Lewis Carroll – Alicia a través del espejo
--Gatito
¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que te lo estoy
preguntando en serio! Porque cuando estábamos jugando hace un ratito nos
estabas mirando como si de verdad comprendieras el juego; y cuando yo dije
«jaque» ¡te pusiste a ronronear! Bueno, después de todo aquel jaque me salió
bien bonito... y hasta creo que habría ganado si no hubiera sido por ese
perverso alfil que descendió cimbreándose por entre mis piezas. Minino,
querido, juguemos a que tú eres... y al llegar a este punto me gustaría
contaros aunque sólo fuera la mitad de todas las cosas que a Alicia se le
ocurrían cuando empezaba con esa frase favorita de «juguemos a ser...» Tanto
que ayer estuvo discutiendo durante largo rato con su hermana sólo porque
Alicia había empezado diciendo «juguemos a que somos reyes y reinas»; y su
hermana, a quien le gusta ser siempre muy precisa, le había replicado que cómo
iban a hacerlo si entre ambas sólo podían jugar a ser dos, hasta que finalmente
Alicia tuvo que zanjar la cuestión diciendo --Bueno, pues tu puedes ser una de
las reinas, y yo seré todas las demás--. Y otra vez, le pegó un susto tremendo
a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al oído --¡Aya! ¡Juguemos a que
yo soy una hiena hambrienta y tu un jugoso hueso!
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--Ahora
que si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, gatito, te contaré todas
mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el cuarto que se ve al
otro lado del espejo y que es completamente igual a nuestro salón, sólo que con
todas las cosas dispuestas a la inversa... todas menos la parte que está justo
del otro lado de la chimenea. ¡Ay, cómo me gustaría ver ese rincón! Tengo
tantas ganas de saber si también ahí encienden el fuego en el invierno... en
realidad, nosotros, desde aquí, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro
fuego empieza a humear, porque entonces también sale humo del otro lado, en ese
cuarto ...
pero
eso puede ser sólo un engaño para hacernos creer que también ellos tienen un
fuego encendido ahí. Bueno, en todo caso, sus libros se parecen a los nuestros,
pero tienen las palabras escritas al revés: y eso lo sé porque una vez levanté uno
de los nuestros al espejo y entonces los del otro cuarto me mostraron uno de
los suyos.
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--¿Te
gustaría vivir en la casa del espejo, gatito? Me pregunto si te darían leche
allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para beber... pero ¡ay,
gatito, ahí está ya el corredor! Apenas si puede verse un poquitifo del
corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de nuestro salón abierta
de par en par: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al
nuestro sólo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay,
gatito, qué bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy
segura que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna
manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si
fuera una gasa de forma que pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si
parece que se está empañando ahora mismo y convirtiéndose en una especie de
niebla!! ¡Apuesto a que ahora me sería muy fácil pasar a través! --Mientras
decía esto, Alicia se encontró con que estaba encaramada sobre la repisa de la
chimenea, aunque no podía acordarse de cómo había llegado hasta ahí. Y en efecto,
el cristal del espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las manos de
Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante.
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Entonces
empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo que podía
verse desde el antiguo salón era bastante corriente y de poco interés, pero que
todo lo demás era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros que estaban
a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el mismo reloj
que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo sólo se le
puede ver la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la
miraba sonriendo con picardía.
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(Ve las piezas del juego de ajedrez caminando
y hablando)
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Durante
algún tiempo estuvo intentando descifrar este pasaje, hasta que al final se le
ocurrió una idea luminosa:--¡Claro! ¡Como que es un libro del espejo! Por
tanto, si lo coloco delante del espejo las palabras se pondrán del derecho.
Y este fue el poema que
Alicia leyó entonces:
GALIMATAZO
Brillaba, brumeando negro, el sol;
agiliscososgiroscaban los
limazones
banerrando por las váparas
lejanas;
mimosos se fruncían los
borogobios
mientras el momio
rantasmurgiflaba
………………………………………….
¡¿Y haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?!
¡Qué fragarante día! ¡Jujurujúu! ¡Jay, jay!
Carcajeó, anegado de alegria.
Pero brumeaba ya negro el sol
agiliscososgiroscaban los
limazones
banerrando por las váparas
lejanas,
mimosos se fruncian los
borogobios
mientras el momio
rantasnecrofaba...
--Me
parece muy bonito --dijo Alicia cuando lo hubo terminado--, sólo que es algo
diflcil de comprender (como veremos a Alicia no le gustaba confesar, y ni
siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía encontrarle ni pies ni
cabeza al poema). Es como si me llenara la cabeza de ideas, ¡sólo que no sabría
decir cuáles son!
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--Así
no lo lograrás nunca --le señaló la rosa-- Si me lo preguntaras a mí, te
aconsejaría que intentases andar en
dirección contraria.
Esto
le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a
responder nada se dirigió al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y
con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontró
caminando nuevamente en dirección a la puerta de la casa.
Con
no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la Reina
por todas partes (acabó vislumbrándola a buena distancia de ella) pensó que
esta vez intentaría seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección
contraria.
Esto
le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante cosa
de un minuto, se encontró cara a cara con la Reina roja y además a plena vista
de la colina que tanto había deseado alcanzar.
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--¡Se
diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez --diio
Alicia al fin--. Debiera de haber algunos hombres moviéndose por algún lado...
y ¡ahí están! --añadió alborozada, y el corazón empezó a latirle con fuerza a
medida que iba percatándose de todo--. ¡Están jugando una gran partida de
ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!..., bueno, siempre que estemos
realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me
gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me ímportaría ser un peón con
tal de que me dejaran jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una
reina.
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Lo
más curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban alrededor de
ellas nunca variaban de lugar: por más rápido que corrieran nunca lograban
pasar un solo objeto.
«--¿Será
que todas las cosas se mueven con nosotras?» --se preguntó la desconcertada
Alicia.
Y la Reina pareció leerle el pensamiento,
pues le gritó: --¡Más rápido! ¡No trates de hablar!
Y
no es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si no fuera a
poder hablar nunca más en toda su vida, tan sin aliento se sentía. Y aún así la
Reina continuaba jaleándola:
--¡Más! ¡Más rápido! --y la arrastraba en
volandas.
--¿Estamos llegando ya? --se las arregló al
fin Alicia para preguntar.
--¡Ahora,
ahora! --gritó la Reina--. ¡Más rápido, más rápido!--¿Llegando ya? --repitió la
Reina--. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez minutos! ¡Más
rapido! --y continuaron corriendo durante algún rato más, en silencio y a tal
velocidad que el aire le silbaba a Alicia en los oídos y parecía querer
arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le pareció a Alicia.
Y
fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen deslizándose por los
aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando
Alicia ya creía que no iba a poder más, pararon y se encontró sentada en el
suelo, mareada y casi sin poder respirar.
La Reina la apoyó contra el tronco de un
árbol y le dijo amablemente:
--Ahora puedes descansar un poco.
Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa.
--Pero
¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está
igual que antes!
--¡Pues claro que sí! --convino la Reina--. Y
¿cómo si no?
--Bueno,
lo que es en mi país --aclaró Alicia, jadeando aún bastante-- cuando se corre
tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele
llegar a alguna otra parte...
--¡Un
país bastante lento! -- replicó la Reina-- . Lo que es aquí, como ves, hace
falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se
quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.
--No,
gracias; no me gustaría intentarlo --rogó Alicia--; estoy muy a gusto aquí...
sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed...
--¡Ya
sé lo que tú necesitas! --declaró la Reina de buen grado, sacándose una cajita
del bolsillo--. ¿Te apetece una galleta?...
…Bueno,
mientras te refrescas…
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--Este
debe ser el bosque --se dijo, preocupada-- en el que las cosas carecen de
nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando entre en él? No me gustaría
perderlo en absoluto... porque en ese
caso tendrían que darme otro y estoy segura de que sería uno feísimo. Pero si
asi fuera ¡lo divertido será buscar a la criatura a la que la hayan dado el
mío!
Estaba
argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del bosque: tenía un
aspecto muy fresco y sombreado.
--Bueno,
al menos vale la pena --dijo mientras se adentraba bajo los árboles--, después
de haber pasado tanto calor, entrar aquí en este ... en este... ¿en este qué?
--repetía bastante sorprendida de no poder acordarse de cómo se llamaba
aquello--. Quiero decir, entrar en el
...
en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro! --afirmó al fin, apoyándose con una mano
sobre el tronco de un árbol--. ¿Cómo se llamará todo esto? Estoy empezando a
pensar que no tenga ningún nombre... ¡Como que no se llama de ninguna manera!
…Y
ahora, ¿quién soy yo?
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(dos
hermanos completamente iguales con uniforme de colegio inglés)
--No es más que el Rey rojo que está roncando
--explicó TTweedledee.
--¡Ven,
vamos a verlo! --exclamaron los hermanos y tomando cada uno una mano de Alicia
la condujeron a donde estaba el Rey.
--Ahora
está soñando --señaló Tweedledee-- ¿y a que no sabes lo que está soñando?
--¡Vaya
uno a saber! --replicó Alicia-- ¡Eso no podría adivinarlo nadie!
--¡Anda!
¡Pues si te está soñando a ti! --exclamó Tweedledee batiendo palmas en aplauso
de su triunfo--. Y si dejara de soñar contigo, ¿qué crees que te pasaria?
--Pues que seguiría aqui tan tranquila, por
supuesto --respondió Alicia.
--¡Ya!
¡Eso es lo que tú quisieras --replicó Tweedledee con gran suficiencia--. ¡No
estarías en ninguna parte!
¡Cómo que tú no eres más que un algo con lo
que está soñando!
--Si
este Rey aquí se nos despertara --añadió Tweedledum-- tu te apagarías... ¡zas!
¡Como una vela!
--¡No
es verdad --exclamó Alicia indignada --. Además, si yo no fuera más que algo
con lo que está soñando, ¡me gustaría saber lo que sois vosotros!
--¡Eso, eso! --dijo Tweedledum.
--¡Tú lo has dicho! --exclamó Tweedledee.
Tantas
voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo: --¡Callad! Que lo vais a
despertar como sigais haciendo tanto ruido.
--Eso
habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría hablar de despertarlo
--dijo Tweedledum-- cuando no eres más que un objeto de su sueño. Sabes
perfectamente que no tienes ninguna realidad.
--¡Que sí soy real! --insistió Alicia y
empezó a llorar.
--Por
mucho que llores no te vas a hacer ni una pizca más real --observó Tweedledee--
y además no hay nada de qué llorar.
--Si
yo no fuera real continuó Alicia, medio riéndose a través de sus lágrimas, pues
todo le parecia tan ridículo-- no podría llorar como lo estoy haciendo.
--¡Anda!
Pues, ¡no supondrás que esas lágrimas son de verdad? --interrumpió Tweedledum
con el mayor desprecio.
--Sé que no están diciendo
más que tonterías --razonó Alicia para si misma-- así que es una bobada que me
ponga a llorar. De forma que se secó las lágrimas y continuó hablando con el
tono más alegre y despreocupado que le fue posible
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--Bueno, en todo caso, lo
que es hoy no me apetece nada.
--Hoy es cuando no podrías tenerla ni aunque
te apeteciera --atajó la Reina--. La regla es:
mermelada mañana y ayer... pero nunca hoy.
--Alguna vez tendrá que tocar «mermelada hoy»
--objetó Alicia.
--No,
no puede ser --refutó la Reina--. Ha de ser mermelada un día sí y otro no: y
hoy nunca puede ser otro día, ¿no es cierto?
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--No, no comprendo nada --dijo Alicia--. ¡Qué
lío me he hecho con todo eso!
--Eso
es lo que siempre pasa cuando se vive marcha atrás' --le explicó la Reina
amablemente--: al principio se marea siempre una un poco...
--¡Viviendo
marcha atrás! --repitió Alicia con gran asombro--. iNunca he oído una cosa
semejante!
--... Peró tiene una gran
ventaja y es que así la memoria funciona en ambos sentidos.
--Estoy
segura de que la mía no funciona más que en uno --observó Alicia--. No puedo
acordarme de nada que no haya sucedido antes.
--Mala memoria, la que sólo
funciona hacia atrás --censuró la Reina.
--¿De qué clase de cosas se
acuerda usted mejor? --se atrevió a preguntarle Alicia.
--¡Oh!
De las cosas que sucedieron dentro de dos semanas --replicó la Reina con la
mayor naturalidad--. Por ejemplo, --añadió, vendándose un dedo con un buen
trozo de gasa-- ahí tienes al mensajero del Rey. Está encerrado ahora en la
cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo
miércoles y por supuesto, el crimen se cometerá al final.
--¿Y suponiendo que nunca
cometa el crimen? --preguntó Alicia.
--Eso
sería tanto mejor, ¿no te parece? --dijo la Reina sujetando con una cinta la
venda que se había puesto en el dedo.
A Alicia
le pareció que desde luego eso no se podía negar. Claro que sería mejor
--dijo-- pero entonces, el haber cumplido condena no sería tanto mejor para él.
--Ahí
es donde te equivocas de todas todas --le aseguró la Reina--. ¿Te han castigado
a ti alguna vez?
--Sólo por travesuras --se
excusó Alicia.
--¡Y estoy segura de que te
sentó muy bien el castigo! --concluyó triunfante la Reina.
--Sí,
pero es que yo sí que había cometido las cosas por las que me castigaron
--insistió Alicia-- y en eso estriba la diferencia.
--Pero
si no las hubieses cometido --replicó la Reina-- eso te habría sentado mucho
mejor aún. ¡Mucho mejor, muchísimo mejor! Pero es que, ¡muchísimo mejor! --Con
cada
«mejor»
iba elevando más y más el tono de voz hasta que al final no se oía más que un
gritito muy agudo.
Alicia
iba precisamente a replicarle que: --Debe de haber algún error en todo eso...
-- cuando la Reina empezó a dar unos alaridos tan fuertes que tuvo que dejar la
frase sin terminar. --¡Ay, ay, ay! --aullaba la Reina sacudiéndose la mano como
si quisiera que se le soltara.
--¡Me está sangrando el
dedo! iAy, ay, ay, ay!
Sus
alaridos se parecían tanto al silbato de una locomotora que Alicia tuvo que
taparse los oídos con ambas manos.
--Pero,
¿qué es lo le pasa? --le preguntó cuando encontró una ocasión para hacerse oír.
--
¿Es que se ha pinchado un dedo?
--¡No
me lo he pinchado aún --gritó la Reina-- pero me lo voy a pinchar muy pronto...
ay, ay, ay!
--¿Y
cuando cree que ocurrírá eso? --le preguntó Alicia sintiendo muchas ganas de reirse
a carcajadas.
--Cuando
me sujete el mantón de nuevo --gimió la pobre Reina. --El broche se me va a
desprender de un momento a otro, ¡ay, ay! --y no acababa de decirlo cuando el
broche se le abrió de golpe y la Reina lo agarró frenéticamente para abrocharlo
de nuevo.
--¡Cuidado!
--le gritó Alicia-- ¡que lo está agarrando por el lado que no es! -- y quiso
ponér«selo bien; pero era ya demasiado tarde: se había abierto el gancho y la
Reina se pinchaba el dedo con la aguja.
--Eso
explica que sangrara antes --le dijo a Alicia con una sonrisa. --Ahora ya sabes
cómo suceden las cosas por aquí.
--Pero,
¿y por qué no grita de dolor ahora? --le preguntó Alicia, preparándose para
llevarse las manos otra vez a los oídos.
--¿Para
qué?, si ya me estuve quejando antes todo lo que quería --contestó la Reina,
--¿de qué me serviría hacerlo ahora todo de nuevo?
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--Puedes
mirar enfrente tuyo, y también a ambos lados, si gustas --replicó la oveja,
--pero no podrás mirar todo alrededor tuyo... a no ser que tengas un par de
ojos en la nuca
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HUMPTY DUMPTY …….¡Te has cubierto de gloria!
--No
sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» --observó Alicia.
HumptyDumpty sonrió despectivamente.
--Pues
claro que no..., y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que «ahí
te he dado con un argumento que te ha dejado bien aplastada».
--Pero «gloria» no significa «un argumento
que deja bien aplastado» --objetó Alicia.
--Cuando
yo uso una palabra --insistió HumptyDumpty con un tono de voz más bien
desdeñoso-- quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.
--La
cuestión --insistió Alicia-- es si se puede hacer que las palabras signifiquen
tantas cosas diferentes.
--La cuestión --zanjó HumptyDumpty-- es saber
quién es el que manda..., eso es todo.
--Parece
usted muy ducho en esto de explicar lo que quieren decir las palabras, señor
mío -- dijo Alicia-- así que, ¿querría ser tan amable de explícarme el
significado del poema titulado «Galimatazo»?
--A
ver, oigámoslo --aceptó HumptyDumpty-- soy capaz de explicar el significado de
cuantos poemas se hayan inventado y también el de otros muchos que aún no se
han inventado.
Esta
declaración parecía ciertamente prometedora, de forma que Alicia recitó la
primera estrofa:
Brillaba, brumeando negro,
el sol,
agiliscososgiroscaban los
limazones
banerrando por las váparas
lejanas,
mimosos
se fruncían los borogobios
mientras el momio
rantasmurgiflaba.
--Con
eso basta para empezar -- interrumpió HumptyDumpty-- que ya tenemos ahí un buen
montón de palabras difíciles: eso de que «brumeaba negro el sol» quiere decir
que eran ya las cuatro de la tarde..., porque es cuando se encienden las brasas
para asar la cena.
--Eso me parece muy bien --aprobó Alicia--
pero, ¿y lo de los «agilisco- sos»?
--Bueno,
verás: «agiliscosos» quiere decir «ágil y viscoso», ¿comprendes? es como si se
tratara de un sobretodo..., son dos significados que envuelven a la misma
palabra.
--Ahora lo comprendo --asintió Alicia,
pensativamente. --Y, ¿qué son los «limazones»?
-Bueno,
los «limazones» son un poco como los tejones..., pero también se parecen un
poco a los lagartos..., y también tienen un poco el aspecto de un
sacacorchos...
--Han de ser unas criaturas de apariencia muy
curiosa.
--Eso
sí, desde luego --concedió HumptyDumpty-- también hay que señalar que suelen
hacer sus madrigueras bajo los relojes de sol..., y también que se alimentan de
queso.
--Y
la «vápara», ¿será el césped que siempre hay alrededor de los relojes de sol,
supongo? - -dijo Alicia, sorprendida de su propio ingenio.
--¡Pues
claro que sí! Como sabes, se llama «vápara» porque el césped ese va para
adelante en una dirección y va para atrás en la otra.
--Y va para cada lado un buen trecho también
--añadió Alicia.
--Exactamente,
así es. Bueno, los «borogobios» son una especie de pájaros desaliñados con las
plumas erizadas por todas partes..., una especie de estropajo viviente. Y en
cuanto a que se «fruncian mimosos», también puede decirse que estaban
«fruncimosos», ya ves, otra palabra con sobretodo.
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EL LEON Y EL UNICORNIO (son los símbolos de Inglaterra y Escocia)
…Mira
por el camino y dime, ¿alcanzas a ver a alguno de los dos?
--No..., a nadie --declaró Alicia.
--¡Cómo
me gustaría a mí tener tanta vista! --exclamó quejumbroso el Rey--. ¡Ser capaz
de ver a Nadie! ¡Y a esa distancia! ¡Vamos, como que yo, y con esta luz, ya
hago bastante viendo a alguien!....................
--El otro mensajero se llama Hatta. Tengo que
tener a dos, ¿comprendes?, para ir y venir:
uno para ir y el otro para
venir.
--Le ruego que me repita eso --dijo Alicia
sorprendida.
--¡Niña: a Dios rogando y con el mazo dando!
--amonestó el Rey.
--
Sólo quise decir que no habia comprendido --se excusó Alicia. --¿Por qué uno
para venir y otro para ir?
--¿Pero
no te lo estoy diciendo? --dijo el Rey con cierta impaciencia-- necesito tener
a dos..., para llevar y traer..., uno para llevar y otro para traer.
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--¿Te
encontraste con alguien por el camino? --continuó el Rey extendiendo la mano
para que el mensajero le diera más heno.
--A nadie --reveló el mensajero.
--Eso
cuadra perfectamente --asintió el Rey-- pues esta jovencita también vio a
Nadie. Asi que, naturalmente, Nadie puede andar más despacio que tú.
--¡Hago
lo que puedo! --se defendió el mensajero malhumorado. --¡Estoy seguro de que
nadie anda más rápido que yo!
--Eso
no puede ser --contradijo el Rey-- pues de lo contrario habría llegado aquí
antes que tú.
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--.
Ya he cortado varios trozos, pero ¡todos se vuelven a unir otra vez!
--Es
que no sabes cómo hacerlo con pasteles del espejo --observó el unicornio--.
Reparte los trozos primero y córtalos después.
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No se veía a nadie por ningún lado, de forma
que lo primero que pensó fue que debía de haber estado soñando con el león y el
unicornio y esos curiosos mensajeros anglosajones. Sin embargo, ahí continuaba
aún a sus pies la gran fuente sobre la que había estado intentando cortar el
pastel. Así que, después de todo, no he estado soñando --se dijo a sí
misma...-- a no ser que fuésemos todos parte del mismo sueño. Sólo que si así
fuera, ¡ojalá que el sueño sea el mío propio y no el del Rey rojo! No me gusta
nada pertenecer al sueño de otras personas -- continuó diciendo con voz más
bien quejumbrosa como que estoy casi dispuesta a ir a despertarlo y ¡a ver qué
pasa!
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Todo
estaba sucediendo de manera tan poco usual que no se sintió nada sorprendida al
encontrarse con que la Reina roja y la Reina blanca estaban ambas sentadas, una
a cada lado, junto a ella; tenía muchas ganas de preguntarles cómo habían
llegado hasta ahí, pero tenía miedo de que eso no fuese lo más correcto.
--Pero, en cambio --pensó-- no veo nada malo en preguntarles si se ha acabado
ya la partida. Por favor, ¿querría decirme si... -- empezó en voz alta, mirando
algo cohibida a la Reina roja.
--¡No hables hasta que alguien te dirija la
palabra! --la interrumpió bruscamente la Reina.
--Pero si todo el mundo
siguiera esa regla --objetó Alicia que estaba siempre dispuesta a discutir un
poco-- y si usted sólo hablara cuando alguien le hablase, y si la otra persona
estuviera siempre esperando a que usted empezara a hablar primero, ya ve: nadie
diría nunca nada, de forma que...
--¡Ridículo!
--gritó la Reina--. iNiña! ¡Es que no ves que...? --pero dejó de hablar,
frunciendo las cejas y después de cavilar un poco, cambió súbitamente el tema
de la conversación…
….La
Reina roja rompió el silencio diciéndole a la blanca: Te invito al banquete que
dará Alicia esta tarde.
La Reina blanca le devolvió una sonrisa
desvahida y le contestó: --Y yo te invito a ti.
--Es
la primera noticia que tengo de que vaya yo a dar una fiesta --intercaló
Alicia-- pero si va a haber una me parece que soy yo la que debe de invitar a
la gente.
--Ya
te dimos la oportunidad de hacerlo --observó la Reina roja-- pero mucho me temo
que no te han dado aún bastantes lecciones de buenos modales.
--Los
buenos modales no se aprenden en las lecciones --corrigió Alicia--. Lo que se
enseña en las lecciones es a sumar y cosas por el estilo.
--¿Sabes
sumar? --le preguntó la Reina blanca--. ¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y uno
y uno y uno y uno?
--No sé --dijo Alicia-- he perdido la cuenta.
--No
sabe sumar --interrumpió la Reina roja--. ¿Sabes restar? ¿Cuánto es ocho menos
nueve?
--Restarle
nueve a ocho no puede ser, ya sabe --replicó Alicia vivamente-- pero, en
cambio...
--Tampoco sabe restar --concluyó la Reina
blanca--.
¿Sabes dividir? Divide un pan con un
cuchillo..., ¡a ver si sabes contestar a eso!
--Supongo
que... --estaba empezando a decir Alicia, pero la Reina roja contestó por
ella--: Pan y mantequilla, por supuesto. Prueba hacer otra resta: quítale un
hueso a un perro y, ¿qué queda?
Alicia consideró el problema: --Desde luego
el hueso no va a quedar si se lo quito al
perro...,
pero el perro tampoco se quedaría ahí si se lo quito; vendria a morderme..., y
en ese caso, ¡estoy segura de que yo tampoco me quedaría!
--Entonces, según tú, ¡no quedaría nada?
--insistió la Reina roja.
--Creo
que esa es la contestación.
--Equivocada, como de costumbre --concluyó la Reina roja--. Quedaría la
paciencia del perro.
--Pero no veo cómo...
--¿Qué
cómo? ¡Pues así! --gritó la Reina roja-. El perro perdería la paciencia, ¿no es
verdad?
--Puede que sí --replicó Alicia con cautela.
--Entonces
si el perro se va, ¡tendria que quedar ahí la paciencia que perdió! --exclamó
triunfalmente la Reina roja. Al llegar
a este punto, la Reina roja empezó de nuevo a examinar: --¿Sabes responder a
preguntas prácticas? ¿Cómo se hace el pan?
--¡Eso sí que lo sé! --gritó Alicia muy
excitada--. Se toma un poco de harina...
--¡Qué barbaridad! ¡Cómo vas a beber harina!
--se horrorizó la Reina blanca.
--Bueno,
no quise decir que se beba sino que se toma así con la mano, después de haber
molido el grano...
--¡No sé por qué va a ser un gramo y no una
tonelada! --siguió objetando la Reina blanca--.
No debieras dejar tantas
cosas sin aclarar.
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…¿Cuál
es la causa del relámpago?
--Lo
que causa al relámpago --pronunció Alicia muy decidida, porque esta vez sí que
estaba convencida de que sabía la contestación-- , es el trueno..., ¡ay, no,
no! --se corrigió apresuradamente--. ¡Quise decir al reves!
--¡Demasiado
tarde para corregirlo! --sentenció la Reina roja--. Una vez que se dice algo,
¡dicho está! Y a cargar con las consecuencias...
--Lo
que me recuerda... --dijo la Reina blanca mirando hacia el suelo y juntando y
separando las manos nerviosamente-- . ¡La de truenos y relámpagos que hubo
durante la tormenta del último martes...! Bueno, de la última tanda de martes
que tuvimos, se comprende.
Esto desconcertó a Alicia. --En nuestro país
--observó-- no hay más que un día a la vez.
La
Reina roja dijo: --¡Pues vaya manera más mezquina y ramplona de hacer las
cosas! En cambio aquí, casi siempre acumulamos los días y las noches; y a veces
en invierno nos echamos al coleto hasta cinco noches seguidas, ya te podrás
imaginar que para aprovechar mejor el calor.
--¿Es que cinco noches son más templadas que
una? --se atrevió a preguntar Alicia.
--Cinco veces más templadas, pues claro.
--Pero, por la misma razón, debieran de ser
cinco veces más frías...
--¡Así
es! ¡Tú lo has dicho! --gritó la Reina roja--.Cinco veces más templadas y cinco
veces más frías..., de la misma manera que yo soy cinco veces más rica que tú y
cinco veces más lista!
Alicia se dio por vencida, suspirando. --Es
igual que una adivinanza sin solución --pensó.
--HumptyDumpty
también la vio continuó la Reina blanca con voz grave, más como si hablara
consigo misma que otra cosa--. Se acercó a la puerta con un sacacorchos en la
mano.
--Y, ¿qué es lo que quería? --preguntó la
Reina roja.
--Dijo
que iba a entrar como fuera --explicó la Reina blanca-- porque estaba buscando
a un hipopótamo. Ahora que lo que ocurrió es que aquella mañana no habia nada
que se le pareciese por la casa.
--Y, ¿es que sí suele haberlos, por lo
general? --preguntó Alicia muy asombrada.
--Bueno, sólo los jueves --replicó la Reina.
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…Ahora, veamos, gatito: pensemos bien quién fue el que ha
soñado todo esto.…Tuve que ser yo o tuvo que ser el Rey rojo, a la fuerza.
¡Pues claro que él fue parte de mi sueño!..., pero también es verdad que yo fui
parte del suyo.
¿Quién creéis vosotros que fue?
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Lewis Carroll .-Lo que la
tortuga le dijo a Aquiles
Aquiles dio alcance a la Tortuga y tomó asiento en su caparazón.
—Ha llegado el final de nuestra carrera —dijo la Tortuga—, y ello a
pesar de que se componía de una serie infinita de distancias. Tenía entendido
que algún sabihondo había probado que eso era imposible.
—Es posible —dijo Aquiles—. ¡Es un hecho! Solvitur ambulando.
—¿Quiere que le cuente una carrera que todo el mundo cree poder terminar
en dos o tres pasos y que, en realidad, consta de un número infinito de distancias?
¡Tome nota!
El guerrero sacó de su casco (pocos disponían de bolsillos en aquellos
tiempos) una libreta y un lápiz. La Tortuga le dictó: “A. Dos cosas iguales a
una tercera son iguales entre sí; B. Los dos lados de este triángulo son
iguales a un tercero; Z. Los dos lados de este triángulo son iguales entre sí”.
—¿Está de acuerdo en que todo el que acepte A y B como verdaderas, debe
aceptar Z como verdadera? —indagó la Tortuga.
—¡Sin duda!
—O sea que hay una proposición hipotética que dice: “si A y B son
verdaderas, Z debe ser verdadera”. Alguien podría aceptar las dos premisas,
pero no la conclusión…
—Ciertamente —dijo Aquiles—, pero más valdría que se dedicara al fútbol.
—Llamemos C a esa proposición hipotética. Agréguela, por favor, antes de
Z.
—En lugar de Z, deberíamos llamarla D —propuso Aquiles—: viene
inmediatamente después de las otras tres. Si acepta usted A y B y C, debe usted
aceptar Z.
—¿Y por qué debo aceptarla? —preguntó la Tortuga.
—Se sigue lógicamente de ellas: si A y B y C son verdaderas, Z debe ser
verdadera.
—O sea que hay otra proposición hipotética que dice: “si A y B y C son
verdaderas, Z debe ser verdadera”.
—Parece…
—Llamémosla D. Anótela, por favor, antes de Z.
—¡Por fin hemos llegado a la meta de esta carrera ideal: ahora que
acepta usted A y B y C y D, por supuesto que acepta Z.
—¿La acepto? —dijo la Tortuga con ingenuidad—. Acepto A y B y C y D; sin
embargo, supongamos que me niego a aceptar Z.
—En ese caso, la lógica la cogería a usted por el cuello y le diría que
no tiene otro recurso: si ha aceptado A y B y C y D, debe usted aceptar Z. No
hay alternativa.
—Todo lo que la lógica tenga a bien decirme, merece ser anotado —dijo la
Tortuga—. Así que apúntelo en su libreta, por favor. Lo llamaremos E…
Meses después, Aquiles estaba todavía sentado en el caparazón de la muy
paciente Tortuga, escribiendo en su libreta de notas, que ya parecía estar
llena.
………………..
CARTAS
A Mary Macdonald
Christ Church, Oxford
14 de noviembre, 1864
Mi querida Mary:
Érase una vez una niña que
tenía un viejo tío cascarrabias (sus vecinos lo llamaban Cascajo, fuera cual
fuera el significado) y la niña le había prometido copiarle un soneto que Mr.
Rossetti había escrito sobre Shakespeare. Bueno, pues ella no lo hizo, y al
pobre anciano la nariz se le hacía más y más larga, y la paciencia más y más
corta, y correo tras correo pasaba sin que llegara el soneto… Lo dejo aquí para
explicarte cómo se enviaban las cartas en aquellos tiempos: no había verjas,
por tanto los buzones de correo no podían estar fijos en ellas; en
consecuencia, si querías enviar una carta tenías que atarla al buzón de correos
que fuese en esa dirección (sólo que a veces cambiaban de idea, lo cual era un
fastidio). A eso se le llamaba «enviar una carta por correo». En aquellos
tiempos hacían las cosas de modo muy sencillo. Si tenías mucho dinero,
excavabas en un banco de arena y lo metías rápidamente en el agujero: a eso se
le llamaba «ingresar dinero en el banco», y la gente se quedaba tan ancha. Y el
modo de viajar era el siguiente: había raíles a todo lo largo del camino; te
subías a ellos y caminabas guardando el equilibrio lo mejor que podías, hasta
caerte (lo que ocurría muy pronto). La gente se iba así entrenando, en lo que
por eso se llamaba «viajar en tren». Y volviendo a la niña perversa, su final
fue que vino un gran LOBO negro y… preferiría no seguir, pero nada quedó de
ella salvo tres huesecillos.
Sin comentarios. Es una
historia mas bien horrible.
Tu querido amigo,
C.L. Dodgson
……………
A Agnes Hughes
¿1871?
(En carta anterior, Carroll le cuenta a Agnes que le han visitado
tres gatos tan desagradables que tuvo que defenderse con un rodillo y dejarlos
«como un hojaldre.»)
Mi querida Agnes:
Más acerca de los gatos.
Naturalmente no los dejé tirados en el suelo como flores secas, no: los recogí
y los traté con la máxima amabilidad. Les puse, a modo de cama, un portafolio,
pues ya te imaginas qué incómodos habrían estado en una cama auténtica: estaban
demasiado delgados. Se sentían perfectamente a gusto entre las hojas de papel
secante, y cada cual tenía como almohada un limpiaplumas. Bueno, entonces me
fui a la cama; pero primero, por si querían llamar durante la noche, les dejé
las tres campanillas de la cena.
Tú sabes que tengo tres:
la primera (que es la más grande) se toca cuando la cena está casi preparada;
la segunda (bastante más grande que la primera) se toca cuando está totalmente
lista; y la tercera (que es tan grande como las otras dos juntas) se toca
mientras dura la cena. Bueno, les dije que las tocaran si querían algo… y, como
se pasaron toda la noche tocando las campanillas, supongo que querían algo,
pero yo estaba demasiado dormido para atenderlos.
A la mañana siguiente les
di jalea de cola de rata y mantequilla de ratón para desayunar, y reaccionaron
con el mayor disgusto. Querían un poco de pingüino hervido, pero por supuesto
yo sabía que no les iba a sentar bien. Así que me limité a decirles: «Id a
Finborough Road, n.º 2, y preguntad por Agnes Hughes: si ella es realmente
buena con vosotros, os dará algo». Entonces les estreché la mano, les deseé
buena suerte y los conduje a la chimenea. Parecían muy apenados de irse y se
llevaron consigo las campanillas y el portafolio. No los eché de menos hasta
que se habían ido, y entonces yo también me apené y deseé que me los volvieran.
¿A qué se refiere «los»? Da igual.
¿Cómo están Arthur, y Amy,
y Emily? ¿Siguen corriendo arriba y abajo por Finborough Road, y enseñando a
los gatos a ser amables con los ratones? Me gustan mucho los gatos de
Finborough Road.
Dales mi cariño.
¿A quién se refiere «les»?
Da igual.
Tu afectuoso amigo,
Lewis Carroll
https://www.elcopoylarueca.com/lewis-carroll-y-las-ninas-incluye-fotografias-y-cartas/