La cámara oscura - Angélica Gorodischer
Ahora resulta
que mi abuela Gertrudis es un personaje y que en esta casa no se puede
hablar mal de
ella. Así que como yo siempre hablé mal de ella y toda mi familia
también, lo que
he tenido que hacer es callarme y no decir nada, ni nombrarla
siquiera. Hágame
el favor, quién entiende a las mujeres. Y eso que yo no me
puedo quejar: mi
Jaia es de lo mejorcito que hay. Al lado de ella yo soy bien
poca cosa; no
hay más que verla, como que en la colectividad todo el mundo la
empezó a mirar
con ganas en cuanto cumplió los quince, tan rubia y con esos
ojos y esos
modos y la manera que tiene de levantar la cabeza, que no hubo
shotjen que no
pensara en casarla bien, pero muy bien, por lo menos con uno
de los hijos del
viejo Saposnik el de los repuestos para automotores, y para los
dieciséis ya la
tenían loca a mi suegra con ofrecimientos y que esto y que lo otro
y que tenía que
apuntar bien alto. Y esa misma Jaia, que se casó conmigo y no
con uno de esos
ricachones aunque a mí, francamente, tan mal no me va, ella,
que a los
treinta es más linda que a los quince y que ni se nota que ya tiene
dos hijos
grandes, Duvedl y Batía, tan parecidos a ella pero que eso sí,
sacaron mis ojos
negros, esa misma Jaia que siempre es tan dulce y suave, se
puso hecha una
fiera cuando yo dije que la foto de mi abuela Gertrudis no
tenía por qué
estar encima del estante de la chimenea en un marco dorado
con adornos que
le debe haber costado sus buenos pesos, que no me diga
que no. Y esa
foto, justamente ésa.
—Que no se
vuelva a hablar del asunto —me dijo Jaia cuando yo le dije
que la sacara—,
ni se te ocurra. Yo puse la foto ahí y ahí se queda.
—Bueno, está
bien—dije yo—, pero por lo menos no esa foto.
—Y qué otra
vamos a ver, ¿eh? —dijo ella—. Si fue la única que se sacó en
su vida.
—Menos mal —dije
yo—, ¡zi is gevein tzi miss!
Ni acordarme
quiero de lo que dijo ella.
Pero es cierto
que era fea mi abuela Gertrudis, fea con ganas, chiquita,
flaca, negra,
chueca, bizca, con unos anteojos redondos de armazón de
metal
ennegrecido que tenían una patilla rota y arreglada con unas vueltas de
piolín y un
nudo, siempre vestida de negro desde el pañuelo en la cabeza hasta
las zapatillas.
En cambio mi abuelo León, tan buen mozo, tan grandote,
con esos
bigotazos de rey y vestido como un señor que parece que llena toda
la
foto y los ojos que le brillan como dos faroles. Apenas si se la ve a mi abuela
al lado de él,
eso es una ventaja. Para colmo estaban alrededor todos los
hijos que
también eran grandotes y buenos mozos, los seis varones y las dos
mujeres: mis
tíos Aarón, Jaime, Abraham, Salo e Isidoro; y Samuel, mi padre,
que era el más
chico de los varones. Y mis tías Sara y Raquel están sentadas en
el suelo cerca
de mi abuelo. Y atrás se ven los árboles y un pedazo de la casa.
Es una foto bien
grande, en cartulina gruesa, medio de color marrón como
eran entonces,
así que bien caro le debe haber salido el marco dorado con
adornos y no es
que yo me fije en esas cosas: Jaia sabe que puede darse sus
gustos y que yo
nunca le he hecho faltar nada ni a ella ni a mis hijos, y que
mientras yo
pueda van a tener de todo y no van a ser menos que otros, faltaba
más.
Por eso me duele
esto de la foto sobre el estante de mármol de la chimenea
pero claro que
mucho no puedo protestar porque la culpa es mía y nada más
que mía por
andar hablando demasiado. Y por qué no va a poder un hombre
contarle a su
mujer cosas de su familia, vamos a ver; casi diría que ella tiene
derecho a saber
todo lo que uno sabe. Y sin embargo cuando le conté a Jaia lo
que había hecho
mi abuela Gertrudis, medio en broma medio en serio, quiero
decir que un
poco divertido como para quitarle importancia a la tragedia y un
poco indignado
como para demostrar que yo sé que lo que es justo es justo y
que no he sacado
las malas inclinaciones de mi abuela, cuando se lo conté una
noche de verano
en la que volvíamos de un cine con refrigeración y habíamos
comprado helados
y los estábamos comiendo en la cocina los dos solos porque
los chicos
dormían, ella dejó de comer y cuando terminé golpeó con la cuchara
en la mesa y me
dijo que no lo podía creer.
—Pero es cierto
—dije yo—, claro que es cierto. Pasó nomás como te lo
conté.
—Ya sé —dijo
Jaia y se levantó y se paró a mi lado con los brazos
cruzados y
mirándome enojada—, ya sé que pasó así, no lo vas a haber
inventado vos.
Lo que no puedo creer es que seas tan desalmado como para
reírte de ella y
decir que fue una mala mujer.
—Pero Jaia
—alcancé a decir.
—Qué pero Jaia
ni qué nada —me gritó—. Menos mal que no me enteré de
eso antes de que
nos casáramos. Menos mal para vos, porque para mí es
una desgracia
venir a enterarme a esta altura de mi vida de que estoy
casada con un
bruto sin sentimientos.
Yo no entendía
nada y ella se fue dando un portazo y me dejó solo en la
cocina, solo y
pensando en qué sería lo que había dicho yo que la había
puesto tan
furiosa. Fui hasta la puerta pero cambié de idea y me volví. Hace
diez años que
estamos casados y la conozco muy bien aunque pocas veces
la había visto
tan enojada. Mejor dejar que se tranquilizara. Me comí lo que
quedaba de mi
helado y el otro casi entero que había dejado Jaia, guardé en el
congelador los
que habíamos traído para los chicos, le pasé el repasador a la
mesa y dejé los
platos en la pileta. Me fijé que la puerta y la ventana que dan
al patio
estuvieran bien cerradas, apagué la luz y me fui a acostar. Jaia
dormía o se
hacía la que dormía. Me acosté y miré el techo que se veía gris
con la luz que
entraba por la ventana abierta. La toqué apenas:
—Jaia —le dije—,
mein taier medíale —como cuando éramos novios.
Nada. Ni se
movió ni me contestó ni respiró más fuerte ni nada. Está
bien, pensé, si
no quiere no quiere, ya se le va a pasar. Puse la mano en su
lugar y cerré
los ojos. Estaba medio dormido cuando voy y miro el techo otra
vez porque me
había parecido que la oía llorar. Pero debo haberme equivocado,
no era para
tanto. Me dormí de veras y a la mañana siguiente era como si no hubiera pasado
nada.
Pero ese día
cuando vuelvo del negocio casi de noche, cansado y con
hambre, qué veo.
Eso, el retrato de mi abuela Gertrudis en su marco dorado con
adornos encima
de la chimenea.
—¿De dónde
sacaste eso? —le dije señalándoselo con el dedo.
—Estaba en la
parte de arriba del placard del pasillo —me dijo ella con
una gran
sonrisa—, con todas las fotos de cuando eras chico que me regaló tu
madre.
—Ah, no —dije yo
y alargué las manos como para sacarlo de ahí.
—Te advierto una
cosa, Isaac Rosemberg —me dijo muy despacio y yo me
di cuenta de que
iba en serio porque ella siempre me dice Chaqui como
me dicen todos y
cuando me dice Isaac es que no está muy contenta y
nunca me ha
dicho con el apellido antes salvo una vez—, te advierto que si
sacas esa foto
de ahí yo me voy de casa y me llevo a los chicos.
Lo decía de
veras, yo la conozco. Sé que lo decía de veras porque aquella
otra vez que me
había llamado por mi nombre y mi apellido también me
había amenazado
con irse, hacía mucho de eso y no teníamos los chicos y para
decir la verdad
las cosas no habían sido como ella creyó que habían sido pero
mejor no hablar
de ese asunto. Yo bajé las manos y las metí en los bolsillos y
pensé que era un
capricho y que bueno, que hiciera lo que quisiera, que yo ya
iba a tratar de
convencerla de a poco. Pero no la convencí; no la convencí
nunca y la foto
sigue ahí. A Jaia se le pasó el enojo y dijo bueno vamos a comer
que hice kuguel
de arroz.
Lo hace con la
receta de mi suegra y ella sabe que me gusta como para
comerme tres
platos y yo sé que ella sabe y ella sabe que yo sé que ella sabe,
por algo lo
había hecho ese día. Me comí nomás tres platos pero no podía dejar
de pensar en por
qué Jaia se había puesto así, por qué quería tener la foto
encima de la
chimenea y qué tenía mi abuela Gertrudis para que se armara en
mi casa tanto
lío por ella.
Nada, no tenía
nada, ni nombre tenía, un buen y honesto nombre judío, Sure o
Surke, como las
abuelas de los demás, no señor: Gertrudis. Es que no hizo
nunca nada bien
ni a tiempo, ni siquiera nacer, como que mis bisabuelos venían
en barco con
tres hijos y mi bisabuela embarazada. De Rusia venían, pero
habían salido de
Alemania para Buenos Aires en el «Madrid» y cuando el
barco atracó, en
ese mismo momento a mi bisabuela le empezaron los
dolores del
parto y ya creían que mi abuela iba a nacer en cubierta entre los
baúles y los
canastos y los paquetes y la gente que iba y venía, aunque todavía no
sabían que lo
que iba a nacer era una chica. Pero mi bisabuelo y los hijos tuvieron
que ir a tierra
porque ya iban pasando casi todos, y mi bisabuela quedó allá
arriba
retorciéndose y viendo a su familia ya en tierra argentina y entonces pensó
que lo mejor era
que ella también bajara y su hijo fuera argentino. Despacito, de a
poco,
agarrándose de la baranda y con un marinero que la ayudaba, fue bajando.
Y en medio de la
planchada ¿qué pasa? Sí, justamente en medio de la planchada
nació mi abuela.
Mi bisabuela se dejó caer sobre los maderos y allí mismo, con la
ayuda del
marinero alemán que gritaba algo que nadie entendía salvo los otros
marineros
alemanes, y de una mujer que subió corriendo, llegó al mundo el
último hijo de
mi bisabuela, mi abuela Gertrudis.
De entrada nomás
ya hubo lío con ella. Mi abuela ¿era argentina o era
alemana? Yo creo
que ni a la Argentina ni a Alemania les importaba un pito la
nacionalidad de
mi abuela, pero los empleados de inmigración estaban llenos
de reglamentos
que no decían nada sobre un caso parecido y no sabían qué
hacer. Aparte de
que parece que mi bisabuela se las traía y a pesar de estar
recién parida
empezó a los alaridos que su hija era argentina como si alguien
entendiera lo
que gritaba y como si con eso le estuviera haciendo un regalo al
país al que
acababa de llegar, y qué regalo.
Al final fue
argentina, no sé quién lo resolvió ni cómo, probablemente algún
empleado que
estaba apurado por irse a almorzar, y la anotaron en el puerto
como argentina
llegada de Alemania aunque no había salido nunca de acá para allá,
y otro lío hubo cuando
le preguntaron a mi bisabuelo el nombre. Habían pensado en
llamarlo Ichiel
si era varón, pero con los apurones del viaje no se les había
ocurrido que
podía ser una chica y que una chica también necesita un
nombre. Mi
bisabuelo miró a su mujer que parece que era lo que hacía
siempre que
había que tomar una decisión, pero a ella se le habían terminado
las energías con
los dolores, los pujos, la bajada por la planchada y los
alaridos sobre
la nacionalidad de su hija que a todo esto berreaba sobre un
mostrador
envuelta en un saco del padre.
—Póngale Gertrudis,
señor, es un lindo nombre —dijo el empleado de
inmigración.
—¿Cómo? —dijo mi
bisabuelo, claro que en ruso.
—Mi novia se
llama Gertrudis —dijo el tipo.
Mi bisabuelo
supo recién después, al salir del puerto con la familia, el
equipaje y la
recién nacida, lo que el empleado había dicho, porque se lo tradujo
Naum Waisman que
había ido a buscarlos con los dos hijos y el carro,
pero para
entonces mi abuela ya se llamaba Gertrudis.
—Sí, sí —dijo mi
bisabuelo medio aturdido.
—Gertrudis,
¿entiende? Es un lindo nombre —dijo el empleado.
—Gertrudis —dijo
mi bisabuelo como pudo y pronunciando mal las erres
y así le quedó
porque así la anotaron en el puerto.
De los otros
líos, los que vinieron después con el registro civil y la partida de
nacimiento, más
vale no hablar. Eso sí, por un tiempo todo estuvo tranquilo y
no pasó nada
más. Es decir, sí pasó, pero mi abuela no tuvo nada que ver.
Pasó que
estuvieron un mes en lo de Naum hasta aclimatarse, y que
después se
fueron al campo. Allí mi bisabuelo trabajó como tantero pero en
pocos años se
compró la chacra y la hizo progresar, al principio trabajando de
sol a sol toda
la familia y después ya más aliviado y con peones; y todo anduvo
bien, tan bien
que compró unas cuantas hectáreas más hasta que llegó a
tener una buena
propiedad.
Para entonces mi
abuela Gertrudis tenía quince años y ya era horrible. Bizca
había sido desde
que nació en la planchada del barco alemán, pero ahora era
esmirriada y
chueca y parecía muda, tan poco era lo que hablaba. Mi bisabuelo
tenía un montón
de amigos en los campos vecinos y en el pueblo adonde
iban todos los
viernes a la mañana a quedarse hasta el sábado a la noche en
lo de un primo
hermano de mi bisabuelo. Pero ni él ni su mujer tenían muchas
esperanzas de
casar a esa hija fea y antipática. Hasta que
apareció mi
abuelo León como una bendición del cielo.
Mi abuelo León
no había nacido en la planchada de un barco, ni alemán ni de
ninguna otra
nacionalidad. Había nacido como se debe, en su casa o mejor
dicho en la de
sus padres, y desde ese momento hizo siempre lo que debía y
cuando debía,
por eso todo el mundo lo quería y lo respetaba y nadie se rio
de él y nadie
pensó que era una desgracia para la familia.
Era viudo y sin
hijos cuando apareció por lo de mis bisabuelos, viudo de
Ruth Bucman que
había muerto hacía un año. Parece que a mi bisabuela ya
le habían
avisado de qué se trataba porque lavó y peinó y perfumó a su hija
y le recomendó
que no hablara aunque eso no hacía falta, y que mirara siempre
al suelo para
que no se le notara la bizquera que eso era útil pero tampoco
hacía falta, y
para que de paso se viera que era una niña inocente y tímida.
Y así fue como
mi abuelo León se casó con mi abuela Gertrudis, no a
pesar de que fuera
tan fea sino precisamente porque era tan fea. Dicen que
Ruth Bucman era
la muchacha más linda de toda la colectividad, de toda la
provincia, de
todo el país y de toda América. Dicen que era pelirroja y tenía
unos ojos verdes
almendrados y una boca como el pecado y la piel muy
blanca y las
manos largas y finas; y dicen que ella y mi abuelo León hacían
una pareja como
para darse vuelta en la calle y quedarse mirándolos.
También dicen
que ella tenía un genio endemoniado y que les hizo la vida
imposible a su
padre, a su madre, a sus hermanos, a sus cuñadas, a sus
sobrinos, a sus
vecinos y a todo el pueblo. Y a mi abuelo León mientras
estuvo casada
con él.
Para colmo no
tuvo hijos: ni uno solo fue capaz de darle a su marido, a lo mejor
nada más que
para hacerlo quedar mal, porque hasta ahí parece que llegaba
el veneno de esa
mujer. Cuando murió, mi abuelo largó un suspiro de alivio,
durmió dos días
seguidos, y cuando despertó se dedicó a descansar, a
ponerse
brillantina en el bigote y a irse a caballo todos los días al pueblo a
visitar a los
amigos que Ruth había ido alejando de la casa a fuerza de gritos y
de malos modos.
Pero eso no
podía seguir así por mucho tiempo: mi abuelo León era todo
un hombre y no
estaba hecho para estar solo toda la vida, aparte de que la
casa se estaba
viniendo abajo y necesitaba la mano de una mujer y el campo
se veía casi
abandonado y algunos habían empezado a echarle el ojo calculando
que mi abuelo lo
iba a vender casi por nada. Fue por eso que un año
después del
velorio de su mujer mi abuelo decidió casarse y acordándose del
infierno por el
que había pasado con Ruth, decidió casarse con la más fea que
encontrara. Y se
casó con mi abuela Gertrudis.
La fiesta duró
tres días y tres noches en la chacra de mi bisabuelo. Los
músicos se
turnaban en el galpón grande y las mujeres no daban abasto en la
cocina de la
casa, en la de los peones y en dos o tres fogones y hornos que se
habían
improvisado al aire libre. Mis bisabuelos tiraron la casa por la ventana
con gusto. Hay
que ver que no era para menos, si habían conseguido sacarse
de encima
semejante clavo y casarla con el mejor candidato en cien leguas a la
redonda.
Mi abuela no
estuvo los tres días y las tres noches en la fiesta. Al día siguiente
nomás de la
ceremonia ya empezó a trabajar para poner en orden la casa de su
marido y a los
nueve meses nació mi tío Aarón y un año después nació mi tío
Jaime y once
meses después nació mi tío Abraham y así. Pero ella no paró
nunca de
trabajar. Hay que ver las cosas que contaba mi tía Raquel de cómo
se levantaba
antes de que amaneciera y preparaba la comida para todo el día,
limpiaba la casa
y salía a trabajar en el campo; y de cómo cosía de noche
mientras todos
dormían y les hacía las camisas y las bombachas y hasta la ropa
interior a los
hijos y al marido y los vestidos a las hijas y las sábanas y los
manteles y toda
la ropa de la casa; y de los dulces y las confituras que
preparaba para
el invierno, y de cómo sabía manejar a los animales, enfardar,
embolsar y
ayudar a cargar los carros. Y todo eso sin hablar una palabra,
siempre callada,
siempre mirando al suelo para que no se le notara la bizquera.
Hay que
reconocer que le alivió el trabajo a mi abuelo León, chiquita y flaca
como era, porque
tenía el aguante de dos hombres juntos. A la tarde mi abuelo
ya no tenía nada
más que hacer: se emperifollaba y se iba para el pueblo en su
mejor caballo,
con los arneses de lujo con los que mi abuela ya se lo tenía
ensillado, y
como a ella no le gustaba andar entre la gente, se quedaba en la
chacra y seguía
dale que dale. Y así pasó el tiempo y nacieron los ocho hijos y
dicen mis tías
que ni con los partos mi abuela se quedó en cama o dejó de
trabajar un solo
día.
Por eso fue más
terrible todavía lo que pasó. Cierto que mi abuelo León
no era ningún
santo y que le gustaban las mujeres y que él les gustaba a
ellas, y cierto
que alguna vecina malintencionada le fue con chismes a mi
abuela y que
ella no dijo nada ni hizo ningún escándalo ni lloró ni gritó, cierto. Y
eso que mi
abuelo se acordó de repente de Ruth Bucman y anduvo unos días
con el rabo
entre las piernas no fuera que a mi abuela le fuera a dar por el
mismo lado. No
digo que haya estado bien, pero esas son cosas que una
mujer sabe que
tiene que perdonarle a un hombre, y francamente no había
derecho a
hacerle eso a mi abuelo, ella que habría tenido que estarle más
que agradecida
porque mi abuelo se había casado con ella. Y más cruel fue
todo
si se piensa en la ironía del destino, porque mi abuelo les quiso dar una
sorpresa y
hacerles un regalo a todos sus hijos y a sus hijas. Y a mi abuela
Gertrudis
supongo que también, claro.
Un día, mientras
estaban los ocho hijos y mi abuelo León comiendo y mi
abuela iba y
venía con las cacerolas y las fuentes, mi abuelo contó que había
llegado al
pueblo un fotógrafo ambulante y todos preguntaron cómo era y
cómo hacía y qué
tal sacaba y a quienes les había hecho fotografías. Y mis tías
le pidieron a mi
abuelo que las llevara al pueblo a sacarse una foto cada una.
Entonces mi
abuelo se rio y dijo que no, que él ya había hablado con el fotógrafo
y que al día
siguiente iba a ir con sus máquinas y sus aparatos a la chacra a
sacarlos a
todos. Mis tías se rieron y dieron palmadas y lo besaron a mi abuelo
y se pusieron a
charlar entre ellas a ver qué vestidos se iban a poner; y mis
tíos decían que
eso era cosas de mujeres y lujos de la ciudad pero se alisaban
las bombachas y
se miraban de costado en el vidrio de la ventana.
Y el fotógrafo
fue al campo y les sacó a todos esa foto marrón en cartulina
dura que está
ahora encima de la chimenea de mi casa en un marco dorado
con adornos y
que Jaia no me deja sacar de ahí.
Era rubio el
fotógrafo, rubio, flaco, no muy joven, de pelo enrulado y
rengueaba
bastante de la pierna izquierda. Los sentó a todos fuera de la casa,
con sus mejores
trajes, peinados y lustrados que daba gusto verlos. A todos
menos a mi
abuela Gertrudis que estaba como siempre de negro y que ni se
había preocupado
por ponerse un vestido decente. Ella no quería salir en la foto
y dijo que no
tantas veces que mi abuelo León estaba casi convencido y no
insistió más.
Pero entonces el fotógrafo se acercó a mi abuela y le dijo que si
alguien tenía
que salir en la foto era ella; y ella le dijo algo que no sé si me
contaron qué fue
y me olvidé o si nadie oyó y no me contaron nada, y él
contestó que él
sabía muy bien lo que era no querer salir en ninguna foto o
algo así. He
oído muchas veces el cuento pero no me acuerdo de las palabras
justas. La cosa
es que mi abuela se puso al lado de mi abuelo León entre sus
hijos, y así
estuvieron todos en pose largo rato y sonrieron y el fotógrafo rubio,
flaco y rengo
les sacó la foto.
Mi abuelo León
le dijo al fotógrafo que se quedara esa noche allí para
revelarla y para
que al día siguiente les sacara otras. Así que esa noche mi
abuela le dio de
comer a él también. Y él contó de su oficio y de los pueblos por
los que había
andado, de cómo era la gente y cómo lo recibían y de algunas
cosas raras que
había visto o que le habían pasado. Y mi tío Aarón siempre
dice que la
miraba como si no le hablara más que a ella pero vaya a saber si
eso es cierto
porque no va a haber sido él el único que se dio cuenta de algo.
Lo que sí es
cierto es que mi abuela se sentó a la mesa con la familia y eso era
algo que nunca
hacía porque tenía que tener siempre todo listo en la cocina
mientras los
demás comían, para ir sirviéndolo a tiempo. Después que
terminaron de
comer el fotógrafo salió a fumar afuera porque en esa casa
nadie fumaba, y
mi abuela le llevó un vasito de licor y me parece, aunque
nadie me lo
dijo, que algo deben haber hablado allí los dos.
Al otro día el
fotógrafo estuvo sacando fotos toda la mañana: primero mi
abuelo León
solo, después con los hijos, después con las hijas, después con
todos los hijos
y las hijas juntos, después mis tías solas con sus vestidos bien
planchados y el
pelo enrulado. Pero mi abuela Gertrudis no apareció,
ocupada en el
tambo y en la casa como siempre. Pero qué cosa, yo que no la
conocí, yo que
no había nacido como que mi padre era un muchachito que no
se había
encontrado con mi madre todavía, yo me la imagino ese día
escondida,
espiándolo desde atrás de algún postigo entornado mientras la
comida se le
quemaba sobre el fuego. Imaginaciones mías nomás porque
según dicen mis
tías nunca se le quemó una comida ni descuidó nada de lo de
la casa ni de lo
del campo.
El fotógrafo
reveló las fotos y almorzó en la casa y a la tarde las pegó en los
cartones con una
guarda grabada y la fecha y mi abuelo León le pagó. Cuando
terminaron de
comer, ya de noche, él se despidió y salió de la casa. Ya tenía
cargado todo en
el break destartalado en el que había aparecido por el
pueblo, y desde
la oscuridad allá afuera les volvió a gritar adiós a todos. Mi
abuelo León estaba
contento porque les había sacado unas fotos muy buenas
pero no era como
para acompañarlo más allá de la puerta porque ya le había
pagado por su
trabajo más que nadie en el pueblo y en las chacras.
Se metieron
todos adentro y se oyó el caballo yéndose y después nada más.
Cuando alguien
preguntó por mi abuela Gertrudis que hasta hoy mis tíos
discuten porque
cada uno dice que fue él el que preguntó, mi abuelo León dijo
que seguramente
andaría por ahí afuera haciendo algo, y al rato se fueron todos
a acostar.
Pero a la mañana
siguiente cuando se levantaron encontraron todavía
las lámparas
prendidas sobre las mesas y los postigos sin asegurar y la puerta
sin llave ni
tranca. No había fuego ni comida hecha ni desayuno listo ni
vacas ordeñadas
ni agua para tomar ni para lavarse ni pan cocinándose en el
horno ni nada de
nada. Mi abuela Gertrudis se había ido con el fotógrafo.
Y ahora digo yo,
¿tengo o no tengo razón cuando digo que esa foto no tiene
por qué estar
sobre la chimenea de mi casa? ¿Y cuando los chicos pregunten algo?,
le
dije un día a Jaia. Ya vamos a ver, dijo ella. Preguntaron, claro que
preguntaron, y
delante de mí.
Por suerte Jaia tuvo la sensatez de no explicar nada:
—Es la familia
de papá —dijo—, hace muchos años, cuando vivían sus
abuelos. ¿Ven?
El zeide, la bobe, tío Aarón, tío Isidoro, tío Salo.
Y así los fue
nombrando y señalando uno por uno sin hacer comentarios.
Los chicos se
acostumbraron a la foto y ya no preguntaron nada más.
Hasta yo me fui
acostumbrando. No es que esté de acuerdo, no, eso no,
pero quiero
decir que ya no la veo, que no me llama la atención, salvo que ande
buscando algo
por ahí y tenga que mover el marco dorado con adornos. Una
de esas veces le
pregunté a Jaia que estaba cerca revolviendo los estantes
del bahut:
—¿Me vas a
explicar algún día qué fue lo que te dio por poner esta foto acá?
Ella se dio
vuelta y me miró:
—No —me dijo.
No me esperaba
eso. Me esperaba una risita y que me dijera que sí, que
alguna vez me lo
iba a contar o que me lo contara ahí mismo.
—¿Cómo que no?
—No —me dijo de
nuevo sin reírse—, si necesitas que te lo explique quiere
decir que no
mereces que te lo explique.
Y así quedó.
Encontramos lo que andábamos buscando, o no, no me
acuerdo, y nunca
volvimos a hablar Jaia y yo de la foto de mi abuela Gertrudis
sobre la
chimenea en su marco dorado con adornos. Pero yo sigo pensando
que es una
ofensa para una familia como la mía tener en un lugar tan visible la
foto de ella que
parecía tan buena mujer, tan trabajadora, tan de su casa y que
un día se fue
con otro hombre abandonando a su marido y a sus hijos de pura
maldad nomás,
sin ningún motivo.