martes, 20 de octubre de 2020

HAROLDO CONTI

 Devociones.- HAROLDO CONTI

(A Lita y Fico Vogelius, que nada tienen que ver con esta historia)

Dentro de un rato sonará, a las cinco en punto de la matina, ese puto despertador que el día que gane el Prode o asalte un Banco reventaré contra la pared de una patada, como reventaré a tantas otras cosas, y me levantaré en puntas de pie para no despertar a Margarita que duerme a mi lado a patas sueltas hace dieciocho años, me vestiré en el baño y saldré más o menos a las cinco y diez rumbo a la Primera de Saavedra chupando el primer cigarrillo de la mañana. La Primera de Saavedra es la fábrica de jaulas en la cual trabajo desde el día que mi padre decidió echarme a la calle de un puntapié.
En todos estos años he hecho miles de jaulas, tantas que me sorprende que todavía ande por el aire algún pajarito suelto. Un día, esto pienso mientras las hago, construiré una bien grande, la más grande de todas, con unos gruesos barrotes de hierro y meteré ahí dentro a Margarita y su desgraciada madre, esto es, mi puta suegra y las sumergiré a las dos, luego de alimentarlas con alpiste envenenado, en el Riachuelo, nada de un arroyo limpio y rumoroso ni siquiera del Río de la Plata, que por ser el más ancho del mundo con seguridad podría resumir tanta maldad, sino en el Riachuelo para que se chupen todo ese olor a podrido que viene de los mataderos y revienten en forma.
Me alegro y me consuelo pensando en esto aunque sé que nunca lo haré porque soy un pobre infeliz. En lugar de eso sé que me levantaré en puntas de pie dentro de un rato y de que en puntas de pie recorreré el resto de mi vida.
Pensé cuando murió mi abuela, que decían que tenía en el sótano una pila de valijas llenas de plata, que las cosas iban a ser distintas. Pero no. Todo lo que dejó mi abuela fue una estatuita de la Virgen de Lujan que preside mi casa y delante de la cual Margarita se persigna hasta cuando pasa revoleando la escoba detrás de mí. Yo me
pregunto cómo tanta devoción en tantos años no le ha metido un poco de humildad, por no decir sencillamente bondad, en su abultado cuerpo. Pero no quiero pensar en esto porque es capaz de despertarse en este mismo momento y zamparme un puñetazo en medio de la cara. Yo no sé cómo mierda hace, pero me adivina hasta el
último pensamiento. Con excepción del de la jaula, que lo tengo fuera de casa.
En lugar de pensar en todo esto, que sólo sirve para amargarme, debiera tratar de aprovechar hasta el último minuto antes de las cinco pero sucede que anoche tuvimos una pelea fenomenal y después un sueño cargado de pesadillas. La última acaba de despertarme y ya no puedo pegar un ojo.
Soñé precisamente que estaba haciendo la jaula esa, cantando y silbando, cuando de pronto me cayó encima la Margarita echando sapos y culebras, de las que se alimenta, supongo, mientras yo estoy afuera sudando como un penado al rayo del sol, y que me hacía una llave como las de Titanes en el Ring y por último, para rematarla,
o más bien rematarme, me asfixiaba con una de sus enormes tetas. Ahí, por suerte, desperté con la cabeza debajo de la almohada y la impresión fue tanta que no pude volver a pegar los ojos. Y pensar que fueron justo esas tetas las que me perdieron.
Ahora parecen dos bolsas rellenas de trapos pero antes cada una por separado era la piedra movediza de Tandil.
Bueno, aparte de la estatuita, que amarré bien alto en un nicho de madera en forma de jaula que construí yo mismo para que esté a salvo de las batallas que se suceden más abajo, mi abuela, a la que nada reprocho, me dejó sus santas devociones.
Echando cuentas, eso ha sido lo más importante para mí pues me ayudó bastante a atravesar esta negra vida sin quejarme más de lo necesario ni echarme al paso del Mitre como me sugirió tantas veces Margarita y yo mismo lo pensé. Pero, según se mire, al propio tiempo fue esa devoción la que me perdió. Aunque yo creo hasta hoy
que de todo eso saldrá algún provecho, que alguien en el mundo se debe haber favorecido, por lo menos el tipo que seguía en la lista y se salvó de Margarita.
La mano vino así. Creo que fue en el 45, un sábado 14 de septiembre, con la primavera adelantada, detalle que hay que tomar en cuenta. Yo acababa de llegar de mi pueblo, Chacabuco, con la virgen envuelta en un paquete y una valija de cartón. Fui a parar a una pensión de Plaza Italia.
La semana la tenía ocupada con la Primera de Saavedra pero los fines no sabía qué hacer. Daba vueltas por la plaza como un idiota, soñando con mi pueblo o minas en pelotas que caían a mis pies de los pocos árboles que hay allí y me pedían a gritos que las violara hasta que el olor a empanadas fritas que bombeaban los boliches de
Santa Fe casi me hacía perder el conocimiento. Fue en uno de esos días que vi pegado a las paredes un letrero amarillo de la Sociedad de Peregrinos a Pie al Santuario Nacional de Nuestra Señora de Lujan que invitaba a la próxima peregrinación anual. En el letrero se daban todas las instrucciones, desde los botines a calzar hasta los pensamientos que había que poner en la cosa.
Ese año yo me había salvado de la colimba por número bajo y a raíz de eso, que tomé entonces por una suerte, prometí ir a pie a Lujan y de rodillas desde la puerta del santuario hasta el camarín de la virgen. Al día siguiente, después que volví de la Primera, me fui a anotar a la sede de la Sociedad, en Independencia al 900. Por esos
días, y véase cómo maniobra el destino, debieron anotarse Margarita y Requena, para ingresar en mi vida el próximo 14 de septiembre, aunque, desde luego, no fuese ésa la intención que los llevó al mismo lugar que yo, como tampoco fue la mía.
En los días previos me entrené y preparé como si fuese a correr en las Doce a Bragado que se corren en mi pueblo más o menos para el mismo tiempo y en las que corría mi tío Agustín, que también la pateó a Lujan, pero desde Chacabuco, más de cien kilómetros a pata el muy animal y llevando un estandarte de la Congregación de
San Luis Gonzaga que cuando soplaba una racha de viento lo arrancaba del pavimento.
Siguiendo las instrucciones del volante que me dieron y las que recordaba de mi tío Agustín, me armé de un par de botines patria, me vendé los pies sin tirar de las vendas, me puse un plástico debajo de la camisa para aguantar el frío y el 14 me largué temprano hasta la Basílica de San José de Flores, que era desde donde partía la
peregrinación. Encabezaba la marcha un cura que hablaba como Balbín y más o menos decía las mismas choteras, aunque referidas a la Santa Iglesia y no a la Unión Cívica Radical, se entiende, y llevaba un bastón que revoleaba cada tanto para darnos aliento y que si no lo paran, pues para mí estaba como poseso, hubiese seguido lo menos hasta Mendoza. Era flaco y duro como un palo de madura y despedía un fuego por los ojos.
Bien, cantamos Ven, sube a la montaña y echamos a andar a un mismo paso. En ese momento no imaginé cómo esos sencillos pasos me podían llevar tan lejos. Desde entonces pongo algún cuidado siempre que echo el primero y no sé con seguridad a dónde voy. Qué iba a sospechar yo todo lo que vendría después cuando di aquel
primer paso, el 14 de septiembre de 1945. Salimos a las 7 de la mañana y a las 9 estábamos cruzando Liniers. Cuando pasé por debajo del puente de la General Paz me puse melancólico pues pensé que iba para mi pueblo que queda en la misma dirección, sobre la misma ruta, es decir, la 7. Fue ahí donde reparé por primera vez en
el tipo que traía al lado.
No fue que reparé sino que se me vino encima, me echó los brazos al cuello y me dijo, resollando, «Negro, aquí me muero». Yo le dije: «Viejo, recién estamos en Liniers». «Eso es lo que me mata —dijo él—. La idea.» Dijo una gran verdad porque, por lo que sé, hasta hoy lo que lo mataron fueron las ideas. El tipo se llamaba
Requena y no estaba lo que se dice en forma. Por empezar llevaba puesto un sobretodo, algo que expresamente no se recomienda. Para colmo llevaba un toco de libros, una pila, que era El Nuevo Testamento en Salmos, de las ediciones paulistas, más de 500 páginas en papel finito que si en Liniers cada uno pesaba ya como un ladrillo en Morón o Merlo pesarían lo que una pared entera.
El desgraciado, todavía colgado de mis hombros, me vendió un libro de esos que tenía marcado el precio de tres pesos, pero que Requena vendía a cuatro, como ayuda a no sé qué institución. Además hizo que cargara con el resto de la pila, aparte del sobretodo. Como yo era un pendejo que echaba fuego por todos los lados y a cada
rato el mundo me quedaba chico cargué con todo sin chistar y aun hubiese cargado con el propio Requena, lo cual en cierta forma hice desde ese momento, aunque en otro sentido. Creo que de ahí le vino la idea de publicar libros él mismo, desde la Imitación de Cristo hasta las Verdaderas Memorias de una Princesa Rusa, de
Oberdan Rocamora, y, en combina con el turco Asís, Breve manual del pedaleo y Karate y sexo, con veinte llaves inéditas científicamente ilustradas, lo que dio luego pie a REQUENA EDITOR, que es el último oficio que le conocí.
Lo bueno de él, según se mire, es que siempre se le está ocurriendo una forma nueva de encarar esta miserable vida. Yo sé que un día mandará todo a pasear y se echará al medio del camino y entonces inventará al mundo de punta a punta en sociedad con el mismo Padre Todopoderoso. Bien, cargué el sobretodo y el paquete, el cura revoleó el bastón y comenzó a rezar los misterios dolorosos, con carácter penitencial. Fue ahí exactamente donde apareció en mi vida Margarita, este mismo pedazo de carne que ahora suspira al lado mío y sonríe en sueños vaya a saber pensando en qué maldad. Porque eso es lo que yo no entendí nunca, que las mujeres son un pozo de maldad.
Esta advertencia debiera ponerse en todos los caminos, como las señales de tránsito, y en los paquetes de cigarrillos y en los sobres de los preservativos. Qué otra vida hubiese sido la mía si yo hubiese visto esa señal a tiempo. Probablemente no le habría hecho caso y me hubiese ensartado en la misma forma porque estaba escrito y además Margarita en ese tiempo era un monumento capaz de ocultar cualquier señal, por grande que fuese, con cada uno de los sólidos detalles que lo componían.
Más o menos es lo que pienso cuando leo u oigo hablar del monumento a los caídos. De paso obsérvese nuevamente en qué forma procede el destino. En ese momento fue un detalle insignificante, pero a partir de ese detalle mi vida pegaba un giro de noventa grados y arrancaba para otro lado.
El detalle en cuestión fue que al lado, un poco a mi derecha y un poco atrás, empecé a escuchar una voz cantarína que arrancaba con cada Ave María adelantándose y comandando, diría excitando si no fuese que en esas circunstancias se entendería de otra forma, al lote de sonámbulos que marchaba arrastrando los pies por la calle Rivadavia, que aparte de ser la más larga del mundo el cansancio la estiraba a cada metro un poco más. Me volví y fue que vi por primera vez a Margarita. Requena me preguntó si me pasaba algo porque entré a caminar a paso de ganso y a rezar a los gritos. Requena iba y venía entre la gente vendiendo sus libritos y yo, cuando vi lo que vi, casi tiro el resto de la pila por encima de las cabezas de los peregrinos.
Él pensó que empezaba a ver visiones por el esfuerzo de la caminata. En cierta forma era verdad. Margarita en ese tiempo era una hembra colosal, sin el menor desperdicio, con un par de porrones que daban mareos, los mismos que ahora yacen como dos piñatas desinfladas o como mis pantalones de brin sanforizado con manchas de grasa que esperan ellos también a que suene el despertador sobre el respaldo de la silla. Por un instante me olvidé de lo que estaba haciendo allí y el demonio me entró en el cuerpo al rojo vivo. El cura en ese momento, como si adivinara la situación, levantó el bastón y pegó un brinco y yo me concentré en el tercer misterio.
Requena, que en Morón había terminado de vender los libritos y hasta vendió el mío, se puso a partir de ahí a hablar de comidas. Yo iba bien hasta entonces pero el desgraciado me tocó mi punto flaco por esa época, aparte de las hembritas, que lo siguen siendo. A cada rato me decía, entre misterio y misterio. «¿No te comerías un sanguche de milanesa, flaco?» o «Ni siquiera se me ocurrió traer un par de huevos duros» o «¿Te imaginas un plato de ravioles de ricota con salsa mixta?» o, y ahí me mató, «Me comería un lechón entero, hecho con brasitas de marlo y bastante limón».
Cuando mencionó la palabra lechón me empezó a saltar espuma por la boca. Me acordé en el acto de los lechones que hace mi viejo en el Cicles Club de Chacabuco o en el fondo de mi casa, debajo de la parra de uva chinche, con el cuento tostado y duro que se raja y deja entrever la grasita y las costillas que se van soltando solas por el calor y los riñoncitos que largan una perfumada nubecita de vapor. Casi me desmayo. Por suerte Requena que cuando pasamos por Merlo ya deliraba empezó a pedir a los gritos un plato de buseca y cayó redondo en medio del pavimento. Lo metimos en una ambulancia, después que el cura lo roció con un hisopo, y se lo llevaron para Lujan soñando posiblemente con un plato de «fusiles» al pesto. Creo que ahí cambiamos las primeras palabras con Margarita que me preguntó si el señor, esto es, Requena era mi amigo y yo le dije que sí aunque acababa de conocerlo y ella exclamó «¡Pobre señor!», y agitó los pechos y yo vi el cielo de color rojo. El resto del camino traté de concentrarme en motivos religiosos y a veces en mis pies que ya echaban un chorro de humo pero cada tanto mi mirada se desviaba hacia la derecha, un poco atrás.
Ella seguía rezando con las manos juntas como Santa Teresita, la de yeso que había en la iglesia de mi pueblo, sólo que no era de yeso para nada sino enteramente de carne y hueso, sobre todo de carne de la mejor calidad que se removía bajo sus ropas y al parecer enviaba como unas ondas o rayos eléctricos que me quemaban la
piel.
Cuando llegamos a la basílica encontré a Requena al lado de la verja completamente fresco repartiendo otra pila de libritos. Me saludó y me abrazó como si yo acabase de ganar las Doce a Bragado. Le entregué el sobretodo que de Moreno en adelante pesaba como si arrastrase a un muerto. Compré una vela de cera de mi exacta altura, según se acostumbra, con velas y estampitas y que, por el precio, pensé que se pagaba a crédito y me dispuse a cumplir con mi promesa.
Comencé a subir de rodillas las escaleras con Requena de un lado y del otro Margarita, que al enterarse de mi promesa se había conmovido hasta las lágrimas, rumbo al camarín de la virgen. Cuando traspuse la puerta me pareció que ya estaba andando sobre los propios huesos. Recé un padrenuestro, un credo y cuanto me acordé en ese momento para ganar tiempo y recuperar el aire.
Requena me animó con un empujoncito en la espalda pero lo que me lanzó verdaderamente hacia adelante casi a la carrera fue el hecho de que Margarita extrajo un pañuelito perfumado de entre los pechos y me secó el sudor de la frente. Ahí sentí que podía correr sobre mis rodillas hasta la cordillera de los Andes, ida y vuelta. Con todo en mitad de la nave tuve la impresión de que las piernas se me reducían y que pronto iba a estar avanzando sobre mis caderas.
Sea como fuere llegué al pie de la escalera del camarín, cerré los ojos y comencé a trepar tanteando los escalones. Cada vez que despegaba una rodilla del duro mármol era como si me arrancasen las tripas y una vez me abracé de una pierna de Margarita y entonces piqué hasta la punta de la escalera de un tirón, creo que
salteando inclusive algunos escalones.
Hubo una solemne misa concelebrada y el cura del bastón, después del evangelio, se echó un sermón sobre el pecado y la puta condición humana a propósito del sordomudo sanado por Jesucristo, o sea, el pecador consuetudinario curado por la gracia del Señor, que casi nos reduce a polvo.
Después de disparar toda la artillería sobre el rebaño de pecadores que, por descontado, éramos nosotros, el cura, cuando explicaba con lujo de detalles cómo el estado del sordomudo del Evangelio representa el estado del pecador empedernido, gritó sobre la punta de los pies, sacando medio cuerpo del pulpito como si fuese a caer literalmente sobre nosotros, «El sordomudo se encontraba en una condición bien lamentable puesto que se hallaba privado del oído y del habla; pero no lo es menos la del pecador consuetudinario que se halla espiritualmente privado del oído y de la palabra.
En efecto, este desgraciado pecador no da oídos a las voces de la conciencia, que le reprende los delitos cotidianos. No hace caso de los amorosos consejos de los amigos y parientes, que querrían verle fuera del camino de la perdición. No presta oídos a la voz de Dios, que ya indirectamente por medio de algún acontecimiento inesperado, ya directamente por medio de alguna inspiración interior, le dice: «¡Conviértete y ámame!».
Mientras el cura esto decía o gritaba, señalaba torvamente, en su intención a un pecador imaginario pero de hecho a una vieja que había en la primera fila y que empezó a temblar como una caña removida por el viento. Requena se golpeaba el pecho como si fuese a voltearse uno o dos pulmones, lo cual hacía más tétrico el
asunto.
Total que la vieja saltó del banco y se puso a gritar: Peccato! Peccato! Madonna mia abbi pietá di me…! Al principio yo pensé que era una especie de claque pero cuando la vieja comenzó a arrancarse la ropa vi que iba en serio, tanto que el mismo cura escondió la mano y empezó a empalidecer. Por suerte la pararon unas señoras
aunque después de todo si hubiese quedado en pelota la verdad es que le habríamos tomado verdadero asco al pecado. El cura terminó tirando la manga a todos los pecadores allí presentes. El único inocente resultó Requena que cuando pasaron el cepillo entró en éxtasis alzando los brazos al cielo de manera que hubiese sido una
irreverencia pretender que los bajase hacia el bolsillo. La misa terminó cuando la mitad de la vela me había chorreado sobre la mano y me sentía realmente como si el demonio en persona hubiese salido de mi cuerpo, liviano y finito como el de un ángel. Traté de levantarme y salir como los demás pero me vine en banda y sólo
después de masajearme las rodillas y zamparme un par de aspirinas salí de allí sostenido de un lado por Requena y del otro por Margarita.
Donde se ve en esto y lo que sigue como el destino no para de tejer su tela un solo minuto. Margarita, que había venido con los viejos y el hermano, un taradito que sonreía a cada rato como si supiera algo que nosotros desconocíamos, por ejemplo, que iba a estallar una bomba y nos iba a pulverizar a todos, menos a él, nos invitó,
siguiente paso del destino, a compartir el contenido de una canasta que el viejo fue a recoger del camión que traía los bultos y paquetes de los peregrinos.
Requena se apresuró a aceptar la invitación y así, en dulce conversa, nos fuimos a la orilla del río Lujan y alquilamos una de esas roñosas mesas bajo los sauces, entre papeles y mugre y alguna otra cosa. La vieja abrió el canasto y entró a sacar la comida para un regimiento. El viejo descorchó una damajuana de tinto riojano y,
después de persignarnos devotamente, comenzamos a comer con elegante ferocidad, sobre todo Requena que mientras hablaba de grandes negocios se embuchó un matambre casero y medio pollo frío al limón. Yo comía y miraba a Margarita.
Comíamos y nos mirábamos, algo tan simple, y nos reíamos de nada. El vino nos soltó la lengua y empecé a hablar de mi pueblo. Mi pueblo es un montón de historias a poco más de cien kilómetros de Lujan, sobre la misma ruta, y cualquier cosa que uno cuenta de él se parece a la historia de cualquier tipo de cualquier polvoriento pueblo de la provincia.
De manera que nos pusimos un poco melancólicos y cada uno pensó en su propio pueblo, allá a sus espaldas, incluso el propio Requena que comenzó a hablar de gentes y caminos y otros pueblachos semejantes al mío. Después de la comida el viejo se echó al pie de un sauce y al rato estaba roncando.
Requena se fue a remojar los pies con el taradito, que a esta altura se llamaba Juan José, y yo me fui a dar una vuelta con Margarita, que con el vino y la comida se había puesto más encarnada y más eléctrica, por así decir. Primero recorrimos los juegos, como era inevitable. Luego de la Flor Azteca subimos a una calesita, por
sugerencia de Margarita que se hacía, ahora comprendo, la nena, cosa que me enloqueció en ese momento como a un buen boludo.
Yo trepé a un caballo de madera y ella a un bote, yo subía y ella bajaba al compás del vals Desde el alma, de manera que sus tetas, a las que yo observaba de reojo, subían y bajaban en la misma forma, por supuesto, y cuando ellas subían, subían mis ojos y cuando ellas bajaba, bajaban, que era cuando tenía yo la mejor visión del
asunto. Al rato más bien parecían algo que no tenía que ver con Margarita, que estaba detrás, naturalmente, y yo las miraba subiendo y bajando como subía y bajaba mi duro pajarito que golpeaba contra el lomo del caballo, con absoluta naturalidad, no sólo voluptuosas, sino majestuosas como un barco con las velas henchidas tirando
victoriosamente para adelante.
Dimos cuatro vueltas. Después probé al tiro al blanco pero los rifles de aire comprimido estaban tan desviados que apunté a un pato de lata y por poco le doy al tipo que tenía al lado. Finalmente, decidí probar mi fuerza en ese puto aparatito con dos manijas posiblemente conectadas a una batería y que uno va separando y a medida que las separa marcan un número en un tablero y destilan una pequeña corriente eléctrica que al principio apenas se insinúa como un cosquilleo alentador.
Yo miraba a Margarita y sonreía de manera que no prestaba verdadera atención al aparato ese. Así que como, en apariencia, no pasaba nada sonreí nuevamente a Margarita, que me alentó con un cabeceo muy gentil, y separé las manijas de golpe. La máquina me disparó tal patada que se me arrugaron las pelotas, me temblaron los dientes y la lengua se me retorció dentro de la boca como a un ahorcado. Creo que si en ese momento me ponen una bombita de ciento veinte en la oreja la enciendo por largo rato. Cerré los ojos y vi un puñado de locas estrellas que giraban sobre una noche inmensa y luego, debo haber abierto los ojos, vi en medio de las estrellas a Margarita que aplaudía no sé muy bien qué cosa.
Cuando pude volver a caminar, nos alejamos de allí rumbeando descuidadamente hacia los árboles del fondo, cerca de la ruta 7. De vez en cuando, entre las copas de los árboles entreveía las torres de la basílica pero yo desviaba enseguida la mirada.
Había algunas parejas por esos árboles rascando entre papeles y restos de comidas pero Margarita no parecía pisar en esta tierra y hablaba de asuntos más bien espirituales, como el amor cristiano, el efecto de las palomas y otras vaguedades en las cuales, ahora estoy bien seguro, no creía un solo centímetro. Confieso que, dentro
de mi ignorancia, yo no podía entender cómo con ese cuerpo que incitaba por mera presencia a ejercer una verdadera carnicería y cuyo lugar natural era el Maipo, por lo menos, podía engendrar tales elevados pensamientos. Así son las cosas en este mundo. Yo tenía mucho que aprender.
Bueno, dale que va llegamos al fondo propiamente donde una mata de arbustos nos cerraba el paso. Nos sentamos más o menos a orillas del agua, un chorrito mugriento que arrastraba papeles y de vez en cuando algún preservativo, al reparo de la mezquina sombra que echaban esos desplumados yuyos y no sé muy bien por qué
allí se me soltó la lengua y me puse a hablar otra vez de mi pueblo y de mi infancia.

No sé por qué tampoco uno se compadece tanto en tales circunstancias. Me sentí de pronto el más desgraciado de los hombres y, con perdón de los viejos, inventé una infancia tan miserable que yo mismo solté unas lágrimas cuando Margarita, revoleando los mismos ojos de yeso de Santa Teresita, me tomó las manos, que me patearon en la misma forma que el aparato ese de los juegos, y trató de reanimarme. Yo tuve un golpe de sangre. Vi todo rojo. Le besé y le mordí las manos y ella, pasando por alto este último detalle, reclinó mi cabeza entre sus  pechos, es decir, tetas, cosa que me enloqueció del todo porque tragando aire, pues sentí que me ahogaba, estrujé, besé y mordí aquellas colosales tetas, cuyo mero recuerdo me excita todavía.
Ella, siempre serenamente, se bajó el corpiño para que yo ejerciera mi ferocidad en estilo libre. Luego, sin perder esa maravillosa y extraña serenidad, se recostó en el pasto, se izó la pollera, se bajó los calzones y me acomodó encima de ella con sabia precisión, detalle al que naturalmente en ese momento no le presté demasiada atención, y yo la ensarté, empujé y removí mientras ella me ceñía con sus rotundas piernas que me introdujeron un poco más adentro todavía. Cuando terminé y ella me apartó suavemente, preocupada por sus medias, yo asomé la cabeza entre los yuyos y vi en una misma línea a la vieja que se puso a gritar en la misa concelebrada, acompañada por otras dos momias, que se santiguó rápidamente y, más atrás, contra el cielo fulgurante de aquella tarde del destino las dos torres de la basílica y ahí me sentí el más miserable de los hombres.
Volvimos al atardecer, después de rezar el último rosario, lo que hice entre sollozos y sacudones mientras Requena me palmeaba un hombro, en el expreso La Lujanera. Margarita iba a mi lado con cara de seducida y abandonada. Cuando el ómnibus dejó la avenida de acceso y enfiló por la ruta y, entre las copas de los árboles, vi por última vez las dos altas torres de la basílica, me dije, golpeándome el pecho: «Perdón, Nuestra Señora. Mañana mismo le hablo al viejo y antes de fin de año me caso. Lo juro». Margarita, que debió, según su costumbre, haber leído mi pensamiento me apretó una mano y fue ahí donde el destino me dio la última y
definitiva patada de aquel día memorable.
Ahora, como tantas veces, me pregunto si no habría sido mucho mejor hacer la colimba y aun la guerra, inclusive las dos mundiales juntas. En fin, si me lo propusiera estoy seguro de recordar, a pesar de todo, muchas cosas buenas.
Acaba de sonar el despertador. Margarita se revuelve en la cama. Su día de chismes, ruleros, cacerolas, televisión y Antena todavía no empieza. Me levanto en puntas de pie, me calzo el pantalón saltando en una pierna y a través de la ventana del baño veo el pálido y ojeroso rostro de este nuevo día que debo atravesar de una punta a otra como un condenado a perpetua.

HAROLDO CONTI: Perfumada noche (optativa)

 Perfumada noche | Haroldo Conti

(A mi tía Haydée, para que 

nunca se muera)

 

La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante.

El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz. Pocos lo recuerdan en este pueblo. Algunos, los más concisos, piensan que murió realmente de vejeces. La muerte es según, como la vida. Es otra vida, justo, otra forma de consistir, no un per saecula definitivo, nada absoluto, ninguna cosa extravagante porque también es de ser, aunque en artículo mortis. De modo que el señor Pelice sigue siendo todavía. La muerte, ya que viene al caso, es suceso chiquito, desdibujo, entreluces. Este pueblo no fue así desde el comienzo, como uno imagina.

En su momento fue pueblo niño. Antes no estaba el molino de Rodríguez ni la fábrica de fideos de Basile era como es ahora con un alto letrero encendido en la punta, sino de madera bien seca y engrasada, es decir, lista para encenderse en cualquier momento como finalmente sucedió bien solemne y entonces, después, sobre las cenizas vino esta otra, de fuerte cemento y letrero penachudo, ni estaba siquiera esta estatua de San Martín que cabalga sereno entre las copas de los árboles, ni el blanco palacio de la Municipalidad tan gobernante, ni aun la avenida AIsina de cemento lisa embanderada de letreros a los costados.

Esto es, hay otro pueblo por debajo de este, y otro y otro más con tapialitos amarillos de sol y callecitas de tierra. Y por una de esas callecitas ahí viene el señor Pelice con sus botines de becerro, su traje de gabardina negra y su panamá copudo, a los pasitos, muy de cuerpo presente. Viene. Y ese fue el minuto y la luz del señor Pelice.

Porque no va que ve por primera vez a la señorita Haydée Lombardi en la puerta de su casa, en la calle Saavedra, al lado de la confitería Renacimiento, que está en la esquina de Pueyrredón y Saavedra, aquella opulenta casa con un tejado a la Mansard con espiga, tragaluces, cresta, veleta, buharda y chimenea, que se ennegrecía al atardecer y boyaba como un barco en el alto cielo y ella allí, en la puerta, para siempre desde ahora, blanca y frágil y perfumada, figurín, Haydée Lombardi, para sueño y música.

Al señor Pelice le hizo un ruido el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía. Para el señor Pelice fue el momento más brillante de su vida lo cual es bastante textual porque, como se sabe, el señor Pelice era el cohetero más reputado de la zona.

¿Quién no recuerda, eso sí, las cascadas, abanicos, glorias y soles fijos que hacía estallar para la fiesta de San Donato, por ejemplo, aparte de las consonantes bombas de estruendo que reventaba en procesiones y remates y que se oían hasta Irala o Cucha-Cucha, según soplase el viento, y era el propio mundo que saltaba en pedazos?

Aquel año del encuentro engendró para la fiesta de San Isidro Labrador, de este pueblo protector, sus famosas piezas pírricas de formidable combustión. Las piezas pírricas mediante fuegos fijos, esto es, que hacen su efecto sin dar vueltas, según se conocían hasta entonces, eran fáciles de prender mediante el simple recurso de mechas de comunicación.

El maestro Pelice, en cambio, que era un verdadero artista creativo, prosiguiendo y mejorando los fogosos estudios del maestro Ruggieri, perfeccionó in extenso los fuegos pinicos alternando piezas fijas con piezas giratorias, lo cual es de suma perfección si se tiene en cuenta que el movimiento de rotación se opone per se a que se establezca la comunicación entre las piezas. El sutil rebusque se basaba en una fuerte broca colocada horizontalmente sobre un sólido poste de madera y que servía de eje a todas las piezas, de las más simples a las más complicadas, combinando en ajustada competencia de ingenio soles fijos, estrellas, glorias, patas de ganso, aspas de molino y las maravillosas espuelas de fuego de su exclusiva invención. Inspirado por la alada figura de la señorita Haydée, el señor Pelice llegó incluso a fabricar aquella atronadora pieza en espiral, compuesta de fuegos giratorios y de una hilera de lanzas que suben circularmente y forman, cuando la pieza gira, una espiral de fuego de enorme pasmo y majestuoso incendio, que disparó para la noche del 9 de Julio de 1935.

Esa misma noche, en la casita que habitaba en las afueras del pueblo sobre el camino de tierra a las Aguas Corrientes, después de encender cuantas velas y lámparas tenía y distribuirlas por toda la casa y aun en el jardín, el señor Pelice se estableció frente a su escritorio de persiana y tras suspirar largamente mientras se rascaba la cabeza con una lapicera de pluma de pavo escribió con su hermosa letra bastarda de curvas rotundas y el sesgo conexivo de 309, como se prescribe, la misma con la que copiaba las fórmulas del maestro Julio Rossignon, autor del Nuevo Manual del Cohetero y Polvorista editado por la librería de la Vda. de Ch. Bouret, su primera carta a la señorita Haydée, inspirada libremente en el Corresponsal del Amor, Estilo Moderno de Cartas Emotivas y Pasionales. Como, según las apariencias, sobrepasaba en varios años a la señorita le pareció atinente utilizar como modelo la carta de un viudo pidiendo relaciones a una soltera, aunque él, con propiedad, no fuese viudo de mujer sino más bien viudo de costumbre.

Releyó un par de veces la carta a la luz de la lámpara de aceite de tubo alto y luz espesa, que era su preferida y que cuando se adormecía lo despertaba con breves y susurrantes chisporroteos de la mecha, como si chamuyara. La plegó con cuidado, la besó ladeando sus bigotes de manubrio y la metió en un sobre perfumado. A esta carta nocturna siguieron otras muchas, puntualmente una por semana, pero el señor Pelice no llegó a despachar ninguna. Prefería rellenar con ellas las bombas de estruendo, que ahora sonaban un poco más apagadas o huecas, aunque sólo él lo notase, y desparramarlas en mil pedacitos sobre los techos del pueblo. Algunos de esos pedacitos cayeron en el patio de canteros elevados de la casa de la señorita Haydée Lombardi, aunque lamentablemente el día de la carrera de las Doce a Bragado, cuando disparó una bomba para la largada, un papel chamuscado que decía “Mi adorada Haydée” cayó con tan mala leche que fue a dar en el patio de la señora Haydée Bonsignore y más precisamente casi a los pies del señor Bonsignore, que tenía la sangre caliente, y se armó una podrida de calendario.

El señor Pelice seguía transcurriendo exacto, puntual todas las tardes por frente a la casa de la calle Saavedra y allí estaba siempre la señorita de visu, cada día más blanca y leve, casi transparente.

La señorita Haydée Lombardi murió de tabardillo el 8 de mayo de 1946. El señor Pelice redactó esa noche la única carta que en todos esos años remitió por correo. “Mi estimada señorita: en momentos tan especiales deseo expresarle a usted mi invariable afecto y la seguridad de mi perdurable compañía en esa otra vida de tránsito que ha iniciado usted y que me impongo yo en este mismo momento. Su leal servidor P.” El señor Pelice echó la carta al día siguiente y no volvió a salir de la casa por el resto de sus días.

Solamente lo hacía cada 8 de mes, por la tardecita, para depositar un sobre perfumado en el nicho de la señorita que luego se llevaba el viento o algún curioso o bien lo chamuscaba y descoloría el tiempo. Coincidió que para entonces los festejos de estruendo fueron cayendo en desuso y se convocaba a remate por edicto judicial. Al tiempo, los vecinos lo dieron por muerto o simplemente lo olvidaron. Ya estaba el asfalto, se habían construido varios molinos, el Expreso Rojas llegaba hasta Buenos Aires y sobre el pueblo de tapiales amarillos había surgido otro pueblo. La casa de la calle Saavedra se convirtió en un local de compra y venta de propiedades.

A todo esto el señor Pelice envejecía suavemente detrás del último tapial como un fuego que se apaga con lentitud. Al caer la noche encendía todas las velas y las lámparas y daba de comer a unos pececitos de colores que criaba en un acuario y que eran su única y silenciosa compañía. Tenía una colisa labiosa, dos ángeles que parecían dos pajaritos rígidos, un betta splendens, un labeo bicolor, un telescopio renegrido de ojos saltones que semejaba un gato, una ninfa, un cometa y dos besadores chatos y blancos que colgaban del agua como dos papelitos. La luz del atardecer penetraba por la puerta-ventana que daba al jardín y revestía el cuarto de una claridad dorada que encendía pálidamente la pecera.

Los pececitos flotaban en el agua dorada como suaves pájaros de lento vuelo, desplazándose majestuosamente entre las ramitas de elodea o de helecho japonés. El señor Pelice inclinaba su cabeza encanecida sobre los vidrios y sus pensamientos se desplazaban tan lentos y suaves como aquellos pececitos ánimas. Detrás del tapial amarillo que con las sombras se cubría de caracoles, el señor Pelice se hinchaba y arrugaba un poco más cada año. Ahora podía salir y pasar entre los vecinos sin ser reconocido. El pueblo seguía progresivo, casi capital.

Altas luces de mercurio alumbraban las calles avenidas, el asfalto había llegado hasta la calle Magallanes, en las afueras, había dos semáforos en el centro que saltaban bonitamente del verde al rojo y a la viceversa y de los que don Pelice no entendió muy bien su significancia, aunque imaginó que eran tramoyas de estación. La iglesia de San Isidro, tan altiva, tan de lejos visible apuntando al cielo entre los árboles, sobre los buenos campos, había sido vaciada por dentro, ya no consistía en aquel brillante altar con columnas al pan de oro y la santa imagen, muy camal en su contexto, de Santa María bendita, todo color y vestes y brillos y ojos de vidrio y el niño desnudo, barrigoncito, sino que ahora era una especie de agudo galpón blanqueado, con una mesada en alto.

Quedan de los otros tiempos, y por allí la reconoció, los grandes ventanales con vidrios a franjas blancas y violáceas que según la disposición del sol azulaban a cierta hora el aire, las gentes, las imágenes de bulto, en cuya luz vio una mañana sobreandar, flotante, a la señorita Haydée con un tul que le velaba el rostro y de cuyos entrepaños florecían ambas manos como de cera. Nada de eso prevalecía ya. Él mismo no era el Pelice de entonces pues nadie se volvió a reconocerlo cuando avanzó por el medio de la nave con el panamá en la mano haciendo crujir los resecos botines de becerro.

De regreso pasó por la calle Saavedra y hundida entre dos vidrieras que resplandecían descubrió trabajosamente la negra silueta de la casa con un afrentoso letrero sobre la puerta. Haciendo visera con la mano, sus ojos repasaron el imbatible tejado a la Mansard que se recortaba contra el resplandor de las luces de mercurio. Esa noche escribió una larga carta a la señorita Haydée dándole cuenta de los adelantos habidos y de las altas y frías luces que hubiesen quitado brillo aun a las cascadas de cuatro brazos, de once metros de alto, con veinte, dieciséis, doce y ocho cartuchos detonantes respectivamente, más otros cuatro en el extremo superior del palo que construyó para el sesquicentenario y que fue su más colosal de facto.

Ahora es noviembre. En la profunda noche perfumada al señor Pelice, ya decididamente viejo y por lo tanto insomne, le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Casi no duerme. Se aquieta sobre el catre y hacia el amanecer se adormece un poco.

En esas largas horas divaga por el jardín con la lámpara de aceite en la mano o se echa en una mecedora e impulsada por el aire dulzón que despide el ligustro humedecido por el rocío, su cabeza se vuela como un globo o una pajarita de papel que planea sobre el viejo pueblo con los tapialitos amarillos y las calles de tierra y tanta cosa que se desapareció u ocultó, no visible a prima facie, que eso es la muerte, olvido, oscuridades, suma y suma, tiempo y tiempo, distancia inmóvil.

En la madrugada acercó la lámpara a la pecera y comprobó ya sin dolor que el pez telescopio, ese lento pajarito renegrido que lo observaba con sus grandes ojos saltones a través del cristal y con el que casi había llegado a entenderse, de un mundo a otro, pez-hombre, pez-pez, flotaba inerte en uno de los rincones. Al principio, cuando instaló la pecera, eran doce movedizos pececitos pero, iletrado en aguas, el exceso de comida o alteraciones en la temperatura o defectos en la aireación y filtración redujeron el lote rápidamente. La primera muerte fue una catástrofe.

El señor Pelice extrajo el cuerpecito finado, una vez que comprobó en forma absoluta que no se movía ni aun empujándolo con un dedo, con la redecilla de tul y lo depositó sobre una hoja de hortensia en el medio del escritorio y lo veló algunas horas con la lámpara de aceite. Con una cuchara cavó un hoyo al pie de una magnolia foscata y enterró allí al pececito. No se había aún recuperado de aquella sensible pérdida cuando murió unmacropodus opercularis que comenzó boqueando en la superficie y luego se acurrucó en un rincón con el vientre hinchado. Lo sepultó al pie del ciruelo de jardín de aladas hojas marrones. Así fueron muriendo uno tras otro y el viejo enterrándolos al pie de esta planta, aquella.

Al telescopio lo plantó junto a su arbolito más querido, un jazmín japonés de flores carnosas que reventaban justamente para fines de noviembre y se removían en la noche como avecitas blancas bombeando intensas ondas perfumadas que traspasaban la oscuridad hasta el catre o la mecedora del señor Pelice, que ya prácticamente no duerme.

A ratos lee, a ratos escribe pero sobre todo piensa. Eso es la vejez seguramente, una desvelada memoria. Por lo general reconstruye el pueblo desde su infancia mezclando o, mejor dicho, combinando los tiempos, las personas.

Desfilan contra un mismo tapial o por la penumbra amarilla del cuarto el padre Doglia, previniéndolo en cocoliche sobre las tentaciones de este mundo mientras se pone y se quita el bonete francés, nervioso con la presencia del demonio a quien imagina una especie de comisario de la provincia con el uniforme colorado, el viejo Ponce, que habla solo, Bimbo Marsiletti que agita los brazos frente a una banda invisible, Oreste Provenzano que levanta una ristra de billetes de lotería o los tanos Minervino, Visiconti y Ciminelli que pasan tocando la gaita en fila india igual que en la procesión de la Virgen del Carmen.

Desde que se marchó la señorita Haydée ha tomado por costumbre colgar un farol de viento en medio del jardín. El viento lo agita y remueve las densas sombras que cambian pesadamente de lugar. Su luz anaranjada semeja la lechosa claridad de la pecera. Y en esa luz submarina ve brotar en la punta de una ramita al macropodus opercularis o allabeo bicolor o al scatophagus argus o a los puntius arulius que murieron a dúo. Se agitan como flores o pajaritos o caireles, casi transparentes, muy navegantes. Esta noche de noviembre florecerá sin duda el telescopio, pez pajarito de negros velos, en la cresta del jazmín japonés.

El 8 de diciembre, día de la Inmaculada, el señor Pelice escuchó desde el catre el volteo de las campanas que convocaban a la misa solemne de primera comunión con la lámpara de aceite todavía encendida a un lado, sobre la silla. Pensó en la virgen de cemento que erigieron las Hijas de María en el atrio de la iglesia y que viera la última vez con el rostro y las manos pintadas de color carne y en las hileras de chicos con brazaletes y túnicas que atravesaban la plaza y estarían ingresando en este mismo momento por la puerta puntiaguda a través de la cual se alcanzaba a ver el altar colmado de luces. Pero su hinchado cuerpo no obedeció al impulso. Tenía los brazos adormecidos y las piernas envaradas. Recién a la tardecita, arrastrándose por el piso, pudo dar de comer a los pececitos. Angelita Alori, que venía dos veces por semana a asear la casa, lo encontró al día siguiente tumbado en el piso de ladrillos y lo acomodó en el catre para finales. Como por otro ítem padecía el mal de orina, Angelita le preparó un cocido a base de raíz de rábano con una mata de perejil y un puñado de hojas de berro, endulzado el conjunto con azúcar de cande.

Se abreva una copa para extraer la orina y los humores que vienen de acompañamiento, aconsejándose un Pater para refuerzo. El señor Pelice mejoró de la orina pero total que era casi lo mismo pues no podía transportarse para expulsarla, debiendo ayudar al efecto la Angelita con la vista vuelta hacia otra parte. El 8 de enero, puntual, el señor Pelice emprendió su tránsito con el traje de gabardina, el sombrero panamá y los botines de becerro a la hora justa en que los pececitos se brotaban en las ramas. Según la Angelita, que depuso para constancia, hizo una buena muerte, al natural, y fue enterrado de oficio, sin luto ni comparsa, en la mera tierra.

Ahora bien, y a propósito del señor Pelice que pasó, pregunto: ¿cuál es, cuál el verdadero pueblo de la ciudad de Chacabuco, cuál rige? Este de ahora encumbrado en adelantos o aquel otro de los tapialcitos amarillos y las calles de tierra, cuando el camión de riego asentaba el polvo al atardecer y todo era más viejo y simple pero más dulce, y bastaba con estirar el cogote para ver al fondo de la calle las primeras quintas y que por la calle Saavedra en este momento se acerca gravemente el señor Pelice, se detiene frente a la casa de los Lombardi, ya medio en sombras,, se quita el panamá y saluda a la señorita Haydée que dice por primera vez con su voz de pajarito:

—¿Habrá calor este año, no cree usted?

—El sol está fuerte para noviembre —responde per oblicua el señor Pelice.

—¡Hermoso atardecer!

—Sopla algo de viento, por suerte.

—¿Hacia dónde va usted tan incontinenti?

—Al Prado —improvisa temerario el señor Pelice.

—Muy buena idea. ¡Me gustaría mucho ir hasta ahí! — canturrea la señorita.

El señor Pelice le ofrece el brazo y la señorita Haydée con una risita se aparta de la puerta y enlaza el brazo del maestro cohetero. Las dos figuras se alejan entre tapiales amarillos y penachos de sombras rumbo al Prado Español mientras sobre el pueblo desciende la perfumada noche.

 


martes, 13 de octubre de 2020

El pozo

 

El pozo

[Ricardo Güiraldes


Sobre el brocal desdentado del viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen simple. Toda una historia trágica.

Hacía mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de la piedra para descansar su cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel. Allí le sorprendieron el cansancio, la noche y el sueno; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco puro.

Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa. Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, solo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.

Con su mano libre tante el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida. Miró hacia arriba: el mismo redondel de antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente.

Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz. Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca. Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por esa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas.

Más de una vez, la tierra insegura cedió su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas.

Sin embargo un mundo insospechado de energías nacía en cada paso; y como por impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios. Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un aguaribay como cosa irreal…

Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito. El infeliz comprendió: hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle en la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra.

Ahora todo el pago conoce el pozo maldito, y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.

 

El escuerzo

 

El escuerzo Leopoldo Lugones


Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba la familia, me di con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus congéneres más corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis pedradas. Tenía horror a los sapos y era mi diversión aplastar cuantos podía. Así es que el pequeño y entonado batracio no tardó en sucumbir a los golpes de mis piedras. Como todos los muchachos criados en la vida semicampestre de nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio en lagartos y sapos. Además, la casa está situada cerca de un arroyo que cruza por la ciudad, lo cual contribuía a aumentar la frecuencia de mis relaciones con tales reptiles. Entro en estos detalles, para que se comprenda bien cómo me sorprendí al notar que el atrabiliario sapito me era enteramente desconocido. Circunstancia de consulta, pues. Y tomando mi víctima con toda la precaución del caso, fui a preguntar por ella a la vieja criada, confidente mía en las primeras empresas de cazador. Tenía yo ocho años y ella sesenta. El asunto había, pues, de interesarnos a ambos. La buena mujer estaba, como de costumbre, sentada a la puerta de la cocina, y yo esperaba ver acogido mi relato con la acostumbrada benevolencia, cuando apenas hube empezado, la vi levantarse apresuradamente y arrebatarme de las manos el despanzurrado animalito.

—¡Gracias a Dios que no lo hayas dejado! —exclamó con muestras de la mayor alegría. En este mismo instante vamos a quemarlo.

—¿Quemarlo? —dije yo—; pero ¿qué va a hacer, si ya está muerto?

—¿No sabes que es un escuerzo—replicó en tono misterioso mi interlocutora—y que este animalito resucita si no se quema? ¿Quién te mandó matarlo? ¡Eso habías de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy a contarte lo que le pasó al hijo de mi amiga la finada Antonia, que en paz descanse.

Mientras hablaba, había recogido y encendido algunas astillas sobre las cuales puso el cadáver del escuerzo.

¡Un escuerzo, decía yo, aterrado bajo mi piel de muchacho travieso; un escuerzo! Y sacudía los dedos como si el frío del sapo se me hubiera pegado a ellos. ¡Un sapo resucitado! Era para enfriarle la médula a un hombre de barba entera.

—Pero ¿usted piensa contarnos una nueva batracomiomaquia? —interrumpió aquí Julia con el amable desenfado de su coquetería de treinta años.

—De ningún modo, señorita. Es una historia que ha pasado.

Julia sonrió.

—No puede usted figurarse cuánto deseo conocerla…

—Será usted complacida, tanto más cuanto que tengo la pretensión de vengarme con ella de su sonrisa.

Así, pues, mientras se asaba mi fatídica pieza de caza, la vieja criada hilvanó su narración que es como sigue:

Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivía con el hijo único que había tenido de él, en una casita muy pobre, distante de toda población. El muchacho trabajaba para ambos, cortando madera en el vecino bosque, y así pasaban año tras año, haciendo a pie la jornada de la vida. Un día volvió, como de costumbre, por la tarde, para tomar su mate, alegre, sano, vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo hacían, refirió a su madre que en la raíz de cierto árbol muy viejo había encontrado un escuerzo, al cual no le valieron hinchazones para quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su hacha.

La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharle, pidiéndole que por favor la acompañara al sitio para quemar el cadáver del animal.

—Has de saber —le dijo—, que el escuerzo no perdona jamás al que lo ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no descansa hasta que puede hacer con él otro tanto.

El buen muchacho rió grandemente del cuento, intentando convencer a la pobre vieja de que aquello era una paparrucha buena para asustar chicos molestos, pero indigna de preocupar a una persona de cierta reflexión. Ella insistió, sin embargo, en que la acompañara a quemar los restos del animal.

Inútil fue toda broma, toda indicación sobre lo distante del sitio, sobre el daño que podía causarle, siendo ya tan vieja, el sereno de aquella tarde de noviembre. A toda costa quiso ir y él tuvo que decidirse a acompañarla.

No era tan distante; unas seis cuadras a lomas. Fácilmente dieron con el árbol recién cortado, pero por más que hurgaron entre las astillas y las ramas desprendidas, el cadáver del escuerzo no apareció.

—¿No te dije? —exclamó ella echándose a llorar—; ya se ha ido; ahora ya no tiene remedio esto. ¡Mi padre San Antonio te ampare!

—Pero qué tontera, afligirse así. Se lo habrán llevado las hormigas o lo comería algún zorro hambriento. ¡Habrase visto extravagancia, llorar por un sapo! Lo mejor es volver, que ya viene anocheciendo y la humedad de los pastos es dañosa.

Regresaron, pues, a la casita, ella siempre llorosa, él procurando distraerla con detalles sobre el maizal que prometía buena cosecha si seguía lloviendo; hasta volver de nuevo a las bromas y risas en presencia de su obstinada tristeza. Era casi de noche cuando llegaron. Después de un registro minucioso por todos los rincones, que excitó de nuevo la risa del muchacho, comieron en el patio, silenciosamente, a la luz de la luna, y ya se disponía él a tenderse sobre su apero para dormir, cuando Antonia le suplicó que por aquella noche siquiera, consintiese en encerrarse dentro de una caja de madera que poseía y dormir allí.

La protesta contra semejante petición fue viva. Estaba chocha, la pobre, no había duda. ¡A quién se le ocurría pensar en hacerle dormir con aquel calor, dentro de una caja que seguramente estaría llena de sabandijas!

Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el muchacho la quería tanto, decidió acceder a semejante capricho. La caja era grande, y aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud fue arreglada en el fondo la cama, metiose él adentro, y la triste viuda tomó asiento al lado del mueble, decidida a pasar la noche en vela para cerrarlo apenas hubiera la menor señal de peligro.

Calcula ella que sería la medianoche, pues la luna muy baja empezaba a bañar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito negro, casi imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había cerrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia.

Allí estaba, por fin, el vengativo animal, sentado sobre las patas traseras, como meditando un plan. ¡Qué mal había hecho el joven en reírse! Aquella figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna, se agrandaba extraordinariamente, tomaba proporciones de monstruo. ¿Pero, si no era más que uno de los tantos sapos familiares que entraban cada noche a la casa en busca de insectos? Un momento respiró, sostenida por esta idea. Mas el escuerzo dio de pronto un saltito, después otro, en dirección de la caja. Su intención era manifiesta. No se apresuraba, como si estuviera seguro de su presa. Antonia miró con indecible expresión de terror a su hijo; dormía, vencido por el sueño, respirando acompasadamente.

Entonces, con mano inquieta, dejó caer sin hacer ruido la tapa del pesado mueble. El animal no se detenía. Seguía saltando. Estaba ya al pie de la caja. Rodeola pausadamente, se detuvo en uno de los ángulos, y de súbito, con un salto increíble en su pequeña talla, se plantó sobre la tapa.

Antonia no se atrevió a hacer el menor movimiento. Toda su vida se había concentrado en sus ojos. La luna bañaba ahora enteramente a pieza. Y he aquí lo que sucedió: el sapo comenzó a hincharse por grados, aumentó, aumentó de una manera prodigiosa, hasta triplicar su volumen. Permaneció así durante un minuto, en que la pobre mujer sintió pasar por su corazón todos los ahogos de la muerte. Después fue reduciéndose, reduciéndose hasta recobrar su primitiva forma, saltó a tierra, se dirigió a la puerta y atravesando el patio acabó por perderse entre las hierbas.

Entonces se atrevió Antonia a levantarse, toda temblorosa. Con un violento ademán abrió de par en par la caja. Lo que sintió fue de tal modo horrible, que a los pocos meses murió víctima del espanto que le produjo.

Un frío mortal salía del mueble abierto, y el muchacho estaba helado y rígido bajo la triste luz en que la luna amortajaba aquel despojo sepulcral, hecho piedra ya bajo un inexplicable baño de escarcha.

 

¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...