas que tocan en un día, y ver si siguen una progresión (descendente) de importancia, como lo ordenaría el verosímil más elemental. Yo estaría en condiciones casi inmejorables para hacerlo, porque las tengo a mi alcance a primera hora de la mañana, en el gimnasio, durante dos horas largas... Pero no lo hice, ni lo voy a hacer. Ya mencioné los obstáculos físicos que se interponen, y dije que también había razones psicológicas. Estas razones se resumen en una sola: el miedo. Miedo a una cierta clase de locura.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Abelardo Castillo: otro cuento

 

Cuento: "El hacha pequeña de los indios" de Abelardo Castillo

 


Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría.




Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa –linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero–, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. "Vamos a tener un hijo", había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

jueves, 22 de octubre de 2020

TRES cuentos de ABELARDO CASTILLO

 

Tres cuentos de Abelardo Castillo

La madre de Ernesto

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.

Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.

–¡No!

–Sí. Una mujer.

–¿De dónde la trajo?

Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:

–¿Por dónde anda Ernesto?

En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:

–¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.

–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?

Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.

–Atorranta, ¿no?

Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.

–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.

–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.

Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.

–Pero es la madre.

–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha también pare chanchitos.

–Y se los come.

–Claro que se los come. ¿Y entonces?

–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.

Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:

–Se acuerdan cómo era.

Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.

–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.

Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.

–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.

Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.

–No se lo deben de haber prestado.

–A lo mejor se echó atrás.

Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:

–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.

–¿Cómo será ahora?

–Quién… ¿la tipa?

Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.

–Esto es una asquerosidad, che.

–Tenes miedo –dije yo.

–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:

–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.

–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.

Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:

–¿Y si nos echa?

Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.

–Es Julio –dijimos a dúo.

El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.

–Se la robé a mi viejo.

Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.

–Fumaba, ¿te acordás?

Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.

–¿Cuánto falta?

–Diez minutos.

Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.

Julio apretó el acelerador.

–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.

–¡Qué castigo ni castigo!

Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.

–¿Y si nos hace echar?

–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:

–Llévalos arriba.

La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:

–A ver si nos sacan una muela.

Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.

–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:

–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!

Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:

–¿Quién pasa?

Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.

–Qué sé yo. Cualquiera.

Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.

–¿Bueno?

Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.

–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.

Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.

Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Conejo

Y cualquiera que escandalizare a uno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y
se le anegase en el profundo de la mar.

Mateo, XVIII: 6

No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un juguete, digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines, que un conejo de trapo al final es parecido a las muñecas, que son para las chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo del mundo, y mucho mejor que los patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados, redondos. Caras de bobas, eso es lo que tienen.

A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para cuando uno se enferma y entonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteojos se cree muy vivo, y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, mírenlo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los grandes también pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tranquilo y les decís mira lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.

Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos adentro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre. Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un juguete como los caballos de madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la mañana sobre todo, que es cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en seguida te andan gritando patadura, anda al arco querés, y malas palabras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen juntos, y se reían. Por vos me lo dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos, por los dientes.

Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro hacer caricias ahora, se piensan que uno es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo mismo, pero el Julio, la basura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que viniera a decir esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de regalo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que ella dijera tenes que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuenta, como ahora, que si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para hablar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.

Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.

Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, porque yo te quiero lo mismo y te quiero porque sí, porque se me antoja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenes no es nada linda, no, y si quiero vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ganar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escupa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la barriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines y…

El marica

Escúchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Escúchame.

Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo para querer a la gente, sólo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta adiós, los novios, a vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano.

Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.

–Te lastimaste por mí, Abelardo.

Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.

–Soltame –dije.

O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.

Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios. Eras un poco menor que nosotros y me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, una mirada rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:

–Sabes, te admiro.

No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era.

–Es un marica.

–Qué va a ser un marica.

–Por algo lo cuidas tanto.

Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta –uno también elige–, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo me pasaron un dato.

–Me pasaron un dato –dijo–, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.

Y yo dije macanudo.

–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.

–¿Con los muchachos?

–Sí, qué tiene.

Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles.

–Abelardo, vos lo sabías.

–Callate y entra.

–¡Lo sabías!

–Entra, te digo.

El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinticinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro.

De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.

El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anormalmente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.

–Debe estar sucia.

Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo.

–Pasa vos.

–No, yo no. Yo después.

Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, ésa era exactamente la impresión que yo tenía.

Entré yo. Cuando salí vos no estabas.

–Dónde está César.

–Disparó.

Y el ademán –un ademán que pudo ser idéntico al del negro– se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho.

–Vos también te asustaste, pibe.

Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.

–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.

–Agarró pa aya –con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo pa aya.

Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.

–Lo sabías.

–Volvé.

–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.

–Volvé, animal.

–Por Dios que no puedo.

–Volvé o te llevo a patadas en el culo.

La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para olvidarse de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.

–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.

Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.

Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:

–Maricón. Maricón de mierda.

Y después lo grité. Escúchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escúchame.

Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

Hernán

Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura lamentable de profesora de literatura que recitaba largamente a Bécquer y, turbada, omitía ciertos párrafos de los clásicos y en los últimos tiempos miraba de soslayo a Hernán. Quiero contarlo ahora, de pronto me dio miedo olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es necesario que alguien la recuerde, Hernán, que entre el montón de porquerías hechas en tu vida haya siempre un sitio para ésta de hace mucho, de cuando tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el que podía demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los pobres diablos como el señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia que guardaba violetas aplastadas en las páginas de Rimas y leyendas y olía a alcanfor.

Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi bachillerato. Entró a clase y desde el principio advertimos aquella cosa extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz, lo mismo que ese tenue aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una bolsita colgada sobre su pecho de señorita Eugenia, bajo la blusa. Ella entró en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la impresión que le causábamos, cuarenta muchachones rígidos, burlonamente rígidos junto a los bancos, y cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura del hombro para encontrar sus ojos de animalito espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una amiga para nosotros, una amiga mayor, y que la llamáramos señorita Eugenia, simplemente. Alguien, entonces, en voz alta –lo bastante alta como para que ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró mucho de que todavía fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera señorita y los demás rieron, y ella, arreglando nerviosamente los pliegues de su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien espera que le expliquen algo, y cuando torpemente creyó que debía insinuarnos “pueden sentarse”, nosotros ya estábamos sentados y ella reparó por primera vez en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de pie él solo. Y en medio del silencio de la clase, dijo:

–Yo –dijo pausadamente– soy Hernán.

Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no recuerdo cómo hizo él para darse cuenta: acaso fue por aquellas miradas furtivas que, al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita Eugenia dirigía hacia su banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo dijeron ya lo sabía. “Me parece que la vieja…”, le dijeron, y Hernán debió fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo había adivinado desde el comienzo, desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de mujer sola; porque Hernán sabía que ella se inquietaba cuando él, acercándose sin motivo, recitaba la lección en voz baja, íntima, como si la recitara para ella.

–Este Hernán es un degenerado.

Te admiraban, Hernán.

–Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse.

Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a pintarse absurdamente los ojos, de un color azulado, y la boca, de pronto comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas acerca de la edad, la edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho más juvenil que esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca y lo que es peor –esto lo dijo mirando a Hernán de un modo tan extraño que me dio asco–, lo que es peor, con el corazón vacío.

–A que sí.

Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que pocos días antes del 21 de septiembre surgió, repentina y gratuita, como un lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de ese regocijo feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque después, más adelante, está la vida, que selecciona sólo a los más aptos, a los más fuertes, a los tipos como él, como Hernán, aquel Hernán brillante de dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o componer estrofas a la manera de Asunción Silva o apostar que sí, que se atrevería –como realmente se atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa, esa especie de escapulario entre los dedos, pasó delante de todos y fue lentamente hacia el pizarrón–, porque los que son como vos, Hernán, nacieron para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia.

–A que no.

–Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de todos, de los cuarenta, e iría, lentamente, hacia el pizarrón–. Para que aprenda a no ser vieja loca –dijo.

Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora necesito recordarlas para que Hernán no las olvide. Hubo, por ejemplo, lo de las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había venido siendo una suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles deslumbradoras en un escrito de Historia. Pero aquella primera carta (a la que seguirían otras, ambiguas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta que una tarde en el libro que te alcanzó la señorita Eugenia apareció por fin la primera respuesta, escrita con su letra pequeña, redonda, adornada con estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo sé de qué modo, Hernán, con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda una noche aquella primera carta, que yo mismo dejé entre las páginas de las Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco perfume entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de alcanfor, colgada al cuello de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el que sólo una vez tropezaron unos dedos que no fuesen los de ella.

No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de que ella no tomase el libro. La mujer, extrañada, levantó el papel que había caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba por favor, lea usted esto, y después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días que siguieron, cuando encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en cuatro pliegues, ya no se turbaba, y entonces empezó a decir aquellas insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta que el propio Hernán se asustó un poco. Sí, porque al principio fue como un juego, tortuoso, procaz, pero en algún momento todo se volvió real y, una tarde, estaba hecha la apuesta:

–Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán.

El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo miraba. Lo miraba de tal manera que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca significativa a los otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse o, acaso, al oír que ella hablaba de las cosas imposibles (“hay cosas imposibles, Hernán, usted es tan joven que no se da cuenta”) pensó que se despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía echarse atrás, aunque tuviera que hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia, que aquella tarde llevaba puesto un inaudito vestido, un jumper, sobre su blusa infaltable de seda blanca. Por eso, sin pensarlo más, él la invitó a dar un paseo por los astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo perfume a alcanfor y seguida por mí, que antes de salir le dije a alguno:

–Préstame las llaves del coche.

Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba saliendo, con el estómago revuelto, oí que alguien pronunciaba mi nombre:

–Hernán.

–Qué quieren –pregunté.

Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que me acordaba. Como me acuerdo de todo lo que ocurrió esa tarde, en los galpones, contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al otro día, en el Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé lentamente hacia el pizarrón apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de escapulario, como un trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la señorita Eugenia al entrar en la clase, de sus ojos pintados ridículamente de azul que se abrieron espantados, dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada, balanceándose todavía, una bolsita blanca de alcanfor.

 

¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...