miércoles, 9 de diciembre de 2020

LA CÁMARA OSCURA (cuento y película)

 La cámara oscura - Angélica Gorodischer

Ahora resulta que mi abuela Gertrudis es un personaje  y que en esta casa no se puede
hablar mal de ella. Así que como yo siempre hablé mal de ella y toda mi familia
también, lo que he tenido que hacer es callarme y no decir nada, ni nombrarla
siquiera. Hágame el favor, quién entiende a las mujeres. Y eso que yo no me
puedo quejar: mi Jaia es de lo mejorcito que hay. Al lado de ella yo soy bien
poca cosa; no hay más que verla, como que en la colectividad todo el mundo la
empezó a mirar con ganas en cuanto cumplió los quince, tan rubia y con esos
ojos y esos modos y la manera que tiene de levantar la cabeza, que no hubo
shotjen que no pensara en casarla bien, pero muy bien, por lo menos con uno
de los hijos del viejo Saposnik el de los repuestos para automotores, y para los
dieciséis ya la tenían loca a mi suegra con ofrecimientos y que esto y que lo otro
y que tenía que apuntar bien alto. Y esa misma Jaia, que se casó conmigo y no
con uno de esos ricachones aunque a mí, francamente, tan mal no me va, ella,
que a los treinta es más linda que a los quince y que ni se nota que ya tiene
dos hijos grandes, Duvedl y Batía, tan parecidos a ella pero que eso sí,
sacaron mis ojos negros, esa misma Jaia que siempre es tan dulce y suave, se
puso hecha una fiera cuando yo dije que la foto de mi abuela Gertrudis no
tenía por qué estar encima del estante de la chimenea en un marco dorado
con adornos que le debe haber costado sus buenos pesos, que no me diga
que no. Y esa foto, justamente ésa.
—Que no se vuelva a hablar del asunto —me dijo Jaia cuando yo le dije
que la sacara—, ni se te ocurra. Yo puse la foto ahí y ahí se queda.
—Bueno, está bien—dije yo—, pero por lo menos no esa foto.
—Y qué otra vamos a ver, ¿eh? —dijo ella—. Si fue la única que se sacó en
su vida.
—Menos mal —dije yo—, ¡zi is gevein tzi miss!
Ni acordarme quiero de lo que dijo ella.
Pero es cierto que era fea mi abuela Gertrudis, fea con ganas, chiquita,
flaca, negra, chueca, bizca, con unos anteojos redondos de armazón de
metal ennegrecido que tenían una patilla rota y arreglada con unas vueltas de
piolín y un nudo, siempre vestida de negro desde el pañuelo en la cabeza hasta
las zapatillas. En cambio mi abuelo León, tan buen mozo, tan grandote,
con esos bigotazos de rey y vestido como un señor que parece que llena toda

la foto y los ojos que le brillan como dos faroles. Apenas si se la ve a mi abuela
al lado de él, eso es una ventaja. Para colmo estaban alrededor todos los
hijos que también eran grandotes y buenos mozos, los seis varones y las dos
mujeres: mis tíos Aarón, Jaime, Abraham, Salo e Isidoro; y Samuel, mi padre,
que era el más chico de los varones. Y mis tías Sara y Raquel están sentadas en
el suelo cerca de mi abuelo. Y atrás se ven los árboles y un pedazo de la casa.
Es una foto bien grande, en cartulina gruesa, medio de color marrón como
eran entonces, así que bien caro le debe haber salido el marco dorado con
adornos y no es que yo me fije en esas cosas: Jaia sabe que puede darse sus
gustos y que yo nunca le he hecho faltar nada ni a ella ni a mis hijos, y que
mientras yo pueda van a tener de todo y no van a ser menos que otros, faltaba
más.
Por eso me duele esto de la foto sobre el estante de mármol de la chimenea
pero claro que mucho no puedo protestar porque la culpa es mía y nada más
que mía por andar hablando demasiado. Y por qué no va a poder un hombre
contarle a su mujer cosas de su familia, vamos a ver; casi diría que ella tiene
derecho a saber todo lo que uno sabe. Y sin embargo cuando le conté a Jaia lo
que había hecho mi abuela Gertrudis, medio en broma medio en serio, quiero
decir que un poco divertido como para quitarle importancia a la tragedia y un
poco indignado como para demostrar que yo sé que lo que es justo es justo y
que no he sacado las malas inclinaciones de mi abuela, cuando se lo conté una
noche de verano en la que volvíamos de un cine con refrigeración y habíamos
comprado helados y los estábamos comiendo en la cocina los dos solos porque
los chicos dormían, ella dejó de comer y cuando terminé golpeó con la cuchara
en la mesa y me dijo que no lo podía creer.
—Pero es cierto —dije yo—, claro que es cierto. Pasó nomás como te lo
conté.
—Ya sé —dijo Jaia y se levantó y se paró a mi lado con los brazos
cruzados y mirándome enojada—, ya sé que pasó así, no lo vas a haber
inventado vos. Lo que no puedo creer es que seas tan desalmado como para
reírte de ella y decir que fue una mala mujer.
—Pero Jaia —alcancé a decir.
—Qué pero Jaia ni qué nada —me gritó—. Menos mal que no me enteré de
eso antes de que nos casáramos. Menos mal para vos, porque para mí es
una desgracia venir a enterarme a esta altura de mi vida de que estoy
casada con un bruto sin sentimientos.

Yo no entendía nada y ella se fue dando un portazo y me dejó solo en la
cocina, solo y pensando en qué sería lo que había dicho yo que la había
puesto tan furiosa. Fui hasta la puerta pero cambié de idea y me volví. Hace
diez años que estamos casados y la conozco muy bien aunque pocas veces
la había visto tan enojada. Mejor dejar que se tranquilizara. Me comí lo que
quedaba de mi helado y el otro casi entero que había dejado Jaia, guardé en el
congelador los que habíamos traído para los chicos, le pasé el repasador a la
mesa y dejé los platos en la pileta. Me fijé que la puerta y la ventana que dan
al patio estuvieran bien cerradas, apagué la luz y me fui a acostar. Jaia
dormía o se hacía la que dormía. Me acosté y miré el techo que se veía gris
con la luz que entraba por la ventana abierta. La toqué apenas:
—Jaia —le dije—, mein taier medíale —como cuando éramos novios.
Nada. Ni se movió ni me contestó ni respiró más fuerte ni nada. Está
bien, pensé, si no quiere no quiere, ya se le va a pasar. Puse la mano en su
lugar y cerré los ojos. Estaba medio dormido cuando voy y miro el techo otra
vez porque me había parecido que la oía llorar. Pero debo haberme equivocado,

no era para tanto. Me dormí de veras y a la mañana siguiente era como si no hubiera pasado nada.
Pero ese día cuando vuelvo del negocio casi de noche, cansado y con
hambre, qué veo. Eso, el retrato de mi abuela Gertrudis en su marco dorado con
adornos encima de la chimenea.
—¿De dónde sacaste eso? —le dije señalándoselo con el dedo.
—Estaba en la parte de arriba del placard del pasillo —me dijo ella con
una gran sonrisa—, con todas las fotos de cuando eras chico que me regaló tu
madre.
—Ah, no —dije yo y alargué las manos como para sacarlo de ahí.
—Te advierto una cosa, Isaac Rosemberg —me dijo muy despacio y yo me
di cuenta de que iba en serio porque ella siempre me dice Chaqui como
me dicen todos y cuando me dice Isaac es que no está muy contenta y
nunca me ha dicho con el apellido antes salvo una vez—, te advierto que si
sacas esa foto de ahí yo me voy de casa y me llevo a los chicos.
Lo decía de veras, yo la conozco. Sé que lo decía de veras porque aquella
otra vez que me había llamado por mi nombre y mi apellido también me
había amenazado con irse, hacía mucho de eso y no teníamos los chicos y para
decir la verdad las cosas no habían sido como ella creyó que habían sido pero
mejor no hablar de ese asunto. Yo bajé las manos y las metí en los bolsillos y

pensé que era un capricho y que bueno, que hiciera lo que quisiera, que yo ya
iba a tratar de convencerla de a poco. Pero no la convencí; no la convencí
nunca y la foto sigue ahí. A Jaia se le pasó el enojo y dijo bueno vamos a comer
que hice kuguel de arroz.
Lo hace con la receta de mi suegra y ella sabe que me gusta como para
comerme tres platos y yo sé que ella sabe y ella sabe que yo sé que ella sabe,
por algo lo había hecho ese día. Me comí nomás tres platos pero no podía dejar
de pensar en por qué Jaia se había puesto así, por qué quería tener la foto
encima de la chimenea y qué tenía mi abuela Gertrudis para que se armara en
mi casa tanto lío por ella.
Nada, no tenía nada, ni nombre tenía, un buen y honesto nombre judío, Sure o
Surke, como las abuelas de los demás, no señor: Gertrudis. Es que no hizo
nunca nada bien ni a tiempo, ni siquiera nacer, como que mis bisabuelos venían
en barco con tres hijos y mi bisabuela embarazada. De Rusia venían, pero
habían salido de Alemania para Buenos Aires en el «Madrid» y cuando el
barco atracó, en ese mismo momento a mi bisabuela le empezaron los
dolores del parto y ya creían que mi abuela iba a nacer en cubierta entre los
baúles y los canastos y los paquetes y la gente que iba y venía, aunque todavía no
sabían que lo que iba a nacer era una chica. Pero mi bisabuelo y los hijos tuvieron
que ir a tierra porque ya iban pasando casi todos, y mi bisabuela quedó allá
arriba retorciéndose y viendo a su familia ya en tierra argentina y entonces pensó
que lo mejor era que ella también bajara y su hijo fuera argentino. Despacito, de a
poco, agarrándose de la baranda y con un marinero que la ayudaba, fue bajando.
Y en medio de la planchada ¿qué pasa? Sí, justamente en medio de la planchada
nació mi abuela. Mi bisabuela se dejó caer sobre los maderos y allí mismo, con la
ayuda del marinero alemán que gritaba algo que nadie entendía salvo los otros
marineros alemanes, y de una mujer que subió corriendo, llegó al mundo el
último hijo de mi bisabuela, mi abuela Gertrudis.
De entrada nomás ya hubo lío con ella. Mi abuela ¿era argentina o era
alemana? Yo creo que ni a la Argentina ni a Alemania les importaba un pito la
nacionalidad de mi abuela, pero los empleados de inmigración estaban llenos
de reglamentos que no decían nada sobre un caso parecido y no sabían qué
hacer. Aparte de que parece que mi bisabuela se las traía y a pesar de estar
recién parida empezó a los alaridos que su hija era argentina como si alguien
entendiera lo que gritaba y como si con eso le estuviera haciendo un regalo al
país al que acababa de llegar, y qué regalo.
Al final fue argentina, no sé quién lo resolvió ni cómo, probablemente algún
empleado que estaba apurado por irse a almorzar, y la anotaron en el puerto

como argentina llegada de Alemania aunque no había salido nunca de acá para allá,

y otro lío hubo cuando le preguntaron a mi bisabuelo el nombre. Habían pensado en
llamarlo Ichiel si era varón, pero con los apurones del viaje no se les había
ocurrido que podía ser una chica y que una chica también necesita un
nombre. Mi bisabuelo miró a su mujer que parece que era lo que hacía
siempre que había que tomar una decisión, pero a ella se le habían terminado
las energías con los dolores, los pujos, la bajada por la planchada y los
alaridos sobre la nacionalidad de su hija que a todo esto berreaba sobre un
mostrador envuelta en un saco del padre.
—Póngale Gertrudis, señor, es un lindo nombre —dijo el empleado de
inmigración.
—¿Cómo? —dijo mi bisabuelo, claro que en ruso.
—Mi novia se llama Gertrudis —dijo el tipo.
Mi bisabuelo supo recién después, al salir del puerto con la familia, el
equipaje y la recién nacida, lo que el empleado había dicho, porque se lo tradujo

Naum Waisman que había ido a buscarlos con los dos hijos y el carro,
pero para entonces mi abuela ya se llamaba Gertrudis.
—Sí, sí —dijo mi bisabuelo medio aturdido.
—Gertrudis, ¿entiende? Es un lindo nombre —dijo el empleado.
—Gertrudis —dijo mi bisabuelo como pudo y pronunciando mal las erres
y así le quedó porque así la anotaron en el puerto.
De los otros líos, los que vinieron después con el registro civil y la partida de
nacimiento, más vale no hablar. Eso sí, por un tiempo todo estuvo tranquilo y
no pasó nada más. Es decir, sí pasó, pero mi abuela no tuvo nada que ver.
Pasó que estuvieron un mes en lo de Naum hasta aclimatarse, y que
después se fueron al campo. Allí mi bisabuelo trabajó como tantero pero en
pocos años se compró la chacra y la hizo progresar, al principio trabajando de
sol a sol toda la familia y después ya más aliviado y con peones; y todo anduvo
bien, tan bien que compró unas cuantas hectáreas más hasta que llegó a
tener una buena propiedad.
Para entonces mi abuela Gertrudis tenía quince años y ya era horrible. Bizca
había sido desde que nació en la planchada del barco alemán, pero ahora era
esmirriada y chueca y parecía muda, tan poco era lo que hablaba. Mi bisabuelo
tenía un montón de amigos en los campos vecinos y en el pueblo adonde
iban todos los viernes a la mañana a quedarse hasta el sábado a la noche en
lo de un primo hermano de mi bisabuelo. Pero ni él ni su mujer tenían muchas

esperanzas de casar a esa hija fea y antipática. Hasta que
apareció mi abuelo León como una bendición del cielo.
Mi abuelo León no había nacido en la planchada de un barco, ni alemán ni de
ninguna otra nacionalidad. Había nacido como se debe, en su casa o mejor
dicho en la de sus padres, y desde ese momento hizo siempre lo que debía y
cuando debía, por eso todo el mundo lo quería y lo respetaba y nadie se rio
de él y nadie pensó que era una desgracia para la familia.
Era viudo y sin hijos cuando apareció por lo de mis bisabuelos, viudo de
Ruth Bucman que había muerto hacía un año. Parece que a mi bisabuela ya
le habían avisado de qué se trataba porque lavó y peinó y perfumó a su hija
y le recomendó que no hablara aunque eso no hacía falta, y que mirara siempre
al suelo para que no se le notara la bizquera que eso era útil pero tampoco
hacía falta, y para que de paso se viera que era una niña inocente y tímida.
Y así fue como mi abuelo León se casó con mi abuela Gertrudis, no a
pesar de que fuera tan fea sino precisamente porque era tan fea. Dicen que
Ruth Bucman era la muchacha más linda de toda la colectividad, de toda la
provincia, de todo el país y de toda América. Dicen que era pelirroja y tenía
unos ojos verdes almendrados y una boca como el pecado y la piel muy
blanca y las manos largas y finas; y dicen que ella y mi abuelo León hacían
una pareja como para darse vuelta en la calle y quedarse mirándolos.
También dicen que ella tenía un genio endemoniado y que les hizo la vida
imposible a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus cuñadas, a sus
sobrinos, a sus vecinos y a todo el pueblo. Y a mi abuelo León mientras
estuvo casada con él.
Para colmo no tuvo hijos: ni uno solo fue capaz de darle a su marido, a lo mejor
nada más que para hacerlo quedar mal, porque hasta ahí parece que llegaba
el veneno de esa mujer. Cuando murió, mi abuelo largó un suspiro de alivio,
durmió dos días seguidos, y cuando despertó se dedicó a descansar, a
ponerse brillantina en el bigote y a irse a caballo todos los días al pueblo a
visitar a los amigos que Ruth había ido alejando de la casa a fuerza de gritos y
de malos modos.
Pero eso no podía seguir así por mucho tiempo: mi abuelo León era todo
un hombre y no estaba hecho para estar solo toda la vida, aparte de que la
casa se estaba viniendo abajo y necesitaba la mano de una mujer y el campo
se veía casi abandonado y algunos habían empezado a echarle el ojo calculando

que mi abuelo lo iba a vender casi por nada. Fue por eso que un año
después del velorio de su mujer mi abuelo decidió casarse y acordándose del
infierno por el que había pasado con Ruth, decidió casarse con la más fea que
encontrara. Y se casó con mi abuela Gertrudis.

La fiesta duró tres días y tres noches en la chacra de mi bisabuelo. Los
músicos se turnaban en el galpón grande y las mujeres no daban abasto en la
cocina de la casa, en la de los peones y en dos o tres fogones y hornos que se
habían improvisado al aire libre. Mis bisabuelos tiraron la casa por la ventana
con gusto. Hay que ver que no era para menos, si habían conseguido sacarse
de encima semejante clavo y casarla con el mejor candidato en cien leguas a la
redonda.
Mi abuela no estuvo los tres días y las tres noches en la fiesta. Al día siguiente
nomás de la ceremonia ya empezó a trabajar para poner en orden la casa de su
marido y a los nueve meses nació mi tío Aarón y un año después nació mi tío
Jaime y once meses después nació mi tío Abraham y así. Pero ella no paró
nunca de trabajar. Hay que ver las cosas que contaba mi tía Raquel de cómo
se levantaba antes de que amaneciera y preparaba la comida para todo el día,
limpiaba la casa y salía a trabajar en el campo; y de cómo cosía de noche
mientras todos dormían y les hacía las camisas y las bombachas y hasta la ropa
interior a los hijos y al marido y los vestidos a las hijas y las sábanas y los
manteles y toda la ropa de la casa; y de los dulces y las confituras que
preparaba para el invierno, y de cómo sabía manejar a los animales, enfardar,
embolsar y ayudar a cargar los carros. Y todo eso sin hablar una palabra,
siempre callada, siempre mirando al suelo para que no se le notara la bizquera.
Hay que reconocer que le alivió el trabajo a mi abuelo León, chiquita y flaca
como era, porque tenía el aguante de dos hombres juntos. A la tarde mi abuelo
ya no tenía nada más que hacer: se emperifollaba y se iba para el pueblo en su
mejor caballo, con los arneses de lujo con los que mi abuela ya se lo tenía
ensillado, y como a ella no le gustaba andar entre la gente, se quedaba en la
chacra y seguía dale que dale. Y así pasó el tiempo y nacieron los ocho hijos y
dicen mis tías que ni con los partos mi abuela se quedó en cama o dejó de
trabajar un solo día.
Por eso fue más terrible todavía lo que pasó. Cierto que mi abuelo León
no era ningún santo y que le gustaban las mujeres y que él les gustaba a
ellas, y cierto que alguna vecina malintencionada le fue con chismes a mi
abuela y que ella no dijo nada ni hizo ningún escándalo ni lloró ni gritó, cierto. Y
eso que mi abuelo se acordó de repente de Ruth Bucman y anduvo unos días
con el rabo entre las piernas no fuera que a mi abuela le fuera a dar por el
mismo lado. No digo que haya estado bien, pero esas son cosas que una
mujer sabe que tiene que perdonarle a un hombre, y francamente no había
derecho a hacerle eso a mi abuelo, ella que habría tenido que estarle más
que agradecida porque mi abuelo se había casado con ella. Y más cruel fue

todo si se piensa en la ironía del destino, porque mi abuelo les quiso dar una
sorpresa y hacerles un regalo a todos sus hijos y a sus hijas. Y a mi abuela
Gertrudis supongo que también, claro.
Un día, mientras estaban los ocho hijos y mi abuelo León comiendo y mi
abuela iba y venía con las cacerolas y las fuentes, mi abuelo contó que había
llegado al pueblo un fotógrafo ambulante y todos preguntaron cómo era y
cómo hacía y qué tal sacaba y a quienes les había hecho fotografías. Y mis tías
le pidieron a mi abuelo que las llevara al pueblo a sacarse una foto cada una.
Entonces mi abuelo se rio y dijo que no, que él ya había hablado con el fotógrafo
y que al día siguiente iba a ir con sus máquinas y sus aparatos a la chacra a
sacarlos a todos. Mis tías se rieron y dieron palmadas y lo besaron a mi abuelo
y se pusieron a charlar entre ellas a ver qué vestidos se iban a poner; y mis
tíos decían que eso era cosas de mujeres y lujos de la ciudad pero se alisaban
las bombachas y se miraban de costado en el vidrio de la ventana.
Y el fotógrafo fue al campo y les sacó a todos esa foto marrón en cartulina
dura que está ahora encima de la chimenea de mi casa en un marco dorado
con adornos y que Jaia no me deja sacar de ahí.
Era rubio el fotógrafo, rubio, flaco, no muy joven, de pelo enrulado y
rengueaba bastante de la pierna izquierda. Los sentó a todos fuera de la casa,
con sus mejores trajes, peinados y lustrados que daba gusto verlos. A todos
menos a mi abuela Gertrudis que estaba como siempre de negro y que ni se
había preocupado por ponerse un vestido decente. Ella no quería salir en la foto
y dijo que no tantas veces que mi abuelo León estaba casi convencido y no
insistió más. Pero entonces el fotógrafo se acercó a mi abuela y le dijo que si
alguien tenía que salir en la foto era ella; y ella le dijo algo que no sé si me
contaron qué fue y me olvidé o si nadie oyó y no me contaron nada, y él
contestó que él sabía muy bien lo que era no querer salir en ninguna foto o
algo así. He oído muchas veces el cuento pero no me acuerdo de las palabras
justas. La cosa es que mi abuela se puso al lado de mi abuelo León entre sus
hijos, y así estuvieron todos en pose largo rato y sonrieron y el fotógrafo rubio,
flaco y rengo les sacó la foto.
Mi abuelo León le dijo al fotógrafo que se quedara esa noche allí para
revelarla y para que al día siguiente les sacara otras. Así que esa noche mi
abuela le dio de comer a él también. Y él contó de su oficio y de los pueblos por
los que había andado, de cómo era la gente y cómo lo recibían y de algunas
cosas raras que había visto o que le habían pasado. Y mi tío Aarón siempre
dice que la miraba como si no le hablara más que a ella pero vaya a saber si
eso es cierto porque no va a haber sido él el único que se dio cuenta de algo.

Lo que sí es cierto es que mi abuela se sentó a la mesa con la familia y eso era
algo que nunca hacía porque tenía que tener siempre todo listo en la cocina
mientras los demás comían, para ir sirviéndolo a tiempo. Después que
terminaron de comer el fotógrafo salió a fumar afuera porque en esa casa
nadie fumaba, y mi abuela le llevó un vasito de licor y me parece, aunque
nadie me lo dijo, que algo deben haber hablado allí los dos.
Al otro día el fotógrafo estuvo sacando fotos toda la mañana: primero mi
abuelo León solo, después con los hijos, después con las hijas, después con
todos los hijos y las hijas juntos, después mis tías solas con sus vestidos bien
planchados y el pelo enrulado. Pero mi abuela Gertrudis no apareció,
ocupada en el tambo y en la casa como siempre. Pero qué cosa, yo que no la
conocí, yo que no había nacido como que mi padre era un muchachito que no
se había encontrado con mi madre todavía, yo me la imagino ese día
escondida, espiándolo desde atrás de algún postigo entornado mientras la
comida se le quemaba sobre el fuego. Imaginaciones mías nomás porque
según dicen mis tías nunca se le quemó una comida ni descuidó nada de lo de
la casa ni de lo del campo.
El fotógrafo reveló las fotos y almorzó en la casa y a la tarde las pegó en los
cartones con una guarda grabada y la fecha y mi abuelo León le pagó. Cuando
terminaron de comer, ya de noche, él se despidió y salió de la casa. Ya tenía
cargado todo en el break destartalado en el que había aparecido por el
pueblo, y desde la oscuridad allá afuera les volvió a gritar adiós a todos. Mi
abuelo León estaba contento porque les había sacado unas fotos muy buenas
pero no era como para acompañarlo más allá de la puerta porque ya le había
pagado por su trabajo más que nadie en el pueblo y en las chacras.

Se metieron todos adentro y se oyó el caballo yéndose y después nada más.
Cuando alguien preguntó por mi abuela Gertrudis que hasta hoy mis tíos
discuten porque cada uno dice que fue él el que preguntó, mi abuelo León dijo
que seguramente andaría por ahí afuera haciendo algo, y al rato se fueron todos
a acostar.
Pero a la mañana siguiente cuando se levantaron encontraron todavía
las lámparas prendidas sobre las mesas y los postigos sin asegurar y la puerta
sin llave ni tranca. No había fuego ni comida hecha ni desayuno listo ni
vacas ordeñadas ni agua para tomar ni para lavarse ni pan cocinándose en el
horno ni nada de nada. Mi abuela Gertrudis se había ido con el fotógrafo.
Y ahora digo yo, ¿tengo o no tengo razón cuando digo que esa foto no tiene
por qué estar sobre la chimenea de mi casa? ¿Y cuando los chicos pregunten algo?,  

le dije un día a Jaia. Ya vamos a ver, dijo ella. Preguntaron, claro que preguntaron, y
delante de mí. Por suerte Jaia tuvo la sensatez de no explicar nada:
—Es la familia de papá —dijo—, hace muchos años, cuando vivían sus
abuelos. ¿Ven? El zeide, la bobe, tío Aarón, tío Isidoro, tío Salo.
Y así los fue nombrando y señalando uno por uno sin hacer comentarios.
Los chicos se acostumbraron a la foto y ya no preguntaron nada más.
Hasta yo me fui acostumbrando. No es que esté de acuerdo, no, eso no,
pero quiero decir que ya no la veo, que no me llama la atención, salvo que ande
buscando algo por ahí y tenga que mover el marco dorado con adornos. Una
de esas veces le pregunté a Jaia que estaba cerca revolviendo los estantes
del bahut:
—¿Me vas a explicar algún día qué fue lo que te dio por poner esta foto acá?
Ella se dio vuelta y me miró:
—No —me dijo.
No me esperaba eso. Me esperaba una risita y que me dijera que sí, que
alguna vez me lo iba a contar o que me lo contara ahí mismo.
—¿Cómo que no?
—No —me dijo de nuevo sin reírse—, si necesitas que te lo explique quiere
decir que no mereces que te lo explique.
Y así quedó. Encontramos lo que andábamos buscando, o no, no me
acuerdo, y nunca volvimos a hablar Jaia y yo de la foto de mi abuela Gertrudis
sobre la chimenea en su marco dorado con adornos. Pero yo sigo pensando
que es una ofensa para una familia como la mía tener en un lugar tan visible la
foto de ella que parecía tan buena mujer, tan trabajadora, tan de su casa y que
un día se fue con otro hombre abandonando a su marido y a sus hijos de pura
maldad nomás, sin ningún motivo.


jueves, 3 de diciembre de 2020

SOBRE LA PELÍCULA "DE ESO NO SE HABLA"

FRAGMENTOS DE ARTÍCULOS Y DE ENTREVISTA A  M.L. BEMBERG SOBRE LA PELICULA “DE ESO NO SE HABLA”

https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/senora-nadie-25-anos-su-muerte-se-nid2361854

Tres años después del estreno de Yo, la peor de todas llegará su última película, titulada De eso no se habla. Un film muy especial, adaptado del cuento de Julio Llinás por la directora y el guionista Jorge Goldenberg: "Un contenido esencial para el ser humano: la soledad, la pasión, la soberbia, la libertad y el destino", definió María Luisa a su obra con aires de fábula. Los detalles de este trabajo se actualizan en el sensible documental de Tomás de Leone Un sueño hermoso -disponible en Cine.Ar Play- que reconstruye el derrotero de su protagonista Alejandra Podestá. En otro documental, Yo recuerdo, a Marcello Mastroianni se lo ve bailar con Podestá, de cuyo personaje se ha enamorado, y cuyo enanismo es el secreto al que alude el título del film. "Ubiqué esa escena justo después del momento en el que él ironiza sobre la etiqueta del "latin lover", dijo la realizadora de Yo recuerdo, Ana María Tató, a LA NACION cuando lo presentó en el Festival de Cannes en 1997.

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http://www.cinelibre.ch/download/bemberg_libretto.pdf?PHPSESSID=85d7a9a5b604ad275f05

Desobediencias y rebeldías en el cine de María Luisa Bemberg
Gabriela Well

De eso no se habla cuenta la historia de Carlota, una mujer diferente que lleva al límite el mandato genérico para terminar desertando tanto del rol de hija como del de esposa. Más allá del carácter alegórico del film, sobre el que nos detendremos más adelante, el personaje de Carlota no sólo niega la identidad derivada de la mujer sino que asume una identidad diferente, por lo que nos parece ver aquí –y sólo en este film– algo más que la pura inversión. La novedad que introduce la protagonista femenina del último film Bemberg es la reivindicación de la
diferencia y de las identidades múltiples.

….

Si tomamos globalmente la filmografía de María Luisa Bemberg y atendemos a su cronología, parece advertirse un proceso de aprendizaje que queda trunco con la muerte de la realizadora. Efectivamente podemos realizar un paralelo entre su producción cinematográfica y la producción teórica de la crítica feminista: de la denuncia y la reivindicación a la postulación del derecho a la diferencia. Ese es el curso que siguieron sus filmes, desde Momentos y Señora de Nadie, más apegadas a la proclama y la reivindicación, hasta De eso no se habla. Esta película merece una especial consideración, en la medida en que la alegoresis funciona como punto cúlmine de este planteo: Carlota, a quien su madre pretenciosa llama Charlotte, es visiblemente diferente, es enana; su madre insiste en negar esta realidad y cuando se ve obligada a reconocerla decreta que “de eso no se habla” y
si no se nombra, no existe. Carlota es criada entonces como una princesa y hasta logra casarse con el soltero más codiciado del pueblo. Todo parece funcionar según lo establecido, lo que incluye la doble moral de su madre y de la mayoría de los personajes de la historia, pero Carlota padece una tristeza incurable, a pesar de que ha logrado desarrollar al máximo ciertas transgresiones como la destreza física, una intensa relación con el saber y habilidades artísticas. La insatisfacción de Carlota persiste, ante la incomprensión de quienes la rodean que
creen que ella lo tiene todo. Un buen día, decide abandonar, sin remordimiento alguno, a su madre, su esposo y su pueblo y se marcha con una troupe de circo. El planteo revela cierta inevitabilidad del ser uno mismo, pero sobre todo muestra la posibilidad concreta de ser diferente y de buscar un espacio propio.

Carlota es un personaje que crece con el desarrollo del film y que condensa el crecimiento de la gran imaginera detrás de la cámara. Efectivamente, De eso no se habla parte pintando una serie de relaciones funcionales al sistema sexo-género hegemónico y de distribución jerárquica y tradicional del poder: en su relación con la madre, con los amigos, con los maestros y con su marido, Carlota va respondiendo a las expectativas hegemónicas hasta la ruptura, repentina y total, con este sistema. Lo novedoso del film es entonces no sólo la transgresión (Carlota deserta de su rol de hija, de esposa, de miembro mismo de esta sociedad), sino la multiplicación de la diferencia, en el sentido de que aquí se violan las estructuras fundamentales de las relaciones de género: el sistema de los sexos, la distribución del poder, los roles atribuidos, la posesión del saber, la estructura familiar, la autoridad del sujeto masculino, la moral y el estilo de vida aceptables. Todo esto se sintetiza en las escenas finales, en particular en el desfile del circo. Como vemos, el problema de la victimización como consecuencia inevitable de la transgresión no tiene, en estas películas, una respuesta uniforme: en Momentos, Lucía transgrede, no se hace cargo del papel de víctima en la que se intenta colocarla y regresa al punto de partida, pero con una transformación interior. En Camila, en Miss Mary y en Yo, la peor de todas, la transgresión empuja a las protagonistas hacia el terreno de la víctima, pero de distinta manera: Camila se rebela una y otra vez hasta que al final, queriendo huir, no lo hace para no abandonar a su amor; Mary transgrede y termina yéndose, en una especie de autoinmolación; mientras que Juana se recluye, como último acto de resistencia. En Señora de Nadie se presenta a Leonor como la figura de la víctima femenina para negarla y superarla en una nueva alternativa y en De eso no se habla se supera el sistema sexogénero y se recupera la figura de la transgresión hacia la multiplicación de las diferencias: no sólo de sexo, de clase, de generación, también de deseos y expectativas; a la figura de la víctima se le opone el complejo concepto de ser uno mismo, de la libertad individual.

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ENTREVISTA A M. L. BEMBERG (LA NACION- 16 de mayo 1993)

“Puedo decir que Charlotte, la hija de Luisina Brando en el film,  es metáfora de quienes se saben diferentes de los demás, convertida en fuerte alegato por el derecho a la diferencia.”

Segura M.L Bemberg reconoce que “De eso no se habla” es la mejor película de su filmografía: es la que tiene más libertad, -admite- “con un vuelo que la acerca a la poesía”…

…sentí en todo momento estar caminando por una  cornisa afilada, al no querer faltarle el respeto a un ser que amo y admiro por su coraje – Bemberg se refiere a Alejandra Podestá, la actriz enana del film – por su capacidad de entrega y por haber asumido representar un papel en el que se mezclan dolorosamente ficción y realidad.

Charlotte es un ser libre que no se deja vencer por la adversidad ni deja que nadie mande sobre ella. La desobediencia es la libertad de no dejarse someter y la libertad es el tema de todas mis películas.


¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...