miércoles, 26 de agosto de 2020
martes, 18 de agosto de 2020
Pedro Páramo
Pedro Páramo
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte». Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me
había dicho:
—No vayas a pedirle
nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El
olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir
mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo
a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la
esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por
eso vine a Comala.
Era ese tiempo de la
canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor
podrido de las saponarias.
El camino subía y
bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el
que viene, baja».
—¿Cómo dice usted que
se llama el pueblo que se ve allá abajo?
—Comala, señor.
—¿Está seguro de que
ya es Comala?
—Seguro, señor.
—¿Y por qué se ve
esto tan triste?
—Son los tiempos,
señor.
Yo imaginaba ver
aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos
de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero
jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró
estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: «Hay allí, pasando el puerto
de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por
el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra,
iluminándola durante la noche». Y su voz era secreta, casi apagada, como si
hablara consigo misma… Mi madre.
—¿Y a qué va usted a
Comala, si se puede saber? —oí que me preguntaban.
—Voy a ver a mi padre
—contesté.
—¡Ah! —dijo él.
Y volvimos al
silencio.
Caminábamos cuesta
abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos reventados por el sopor
del sueño, en la canícula de agosto.
—Bonita fiesta le va
a armar —volví a oír la voz del que iba allí a mi lado—. Se pondrá contento de
ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí.
Luego añadió:
—Sea usted quien sea,
se alegrará de verlo.
En la reverberación
del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por
donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y
todavía más allá, la más remota lejanía.
—¿Y qué trazas tiene
su padre, si se puede saber?
—No lo conozco —le
dije—. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.
—¡Ah!, vaya.
—Sí, así me dijeron
que se llamaba.
Oí otra vez el «¡ah!»
del arriero.
Me había topado con
él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí
esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
—¿Adónde va usted?
—le pregunté.
—Voy para abajo,
señor.
—¿Conoce un lugar
llamado Comala?
—Para allá mismo voy.
Y lo seguí. Fui tras
él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía
y disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi
nos tocábamos los hombros.
—Yo también soy hijo
de Pedro Páramo —me dijo.
Una bandada de
cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar.
Después de trastumbar
los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba
y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en
espera de algo.
—Hace calor aquí
—dije.
—Sí, y esto no es
nada —me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos
a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del
infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al
infierno regresan por su cobija.
—¿Conoce usted a
Pedro Páramo? —le pregunté.
Me atreví a hacerlo
porque vi en sus ojos una gota de confianza.
—¿Quién es? —volví a
preguntar.
—Un rencor vivo —me
contestó él.
Y dio un pajuelazo
contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho más adelante de
nosotros, encarrerados por la bajada.
Sentí el retrato de
mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si
ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el
único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina,
dentro de una cazuela llena de yerbas: hojas de toronjil, flores de Castilla,
ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue
enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y así parecía
ser; porque el suyo estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del
corazón tenía uno muy grande donde bien podía caber el dedo del corazón.
Es el mismo que
traigo aquí, pensando que podría dar buen resultado para que mi padre me
reconociera.
—Mire usted —me dice
el arriero, deteniéndose—: ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puercos? Pues
detrasito de ella está la Media Luna. Ahora voltié para allá. ¿Ve la ceja de
aquel cerro? Véala. Y ahora voltié para este otro rumbo. ¿Ve la otra ceja que casi
no se ve de lo lejos que está? Bueno, pues eso es la Media Luna de punta a
cabo. Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar con la mirada. Y es
de él todo ese terrenal. El caso es que nuestras madres nos malparieron en un
petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. Y lo más chistoso es que él nos
llevó a bautizar. Con usted debe haber pasado lo mismo, ¿no?
—No me acuerdo.
—¡Váyase mucho al
carajo!
—¿Qué dice usted?
—Que ya estamos
llegando, señor.
—Sí, ya lo veo. ¿Qué
pasó por aquí?
—Un correcaminos,
señor. Así les nombran a esos pájaros.
—No, yo preguntaba
por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no
lo habitara nadie.
—No es que lo
parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
—¿Y Pedro Páramo?
—Pedro Páramo murió
hace muchos años.
Era la hora en que
los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la
tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.
Al menos eso había
visto en Sayula, todavía ayer, a esta misma hora. Y había visto también el
vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se
desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos
de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer.
Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las
piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas,
repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando por la
calle real en esa hora. Miré las casas vacías; las puertas desportilladas,
invadidas de yerba. ¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba? «La
capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para invadir
las casas. Así las verá usted».
Al cruzar una
bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no
existiera. Después volvieron a moverse mis pasos y mis ojos siguieron
asomándose al agujero de las puertas. Hasta que nuevamente la mujer del rebozo
se cruzó frente a mí.
—¡Buenas noches! —me
dijo.
La seguí con la
mirada. Le grité.
—¿Dónde vive doña
Eduviges?
Y ella señaló con el
dedo:
—Allá. La casa que
está junto al puente.
Me di cuenta que su
voz estaba hecha de hebras humanas, que su boca tenía dientes y una lengua que
se trababa y destrababa al hablar, y que sus ojos eran como todos los ojos de
la gente que vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió a darme las
buenas noches. Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules,
sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era
porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía
llena de ruidos y de voces.
De voces, sí. Y aquí,
donde el aire era escaso, se oían mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me
acordé de lo que me había dicho mi madre. «Allá me oirás mejor. Estaré más
cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi
muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz». Mi madre… la
viva.
Hubiera querido
decirle: «Te equivocaste de domicilio. Me diste una dirección mal dada. Me
mandaste al “¿dónde es esto y dónde es aquello?”. A un pueblo solitario.
Buscando a alguien que no existe».
Llegué a la casa del
puente orientándome por el sonar del río. Toqué la puerta; pero en falso. Mi
mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto. Una mujer estaba
allí. Me dijo:
—Pase usted.
Y entré.
Me había quedado en
Comala. El arriero, que se siguió de filo, me informó todavía antes de
despedirse:
—Yo voy más allá,
donde se ve la trabazón de los cerros. Allá tengo mi casa. Si usted quiere
venir, será bienvenido. Ahora que si quiere quedarse aquí, ahí se lo haiga;
aunque no estaría por demás que le echara una ojeada al pueblo, tal vez
encuentre algún vecino viviente.
Y me quedé. A eso
venía.
—¿Dónde podré
encontrar alojamiento? —le pregunté ya casi a gritos.
—Busque a doña
Eduviges, si es que todavía vive. Dígale que va de mi parte.
—¿Y cómo se llama
usted?
—Abundio —me
contestó. Pero ya no alcancé a oír el apellido.
—Soy Eduviges Dyada.
Pase usted.
Parecía que me
hubiera estado esperando. Tenía todo dispuesto, según me dijo, haciendo que la
siguiera por una larga serie de cuartos oscuros, al parecer desolados.
Pero no; porque, en
cuanto me acostumbré a la oscuridad y al delgado hilo de luz que nos seguía, vi
crecer sombras a ambos lados y sentí que íbamos caminando a través de un
angosto pasillo abierto entre bultos.
—¿Qué es lo que hay
aquí? —pregunté.
—Tiliches —me dijo
ella—. Tengo la casa toda entilichada. La escogieron para guardar sus muebles
los que se fueron, y nadie ha regresado por ellos. Pero el cuarto que le he
reservado está al fondo. Lo tengo siempre descombrado por si alguien viene. ¿De
modo que usted es hijo de ella?
—¿De quién?
—respondí.
—De Doloritas.
—Sí, pero ¿cómo lo
sabe?
—Ella me avisó que
usted vendría. Y hoy precisamente. Que llegaría hoy.
—¿Quién? ¿Mi madre?
—Sí. Ella.
Yo no supe qué
pensar. Ni ella me dejó en qué pensar:
—Éste es su cuarto
—me dijo.
No tenía puertas,
solamente aquella por donde habíamos entrado. Encendió la vela y lo vi vacío.
—Aquí no hay dónde
acostarse —le dije.
—No se preocupe por
eso. Usted ha de venir cansado y el sueño es muy buen colchón para el
cansancio. Ya mañana le arreglaré su cama. Como usted sabe, no es fácil
ajuarear las cosas en un dos por tres. Para eso hay que estar prevenido, y la
madre de usted no me avisó sino hasta ahora.
—Mi madre —dije—, mi
madre ya murió.
—Entonces ésa fue la
causa de que su voz se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar
una distancia muy larga para llegar hasta aquí. Ahora lo entiendo. ¿Y cuánto
hace que murió?
—Hace ya siete días.
—Pobre de ella. Se ha
de haber sentido abandonada. Nos hicimos la promesa de morir juntas. De irnos
las dos para darnos ánimo una a la otra en el otro viaje, por si se necesitara,
por si acaso encontrábamos alguna dificultad. Éramos muy amigas. ¿Nunca le
habló de mí?
—No, nunca.
—Me parece raro.
Claro que entonces éramos unas chiquillas. Y ella estaba apenas recién casada.
Pero nos queríamos mucho. Tu madre era tan bonita, tan, digamos, tan tierna,
que daba gusto quererla. Daban ganas de quererla. ¿De modo que me lleva
ventaja, no? Pero ten la seguridad de que la alcanzaré. Sólo yo entiendo lo
lejos que está el cielo de nosotros; pero conozco cómo acortar las veredas.
Todo consiste en morir, Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él lo
disponga. O, si tú quieres, forzarlo a disponer antes de tiempo. Perdóname que
te hable de tú; lo hago porque te considero como mi hijo. Sí, muchas veces
dije: «El hijo de Dolores debió haber sido mío». Después te diré por qué. Lo
único que quiero decirte ahora es que alcanzaré a tu madre en alguno de los
caminos de la eternidad.
Yo creía que aquella
mujer estaba loca. Luego ya no creí nada. Me sentí en un mundo lejano y me dejé
arrastrar. Mi cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había
soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo.
—Estoy cansado —le
dije.
—Ven a tomar antes
algún bocado. Algo de algo. Cualquier cosa.
—Iré. Iré después.
El agua que goteaba
de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas, plas y luego
otra vez plas en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida
en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta. Ahora de vez en
cuando la brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia
espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. Las
gallinas, engarruñadas como si durmieran, sacudían de pronto sus alas y salían
al patio, picoteando de prisa, atrapando las lombrices desenterradas por la
lluvia. Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo
de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a
las hojas con que jugaba el aire.
—¿Qué tanto haces en
el excusado, muchacho?
—Nada, mamá.
—Si sigues allí va a
salir una culebra y te va a morder.
—Sí, mamá.
«Pensaba en ti,
Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire.
Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él,
arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el
viento. “Ayúdame, Susana”. Y unas manos suaves se apretaban a nuestras manos.
“Suelta más hilo”».
»El aire nos hacía
reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los
dedos detrás del viento, hasta que se rompía con un leve crujido como si
hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de
papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor
de la tierra.
»Tus labios estaban
mojados como si los hubiera besado el rocío».
—Te he dicho que te
salgas del excusado, muchacho.
—Sí, mamá. Ya voy:
«De ti me acordaba.
Cuando tú estabas allí mirándome con tus ojos de aguamarina».
Alzó la vista y miró
a su madre en la puerta.
—¿Por qué tardas
tanto en salir? ¿Qué haces aquí?
—Estoy pensando.
—¿Y no puedes hacerlo
en otra parte? Es dañoso estar mucho tiempo en el excusado. Además, debías de
ocuparte en algo. ¿Por qué no vas con tu abuela a desgranar maíz?
—Ya voy, mamá. Ya
voy.
—Abuela, vengo a
ayudarle a desgranar maíz.
—Ya terminamos; pero
vamos a hacer chocolate. ¿Dónde te habías metido? Todo el rato que duró la
tormenta te anduvimos buscando.
—Estaba en el otro
patio.
—¿Y qué estabas
haciendo? ¿Rezando?
—No, abuela,
solamente estaba viendo llover.
La abuela lo miró con
aquellos ojos medio grises, medio amarillos, que ella tenía y que parecían
adivinar lo que había dentro de uno.
—Vete, pues, a limpiar
el molino.
«A centenares de
metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida
tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina
Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis
palabras».
—Abuela, el molino no
sirve, tiene el gusano roto.
—Esa Micaela ha de
haber molido molcates en él. No se le quita esa mala costumbre; pero en fin, ya
no tiene remedio.
—¿Por qué no
compramos otro? Éste ya de tan viejo ni servía.
—Dices bien. Aunque
con los gastos que hicimos para enterrar a tu abuelo y los diezmos que le hemos
pagado a la Iglesia nos hemos quedado sin un centavo. Sin embargo, haremos un
sacrificio y compraremos otro. Sería bueno que fueras a ver a doña Inés
Villalpando y le pidieras que nos lo fiara para octubre. Se lo pagaremos en las
cosechas.
—Sí, abuela.
—Y de paso, para que
hagas el mandado completo, dile que nos empreste un cernidor y una podadera;
con lo crecidas que están las matas ya mero se nos meten en las trasijaderas.
Si yo tuviera mi casa grande, con aquellos grandes corrales que tenía, no me
estaría quejando. Pero tu abuelo le jerró con venirse aquí. Todo sea por Dios:
nunca han de salir las cosas como uno quiere. Dile a doña Inés que le pagaremos
en las cosechas todo lo que le debemos.
—Sí, abuela.
Había chuparrosas.
Era la época. Se oía el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín que se
caía de flores.
Se dio una vuelta por
la repisa del Sagrado Corazón y encontró veinticuatro centavos. Dejó los cuatro
centavos y tomó el veinte.
Antes de salir, su
madre lo detuvo:
—¿Adónde vas?
—Con doña Inés
Villalpando por un molino nuevo. El que teníamos se quebró.
—Dile que te dé un
metro de tafeta negra, como ésta —y le dio la muestra—. Que lo cargue en
nuestra cuenta.
—Muy bien, mamá.
—A tu regreso
cómprame unas cafiaspirinas. En la maceta del pasillo encontrarás dinero.
Encontró un peso.
Dejó el veinte y agarró el peso.
«Ahora me sobrará
dinero para lo que se ofrezca», pensó.
—¡Pedro! —le
gritaron—. ¡Pedro!
Pero él ya no oyó.
Iba muy lejos.
Por la noche volvió a
llover. Se estuvo oyendo el borbotar del agua durante largo rato; luego se ha
de haber dormido, porque cuando despertó sólo se oía una llovizna callada. Los
vidrios de la ventana estaban opacos, y del otro lado las gotas resbalaban en
hilos gruesos como de lágrimas. «Miraba caer las gotas iluminadas por los
relámpagos, y cada vez que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba, pensaba
en ti, Susana».
La lluvia se
convertía en brisa. Oyó: «El perdón de los pecados y la resurrección de la
carne. Amén». Eso era acá adentro, donde unas mujeres rezaban el final del
rosario. Se levantaban; encerraban los pájaros; atrancaban la puerta; apagaban
la luz.
Sólo quedaba la luz
de la noche, el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos…
—¿Por qué no has ido
a rezar el rosario? Estamos en el novenario de tu abuelo.
Allí estaba su madre
en el umbral de la puerta, con una vela en la mano. Su sombra descorrida hacia
el techo, larga, desdoblada. Y las vigas del techo la devolvían en pedazos,
despedazada.
—Me siento triste
—dijo.
Entonces ella se dio
vuelta. Apagó la llama de la vela. Cerró la puerta y abrió sus sollozos, que se
siguieron oyendo confundidos con la lluvia.
El reloj de la
iglesia dio las horas, una tras otra, una tras otra, como si se hubiera
encogido el tiempo.
—Pues sí, yo estuve a
punto de ser tu madre. ¿Nunca te platicó ella nada de esto?
—No. Sólo me contaba
cosas buenas. De usted vine a saber por el arriero que me trajo hasta aquí, un
tal Abundio.
—El bueno de Abundio.
¿Así que todavía me recuerda? Yo le daba sus propinas por cada pasajero que
encaminara a mi casa. Y a los dos nos iba bien. Ahora, desventuradamente, los
tiempos han cambiado, pues desde que esto está empobrecido ya nadie se comunica
con nosotros. ¿De modo que él te recomendó que vinieras a verme?
—Me encargó que la
buscara.
—No puedo menos que
agradecérselo. Fue buen hombre y muy cumplido. Era quien nos acarreaba el
correo, y lo siguió haciendo todavía después que se quedó sordo. Me acuerdo del
desventurado día que le sucedió su desgracia. Todos nos conmovimos, porque
todos lo queríamos. Nos llevaba y traía cartas. Nos contaba cómo andaban las
cosas allá del otro lado del mundo, y seguramente a ellos les contaba cómo
andábamos nosotros. Era un gran platicador. Después ya no. Dejó de hablar.
Decía que no tenía sentido ponerse a decir cosas que él no oía, que no le
sonaban a nada, a las que no les encontraba ningún sabor. Todo sucedió a raíz
de que le tronó muy cerca de la cabeza uno de esos cohetones que usamos aquí
para espantar las culebras de agua. Desde entonces enmudeció, aunque no era
mudo; pero, eso sí, no se le acabó lo buena gente.
—Éste de que le hablo
oía bien.
—No debe ser él.
Además, Abundio ya murió. Debe haber muerto seguramente. ¿Te das cuenta? Así
que no puede ser él.
—Estoy de acuerdo con
usted.
—Bueno, volviendo a
tu madre, te iba diciendo…
Sin dejar de oírla,
me puse a mirar a la mujer que tenía frente a mí. Pensé que debía haber pasado
por años difíciles. Su cara se transparentaba como si no tuviera sangre, y sus
manos estaban marchitas; marchitas y apretadas de arrugas. No se le veían los
ojos. Llevaba un vestido blanco muy antiguo, recargado de holanes, y del
cuello, enhilada en un cordón, le colgaba una María Santísima del Refugio con
un letrero que decía: «Refugio de pecadores».
—… Ese sujeto de que
te estoy hablando trabajaba como «amansador» en la Media Luna; decía llamarse
Inocencio Osorio. Aunque todos lo conocíamos por el mal nombre del Saltaperico
por ser muy liviano y ágil para los brincos. Mi compadre Pedro decía que estaba
que ni mandado a hacer para amansar potrillos; pero lo cierto es que él tenía
otro oficio: el de «provocador». Era provocador de sueños. Eso es lo que era
verdaderamente. Y a tu madre la enredó como lo hacía con muchas. Entre otras,
conmigo. Una vez que me sentí enferma se presentó y me dijo: «Te vengo a
pulsear para que te alivies». Y todo aquello consistía en que se soltaba
sobándola a una, primero en las yemas de los dedos, luego restregando las
manos; después los brazos, y acababa metiéndose con las piernas de una, en
frío, así que aquello al cabo de un rato producía calentura. Y, mientras
maniobraba, te hablaba de tu futuro. Se ponía en trance, remolineaba los ojos
invocando y maldiciendo; llenándote de escupitajos como hacen los gitanos. A
veces se quedaba en cueros porque decía que ése era nuestro deseo. Y a veces le
atinaba; picaba por tantos lados que con alguno tenía que dar.
»La cosa es que el
tal Osorio le pronosticó a tu madre, cuando fue a verlo, que “esa noche no
debía repegarse a ningún hombre porque estaba brava la luna”.
»Dolores fue a
decirme toda apurada que no podía. Que simplemente se le hacía imposible
acostarse esa noche con Pedro Páramo. Era su noche de bodas. Y ahí me tienes a
mí tratando de convencerla de que no se creyera del Osorio, que por otra parte
era un embaucador embustero.
»—No puedo —me dijo—.
Anda tú por mí. No lo notará.
»Claro que yo era
mucho más joven que ella. Y un poco menos morena; pero esto ni se nota en lo
oscuro.
»—No puede ser,
Dolores, tienes que ir tú.
»—Hazme ese favor. Te
lo pagaré con otros.
»Tu madre en ese
tiempo era una muchachita de ojos humildes. Si algo tenía bonito tu madre, eran
los ojos. Y sabían convencer.
»—Ve tú en mi lugar
—me decía.
»Me valí de la
oscuridad y de otra cosa que ella no sabía: y es que a mí también me gustaba
Pedro Páramo.
»Me acosté con él,
con gusto, con ganas. Me atrinchilé a su cuerpo; pero el jolgorio del día
anterior lo había dejado rendido, así que se pasó la noche roncando. Todo lo
que hizo fue entreverar sus piernas entre mis piernas.
»Antes que amaneciera
me levanté y fui a ver a Dolores. Le dije:
»—Ahora anda tú. Éste
es ya otro día.
»—¿Qué te hizo? —me
preguntó.
»—Todavía no lo sé
—le contesté.
»Al año siguiente
naciste tú; pero no de mí, aunque estuvo en un pelo que así fuera.
»Quizá tu madre no te
contó esto por vergüenza.
»… Llanuras
verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el
rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el
olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada…».
»Ella siempre odió a
Pedro Páramo. “¡Doloritas! ¿Ya ordenó que me preparen el desayuno?”. Y tu madre
se levantaba antes del amanecer. Prendía el nixtenco. Los gatos se despertaban
con el olor de la lumbre. Y ella iba de aquí para allá, seguida por el rondín
de gatos. “¡Doña Doloritas!”.
»¿Cuántas veces oyó
tu madre aquel llamado? “Doña Doloritas, esto está frío. Esto no sirve”.
¿Cuántas veces? Y aunque estaba acostumbrada a pasar lo peor, sus ojos humildes
se endurecieron.
»… No sentir
otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo».
»Entonces comenzó a
suspirar.
»—¿Por qué suspira
usted, Doloritas?
»Yo los había
acompañado esa tarde. Estábamos en mitad del campo mirando pasar las parvadas
de los tordos. Un zopilote solitario se mecía en el cielo.
»—¿Por qué suspira
usted, Doloritas?
»—Quisiera ser
zopilote para volar a donde vive mi hermana.
»—No faltaba más,
doña Doloritas. Ahora mismo irá usted a ver a su hermana. Regresemos. Que le
preparen sus maletas. No faltaba más.
»Y tu madre se fue:
»—Hasta luego, don
Pedro.
»—¡Adiós, Doloritas!
»Se fue de la Media
Luna para siempre. Yo le pregunté muchos meses después a Pedro Páramo por ella.
»—Quería más a su
hermana que a mí. Allá debe estar a gusto. Además ya me tenía enfadado. No
pienso inquirir por ella, si es eso lo que te preocupa.
»—¿Pero de qué
vivirán?
»—Que Dios los
asista».
«… El
abandono en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro».
—Y así hasta ahora
que ella me avisó que vendrías a verme, no volvimos a saber más de ella.
—La de cosas que han
pasado —le dije—. Vivíamos en Colima arrimados a la tía Gertrudis que nos
echaba en cara nuestra carga. «¿Por qué no regresas con tu marido?», le decía a
mi madre.
»—¿Acaso él ha
enviado por mí? No me voy si él no me llama. Vine porque te quería ver. Porque
te quería, por eso vine.
»—Lo comprendo. Pero
ya va siendo hora de que te vayas.
»—Si consistiera en
mí».
Pensé que aquella
mujer me estaba oyendo; pero noté que tenía borneada la cabeza como si
escuchara algún rumor lejano. Luego dijo:
—¿Cuándo descansarás?
«El día que te fuiste
entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde,
por el crepúsculo ensangrentado del cielo. Sonreías. Dejabas atrás un pueblo
del que muchas veces me dijiste: “Lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo
demás, hasta por haber nacido en él”. Pensé: “No regresará jamás; no volverá
nunca”».
—¿Qué haces aquí a
estas horas? ¿No estás trabajando?
—No, abuela. Rogelio
quiere que le cuide al niño. Me paso paseándolo. Cuesta trabajo atender las dos
cosas: al niño y el telégrafo, mientras que él se vive tomando cervezas en el
billar. Además no me paga nada.
—No estás allí para
ganar dinero, sino para aprender; cuando ya sepas algo, entonces podrás ser
exigente. Por ahora eres sólo un aprendiz; quizá mañana o pasado llegues a ser
tú el jefe. Pero para eso se necesita paciencia y, más que nada, humildad. Si
te ponen a pasear al niño, hazlo, por el amor de Dios. Es necesario que te
resignes.
—Que se resignen
otros, abuela, yo no estoy para resignaciones.
—¡Tú y tus rarezas!
Siento que te va a ir mal, Pedro Páramo.
—¿Qué es lo que pasa,
doña Eduviges?
Ella sacudió la
cabeza como si despertara de un sueño.
—Es el caballo de
Miguel Páramo, que galopa por el camino de la Media Luna.
—¿Entonces vive
alguien en la Media Luna?
—No, allí no vive
nadie.
—¿Entonces?
—Solamente es el
caballo que va y viene. Ellos eran inseparables. Corre por todas partes buscándolo
y siempre regresa a estas horas. Quizá el pobre no puede con su remordimiento.
¿Cómo hasta los animales se dan cuenta de cuando cometen un crimen, no?
—No entiendo. Ni he
oído ningún ruido de ningún caballo.
—¿No?
—No.
—Entonces es cosa de
mi sexto sentido. Un don que Dios me dio; o tal vez sea una maldición. Sólo yo
sé lo que he sufrido a causa de esto.
Guardó silencio un
rato y luego añadió:
—Todo comenzó con
Miguel Páramo. Sólo yo supe lo que le había pasado la noche que murió. Estaba
ya acostada cuando oí regresar su caballo rumbo a la Media Luna. Me extrañó
porque nunca volvía a esas horas. Siempre lo hacía entrada la madrugada. Iba a
platicar con su novia a un pueblo llamado Contla, algo lejos de aquí. Salía
temprano y tardaba en volver. Pero esa noche no regresó… ¿Lo oyes ahora? Está
claro que se oye. Viene de regreso.
—No oigo nada.
—Entonces es cosa
mía. Bueno, como te estaba diciendo, eso de que no regresó es un puro decir. No
había acabado de pasar su caballo cuando sentí que me tocaban por la ventana.
Ve tú a saber si fue ilusión mía. Lo cierto es que algo me obligó a ir a ver
quién era. Y era él, Miguel Páramo. No me extrañó verlo, pues hubo un tiempo
que se pasaba las noches en mi casa durmiendo conmigo, hasta que encontró esa
muchacha que le sorbió los sesos.
»—¿Qué pasó? —le dije
a Miguel Páramo—. ¿Te dieron calabazas?
»—No. Ella me sigue
queriendo —me dijo—. Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió
el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no
existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a
contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala
dirían que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy.
»—No. Loco no,
Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a
matar algún día. Acuérdate, Miguel Páramo. Tal vez te pusiste a hacer locuras y
eso ya es otra cosa.
»—Sólo brinqué el
lienzo de piedra que últimamente mandó poner mi padre. Hice que elColorado lo
brincara para no ir a dar ese rodeo tan largo que hay que hacer ahora para
encontrar el camino. Sé que lo brinqué y después seguí corriendo; pero, como te
digo, no había más que humo y humo y humo.
»—Mañana tu padre se
torcerá de dolor —le dije—. Lo siento por él. Ahora vete y descansa en paz,
Miguel. Te agradezco que hayas venido a despedirte de mí.
»Y cerré la ventana.
»Antes de que
amaneciera un mozo de la Media Luna vino a decir:
»—El patrón don Pedro
le suplica. El niño Miguel ha muerto. Le suplica su compañía.
»—Ya lo sé —le dije—.
¿Te pidieron que lloraras?
»—Sí, don Fulgor me
dijo que se lo dijera llorando.
»—Está bien. Dile a
don Pedro que allá iré. ¿Hace mucho que lo trajeron?
»—No hace ni media
hora. De ser antes, tal vez se hubiera salvado. Aunque, según el doctor que lo
palpó, ya estaba frío desde tiempo atrás. Lo supimos porque el Colorado volvió
solo y se puso tan inquieto que no dejó dormir a nadie. Usted sabe cómo se
querían él y el caballo, y hasta estoy por creer que el animal sufre más que
don Pedro. No ha comido ni dormido y nomás se vuelve un puro corretear. Como
que sabe, ¿sabe usted? Como que se siente despedazado y carcomido por dentro.
»—No se te olvide
cerrar la puerta cuando te vayas.
»Y el mozo de la
Media Luna se fue».
«—¿Has oído alguna vez
el quejido de un muerto?», me preguntó a mí.
—No, doña Eduviges.
—Más te vale.
En el hidrante las
gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer
sobre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que
van y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda
haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado.
«¡Despierta!», le
dicen.
Reconoce el sonido de
la voz. Trata de adivinar quién es; pero el cuerpo se afloja y cae adormecido,
aplastado por el peso del sueño. Unas manos estiran las cobijas prendiéndose de
ellas, y debajo de su calor el cuerpo se esconde buscando la paz.
«¡Despiértate!»,
vuelven a decir.
La voz sacude los
hombros. Hace enderezar el cuerpo. Entreabre los ojos. Se oyen las gotas de
agua que caen del hidrante sobre el cántaro raso. Se oyen pasos que se
arrastran… Y el llanto.
Entonces oyó el
llanto. Eso lo despertó: un llanto suave, delgado, que quizá por delgado pudo
traspasar la maraña del sueño, llegando hasta el lugar donde anidan los
sobresaltos.
Se levantó despacio y
vio la cara de una mujer recostada contra el marco de la puerta, oscurecida
todavía por la noche, sollozando.
—¿Por qué lloras,
mamá? —preguntó; pues en cuanto puso los pies en el suelo reconoció el rostro
de su madre.
—Tu padre ha muerto
—le dijo.
Y luego, como si se
le hubieran soltado los resortes de su pena, se dio vuelta sobre sí misma una y
otra vez, una y otra vez, hasta que unas manos llegaron hasta sus hombros y
lograron detener el rebullir de su cuerpo.
Por la puerta se veía
el amanecer en el cielo. No había estrellas. Sólo un cielo plomizo, gris, aún
no aclarado por la luminosidad del sol. Una luz parda, como si no fuera a
comenzar el día, sino como si apenas estuviera llegando el principio de la noche.
Afuera en el patio,
los pasos, como de gente que ronda. Ruidos callados. Y aquí, aquella mujer, de
pie en el umbral; su cuerpo impidiendo la llegada del día; dejando asomar, a
través de sus brazos, retazos de cielo, y debajo de sus pies regueros de luz;
una luz asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegado en
lágrimas. Y después el sollozo. Otra vez el llanto suave pero agudo, y la pena
haciendo retorcer su cuerpo.
—Han matado a tu
padre.
—¿Y a ti quién te
mató, madre?
«Hay aire y sol, hay
nubes. Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez
mejores voces… Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra
nuestro pesar».
»Pero no para ti,
Miguel Páramo, que has muerto sin perdón y no alcanzarás ninguna gracia».
El padre Rentería dio
vuelta al cuerpo y entregó la misa al pasado. Se dio prisa por terminar pronto
y salió sin dar la bendición final a aquella gente que llenaba la iglesia.
—¡Padre, queremos que
nos lo bendiga!
—¡No! —dijo moviendo
negativamente la cabeza—. No lo haré. Fue un mal hombre y no entrará al Reino
de los Cielos. Dios me tomará a mal que interceda por él.
Lo decía, mientras
trataba de retener sus manos para que no enseñaran su temblor. Pero fue.
Aquel cadáver pesaba
mucho en el ánimo de todos. Estaba sobre una tarima, en medio de la iglesia,
rodeado de cirios nuevos, de flores, de un padre que estaba detrás de él, solo,
esperando que terminara la velación.
El padre Rentería
pasó junto a Pedro Páramo procurando no rozarle los hombros. Levantó el hisopo
con ademanes suaves y roció el agua bendita de arriba abajo, mientras salía de
su boca un murmullo, que podía ser de oraciones. Después se arrodilló y todo el
mundo se arrodilló con él:
—Ten piedad de tu
siervo, Señor.
—Que descanse en paz,
amén —contestaron las voces.
Y cuando empezaba a
llenarse nuevamente de cólera, vio que todos abandonaban la iglesia llevándose
el cadáver de Miguel Páramo.
Pedro Páramo se
acercó, arrodillándose a su lado:
—Yo sé que usted lo
odiaba, padre. Y con razón. El asesinato de su hermano, que según rumores fue
cometido por mi hijo; el caso de su sobrina Ana, violada por él según el juicio
de usted; las ofensas y falta de respeto que le tuvo en ocasiones, son motivos
que cualquiera puede admitir. Pero olvídese ahora, padre. Considérelo y
perdónelo como quizá Dios lo haya perdonado.
Puso sobre el
reclinatorio un puño de monedas de oro y se levantó:
—Reciba eso como una
limosna para su iglesia.
La iglesia estaba ya
vacía. Dos hombres esperaban en la puerta a Pedro Páramo, quien se juntó con
ellos, y juntos siguieron el féretro que aguardaba descansando sobre los
hombros de cuatro caporales de la Media Luna.
El padre Rentería
recogió las monedas una por una y se acercó al altar.
—Son tuyas —dijo—. Él
puede comprar la salvación. Tú sabes si éste es el precio. En cuanto a mí,
Señor, me pongo ante tus plantas para pedirte lo justo o lo injusto, que todo
nos es dado pedir… Por mí, condénalo, Señor.
Y cerró el sagrario.
Entró en la
sacristía, se echó en un rincón, y allí lloró de pena y de tristeza hasta
agotar sus lágrimas.
—Está bien, Señor, tú
ganas —dijo después.
Durante la cena tomó
su chocolate como todas las noches. Se sentía tranquilo.
—Oye, Anita. ¿Sabes a
quién enterraron hoy?
—No, tío.
—¿Te acuerdas de
Miguel Páramo?
—Sí, tío.
—Pues a él.
Ana agachó la cabeza.
—Estás segura de que
él fue, ¿verdad?
—Segura no, tío. No
le vi la cara. Me agarró de noche y en lo oscuro.
—¿Entonces cómo
supiste que era Miguel Páramo?
—Porque él me lo
dijo: «Soy Miguel Páramo, Ana. No te asustes». Eso me dijo.
—¿Pero sabías que era
el autor de la muerte de tu padre, no?
—Sí, tío.
—¿Entonces qué
hiciste para alejarlo?
—No hice nada.
Los dos guardaron
silencio por un rato. Se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán.
—Me dijo que precisamente
a eso venía: a pedirme disculpas y a que yo lo perdonara. Sin moverme de la
cama le avisé: «La ventana está abierta». Y él entró. Llegó abrazándome, como
si ésa fuera la forma de disculparse por lo que había hecho. Y yo le sonreí.
Pensé en lo que usted me había enseñado: que nunca hay que odiar a nadie. Le
sonreí para decírselo; pero después pensé que él no pudo ver mi sonrisa, porque
yo no lo veía a él, por lo negra que estaba la noche. Solamente lo sentí encima
de mí y que comenzaba a hacer cosas malas conmigo.
»Creí que me iba a
matar. Eso fue lo que creí, tío. Y hasta dejé de pensar para morirme antes de
que él me matara. Pero seguramente no se atrevió a hacerlo.
»Lo supe cuando abrí
los ojos y vi la luz de la mañana que entraba por la ventana abierta. Antes de
esa hora, sentí que había dejado de existir.
—Pero debes tener
alguna seguridad. La voz. ¿No lo conociste por su voz?
—No lo conocía por
nada. Sólo sabía que había matado a mi padre. Nunca lo había visto y después no
lo llegué a ver. No hubiera podido, tío.
—Pero sabías quién
era.
—Sí. Y qué cosa era.
Sé que ahora debe estar en lo mero hondo del infierno; porque así se lo he
pedido a todos los santos con todo mi fervor.
—No estés tan
convencida de eso, hija. ¡Quién sabe cuántos estén rezando ahora por él! Tú
estás sola. Un ruego contra miles de ruegos. Y entre ellos, algunos mucho más
hondos que el tuyo, como es el de su padre.
Iba a decirle:
«Además, yo le he dado el perdón». Pero sólo lo pensó. No quiso maltratar el
alma medio quebrada de aquella muchacha. Antes, por el contrario, la tomó del
brazo y le dijo:
—Démosle gracias a
Dios Nuestro Señor porque se lo ha llevado de esta tierra donde causó tanto
mal, no importa que ahora lo tenga en su cielo.
Un caballo pasó al
galope donde se cruza la calle real con el camino de Contla. Nadie lo vio. Sin
embargo, una mujer que esperaba en las afueras del pueblo contó que había visto
el caballo corriendo con las piernas dobladas como si se fuera a ir de bruces.
Reconoció el alazán de Miguel Páramo. Y hasta pensó: «Ese animal se va a romper
la cabeza». Luego vio cuando enderezaba el cuerpo y, sin aflojar la carrera,
caminaba con el pescuezo echado hacia atrás como si viniera asustado por algo
que había dejado allá atrás.
Esos chismes llegaron
a la Media Luna la noche del entierro, mientras los hombres descansaban de la
larga caminata que habían hecho hasta el panteón.
Platicaban, como se
platica en todas partes, antes de ir a dormir.
—A mí me dolió mucho
ese muerto —dijo Terencio Lubianes—. Todavía traigo adoloridos los hombros.
—Y a mí —dijo su
hermano Ubillado—. Hasta se me agrandaron los juanetes. Con eso de que el
patrón quiso que todos fuéramos de zapatos. Ni que hubiera sido día de fiesta,
¿verdad, Toribio?
—Yo qué quieren que
les diga. Pienso que se murió muy a tiempo.
Al rato llegaron más
chismes de Contla. Los trajo la última carreta.
—Dicen que por allá
anda el ánima. Lo han visto tocando la ventana de fulanita. Igualito a él. De
chaparreras y todo.
—¿Y usted cree que
don Pedro, con el genio que se carga, iba a permitir que su hijo siga
traficando viejas? Ya me lo imagino si lo supiera: «Bueno —le diría—. Tú ya
estás muerto. Estáte quieto en tu sepultura. Déjanos el negocio a nosotros». Y
de verlo por ahí, casi me las apuesto que lo mandaría de nuevo al camposanto.
—Tienes razón,
Isaías. Ese viejo no se anda con cosas.
El carretero siguió
su camino: «Como la supe, se las endoso».
Había estrellas
fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre.
—Miren nomás —dijo
Terencio— el borlote que se traen allá arriba.
—Es que le están
celebrando su función al Miguelito —terció Jesús.
—¿No será mala señal?
—¿Para quién?
—Quizá tu hermana
esté nostálgica por su regreso.
—¿A quién le hablas?
—A ti.
—Mejor, vámonos,
muchachos. Hemos trafagueado mucho y mañana hay que madrugar.
Y se disolvieron como
sombras.
Había estrellas
fugaces. Las luces en Comala se apagaron.
Entonces el cielo se
adueñó de la noche.
El padre Rentería se
revolcaba en su cama sin poder dormir:
«Todo esto que sucede
es por mi culpa —se dijo—. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque
ésta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo
nada; las oraciones no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y éstas son
las consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y que me
han dado su fe y me buscan para que yo interceda por ellos para con Dios. ¿Pero
qué han logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la purificación de sus
almas? Y para qué purifican su alma, si en el último momento… Todavía tengo
frente a mis ojos el último momento… Todavía tengo frente a mis ojos la mirada
de María Dyada, que vino a pedirme salvara a su hermana Eduviges:
»—Ella sirvió siempre
a sus semejantes. Les dio todo lo que tuvo. Hasta les dio un hijo, a todos. Y
se los puso enfrente para que alguien lo reconociera como suyo; pero nadie lo
quiso hacer. Entonces les dijo: “En ese caso yo soy también su padre, aunque
por casualidad haya sido su madre”. Abusaron de su hospitalidad por esa bondad
suya de no querer ofenderlos ni de malquistarse con ninguno.
»—Pero ella se
suicidó. Obró contra la mano de Dios.
»—No le quedaba otro
camino. Se resolvió a eso también por bondad.
»—Falló a última hora
—eso es lo que le dije—. En el último momento. ¡Tantos bienes acumulados para
su salvación, y perderlos así de pronto!
»—Pero si no los
perdió. Murió con muchos dolores. Y el dolor… Usted nos ha dicho algo acerca
del dolor que ya no recuerdo. Ella se fue por ese dolor. Murió retorcida por la
sangre que la ahogaba. Todavía veo sus muecas, y sus muecas eran los más
tristes gestos que ha hecho un ser humano.
»—Tal vez rezando
mucho.
»—Vamos rezando
mucho, padre.
»—Digo tal vez, si
acaso, con las misas gregorianas; pero para eso necesitamos pedir ayuda, mandar
traer sacerdotes. Y eso cuesta dinero.
»Allí estaba frente a
mis ojos la mirada de María Dyada, una pobre mujer llena de hijos.
»—No tengo dinero.
Eso lo sabe, padre.
»—Dejemos las cosas
como están. Esperemos en Dios.
»—Sí, padre».
¿Por qué aquella
mirada se volvía valiente ante la resignación? Qué le costaba a él perdonar,
cuando era tan fácil decir una palabra o dos, o cien palabras si éstas fueran
necesarias para salvar el alma. ¿Qué sabía él del cielo y del infierno? Y sin
embargo, él, perdido en un pueblo sin nombre, sabía los que habían merecido el
cielo. Había un catálogo. Comenzó a recorrer los santos del panteón católico
comenzando por los del día:
«Santa Nunilona,
virgen y mártir; Anercio, obispo; santas Salomé viuda, Alodia o Elodia y
Nulina, vírgenes; Córdula y Donato». Y siguió. Ya iba siendo dominado por el
sueño cuando se sentó en la cama: «Estoy repasando una hilera de santos como si
estuviera viendo saltar cabras».
Salió fuera y miró el
cielo. Llovían estrellas. Lamentó aquello porque hubiera querido ver un cielo
quieto. Oyó el canto de los gallos. Sintió la envoltura de la noche cubriendo
la tierra. La tierra, «este valle de lágrimas».
—Más te vale, hijo.
Más te vale —me dijo Eduviges Dyada. Ya estaba alta la noche. La lámpara que
ardía en un rincón comenzó a languidecer; luego parpadeó y terminó apagándose.
Sentí que la mujer se
levantaba y pensé que iría por una nueva luz. Oí sus pasos cada vez más
lejanos. Me quedé esperando.
Pasado un rato y al
ver que no volvía, me levanté yo también. Fui caminando a pasos cortos,
tentaleando en la oscuridad, hasta que llegué a mi cuarto. Allí me senté en el
suelo a esperar el sueño.
Dormí a pausas.
En una de esas pausas
fue cuando oí el grito. Era un grito arrastrado como el alarido de algún
borracho: «¡Ay vida, no me mereces!».
Me enderecé de prisa
porque casi lo oí junto a mis orejas; pudo haber sido en la calle; pero yo lo
oí aquí, untado a las paredes de mi cuarto. Al despertar, todo estaba en
silencio; sólo el caer de la polilla y el rumor del silencio.
No, no era posible
calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se
hubiera vaciado de su aire. Ningún sonido; ni el del resuello, ni el del latir
del corazón; como si se detuviera el mismo ruido de la conciencia. Y cuando
terminó la pausa y volví a tranquilizarme, retornó el grito y se siguió oyendo
por un largo rato: «¡Déjenme aunque sea el derecho de pataleo que tienen los
ahorcados!».
Entonces abrieron de
par en par la puerta.
—¿Es usted, doña
Eduviges? —pregunté—. ¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Tuvo usted miedo?
—No me llamo
Eduviges. Soy Damiana. Supe que estabas aquí y vine a verte. Quiero invitarte a
dormir a mi casa. Allí tendrás donde descansar.
—¿Damiana Cisneros?
¿No es usted de las que vivieron en la Media Luna?
—Allá vivo. Por eso
he tardado en venir.
—Mi madre me habló de
una tal Damiana que me había cuidado cuando nací. ¿De modo que usted…?
—Sí, yo soy. Te
conozco desde que abriste los ojos.
—Iré con usted. Aquí
no me han dejado en paz los gritos. ¿No oyó lo que estaba pasando? Como que
estaban asesinando a alguien. ¿No acaba usted de oír?
—Tal vez sea algún
eco que está aquí encerrado. En este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace
mucho tiempo. Luego condenaron la puerta, hasta que él se secara; para que su
cuerpo no encontrara reposo. No sé cómo has podido entrar, cuando no existe
llave para abrir esta puerta.
—Fue doña Eduviges
quien abrió. Me dijo que era el único cuarto que tenía disponible:
—¿Eduviges Dyada?
—Ella.
—Pobre Eduviges. Debe
de andar penando todavía.
«Fulgor Sedano,
hombre de 54 años, soltero, de oficio administrador, apto para entablar y
seguir pleitos, por poder y por mi propio derecho, reclamo y alego lo
siguiente…».
Eso había dicho
cuando levantó el acta contra actos de Toribio Aldrete. Y terminó: «Que conste
mi acusación por usufruto».
—A usted ni quien le
quite lo hombre, don Fulgor. Sé que usted las puede. Y no por el poder que
tiene atrás, sino por usted mismo.
Se acordaba. Fue lo
primero que le dijo el Aldrete, después que se habían estado emborrachando
juntos, dizque para celebrar el acta:
—Con ese papel nos
vamos a limpiar usted y yo, don Fulgor, porque no va a servir para otra cosa. Y
eso usted lo sabe. En fin, por lo que a usted respecta, ya cumplió con lo que
le mandaron, y a mí me quitó de apuraciones; porque me tenía usted preocupado,
lo que sea de cada quien. Ahora ya sé de qué se trata y me da risa. Dizque
«usufruto». Vergüenza debía darle a su patrón ser tan ignorante.
Se acordaba. Estaban
en la fonda de Eduviges. Y hasta él le había preguntado:
—Oye, Viges, ¿me
puedes prestar el cuarto del rincón?
—Los que usted
quiera, don Fulgor; si quiere, ocúpenlos todos. ¿Se van a quedar a dormir aquí
sus hombres?
—No, nada más uno.
Despreocúpate de nosotros y vete a dormir. Nomás déjanos la llave.
—Pues ya le digo, don
Fulgor —le dijo Toribio Aldrete—. A usted ni quien le menoscabe lo hombre que
es; pero me lleva la rejodida con ese hijo de la rechintola de su patrón.
Se acordaba. Fue lo
último que le oyó decir en sus cinco sentidos. Después se había comportado como
un collón, dando de gritos. «Dizque la fuerza que yo tenía atrás. ¡Vaya!».
Tocó con el mango del
chicote la puerta de la casa de Pedro Páramo. Pensó en la primera vez que lo
había hecho, dos semanas atrás. Esperó un buen rato del mismo modo que tuvo que
esperar aquella vez. Miró también, como lo hizo la otra vez, el moño negro que
colgaba del dintel de la puerta. Pero no comentó consigo mismo: «¡Vaya! Los han
encimado. El primero está ya descolorido, el último relumbra como si fuera de seda;
aunque no es más que un trapo teñido».
La primera vez se
estuvo esperando hasta llenarse con la idea de que quizá la casa estuviera
deshabitada. Y ya se iba cuando apareció la figura de Pedro Páramo.
—Pasa, Fulgor.
Era la segunda
ocasión que se veían. La primera nada más él lo vio; porque el Pedrito estaba
recién nacido. Y ésta. Casi se podía decir que era la primera vez. Y le resultó
que le hablaba como a un igual. ¡Vaya! Lo siguió a grandes trancos,
chicoteándose las piernas: «Sabrá pronto que yo soy el que sabe. Lo sabrá. Y a
lo que vengo».
—Siéntate, Fulgor.
Aquí hablaremos con más calma.
Estaban en el corral.
Pedro Páramo se arrellanó en un pesebre y esperó:
—¿Por qué no te
sientas?
—Prefiero estar de
pie, Pedro.
—Como tú quieras.
Pero no se te olvide el «don».
¿Quién era aquel
muchacho para hablarle así? Ni su padre don Lucas Páramo se había atrevido a
hacerlo. Y de pronto éste, que jamás se había parado en la Media Luna, ni
conocía de oídas el trabajo, le hablaba como a un gañán. ¡Vaya, pues!
—¿Cómo anda aquello?
Sintió que llegaba su
oportunidad. «Ahora me toca a mí», pensó.
—Mal. No queda nada.
Hemos vendido el último ganado.
Comenzó a sacar los
papeles para informarle a cuánto ascendía todavía el adeudo. Y ya iba a decir:
«Debemos tanto», cuando oyó:
—¿A quién le debemos?
No me importa cuánto, sino a quién.
Le repasó una lista
de nombres. Y terminó:
—No hay de dónde
sacar para pagar. Ése es el asunto.
—¿Y por qué?
—Porque la familia de
usted lo absorbió todo. Pedían y pedían, sin devolver nada. Eso se paga caro.
Ya lo decía yo: «A la larga acabarán con todo». Bueno, pues acabaron. Aunque
hay por allí quien se interese en comprar los terrenos. Y pagan bien. Se
podrían cubrir las libranzas pendientes y todavía quedaría algo; aunque, eso
sí, algo mermado.
—¿No serás tú?
—¡Cómo se pone a
creer que yo!
—Yo creo hasta el
bendito. Mañana comenzaremos a arreglar nuestros asuntos. Empezaremos por las
Preciados. ¿Dices que a ellas les debemos más?
—Sí. Y a las que les
hemos pagado menos. El padre de usted siempre las pospuso para lo último. Tengo
entendido que una de ellas, Matilde, se fue a vivir a la ciudad. No sé si a
Guadalajara o a Colima. Y la Lola, quiero decir, doña Dolores, ha quedado como
dueña de todo. Usted sabe: el rancho de Enmedio. Y es a ella a la que tenemos
que pagar.
—Mañana vas a pedir
la mano de la Lola.
—Pero cómo quiere
usted que me quiera, si ya estoy viejo.
—La pedirás para mí.
Después de todo tiene alguna gracia. Le dirás que estoy muy enamorado de ella.
Y que si lo tiene a bien. De pasada, dile al padre Rentería que nos arregle el
trato. ¿Con cuánto dinero cuentas?
—Con ninguno, don
Pedro.
—Pues prométeselo.
Dile que en teniendo se le pagará. Casi estoy seguro de que no pondrá
dificultades. Haz eso mañana mismo.
—¿Y lo del Aldrete?
—¿Qué se trae el
Aldrete? Tú me mencionaste a las Preciados y a los Fregosos y a los Guzmanes.
¿Con qué sale ahora el Aldrete?
—Cuestión de límites.
Él ya mandó cercar y ahora pide que echemos el lienzo que falta para hacer la
división.
—Eso déjalo para después.
No te preocupen los lienzos. No habrá lienzos. La tierra no tiene divisiones.
Piénsalo, Fulgor, aunque no se lo des a entender. Arregla por de pronto lo de
la Lola. ¿No quieres sentarte?
—Me sentaré, don
Pedro. Palabra que me está gustando tratar con usted.
—Le dirás a la Lola
esto y lo otro y que la quiero. Eso es importante. De cierto, Sedano, la
quiero. Por sus ojos, ¿sabes? Eso harás mañana tempranito. Te reduzco tu tarea
de administrador. Olvídate de la Media Luna.
«¿De dónde diablos
habrá sacado esas mañas el muchacho? —pensó Fulgor Sedano mientras regresaba a
la Media Luna—. Yo no esperaba de él nada. “Es un inútil”, decía de él mi
difunto patrón don Lucas. “Un flojo de marca”. Yo le daba la razón. “Cuando me
muera váyase buscando otro trabajo, Fulgor”. “Sí, don Lucas”. “Con decirle,
Fulgor, que he intentado mandarlo al seminario para ver si al menos eso le da
para comer y mantener a su madre cuando yo les falte; pero ni a eso se decide”.
“Usted no se merece eso, don Lucas”. “No se cuenta con él para nada, ni para
que me sirva de bordón servirá cuando yo esté viejo. Se me malogró, qué quiere
usted, Fulgor”. “Es una verdadera lástima, don Lucas”».
Y ahora esto. De no
haber sido porque estaba tan encariñado con la Media Luna, ni lo hubiera venido
a ver. Se habría largado sin avisarle. Pero le tenía aprecio a aquella tierra;
a esas lomas pelonas tan trabajadas y que todavía seguían aguantando el surco,
dando cada vez más de sí… La querida Media Luna… Y sus agregados: «Vente para
acá, tierrita de Enmedio». La veía venir. Como que aquí estaba ya. Lo que
significa una mujer después de todo. «¡Vaya que sí!», dijo. Y chicoteó sus
piernas al trasponer la puerta grande de la hacienda.
Fue muy fácil
encampanarse a la Dolores. Si hasta le relumbraron los ojos y se le descompuso
la cara.
—Perdóneme que me
ponga colorada, don Fulgor. No creí que don Pedro se fijara en mí.
—No duerme, pensando
en usted.
—Pero si él tiene de
dónde escoger. Abundan tantas muchachas bonitas en Comala. ¿Qué dirán ellas
cuando lo sepan?
—Él sólo piensa en
usted, Dolores. De ahí en más, en nadie.
—Me hace usted que me
den escalofríos, don Fulgor. Ni siquiera me lo imaginaba.
—Es que es un hombre
tan reservado. Don Lucas Páramo, que en paz descanse, le llegó a decir que
usted no era digna de él. Y se calló la boca por pura obediencia. Ahora que él
ya no existe, no hay ningún impedimiento. Fue su primera decisión; aunque yo
había tardado en cumplirla por mis muchos quehaceres. Pongamos por fecha de la
boda pasado mañana. ¿Qué opina usted?
—¿No es muy pronto?
No tengo nada preparado. Necesito encargar los ajuares. Le escribiré a mi
hermana. O no, mejor le voy a mandar un propio, pero de cualquier manera no
estaré lista antes del 8 de abril. Hoy estamos a 1. Sí, apenas para el 8.
Dígale que espere unos diyitas.
—Él quisiera que
fuera ahora mismo. Si es por los ajuares, nosotros se los proporcionaremos. La
difunta madre de don Pedro espera que usted vista sus ropas. En la familia
existe esa costumbre.
—Pero además hay algo
para estos días. Cosas de mujeres, sabe usted. ¡Oh!, cuánta vergüenza me da
decirle esto, don Fulgor. Me hace usted que se me vayan los colores. Me toca la
luna. ¡Oh!, qué vergüenza.
—¿Y qué? El
matrimonio no es asunto de si haya o no haya luna. Es cosa de quererse. Y, en habiendo
esto, todo lo demás sale sobrando.
—Pero es que usted no
me entiende, don Fulgor.
—Entiendo. La boda
será pasado mañana.
Y la dejó con los
brazos extendidos pidiendo ocho días, nada más ocho días.
«Que no se me olvide
decirle a don Pedro —¡vaya muchacho listo ese Pedro!—, decirle que no se le
olvide decirle al juez que los bienes son mancomunados. “Acuérdate, Fulgor, de
decírselo mañana mismo”».
La Dolores, en
cambio, corrió a la cocina con un aguamanil para poner agua caliente:
«Voy a hacer que esto
baje más pronto. Que baje esta misma noche. Pero de todas maneras me durará mis
tres días. No tendrá remedio. ¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad! Gracias, Dios
mío, por darme a don Pedro». Y añadió: «Aunque después me aborrezca».
—Ya está pedida y muy
de acuerdo. El padre cura quiere sesenta pesos por pasar por alto lo de las
amonestaciones. Le dije que se le darían a su debido tiempo. Él dice que le
hace falta componer el altar y que la mesa de su comedor está toda
desconchinflada. Le prometí que le mandaríamos una mesa nueva. Dice que usted
nunca va a misa. Le prometí que iría. Y desde que murió su abuela ya no le han
dado los diezmos. Le dije que no se preocupara. Está conforme.
—¿No le pediste algo
adelantado a la Dolores?
—No, patrón. No me
atreví. Ésa es la verdad. Estaba tan contenta que no quise estropearle su
entusiasmo.
—Eres un niño.
«¡Vaya! Yo un niño.
Con cincuenta y cinco años encima. Él apenas comenzando a vivir y yo a pocos
pasos de la muerte».
—No quise quebrarle
su contento.
—A pesar de todo,
eres un niño.
—Está bien, patrón.
—La semana venidera
irás con el Aldrete. Y le dices que recorra el lienzo. Ha invadido tierras de
la Media Luna.
—Él hizo bien sus
mediciones. A mí me consta.
—Pues dile que se
equivocó. Que estuvo mal calculado. Derrumba los lienzos si es preciso.
—¿Y las leyes?
—¿Cuáles leyes,
Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros. ¿Tienes
trabajando en la Media Luna a algún atravesado?
—Sí, hay uno que
otro.
—Pues mándalos en
comisión con el Aldrete. Le levantas un acta acusándolo de «usufruto» o de lo
que a ti se te ocurra. Y recuérdale que Lucas Páramo ya murió. Que conmigo hay
que hacer nuevos tratos.
El cielo era todavía
azul. Había pocas nubes. El aire soplaba allá arriba, aunque aquí abajo se convertía
en calor.
Tocó nuevamente con
el mango del chicote, nada más por insistir, ya que sabía que no abrirían hasta
que se le antojara a Pedro Páramo. Dijo mirando hacia el dintel de la puerta:
«Se ven bonitos esos moños negros, lo que sea de cada quien».
En ese momento
abrieron y él entró.
—Pasa, Fulgor. ¿Está
arreglado el asunto de Toribio Aldrete?
—Está liquidado,
patrón.
—Nos queda la
cuestión de los Fregosos. Deja eso pendiente. Ahorita estoy muy ocupado con mi
«luna de miel».
—Este pueblo está lleno
de ecos. Tal parece que estuvieran cerrados en el hueco de las paredes o debajo
de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes
crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya
desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos
sonidos se apaguen.
Eso me venía diciendo
Damiana Cisneros mientras cruzábamos el pueblo.
—Hubo un tiempo que
estuve oyendo durante muchas noches el rumor de una fiesta.
»Me llegaban los
ruidos hasta la Media Luna. Me acerqué para ver el mitote aquel y vi esto: lo
que estamos viendo ahora. Nada. Nadie. Las calles tan solas como ahora.
»Luego dejé de oírla.
Y es que la alegría cansa. Por eso no me extrañó que aquello terminara.
»Sí —volvió a decir
Damiana Cisneros—. Este pueblo está lleno de ecos. Yo ya no me espanto. Oigo el
aullido de los perros y dejo que aúllen. Y en días de aire se ve al viento
arrastrando hojas de árboles, cuando aquí, como tú ves, no hay árboles. Los
hubo en algún tiempo, porque si no ¿de dónde saldrían esas hojas?
»Y lo peor de todo es
cuando oyes platicar a la gente, como si las voces salieran de alguna hendidura
y, sin embargo, tan claras que las reconoces. Ni más ni menos, ahora que venía,
encontré un velorio. Me detuve a rezar un padrenuestro. En esto estaba, cuando
una mujer se apartó de las demás y vino a decirme:
»—¡Damiana! ¡Ruega a
Dios por mí, Damiana!
»—¿Qué andas haciendo
aquí? —le pregunté.
»Entonces ella corrió
a esconderse entre las demás mujeres.
»Mi hermana Sixtina,
por si no lo sabes, murió cuando yo tenía doce años. Era la mayor. Y en mi casa
fuimos dieciséis de familia, así que hazte el cálculo del tiempo que lleva
muerta. Y mírala ahora, todavía vagando por este mundo. Así que no te asustes
si oyes ecos más recientes, Juan Preciado.
—¿También a usted le
avisó mi madre que yo vendría? —le pregunté.
—No. Y a propósito,
¿qué es de tu madre?
—Murió —dije.
—¿Ya murió? ¿Y de
qué?
—No supe de qué. Tal
vez de tristeza. Suspiraba mucho.
—Eso es malo. Cada
suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace. ¿De modo que murió?
—Sí. Quizá usted
debió saberlo.
—¿Y por qué iba a
saberlo? Hace muchos años que no sé nada.
—Entonces ¿cómo es
que dio usted conmigo?
—…
—¿Está usted viva,
Damiana? ¡Dígame, Damiana!
Y me encontré de
pronto solo en aquellas calles vacías. Las ventanas de las casas abiertas al
cielo, dejando asomar las varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas
que enseñaban sus adobes revenidos.
—¡Damiana! —grité—.
¡Damiana Cisneros!
Me contestó el eco: «¡…
ana… neros…! ¡… ana… neros…!».
Oí que ladraban los
perros, como si yo los hubiera despertado. Vi un hombre cruzar la calle:
—¡Ey, tú! —llamé.
—¡Ey, tú! —me
respondió mi propia voz.
Y como si estuvieran
a la vuelta de la esquina, alcancé a oír a unas mujeres que platicaban:
—Mira quién viene por
allí. ¿No es Filoteo Aréchiga?
—Es él. Pon la cara
de disimulo.
—Mejor vámonos. Si se
va detrás de nosotras es que de verdad quiere a una de las dos. ¿A quién crees
tú que sigue?
—Seguramente a ti.
—A mí se me figura
que a ti.
—Deja ya de correr.
Se ha quedado parado en aquella esquina.
—Entonces a ninguna
de las dos, ¿ya ves?
—Pero qué tal si
hubiera resultado que a ti o a mí. ¿Qué tal?
—No te hagas
ilusiones.
—Después de todo
estuvo hasta mejor. Dicen por ahí los díceres que es él el que se encarga de
conchavarle muchachas a don Pedro. De la que nos escapamos.
—¿Ah, sí? Con ese
viejo no quiero tener nada que ver.
—Mejor vámonos.
—Dices bien. Vámonos
de aquí.
La noche. Mucho más
allá de la medianoche. Y las voces:
—… Te digo que si el
maíz de este año se da bien, tendré con qué pagarte. Ahora que si se me echa a
perder, pues te aguantas.
—No te exijo. Ya
sabes que he sido consecuente contigo. Pero la tierra no es tuya. Te has puesto
a trabajar en terreno ajeno. ¿De dónde vas a conseguir para pagarme?
—¿Y quién dice que la
tierra no es mía?
—Se afirma que se la
has vendido a Pedro Páramo.
—Yo ni me le he
acercado a ese señor. La tierra sigue siendo mía.
—Eso dices tú. Pero
por ahí dicen que todo es de él.
—Que me lo vengan a
decir a mí.
—Mira, Galileo, yo a
ti, aquí en confianza, te aprecio. Por algo eres el marido de mi hermana. Y de
que la tratas bien, ni quien lo dude. Pero a mí no me vas a negar que vendiste
las tierras.
—Te digo que a nadie
se las he vendido.
—Pues son de Pedro
Páramo. Seguramente él así lo ha dispuesto. ¿No te ha venido a ver don Fulgor?
—No.
—Seguramente mañana
lo verás venir. Y si no mañana, cualquier otro día.
—Pues me mata o se
muere; pero no se saldrá con la suya.
—Requiescat in paz,
amén, cuñado. Por si las dudas.
—Me volverás a ver,
ya lo verás. Por mí no tengas cuidado. Por algo mi madre me curtió bien el
pellejo para que se me pusiera correoso.
—Entonces hasta
mañana. Dile a Felícitas que esta noche no voy a cenar. No me gustaría contar
después: «Yo estuve con él la víspera».
—Te guardaremos algo
por si te animas a última hora.
Se oyó el trastazo de
los pasos que se iban entre un ruido de espuelas.
—… Mañana, en
amaneciendo, te irás conmigo, Chona. Ya tengo aparejadas las bestias.
—¿Y si mi padre se
muere de la rabia? Con lo viejo que está… Nunca me perdonaría que por mi causa
le pasara algo. Soy la única gente que tiene para hacerle hacer sus
necesidades. Y no hay nadie más. ¿Qué prisa corres para robarme? Aguántate un
poquito. Él no tardará en morirse.
—Lo mismo me dijiste
hace un año. Y hasta me echaste en cara mi falta de arriesgue, ya que tú
estabas, según eso, harta de todo. He aprontado las mulas y están listas. ¿Te
vas conmigo?
—Déjamelo pensar.
—¡Chona! No sabes
cuánto me gustas. Ya no puedo aguantar las ganas, Chona. Así que te vas conmigo
o te vas conmigo.
—Déjamelo pensar.
Entiende. Tenemos que esperar a que él se muera. Le falta poquito. Entonces me
iré contigo y no necesitarás robarme.
—Eso me dijiste
también hace un año.
—¿Y qué?
—Pues que he tenido
que alquilar las mulas. Ya las tengo. Nomás te están esperando. ¡Deja que él se
las avenga solo! Tú estás bonita. Eres joven. No faltará cualquier vieja que
venga a cuidarlo. Aquí sobran almas caritativas.
—No puedo.
—Que sí puedes.
—No puedo. Me da
pena, ¿sabes? Por algo es mi padre.
—Entonces ni hablar.
Iré a ver a la Juliana, que se desvive por mí.
—Está bien. Yo no te
digo nada.
—¿No me quieres ver
mañana?
—No. No quiero verte
más.
Ruidos. Voces.
Rumores. Canciones lejanas:
Mi novia me dio un
pañuelo
con orillas de llorar…
En falsete. Como si
fueran mujeres las que cantaran.
Vi pasar las
carretas. Los bueyes moviéndose despacio. El crujir de las piedras bajo las
ruedas. Los hombres como si vinieran dormidos.
«… Todas las
madrugadas el pueblo tiembla con el paso de las carretas. Llegan de todas
partes, topeteadas de salitre, de mazorcas, de yerba de pará. Rechinan sus
ruedas haciendo vibrar las ventanas, despertando a la gente. Es la misma hora
en que se abren los hornos y huele a pan recién horneado. Y de pronto puede
tronar el cielo. Caer la lluvia. Puede venir la primavera. Allí te
acostumbrarás a los “derrepentes”, mi hijo».
Carretas vacías,
remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose en el oscuro camino de la
noche. Y las sombras. El eco de las sombras.
Pensé regresar. Sentí
allá arriba la huella por donde había venido, como una herida abierta entre la
negrura de los cerros.
Entonces alguien me
tocó los hombros.
—¿Qué hace usted
aquí?
—Vine a buscar… —y ya
iba a decir a quién, cuando me detuve—: vine a buscar a mi padre.
—¿Y por qué no entra?
Entré. Era una casa
con la mitad del techo caída. Las tejas en el suelo. El techo en el suelo. Y en
la otra mitad un hombre y una mujer.
—¿No están ustedes
muertos? —les pregunté.
Y la mujer sonrió. El
hombre me miró seriamente.
—Está borracho —dijo
el hombre.
—Solamente está
asustado —dijo la mujer.
Había un aparato de
petróleo. Había una cama de otate, y un equipal en que estaban las ropas de
ella. Porque ella estaba en cueros, como Dios la echó al mundo. Y él también.
—Oímos que alguien se
quejaba y daba de cabezazos contra nuestra puerta. Y allí estaba usted. ¿Qué es
lo que le ha pasado?
—Me han pasado tantas
cosas, que mejor quisiera dormir.
—Nosotros ya
estábamos dormidos.
—Durmamos, pues.
La madrugada fue
apagando mis recuerdos.
Oía de vez en cuando
el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que
había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no
sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños.
—¿Quién será?
—preguntaba la mujer.
—Quién sabe
—contestaba el hombre.
—¿Cómo vendría a dar
aquí?
—Quién sabe.
—Como que le oí decir
algo de su padre.
—Yo también le oí
decir eso.
—¿No andará perdido? Acuérdate
cuando cayeron por aquí aquellos que dijeron andar perdidos. Buscaban un lugar
llamado Los Confines y tú les dijiste que no sabías dónde quedaba eso.
—Sí, me acuerdo; pero
déjame dormir. Todavía no amanece.
—Falta poco. Si por
algo te estoy hablando es para que despiertes. Me encomendaste que te recordara
antes del amanecer. Por eso lo hago. ¡Levántate!
—¿Y para qué quieres
que me levante?
—No sé para qué. Me
dijiste anoche que te despertara. No me aclaraste para qué.
—En ese caso, déjame
dormir. ¿No oíste lo que dijo ése cuando llegó? Que lo dejáramos dormir.
—Fue lo único que
dijo.
Como que se van las
voces. Como que se pierde su ruido. Como que se ahogan. Ya nadie dice nada. Es
el sueño.
Y al rato otra vez:
—Acaba de moverse. Si
se ofrece, ya va a despertar. Y si nos mira aquí nos preguntará cosas.
—¿Qué preguntas puede
hacernos?
—Bueno. Algo tendrá
que decir, ¿no?
—Déjalo. Debe estar
muy cansado.
—¿Crees tú?
—Ya cállate, mujer.
—Mira, se mueve. ¿Te
fijas cómo se revuelca? Igual que si lo zangolotearan por dentro. Lo sé porque
a mí me ha sucedido.
—¿Qué te ha sucedido
a ti?
—Aquello.
—No sé de qué hablas.
—No hablaría si no me
acordara al ver a ése, rebulléndose, de lo que me sucedió a mí la primera vez
que lo hiciste. Y de cómo me dolió y de lo mucho que me arrepentí de eso.
—¿De cuál eso?
—De cómo me sentía
apenas me hiciste aquello, que aunque tú no quieras yo supe que estaba mal
hecho.
—¿Y hasta ahora
vienes con ese cuento? ¿Por qué no te duermes y me dejas dormir?
—Me pediste que te
recordara. Eso estoy haciendo. Por Dios que estoy haciendo lo que me pediste
que hiciera. ¡Ándale! Ya va siendo hora de que te levantes.
—Déjame en paz,
mujer.
El hombre pareció
dormir. La mujer siguió rezongando; pero con voz muy queda:
—Ya debe haber
amanecido, porque hay luz. Puedo ver a ese hombre desde aquí, y si lo veo es
porque hay luz bastante para verlo. No tardará en salir el sol. Claro, eso ni
se pregunta. Si se ofrece, el tal es algún malvado. Y le hemos dado cobijo. No
le hace que nomás haya sido por esta noche; pero lo escondimos. Y eso nos
traerá el mal a la larga… Míralo cómo se mueve, como que no encuentra acomodo.
Si se ofrece ya no puede con su alma.
Aclaraba el día. El
día desbarata las sombras. Las deshace. El cuarto donde estaba se sentía
caliente con el calor de los cuerpos dormidos. A través de los párpados me
llegaba el albor del amanecer. Sentía la luz. Oía:
—Se rebulle sobre sí
mismo como un condenado. Y tiene todas las trazas de un mal hombre. ¡Levántate,
Donis! Míralo. Se restriega contra el suelo, retorciéndose. Babea. Ha de ser
alguien que debe muchas muertes. Y tú no lo reconociste.
—Debe ser un pobre
hombre. ¡Duérmete y déjanos dormir!
—¿Y por qué me voy a
dormir, si yo no tengo sueño?
—¡Levántate y lárgate
a donde no des guerra!
—Eso haré. Iré a
prender la lumbre. Y de paso le diré a ese fulano que venga a acostarse aquí
contigo, en el lugar que voy a dejarle.
—Díselo.
—No podré. Me dará
miedo.
—Entonces vete a
hacer tu quehacer y déjanos en paz.
—Eso haré.
—¿Y qué esperas?
—Ya voy.
Sentí que la mujer
bajaba de la cama. Sus pies descalzos taconeaban el suelo y pasaban por encima
de mi cabeza. Abrí y cerré los ojos.
Cuando desperté,
había un sol de mediodía, junto a mí, un jarro de café. Intenté beber aquello.
Le di unos sorbos.
—No tenemos más.
Perdone lo poco. Estamos tan escasos de todo, tan escasos…
Era una voz de mujer.
—No se preocupe por
mí —le dije—. Por mí no se preocupe. Estoy acostumbrado. ¿Cómo se va uno de
aquí?
—¿Para dónde?
—Para donde sea.
—Hay multitud de
caminos. Hay uno que va para Contla; otro que viene de allá. Otro más que
enfila derecho a la sierra. Ese que se mira desde aquí, que no sé para dónde
irá —y me señaló con sus dedos el hueco del tejado, allí donde el techo estaba
roto—. Este otro de por acá, que pasa por la Media Luna. Y hay otro más, que
atraviesa toda la tierra y es el que va más lejos.
—Quizá por ése fue
por donde vine.
—¿Para dónde va?
—Va para Sayula.
—Imagínese usted. Yo
que creía que Sayula quedaba de este lado. Siempre me ilusionó conocerlo. Dicen
que por allá hay mucha gente, ¿no?
—La que hay en todas
partes.
—Figúrese usted. Y
nosotros aquí tan solos. Desviviéndonos por conocer aunque sea tantito de la
vida.
—¿Adónde fue su
marido?
—No es mi marido. Es
mi hermano; aunque él no quiere que se sepa. ¿Que adónde fue? De seguro a
buscar un becerro cimarrón que anda por ahí desbalagado. Al menos eso me dijo.
—¿Cuánto hace que
están ustedes aquí?
—Desde siempre. Aquí
nacimos.
—Debieron conocer a
Dolores Preciado.
—Tal vez él, Donis.
Yo sé tan poco de la gente. Nunca salgo. Aquí donde me ve, aquí he estado
sempiternamente… Bueno, ni tan siempre. Sólo desde que él me hizo su mujer.
Desde entonces me la paso encerrada, porque tengo miedo de que me vean. Él no
quiere creerlo, pero ¿verdad que estoy para dar miedo? —y se acercó a donde le
daba el sol—. ¡Míreme la cara!
Era una cara común y
corriente.
—¿Qué es lo que
quiere que le mire?
—¿No me ve el pecado?
¿No ve esas manchas moradas como de pote que me llenan de arriba abajo? Y eso
es sólo por fuera; por dentro estoy hecha un mar de lodo.
—¿Y quién la puede
ver si aquí no hay nadie? He recorrido el pueblo y no he visto a nadie.
—Eso cree usted; pero
todavía hay algunos. ¿Dígame si Filomeno no vive, si Dorotea, si Melquiades, si
Prudencio el viejo, si Sóstenes y todos ésos no viven? Lo que acontece es que
se la pasan encerrados. De día no sé qué harán; pero las noches se las pasan en
su encierro. Aquí esas horas están llenas de espantos. Si usted viera el gentío
de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece comienzan a salir.
Y a nadie le gusta verlas. Son tantas, y nosotros tan poquitos, que ya ni la
lucha le hacemos para rezar porque salgan de sus penas. No ajustarían nuestras
oraciones para todos. Si acaso les tocaría un pedazo de padrenuestro. Y eso no
les puede servir de nada. Luego están nuestros pecados de por medio. Ninguno de
los que todavía vivimos está en gracia de Dios. Nadie podrá alzar sus ojos al
cielo sin sentirlos sucios de vergüenza. Y la vergüenza no cura. Al menos eso
me dijo el obispo que pasó por aquí hace algún tiempo dando confirmaciones. Yo
me le puse enfrente y le confesé todo:
»—Eso no se perdona
—me dijo.
»—Estoy avergonzada.
»—No es el remedio.
»—¡Cásenos usted!
»—¡Apártense!
»—Yo le quise decir
que la vida nos había juntado, acorralándonos y puesto uno junto al otro.
Estábamos tan solos aquí, que los únicos éramos nosotros. Y de algún modo había
que poblar el pueblo. Tal vez tenga ya a quién confirmar cuando regrese.
»—Sepárense. Eso es
todo lo que se puede hacer.
»—Pero ¿cómo
viviremos?
»—Como viven los
hombres.
»Y se fue, montado en
su macho, la cara dura, sin mirar hacia atrás, como si hubiera dejado aquí la
imagen de la perdición. Nunca ha vuelto. Y ésa es la cosa por la que esto está
lleno de ánimas; un puro vagabundear de gente que murió sin perdón y que no lo
conseguirá de ningún modo, mucho menos valiéndose de nosotros. Ya viene. ¿Lo
oye usted?».
—Sí, lo oigo.
—Es él.
Se abrió la puerta.
—¿Qué pasó con el
becerro? —preguntó ella.
—Se le ocurrió no
venir ahora; pero fui siguiendo su rastro y casi estoy por saber dónde asiste.
Hoy en la noche lo agarraré.
—¿Me vas a dejar sola
a la noche?
—Puede que sí.
—No podré soportarlo.
Necesito tenerte conmigo. Es la única hora que me siento tranquila. La hora de
la noche.
—Esta noche iré por
el becerro.
—Acabo de saber
—intervine yo— que son ustedes hermanos.
—¿Lo acaba de saber?
Yo lo sé mucho antes que usted. Así que mejor no intervenga. No nos gusta que
se hable de nosotros.
—Yo lo decía en un
plan de entendimiento. No por otra cosa.
—¿Qué entiende usted?
—Nada —dije—. Cada
vez entiendo menos —y añadí—: Quisiera volver al lugar de donde vine.
Aprovecharé la poca luz que queda del día.
—Es mejor que espere
—me dijo él—. Aguarde hasta mañana. No tarda en oscurecer y todos los caminos
están enmarañados de breñas. Puede usted perderse. Mañana yo lo encaminaré.
—Está bien.
Por el techo abierto
al cielo vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer
antes que la oscuridad les cierre los caminos. Luego, unas cuantas nubes ya
desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día.
Después salió la
estrella de la tarde, y más tarde la luna.
El hombre y la mujer
no estaban conmigo. Salieron por la puerta que daba al patio y cuando
regresaron ya era de noche. Así que ellos no supieron lo que había sucedido
mientras andaban afuera.
Y esto fue lo que
sucedió:
Viniendo de la calle,
entró una mujer en el cuarto. Era vieja de muchos años, y flaca como si le
hubieran achicado el cuero. Entró y paseó sus ojos redondos por el cuarto. Tal
vez hasta me vio. Tal vez creyó que yo dormía. Se fue derecho a donde estaba la
cama y sacó de debajo de ella una petaca. La esculcó. Puso unas sábanas debajo
de su brazo y se fue andando de puntitas como para no despertarme.
Yo me quedé tieso,
aguantando la respiración, buscando mirar hacia otra parte. Hasta que al fin
logré torcer la cabeza y ver hacia allá, donde la estrella de la tarde se había
juntado con la luna.
—¡Tome esto! —oí.
No me atrevía a
volver la cabeza.
—¡Tómelo! Le hará
bien. Es agua de azahar. Sé que está asustado porque tiembla. Con esto se le
bajará el miedo.
Reconocí aquellas
manos y al alzar los ojos reconocí la cara. El hombre, que estaba detrás de
ella, preguntó:
—¿Se siente usted
enfermo?
—No sé. Veo cosas y
gente donde quizás ustedes no vean nada. Acaba de estar aquí una señora.
Ustedes tuvieron que verla salir.
—Vente —le dijo él a
la mujer—. Déjalo solo. Debe ser un místico.
—Debemos acostarlo en
la cama. Mira cómo tiembla, de seguro tiene fiebre.
—No le hagas caso.
Estos sujetos se ponen en ese estado para llamar la atención. Conocí a uno en
la Media Luna que se decía adivino. Lo que nunca adivinó fue que se iba a morir
en cuanto el patrón le adivinó lo chapucero. Ha de ser un místico de esos. Se
pasan la vida recorriendo los pueblos «a ver lo que la Providencia quiera
darles»; pero aquí no va a encontrar ni quien le quite el hambre. ¿Ves como ya
dejó de temblar? Y es que nos está oyendo.
Como si hubiera
retrocedido el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna. Las nubes
deshaciéndose. Las parvadas de los tordos. Y en seguida la tarde todavía llena
de luz.
Las paredes
reflejando el sol de la tarde. Mis pasos rebotando contra las piedras. El
arriero que me decía: «¡Busque a doña Eduviges, si todavía vive!».
Luego un cuarto a
oscuras. Una mujer roncando a mi lado. Noté que su respiración era dispareja
como si estuviera entre sueños, más bien como si no durmiera y sólo imitara los
ruidos que produce el sueño. La cama era de otate cubierta con costales que
olían a orines, como si nunca los hubieran oreado al sol; y la almohada era una
jerga que envolvía pochote o una lana tan dura o tan sudada que se había
endurecido como leño.
Junto a mis rodillas
sentía las piernas desnudas de la mujer, y junto a mi cara su respiración. Me
senté en la cama apoyándome en aquel como adobe de la almohada.
—¿No duerme usted?
—me preguntó ella.
—No tengo sueño. He
dormido todo el día. ¿Dónde está su hermano?
—Se fue por esos
rumbos. Ya usted oyó adónde tenía que ir. Quizá no venga esta noche.
—¿De manera que
siempre se fue? ¿A pesar de usted?
—Sí. Y tal vez no
regrese. Así comenzaron todos. Que voy a ir aquí, que voy a ir más allá. Hasta
que se fueron alejando tanto, que mejor no volvieron. Él siempre ha tratado de
irse, y creo que ahora le ha llegado su turno. Quizá sin yo saberlo, me dejó
con usted para que me cuidara. Vio su oportunidad. Eso del becerro cimarrón fue
sólo un pretexto. Ya verá usted que no vuelve.
Quise decirle: «Voy a
salir a buscar un poco de aire, porque siento náuseas»; pero dije:
—No se preocupe.
Volverá.
Cuando me levanté, me
dijo:
—He dejado en la
cocina algo sobre las brasas. Es muy poco; pero es algo que puede calmarle el
hambre.
Encontré un trozo de
cecina y encima de las brasas unas tortillas.
—Son cosas que le
pude conseguir —oí que me decía desde allá—. Se las cambié a mi hermana por dos
sábanas limpias que yo tenía guardadas desde el tiempo de mi madre. Ella ha de
haber venido a recogerlas. No se lo quise decir delante de Donis; pero fue ella
la mujer que usted vio y que lo asustó tanto.
Un cielo negro, lleno
de estrellas. Y junto a la luna la estrella más grande de todas.
—¿No me oyes?
—pregunté en voz baja.
Y su voz me
respondió:
—¿Dónde estás?
—Estoy aquí, en tu
pueblo. Junto a tu gente. ¿No me ves?
—No, hijo, no te veo.
Su voz parecía
abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.
Regresé al mediotecho
donde dormía aquella mujer y le dije:
—Me quedaré aquí, en
mi mismo rincón. Al fin y al cabo la cama está igual de dura que el suelo. Si
algo se le ofrece, avíseme.
Ella me dijo:
—Donis no volverá. Se
lo noté en los ojos. Estaba esperando que alguien viniera para irse. Ahora tú
te encargarás de cuidarme. ¿O qué, no quieres cuidarme? Vente a dormir aquí
conmigo.
—Aquí estoy bien.
—Es mejor que te
subas a la cama. Allí te comerán las turicatas.
Entonces fui y me
acosté con ella.
El calor me hizo
despertar al filo de la medianoche. Y el sudor. El cuerpo de aquella mujer
hecho de tierra, envuelto en costras de tierra, se desbarataba como si
estuviera derritiéndose en un charco de lodo. Yo me sentía nadar entre el sudor
que chorreaba de ella y me faltó el aire que se necesita para respirar.
Entonces me levanté. La mujer dormía. De su boca borbotaba un ruido de burbujas
muy parecido al del estertor.
Salí a la calle para
buscar el aire; pero el calor que me perseguía no se despegaba de mí.
Y es que no había
aire; sólo la noche entorpecida y quieta, acalorada por la canícula de agosto.
No había aire. Tuve
que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes
de que se fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan
delgado que se filtró entre mis dedos para siempre.
Digo para siempre.
Tengo memoria de
haber visto algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre mi cabeza y
luego enjuagarme con aquella espuma y perderme en su nublazón. Fue lo último
que vi.
—¿Quieres hacerme
creer que te mató el ahogo, Juan Preciado? Yo te encontré en la plaza, muy
lejos de la casa de Donis, y junto a mí también estaba él, diciendo que te
estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del
portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de
miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos
hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás para enterrarte. Y ya
ves, te enterramos.
—Tienes razón
Doroteo. ¿Dices que te llamas Doroteo?
—Da lo mismo. Aunque
mi nombre sea Dorotea. Pero da lo mismo.
—Es cierto, Dorotea.
Me mataron los murmullos.
«Allá hallarás mi
querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi
pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas como una
alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno
quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la
noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire
cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un
murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…».
—Sí, Dorotea. Me
mataron los murmullos. Aunque ya traía retrasado el miedo. Se me había venido
juntando, hasta que ya no pude soportarlo. Y cuando me encontré con los
murmullos se me reventaron las cuerdas.
»Llegué a la plaza,
tienes tú razón. Me llevó hasta allí el bullicio de la gente y creí que de
verdad la había. Yo ya no estaba muy en mis cabales; recuerdo que me vine
apoyando en las paredes como si caminara con las manos. Y de las paredes
parecían destilar los murmullos como si se filtraran de entre las grietas y las
descarapeladuras. Yo los oía. Eran voces de gente; pero no voces claras, sino
secretas, como si me murmuraran algo al pasar, o como si zumbaran contra mis
oídos. Me aparté de las paredes y seguí por mitad de la calle; pero las oía
igual, igual que si vinieran conmigo, delante o detrás de mí. No sentía calor,
como te dije antes; antes por el contrario, sentía frío. Desde que salí de la
casa de aquella mujer que me prestó su cama y que, como te decía, la vi
deshacerse en el agua de su sudor, desde entonces me entró frío. Y conforme yo
andaba, el frío aumentaba más y más, hasta que se me enchinó el pellejo. Quise
retroceder porque pensé que regresando podría encontrar el calor que acababa de
dejar; pero me di cuenta a poco de andar que el frío salía de mí, de mi propia
sangre. Entonces reconocí que estaba asustado. Oí el alboroto mayor en la plaza
y creí que allí entre la gente se me bajaría el miedo. Por eso es que ustedes
me encontraron en la plaza. ¿De modo que siempre volvió Donis? La mujer estaba segura
de que jamás lo volvería a ver.
—Fue ya de mañana
cuando te encontramos. Él venía de no sé dónde. No se lo pregunté.
—Bueno, pues llegué a
la plaza. Me recargué en un pilar de los portales. Vi que no había nadie,
aunque seguía oyendo el murmullo como de mucha gente en día de mercado. Un
rumor parejo, sin ton ni son, parecido al que hace el viento contra las ramas
de un árbol en la noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye
el murmurar. Así. Ya no di un paso más. Comencé a sentir que se me acercaba y
daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que
alcancé a distinguir unas palabras vacías de ruido: «Ruega a Dios por
nosotros». Eso oí que me decían. Entonces se me heló el alma. Por eso es que
ustedes me encontraron muerto.
—Mejor no hubieras
salido de tu tierra. ¿Qué viniste a hacer aquí?
—Ya te lo dije en un
principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me
trajo la ilusión.
—¿La ilusión? Eso
cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Pagué con eso la deuda de
encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, una ilusión más; porque nunca
tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y
enterarme de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Sólo esa
larga vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes que
siempre miraron de reojo, como buscando detrás de la gente, sospechando que
alguien me hubiera escondido a mi niño. Y todo fue culpa de un maldito sueño.
He tenido dos: a uno de ellos lo llamo el «bendito» y a otro el «maldito». El
primero fue el que me hizo soñar que había tenido un hijo. Y mientras viví,
nunca dejé de creer que fuera cierto; porque lo sentí entre mis brazos,
tiernito, lleno de boca y de ojos y de manos; durante mucho tiempo conservé en
mis dedos la impresión de sus ojos dormidos y el palpitar de su corazón. ¿Cómo
no iba a pensar que aquello fuera verdad? Lo llevaba conmigo a dondequiera que
iba, envuelto en mi rebozo, y de pronto lo perdí. En el cielo me dijeron que se
habían equivocado conmigo. Que me habían dado un corazón de madre, pero un seno
de una cualquiera. Ése fue el otro sueño que tuve. Llegué al cielo y me asomé a
ver si entre los ángeles reconocía la cara de mi hijo. Y nada. Todas las caras
eran iguales, hechas con el mismo molde. Entonces pregunté. Uno de aquellos
santos se me acercó y, sin decirme nada, hundió una de sus manos en mi estómago
como si la hubiera hundido en un montón de cera. Al sacarla me enseñó algo así
como una cáscara de nuez: «Esto prueba lo que te demuestra».
»Tú sabes cómo hablan
raro allá arriba; pero se les entiende. Les quise decir que aquello era sólo mi
estómago engarruñado por las hambres y por el poco comer; pero otro de aquellos
santos me empujó por los hombros y me enseñó la puerta de salida: “Ve a
descansar un poco más a la tierra, hija, y procura ser buena para que tu
purgatorio sea menos largo”.
»Ése fue el sueño
“maldito” que tuve y del cual saqué la aclaración de que nunca había tenido
ningún hijo. Lo supe ya muy tarde, cuando el cuerpo se me había achaparrado,
cuando el espinazo se me saltó por encima de la cabeza, cuando ya no podía
caminar. Y de remate, el pueblo se fue quedando solo; todos largaron camino
para otros rumbos y con ellos se fue también la caridad de la que yo vivía. Me
senté a esperar la muerte. Después que te encontramos a ti, se resolvieron mis
huesos a quedarse tiesos. “Nadie me hará caso”, pensé. Soy algo que no le
estorba a nadie. Ya ves, ni siquiera le robé el espacio a la tierra. Me
enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos.
Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Sólo se me ocurre que debería ser yo
la que te tuviera abrazado a ti. ¿Oyes? Allá fuera está lloviendo. ¿No sientes
el golpear de la lluvia?
—Siento como si
alguien caminara sobre nosotros.
—Ya déjate de miedos.
Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a
estar mucho tiempo enterrados.
Al amanecer, gruesas
gotas de lluvia cayeron sobre la tierra. Sonaban huecas al estamparse en el
polvo blando y suelto de los surcos. Un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y
gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de
cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte,
soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después.
Fulgor Sedano sintió
el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos. Sus
ojos pequeños se alegraron. Dio hasta tres bocanadas de aquel sabor y sonrió
hasta enseñar los dientes.
«¡Vaya! —dijo—. Otro
buen año se nos echa encima». Y añadió: «Ven, agüita, ven. ¡Déjate caer hasta
que te canses! Después córrete para allá, acuérdate que hemos abierto a la
labor toda la tierra, nomás para que te des gusto».
Y soltó la risa.
El pájaro burlón que
regresaba de recorrer los campos pasó casi frente a él y gimió con un gemido
desgarrado.
El agua apretó su
lluvia hasta que allá, por donde comenzaba a amanecer, se cerró el cielo y
pareció que la oscuridad, que ya se iba, regresaba.
La puerta grande de
la Media Luna rechinó al abrirse, remojada por la brisa. Fueron saliendo
primero dos, luego otros dos, después otros dos y así hasta doscientos hombres
a caballo que se desparramaron por los campos lluviosos.
—Hay que aventar el ganado
de Enmedio más allá de lo que fue Estagua, y el de Estagua córranlo para los
cerros de Vilmayo —les iba ordenando Fulgor Sedano conforme salían—. ¡Y
apriétenle, que se nos vienen encima las aguas!
Lo dijo tantas veces,
que ya los últimos sólo oyeron: «De aquí para allá y de allá para más allá».
Todos y cada uno se
llevaban la mano al sombrero para darle a entender que ya habían entendido.
Y apenas había
acabado de salir el último hombre, cuando entró a todo galope Miguel Páramo,
quien, sin detener su carrera, se apeó del caballo casi en las narices de
Fulgor, dejando que el caballo buscara solo su pesebre.
—¿De dónde vienes a
estas horas, muchacho?
—Vengo de ordeñar.
—¿A quién?
—¿A que no lo
adivinas?
—Ha de ser a
Dorotea la Cuarraca. Es a la única que le gustan los bebés.
—Eres un imbécil,
Fulgor; pero no tienes tú la culpa.
Y se fue, sin
quitarse las espuelas, a que le dieran de almorzar.
En la cocina, Damiana
Cisneros también le hizo la misma pregunta:
—Pero ¿de dónde
llegas, Miguel?
—De por ahí, de
visitar madres.
—No quiero que te
enojes. Disimúlalo. ¿Cómo se te hacen los huevos?
—Como a ti te gusten.
—Te estoy hablando de
buen modo, Miguel.
—Lo entiendo,
Damiana. No te preocupes. Oye, ¿tú conoces a una tal Dorotea, apodada la
Cuarraca?
—Sí. Y si tú la
quieres ver, allí está afuerita. Siempre madruga para venir aquí por su
desayuno. Es una que trae un molote en su rebozo y lo arrulla diciendo que es
su crío. Parece ser que le sucedió alguna desgracia allá en sus tiempos; pero,
como nunca habla, nadie sabe lo que le pasó. Vive de limosna.
—¡Maldito viejo! Le
voy a jugar una mala pasada que hasta le harán remolino los ojos.
Después se quedó
pensando si aquella mujer no le serviría para algo. Y sin dudarlo más fue hacia
la puerta trasera de la cocina y llamó a Dorotea:
—Ven para acá, te voy
a proponer un trato —le dijo.
Y quién sabe qué
clase de proposiciones le haría, lo cierto es que cuando entró de nuevo se
frotaba las manos:
—¡Vengan esos huevos!
—le gritó a Damiana. Y agregó—: De hoy en adelante le darás de comer a esa
mujer lo mismo que a mí, no le hace que se te ampolle el codo.
Mientras tanto,
Fulgor Sedano se fue hasta las trojes a revisar la altura del maíz. Le
preocupaba la merma porque aún tardaría la cosecha. A decir verdad, apenas si
se había sembrado. «Quiero ver si nos alcanza». Luego añadió: «¡Ese muchacho!
Igualito a su padre; pero comenzó demasiado pronto. A ese paso no creo que se
logre. Se me olvidó mencionarle que ayer vinieron con la acusación de que había
matado a uno. Si así sigue…».
Suspiró y trató de
imaginar en qué lugar irían ya los vaqueros. Pero lo distrajo el potrillo
alazán de Miguel Páramo, que se rascaba los morros contra la barda. «Ni
siquiera lo ha desensillado», pensó. «Ni lo hará. Al menos don Pedro es más
consecuente con uno y tiene sus ratos de calma. Aunque consiente mucho a
Miguel. Ayer le comuniqué lo que había hecho su hijo y me respondió: “Hazte a
la idea de que fui yo, Fulgor; él es incapaz de hacer eso: no tiene todavía
fuerza para matar a nadie. Para eso se necesita tener los riñones de este
tamaño”. Puso sus manos así, como si midiera una calabaza. “La culpa de todo lo
que él haga échamela a mí”».
—Miguel le dará
muchos dolores de cabeza, don Pedro. Le gusta la pendencia.
—Déjalo moverse. Es
apenas un niño. ¿Cuántos años cumplió? Tendrá diecisiete. ¿No, Fulgor?
—Puede que sí.
Recuerdo que se lo trajeron recién, apenas ayer; pero es tan violento y vive
tan de prisa que a veces se me figura que va jugando carreras con el tiempo.
Acabará por perder, ya lo verá usted.
—Es todavía una
criatura, Fulgor.
—Será lo qué usted
diga, don Pedro; pero esa mujer que vino ayer a llorar aquí, alegando que el
hijo de usted le había matado a su marido, estaba de a tiro desconsolada. Yo sé
medir el desconsuelo, don Pedro. Y esa mujer lo cargaba por kilos. Le ofrecí
cincuenta hectolitros de maíz para que se olvidara del asunto; pero no los
quiso. Entonces le prometí que corregiríamos el daño de algún modo. No se
conformó.
—¿De quién se
trataba?
—Es gente que no
conozco.
—No tienes pues por
qué apurarte, Fulgor. Esa gente no existe.
Llegó a las trojes y
sintió el calor del maíz. Tomó en sus manos un puñado para ver si no lo había
alcanzado el gorgojo. Midió la altura: «Rendirá —dijo—. En cuanto crezca el
pasto ya no vamos a requerir darle maíz al ganado. Hay de sobra».
De regreso miró al
cielo lleno de nubes. «Tendremos agua para un buen rato». Y se olvidó de todo
lo demás.
—Allá afuera debe
estar variando el tiempo. Mi madre me decía que, en cuanto comenzaba a llover,
todo se llenaba de luces y del olor verde de los retoños. Me contaba cómo
llegaba la marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la
descomponían cambiándole los colores… Mi madre, que vivió su infancia y sus
mejores años en este pueblo y que ni siquiera pudo venir a morir aquí. Hasta
para eso me mandó a mí en su lugar. Es curioso, Dorotea, cómo no alcancé a ver
ni el cielo. Al menos, quizá, debe ser el mismo que ella conoció.
—No lo sé, Juan
Preciado. Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo. Y
aunque lo hubiera hecho, ¿qué habría ganado? El cielo está tan alto, y mis ojos
tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra. Además,
le perdí todo mi interés desde que el padre Rentería me aseguró que jamás
conocería la gloria. Que ni siquiera de lejos la vería… Fue cosa de mis
pecados; pero él no debía habérmelo dicho. Ya de por sí la vida se lleva con
trabajos. Lo único que la hace a una mover los pies es la esperanza de que al
morir la lleven a una de un lugar a otro; pero cuando a una le cierran una
puerta y la que queda abierta es nomás la del infierno, más vale no haber
nacido… El cielo para mí, Juan Preciado, está aquí donde estoy ahora.
—¿Y tu alma? ¿Dónde
crees que haya ido?
—Debe andar vagando
por la tierra como tantas otras; buscando vivos que recen por ella. Tal vez me
odie por el mal trato que le di; pero eso ya no me preocupa. He descansado del
vicio de sus remordimientos. Me amargaba hasta lo poco que comía, y me hacía
insoportables las noches llenándomelas de pensamientos intranquilos con figuras
de condenados y cosas de ésas. Cuando me senté a morir, ella rogó que me
levantara y que siguiera arrastrando la vida, como si esperara todavía algún
milagro que me limpiara de culpas. Ni siquiera hice el intento: «Aquí se acaba
el camino —le dije—. Ya no me quedan fuerzas para más». Y abrí la boca para que
se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que
estaba amarrada a mi corazón.
Llamaron a su puerta;
pero él no contestó. Oyó que siguieron tocando todas las puertas, despertando a
la gente. La carrera que llevaba Fulgor lo conoció por sus pasos, hacia la
puerta grande se detuvo un momento, como si tuviera intenciones de volver a
llamar. Después siguió corriendo.
Rumor de voces.
Arrastrar de pisadas despaciosas como si cargaran con algo pesado.
Ruidos vagos.
Vino hasta su memoria
la muerte de su padre, también en un amanecer como éste; aunque en aquel
entonces la puerta estaba abierta y traslucía el color gris de un cielo hecho
de ceniza, triste, como fue entonces. Y a una mujer conteniendo el llanto,
recostada contra la puerta. Una madre de la que él ya se había olvidado y
olvidado muchas veces, diciéndole: «¡Han matado a tu padre!». Con aquella voz
quebrada, deshecha, sólo unida por el hilo del sollozo.
Nunca quiso revivir
ese recuerdo porque le traía otros, como si rompiera un costal repleto y luego
quisiera contener el grano. La muerte de su padre que arrastró otras muertes y
en cada una de ellas estaba siempre la imagen de la cara despedazada; roto un
ojo, mirando vengativo el otro. Y otro y otro más, hasta que la había borrado
del recuerdo cuando ya no hubo nadie que se la recordara.
—¡Descánselo aquí!
No, así no. Hay que meterlo con la cabeza para atrás. ¡Tú! ¿Qué esperas?
Todo en voz baja.
—¿Y él?
—Él duerme. No lo
despierten. No hagan ruido.
Allí estaba él,
enorme, mirando la maniobra de meter un bulto envuelto en costales viejos,
amarrado con sicuas de coyunda como si lo hubieran amortajado.
—¿Quién es?
—preguntó.
Fulgor Sedano se acercó
hasta él y le dijo:
—Es Miguel, don
Pedro.
—¿Qué le hicieron?
—gritó.
Esperaba oír: «Lo han
matado». Y ya estaba previniendo su furia, haciendo bolas duras de rencor; pero
oyó las palabras suaves de Fulgor Sedano que le decían:
—Nadie le hizo nada.
Él solo encontró la muerte.
Había mecheros de
petróleo aluzando la noche.
—… Lo mató el caballo
—se acomidió a decir uno.
Lo tendieron en su
cama, echando abajo el colchón, dejando las puras tablas donde acomodaron el
cuerpo ya desprendido de las tiras con que habían venido tirando de él. Le
colocaron las manos sobre el pecho y taparon su cara con un trapo negro.
«Parece más grande de lo que era», dijo en secreto Fulgor Sedano.
Pedro Páramo se había
quedado sin expresión ninguna, como ido. Por encima de él sus pensamientos se
seguían unos a otros sin darse alcance ni juntarse. Al fin dijo:
—Estoy comenzando a
pagar. Más vale empezar temprano, para terminar pronto.
No sintió dolor.
Cuando le habló a la
gente reunida en el patio para agradecerle su compañía, abriéndole paso a su
voz por entre el lloriqueo de las mujeres, no cortó ni el resuello ni sus
palabras. Después sólo se oyó en aquella noche el piafar del potrillo alazán de
Miguel Páramo.
—Mañana mandas matar
ese animal para que no siga sufriendo —le ordenó a Fulgor Sedano.
—Está bien, don
Pedro. Lo entiendo. El pobre se ha de sentir desolado.
—Yo también lo
entiendo así, Fulgor. Y diles de paso a esas mujeres que no armen tanto
escándalo, es mucho alboroto por mi muerto. Si fuera de ellas, no llorarían con
tantas ganas.
El padre Rentería se
acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo
despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo.
Recorrió las calles
solitarias de Comala, espantando con sus pasos a los perros que husmeaban en
las basuras. Llegó hasta el río y allí se entretuvo mirando en los remansos el
reflejo de las estrellas que se estaban cayendo del cielo. Duró varias horas
luchando con sus pensamientos, tirándolos al agua negra del río.
«El asunto comenzó
—pensó— cuando Pedro Páramo, de cosa baja que era, se alzó a mayor. Fue
creciendo como una mala yerba. Lo malo de esto es que todo lo obtuvo de mí: “Me
acuso padre que ayer dormí con Pedro Páramo”. “Me acuso padre que tuve un hijo
de Pedro Páramo”. “De que le presté mi hija a Pedro Páramo”. Siempre esperé que
él viniera a acusarse de algo; pero nunca lo hizo. Y después estiró los brazos
de su maldad con ese hijo que tuvo. Al que él reconoció, sólo Dios sabe por
qué. Lo que si sé es que yo puse en sus manos ese instrumento».
Tenía muy presente el
día que se lo había llevado, apenas nacido.
Le había dicho:
—Don Pedro, la mamá
murió al alumbrarlo. Dijo que era de usted. Aquí lo tiene.
Y él ni lo dudó,
solamente le dijo:
—¿Por qué no se queda
con él, padre? Hágalo cura.
—Con la sangre que
lleva dentro no quiero tener esa responsabilidad.
—¿De verdad cree
usted que tengo mala sangre?
—Realmente sí, don
Pedro.
—Le probaré que no es
cierto. Déjemelo aquí. Sobra quien se encargue de cuidarlo.
—En eso pensé,
precisamente. Al menos con usted no le faltará el sustento.
El muchachito se
retorcía, pequeño como era, como una víbora.
—¡Damiana! Encárgate
de esa cosa. Es mi hijo.
Después había abierto
la botella:
—Por la difunta y por
usted beberé este trago.
—¿Y por él?
—Por él también, ¿por
qué no?
Llenó otra copa más y
los dos bebieron por el porvenir de aquella criatura.
Así fue.
Comenzaron a pasar
las carretas rumbo a la Media Luna. Él se agachó, escondiéndose en el galápago
que bordeaba el río. «¿De quién te escondes?», se preguntó a sí mismo.
—¡Adiós, padre! —oyó
que le decían.
Se alzó de la tierra
y contestó:
—¡Adiós! Que el Señor
te bendiga.
Estaban apagándose
las luces del pueblo. El río llenó su agua de colores luminosos.
—Padre, ¿ya dieron el
alba? —preguntó otro de los carreteros.
—Debe ser mucho
después del alba —respondió él. Y caminó en sentido contrario al de ellos, con
intenciones de no detenerse.
—¿Adónde tan
temprano, padre?
—¿Dónde está el
moribundo, padre?
—¿Ha muerto alguien
en Contla, padre?
Hubiera querido
responderles: «Yo. Yo soy el muerto». Pero se conformó con sonreír.
Al salir del pueblo
precipitó sus pasos.
Regresó entrada la
mañana.
—¿Dónde estuvo usted,
tío? —le preguntó Ana su sobrina—. Vinieron muchas mujeres a buscarlo. Querían
confesarse por ser mañana viernes primero.
—Que regresen a la
noche.
Se quedó un rato
quieto, sentado en una banca del pasillo, lleno de fatiga.
—¡Qué fresco está el
aire!, ¿no, Ana?
—Hace calor, tío.
—Yo no lo siento.
No quería pensar para
nada que había estado en Contla, donde hizo confesión general con el señor
cura, y que éste, a pesar de sus ruegos, le había negado la absolución:
—Ese hombre de quien
no quieres mencionar su nombre ha despedazado tu Iglesia y tú se lo has
consentido. ¿Qué se puede esperar ya de ti, padre? ¿Qué has hecho de la fuerza
de Dios? Quiero convencerme de que eres bueno y de que allí recibes la
estimación de todos; pero no basta ser bueno. El pecado no es bueno. Y para
acabar con él, hay que ser duro y despiadado. Quiero creer que todos siguen
siendo creyentes; pero no eres tú quien mantiene su fe; lo hacen por
superstición y por miedo. Quiero aún más estar contigo en la pobreza en que
vives y en el trabajo y cuidados que libras todos los días en tu cumplimiento.
Sé lo difícil que es nuestra tarea en estos pobres pueblos donde nos tienen
relegados; pero eso mismo me da derecho a decirte que no hay que entregar
nuestro servicio a unos cuantos, que te darán un poco a cambio de tu alma, y
con tu alma en manos de ellos ¿qué podrás hacer para ser mejor que aquellos que
son mejores que tú? No, padre, mis manos no son lo suficientemente limpias para
darte la absolución. Tendrás que buscarla en otro lugar.
—¿Quiere usted decir,
señor cura, que tengo que ir a buscar la confesión a otra parte?
—Tienes que ir. No
puedes seguir consagrando a los demás si tú mismo estás en pecado.
—¿Y si suspenden mis
ministerios?
—No creo que lo
hagan, aunque tal vez lo merezcas. Quedará a juicio de ellos.
—¿No podría usted…?
Provisionalmente, digamos… Necesito dar los santos óleos… la comunión. Mueren
tantos en mi pueblo, señor cura.
—Padre, deja que a
los muertos los juzgue Dios.
—¿Entonces, no?
Y el señor cura de
Contla había dicho que no.
Después pasearon los
dos por los corredores del curato, sombreados de azaleas. Se sentaron bajo una
enramada donde maduraban las uvas.
—Son ácidas, padre
—se adelantó el señor cura a la pregunta que le iba a hacer—. Vivimos en una
tierra en que todo se da, gracias a la Providencia; pero todo se da con acidez.
Estamos condenados a eso.
—Tiene usted razón,
señor cura. Allá en Comala he intentado sembrar uvas. No se dan. Sólo crecen
arrayanes y naranjos; naranjos agrios y arrayanes agrios. A mí se me ha
olvidado el sabor de las cosas dulces. ¿Recuerda usted las guayabas de China
que teníamos en el seminario? Los duraznos, las mandarinas aquellas que con
sólo apretarlas soltaban la cáscara. Yo traje aquí algunas semillas. Pocas;
apenas una bolsita… después pensé que hubiera sido mejor dejarlas allá donde
maduraran, ya que aquí las traje a morir.
—Y sin embargo,
padre, dicen que las tierras de Comala son buenas. Es lástima que estén en
manos de un solo hombre. ¿Es Pedro Páramo aún el dueño, no?
—Así es la voluntad
de Dios.
—No creo que en este
caso intervenga la voluntad de Dios. ¿No lo crees tú así, padre?
—A veces lo he
dudado; pero allí lo reconocen.
—¿Y entre ésos estás
tú?
—Yo soy un pobre
hombre dispuesto a humillarse, mientras sienta el impulso de hacerlo.
Luego se habían
despedido. Él tomándole las manos y besándoselas. Con todo, ahora aquí, vuelto
a la realidad, no quería volver a pensar más en esa mañana de Contla.
Se levantó y fue
hacia la puerta.
—¿Adónde va usted,
tío?
Su sobrina Ana,
siempre presente, siempre junto a él, como si buscara su sombra para defenderse
de la vida.
—Voy a ir un rato a
caminar, Ana. A ver si así reviento.
—¿Se siente mal?
—Mal no, Ana. Malo.
Un hombre malo. Eso siento que soy.
Fue hasta la Media
Luna y dio el pésame a Pedro Páramo. Volvió a oír las disculpas por las
inculpaciones que le habían hecho a su hijo. Lo dejó hablar. Al fin ya nada
tenía importancia. En cambio, rechazó la invitación a comer con él:
—No puedo, don Pedro,
tengo que estar temprano en la iglesia porque me espera un montón de mujeres
junto al confesionario. Otra vez será.
Se vino al paso, y
cuando atardecía entró directamente en la iglesia, tal como iba, lleno de polvo
y de miseria. Se sentó a confesar.
La primera que se
acercó fue la vieja Dorotea, quien siempre estaba allí esperando a que se
abrieran las puertas de la iglesia.
Sintió que olía a
alcohol.
—¿Qué, ya te
emborrachas? ¿Desde cuándo?
—Es que estuve en el
velorio de Miguelito, padre. Y se me pasaron las canelas. Me dieron de beber
tanto, que hasta me volví payasa.
—Nunca has sido otra
cosa, Dorotea.
—Pero ahora traigo
pecados, padre. Y de sobra.
En varias ocasiones
él le había dicho: «No te confieses, Dorotea, nada más vienes a quitarme el
tiempo. Tú ya no puedes cometer ningún pecado, aunque te lo propongas. Déjale
el campo a los demás».
—Ahora sí, padre. Es
verdad.
—Di.
—Ya que no puedo
causarle ningún perjuicio, le diré que era yo la que le conseguía muchachas al
difunto Miguelito Páramo.
El padre Rentería,
que pensaba darse campo para pensar, pareció salir de sus sueños y preguntó
casi por costumbre:
—¿Desde cuándo?
—Desde que él fue
hombrecito. Desde que le agarró el chincual.
—Vuélveme a repetir
lo que dijiste, Dorotea.
—Pos que yo era la
que conchavaba las muchachas a Miguelito.
—¿Se las llevabas?
—Algunas veces, sí.
En otras nomás se las apalabraba. Y con otras nomás le daba el norte. Usted
sabe: la hora en que estaban solas y en que él podía agarrarlas descuidadas.
—¿Fueron muchas?
No quería decir eso:
pero le salió la pregunta por costumbre.
—Ya hasta perdí la
cuenta. Fueron retemuchas.
—¿Qué quieres que
haga contigo, Dorotea? Júzgate tú misma. Ve si tú puedes perdonarte.
—Yo no, padre. Pero
usted sí puede. Por eso vengo a verlo.
—¿Cuántas veces
viniste aquí a pedirme que te mandara al cielo cuando murieras? ¿Querías ver si
allá encontrabas a tu hijo, no, Dorotea? Pues bien, no podrás ir ya más al
cielo. Pero que Dios te perdone.
—Gracias, padre.
—Sí. Yo también te
perdono en nombre de él. Puedes irte.
—¿No me deja ninguna
penitencia?
—No la necesitas,
Dorotea.
—Gracias, padre.
—Ve con Dios.
Tocó con los nudillos
la ventanilla del confesionario para llamar a otra de aquellas mujeres. Y
mientras oía el Yo pecador su cabeza se dobló como si no pudiera sostenerse en
alto. Luego vino aquel mareo, aquella confusión, el irse diluyendo como en agua
espesa, y el girar de luces; la luz entera del día que se desbarataba
haciéndose añicos; y ese sabor a sangre en la lengua. El Yo pecador se oía más
fuerte, repetido, y después terminaban: «por los siglos de los siglos, amén»,
«por los siglos de los siglos, amén», «por los siglos…».
—Ya calla —dijo—.
¿Cuánto hace que no te confiesas?
—Dos días, padre.
Allí estaba otra vez.
Como si lo rodeara la desventura. «¿Qué haces aquí? —pensó—. Descansa. Vete a
descansar. Estás muy cansado».
Se levantó del
confesionario y se fue derecho a la sacristía. Sin volver la cabeza dijo a
aquella gente que lo estaba esperando:
—Todos los que se
sientan sin pecado, pueden comulgar mañana.
Detrás de él, sólo se
oyó un murmullo.
Estoy acostada en la
misma cama donde murió mi madre hace ya muchos años; sobre el mismo colchón;
bajo la misma cobija de lana negra con la cual nos envolvíamos las dos para
dormir. Entonces yo dormía a su lado, en un lugarcito que ella me hacía debajo
de sus brazos.
Creo sentir todavía
el golpe pausado de su respiración; las palpitaciones y suspiros con que ella
arrullaba mi sueño… Creo sentir la pena de su muerte…
Pero esto es falso.
Estoy aquí, boca
arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy
acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón
negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta.
Siento el lugar en
que estoy y pienso…
Pienso cuando
maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los
helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban
con su olor el viejo patio.
El viento bajaba de
las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en
espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle; mientras tanto dejaban
vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo
círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los
naranjos.
Y los gorriones
reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas
entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa
época.
En febrero, cuando
las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Me acuerdo.
Mi madre murió entonces.
Que yo debía haber
gritado; que mis manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su
desesperación. Así hubieras tú querido que fuera. Pero ¿acaso no era alegre
aquella mañana? Por la puerta abierta entraba el aire, quebrando las guías de
la yedra. En mis piernas comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis
manos temblaban tibias al tocar mis senos. Los gorriones jugaban. En las lomas
se mecían las espigas. Me dio lástima que ella ya no volviera a ver el juego
del viento en los jazmines; que cerrara sus ojos a la luz de los días. Pero ¿por
qué iba a llorar?
¿Te acuerdas,
Justina? Acomodaste las sillas a lo largo del corredor para que la gente que
viniera a verla esperara su turno. Estuvieron vacías. Y mi madre sola, en medio
de los cirios; su cara pálida y sus dientes blancos asomándose apenitas entre
sus labios morados, endurecidos por la amoratada muerte. Sus pestañas ya
quietas; quieto ya su corazón. Tú y yo allí, rezando rezos interminables, sin
que ella oyera nada, sin que tú y yo oyéramos nada, todo perdido en la
sonoridad del viento debajo de la noche. Planchaste su vestido negro,
almidonado el cuello y el puño de sus mangas para que sus manos se vieran
nuevas, cruzadas sobre su pecho muerto; su viejo pecho amoroso sobre el que
dormí en un tiempo y que me dio de comer y que palpitó para arrullar mis
sueños.
Nadie vino a verla.
Así estuvo mejor. La muerte no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en
busca de tristezas.
Tocaron la aldaba. Tú
saliste.
—Ve tú —te dije—. Yo
veo borrosa la cara de la gente. Y haz que se vayan. ¿Que vienen por el dinero
de las misas gregorianas? Ella no dejó ningún dinero. Díselos, Justina. ¿Que no
saldrá del Purgatorio si no le rezan esas misas? ¿Quiénes son ellos para hacer
la justicia, Justina? ¿Dices que estoy loca? Está bien.
Y tus sillas se quedaron
vacías hasta que fuimos a enterrarla con aquellos hombres alquilados, sudando
por un peso ajeno, extraños a cualquier pena. Cerraron la sepultura con arena
mojada; bajaron el cajón despacio, con la paciencia de su oficio, bajo el aire
que les refrescaba su esfuerzo. Sus ojos fríos, indiferentes. Dijeron: «Es
tanto». Y tú les pagaste, como quien compra una cosa, desanudando tu pañuelo
húmedo de lágrimas, exprimido y vuelto a exprimir y ahora guardando el dinero
de los funerales…
Y cuando ellos se
fueron, te arrodillaste en el lugar donde había quedado su cara y besaste la
tierra y podrías haber abierto un agujero, si yo no te hubiera dicho: «Vámonos,
Justina, ella está en otra parte, aquí no hay más que una cosa muerta».
—¿Eres tú la que ha
dicho todo eso, Dorotea?
—¿Quién, yo? Me quedé
dormida un rato. ¿Te siguen asustando?
—Oí a alguien que
hablaba. Una voz de mujer. Creí que eras tú.
—¿Voz de mujer?
¿Creíste que era yo? Ha de ser la que habla sola. La de la sepultura grande.
Doña Susanita. Está aquí enterrada a nuestro lado. Le ha de haber llegado la
humedad y estará removiéndose entre el sueño.
—¿Y quién es ella?
—La última esposa de
Pedro Páramo. Unos dicen que estaba loca. Otros, que no. La verdad es que ya
hablaba sola desde en vida.
—Debe haber muerto
hace mucho.
—¡Uh, sí!, hace
mucho. ¿Qué le oíste decir?
—Algo acerca de su
madre.
—Pero si ella ni
madre tuvo…
—Pues de eso hablaba.
—… O, al menos, no la
trajo cuando vino. Pero espérate. Ahora recuerdo que ella nació aquí, y que ya
de añejita desaparecieron. Y sí, su madre murió de tisis. Era una señora muy
rara que siempre estuvo enferma y no visitaba a nadie.
—Eso dice ella. Que
nadie había ido a ver a su madre cuando murió.
—¿Pero de qué tiempos
hablará? Claro que nadie se paró en su casa por el puro miedo de agarrar la
tisis: ¿Se acordará de eso la indina?
—De eso hablaba.
—Cuando vuelvas a
oírla me avisas, me gustaría saber lo que dice.
—¿Oyes? Parece que va
a decir algo. Se oye un murmullo.
—No, no es ella. Eso
viene de más lejos, de por este otro rumbo. Y es voz de hombre. Lo que pasa con
estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a
removerse. Y despiertan.
«El cielo es grande.
Dios estuvo conmigo esa noche. De no ser así quién sabe lo que hubiera pasado.
Porque fue ya de noche cuando reviví…».
—¿Lo oyes ya más
claro?
—Sí.
«… Tenía sangre por
todas partes. Y al enderezarme chapotié con mis manos la sangre regada en las
piedras. Y era mía. Montonales de sangre. Pero no estaba muerto. Me di cuenta.
Supe que don Pedro no tenía intenciones de matarme. Sólo de darme un susto.
Quería averiguar si yo había estado en Vilmayo dos meses antes. El día de San
Cristóbal. En la boda. ¿En cuál boda? ¿En cuál San Cristóbal? Yo chapoteaba
entre mi sangre y le preguntaba: “¿En cuál boda, don Pedro?”. No, no, don
Pedro, yo no estuve. Si acaso, pasé por allí. Pero fue por casualidad… Él no
tuvo intenciones de matarme. Me dejó cojo, como ustedes ven, y manco si ustedes
quieren. Pero no me mató. Dicen que se me torció un ojo desde entonces, de la
mala impresión. Lo cierto es que me volví más hombre. El cielo es grande. Y ni
quien lo dude».
—¿Quién será?
—Ve tú a saber.
Alguno de tantos. Pedro Páramo causó tal mortandad después que le mataron a su
padre, que se dice casi acabó con los asistentes a la boda en la cual don Lucas
Páramo iba a fungir de padrino. Y eso que a don Lucas nomás le tocó de rebote,
porque al parecer la cosa era contra el novio. Y como nunca se supo de dónde
había salido la bala que le pegó a él, Pedro Páramo arrasó parejo. Esto fue
allá en el cerro de Vilmayo, donde estaban unos ranchos de los que ya no queda
ni el rastro… Mira, ahora sí parece ser ella. Tú que tienes los oídos
muchachos, ponle atención. Ya me contarás lo que diga.
—No se le entiende.
Parece que no habla, sólo se queja.
—¿Y de qué se queja?
—Pues quién sabe.
—Debe ser por algo.
Nadie se queja de nada. Para bien la oreja.
—Se queja y nada más.
Tal vez Pedro Páramo la hizo sufrir.
—No creas. Él la
quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como a ésa. Ya se la
entregaron sufrida y quizá loca. Tan la quiso, que se pasó el resto de sus años
aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al
camposanto. Le perdió interés a todo. Desalojó sus tierras y mandó quemar los
enseres. Unos dicen que porque ya estaba cansado, otros que porque le agarró la
desilusión; lo cierto es que echó fuera a la gente y se sentó en su equipal,
cara al camino.
»Desde entonces la
tierra se quedó baldía y como en ruinas. Daba pena verla llenándose de achaques
con tanta plaga que la invadió en cuanto la dejaron sola. De allá para acá se
consumió la gente; se desbandaron los hombres en busca de otros “bebederos”.
Recuerdo días en que Comala se llenó de “adioses” y hasta nos parecía cosa
alegre ir a despedir a los que se iban. Y es que se iban con intenciones de
volver. Nos dejaban encargadas sus cosas y su familia. Luego algunos mandaban
por la familia aunque no por sus cosas, y después parecieron olvidarse del
pueblo y de nosotros, y hasta de sus cosas. Yo me quedé porque no tenía adónde
ir. Otros se quedaron esperando que Pedro Páramo muriera, pues según decían les
había prometido heredarles sus bienes, y con esa esperanza vivieron todavía
algunos. Pero pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí, como un
espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna.
»Y ya cuando le
faltaba poco para morir vinieron las guerras esas de los “cristeros” y la tropa
echó rialada con los pocos hombres que quedaban. Fue cuando yo comencé a
morirme de hambre y desde entonces nunca me volví a emparejar.
»Y todo por las ideas
de don Pedro, por sus pleitos de alma. Nada más porque se le murió la mujer, la
tal Susanita. Ya te has de imaginar si la quería».
Fue Fulgor Sedano
quien le dijo:
—Patrón, ¿sabe quién
anda por aquí?
—¿Quién?
—Bartolomé San Juan.
—¿Y eso?
—Eso es lo que yo me
pregunto. ¿Qué vendrá a hacer?
—¿No lo has
investigado?
—No. Vale decirlo. Y
es que no ha buscado casa. Llegó directamente a la antigua casa de usted. Allí
desmontó y apeó sus maletas, como si usted de antemano se la hubiera alquilado.
Al menos le vi esa seguridad.
—¿Y qué haces tú,
Fulgor, que no averiguas lo que pasa? ¿No estás para eso?
—Me desorienté un
poco por lo que le dije. Pero mañana aclararé las cosas si usted lo cree
necesario.
—Lo de mañana
déjamelo a mí. Yo me encargo de ellos. ¿Han venido los dos?
—Sí, él y su mujer.
¿Pero cómo lo sabe?
—¿No será su hija?
—Pues por el modo
como la trata más bien parece su mujer.
—Vete a dormir,
Fulgor.
—Si usted me lo
permite.
«Esperé treinta años
a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo todo. No solamente algo, sino todo
lo que se pudiera conseguir de modo que no nos quedara ningún deseo, sólo el
tuyo, el deseo de ti. ¿Cuántas veces invité a tu padre a que viniera a vivir
aquí nuevamente, diciéndole que yo lo necesitaba? Lo hice hasta con engaños».
»Le ofrecí nombrarlo
administrador, con tal de volverte a ver. ¿Y qué me contestó? “No hay respuesta
—me decía siempre el mandadero—. El señor don Bartolomé rompe sus cartas cuando
yo se las entrego”. Pero por el muchacho supe que te habías casado y pronto me
enteré que te habías quedado viuda y le hacías otra vez compañía a tu padre.
Luego el silencio.
»El mandadero iba y
venía y siempre regresaba diciéndome:
»—No los encuentro,
don Pedro. Me dicen que salieron de Mascota. Y unos me dicen que para acá y
otros que para allá.
»Y yo:
»—No repares en
gastos, búscalos. Ni que se los haya tragado la tierra.
»Hasta que un día
vino y me dijo:
»—He repasado toda la
sierra indagando el rincón donde se esconde don Bartolomé San Juan, hasta que
he dado con él, allá, perdido en un agujero de los montes, viviendo en una
covacha hecha de troncos, en el mero lugar donde están las minas abandonadas de
La Andrómeda.
»Ya para entonces
soplaban vientos raros. Se decía que había gente levantada en armas. Nos
llegaban rumores. Eso fue lo que aventó a tu padre por aquí. No por él, según
me dijo en su carta, sino por tu seguridad, quería traerte a algún lugar
viviente.
»Sentí que se abría
el cielo. Tuve ánimos de correr hacia ti. De rodearte de alegría. De llorar. Y
lloré, Susana, cuando supe que al fin regresarías».
—Hay pueblos que
saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de aire viejo y entumido,
pobre y flaco como todo lo viejo. Éste es uno de esos pueblos, Susana.
»Allá, de donde
venimos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas:
nubes y pájaros, el musgo, ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese
olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un
pueblo desdichado; untado todo de desdicha.
ȃl nos ha pedido que
volvamos. Nos ha prestado su casa. Nos ha dado todo lo que podamos necesitar.
Pero no debemos estarle agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque
aquí no tendremos salvación ninguna. Lo presiento.
»¿Sabes qué me ha
pedido Pedro Páramo? Yo ya me imaginaba que esto que nos daba no era gratuito.
Y estaba dispuesto a que se cobrara con mi trabajo, ya que teníamos que pagar
de algún modo. Le detallé todo lo referente a La Andrómeda y le hice ver que
aquello tenía posibilidades, trabajándola con método. ¿Y sabes qué me contestó?
“No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo único que quiero de usted es a
su hija. Ése ha sido su mejor trabajo”.
»Así que te quiere a
ti, Susana. Dice que jugabas con él cuando eran niños. Que ya te conoce. Que
llegaron a bañarse juntos en el río cuando eran niños. Yo no lo supe; de
haberlo sabido te habría matado a cintarazos.
—No lo dudo.
—¿Fuiste tú la que
dijiste: no lo dudo?
—Yo lo dije.
—¿De manera que estás
dispuesta a acostarte con él?
—Sí, Bartolomé.
—¿No sabes que es
casado y que ha tenido infinidad de mujeres?
—Sí, Bartolomé.
—No me digas
Bartolomé. ¡Soy tu padre!
Bartolomé San Juan,
un minero muerto. Susana San Juan, hija de un minero muerto en las minas de La
Andrómeda. Veía claro. «Tendré que ir allá a morir», pensó. Luego dijo:
—Le he dicho que tú,
aunque viuda, sigues viviendo con tu marido, o al menos así te comportas; he
tratado de disuadirlo, pero se le hace torva la mirada cuando yo le hablo, y en
cuanto sale a relucir tu nombre, cierra los ojos. Es, según yo sé, la pura
maldad. Eso es Pedro Páramo.
—¿Y yo quién soy?
—Tú eres mi hija.
Mía. Hija de Bartolomé San Juan.
En la mente de Susana
San Juan comenzaron a caminar las ideas, primero lentamente, luego se
detuvieron, para después echar a correr de tal modo que no alcanzó sino a
decir:
—No es cierto. No es
cierto.
—Este mundo, que lo
aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y
allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre.
¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Tu madre decía que cuando
menos nos queda la caridad de Dios. Y tú la niegas, Susana. ¿Por qué me niegas
a mí como tu padre? ¿Estás loca?
—¿No lo sabías?
—¿Estás loca?
—Claro que sí,
Bartolomé. ¿No lo sabías?
—¿Sabías, Fulgor, que
ésa es la mujer más hermosa que se ha dado sobre la tierra? Llegué a creer que
la había perdido para siempre. Pero ahora no tengo ganas de volverla a perder.
¿Tú me entiendes, Fulgor? Dile a su padre que vaya a seguir explotando sus
minas. Y allá… me imagino que será fácil desaparecer al viejo en aquellas
regiones adonde nadie va nunca. ¿No lo crees?
—Puede ser.
—Necesitamos que sea.
Ella tiene que quedarse huérfana. Estamos obligados a amparar a alguien. ¿No
crees tú?
—No lo veo difícil.
—Entonces andando,
Fulgor, andando.
—¿Y si ella lo llega
a saber?
—¿Quién se lo dirá? A
ver, dime, aquí entre nosotros dos, ¿quién se lo dirá?
—Estoy seguro que
nadie.
—Quítale el «estoy
seguro que». Quítaselo desde ahorita y ya verás como todo sale bien. Acuérdate
del trabajo que dio dar con La Andrómeda. Mándalo para allá a seguir
trabajando. Que vaya y vuelva. Nada de que se le ocurra acarrear con la hija.
Ésa aquí se la cuidamos. Allá estará su trabajo y aquí su casa adonde venga a
reconocer. Díselo así, Fulgor.
—Me vuelve a gustar
cómo acciona usted, patrón, como que se le están rejuveneciendo los ánimos.
Sobre los campos del
valle de Comala está cayendo la lluvia. Una lluvia menuda, extraña para estas
tierras que sólo saben de aguaceros. Es domingo. De Apango han bajado los
indios con sus rosarios de manzanillas, su romero, sus manojos de tomillo. No
han traído ocote porque el ocote está mojado, y ni tierra de encino porque
también está mojada por el mucho llover. Tienden sus yerbas en el suelo, bajo
los arcos del portal, y esperan.
La lluvia sigue
cayendo sobre los charcos.
Entre los surcos,
donde está naciendo el maíz, corre el agua en ríos. Los hombres no han venido
hoy al mercado, ocupados en romper los surcos para que el agua busque nuevos
cauces y no arrastre la milpa tierna. Andan en grupos, navegando, en la tierra
anegada, bajo la lluvia, quebrando con sus palas los blandos terrones, ligando
con sus manos la milpa y tratando de protegerla para que crezca sin trabajo.
Los indios esperan.
Sienten que es un mal día. Quizá por eso tiemblan debajo de sus mojados
«gabanes» de paja; no de frío, sino de temor. Y miran la lluvia desmenuzada y
al cielo que no suelta sus nubes.
Nadie viene. El
pueblo parece estar solo. La mujer les encargó un poco de hilo de remiendo y
algo de azúcar, y de ser posible y de haber, un cedazo para colar el atole. El
«gabán» se les hace pesado de humedad conforme se acerca el mediodía. Platican,
se cuentan chistes y sueltan la risa. Las manzanillas brillan salpicadas por el
rocío. Piensan:
«Si al menos
hubiéramos traído tantito pulque, no importaría; pero el cogollo de los
magueyes está hecho un mar de agua. En fin, qué se le va a hacer».
Justina Díaz,
cubierta con paraguas, venía por la calle derecha que viene de la Media Luna,
rodeando los chorros que borbotaban sobre las banquetas. Hizo la señal de la
cruz y se persignó al pasar por la puerta de la iglesia mayor. Entró en el
portal. Los indios voltearon a verla. Vio la mirada de todos como si la
escudriñaran. Se detuvo en el primer puesto, compró diez centavos de hojas de
romero, y regresó, seguida por las miradas en hilera de aquel montón de indios.
«Lo caro que está
todo en este tiempo —dijo, al tomar de nuevo el camino hacia la Media Luna—.
Este triste ramito de romero por diez centavos. No alcanzará ni siquiera para
dar olor».
Los indios levantaron
sus puestos al oscurecer. Entraron en la lluvia con sus pesados tercios a la
espalda; pasaron por la iglesia para rezarle a la Virgen, dejándole un manojo
de tomillo de limosna. Luego enderezaron hacia Apango, de donde habían venido.
«Ahí será otro día», dijeron. Y por el camino iban contándose chistes y
soltando la risa.
Justina Díaz entró en
el dormitorio de Susana San Juan y puso el romero sobre la repisa. Las cortinas
cerradas impedían el paso de la luz, así que en aquella oscuridad sólo veía las
sombras, sólo adivinaba. Supuso que Susana San Juan estaría dormida; ella
deseaba que siempre estuviera dormida. La sintió así y se alegró. Pero entonces
oyó un suspiro lejano, como salido de algún rincón de aquella pieza oscura.
—¡Justina! —le
dijeron.
Ella volvió la
cabeza. No vio a nadie; pero sintió una mano sobre su hombro y la respiración
en sus oídos. La voz en secreto: «Vete de aquí, Justina. Arregla tus enseres y
vete. Ya no te necesitamos».
—Ella sí me necesita
—dijo, enderezando el cuerpo—. Está enferma y me necesita.
—Ya no, Justina. Yo
me quedaré aquí a cuidarla.
—¿Es usted, don
Bartolomé? —y no esperó la respuesta. Lanzó aquel grito que bajó hasta los
hombres y las mujeres que regresaban de los campos y que los hizo decir:
«Parece ser un aullido humano; pero no parece ser de ningún ser humano».
La lluvia amortigua
los ruidos. Se sigue oyendo aún después de todo, granizando sus gotas,
hilvanando el hilo de la vida.
—¿Qué te pasa,
Justina? ¿Por qué gritas? —preguntó Susana San Juan.
—Yo no he gritado.
Has de haber estado soñando.
—Ya te he dicho que
yo no sueño nunca. No tienes consideración de mí. Estoy muy desvelada. Anoche
no echaste fuera al gato y no me dejó dormir.
—Durmió conmigo,
entre mis piernas. Estaba ensopado y por lástima lo dejé quedarse en mi cama;
pero no hizo ruido.
—No, ruido ni hizo.
Sólo se la pasó haciendo circo, brincando de mis pies a mi cabeza, y maullando
quedito como si tuviera hambre.
—Le di bien de comer
y no se despegó de mí en toda la noche. Estás otra vez soñando mentiras,
Susana.
—Te digo que pasó la
noche asustándome con sus brincos. Y aunque sea muy cariñoso tu gato, no lo
quiero cuando estoy dormida.
—Ves visiones,
Susana. Eso es lo que pasa. Cuando venga Pedro Páramo le diré que ya no te
aguanto. Le diré que me voy. No faltará gente buena que me dé trabajo. No todos
son maniáticos como tú, ni se viven mortificándola a una como tú. Mañana me iré
y me llevaré el gato y te quedarás tranquila.
—No te irás de aquí,
maldita y condenada Justina. No te irás a ninguna parte porque nunca
encontrarás quien te quiera como yo.
—No, no me iré,
Susana. No me iré. Bien sabes que estoy aquí para cuidarte. No importa que me
hagas renegar, te cuidaré siempre.
La había cuidado
desde que nació. La había tenido en sus brazos. La había enseñado a andar. A
dar aquellos pasos que a ella le parecían eternos. Había visto crecer su boca y
sus ojos «como de dulce». «El dulce de menta es azul. Amarillo y azul. Verde y
azul. Revuelto con menta y yerbabuena». Le mordía las piernas. La entretenía
dándole de mamar sus senos, que no tenían nada, que eran como de juguete.
«Juega —le decía—, juega con este juguetito tuyo». La hubiera apachurrado y
hecho pedazos.
Allá afuera se oía el
caer de la lluvia sobre las hojas de los plátanos, se sentía como si el agua
hirviera sobre el agua estancada en la tierra.
Las sábanas estaban
frías de humedad. Los caños borbotaban, hacían espuma, cansados de trabajar
durante el día, durante la noche, durante el día. El agua seguía corriendo,
diluviando en incesantes burbujas.
Era la medianoche y
allá afuera el ruido del agua apagaba todos los sonidos.
Susana San Juan se
levantó despacio. Enderezó el cuerpo lentamente y se alejó de la cama. Allí
estaba otra vez el peso, en sus pies, caminando por la orilla de su cuerpo;
tratando de encontrarle la cara:
—¿Eres tú, Bartolomé?
—preguntó.
Le pareció oír
rechinar la puerta, como cuando alguien entraba o salía. Y después sólo la
lluvia, intermitente, fría, rodando sobre las hojas de los plátanos, hirviendo
en su propio hervor.
Se durmió y no
despertó hasta que la luz alumbró los ladrillos rojos, asperjados de rocío
entre la gris mañana de un nuevo día. Gritó:
—¡Justina!
Y ella apareció en
seguida, como si ya hubiera estado allí, envolviendo su cuerpo en una frazada.
—¿Qué quieres,
Susana?
—El gato. Otra vez ha
venido.
—Pobrecita de ti,
Susana.
Se recostó sobre su
pecho, abrazándola, hasta que ella logró levantar aquella cabeza y le preguntó:
—¿Por qué lloras? Le
diré a Pedro Páramo que eres buena conmigo. No le contaré nada de los sustos
que me da tu gato. No te pongas así, Justina.
—Tu padre ha muerto,
Susana. Antenoche murió, y hoy han venido a decir que nada se puede hacer; que
ya lo enterraron; que no lo han podido traer aquí porque el camino era muy
largo. Te has quedado sola, Susana.
—Entonces era él —y
sonrió—. Viniste a despedirte de mí —dijo, y sonrió.
Muchos años antes,
cuando ella era una niña, él le había dicho:
—Baja, Susana, y dime
lo que ves.
Estaba colgada de
aquella soga que le lastimaba la cintura, que le sangraba sus manos; pero que
no quería soltar: era como el único hilo que la sostenía al mundo de afuera.
—No veo nada, papá.
—Busca bien, Susana.
Haz por encontrar algo.
Y la alumbró con su
lámpara.
—No veo nada, papá.
—Te bajaré más.
Avísame cuando estés en el suelo.
Había entrado por un
pequeño agujero abierto entre las tablas. Había caminado sobre tablones
podridos, viejos, astillados y llenos de tierra pegajosa:
—Baja más abajo,
Susana, y encontrarás lo que te digo.
Y ella bajó y bajó en
columpio, meciéndose en la profundidad, con sus pies bamboleando en el «no
encuentro dónde poner los pies».
—Más abajo, Susana.
Más abajo. Dime si ves algo.
Y cuando encontró el
apoyo allí permaneció, callada, porque se enmudeció de miedo. La lámpara
circulaba y la luz pasaba de largo junto a ella. Y el grito de allá arriba la
estremecía:
—¡Dame lo que está
allí, Susana!
Y ella agarró la
calavera entre sus manos y cuando la luz le dio de lleno la soltó.
—Es una calavera de
muerto —dijo.
—Debes encontrar algo
más junto a ella. Dame todo lo que encuentres.
El cadáver se deshizo
en canillas; la quijada se desprendió como si fuera de azúcar. Le fue dando pedazo
a pedazo hasta que llegó a los dedos de los pies y le entregó coyuntura tras
coyuntura. Y la calavera primero; aquella bola redonda que se deshizo entre sus
manos.
—Busca algo más,
Susana. Dinero. Ruedas redondas de oro. Búscalas, Susana.
Entonces ella no supo
de ella, sino muchos días después entre el hielo, entre las miradas llenas de
hielo de su padre.
Por eso reía ahora.
—Supe que eras tú,
Bartolomé.
Y la pobre de
Justina, que lloraba sobre su corazón, tuvo que levantarse al ver que ella reía
y que su risa se convertía en carcajada.
Afuera seguía
lloviendo. Los indios se habían ido. Era lunes y el valle de Comala seguía
anegándose en lluvia.
Los vientos siguieron
soplando todos esos días. Esos vientos que habían traído las lluvias. La lluvia
se había ido; pero el viento se quedó. Allá en los campos la milpa oreó sus
hojas y se acostó sobre los surcos para defenderse del viento. De día era
pasadero; retorcía las yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de
noche gemía, gemía largamente. Pabellones de nubes pasaban en silencio por el
cielo como si caminaran rozando la tierra.
Susana San Juan oye
el golpe del viento contra la ventana cerrada. Está acostada con los brazos
detrás de la cabeza, pensando, oyendo los ruidos de la noche; cómo la noche va
y viene arrastrada por el soplo del viento sin quietud. Luego el seco
detenerse.
Han abierto la
puerta. Una racha de aire apaga la lámpara. Ve la oscuridad y entonces deja de
pensar. Siente pequeños susurros. En seguida oye el percutir de su corazón en
palpitaciones desiguales. Al través de sus párpados cerrados entrevé la llama
de la luz.
No abre los ojos. El
cabello está derramado sobre su cara. La luz enciende gotas de sudor en sus
labios. Pregunta:
—¿Eres tú, padre?
—Soy tu padre, hija
mía.
Entreabre los ojos.
Mira como si cruzara sus cabellos una sombra sobre el techo, con la cabeza
encima de su cara. Y la figura borrosa de aquí enfrente, detrás de la lluvia de
sus pestañas. Una luz difusa; una luz en el lugar del corazón, en forma de
corazón pequeño que palpita como llama parpadeante. «Se te está muriendo el
corazón —piensa—. Ya sé que vienes a contarme que murió Florencio; pero eso ya
lo sé. No te aflijas por los demás; no te apures por mí. Yo tengo guardado mi
dolor en un lugar seguro. No dejes que se te apague el corazón».
Enderezó el cuerpo y
lo arrastró hasta donde estaba el padre Rentería.
—¡Déjame consolarte
con mi desconsuelo! —dijo, protegiendo la llama de la vela con sus manos.
El padre Rentería la
dejó acercarse a él; la miró cercar con sus manos la vela encendida y luego
juntar su cara al pabilo inflamado, hasta que el olor a carne chamuscada lo
obligó a sacudirla, apagándola de un soplo.
Entonces volvió la
oscuridad y ella corrió a refugiarse debajo de sus sábanas.
El padre Rentería le
dijo:
—He venido a
confortarte, hija.
—Entonces adiós,
padre —contestó ella—. No vuelvas. No te necesito.
Y oyó cuando se
alejaban los pasos que siempre le dejaban una sensación de frío, de temblor y
miedo.
—¿Para qué vienes a
verme, si estás muerto?
El padre Rentería
cerró la puerta y salió al aire de la noche.
El viento seguía
soplando.
Un hombre al que
decían el Tartamudo llegó a la Media Luna y preguntó por Pedro
Páramo.
—¿Para qué lo
solicitas?
—Quiero hablar cocon
él.
—No está.
—Dile, cucuando regrese,
que vengo de parte de don Fulgor.
—Lo iré a buscar;
pero aguántate unas cuantas horas.
—Dile, es cocosa de
urgencia.
—Se lo diré.
El hombre al que
decían el Tartamudo aguardó arriba del caballo. Pasado un
rato, Pedro Páramo, al que nunca había visto, se le puso enfrente:
—¿Qué se te ofrece?
—Necesito hablar
directamente cocon el patrón.
—Yo soy. ¿Qué
quieres?
—Pues, nanada más
esto. Mataron a don Fulgor Sesedano. Yo le hacía compañía. Habíamos ido por el
rurrumbo de los «vertederos» para averiguar por qué se estaba escaseando el
agua. Y en eso andábamos cucuando vimos una manada de hombres que nos salieron
al encuentro. Y de entre la mumultitud aquella brotó una voz que dijo: «Yo a
ése le coconozco. Es el administrador de la Memedia Luna».
»A mí ni me totomaron
en cuenta. Pero a don Fulgor le mandaron soltar la bestia. Le dijeron que eran
revolucionarios. Que venían por las tierras de usté. “¡Cocórrale!” —le dijeron
a don Fulgor—. “¡Vaya y dígale a su patrón que allá nos veremos!”. Y él soltó
la cacalda, despavorido. No muy de prisa por lo pepesado que era; pero corrió.
Lo mataron cocorriendo. Murió cocon una pata arriba y otra abajo.
»Entonces yo ni me
momoví. Esperé que fuera de nonoche y aquí estoy para anunciarle lo que papasó.
—¿Y qué esperas? ¿Por
qué no te mueves? Anda y diles a ésos que aquí estoy para lo que se les
ofrezca. Que vengan a tratar conmigo. Pero antes date un rodeo por La
Consagración. ¿Conoces al Tilcuate? Allí estará. Dile que necesito
verlo. Y a esos fulanos avísales que los espero en cuanto tengan un tiempo
disponible. ¿Qué jaiz de revolucionarios son?
—No lo sé. Ellos ansí
se nonombran.
—Dile al Tilcuate que
lo necesito más que de prisa.
—Así lo haré,
papatrón.
Pedro Páramo volvió a
encerrarse en su despacho. Se sentía viejo y abrumado. No le preocupaba Fulgor,
que al fin y al cabo ya estaba «más para la otra que para ésta». Había dado de
sí todo lo que tenía que dar; aunque fue muy servicial, lo que sea de cada
quien.
«De todos modos, los
“tilcuatazos” que se van a llevar esos locos», pensó.
Pensaba más en Susana
San Juan, metida siempre en su cuarto, durmiendo, y cuando no, como si
durmiera. La noche anterior se la había pasado en pie, recostado en la pared,
observando a través de la pálida luz de la veladora el cuerpo en movimiento de
Susana; la cara sudorosa, las manos agitando las sábanas, estrujando la
almohada hasta el desmorecimiento.
Desde que la había
traído a vivir aquí no sabía de otras noches pasadas a su lado, sino de estas
noches doloridas, de interminable inquietud. Y se preguntaba hasta cuándo
terminaría aquello.
Esperaba que alguna
vez. Nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que
no se apague.
Si al menos hubiera
sabido qué era aquello que la maltrataba por dentro, que la hacía revolcarse en
el desvelo, como si la despedazaran hasta inutilizarla.
Él creía conocerla. Y
aun cuando no hubiera sido así, ¿acaso no era suficiente saber que era la
criatura más querida por él sobre la tierra? Y que además, y esto era lo más
importante, le serviría para irse de la vida alumbrándose con aquella imagen
que borraría todos los demás recuerdos.
¿Pero cuál era el
mundo de Susana San Juan? Ésa fue una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó
a saber.
«Mi cuerpo se sentía
a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos
abiertos, desdobladas las piernas a la brisa del mar. Y el mar allí enfrente,
lejano, dejando apenas restos de espuma en mis pies al subir de su marea…».
Ahora sí es ella la
que habla, Juan Preciado. No se te olvide decirme lo que dice.
«… Era temprano. El
mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con
su agua verde, en ondas calladas.
»—En el mar sólo me
sé bañar desnuda —le dije. Y él me siguió el primer día, desnudo también, fosforescente
al salir del mar. No había gaviotas; sólo esos pájaros que les dicen “picos
feos”, que gruñen como si roncaran y que después de que sale el sol
desaparecen. Él me siguió el primer día y se sintió solo, a pesar de estar yo
allí.
»—Es como si fueras
un “pico feo”, uno más entre todos —me dijo—. Me gustas más en las noches,
cuando estamos los dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.
»Y se fue.
»Volví yo. Volvería
siempre. El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos: rodea
mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi
cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él
en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.
»—Me gusta bañarme en
el mar —le dije.
»Pero él no lo
comprende.
»Y al otro día estaba
otra vez en el mar, purificándome. Entregándome a sus olas».
Pardeando la tarde,
aparecieron los hombres. Venían encarabinados y terciados de carrilleras. Eran
cerca de veinte. Pedro Páramo los invitó a cenar. Y ellos, sin quitarse el
sombrero, se acomodaron a la mesa y esperaron callados. Sólo se les oyó sorber
el chocolate cuando les trajeron el chocolate, y masticar tortilla tras
tortilla cuando les arrimaron los frijoles.
Pedro Páramo los
miraba. No se le hacían caras conocidas. Detrasito de él, en la sombra,
aguardaba el Tilcuate.
—Patrones —les dijo
cuando vio que acababan de comer—, ¿en qué más puedo servirlos?
—¿Usted es el dueño
de esto? —preguntó uno abanicando la mano.
Pero otro lo
interrumpió diciendo:
—¡Aquí yo soy el que
hablo!
—Bien. ¿Qué se les
ofrece? —volvió a preguntar Pedro Páramo.
—Como usté ve, nos
hemos levantado en armas.
—¿Y?
—Y pos eso es todo.
¿Le parece poco?
—¿Pero por qué lo han
hecho?
—Pos porque otros lo
han hecho también. ¿No lo sabe usté? Aguárdenos tantito a que nos lleguen
instrucciones y entonces le averiguaremos la causa. Por lo pronto ya estamos
aquí.
—Yo sé la causa —dijo
otro—. Y si quiere se la entero. Nos hemos rebelado contra el gobierno y contra
ustedes porque ya estamos aburridos de soportarlos. Al gobierno por rastrero y
a ustedes porque no son más que unos móndrigos bandidos y mantecosos ladrones.
Y del señor gobierno ya no digo nada porque le vamos a decir a balazos lo que
le queremos decir.
—¿Cuánto necesitan
para hacer su revolución? —preguntó Pedro Páramo—. Tal vez yo pueda ayudarlos.
—Dice bien aquí el
señor, Perseverancio. No se te debía soltar la lengua. Necesitamos agenciarnos
un rico pa que nos habilite, y qué mejor que el señor aquí presente. ¿A ver tú,
Casildo, como cuánto nos hace falta?
—Que nos dé lo que su
buena intención quiera darnos.
—Éste «no le daría
agua ni al gallo de la pasión». Aprovechemos que estamos aquí, para sacarle de
una vez hasta el maíz que trai atorado en su cochino buche.
—Cálmate,
Perseverancio. Por las buenas se consiguen mejor las cosas. Vamos a ponernos de
acuerdo. Habla tú, Casildo.
—Pos yo ahí al
cálculo diría que unos veinte mil pesos no estarían mal para el comienzo. ¿Qué
les parece a ustedes? Ora que quién sabe si al señor éste se le haga poco, con
eso de que tiene sobrada voluntad de ayudarnos. Pongamos entonces cincuenta
mil. ¿De acuerdo?
—Les voy a dar cien
mil pesos —les dijo Pedro Páramo—. ¿Cuántos son ustedes?
—Semos trescientos.
—Bueno. Les voy a
prestar otros trescientos hombres para que aumenten su contingente. Dentro de
una semana tendrán a su disposición tanto los hombres como el dinero. El dinero
se los regalo, a los hombres nomás se los presto. En cuanto los desocupen
mándenmelos para acá. ¿Está bien así?
—Pero cómo no.
—Entonces hasta
dentro de ocho días, señores. Y he tenido mucho gusto en conocerlos.
—Sí —dijo el último
en salir—. Acuérdese que, si no nos cumple, oirá hablar de Perseverancio, que
así es mi nombre.
Pedro Páramo se
despidió de él dándole la mano.
—¿Quién crees tú que
sea el jefe de éstos? —le preguntó más tarde al Tilcuate.
—Pues a mí se me
figura que es el barrigón ese que estaba en medio y que ni alzó los ojos. Me
late que es él… Me equivoco pocas veces, don Pedro.
—No, Damasio, el jefe
eres tú. ¿O qué, no te quieres ir a la revuelta?
—Pero si hasta se me
hace tarde. Con lo que me gusta a mí la bulla.
—Ya viste pues de qué
se trata, así que ni necesitas mis consejos. Júntate trescientos muchachos de
tu confianza y enrólate con esos alzados. Diles que les llevas la gente que les
prometí. Lo demás ya sabrás tú cómo manejarlo.
—¿Y del dinero qué
les digo? ¿También se los entriego?
—Te voy a dar diez
pesos para cada uno. Ahí nomás para sus gastos más urgentes. Les dices que el
resto está aquí guardado y a su disposición. No es conveniente cargar tanto
dinero andando en esos trajines. Entre paréntesis: ¿te gustaría el ranchito de
la Puerta de Piedra? Bueno, pues es tuyo desde ahorita. Le vas a llevar un
recado al licenciado Gerardo Trujillo, de Comala, y allí mismo pondrá a tu
nombre la propiedad. ¿Qué dices, Damasio?
—Eso ni se pregunta,
patrón. Aunque con eso o sin eso yo haría esto por puro gusto. Como si usted no
me conociera. De cualquier modo, se lo agradezco. La vieja tendrá al menos con
qué entretenerse mientras yo suelto el trapo.
—Y mira, ahí de
pasada arréate unas cuantas vacas. A ese rancho lo que le falta es movimiento.
—¿No importa que sean
cebuses?
—Escoge de las que
quieras, y las que tantees pueda cuidar tu mujer. Y volviendo a nuestro asunto,
procura no alejarte mucho de mis terrenos, por eso de que si vienen otros que
vean el campo ya ocupado. Y venme a ver cada que puedas o tengas alguna
novedad.
—Nos veremos, patrón.
—¿Qué es lo que dice,
Juan Preciado?
—Dice que ella
escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías
y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan. Dice que él le
mordía los pies diciéndole que eran como pan dorado en el horno. Que dormía
acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se
quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso,
luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda;
sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había dolido más su
muerte. Eso dice.
—¿A quién se refiere?
—A alguien que murió
antes que ella, seguramente.
—¿Pero quién pudo
ser?
—No sé. Dice que la
noche en la cual él tardó en venir sintió que había regresado ya muy noche,
quizá de madrugada. Lo notó apenas, porque sus pies, que habían estado solos y
fríos, parecieron envolverse en algo; que alguien los envolvía en algo y les
daba calor. Cuando despertó los encontró liados en un periódico que ella había
estado leyendo mientras lo esperaba y que había dejado caer al suelo cuando ya
no pudo soportar el sueño. Y que allí estaban sus pies envueltos en el
periódico cuando vinieron a decirle que él había muerto.
—Se ha de haber roto
el cajón donde la enterraron, porque se oye como un crujir de tablas.
—Sí, yo también lo
oigo.
Esa noche volvieron a
sucederse los sueños. ¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué
no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?
—Florencio ha muerto,
señora.
¡Qué largo era aquel
hombre! ¡Qué alto! Y su voz era dura. Seca como la tierra más seca. Y su figura
era borrosa, ¿o se hizo borrosa después?, como si entre ella y él se
interpusiera la lluvia. «¿Qué había dicho? ¿Florencio? ¿De cuál Florencio
hablaba? ¿Del mío? ¡Oh!, por qué no lloré y me anegué entonces en lágrimas para
enjuagar mi angustia. ¡Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que
me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que
yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos;
estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente
suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué
haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis
adoloridos labios?».
Mientras Susana San
Juan se revolvía inquieta, de pie, junto a la puerta, Pedro Páramo la miraba y
contaba los segundos de aquel nuevo sueño que ya duraba mucho. El aceite de la
lámpara chisporroteaba y la llama hacía cada vez más débil su parpadeo. Pronto
se apagaría.
Si al menos fuera
dolor lo que sintiera ella, y no esos sueños sin sosiego, esos interminables y
agotadores sueños, él podría buscarle algún consuelo. Así pensaba Pedro Páramo,
fija la vista en Susana San Juan, siguiendo cada uno de sus movimientos. ¿Qué
sucedería si ella también se apagara cuando se apagara la llama de aquella
débil luz con que él la veía?
Después salió
cerrando la puerta sin hacer ruido. Afuera, el limpio aire de la noche despegó
de Pedro Páramo la imagen de Susana San Juan.
Ella despertó un poco
antes del amanecer. Sudorosa. Tiró al suelo las pesadas cobijas y se deshizo
hasta del calor de las sábanas. Entonces su cuerpo se quedó desnudo, refrescado
por el viento de la madrugada. Suspiró y luego volvió a quedarse dormida.
Así fue como la encontró
horas después el padre Rentería; desnuda y dormida.
—¿Sabe, don Pedro,
que derrotaron al Tilcuate?
—Sé que hubo alguna
balacera anoche, porque se estuvo oyendo el alboroto; pero de ahí en más no sé
nada. ¿Quién te contó eso, Gerardo?
—Llegaron unos heridos
a Comala. Mi mujer ayudó para eso de los vendajes. Dijeron que eran de la gente
de Damasio y que habían tenido muchos muertos. Parece que se encontraron con
unos que se dicen villistas.
—¡Qué caray, Gerardo!
Estoy viendo llegar tiempos malos. ¿Y tú qué piensas hacer?
—Me voy, don Pedro. A
Sayula. Allá volveré a establecerme.
—Ustedes los abogados
tienen esa ventaja; pueden llevarse su patrimonio a todas partes, mientras no
les rompan el hocico.
—Ni crea, don Pedro;
siempre nos andamos creando problemas. Además duele dejar a personas como
usted, y las deferencias que han tenido para con uno se extrañan. Vivimos
rompiendo nuestro mundo a cada rato, si es válido decirlo. ¿Dónde quiere que le
deje los papeles?
—No los dejes.
Llévatelos. ¿O qué no puedes seguir encargado de mis asuntos allá adonde vas?
—Agradezco su
confianza, don Pedro. La agradezco sinceramente. Aunque hago la salvedad de que
me será imposible. Ciertas irregularidades… Digamos… Testimonios que nadie sino
usted debe conocer. Pueden prestarse a malos manejos en caso de llegar a caer
en otras manos. Lo más seguro es que estén con usted.
—Dices bien, Gerardo.
Déjalos aquí. Los quemaré. Con papeles o sin ellos, ¿quién me puede discutir la
propiedad de lo que tengo?
—Indudablemente
nadie, don Pedro. Nadie. Con su permiso.
—Ve con Dios,
Gerardo.
—¿Qué dijo usted?
—Digo que Dios te
acompañe.
El licenciado Gerardo
Trujillo salió despacio. Estaba ya viejo; pero no para dar esos pasos tan
cortos, tan sin ganas. La verdad es que esperaba una recompensa. Había servido
a don Lucas, que en paz descanse, padre de don Pedro; después a don Pedro, y
todavía; luego a Miguel, hijo de don Pedro. La verdad es que esperaba una
compensación. Una retribución grande y valiosa. Le había dicho a su mujer:
—Voy a despedirme de
don Pedro. Sé que me gratificará. Estoy por decir que con el dinero que él me
dé nos estableceremos bien en Sayula y viviremos holgadamente el resto de
nuestros días.
Pero ¿por qué las
mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo, o qué?
Ella no estuvo segura
de que consiguiera algo:
—Tendrás que trabajar
muy duro allá para levantar cabeza. De aquí no sacarás nada.
—¿Por qué lo dices?
—Lo sé.
Siguió andando hacia
la puerta, atento a cualquier llamado: «¡Ey, Gerardo! Lo preocupado que estoy
no me ha permitido pensar en ti. Pero yo debo favores que no se pagan con
dinero. Recibe esto: es un regalo insignificante».
Pero el llamado no
vino. Cruzó la puerta y desanudó el bozal con que su caballo estaba amarrado al
horcón. Subió a la silla y, al paso, tratando de no alejarse mucho para oír si
lo llamaban, caminó hacia Comala sin desviarse del camino. Cuando vio que la
Media Luna se perdía detrás de él, pensó: «Sería mucho rebajarme si le pidiera
un préstamo».
—Don Pedro, he
regresado, pues no estoy satisfecho conmigo mismo. Gustoso seguiré llevando sus
asuntos.
Lo dijo, sentado
nuevamente en el despacho de Pedro Páramo, donde había estado no hacía ni media
hora.
—Está bien, Gerardo.
Allí están los papeles, donde tú los dejaste.
—Desearía también…
Los gastos… El traslado… Un mínimo adelanto de honorarios… Algo extra, por si
usted lo tiene a bien.
—¿Quinientos?
—¿No podría ser un
poco, digamos, un poquito más?
—¿Te conformas con
mil?
—¿Y si fueran cinco?
—¿Cinco qué? ¿Cinco
mil pesos? No los tengo. Tú bien sabes que todo está invertido. Tierras,
animales. Tú lo sabes. Llévate mil. No creo que necesites más.
Se quedó meditando.
La cabeza caída. Oía el tintineo de los pesos sobre el escritorio donde Pedro
Páramo contaba el dinero. Se acordaba de don Lucas, que siempre le quedó a
deber sus honorarios. De don Pedro, que hizo cuenta nueva. De Miguel su hijo:
¡cuántos bochornos le había dado ese muchacho!
Lo libró de la cárcel
cuando menos unas quince veces, cuando no hayan sido más. Y el asesinato que
cometió con aquel hombre, ¿cómo se apellidaba? Rentería, eso es. El muerto
llamado Rentería, al que le pusieron una pistola en la mano. Lo asustado que
estaba el Miguelito, aunque después le diera risa. Eso nomás ¿cuánto le hubiera
costado a don Pedro si las cosas hubieran ido hasta allá, hasta lo legal? Y lo
de las violaciones ¿qué? Cuántas veces él tuvo que sacar de su misma bolsa el
dinero para que ellas le echaran tierra al asunto: «¡Date de buenas que vas a
tener un hijo güerito!», les decía.
—Aquí tienes,
Gerardo. Cuídalos muy bien, porque no retoñan.
Y él, que todavía
estaba en sus cavilaciones, respondió:
—Sí, tampoco los
muertos retoñan —y agregó—: Desgraciadamente.
Faltaba mucho para el
amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche.
La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas
tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso. Estuvo un rato allí
desfigurada, sin dar ninguna luz, y después fue a esconderse detrás de los
cerros.
Lejos, perdido en la
oscuridad, se oía el bramido de los toros.
«Esos animales nunca
duermen —dijo Damiana Cisneros—. Nunca duermen. Son como el diablo, que siempre
anda buscando almas para llevárselas al infierno».
Se dio vuelta en la
cama, acercando la cara a la pared. Entonces oyó los golpes.
Detuvo la respiración
y abrió los ojos. Volvió a oír tres golpes secos, como si alguien tocara con
los nudos de la mano en la pared. No aquí, junto a ella, sino más lejos; pero
en la misma pared.
«¡Válgame! Si no serán
los tres toques de San Pascual Bailón, que viene a avisarle a algún devoto suyo
que ha llegado la hora de su muerte».
Y como ella había
perdido el novenario desde hacía tiempo, a causa de sus reumas, no se preocupó;
pero le entró miedo y, más que miedo, curiosidad.
Se levantó del catre
sin hacer ruido y se asomó a la ventana.
Los campos estaban
negros. Sin embargo, lo conocía tan bien, que vio cuándo el cuerpo enorme de
Pedro Páramo se columpiaba sobre la ventana de la chacha Margarita.
—¡Ah, qué don Pedro!
—dijo Damiana—. No se le quita lo gatero. Lo que no entiendo es por qué le
gusta hacer las cosas tan escondidas; con habérmelo avisado, yo le hubiera
dicho a la Margarita que el patrón la necesitaba para esta noche, y él no
hubiera tenido ni la molestia de levantarse de su cama.
Cerró la ventana al
oír el bramido de los toros. Se echó sobre el catre cobijándose hasta las
orejas, y luego se puso a pensar en lo que le estaría pasando a la chacha
Margarita.
Más tarde tuvo que
quitarse el camisón porque la noche comenzó a ponerse calurosa…
—¡Damiana! —oyó.
Entonces ella era
muchacha.
—¡Ábreme la puerta,
Damiana!
Le temblaba el
corazón como si fuera un sapo brincándole entre las costillas.
—Pero ¿para qué,
patrón?
—¡Ábreme, Damiana!
—Pero si ya estoy
dormida, patrón.
Después sintió que
don Pedro se iba por los largos corredores, dando aquellos zapatazos que sabía
dar cuando estaba corajudo.
A la noche siguiente,
ella, para evitar el disgusto, dejó la puerta entornada y hasta se desnudó para
que él no encontrara dificultades.
Pero Pedro Páramo
jamás regresó con ella.
Por eso ahora, cuando
era la caporala de todas las sirvientas de la Media Luna, por haberse dado a
respetar, ahora, que estaba ya vieja, todavía pensaba en aquella noche cuando
el patrón le dijo:
«¡Ábreme la puerta,
Damiana!».
Y se acostó pensando
en lo feliz que sería a estas horas la chacha Margarita.
Después volvió a oír
otros golpes; pero contra la puerta grande, como si la estuvieran aporreando a
culatazos.
Otra vez abrió la
ventana y se asomó a la noche. No veía nada; aunque le pareció que la tierra
estaba llena de hervores, como cuando ha llovido y se enchina de gusanos.
Sentía que se
levantaba algo así como el calor de muchos hombres. Oyó el croar de las ranas;
los grillos; la noche quieta del tiempo de aguas. Luego volvió a oír los
culatazos aporreando la puerta.
Una lámpara regó su
luz sobre la cara de algunos hombres. Después se apagó.
«Son cosas que a mí
no me interesan», dijo Damiana Cisneros, y cerró la ventana.
—Supe que te habían
derrotado, Damasio. ¿Por qué te dejas hacer eso?
—Le informaron mal,
patrón. A mí no me ha pasado nada. Tengo mi gente enterita. Ahí traigo
setecientos hombres y otros cuantos arrimados. Lo que pasó es que unos pocos de
los «viejos», aburridos de estar ociosos, se pusieron a disparar contra un
pelotón de pelones, que resultó ser todo un ejército. Villistas, ¿sabe usted?
—¿Y de dónde salieron
ésos?
—Vienen del Norte,
arriando parejo con todo lo que encuentran. Parece, según se ve, que andan
recorriendo la tierra, tanteando todos los terrenos. Son poderosos. Eso ni
quien se los quite.
—¿Y por qué no te
juntas con ellos? Ya te he dicho que hay que estar con el que vaya ganando.
—Ya estoy con ellos.
—¿Entonces para qué
vienes a verme?
—Necesitamos dinero,
patrón. Ya estamos cansados de comer carne. Ya ni se nos antoja. Y nadie nos
quiere fiar. Por eso venimos, para que usted nos provea y no nos veamos urgidos
de robarle a nadie. Si anduviéramos remotos no nos importaría darle un «entre»
a los vecinos; pero aquí todos estamos emparentados y nos remuerde robar.
Total, es dinero lo que necesitamos para mercar aunque sea una gorda con chile.
Estamos hartos de comer carne.
—¿Ahora te me vas a
poner exigente, Damasio?
—De ningún modo,
patrón. Estoy abogando por los muchachos; por mí, ni me apuro.
—Está bien que te
acomidas por tu gente; pero sonsácales a otros lo que necesitas. Yo ya te di.
Confórmate con lo que te di. Y éste no es un consejo ni mucho menos, ¿pero no
se te ha ocurrido asaltar Contla? ¿Para qué crees que andas en la revolución?
Si vas a pedir limosna estás atrasado. Valía más que mejor te fueras con tu
mujer a cuidar gallinas. ¡Échate sobre algún pueblo! Si tú andas arriesgando el
pellejo, ¿por qué diablos no van a poner otros algo de su parte? Contla está que
hierve de ricos. Quítales tantito de lo que tienen. ¿O acaso creen que tú eres
su pilmama y que estás para cuidarles sus intereses? No, Damasio. Hazles ver
que no andas jugando ni divirtiéndote. Dales un pegue y ya verás cómo sales con
centavos de este mitote.
—Lo que sea, patrón.
De usted siempre saco algo de provecho.
—Pues que te
aproveche.
Pedro Páramo miró
cómo los hombres se iban. Sintió desfilar frente a él el trote de caballos
oscuros, confundidos con la noche. El sudor y el polvo; el temblor de la
tierra. Cuando vio los cocuyos cruzando otra vez sus luces, se dio cuenta de
que todos los hombres se habían ido. Quedaba él, solo, como un tronco duro
comenzando a desgajarse por dentro.
Pensó en Susana San
Juan. Pensó en la muchachita con la que acababa de dormir apenas un rato. Aquel
pequeño cuerpo azorado y tembloroso que parecía iba a echar fuera su corazón
por la boca. «Puñadito de carne», le dijo. Y se había abrazado a ella tratando
de convertirla en la carne de Susana San Juan. «Una mujer que no era de este
mundo».
En el comienzo del
amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los goznes de la
tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su
oscuridad.
—¿Verdad que la noche
está llena de pecados, Justina?
—Sí, Susana.
—¿Y es verdad?
—Debe serlo, Susana.
—¿Y qué crees que es
la vida, Justina, sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?
—No, Susana, no
alcanzo a oír nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya.
—Te asombrarías. Te
digo que te asombrarías de oír lo que yo oigo.
Justina siguió
poniendo orden en el cuarto. Repasó una y otra vez la jerga sobre los tablones
húmedos del piso. Limpió el agua del florero roto. Recogió las flores. Puso los
vidrios en el balde lleno de agua.
—¿Cuántos pájaros has
matado en tu vida, Justina?
—Muchos, Susana.
—¿Y no has sentido
tristeza?
—Sí, Susana.
—Entonces ¿qué
esperas para morirte?
—La muerte, Susana.
—Si es nada más eso,
ya vendrá. No te preocupes.
Susana San Juan
estaba incorporada sobre sus almohadas. Los ojos inquietos, mirando hacia todos
lados. Las manos sobre el vientre, prendidas a su vientre como una concha
protectora. Había ligeros zumbidos que cruzaban como alas por encima de su
cabeza. Y el ruido de las poleas en la noria. El rumor que hace la gente al
despertar.
—¿Tú crees en el
infierno, Justina?
—Sí, Susana. Y
también en el cielo.
—Yo sólo creo en el
infierno —dijo. Y cerró los ojos.
Cuando salió Justina
del cuarto, Susana San Juan estaba nuevamente dormida y afuera chisporroteaba
el sol. Se encontró con Pedro Páramo en el camino.
—¿Cómo está la
señora?
—Mal —le dijo
agachando la cabeza.
—¿Se queja?
—No, señor, no se
queja de nada; pero dicen que los muertos ya no se quejan. La señora está
perdida para todos.
—¿No ha venido el
padre Rentería a verla?
—Anoche vino y la
confesó. Hoy debía de haber comulgado, pero no debe estar en gracia porque el
padre Rentería no le ha traído la comunión. Dijo que lo haría a hora temprana,
y ya ve usted, el sol ya está aquí y no ha venido. No debe estar en gracia.
—¿En gracia de quién?
—De Dios, señor.
—No seas tonta,
Justina.
—Como usted lo diga,
señor.
Pedro Páramo abrió la
puerta y se estuvo junto a ella, dejando que un rayo de luz cayera sobre Susana
San Juan. Vio sus ojos apretados como cuando se siente un dolor interno; la
boca humedecida, entreabierta, y las sábanas siendo recorridas por manos
inconscientes hasta mostrar la desnudez de su cuerpo que comenzó a retorcerse
en convulsiones.
Recorrió el pequeño
espacio que lo separaba de la cama y cubrió el cuerpo desnudo, que siguió
debatiéndose como un gusano en espasmos cada vez más violentos. Se acercó a su
oído y le habló: «¡Susana!». Y volvió a repetir: «¡Susana!».
Se abrió la puerta y
entró el padre Rentería en silencio moviendo brevemente los labios:
—Te voy a dar la
comunión, hija mía.
Esperó a que Pedro
Páramo la levantara recostándola contra el respaldo de la cama. Susana San
Juan, semidormida, estiró la lengua y se tragó la hostia. Después dijo: «Hemos
pasado un rato muy feliz, Florencio». Y se volvió a hundir entre la sepultura
de sus sábanas.
—¿Ve usted aquella
ventana, doña Fausta, allá en la Media Luna, donde siempre ha estado prendida
la luz?
—No, Ángeles. No veo
ninguna ventana.
—Es que ahorita se ha
quedado a oscuras. ¿No estará pasando algo malo en la Media Luna? Hace más de
tres años que está aluzada esa ventana, noche tras noche. Dicen los que han
estado allí que es el cuarto donde habita la mujer de Pedro Páramo, una
pobrecita loca que le tiene miedo a la oscuridad. Y mire: ahora mismo se ha
apagado la luz. ¿No será un mal suceso?
—Tal vez haya muerto.
Estaba muy enferma. Dicen que ya no conocía a la gente, y dizque hablaba sola.
Buen castigo ha de haber soportado Pedro Páramo casándose con esa mujer.
—Pobre del señor don
Pedro.
—No, Fausta. Él se lo
merece. Eso y más.
—Mire, la ventana
sigue a oscuras.
—Ya deje tranquila
esa ventana y vámonos a dormir, que es muy noche para que este par de viejas
andemos sueltas por la calle.
Y las dos mujeres,
que salían de la iglesia muy cerca de las once de la noche, se perdieron bajo
los arcos del portal, mirando cómo la sombra de un hombre cruzaba la plaza en
dirección de la Media Luna.
—Oiga, doña Fausta,
¿no se le figura que el señor que va allí es el doctor Valencia?
—Así parece, aunque
estoy tan cegatona que no lo podría reconocer.
—Acuérdese que
siempre viste pantalones blancos y saco negro. Yo le apuesto a que está
aconteciendo algo malo en la Media Luna. Y mire lo recio que va, como si lo
correteara la prisa.
—Con tal de que no
sea de verdad una cosa grave. Me dan ganas de regresar y decirle al padre
Rentería que se dé una vuelta por allá, no vaya a resultar que esa infeliz
muera sin confesión.
—Ni lo piense,
Ángeles. Ni lo quiera Dios. Después de todo lo que ha sufrido en este mundo,
nadie desearía que se fuera sin los auxilios espirituales, y que siguiera
penando en la otra vida. Aunque dicen los zahorinos que a los locos no les vale
la confesión, y aun cuando tengan el alma impura son inocentes. Eso sólo Dios
lo sabe… Mire usted, ya se ha vuelto a prender la luz en la ventana. Ojalá todo
salga bien. Imagínese en qué pararía el trabajo que nos hemos tomado todos
estos días para arreglar la iglesia y que luzca bonita ahora para la Natividad,
si alguien se muere en esa casa. Con el poder que tiene don Pedro, nos
desbarataría la función en un santiamén.
—A usted siempre se
le ocurre lo peor, doña Fausta, mejor haga lo que yo: encomiéndelo todo a la
Divina Providencia. Récele un avemaría a la Virgen y estoy segura que nada va a
pasar de hoy a mañana. Ya después, que se haga la voluntad de Dios; al fin y al
cabo, ella no debe estar tan contenta en esta vida.
—Créame, Ángeles, que
usted siempre me repone el ánimo. Voy a dormir llevándome al sueño estos
pensamientos. Dicen que los pensamientos de los sueños van derechito al cielo.
Ojalá que los míos alcancen esa altura. Nos veremos mañana.
—Hasta mañana,
Fausta.
Las dos viejas,
puerta de por medio, se metieron en sus casas. El silencio volvió a cerrar la
noche sobre el pueblo.
—Tengo la boca llena
de tierra.
—Sí, padre.
—No digas: «Sí,
padre». Repite conmigo lo que yo vaya diciendo.
—¿Qué va usted a
decirme? ¿Me va a confesar otra vez? ¿Por qué otra vez?
—Ésta no será una
confesión, Susana. Sólo vine a platicar contigo. A prepararte para la muerte.
—¿Ya me voy a morir?
—Sí, hija.
—¿Por qué entonces no
me deja en paz? Tengo ganas de descansar. Le han de haber encargado que viniera
a quitarme el sueño. Que se estuviera aquí conmigo hasta que se me fuera el
sueño. ¿Qué haré después para encontrarlo? Nada, padre. ¿Por qué mejor no se va
y me deja tranquila?
—Te dejaré en paz,
Susana. Conforme vayas repitiendo las palabras que yo diga, te irás quedando
dormida. Sentirás como si tú misma te arrullaras. Y ya que te duermas nadie te
despertará… Nunca volverás a despertar.
—Está bien, padre.
Haré lo que usted diga.
El padre Rentería,
sentado en la orilla de la cama, puestas las manos sobre los hombros de Susana
San Juan, con su boca casi pegada a la oreja de ella para no hablar fuerte,
encajaba secretamente cada una de sus palabras: «Tengo la boca llena de
tierra». Luego se detuvo. Trató de ver si los labios de ella se movían. Y los
vio balbucir, aunque sin dejar salir ningún sonido.
«Tengo la boca llena
de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimidos mis
labios…».
Se detuvo también.
Miró de reojo al padre Rentería y lo vio lejos, como si estuviera detrás de un
vidrio empañado.
Luego volvió a oír la
voz calentando su oído:
—Trago saliva
espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta
y raspan la pared del paladar… Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas,
perforada por los dientes que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La
gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada…
Le extrañaba la
quietud de Susana San Juan. Hubiera querido adivinar sus pensamientos y ver la
batalla de aquel corazón por rechazar las imágenes que él estaba sembrando
dentro de ella. Le miró los ojos y ella le devolvió la mirada. Y le pareció ver
como si sus labios forzaran una sonrisa.
—Aún falta más. La
visión de Dios. La luz suave de su cielo infinito. El gozo de los querubines y
el canto de los serafines. La alegría de los ojos de Dios, última y fugaz
visión de los condenados a la pena eterna. Y no sólo eso, sino todo conjugado
con un dolor terrenal. El tuétano de nuestros huesos convertido en lumbre y las
venas de nuestra sangre en hilos de fuego, haciéndonos dar reparos de increíble
dolor; no menguado nunca; atizado siempre por la ira del Señor.
«Él me cobijaba entre
sus brazos. Me daba amor».
El padre Rentería
repasó con la vista las figuras que estaban alrededor de él, esperando el
último momento. Cerca de la puerta, Pedro Páramo aguardaba con los brazos
cruzados; en seguida, el doctor Valencia, y junto a ellos otros señores. Más
allá, en las sombras, un puño de mujeres a las que se les hacía tarde para
comenzar a rezar la oración de difuntos.
Tuvo intenciones de
levantarse. Dar los santos óleos a la enferma y decir: «He terminado». Pero no,
no había terminado todavía. No podía entregar los sacramentos a una mujer sin
conocer la medida de su arrepentimiento.
Le entraron dudas.
Quizá ella no tenía nada de qué arrepentirse. Tal vez él no tenía nada de que
perdonarla. Se inclinó nuevamente sobre ella y, sacudiéndole los hombros, le
dijo en voz baja:
—Vas a ir a la
presencia de Dios. Y su juicio es inhumano para los pecadores.
Luego se acercó otra
vez a su oído; pero ella sacudió la cabeza:
—¡Ya váyase, padre!
No se mortifique por mí. Estoy tranquila y tengo mucho sueño.
Se oyó el sollozo de
una de las mujeres escondidas en la sombra.
Entonces Susana San
Juan pareció recobrar vida. Se alzó en la cama y dijo:
—¡Justina, hazme el
favor de irte a llorar a otra parte!
Después sintió que la
cabeza se le clavaba en el vientre. Trató de separar el vientre de su cabeza;
de hacer a un lado aquel vientre que le apretaba los ojos y le cortaba la
respiración; pero cada vez se volcaba más como si se hundiera en la noche.
—Yo. Yo vi morir a
doña Susanita.
—¿Qué dices, Dorotea?
—Lo que te acabo de
decir.
Al alba, la gente fue
despertada por el repique de las campanas. Era la mañana del 8 de diciembre.
Una mañana gris. No fría, pero gris. El repique comenzó con la campana mayor.
La siguieron las demás. Algunos creyeron que llamaban para la misa grande y empezaron
a abrirse las puertas; las menos, sólo aquellas donde vivía gente desmañanada,
que esperaba despierta a que el toque del alba les avisara que ya había
terminado la noche. Pero el repique duró más de lo debido. Ya no sonaban sólo
las campanas de la iglesia mayor, sino también las de la Sangre de Cristo, las
de la Cruz Verde y tal vez las del Santuario. Llegó el mediodía y no cesaba el
repique. Llegó la noche. Y de día y de noche las campanas siguieron tocando,
todas por igual, cada vez con más fuerza, hasta que aquello se convirtió en un
lamento rumoroso de sonidos. Los hombres gritaban para oír lo que querían
decir. «¿Qué habrá pasado?», se preguntaban.
A los tres días todos
estaban sordos. Se hacía imposible hablar con aquel zumbido de que estaba lleno
el aire. Pero las campanas seguían, seguían, algunas ya cascadas, con un sonar
hueco como de cántaro.
—Se ha muerto doña
Susana.
—¿Muerto? ¿Quién?
—La señora.
—¿La tuya?
—La de Pedro Páramo.
Comenzó a llegar
gente de otros rumbos, atraída por el constante repique. De Contla venían como
en peregrinación. Y aun de más lejos. Quién sabe de dónde, pero llegó un circo,
con volantines y sillas voladoras. Músicos. Se acercaban primero como si fueran
mirones, y al rato ya se habían avecindado, de manera que hasta hubo serenatas.
Y así poco a poco la cosa se convirtió en fiesta. Comala hormigueó de gente, de
jolgorio y de ruidos, igual que en los días de la función en que costaba
trabajo dar un paso por el pueblo.
Las campanas dejaron
de tocar; pero la fiesta siguió. No hubo modo de hacerles comprender que se
trataba de un duelo, de días de duelo. No hubo modo de hacer que se fueran;
antes, por el contrario, siguieron llegando más.
La Media Luna estaba
sola, en silencio. Se caminaba con los pies descalzos; se hablaba en voz baja.
Enterraron a Susana San Juan y pocos en Comala se enteraron. Allá había feria.
Se jugaba a los gallos, se oía la música; los gritos de los borrachos y de las
loterías. Hasta acá llegaba la luz del pueblo, que parecía una aureola sobre el
cielo gris. Porque fueron días grises, tristes para la Media Luna. Don Pedro no
hablaba. No salía de su cuarto. Juró vengarse de Comala:
—Me cruzaré de brazos
y Comala se morirá de hambre.
Y así lo hizo.
El Tilcuate siguió
viniendo:
—Ahora somos
carrancistas.
—Está bien.
—Andamos con mi
general Obregón.
—Está bien.
—Allá se ha hecho la
paz. Andamos sueltos.
—Espera. No desarmes
a tu gente. Esto no puede durar mucho.
—Se ha levantado en
armas el padre Rentería. ¿Nos vamos con él, o contra él?
—Eso ni se discute.
Ponte al lado del gobierno.
—Pero si somos
irregulares. Nos consideran rebeldes.
—Entonces vete a
descansar.
—¿Con el vuelo que
llevo?
—Haz lo que quieras,
entonces.
—Me iré a reforzar al
padrecito. Me gusta cómo gritan. Además lleva uno ganada la salvación.
—Haz lo que quieras.
Pedro Páramo estaba
sentado en un viejo equipal, junto a la puerta grande de la Media Luna, poco
antes de que se fuera la última sombra de la noche. Estaba solo, quizá desde
hacía tres horas. No dormía. Se había olvidado del sueño y del tiempo: «Los
viejos dormimos poco, casi nunca. A veces apenas si dormitamos; pero sin dejar
de pensar. Eso es lo único que me queda por hacer». Después añadió en voz alta:
«No tarda ya. No tarda».
Y siguió: «Hace mucho
tiempo que te fuiste, Susana. La luz era igual entonces que ahora, no tan
bermeja; pero era la misma pobre luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de
la neblina que hay ahora. Era el mismo momento. Yo aquí, junto a la puerta
mirando el amanecer y mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo;
por donde el cielo comenzaba a abrirse en luces, alejándote, cada vez más
desteñida entre las sombras de la tierra.
»Fue la última vez
que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la
vereda y te llevaste con tu aire sus últimas hojas. Luego desapareciste. Te
dije: “¡Regresa, Susana!”».
Pedro Páramo siguió
moviendo los labios, susurrando palabras. Después cerró la boca y entreabrió
los ojos, en los que se reflejó la débil claridad del amanecer.
Amanecía.
A esa misma hora, la
madre de Gamaliel Villalpando, doña Inés, barría la calle frente a la tienda de
su hijo, cuando llegó y, por la puerta entornada, se metió Abundio Martínez. Se
encontró al Gamaliel dormido encima del mostrador con el sombrero cubriéndole
la cara para que no lo molestaran las moscas. Tuvo que esperar un buen rato
para que despertara. Tuvo que esperar a que doña Inés terminara la faena de
barrer la calle y viniera a picarle las costillas a su hijo con el mango de la
escoba y le dijera:
—¡Aquí tienes un
cliente! ¡Alevántate!
El Gamaliel se
enderezó de mal genio, dando gruñidos. Tenía los ojos colorados de tanto
desvelarse y de tanto acompañar a los borrachos, emborrachándose con ellos. Ya
sentado sobre el mostrador, maldijo a su madre, se maldijo a sí mismo y maldijo
infinidad de veces a la vida «que valía un puro carajo». Luego volvió a
acomodarse con las manos entre las piernas y se volvió a dormir todavía
farfullando maldiciones:
—Yo no tengo la culpa
de que a estas horas anden sueltos los borrachos.
—El pobre de mi hijo.
Discúlpalo, Abundio. El pobre se pasó la noche atendiendo a unos viajantes que
se picaron con las copas. ¿Qué es lo que te trae por aquí tan de mañana?
Se lo dijo a gritos,
porque Abundio era sordo.
—Pos nada más un
cuartillo de alcohol del que estoy necesitado.
—¿Se te volvió a
desmayar la Refugio?
—Se me murió ya,
madre Villa. Anoche mismito, muy cerca de las once. Y conque hasta vendí mis
burros. Hasta eso vendí porque se me aliviara.
—¡No oigo lo que
estás diciendo! ¿O no estás diciendo nada? ¿Qué es lo que dices?
—Que me pasé la noche
velando a la muerta, a la Refugio. Dejó de resollar anoche.
—Con razón me olió a
muerto. Fíjate que hasta yo le dije al Gamaliel: «Me huele que alguien se murió
en el pueblo». Pero ni caso me hizo; con eso de que tuvo que congeniar con los
viajantes, el pobre se emborrachó. Y tú sabes que cuando está en ese estado,
todo le da risa y ni caso le hace a una. Pero ¿qué me dices? ¿Y tienes
convidados para el velorio?
—Ninguno, madre
Villa. Para eso quiero el alcohol, para curarme la pena.
—¿Lo quieres puro?
—Sí, madre Villa. Pa
emborracharme más pronto. Y dámelo rápido que llevo prisa.
—Te daré dos
decilitros por el mismo precio y por ser para ti. Ve diciéndole entretanto a la
difuntita que yo siempre la aprecié y que me tome en cuenta cuando llegue a la
gloria.
—Sí, madre Villa.
—Díselo antes de que
se acabe de enfriar.
—Se lo diré. Yo sé
que ella también cuenta con usté pa que ofrezca sus oraciones. Con decirle que
se murió compungida porque no hubo ni quien la auxiliara.
—¿Qué, no fuiste a
ver al padre Rentería?
—Fui. Pero me
informaron que andaba en el cerro.
—¿En cuál cerro?
—Pos por esos
andurriales. Usted sabe que andan en la revuelta.
—¿De modo que también
él? Pobres de nosotros, Abundio.
—A nosotros qué nos
importa eso, madre Villa. Ni nos va ni nos viene. Sírvame la otra. Ahí como que
se hace la disimulada, al fin y al cabo el Gamaliel está dormido.
—Pero no se te olvide
pedirle a la Refugio que ruegue a Dios por mí, que tanto lo necesito.
—No se mortifique. Se
lo diré en llegando. Y hasta le sacaré la promesa de palabra, por si es
necesario y pa que usté se deje de apuraciones.
—Eso, eso mero debes
hacer. Porque tú sabes cómo son las mujeres. Así que hay que exigirles el
cumplimiento en seguida.
Abundio Martínez dejó
otros veinte centavos sobre el mostrador.
—Deme el otro
cuartillo, madre Villa. Y si me lo quiere dar sobradito, pos ahí es cosa de
usté. Lo único que le prometo es que éste sí me lo iré a beber junto a la
difuntita; junto a mi Cuca.
—Vete pues, antes que
se despierte mi hijo. Se le agria mucho el genio cuando amanece después de una
borrachera. Vete volando y no se te olvide darle mi encargo a tu mujer.
Salió de la tienda
dando estornudos. Aquello era pura lumbre; pero, como le habían dicho que así
se subía más pronto, sorbió un trago tras otro, echándose aire en la boca con
la falda de la camisa. Luego trató de ir derecho a su casa donde lo esperaba la
Refugio; pero torció el camino y echó a andar calle arriba, saliéndose del pueblo
por donde lo llevó la vereda.
—¡Damiana! —llamó
Pedro Páramo—. Ven a ver qué quiere ese hombre que viene por el camino.
Abundio siguió
avanzando, dando traspiés, agachando la cabeza y a veces caminando en cuatro
patas. Sentía que la tierra se retorcía, le daba vueltas y luego se le soltaba;
él corría para agarrarla, y cuando ya la tenía en sus manos se le volvía a ir,
hasta que llegó frente a la figura de un señor sentado junto a una puerta.
Entonces se detuvo:
—Denme una caridad
para enterrar a mi mujer —dijo.
Damiana Cisneros
rezaba: «De las asechanzas del enemigo malo, líbranos, Señor». Y le apuntaba
con las manos haciendo la señal de la cruz.
Abundio Martínez vio
a la mujer de los ojos azorados, poniéndole aquella cruz enfrente, y se
estremeció. Pensó que tal vez el demonio lo había seguido hasta allí, y se dio
vuelta, esperando encontrarse con alguna mala figuración. Al no ver a nadie,
repitió:
—Vengo por una
ayudita para enterrar a mi muerta.
El sol le llegaba por
la espalda. Ese sol recién salido, casi frío, desfigurado por el polvo de la
tierra.
La cara de Pedro
Páramo se escondió debajo de las cobijas como si se escondiera de la luz,
mientras que los gritos de Damiana se oían salir más repetidos, atravesando los
campos: «¡Están matando a don Pedro!».
Abundio Martínez oía
que aquella mujer gritaba. No sabía qué hacer para acabar con esos gritos. No
le encontraba la punta a sus pensamientos. Sentía que los gritos de la vieja se
debían estar oyendo muy lejos. Quizá hasta su mujer los estuviera oyendo,
porque a él le taladraban las orejas, aunque no entendía lo que decía. Pensó en
su mujer que estaba tendida en el catre, solita, allá en el patio de su casa,
adonde él la había sacado para que se serenara y no se apestara pronto. La
Cuca, que todavía ayer se acostaba con él, bien viva, retozando como una
patrona, y que lo mordía y le raspaba la nariz con su nariz. La que le dio
aquel hijito que se les murió apenas nacido, dizque porque ella estaba
incapacitada: el mal de ojo y los fríos y la rescoldera y no sé cuántos males
tenía su mujer, según le dijo el doctor que fue a verla ya a última hora,
cuanto tuvo que vender sus burros para traerlo hasta acá, por el cobro tan alto
que le pidió. Y de nada había servido… La Cuca, que ahora estaba allá aguantando
el relente, con los ojos cerrados, ya sin poder ver amanecer; ni este sol ni
ningún otro.
—¡Ayúdenme! —dijo—.
Denme algo.
Pero ni siquiera él
se oyó. Los gritos de aquella mujer lo dejaban sordo.
Por el camino de
Comala se movieron unos puntitos negros. De pronto los puntitos se convirtieron
en hombres y luego estuvieron aquí, cerca de él. Damiana Cisneros dejó de
gritar. Deshizo su cruz. Ahora se había caído y abría la boca como si
bostezara.
Los hombres que
habían venido la levantaron del suelo y la llevaron al interior de la casa.
—¿No le ha pasado
nada a usted, patrón? —preguntaron.
Apareció la cara de
Pedro Páramo, que sólo movió la cabeza.
Desarmaron a Abundio,
que aún tenía el cuchillo lleno de sangre en la mano:
—Vente con nosotros
—le dijeron—. En un buen lío te has metido.
Y él los siguió.
Antes de entrar en el
pueblo les pidió permiso. Se hizo a un lado y allí vomitó una cosa amarilla
como de bilis. Chorros y chorros, como si hubiera sorbido diez litros de agua.
Entonces le comenzó a arder la cabeza y sintió la lengua trabada:
—Estoy borracho
—dijo.
Regresó a donde
estaban esperándolo. Se apoyó en los hombros de ellos, que lo llevaron a
rastras, abriendo un surco en la tierra con la punta de los pies.
Allá atrás, Pedro
Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo.
Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus
rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día
alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas:
«Todos escogen el mismo camino. Todos se van». Después volvió al lugar donde
había dejado sus pensamientos.
—Susana —dijo. Luego
cerró los ojos—. Yo te pedí que regresaras…
»… Había una luna
grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la
luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú.
Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de
estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana
San Juan».
Quiso levantar su
mano para aclarar la imagen; pero sus piernas la retuvieron como si fuera de
piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta
quedar apoyada en el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado.
«Ésta es mi muerte»,
dijo.
El sol se fue
volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba
frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían;
saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón
se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la
vida.
«Con tal de que no
sea una nueva noche», pensaba él.
Porque tenía miedo de
las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas.
De eso tenía miedo.
«Sé que dentro de
pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que
le negué. Y yo no tendré manos para taparme los ojos y no verlo. Tendré que
oírlo, hasta que su voz se apague con el día, hasta que se le muera su voz».
Sintió que unas manos
le tocaban los hombros y enderezó el cuerpo, endureciéndolo.
—Soy yo, don Pedro
—dijo Damiana—. ¿No quiere que le traiga su almuerzo?
Pedro Páramo
respondió:
—Voy para allá. Ya
voy.
Se apoyó en los
brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos
pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un
golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de
piedras.
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