miércoles, 18 de noviembre de 2020

PEDRO ORGAMBIDE: Tres cuentos

 Vida y memoria del guerrero Nemesio Villafañe. – PEDRO ORGAMBIDE

 

1
Hubiera podido escribir una memoria militar, pero era analfabeto. Además, escribir le hubiera parecido un acto extraño, complicado e inútil. Indolente, tampoco necesitaba hablar de lo vivido. A él le bastaba la memoria. La memoria, se sabe, es la diversión de los pobres, un teatro iluminado, una linterna mágica que cualquiera tiene en su cabeza. Para él, al menos, era así, una diversión y hasta un vicio.

Los hombres del cuartel entraban y salían casi sin verlo, como quien ve un árbol, un camino conocido. Se quedaba acurrucado junto a la casilla del centinela sin hacer ruido, como esos perros viejos que se echan al sol.
Se miraba los pies cubiertos con trapos, los brazos esqueléticos que ordenaban un poco de yerba. Veía pasar a los oficiales con sus sables y sus botas lustradas, a los milicos del 50’, compadres, achinados, que salían del cuartel para presumir a las mozas. Entonces, por costumbre, extendía la mano como si fuera un mendigo de iglesia, aunque a él, para decir la verdad, nunca le gustó andar pidiendo en el atrio y prefería quedarse allí, cerca del cuartel, donde había pasado su vida y donde, seguramente, lo encontraría la muerte.
Algún milico le arrojaba una moneda en la lata; otro, arrogante, escupía ostentoso. No vela más; como a un ciego le bastaban muy pocas señales: el ruido de los carros, el toque de diana, cierta tristeza del crepúsculo.

Podía quedarse horas sin moverse, podían cambiar dos guardias sin que el viejo se levantara para orinar frente a las caballerizas. Miraba entonces ese pedazo de pampa y veía con toda claridad la caballada del combate, veía al mismo general ordenando la carga, aunque sabía, claro que sabía, que ahora eso era pura diversión.
Porque antes las cosas sucedían de otro modo: era el sargento el que venla a los gritos por el campo, y él detrás, el viejo que entonces era joven, un mozo abriéndose paso con el sable y esos godos tirándole a matar, y ése que se agarraba la cabeza, la frente partida de un sablazo. Terminaba el viejo de orinar y volvía a su sitio, se acurrucaba junto a la casilla del centinela sin hacer ruido, como esos perros viejos que se echan al sol.


Él vio a los perros tirados y a uno de esos mendigos que merodean los cuarteles, pero apenas si les hizo caso, ocupado como estaba en sentar plaza de soldado, en cambiar esas pobres pilchas por una casaca militar, un sable; estaba ansioso por vestirse de milico y salir a presumir a las mozas de los ranchos. Se ríe el viejo cuando lo recuerda, se ríe para adentro y los otros piensan que el viejo está dormido o mamado o muerto bajo el sol. Y en verdad se sentía como borracho probándose la ropa, se siente feliz junto a las caballerizas olorosas de estiércol, entre los relinchos, el agrio olor de los recados, las voces de los hombres. Mira hacia afuera. Ve la pampa, adivina la sangre que traen los crepúsculos, imagina la gloria mientras se ajusta el cinto. Esa noche sale de a caballo a gastar su juventud, se entrevera en partidas de monte, está en un bailongo, oye cantar un cielito, ve los cercos tupidos de glicinas, llega, no sabe cómo, a un pajonal donde dos hombres pelean, feroces, bajo la luna. El amanecer lo encuentra en un rancho donde una hembra le cura las heridas. Cuando sale (el amanecer son unos gallos, una pesada carreta que se hunde en el barro), presiente la ciudad, comienza a acostumbrarse a su olvido.


Así, ese joven jinete, ese gaucho analfabeto, supo de pronto lo que un novelista tarda en aprender durante años: que en el comienzo de una historia ya está su propio fin y que todo final es ilusorio como esas calles de tierra que se pierden en el campo y que a la vez son el campo, que todo (la noche que pasó, la pelea, el rudo amor, la ciudad que lo alberga), caben en la memoria. No es la palabra empeñada la que lo lleva hacia el cuartel, ni la aventura que desconoce, ni siquiera la paga incierta que un día antes ambicionó con codicia. No sabe qué hay más allá de esos matorrales ni le importa. Pero intuye que esos hombres que van saliendo de los ranchos, que aparecen a sus costados, con un fusil, con un sable, una cuchilla, son casi lo mismo que él o su caballo, una verdad tan simple como el olor de las caballerizas, el pelaje de un potro, un tiento o esa pesada carreta que se hunde en el barro.
Se oye silbar. Silba el viejo recostado en la casilla, adormecido por el sol.


No es el viento todavía, ni las voces de mando, los hombres en el vivac, las órdenes, los gritos, los estampidos. Es el capitán pasando revista a esos reclutas, gauchos analfabetos a los que les habla de la Patria, de los cojones que hay que tener cuando se enfrenten con el enemigo, la disciplina dice, la subordinación, el valor. ¿Entendido? Entendido, mi capitán, dicen, se oye decir Nemesio mientras las quemazones se levantan en el campo bajo una luna inmensa.


Hace dos horas o dos días que han dejado la ciudad y es como si nunca hubieran estado allí, como si hubieran nacido juntos, la tropa, la tropilla, los hombres, los caballos, el sudor, las ropas, los víveres, los jefes y ellos, avanzando hacia el Norte.

2
Al soldado Nemesio Villafañe, hombre de caballería, aquella marcha se le bahía olvidado. Otras huellas habían borrado a la primera, otras fatigas hablan terminado por oscurecer ese primer amago de coraje y resignación con que anduvieron durante esas noches, en las que él, Nemesio, aprendió a descubrir a los otros en las sombras, adivinándoles el miedo, la tristeza o la mera distracción, en las que él (no éste, un veterano, sino el otro, el de la primera marcha), supo reconocer esa voluntad ciega de su general que llevaba a esos hombres a la muerte. Ya nadie pensaba en ella, aunque alguno la nombrase cantando. Sí; al soldado Nemesio Villafañe, hombre de caballería, aquella marcha se le había olvidado. Pero ahora iba haciendo memoria, iba reconstruyendo una mañana, el canto de un chajá, la rastrillada, ese caballo solitario que pastaba ajeno al ruido del ejército, y que él se quedó mirando, casi envidiándolo, sin saber por qué. Claro que los hombres no hablaban de esas cosas sino del primer combate, del bautismo de fuego, del fuego saltando de las bocas de los cañones y quemando la carne, destrozándola, diezmando el primer batallón.


-Ah, sí -dijo Nemesio-, cierto.
Ya entonces era hombre de pocas palabras.


Fue de los primeros en entreverarse con los godos, el primero que cargó a lo loco contra los infantes que disparaban tupido, y eso que no era un veterano como ahora, sino un mozo abriéndose paso con el sable y esos godos tirándole a matar y ése que se agarraba la cabeza, la frente partida de un sablazo.


Fue allí cuando he chamuscaron ha pierna, fue allí cuando le hicieron esa herida que ahora es sólo un costurón, cosa de nada. No es raro que se olvide.


No, no le gusta hablar de esas cosas ni siquiera con la cantinera que es casi su mujer. A ella la conoció después, cuando eh desastre, cuando los godos sorprendieron dormido a todo el regimiento y empezaron a matar y siguieron matando gente hasta cansarse. Eso lo recuerda bien. Será porque el hombre tiene memoria para la desgracia. Cierto. Pero de eso no se habla, como no se habla de los muertos que a veces no se pueden enterrar y quedan desparramados en el campo. el había quedado así, precisa-mente, volteado cara al ciclo, cuando ella pasó y descubrió que gemía, cuando lo levantó (y eso que Nemesio era un hombre fuerte por aquel entonces), y lo cargó a los hombros, como una bolsa, un montón de huesos, que robaba al osario común. Hay algo que la memoria registra: un olor de sangre y podredumbre, de ropas y caballos destripados al sol, un olor que lo acompaña cuando ella lo baña en el río, desnudo, y que ahora recuerda sentado junto al fogón, junto a los hombres en la ronda del mate.
(Porque sólo las hembras pueden sacar ese olor con el olor de ellas, sólo ella puede, tirada en el monte, enroscándose a él como la hiedra, besándolo, buscándolo, dándole los pechos como antes la cantimplora en que calmó la sed.) Toma un mate despacio.

Nemesio recuerda la segunda marcha cuando el regimiento, lo que quedaba de regimiento, se juntó con los otros batallones y encerraron a los godos, en ese cuadrado que se llenó de pólvora. (Ellos estaban besándose todavía cuando tuvo que partir, él veía sus piernas oscuras en la claridad que se filtraba por el techo de paja.)

Fue ese momento el que quedó, ese barullo de españoles y criollos matándose entre los cerros, fue ese instante -la mano que le acaricia el pelo, la cicatriz de la mejilla-, y no la sangre, el estampido que el soldado aprende a olvidar.
-Cierto, uno se olvida -piensa Nemesio.
De haber sido otro, un general, digamos un coronel, al menos, hubiera escrito esos olvidos. Le hubiera puesto nombre a las batallas. Pero la memoria del soldado desconoce la Historia, se hace con esos ruidos y olores de la guerra que se repiten, monótonos, durante meses, durante anos, mientras dura la campaña. Nadie hace el recuento de los piojos, la fiebre, los pies llagados, las diarreas que persiguen al soldado. A nadie le importa. Tampoco importa el loco que en la cuesta de Chacabuco se echa a correr bajo una bandada de murciélagos, el borracho que confunde al enemigo con un manso rebaño de ovejas y que se muere, aturdido por su propia confusión, mirando un río imaginario, un espejismo. Cierto. Cada soldado sabe que esas cosas ocurren después de varios anos de servicio, cuando los nervios, el cansancio, la paga infiel y la nostalgia comienzan a minar la resistencia de los hombres. Pero los generales no escriben estas cosas, aunque anden como sus soldados con los ojos desencajados, enfermos de chucho bajo sus ponchos. A veces la calentura, la falta de mujeres, hace que uno de ellos (un jefe, un joven coronel), se bañe desnudo en la cordillera, frotándose el sexo con la nieve. Nadie se ríe de esas cosas. Nadie se ríe en la cordillera cuando sopla el viento, cuando las mulas y los hombres se desbarrancan con las piedras. Nemesio mira el abismo, mira al general montado en la mula, flaco, sombrío, envuelto en su poncho. Tampoco el general escribe sus memorias. Cartas, nomás: informes militares, pedidos de dinero para esas tropas que ahora cruzan los Andes, que marchan arrastrando mulas y cañones. En la desgracia todos los hombres se parecen, todos tienen las mismas jetas, apretadas, los labios resecos, ojos de mula a veces, ojos de loco a veces, ojos como vacíos, mientras avanzan como si fueran uno, una serpiente negra y perezosa arrastrándose por los desfiladeros. Y allí arriba los cóndores, planeando su indiferencia sobre el dolor y el cansancio de los hombres que marchan sin preguntarse para qué y que el general mira distraído, mientras tose como un tísico arriba de la mula. A veces se le acerca un capitán, un sargento, y se le ve la nubecita blanca que le sale de la boca mientras habla. Vaya a saber qué dice. No es cosa que le importe a un soldado. El tiene que con-fiar en la palabra de su general, en esa nubecita blanca, en ese calor de un cuerpo enfermo, en ese hombre cansado y asmático que los lleva a pelear, a morir sin preguntarse.
"Cierto, así son las cosas", piensa el soldado Nemesio Villafañe.


Se ha dormido, seguro que se ha dormido. Pero ha sido un momento nomás. Siente los pies llagados, el frío que le corta la cara. Pero no piensa en eso, ya no piensa en nada.


3
Ahora sabe que el porvenir no existe, que es demasiado viejo para soñarlo. En cambio, puede recoger las monedas de cobre que los milicos arrojaron en la lata, ir hasta el almacén que ayer fue pulpería, tomar un vino carlón o una ginebra. Eso le basta. Apenas el alcohol entra en el cuerpo, una ilusoria juventud se apodera del mendigo, del viejo sentado a una de esas mesas mugrientas que un rato antes ocuparon los jugadores de truco. Quieto, sin molestar a nadie, deja pasar las horas y hace memoria. Y la memoria, se sabe, es la diversión de los pobres, el teatro iluminado, una linterna mágica que cualquiera tiene en la cabeza.Medio en broma, un cadete bisoño le pregunta si es cierto que él ha sido un guerrero de la independencia y el viejo tarda en contestar, indolente corno es con las palabras.
-Así será, niño -responde con malicia o desgano, y se queda en silencio, porque el silencio es suyo, corno la vejez y la muerte, y la memoria que es su diversión, su vicio.
El otro insiste en preguntarle, le ofrece pagar una copa, se ofende ante la indiferencia de ese pordiosero y lo llama mentiroso y vago y mal entretenido.
-Así será, niño -vuelve a decir el viejo. Se entretiene mirando el revolotear de una mosca y ve el vuelo de un cóndor.
Antes de irse el cadete lo amenaza con meterlo preso y él está preso en el Callao ahora, engrillado, oyendo las descargas de la artillería. Se divierte. Ahora puede elegir un momento, dejarlo, volver a él. Transformarlo a su gusto. Antes no. Tenía un porvenir, y la fatalidad de ser joven. Ahora no. El es el único dueño de su teatro y es joven mientras duran el alcohol y el sueño, mientras quiera y Dios le de salud.


(Ese que está sentado allí soy yo -se dice el viejo-, y se ve vestido de suboficial, en Lima, después de algunos años de cautiverio, todavía joven pero con ese aire de náufrago que jamás lo abandona, tal vez desde el día en que estuvo en capilla, a punto de ser fusilado, cuando el cura le decía que encomendara su alma a Dios y él repitiendo el padrenuestro, hasta que, de un golpe, derribó a ese cura de los godos, le dejó en pelotas y él se vistió con los hábitos del cura, paso frente al centinela sin mirarlo, saltó a un caballo y comenzó a correr, sorprendiendo a esos españoles que ya lo estaban persiguiendo pero éstos no me agarran, no, y el aire se llenaba de ese polvo rojo de la tarde, del sudor del caballo, de las ramas de un monte que se le vino encima, que lo trago en su sombra. Y luego esa caminata esquivando las tropas de los godos, ocultándose como un ladrón, robando, perdiéndose otra vez, hasta encontrar a los suyos, hasta decir: Nemesio Villafañe, presente.)

Ahora está sentado, como si nada, en la posada de Lima y en el almacén de Buenos Aires, pasan las señoras y las niñas de la misa de once y él (los dos que son él en ese instante), sonríe pensando en el cura que quería ayudarlo a morir, el cura en pelotas, asustado, el ministro de Dios que le mandó Mandinga. Cierto, Dios y el diablo debieron ayudarlo en ese entonces. El suboficial Villafañe levanta el vaso. El viejo se mira corno en un espejo.


Ya no juega, pero a veces, solo, manosea los naipes. Se ve en una sota, en un rey, un caballo de copas. Tira una carta y el azar le recuerda un día, una fecha, un pueblo abandonado, una hembra de Chile, un moribundo que le entrega un mensaje para la viuda que él va a visitar y con la que convive cinco años. Manosea los naipes, piensa en el hijo que tuvo y que murió de viruela, recuerda con desgano la noche pantanosa en que daba ánimo a sus hombres, perdidos como guachos en la oscuridad. No sabe, ya no quiere elegir la suerte de los naipes, desconoce o descree el valor de la espada, el siete bravo, ya no juega, es verdad, sólo recuerda.


(Por eso, cuando ese colombiano lo provoca a jugar, él se aparta, busca cualquier pretexto para irse. Siente como un presentimiento, pero el otro está allí diciendo no sé qué cosas de los argentinos, de la flojera, de... Entonces toma los naipes, los baraja con calma, oye el crujido de los árboles del fondo, la madera que llora. El viejo tira una carta, repite la jugada que el otro Villafañe ya jugó en otro tiempo, ve la partida, las manos nerviosas del colombiano, la insolencia final, el desafío. Ve un pajonal donde dos hombres pelean, feroces bajo la luna.)

 El viejo se levanta. Arrastrándose casi, llega a la puerta, al trajinar del cuartel donde ha pasado su vida y donde, seguramente, lo encontrará la muerte.


4
Siempre la miró de frente. Supo que no tenía una cara sino muchas. No la buscó, como otros, en un derroche de inútil guapeza. No la eludió tampoco, como los traidores que se vendieron al enemigo o como los cobardes llorando como hembras. No. Supo que estaba allí, a veces con sujeta de vieja, y otras con una cara dulce y mansa, prometiendo reposo. Él la supo ver, caído en una zanja y en las noches demasiado largas de su celda y en el comba te, cuando ella, la muerte, cabalga desnuda cambiando de rostro (cada uno ve el rostro de su madre), en un caballo con pelaje de fuego. Supo soñarla también en los días de fiebre, con ganas de entregarse, de terminar con todo, cuando el cuerpo, como si fuera de otro, quiere dejar su sombra. Son cosas que se saben. Los soldados no hablan de eso. Por pudor quizá, por temor a nombrarla. Una noche, en Mendoza, Nemesio oyó platicar sobre la muerte. Fue la única vez. El que hablaba era ese cura metido a artillero, ese forjador de armas, ese patriota que andaba como pez en el agua entre los yunques, un fraile muy macho, recuerda Nemesio. Lo oyó contar una historia que, según barruntó, estaba en un libro. Supo entonces que un día los cuerpos de los difuntos van a volver a rendir cuentas pegados a sus ánimas, que ese día se van a oír más trompetas que en un desfile y que Dios, el mismo Dios, va a andar entre la gente. No se extrañó de oírlo. De algún modo, él sabía que aquello iba a suceder, tarde o temprano. Se había acostumbrado a convivir con los fantasmas, sobre todo en el momento de pelear, cuando, al frente de su pelotón, se metía a los gritos, espoleando a su caballo, y veía junto a él a los soldados que hablan muerto dos meses o tres años antes. El sabía que ellos peleaban todavía, que, ignorantes de la letra, seguían en servicio. Tal vez fueran los ángeles de los que hablaba el fraile.


(La vio llegar montada en una mula.
-¿Vos sos Nemesio Villafañe?
-Mande -respondió él, mientras se arrodillaba.
-Vine a buscarte porque hace mucho que faltás del rancho.
-Estoy en campaña, doña. No vuelvo hasta que no vuelva mi general.
-¿Vos no te acordás de mí?
-Con su perdón, no la conozco.
-A veces me soñás, a veces me llamás por las noches.
-Me olvido de los sueños, doña. La verdad.
-Te creo, hijo. Yo me fui muy temprano. Tenía ganas de verte.
El la miró.
La mujer buscaba algo entre sus ropas. Se levantó para ayudarla, para tocar a su madre, cuando desapareció.)

Para ellos el cuartel era su casa, su madre. El cuartel o las tiendas del campamento y aun el campo raso, donde los hombres dormitaban o morían entre un combate y otro. En Maipú, en Cancha Rayada o adonde diablos los mandara la suerte. Gauchos del Litoral, de Buenos Aires, combatían lejos de su tierra, olvidados ya de las llanuras, peleando en las montañas de Salta, o más al Norte, en Chile o en Perú, a orillas del océano, entre otras gentes, bajo las estrellas forasteras que se cuidaban de no mirar para no arriar recuerdos y molestas nostalgias. Gauchos y guachos, huérfanos, salían a pelear para volver, en la re mota esperanza de un poco de galleta, un yerbeado, otro día ilusorio. Ellos volvían a la casa: la infantería de rostros cetrinos, el batallón de morenos (algunos veteranos de las invasiones inglesas, otros en el aprendizaje de pelear, tan jóvenes, con el candombe adentro), volvía la caballería, los jinetes altivos entre los que iba Nemesio, los artilleros, los oficiales, los arrieros de mulas, los prisioneros, con el orgullo o el miedo o simplemente la ausencia brillándole en los ojos, y más atrás los carros, los cañones, los más viejos renqueando, los heridos, los muertos amontonados en una carreta que se hundía en la tarde y arriba un vuelo de chimangos o cuervos. Cada vez que volvían al cuartel, a la casa, a la madre, había fiesta que alivianaba el luto, no faltaba el cantor, el vino y, a veces, las mujeres. El mismo general festejaba el triunfo con sus oficiales, comía galleta, carne, sobre un tablón, con un cuchillo, con la mano, aunque era hombre de educación y hasta hablaba en francés. Pero era un soldado, uno de ellos, y les bahía dicho que tenían que seguir adelante aunque fuera en pelotas corno los mismos indios. Hombre el general, muy hombre, si, muy de a caballo. Él lo miró de lejos. El, que era un guacho, sintió que era su hijo, como cada uno de los que volvían al cuartel. Por eso se quedaba allí aunque esa noche, de patrulla, iba a andar por la ciudad como un extraño. Ya tendría otra noche para demorarse en brazos de una mulata y otra más y otra, hasta que llamaran a formación, tiempo había y de sobra. Ese tiempo ilimitado que no conocen los civiles, ocupados como están en mirar el reloj, la mujer, las hijas, los negocios. ¿Qué vigilarán estos hombres?, se preguntaba Nemesio en la ciudad. Se le hacía cuento que otros pudieran vivir sin pelear, sin mirar otro ciclo. Los bahía visto en los balcones de las casas, aplaudiendo junto a las niñas, discutiendo en los boliches, las plazas, rezando en las iglesias. Gente rara. Miraban al soldado con una mezcla de temor y respeto, recelosos siempre. Sólo una vez Nemesio miró a una señora de la ciudad, sólo una vez, cuan do ella pareció invitarlo con los ojos. El iba de a caballo, de patrulla, con su gente. Tenía la piel muy blanca la señora. Y unos ojos enormes. Fue una sola vez. Gente rara. Como ese general español, el prisionero, paseándose con su camisa llena de volados. En el portón le dieron el alto y el quién vive. El respondió: la Patria. Y a lo mejor, la Patria era eso, esos hombres tirados en sus mantas, los soldados arrebujados en sus ponchos, las caballerizas olorosas de estiércol, los relinchos, el agrio olor de los recados.


(-Nemesio Villafañe...
-Ordene, mi general.
El viejo está tirado junto a la casilla del centinela, no puede moverse, ya no le quedan fuerzas.
Pero el general se baja del caballo, le tiende la mano, lo ayuda a levantarse.
-Gracias, mi general, estoy muy viejo. Yo no sabía que volvía.
Con vergüenza mira su lata de limosnas, los pies envueltos en los trapos que ahora arrastra hasta el general. Trata de unir los talones, de cuadrarse.
-No hace falta, Nemesio, ya no hace falta. El viejo tiene ganas de orinar.
-Con su permiso -dice.
Orina bajo la luna, frente a las caballerizas. En el resplandor de un relámpago ve su caballo negro.
-Yo también estoy viejo -dice el general-. Vamos, compadre.
Se arrastra el viejo hasta la caballeriza, monta el caballo, se acerca a su jefe.
Sabe entonces que la muerte no tiene una cara sino muchas. Ahora puede mirar al general de frente, mirarse en él igual que en un espejo.
-Vamos, compadre -dice.
El cielo se incendia hacia el oeste. Después está la oscuridad.
Nemesio espolea su caballo. Al galope, a los gritos, corre a buscar su suerte.)

Al toque de diana, se sorprende de despertar entre los vivos. La muerte, la vieja puta de la soldadesca, juega con él, lo llama, lo rechaza a la vez. Se ha acostumbrado a eso. Ordena sus trapos junto a la casilla, va en busca del agua para el mate. Otro día, se dice. Los hombres del cuartel entran y salen casi sin verlo, como quien mira un árbol, un camino conocido.

5
Ya era un hombre hecho cuando regresó a Buenos Aires. Nada quedaba del mozo ni de la noche del comienzo, nada, a no ser un vago recuerdo de carretas, de ranchos diseminados junto al río. Supo que era otro el gobierno. Pero eso no es cosa que le importe a un soldado. El seguía enganchado y en servicio, aun que ya no quedase el regimiento y los capitanes tuviesen otro nombre. Lástima que el general se fuera para Europa, cansado de las intrigas y la sangre que ahora se derramaba entre los criollos. Lo supo en las pulperías donde no faltan charlatanes de la política. El los oyó en silencio, entre una partida de taba y el monótono rasgueo de un payador. Intuyó que su suerte, como la de los otros, era la de pelear y entre ellos. No le gustó. Aunque no tenía otro oficio que el de matar, soñó otra vida. Fue un momento nomás, lo que duran los sueños.
Fue leal al gobierno, al gobernador que fusilaron, a la ciudad que lo vio partir.
Un día cayó en una emboscada y reconoció entre sus captores a uno de sus soldados.
-Mírenlo a Villafañe -se reía el tape mientras lo ajustaban con el lazo.
No entendió las burlas de los hombres, no pudo o no quiso comprender la humillación que le infligían los paisanos.
-Mírenlo al Villafañe -seguía riéndose el tape-mírenlo al macho.
Lo empujaron y alguien lo cacheteó como si fuera una criatura. Nemesio no contestó a esa fiesta de borrachos; bajó los ojos y contuvo la rabia.
Una hora después, frente a un sargento que se jactaba de haber domado más hombres que los de todo un batallón, respondió, desganado, las preguntas. Le parecía estar viviendo otro momento, no ese, creía estar, otra vez, frente al oficial realista. Pero la voz del paisano, la cara achinada, llena de cicatrices, como la suya, ese tono cadencioso, ese fatalismo para nombrar las cosas, eran de aquí, seguro. Se miró en el otro con vergüenza. Ahora le pedían datos sobre su regimiento. Calló Nemesio, fiel a su divisa, al gobernador que los otros habían fusilado. Lo apuró el sargento y, como al descuido, le golpeó el hombro con el rebenque.
-No tengo lengua'e loro -dijo Nemesio y miró el sol que quemaba los campos.
-Pero tenís la lengua seca -le respondió el sargento y le acercó el latón de agua. Por instinto, la mano de Nemesio se acercó al latón, pero el sargento lo apartó sin apuro.
-Primero vamos a hablar. Después te podés llenar como si fueras sapo.
-No -dijo Nemesio-. Se agradece, sargento.
Al rato, estaqueado bajo el sol, sentía doblársele la lengua. Ya ni saliva tenía para tragar; le dolían los ojos heridos por el sol de la siesta, los brazos que se estiraban como tientos, las piernas, la columna corvada como la de esos locos que echan espuma por la boca.
Primero el sol subió como fuego. Después se le fue metiendo en la cara, en las tripas, en la cabeza que se le llenó de ruido.
(Ahora, estás muerto, Nemesio. Oís las voces de los hombres que andan bajo la tierra como si fueran topos, las voces de las mujeres que salen de sus ranchos para llamar a las ánimas, ves los ríos que arrancan las raíces y limpian el bicherío de las tumbas. Estás muerto. Mirás la culebra, los huevos del yacaré, las cuevas de la mulita, los huesos de los milicos que no vuelven. Debe ser el fuego de Mandinga ese calor, seguro, debe ser otro, no vos, el que grita como un tigre).

Dos hombres lo levantaron, lo arrastraron hasta el campamento. Uno era el tape.
-Mírenlo al macho -se reía-. Mírenlo al carajo éste.


6
Entre los prisioneros había un oriental que después de pelear en la otra orilla, andaba entreverado en los combates de aquí como otros gauchos. También estaba un entrerriano para quien Buenos Aires era tanto el exilio como el fin del mundo. No faltaba un negro, hijo de esclavos y esclavo él mismo hasta hace poco: era el único que hablaba de la libertad. Y hasta un irlandés, lugarteniente de un caudillo, un pelirrojo enorme que se revolvía en la furia del sueño, pataleando y puteando en su idioma. Nemesio reconoció que eran pocos los soldados de línea, muy escasos los hombres de carrera, insólitos y espontáneos los jefes. Ahora el tape podía burlarse de él frente a esos gauchos. De nada le valían a Nemesio su grado o sus años de servicio. Sólo para estorbo, se dijo, mientras miraba de soslayo a los centinelas. Como un perro después del castigo, también él parecía exagerar su mansedumbre. Anduvo acarreando tierra bajo la mirada del tape, llevando de un lado a otro los arreos y lujos de los vencedores, oficiando de sirviente, de cocinero, de peón. No contó el tiempo que estuvo allí. En cambio hizo el recuento minucioso de los guardias, los aperos, los yeguarizos, las distancias del campamento, vigiló los pasos, las costumbres, las borracheras y cantos de la tropa. Pudo andar como un ciego orientándose por el ruido, por el viento en los pastos. Sólo entonces expuso su proyecto al oriental, al entrerriano, al negro y al irlandés. Esa noche el gringo se deslizó como lombriz y prendió fuego cerca de la caballada que se espantó como si viera al diablo. El negro y el entrerriano redujeron al tape. Iba a gritar, cuando Nemesio lo degolló. Se escabulleron antes de los primeros tiros, montaron los caballos de los oficiales que salían del sueño con una espada en la mano. Lo demás fue correr, huir en dirección al monte, volver las cabalgaduras hacia el pajonal, cabalgar hacia el este, hacia los ríos, perderse en la noche sin luna.
Le parecía estar repitiendo un acto conocido, algo que ya había hecho y olvidado. Pero no; entonces andaba solo, forastero, y era un soldado de la Patria. Ya no, habla perdido la bandera. No tenla tropa sino cómplices, no tenía cuartel adonde dirigirse, sino la pampa, el desierto. Lo mismo que el infiel o que los pumas, pensó. El oriental y el entrerriano iban adelante; atrás, el negro y el irlandés, medio chamuscado, puteando en su idioma y con la cabeza como un montón de chispas.


7
Cuando un general teme perder su honor o el reconocimiento de sus méritos, puede escribir un libro y titularlo Mis memorias, puede contar las injusticias, cargarlas en las tramposas cuentas de sus contemporáneos. Sus compatriotas (y los hijos y los nietos que llevarán su nombre), pueden leer así su desventura, la desdicha de un hombre que luego será estatua. Pero ningún soldado, que se sepa, intentó jamás una tarea semejante. Le hubiera parecido desmedida ambición. Además, muy pocos entre ellos sabían escribir: apenas cartas con faltas de ortografía, algún recado, petición de pensiones, pedidos de plazas de vigilante, todo ese triste papeleo que no merece la atención de la Historia. No, el viejo no dice que no, pero se le hace inútil eso de andar fastidiando a las autoridades con un caso que, como él dice, es un desperdicio. Claro que le agradece a ese señor del diario la molestia que se toma, cómo no, y no le desprecia un pitillo o un patacón o un poco de yerba. Pero, ¿para qué hablar de él? Claro que estuvo en esa batalla y también en esa otra, sí, señor, pero eso fue hace mucho, añares hace y se me afloja la memoria. Asiente el viejo. Se ríe bajito y se deja invitar con esa ginebra y después vuelve a la casilla, gracias señor, hasta más ver, le dice. Prefiere quedarse allí, mirar a los mozos que marchan con sus fusiles nuevos, con las botas de media cana o con polainas de botones relucientes, limpitos como para desfile, piensa el viejo y se ríe pensando en esos montoneros, gauchos rotosos de los montes.
Cuando los vio, supo que eran los suyos. El venía con el irlandés, el oriental, el negro.
El entrerriano se adelantó.
-Son amigos míos -dijo-buenos gauchos.
Esa noche volvieron a comer galleta y se mamaron a la salud del caudillo.


(-¿De ande venís, gringo? -pregunta el viejo.
Ve la cabeza del irlandés clavada en la pica.
-De mi patria -dice el pelirrojo-. Siempre quise volver.
-Queda lejos eso, no?
-Lejos sí.
-Peno estás muerto, gringo.
-Me ahorcaron en Irlanda.
-No -porfía Nemesio-. A vos te ajusticiaron en Cerro Alto. Me acuerdo como si fuera hoy.
-Cierto -dice el gringo.
-Yo me les disparé -dice el viejo como quien reconoce una falta.
En lo alto de la pica, la cabeza del irlandés empieza a cantar.
-No te entiendo, gringo. Hablá en cristiano que no entiendo lo que decís.
-Está loco -dice el entrerriano.
-¿Loco?
-Si sueña con el mar.)

Cuando el irlandés sueña con el mar parece que relinchara debajo de su poncho. Los otros gauchos lo miran divertidos, aunque he respetan el coraje. El mismo caudillo lo tiene por hombre de confianza. Sabe batirse solo con los regulares, entrar a lanza entre la gente de línea, desaparece como una exhalación para volver otra vez al ataque, siempre de sorpresa, siempre mañoso, como si fuera gaucho. Nunca se pone en pedo aunque tome diez litros de ese aguardiente que calienta a los hombres y los vuelve pendencieros y taimados; nunca, sólo se emborracha soñando con el mar.
Ahora están los dos, eh irlandés y Nemesio, en lo alto de la barranca, mirando a los regulares que se acercan. Ocultos entre las matas los dejan avanzar. De pronto el irlandés pega el grito y Nemesio y el entrerriano hacen saltar las piedras que se despeñan sobre los regulares, mientras el negro y el oriental disparan sus fusiles. Sor prendidos, los regulares retroceden, contestando el fuego y la pedrea. Entonces sal en del monte veinte montoneros que atacan de a caballo a la retaguardia, que entran a degüello, mientras desde el otro flanco el mismo caudillo y una docena de hombres entran en acción tacuara en mano. Se anima Nemesio en lo alto de la barranca, invita al irlandés y al entrerriano a meterse en el baile, bajan a lo loco gritando a muerte con sus cabalgaduras, con los sables robados.

(-Peleabas lindo, gringo.
-Vos también.
-Lástima lo de Cerro Alto.
-Lástima, si. Me acuerdo del oriental.
-A él lo despenaron por espía.
-Raro morir así ¿no?
-Es más raro estar vivo -reflexiona el viejo mientras sueña.)


8
(Toda memoria es infiel. Más piadosa que la vida, menos exigente, reacomoda los hechos, los separa, los vuelve a juntar en su universo despojado de lógica. Menos loca que el sueño, menos ruidosa que la realidad de los días, rescata un instante, el color o el olor o el sonido de algo que paso y que, por ella, vuelve a transcurrir de una manera diferente. Todo escritor, el militar que escribe sus memorias, el hombre que redacta este cuento, pide su gracia, busca su inspiración, su azaroso designio. También Nemesio, el Viejo. Puede Nemesio, el Joven, seguir su biografía, servir con lealtad a su caudillo, enfermarse, combatir a los que antes defendió, aparecer un día en los pagos de Olta y otro a orillas del Salado, envejecer, mirar cómo sus manos acarician el cuerpo de un recién nacido, entrar a la iglesia para cristianar a esa criatura, sentir que la vida es una sucesión de ayeres. Para Nemesio, el Viejo, esa sucesión no cuenta: él comienza su historia en cualquier parte. ¿Será él o su hijo el que llora bajo el agua bendita?
¿Qué hace esa mujer con el crío en los brazos?
-Viene a traértelo, Nemesio.
-Déjamelo, mujer. Ya es hora que lo apartes de tus polleras. Parece charabón el chango. Venga para acá -le dice-, y lo sube a un potrillo.
)

-Dicen que los regulares vienen con refuerzos, que fusilan a los prisioneros y los degüellan y clavan sus cabezas en las picas para escarmiento de los gauchos.
-Así será, mujer. No he de morir de viejo -dice el joven.


9
Es el santón que baja de los cerros. Sin piernas y sin manos, viene a los saltos como si fuera cabra. Su tronco ya no siente el dolor y ese es su mérito, toda su virtud, la santidad que Dios le ha dado. También él fue un guerrero. Las viejas cuentan que siguió al general más allá de los Andes, que vio iglesias adornadas de oro, que conoció el mar. El santón baja de los cerros y chilla o silba a veces como un asno en celo, otras como la víbora. Las viejas encienden velas y le piden milagros. Baja el santón. En el Día de los Inocentes. Dicen que el general lo utilizó de guía, de espía, de rastreador. Un indio, lo que queda de un indio: ese tronco sin piernas y sin manos que baja de los cerros. Los montoneros hacen la señal de la Cruz. Lloran, cantan las viejas. Entonces Nemesio le sale al cruce, se arrodilla. Quiere que le salve al hijo. Una vida por muchas. ¿Llora Nemesio? Cubre al santón con el poncho, lo levanta, lo lleva a la capilla.
-¿Qué iba a hacer el santón, Nemesio? Te habías desgraciado.
-Cierto.
-Siempre rezo por él, Nemesio, por el inocente.

10
Ese jinete, ese gaucho analfabeto, supo lo que un novelista tarda en aprender durante años: que en el comienzo de una historia ya está su propio fin y que todo final es ilusorio como las calles de tierra que se pierden en el campo y que a la vez son el campo; supo, mientras entraba a la ciudad, que todo (las noches, las peleas, el rudo amor, el hijo ausente), se hundía en la memoria como agua de pozo. Flojo en su cabalgadura, pasó por los mataderos, entre las bromas de los matarifes que vieron a un gaucho harapiento sobre un caballo flaco. Anduvo por los mercados, por las calles que ya eran distintas, por las orillas donde se refugiaban los hijos del gauchaje. Durmió en una barraca, en un potrero, junto a los carromatos de unos gringos que levantaban la carpa de un circo.
Ya nadie hablaba de la guerra.
Vio a otros soldados de su general, muy viejos, mendigando en las escalinatas de las iglesias. Rumbeó para el cuartel que era su casa, su madre.
"A hora no sirvo ni para estorbo ", meditó.
Venía de muy lejos y no se sorprendió cuando el caballo se negó a seguir, cuando cayó como un montón de huesos en la calle de tierra.
Lo miró boquear como quien mira su muerte.
Se miró los pies cubiertos con trapos, los brazos esqueléticos; vio la pampa y adivinó las voces que traen los difuntos. Creyó oír; mientras caminaba bajo el sol, el ruido de un combate olvidado.
Otros viejos, generales cargados de medallas, en ese instante estaban escribiendo sus memorias.
Pero esa es otra historia.

……………….

 

La señorita Wilson.- Pedro Orgambide

Los vecinos dicen que es una vergüenza. No es posible, dicen, tener esa pieza de madera en la terraza, sobre todo ahora que vamos a comprar los departamentos en propiedad horizontal. Es como tener una mancha de grasa en el smoking. Así piensa Luchini, el importador de géneros, aunque es poco probable que haya usado smoking alguna vez. Pero lo dice y los vecinos asienten. Sí, es una verdadera vergüenza, opina la señora de Guzmán, y también Magda (no lo hubiera creído) esa chica que pasa avisos por televisión. Estamos reunidos en el departamento del arquitecto y hablamos de una pieza de madera. Estamos todos o casi todos los vecinos de la casa. Todos menos la señorita Wilson. No la hemos invitado. Ella no va a comprar su departamento. Y además,¿se puede llamar departamento a esa pieza de madera? La señorita Wilson vive allí desde hace quince años. "Es inconcebible- dice el arquitecto- que en una casa como esta se haya permitido edificar una covacha solo para beneficiar a esa mujer" Pero parece que el dueño tenía buen corazón o quería ganar un poco más. Vaya uno a saber. Lo cierto es que la señorita Wilson vive allí, entre nosotros y el cielo.
"¡Oh, no, es imposible tener ese adefesio allí!", o0pina Ruiz, el muchacho del cuarto piso. Se acaba de casar y escucha hermosos conciertos en su tocadiscos. ¿Cómo? ¿También él? Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció que la señorita Wilson sonreía. No con la sonrisa de sus sesenta años, sino-¿cómo decirlo?- con una sonrisa joven, la que tendría cuando estudiaba, cuando leía a Marlowe sin entenderlo o cuando veía cruzar, por la pradera inglesa, a uno de esos jinetes como los que tiene en los cuadritos. Pero Ruiz dice que es un adefesio (ella o su casa, ya es lo mismo) y apenas si oigo lo que dice Magda.
Ah, sí, las medias. La señorita Wilson no respeta la ordenanza municipal. Tiene un perrito. Y el perro, dice Magda, un día le destrozó las medias que había colgado en la terraza. Luchini la mira. Magda tiene hermosas piernas. Cada vez que pasa un aviso por televisión la cámara las enfoca. Deben estar aseguradas en un millón de pesos, por lo menos. Claro, ahora no cuelga más sus ropas en la terraza. Las manda al lavadero. ¡Hay tanto trabajo en la TV! Y, según dice, muy poca gente de confianza para el servicio doméstico. Las mujeres asienten. Se han olvidado del perro de la señorita Wilson. ¿Qué importancia tiene un perro comparado con la TV?
Pero para la señorita Wilson tal vez el perro sea una de las pocas cosas que importan en su vida. La señorita Wilson le dice:"¡Tony! ¡Tony! ¡Come here, Tony!" Y el perro va hacia ella, deja de jugar y de mover la cola y siente la caricia de unos dedos demasiado finos, una caricia que pareciera volver sobre sí misma.
"Podríamos comprar el departamento entre todos y buscarle una comodidad a la inglesa".¿Quién dice eso? No lo sé. Alguien opina que en una pensión estaría mejor que en esta casa. Hay una señora que habla de pensiones para señoritas. Son lugares "correctos”. Pero también son "correctos" los asilos y son tristes. Lo digo y los demás me miran como a un loco.
"No nos trate de desalmados", se defiende el arquitecto y se acerca para despejar el malentendido. "Vamos, vamos, somos vecinos, nunca hubo una palabra más alta que otra entre nosotros. ¿Es así o no? Nadie quiere mal a esa mujer. Pero a usted mismo, a usted que le gustan las cosas buenas de la vida, le tiene que molestar esa covacha encima de su departamento. Porque no puede negar que la señorita Wilson tiene costumbres raras. Es espiritista o algo parecido. Y hay días en que viene gente muy rara a visitarla, gente que canta salmos o cosas por el estilo; en fin, gente que no es como nosotros.". Le explico que la señorita Wilson es evangelista. Y que la oí predicar en una plaza. Los vecinos callan, divertidos. ¡Eso sí que no lo sabían! La inglesa predicando en una plaza. Nunca lo hubieran imaginado. Sí: un grupo de hombres y mujeres canta, y de pronto uno dice que la hermana Wilson (no sé si la llaman por su apellido o le dicen simplemente hermana) hablará para todos.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- pregunta Magda, curiosa. Porque al fin es casi colega suya. También la señorita Wilson tiene su público: conscriptos aburridos que no encuentran muchachas en el parque, un matrimonio "haciendo tiempo" antes de entrar en el cine, algún ocioso como yo, y unos cuantos viejos, más preocupados que nosotros por las cosas del cielo.
¿Y qué dice la señorita Wilson? Habla de la bondad, de Jesús, de los pescadores, del pan, de la sal y del vino, habla con los ojos fijos en el cielo. Y dice: "Yo he sido pecadora."
-¿Dice eso?- interrumpe Magda-
- Dice eso.
Es imposible imaginar a la señorita Wilson pecadora. Y menos en los pecados de la carne, que son los primeros en los que pensamos. Quizá la señorita Wilson se refiera a sus años de mujer joven, cuando trabajaba como institutriz en casas de familias importantes, en algún vago amor con el padre de un alumno. O en la avaricia. En un tiempo ganaba su dinero con placer. O en la gula. Hubo una época en que comía dulces y bombones hasta el hartazgo. Es cómico. Después tuvo diabetes y el médico la condenó a un régimen frugal. Ahora es delgada, ascética y, como dicen las mujeres, nada femenina. Me parece verla en el parque: lata, con el cabello recogido sobre la nuca, el cuello emergiendo de una blusa monacal, la pollera lisa contra las piernas. Unos ridículos botines. Y esa voz, esa voz de pájaro que hace reír a Magda.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- preguntan los vecinos.
La señorita Wilson, con toda su voz y ante las risas sofocadas de algún intruso, dice:
Los que confían en sus haciendas, y de sus riquezas se jactan.
Ninguno de ellos podrá de manera alguna redimir al hermano y dar a Dios su rescate.
- No entendí nada- comenta Magda. -¿Pero qué hora es?
Es tarde, sí, y tiene que ir al estudio. Es una lástima que no pueda quedarse. ¡Se ha divertido tanto con el cuento de la inglesa! Me lo agradece como si yo hubiera inventado a la señorita Wilson.
-¡Miren que ponerse a hablar en la plaza! ¡Es rarísima!
"Habría que ayudar de alguna forma a esa pobre mujer", comenta alguien. Y todos estamos de acuerdo. Hay que ayudar a la señorita Wilson. Los buenos vecinos proponemos una indemnización si ella se va. Una parte el dueño y ora nosotros. Tal vez la señorita pueda vivir en un templo evangelista. Pero algún entendido explica que no hay que confundir esos templos con los albergues del Ejército de Salvación. Allí sí tienen camas. No, no vamos a discutir eso. La señorita Wilson ya va a encontrar un lugar. Lo importante es que acepte. ¿De acuerdo? La generosidad, como la risa, es contagiosa. No, yo no estoy de acuerdo. ¿Pero cómo explicarles? ¿Cómo decirles que la señorita Wilson no puede llevar a cualquier parte sus muebles viejos, las mantelerías que no usa, la caja de los remedios, las manías, los hábitos, los cuadritos con los jinetes que corren por la pradera inglesa? Y Tony ¿O no han pensado en Tony?


La muerte vino en ayuda de la señorita Wilson. Magda se llevó a Tony. Le rompe las medias pero la divierte. Los demás vivimos sin zozobras. El mundo está lleno de pequeños e inocentes asesinos como nosotros. La señorita Wilson fue la elegida. Por eso su corazón, al enterarse de nuestros proyectos, tuvo la delicadeza de dejarse morir.

……………….

El incrédulo.-  Pedro Orgambide

Mienten los que dicen que Emiliano Zapata vive todavía. ¡Ni modo, mano, está muerto y bien muerto! ¡Si yo fui uno de los que lo mató! Mienten los que dicen que anda en un caballo blanco por el desierto de Arabia. Puros cuentos, cotorreo de esos viejos que se llenan la cabeza de pulque, de sueños y de pájaros. Se lo digo yo: está muerto. A mí no me falla la memoria ni la puntería. Si ahorita, de un balazo, puedo acabar con el vuelo de un zopilote de las sierras. Esto de que Emiliano vive es cuento, señor, toda esa historia del caballo blanco...

 Así dijo el viejo. Sólo que aquella noche, el incrédulo, vio bajar de las sierras al caballo blanco y su jinete. Sacó su pistola. Pero tarde. El jinete le disparó su 30-30. Se desparramaron en la tierra los pensamientos del incrédulo.

 Fue así como murió don Buenaventura Salazar, según dicen.

 

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martes, 3 de noviembre de 2020

Kryptonita (fragmento)

 Por donde aún sigo dando pelea

Montado en un caballo de hierro cromado

Miré las estrellas. Miré mi reloj. Cuatro horas más. Solo cuatro horas. Cuatro

horitas. ¿Qué eran cuatro horas más después de haber estado todo el día en el hospital el viernes, el sábado y el domingo? Cuatro horas más y llegaba a las 72 por las que me pagaban los cinco médicos clínicos que tendrían que estar de guardia. En cuatro horas más iban a ser 72 horas seguidas trabajando. Porque ese era MI currito en el Paroissien: ser nochero. Oficialmente, yo no estuve de guardia ninguna de estas noches. La última vez que fiché mi salida del hospital fue ayer, domingo, a las 20:07 después de haber cumplido mi turno de doce horas. En el Estado es así. Uno trabaja tres por dos. Tres días seguidos de guardia por dos de franco. Y por ley, un hospital público tiene que asegurar la atención de un mínimo de cinco médicos clínicos en la guardia nocturna. Off the record: esos cinco colegas se ponen de acuerdo para hacer una vaquita importante, pero que a ellos no les afecta en nada el bolsillo, y así pagarle a un nochero para que los cubra. Un nochero que se banque todo lo que vaya a pasar durante esa guardia. Un nochero que si se encuentra con algo grave los tiene que llamar de inmediato. Un nochero que no puede firmar nada porque eso lo tienen que hacer los titulares. Ni siquiera una receta para la farmacia. Así que salvo que no se aguanten más el dolor, sea cual sea la causa, a una guardia de un hospital público, para quedarse tranquilos, vayan de día. Pero no se crean que todo es un viva la Pepa. Que no hay control de lo que está pasando. Cualquiera de los cinco médicos clínicos, que deberían estar trabajando, seturna para pasar en algún momento de la noche. Para ver cómo anda todo. Siempre uno viene. Un rato. Por lo general, el que pasa a controlar, es el doctor al que tendría que llamar esa noche si algo se llegara a complicar. Desde que estoy en el Paroissien yo soy nochero de Fiorenza, Ugalde, Lanzoni, Polonio y Galiano. Los doctores Fiorenza, Ugalde, Lanzoni y Polonio no rompen las pelotas. No existen. Y no quieren existir, salvo para las planillas en donde figuran como personal del establecimiento; en las dichosas planillas donde aparece un presentismo perfecto que, sumado a sus respectivas antigüedades, abulta, ¡y cómo!, los totales de sus sueldos. Ellos te invitan un café. A veces se aparecen con medialunas. Charlan un poco. Se quejan de lo que sea que los esté preocupando afuera del hospital. Te cuentan algo de su vida. Nunca te preguntan por la tuya. Te dan una mano, si por una de esas casualidades hay dos personas esperando para ser atendidas. Pero más de una hora no se quedan. Ven que todo esté en orden. Y después se van a seguir durmiendo tranquilos.                 

De los cinco la jodida es la doctora. La hija de puta de Galiano. Hija de puta. Nomal cojida. Es vox populi que ella aprovecha sus noches de guardia para engañar almarido. Para dormir en otras camas. Camas que cuando abandona la ponen de muy mal humor. Mal humor que se le pasa, siempre, con maltratar un poco al nochero. Cuando se da una vuelta por el hospital nunca te trata de igual a igual. No ve en vos a un colega. Ve a un subordinado. Ve a un ser inferior. No es solo conmigo. Lo hace con la mayoría del personal del Paroissien, sea médico o no. Incluso con los que se acostó. Pero las enfermeras y nosotros, los nocheros, somos sus preferidos. Las enfermeras son mujeres muy sacrificadas. Sus historias no dejan de repetirse. En cualquier turno. En cualquier hospital. Las más grandes son abandonadas por sus parejas, tienen casi siempre hijos delincuentes o drogadictos… Y las más jóvenes tienen novios delincuentes y drogadictos. Es solo cuestión de tiempo. Aparecen en la guardia primero sus conocidos, después amigos o familiares y, por último, los hijos o novios de ellas con algún balazo. No es justo. No es justo que sufran tanto cuando ellas son lo más solidario con lo que te podés encontrar acá adentro. Las que comparten todo. Hasta el mate.

La doctora Galiano se viste como si estuviera atendiendo en la Suizo Argentina; como si fuera parte de la mejor clínica privada del país y por algo está acá con nosotros en el Paroissien. Insulta, y con furia, cuando llueve y se le embarran los tacos de los zapatos. De los pacientes, cuando no le queda otra que atenderlos, habla de ellos llamándolos «estos negros de mierda». Hace que tu almuerzo, cena o café se enfríe. Espera que vayas al buffet a sentarte en una mesa para mandar a llamarte urgente. Después es solo por una pavada. Por eso una vez, nos pusimos de acuerdo entre varios con el encargado del buffet y le hicimos comer una placenta con puré. Vuelta y vuelta. Bien cocida. Y Galiano no se dio cuenta.

Cuatro horas más. Cuatro horitas más me faltaban para salir. Para volver a casa. Para dormir algo después de haber estado prácticamente tres días despierto. Hasta ese momento no había estado tan mal. Lo mismo de siempre las madrugadas del sábado y del domingo: algún que otro herido por alguna gresca adentro o afuera del Jesse James; algún que otro lastimado por alguna pelea familiar en los barrios más cercanos. Tranquilo el sábado a la tarde porque Almirante Brown jugó de visitante. Unas chicas que yendo en una Zanella a un cumpleaños a Puerta de Hierro se habían patinado en la Ruta 3 por la lluvia. Nada grave.

Cuatro horas más. Cuatro horitas para salir. Ir a casa. Intentar dormir. Tomarme una sopa de Alprazolam de 10 miligramos para poder bajar. Pastearme con Duxetil para que la cabeza deje de estar acelerada. Que el desmayo me dure 48 horas seguidas. Completas. Y que ojalá en los próximos dos días no tenga ningún sueño. Mucho menos una pesadilla. Que no se me vaya a aparecer ningún recuerdo. Que no diga presente la tristeza. ¡¿Me quedan muestras gratis?! ¡Ufff! Sí. Menos mal. No quiero deberle a nadie ninguna firma.


Estaba mirando la hora y las estrellas. Hacía frío. Siempre hace frío en el Paroissien. También cuando es verano. Pero recién estaba empezando el invierno. Y había llovido el fin de semana. Y por eso hacía mucho frío. Y yo andaba con dos pulóveres encima del ambo. Estaba tentado en volver a fumar, aunque sea un solo cigarrillo. En comerme los dos pebetes completos que todavía quedaban debajo de la campana en el mostrador del buffet, aunque ya no estuvieran frescos. Pero me aguanté porque en cuatro horas, en cuatro horitas nada más, en casa había sopa de Alprazolam y ensalada de Duxetil. Estaba mirando las estrellas. Las pocas que quedaban. Las pocas que se hacían notar por la ausencia de la luna. De la luz de la luna. Una luna nueva en lunes. Un lunes por la madrugada. ¿Por qué solo esas estrellas se notaban? Empezaba a perderme en una idea. En esa idea. A obsesionarme con ella. Estaba bien que me diera cuenta. Estaba MUY bien que registrara cuándo esto me pasaba. Porque mientras pudiera ver y reconocer estos síntomas no me iba a volver loco. Porque estar de guardia con la cabeza a mil, como exigen tres días completos con todas sus horas, te vuelven algo psicótico. Una mañana, entrando a cumplir mi horario, me encontré con otro nochero, el Doctor Nazar. Vi cómo en su locker guardaba casi una docena de churros que había ido juntando durante sus tres días de guardia. Le pregunté que estaba haciendo. Me contestó que tenía que escribir a mano un libro sobre la historia de su familia. Que como iba a ser un libro muy extenso necesitaba muchas lapiceras porque se les iban a acabar la tinta. Yo le hice notar que lo que estaba guardando eran churros. Él me dio la razón y me juró que estaba seguro de que le habían parecido lapiceras. Igual dejó los churros adentro del locker. Todavía Nazar sigue atendiendo y trabajando de nochero. Aunque ya esté ido. Es un loco y un borracho ejerciendo la medicina. Solo tiene cuarenta y un años. Y acá en el Paroissien todos le dicen «Tía María». Porque eso es lo que usa para bajar. Lo delata el aliento.Ser nochero es perjudicial para la salud. Y ejercer este servicio más de dos veces al mes es un suicidio. Matarse de a poco. Seis días de treinta, treinta y uno; seis días sin dormir durante un mes: no parece mucho. Pero, a la larga, lo es. Se paga un precio caro. Pero depende de lo que uno quiera pagar. El Doctor Nazar, por ejemplo, prefirió perder en salud para estar al día con las cuotas de alimentos de sus hijos que les tiene que pasar a sus ex. Prefirió perder la salud y que nunca le falte el licor de café. Una vida estudiando y una vocación a cambio de dos recibos al mes y de varias botellas vacías. Qué sé yo. Nazar por lo menos tiene eso. Yo solo un montón de nada… y algún que otro episodio de locura, ya no tan aislado para ser honesto. Este fin de semana estuvo bien. Lo mismo la vez anterior que curré como nochero. Me puedo olvidar hace cuánto que estoy haciendo esto. Pero no de las veces en las que perdí el control. No fueron muchas. Dos. Iba a decir «dos apenas». Pero fueron más de dos. No tengo a quién mentirle y no puedo mentirme. Yo sé lo que vi. Yo sé lo que vi y escuché las veces que se me apareció. Una medianoche, exactamente a las doce, entró un gitano con una herida de bala en el estómago. No había mucho por hacer. La amante —también gitana— se coló como pudo y, sin que nos diéramos cuenta mientras lo atendíamos, con una piedra dibujó un círculo en el piso de la sala.

—Así mi amor no se va a ir para abajo —explicó, resignada, con lágrimas negras

por el maquillaje antes de que la echáramos.

Y el gitano a los pocos minutos murió. Y yo hice que saliera todo el mundo. Y cuando me quedé solo con el cuerpo me encontré con un hombre alto y delgado al que no había visto antes. Era pelirrojo y tenía un mechón blanco de canas en el pelo. Las manos en los bolsillos de una campera de cuero marrón ubaldinista. El hombre estaba oliendo el rostro del gitano muerto. —¡¿Qué está haciendo?! —le pregunté lo que saltaba a la vista. Él alzó la cabeza para ver de dónde venían esas palabras. Sus ojos estaban colorados. «Seguro está borracho. Está borracho o, como dicen los pibes ahora, los ojos le quedaron así de tanto chiflar tuqueros», me acuerdo que pensé en ese instante.

—Váyase. Váyase de acá. Ahora. Antes de que llame a la policía.

Él me sostuvo la mirada. Siempre con las manos en los bolsillos, después dio un

par de arcadas pero no vomitó. Sí escupió un gargajo de saliva con sangre. Se limpió

la boca con el revés de la derecha y, volviendo a mirarme a los ojos, me preguntó:

—¿Quiere que se vaya? «¿Que se vaya quién? ¿A quién carajo le está hablando?», me pregunté mirando a los costados. Y ahí abrí la boca y me puse firme.

—Señor, le pido que se retire de inmediato. Sonrió triunfal.

—Que así sea entonces: que se vaya… que se vaya… que se vaya la forma humana… y que se alce… EL DEMONIO. Las luces pestañearon. Primero, la saliva y sangre que había escupido se prendieron fuego. Después, el tipo se incendió de cuerpo completo —hasta la sombra estaba en llamas— y unos segundos más tarde se apagó solo. Y de sus cenizas apareció largando un humo negro un diablo de piel amarilla vestido con una capa celeste. En el primer movimiento que hizo quiso avanzar hacia mí para ponerme sus garras encima, pero notó en el piso el dibujo que había hecho la gitana. Y se enojó mostrando su furia en los dientes.

—Un círculo como prisión ha trazado una mano astuta —rugió bronca y de los

ojos le salieron llamas antes de desaparecer. Primero él. Después sus ojos.

Sentí que alguien me llamaba.

—¿Doctor? ¿Doctor? ¿Se encuentra bien? Lo veo pálido. ¿No le habrá bajado la

presión? —me preguntó una pasante. Negué con la cabeza y salí a tomar aire. Necesitaba aire fresco. Despabilarme. Afuera me crucé con la gitana.


—¿Lo vio? ¿Lo vio, doctor?

La ignoré y me alejé de ella.

—No se lo pudo llevar. No se va a poder llevar a nadie de ahí.

Esa criatura, ese bicho, se me apareció un par de veces más en este último tiempo. Pero no me volvió a hablar. Sigue atrapado en el mismo lugar. A veces creo que si no le doy mayor importancia al diablo de piel amarilla es porque como médico yo sé muy bien que no tengo religión, tengo ansiedad. Y que gracias al Alprazolam y al Duxetil todavía no compartí botella con el Doctor Nazar. Pero me es fácil diagnosticar que, cuando lo vuelva a ver, si sigo así estoy a solo tres pasos de emborracharme con Tía María.

Estaba mirando las estrellas y casi me pierdo, cuando me mandaron a buscar por una urgencia. Habían dejado tirado en la puerta de entrada a un pibe. Catorce, quince años como mucho. Laceraciones en hígado y estómago, además de fractura de cráneo y múltiples escoriaciones. No respiraba y el corazón estaba en paro. La que me avisó fue Nilda, una enfermera que no se había jubilado para no tener que volver a su casa y atender a su familia. Como pasa la mayoría de las veces en un caso como este, desaparecen —además de los que trajeron a la persona hasta el hospital— casi todos los enfermeros y los policías de guardia. No se registra al paciente. Nadie quiere hacerse cargo de lo que va a pasar después. Pero Nilda todavía tiene vocación. Y hace bien su trabajo. Cuando la dejan. Me habla a los gritos. Entiendo lo que me dice a duras penas. Y también entiendo que ya es tarde para que me borre. Entre los dos lo subimos al chico a una camilla. Lo llevamos al quirófano. Empiezo a hacerle maniobras de resucitación cardiopulmonar cuando se nos suma el oficial Ventura. Le pide a Nilda que nos deje a solas. Nilda se niega. El oficial Ventura le pregunta por su hijo menor. ¿Cómo está? Con eso solo le alcanza para que Nilda recuerde que le debe un favor. Y porque la familia, la sangre de uno, siempre va a estar antes que la vocación; el paciente que estábamos atendiendo va a morir. El chico está irreconocible. Es prácticamente, de la cabeza a los pies, un solo moretón. Ventura me dice que sabe quién es. Que le dicen el Orejón y que es una lástima lo que le está pasando. Que es del barrio Los Pinos. Que había tenido lo suyo. Que la estaba peleando para no equivocarse más. Que había vuelto a la escuela. Que todas las semanas se atendía en el CPA de San Justo. Ventura insiste con que es una lástima y me cuenta que hará cosa de una hora el pibe con un par de amigos, con un arma de juguete, intentaron robar un auto. Que el dueño se avivó cuando notó que el gatillo del revolver era anaranjado. Y que empezó a darle una paliza y a gritar pidiendo ayuda. Que los otros dos con los que andaba el Orejón lo abandonaron cuando vieron que los vecinos salían de sus casas para también pegarle. Que se sentaron sobre él para inmovilizarlo mientras el resto lo pateaba. Ventura admite que ellos atendieron el llamado tarde, media hora después. Y que cuando llegaron lo encontraron al Orejón tirado en la calle, mal herido. Que no había nadie. Salvo el dueño del auto al que habían querido robar. Y que el tipo les contó lo que había pasado. Pero les dijo que jamás lo iba a admitir en una corte. Y que ahí nomás arreglaron un precio. Una oferta teniendo en cuenta lo que habían hecho. Que al Orejón igual lo esposaron por las dudas y que lo metieron en el asiento trasero del patrullero. Que nunca llamaron a la ambulancia porque se sabe que es al pedo. Y que lo trajeron a la guardia. Pero que eso no tenía que figurar en ningún lado. Que lo que oficialmente había pasado era que lo habían abandonado así en la entrada del hospital.

En definitiva: el Orejón es un pibe chorro. Y a un pibe chorro es difícil que en una guardia lo salven. Con un pibe chorro, de puertas para adentro, no se utiliza el cardiorresucitador. Y mucho menos se le pone un respirador. Si llega así, solo, entra vivo y sale muerto. Y eso es lo que le va a pasar a este pibe de catorce, como mucho quince años. Se está muriendo y va a morir. Y nosotros no vamos a hacer nada para poder salvarlo.

Ventura, antes de retirarse, me da la mano y cuando se la estrecho siento los billetes que me está entregando. Los guardo, sin mirarlos ni contarlos, en uno de los bolsillos del pantalón, mientras el oficial me aconseja que llame al doctor de guardia, al que tendría que haber estado presente cuando llegó el pibe; porque el titular va a tener que firmar un deceso y Ventura sabe muy bien que yo no puedo hacerlo porque soy solo un nochero. Mira para el lado donde dejamos al Orejón y me dice que esto no va a quedar así. Que por más que en el barrio hagan un pacto de silencio esto no va a quedar así. Que la calle habla y que uno siempre se entera. Que en el mejor de los casos, los familiares del pibe van a ir a tirar piedras en las casas de esos vecinos. Que en el peor, si es que ellos no tienen fierros, les van a ofrecer uno para ir a emparejar las cosas. Ventura lo afirma convencido y después se va. Mentalmente repaso lo que le voy a decir a los familiares cuando los tenga cara a cara. Cuando conozcan al «Doctor González». Les voy a explicar que llegamos a compensarlo durante un breve instante pero que su cuadro al ingresar al hospital ya era delicado. Y que por eso el paciente, siendo exactamente las cuatro de la mañana del lunes 29 de junio de 2009, obitó. Que obitó a las cuatro de la mañana. Las cuatro… Cuatro horas… Me faltaban solo cuatro horas. Cuatro horitas nomás para terminar mi guardia sin ningún problema. Y ahora la tenía que llamar a la Doctora Galiano.


El cavador


El cavador

 

Necesitaba descansar, así que alquilé una casona en un pueblo de la costa, lejos de la ciudad. Cuando iba llegando, los pastizales me impidieron seguir en auto; me bajé, tomé lo imprescindible y continué a pie. Oscurecía y, aunque no se veía el mar, podía escuchar las olas alcanzar la orilla. Ya estaba cerca de la casa cuando tropecé con algo.

–¿Es usted?

Retrocedí asustado.

–¿Es usted, don? –un hombre se incorporó con dificultad–. No desperdicié ni un solo día, eh... Se lo juro por mi mismísima madre...

Hablaba apurado; estiró las arrugas de la ropa y se acomodó el pelo.

–Pasa que justo anoche... Imagínese, don, que estando tan cerca no iba a dejar las cosas para el otro día. Venga, venga –dijo, y se metió en un pozo que había entre los yuyales, a sólo un paso de donde nos encontrábamos.

Me agaché y asomé la cabeza. El agujero medía más de un metro de diámetro y adentro no se alcanzaba a ver nada. ¿Para quién trabajaría un obrero que no reconocía ni a su propio capataz? ¿Qué andaría buscando para cavar tan profundo?

–Don, ¿baja?

–Creo que se equivoca –dije.

–¿Qué?

Le dije que no bajaría y, como no contestó, me fui para la casa. Recién cuando llegué a las escaleras de entrada escuché un lejano muy bien, don, como usted diga.

A la mañana siguiente salí a buscar el equipaje que había dejado en el auto. Sentado en la galería de la casa, el hombre cabeceaba vencido por el sueño y sujetaba entre las rodillas una pala oxidada. Al verme la dejó y se apresuró a alcanzarme. Cargó lo más pesado y, señalando unos paquetes, preguntó si eran parte del plan.

–Primero necesito organizarme –dije y, al llegar a la puerta, le quité lo que cargaba para evitar que entrara a la casa.

–Sí, sí, don. Como usted diga.

Entré. Desde las ventanas de la cocina vi la playa. Apenas había algunas olas, el mar estaba ideal para nadar. Crucé la cocina y espié por la ventana del frente: el hombre seguía ahí. De a ratos miraba hacia el pozo y de a ratos estudiaba el cielo. Cuando salí, corrigió la postura y me saludó respetuoso.

–¿Qué hacemos, don?

Me di cuenta de que un gesto mío hubiera bastado para que el hombre se echara a correr hacia el pozo y se pusiera a cavar. Miré hacia los pastizales, en dirección al pozo.

–¿Cuánto cree usted que falte?

–Poco, don, muy poco...

–¿Cuánto es poco para usted?

–Poco... no sabría decirle.

–¿Cree que pueda terminar esta noche?

–No puedo asegurarle nada... usted sabe: esto no depende sólo de mí.

–Bueno, si tanto quiere hacerlo, hágalo.

–Délo por hecho, don.

Vi al hombre tomar la pala, bajar los escalones de la casa hasta el pastizal y perderse en el pozo.

Más tarde fui al pueblo. Era una mañana de sol y quería comprar un short de baño para aprovechar el mar; a fin de cuentas, no tenía por qué preocuparme por un hombre que cavaba un pozo en una casa que no me pertenecía. Entré a la única tienda que encontré abierta. Cuando el empleado estaba envolviendo mi compra, preguntó:

–¿Y cómo va su cavador?

Me quedé unos segundos en silencio, esperando quizá que algún otro contestase.

–¿Mi cavador?

Me alcanzó la bolsa.

–Sí, su cavador...

Le extendí el dinero y miré al hombre, extrañado; antes de irme no pude evitar preguntarle:

–¿Cómo sabe del cavador?

–¿Que cómo sé del cavador? –dijo, como si no me comprendiese.

Volví a la casa y el cavador, que esperaba dormido en la galería, se despertó en cuanto abrí la puerta.

–Don –dijo poniéndose de pie–, hubo grandes avances, puede que estemos cada vez más cerca...

–Pienso bajar a la playa antes de que oscurezca.

No recuerdo por qué me había parecido una buena idea decírselo. Pero ahí estaba él, feliz por el comentario y dispuesto a acompañarme. Esperó afuera a que me cambiara y un poco más tarde caminábamos hacia el mar.

–¿No hay problema en que deje el pozo? –pregunté.

El cavador se detuvo.

–¿Prefiere que vuelva?

–No, no, le pregunto.

–Pero cualquier cosa que pase... –amagó con volver– sería terrible, don.

–¿Terrible? ¿Qué puede pasar?

–Hay que seguir cavando.

–¿Por qué?

Miró el cielo y no contestó.

–Bueno, no se preocupe –continué caminando y el cavador me siguió, indeciso–. Venga conmigo.

Ya en la playa, a pocos metros del mar, me senté para sacarme los zapatos y las medias. El hombre se sentó junto a mí, dejó a un lado la pala y se quitó las botas.

–¿Sabe nadar? –pregunté.

–No, don. Yo lo miro, si le parece. Y traje la pala, por si se le ocurre un nuevo plan.

Me incorporé y caminé hacia el mar. El agua estaba fría, pero sabía que el hombre me miraba y no quería echarme atrás.

Cuando regresé, el cavador ya no estaba.

Con un sentimiento de fatalidad busqué posibles huellas hacia el agua, por si acaso había seguido mi sugerencia, pero no encontré nada y entonces decidí volver. Revisé el pozo y los alrededores. En la casa, recorrí las habitaciones con desconfianza. Me detuve en los descansos de la escalera, lo llamé en voz alta desde los pasillos, algo avergonzado. Más tarde salí. Caminé hasta el pozo, me asomé y lo llamé otra vez. No se veía nada. Me acosté boca abajo en el suelo, metí la mano y tanteé las paredes: se trataba de un trabajo prolijo, de aproximadamente un metro de diámetro, que se hundía hacia el centro de la tierra. Pensé en la posibilidad de meterme, pero enseguida la deseché. Cuando apoyé una mano para levantarme, los bordes se quebraron. Me aferré a los pastizales y, paralizado, oí el ruido de la la tierra cayendo en la oscuridad. Mis rodillas resbalaron en el borde y vi cómo la boca del pozo se desmoronaba y se perdía en su interior. Me puse de pie y observé el desastre. Miré con miedo a mi alrededor, pero el cavador no se veía por ningún lado. Entonces se me ocurrió que podría arreglar los bordes con un poco de tierra húmeda, aunque necesitaría una pala y algo de agua.

Volví a la casa. Abrí los placares, revisé dos cuartos traseros a los que entraba por primera vez, busqué en el lavadero. Al fin, en una caja junto a otras herramientas viejas, encontré una pala de jardinería. Era pequeña, pero servía para empezar. Cuando salí de la casa, me encontré frente a frente con el cavador. Escondí la pala detrás de mi cuerpo.

–Lo estaba buscando, don. Tenemos un problema.

Por primera vez, el cavador me miraba con desconfianza.

–Diga –dije.

 –Alguien más ha estado cavando.

–¿Alguien más? ¿Está seguro?

–Conozco el trabajo. Alguien ha estado cavando.

–¿Y usted dónde estaba?

–Afilaba la pala.

–Bueno –dije, tratando de ser terminante–, usted cave cuanto pueda y no vuelva a dispersarse. Yo vigilo los alrededores.

Vaciló. Se alejó algunos pasos pero al fin se detuvo y se volvió hacia mí. Distraído, yo había dejado caer mi brazo y la pala colgaba junto a mis piernas.

–¿Va a cavar, don? –me miró.

Instintivamente oculté la pala. Él parecía no reco­nocer en mí al hombre que yo había sido para él hasta un momento antes.

–¿Va a cavar? –insistió.

–Lo ayudo. Usted cava un rato y yo sigo cuando se cansa.

El cavador levantó la pala y volvió a clavarla en la tierra.

–El pozo es suyo –dijo–, usted no puede cavar.

Algo me despierta en la noche. Es el ruido incon­fundible de la pala contra la tierra. Ahora, a diferencia de otras veces, se escucha con toda claridad. Me incor­poro y camino hasta la ventana. El cavador trabaja en­tre los pastizales. Se detiene, me mira, levanta la pala y vuelve a clavarla. El pozo es cada vez más grande; el borde, cada vez más cercano a la casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


El todo que surca la nada

 

EL TODO QUE SURCA LA NADA, CÉSAR AIRA

 

Al gimnasio van dos señoras que charlan sin parar; ocasionalmente con otros, entre ellas todo el tiempo. Parecen amigas de toda la vida, que lo tienen todo en común; teñidas del mismo matiz de rubio, la misma ropa, las mismas reacciones, seguramente los mismos gustos; hasta la voz la tienen semejante. Son de esas señoras de edad intermedia, pasados los cincuenta, que deciden ir juntas al gimnasio a hacer algo por su cuerpo, porque solas no irían. No es que éstas dos necesiten mucho una actividad física extra, porque son flacas y activas y parecen en buena forma. Señoras de barrio, sin nada especial como no sea la locuacidad, que está lejos de ser una rareza. Tampoco necesitan el gimnasio para conversar, porque empiezan antes; llegan hablando; si en ese momento yo estoy en una de las bicicletas cerca de la entrada, oigo sus voces cuando suben la escalera; hablan en el vestuario mientras se cambian, hacen sus ejercicios juntas sin parar de hablar un momento, en las bicicletas, las cintas, los aparatos; y se van hablando. No fui el único en observarlo. Una vez las oía desde el vestuario de hombres (ellas estaban en el de damas), hablando, hablando, hablando, y le dije al instructor: “Cómo hablan, ésas dos.” Asintió arqueando las cejas: “Es terrorífico. ¡Y lo que dicen! ¿Las has escuchado?” No, no lo había hecho, aunque habría sido fácil porque hablan en voz alta y clara, como esa gente que no tiene secretos ni intimidades; se conforman a ese estereotipo de señoras de barrio, esposas, madres, amas de casa, como todas las demás, seguras de sí mismas y de su representatividad. Una vez, hace años y en otro gimnasio, había visto un caso parecido pero distinto, dos chicas que hablaban todo el tiempo, aun mientras estaban haciendo ejercicios aeróbicos muy exigentes; eran muy jóvenes y debían de tener unos pulmones formidables; un día que estaban en sendas colchonetas enfrentadas haciendo flexiones abdominales de las que dejan sin aliento, y no paraban de hablar, se las señalé de lejos a la instructora de ese gimnasio, que me dijo disculpándolas: “Es que son muy amigas y las dos trabajan todo el día: éste es el único rato que pasan juntas”. No es el caso de estas dos señoras, que evidentemente pasan el día juntas: las he visto por el barrio haciendo compras, mirando vidrieras o sentadas en un café, siempre hablando, hablando, hablando.

Hasta que un día, por casualidad, seguramente porque se ubicaron en bicicletas vecinas a la mía, oí lo que decían. No recuerdo qué era, pero sí recuerdo que me causó una impresión rara, de una rareza que no pude definir en el momento pero que de algún modo inconsciente y más bien desganado (después de todo, a mí qué me importaba) me prometí explicarme.

Aquí debo aclarar algo de mí, y es que hablo poco, creo que demasiado poco, y creo que eso perjudica mi vida social. No es que tenga dificultades para expresarme, o tengo las dificultades normales que tiene todo el mundo para expresar algo difícil de poner en palabras, e inclusive diría que tengo menos, porque mi largo trato con la literatura ha terminado por darme una capacidad superior al promedio para utilizar el lenguaje. Pero no tengo el don del small talk, y es inútil que trate de aprenderlo o cultivarlo porque lo hago sin convicción. Mi estilo de conversación es espasmódico (alguien lo calificó una vez de “ahuecante”). A cada frase se abren vacíos, que exigen un recomienzo. No puedo mantener una continuidad. En pocas palabras, “hablo cuando tengo algo que decir”. Supongo que mi problema, cuyas raíces bien podrían estar en ese largo trato con la literatura, está en que le doy demasiada importancia al tema. Conmigo nunca se trata sólo de “hablar” sino “de qué hablar”. Y el esfuerzo de evaluar los temas mata la espontaneidad del diálogo. Dicho de otro modo: siempre tiene que “valer la pena” decir algo, y así no vale la pena seguir hablando. Envidio a la gente que puede iniciar una conversación con gusto y energía, y puede sostenerla. Los envidio porque ahí veo un contacto humano lleno de promesas, una realidad viviente de la que yo, mudo y solo, me siento excluido. Me pregunto “¿pero de qué hablan?”, y a todas luces ésa es la pregunta equivocada. La agria incomodidad de mi trato con el prójimo proviene de esta falla. Si miro atrás, puedo adjudicarle a ella gran parte de las oportunidades perdidas, y casi todas las melancolías de la soledad. A medida que avanzo en años, más me convenzo de que es una mutilación, que no compensan mis éxitos profesionales ni mucho menos mi “riqueza interior”. Y nunca he podido resolver la intriga que me provocan los conversadores: ¿de dónde sacan temas? Ya ni siquiera me lo pregunto, quizás por saber que no hay respuesta. No me lo preguntaba respecto de estas dos señoras, y sin embargo recibí una respuesta, tan inesperada como sorprendente, tanto que abrió ante mí un abismo pavoroso.

De pronto, en el fluir incesante del diálogo, una le estaba diciendo a la otra: “Le dieron los resultados de los análisis a mi marido, y tiene cáncer, pedimos turno con el oncólogo...” Eso lo registré, y me puse a pensar. Por supuesto, creí haber oído mal, pero no era así. No sé si reproduzco las palabras exactas, pero era eso lo que decía una de ellas, y su amiga le respondía, con la debida simpatía y preocupación pero sin demasiada sorpresa, sin soltar gritos o desmayarse. Y sin embargo la noticia era de grueso calibre. Demasiado como para intervenir en la conversación de un modo casual, en medio de otros datos y en un plano de igualdad con ellos. Me constaba que las dos llevaban una hora larga en el gimnasio, y habían estado hablando todo el tiempo; además, habían venido juntas, lo que significaba que la charla había empezado un buen rato antes... ¿O sea que habían estado tocando diez, veinte, treinta temas, antes de que le llegara el turno a éste, tan trascendente? Barajé varias posibilidades. Quizás la afectada había venido reservando deliberadamente este asunto fundamental, para lanzarlo “como una bomba” en cierto momento; quizás había estado reuniendo fuerzas para decírselo a su amiga; quizás una especie de pudor la había retenido hasta que el tema salió por sí solo. O bien podía ser que la noticia no fuera tan importante, por ejemplo si el que ella llamaba (por costumbre, para entenderse) “mi marido”, era un ex marido del que estaba separada hacía muchísimos años y con el que ya no tenía ningún compromiso afectivo. Había explicaciones más audaces o imaginativas, como suponer que estaban hablando del argumento de una novela o guión teatral que una de ellas estuviera escribiendo (para un taller literario al que concurrieran juntas como concurrían al gimnasio); o que estuviera contando un sueño, sin usar los tiempos verbales adecuados a ese tipo de relato; o cualquier otra cosa. Apenas menos improbable que estas suposiciones era plantear que desde que se habían encontrado esa mañana, dos o tres horas atrás, habían estado hablando de asuntos más importantes y urgentes que el cáncer del marido de una de ellas, y éste llegaba en su debido momento, nada más. Absurda como parecía, esta explicación terminó siendo la más lógica y realista, o al menos la única que quedó en pie.

En el curso de estas reflexiones yo había recordado la ocasión anterior en que las había oído, y la sensación difusa de extrañeza que me había causado. Ahora podía ponerla en foco y explicarme retrospectivamente la extrañeza. Era lo mismo, pero había sido necesaria la repetición para que entrara plenamente a mi conciencia. Aquella vez se trataba (porque ahora sí lo recordé) de algo menos pasmoso como noticia: una le informaba a la otra que el día anterior habían empezado a pintar las paredes de su casa, y tenía todos los muebles tapados con sábanas viejas, y el descalabro usual de cuando “entraban los pintores”; la otra la compadecía, y ella respondía que con toda la incomodidad indecible que comportaba, era necesario renovar la pintura, no podían seguir viviendo en una tapera descascarada, etc., etc. La pequeña intriga que yo no había podido definir en mi mente era que esa noticia, tan central en la vida de un ama de casa, se pronunciara en medio de una conversación, y no al comienzo de la jornada, e inclusive que no hubiera sido anticipada días antes. Lo del cáncer del marido, ahora, me abría los ojos porque era mucho más chocante, aunque en esencia seguía siendo el mismo mecanismo.

A partir de ahí, empecé a prestar atención. Debo decir que no era tan fácil, por razones tanto físicas como psicológicas. De las primeras, la principal era que un gimnasio es un sitio muy ruidoso; los aparatos resuenan cuando se golpean las pesas de fierro, las poleas rechinan, el semáforo que marca los ritmos de actividad suelta unos pitidos agudos cada quince segundos, los motores eléctricos de las cintas zumban y gimen, el coro de bicicletas fijas puede hacerse ensordecedor cuando hay varias funcionando al mismo tiempo, todo el mundo habla y algunos gritan; y, por supuesto, el televisor está pasando ininterrumpidamente videos musicales a todo volumen, a lo que suele superponerse, en el salón del fondo, la música mucho más fuerte (hace temblar los vidrios) de la clase de aerobics. Las dos señoras, ya lo dije, hablan en voz alta, sin preocuparse porque las oigan, y en efecto es fácil oír que están hablando; lo que no es tan fácil es oír qué están diciendo, salvo que uno esté muy cerca. La continua movilidad a la que obliga una rutina de ejercicios me daba muchas oportunidades de colocarme cerca de ellas, pero, por lo mismo, no podía seguir cerca mucho tiempo sin despertar sospechas.

Aun así, lo que oí bastó para alimentar una perplejidad creciente. No importaba la hora, o el momento, que estuvieran llegando o yéndose, a la mitad de su rutina o en el vestuario o en las camillas de masajes con rodillo: siempre se estaban dando noticias importantes, y comentándolas con la debida avidez. Y si en un mismo día yo las oía dos o tres o cuatro veces, extremando mis maniobras de acercamiento, eran otras tantas noticias importantes, demasiado importantes para que siguieran apareciendo después de horas de conversación; pero, aun así, eran la única materia de conversación. “Con la tormenta de anoche se cayó el árbol del fondo de casa y me aplastó la cocina.” “Ayer nos robaron el auto”. “Mañana se casa mi hijo.” “Murió mamá.”

Eso no era small talk, de ninguna manera. Pero en realidad yo no sé lo que es el small talk; creía saberlo, pero ahora, al dudar de su existencia, ya no lo sé; si el caso de estas dos señoras puede generalizarse, entonces es posible que cuando la gente habla, lo hace porque tiene algo que decir, algo que vale la pena decir; empiezo a preguntarme si existirá el “hablar por hablar”, si no será un mito que yo me había inventado para disimular mi falta de vida, que en el fondo es una falta de temas.

¿O es al revés? ¿No serán estas dos señoras el mito que yo he inventado? Salvo que ellas existen. Vaya si existen. Las veo (y las oigo) todos los días. Y no sólo existen en el “campo magnético” del gimnasio. Como dije, las he visto y oído hablar en la calle también. Ayer al atardecer, justamente, había salido a caminar y me las crucé, salían de una perfumería charlando animadamente. Alcancé a oír un par de frases al pasar. Una le estaba diciendo a la otra que el día anterior había tenido una discusión con la hija, y que ésta había terminado anunciándole que se iba a vivir sola... Eran las siete de la tarde, y ellas habían estado juntas y hablando todo el día (por la mañana habían estado en el gimnasio). Descarto la posibilidad de que digan esas cosas “para mí”, no sólo porque sería una broma demasiado complicada y sin objeto, sino porque ellas no han registrado mi existencia, ni falta que les hace.

La respuesta a mis preguntas sería hacer una lista de todos los temas que tocan en un día, y ver si siguen una progresión (descendente) de importancia, como lo ordenaría el verosímil más elemental. Yo estaría en condiciones casi inmejorables para hacerlo, porque las tengo a mi alcance a primera hora de la mañana, en el gimnasio, durante dos horas largas... Pero no lo hice, ni lo voy a hacer. Ya mencioné los obstáculos físicos que se interponen, y dije que también había razones psicológicas. Estas razones se resumen en una sola: el miedo. Miedo a una cierta clase de locura.

¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...