miércoles, 3 de marzo de 2021

Leónidas Andréiev (Rusia, 1871-1919)

 Lázaro

Leónidas Andreiev (Rusia, 1871-1919)

 

Cuando Lázaro salió del sepulcro, donde tres días y tres noches yaciera bajo el misterioso poder de la muerte, y, vuelto a la vida, tornó a su casa, no advirtieron sus deudos, al principio, las malignas rarezas que, con el tiempo, hicieron terrible hasta su nombre. Alborozados con ese claro júbilo de verlo restituido a la vida, amigos y parientes prodigábanle caricias y halagos sin cesar y ponían el mayor esmero en tenerle a punto la comida y la bebida y ropas nuevas. Vistiéronle hábitos suntuosos con los colores radiantes de la ilusión y la risa, y cuando él, semejante a un novio con su traje nupcial, volvió a sentarse entre los suyos a la mesa, y comió y bebió con ellos, lloraron todos de emoción y llamaron a los vecinos para que viesen al milagrosamente resucitado.

Y los vecinos acudieron y también se regocijaron; y vinieron también gentes desconocidas de remotas ciudades y aldeas y con vehementes exclamaciones expresaban su reverencia ante el milagro... Como enjambres de abejas revoloteaban sobre la casa de Maria y Marta. Y lo que de nuevo se advertía en el rostro de Lázaro y en sus gestos, reputábanlo naturalmente como huellas de la grave enfermedad y de las conmociones padecidas. Era evidente que la labor destructora de la muerte, en el cadáver, había sido detenida por milagroso poder, pero no borrada del todo; y lo que ya la muerte lograra hacer con el rostro y el cuerpo de Lázaro, venía a ser cual el diseño inconcluso de un artista, bajo un fino cristal.

 

En las sienes de Lázaro, por debajo de sus ojos y en las demacradas mejillas, perduraba una densa y terrosa cianosis; y esa misma cianosis terrosa matizaba los largos dedos de sus manos y también en sus uñas, que le crecieran en el sepulcro, resaltaba ese mismo color azul, con tonos rojizos y oscuros. En algunos sitios, en los labios y en el cuerpo, habíasele resquebrajado la piel, tumefacta en el sepulcro, y en esos sitios mostraba tenues grietas rojizas, brillantes, cual espolvoreadas de diáfana mica. Y se había puesto obeso. El cuerpo, hinchado en el sepulcro, conservaba aquellas monstruosas proporciones, aquellas protuberancias terribles, tras las cuales adivinábase la hedionda humedad de la putrefacción. Pero el cadavérico hedor de que estaban impregnados los hábitos sepulcrales de Lázaro, y, al parecer, su cuerpo todo, no tardó en desaparecer por completo y al cabo de algún tiempo amortiguose también la cianosis de sus manos y su rostro y se igualaron aquellas hinchazones rojizas de su piel, aunque sin borrarse del todo. Con esa cara presentóse a la gente, en su segunda existencia; pero aquello parecía natural a quienes le habían visto en el sepulcro.

 

Lo mismo que la cara pareció haber cambiado también el carácter de Lázaro; pero tampoco eso asombró a nadie ni atrajo sobre él demasiado tiempo la atención. Hasta el día de su muerte, había sido Lázaro un hombre jovial y desenfadado, amigo de risas y burlas inocentes. Por esa su jovialidad simpática e inalterable, exenta de toda malignidad y sombra de mal humor, cobrábale tanto cariño el Maestro. Ahora, en cambio, habíase vuelto serio y taciturno; jamás gastaba bromas a nadie ni coreaba con su risa las ajenas; y las palabras que rara vez salían de sus labios, eran las mas sencillas, corrientes e indispensables y tan faltas de sustancia y enjundia, cual esos sonidos con que el animal expresa su dolor y su bienestar, la sed y el hombre. Palabras que un hombre puede pronunciar toda su vida, sin que nadie llegue a saber de que se duele o se alegra su profunda alma.

 

Así, con la faz de un cadáver, sobre el que, por espacio de tres días, señoreara la muerte en las tinieblas... vestido con sus nupciales ropas, brillantes de amarillo oro y sanguinolenta púrpura, pesado y silencioso, vuelto otro hasta el espanto, pero aun reconocible para todos... sentábase a la mesa del festín, entre sus amigos y deudos. En anchas ondas, ora dulces, ora sonoramente aborrascadas surgían en torno a él, las ovaciones; y miradas, encendidas de amor, iban a posarse en su rostro, que aún conservaba la frialdad de la tumba; y la tibia mano de un amigo acariciaba la suya, pesada y azuleante. Tocaba la música. Habían llevado músicos y éstos tocaban cosas alegres; y vibraban címbalos y flautas, citaras y guzlas. Como enjambres de abejas, bordoneaban... como cigarras estridentes... Como pájaros, cantaban sobre la venturosa mansión de María y Marta.

 

II.

Un imprudente levantó el velo. Con el soplo indiscreto de una palabra lanzada al azar, rompió el luminoso encanto y en toda su informe desnudez dejó ver la verdad. Aún no se concretara del todo en su mente la idea, cuando sus labios, sonriendo, preguntaron:

 

-¿Por que Lazaro, no nos cuentas... lo que viste allí?

 

Y todos guardaron silencio, sorprendidos de aquella pregunta. Parecía como si, por primera vez entonces, se diesen cuenta de que Lázaro había estado muerto tres días y miráronlo curiosos, aguardando su respuesta. Pero Lázaro callaba.

 

-¿No quieres contárnoslo? —insistió el preguntón con asombro— ¡Tan terrible era aquelIo !

 

Y otra vez su pensamiento fuele a la zaga a sus palabras; de haberle ido por delante, no habría formulado esa pregunta, que en aquel mismo instante, le destrozaba el corazón con irresistible pánico. Inquietáronse también todos y con ansia aguardaban las palabras de Lázaro; pero éste seguía guardando un silencio grave y frío y sus ojos tenían una mirada vaga. Y otra vez volvieron a notar, como al principio, aquella terrible cianosis de su rostro y aquella repugnante obesidad; sobre la mesa, como olvidadas por Lázaro, yacían sus manos. de un azul rojizo... Y todas has miradas involuntariamente fijas, convergían en ellas, cual si de ellas aguardasen la respuesta anhelada. Y seguían tocando los músicos ; pero no tardó en correrse hasta ellas el silencio y así como el agua apaga un rescoldo, también aquel silencio apagó los alegres compases. Callaron las flautas; callaron también los sonoros címbalos y las bordoneantes guzlas; y lo mismo que una cuerda que salta, gimió desmayada la canción... y como un trémulo, intermitente sonido, enmudeció también la cítara. Y todo quedó en silencio.

 

-¿No quieres decírnoslo? —repitió el preguntón, incapaz de contener su lengua. Reinaba el silencio y sobre la mesa descansaban inmóviles las azulosas, rojizas manos de Lázaro. Y he aquí que aquellos manos moviéronse levemente v todos respiraron aliviados y alzaron los ojos; y las fijaron en ellas, y todos a una, con una sola mirada, pesada y terrible, quedáronse contemplando al resurrecto Lázaro. Era aquél el tercer día, después que Lázaro saliera del sepulcro. De entonces acá, muchos habían sentido el poder aniquilador de su mirada; pero ni aquellos que por ella quedaron destruidos para siempre ni aquellos otros que en las primordiales fuentes de la vida, tan misteriosas como la propia muerte, encontraron valor para afrontarla. .. jamás pudieron explicarse lo horrible que, invisible, yacía en el fondo de sus negras pupilas. Miraba Lázaro de un modo sencillo y sereno, sin deseo de descubrir cosa alguna, ni intención de decir nada... hasta miraba fríamente cual si fuese del todo ajeno al espectáculo de la vida.

 

Y eran muchos los despreocupados que tropezaban con él y no lo notaban, y, luego, con asombro y pavor, reconocían quien era aquel hombre obeso y flemático que los rozaba con la orla de su lujosa y brillante túnica. Seguía brillando el sol cuando miraba él, y seguía manando, cantarina, la fuente y no perdían los cielos su color cerúleo; pero el hombre que caía bajo su mirada enigmática, ya no oía el rumor de la fuente ni reconocía los nativos cielos. Unas veces, rompía a llorar con amargura; otras, desesperado, se arrancaba los cabellos y, como loco, gritaba pidiendo socorro; pero lo más frecuente era que, con toda calma e indiferencia, empezara a morirse y siguiera muriéndose durante largos años, muriéndose a vista de todos, muriéndose descolorido, bostezante y tedioso como un árbol que se va agotando en silencio sobre una tierra pedregosa. Y los primeros, los que gritaban y enloquecían, volvían luego a la vida; pero los otros... nunca.

 

-¿De modo, Lázaro, que no quieres contarnos lo que viste alli? —por tercera vez repitió el preguntón.

 

Pero ahora su voz era indiferente y brumosa y mortecina y un tedio gris miraba por sus ojos. Y sobre todas las caras extendióse como polvo, aquel mismo tedio mortal y con romo asombro miráronse unos a otros los comensales, sin comprender por que se habían reunido allí, en torno a aquella rica mesa. Dejaron de hablar. Con indiferencia pensaban que debían irse a sus casas, pero no podían sacudirse aquel pegajoso e indolente tedio, que paralizaba sus músculos, y continuaban sentados, apartados unos de otros, cual nebulosas lucecillas desparramadas por los nocturnos campos. Pero a los músicos les habían pagado para que tocasen y volvieron a coger sus instrumentos y volvieron a surgir y saltar sus sones estudiadamente alegres, estudiadamente tristes. Toda aquella armonía vertíase sobre ellos, pero no sabían los comensales que falta les hacia aquello ni a que conducía el que aquellos individuos pulsasen las cuerdas, inflando los carrillos y soplasen en las tenues flautas y armasen aquel raro, discordante ruido.

 

—iQué mal tocan! —dijo uno.

 

Los músicos diéronse por ofendidos y se largaron. Detrás de ellos, uno tras otro, fuéronse también los comensales, porque ya estaba anocheciendo. Y cuando por los cuatro costados envolviólos la sombra, y ya empezaban a respirar a sus anchas... súbitamente, ante cada uno de ellos, con el fulgor de un relámpago, surgió la figura de Lázaro; rostro azuleante de muerto, vestidura nupcial lujosa y brillante y fría mirada, del fondo de la cual destilaba, inmóvil, algo espantoso. Cual petrificados quedáronse ellos en distintos sitios y la sombra los circundaba; pero en la sombra, con toda claridad, destacábase la terrible visión, la sobrenatural imagen de aquel que, por espacio de tres días yaciera bajo el enigmático poder de la muerte. Muerto estuvo tres días; tres veces salió y se puso el sol y él estaba muerto; jugaban los chicos, bordoneaba el agua en los guijarros, ardía el polvo, levantado en el camino por los pies de los viandantes... y él estaba muerto. Y ahora otra vez se hallaba entre los hombres..., los palpaba..., los miraba..., ¡los miraba!... y por entre los negros redondeles de sus pupilas. como al través de opaco vidrio, miraba a las gentes el más incomprensible Allá.

 

III.

Nadie se preocupaba de Lázaro, amigos y deudos, todos sin excepción, lo habían abandonado y el gran desierto que rodeaba la ciudad santa, llegaba hasta los umbrales mismos de su casa. Y en su casa se metía y en su cuarto se instalaba cual si fuese su mujer y apagaba los fuegos. Nadie se preocupaba de Lázaro. Una tras otra, fuéronse de su lado sus hermanas.... Maria y Marta... Resistióse mucho a hacerlo Marta, porque no sabía quien iría luego a alimentarlo y le daba lástima y lloraba y oraba. Pero una noche, habiéndose levantado en el desierto un huracán que, silbando, zarandeaba los cipreses sobre el techo, vistióse sus ropas con sigilo y con el mismo sigilo se fué. Seguro que Lázaro oiría el ruido de la puerta que, mal cerrada, volteaba sobre sus goznes bajo los intermitentes embates del viento... pero no se levantó ni salió a mirar. Y toda la noche, hasta ser de día, estuvieron zumbando sobre su cabeza los cipreses y crujiendo, quejumbrosa, la puerta, dando paso franco hasta el interior de la casa, al frío y ansiosamente galopante desierto.

Cual a un leproso huíanle todos y como a un leproso querían colgarle al cuello una campanilla, con el fin de evitar oportunamente su encuentro. Pero hubo quién, palideciendo, dijo que seria terrible eso de oír en el silencio de la noche, al pie de la ventana, el tintineo de la campanilla de Lázaro... y todos también, palideciendo, le dieron la razón. Y como tampoco él se cuidaba de si mismo, es posible que se hubiera muerto de hambre, si sus vecinos, por efecto de cierto temor, no se hubieran encargado de llevarle la comida. Valíanse para esto de los niños, que eran los únicos que no se asustaban de Lázaro; sino que, lejos de eso, burlábanse de él, como suelen hacerlo, con inocente crueldad, de todos los desdichados.

 

Mostrábansele indiferentes, y con la misma indiferencia pagaba Lázaro; no sentía el menor antojo de acariciar sus negras cabecitas ni mirar a sus ojillos, brillantes e ingenuos. Rendida al poder del tiempo y del desierto, derrumbose su casa, y mucho hacía ya que se le fueran con sus vecinos sus hambrientas escuálidas cabras. Desgarráronsele también sus lujosas vestiduras nupciales. Según se las pusiera aquel venturoso día, en que tocó la música, así las llevó sin mudárseles, cual si no advirtiese diferencia alguna entre lo nuevo y lo viejo, entre lo roto y lo entero.

 

Aquellos vistosos colores se destiñeron y perdieron su brillo; los malignos perros de la ciudad y los agudos abrojos del desierto convirtieron en andrajos su delicado cíngulo. Un día, que el implacable sol volviérase un verdugo de toda cosa viva y hasta los escorpiones permanecían amodorrados bajo sus piedras, conteniendo su loca ansia de morder, Lázaro, sentado inmóvil bajo los rayos solares, alzaba a lo alto su azulesco rostro y sus greñudas y salvajes barbazas. Cuando todavía los hombres le hablaban, preguntáronle una vez:

 

—Pobre Lázaro, ¿es que lo gusta estarte sentado, mirando al sol?

 

Y contestó él:

 

—Sí.

 

Tan grande debía de ser el frío de tres días en la tumba y tan profunda su tiniebla, que no había ya en la tierra calor ni luz bastantes a calentar a Lázaro y a iluminar las sombras de sus ojos —pensaban los preguntones y, suspirando, se alejaban.

 

Y cuando el globo rojizo, incandescente, se inclinaba hacia la tierra, salíase Lázaro al desierto e iba a plantarse frente al sol. como si quisiera cogerlo. Siempre caminaba cara al sol, los que tuvieron ocasión de seguirlo y ver lo que hacia por las noches en el yermo, conservaban indelebles en la memoria la larga silueta de aquel hombre alto, sombrío sobre el rojo y enorme disco encendido del astro. Ahuyentábalos la noche con sus terrores y no llegaban a saber lo que hacía Lázaro en el desierto; pero su imagen negra sobre rojo, quedábaseles grabada en el cerebra, con caracteres imborrables. Como una fiera, que revuelve los ojos y se frota el hocico con sus patas, así también apartaban ellos la vista y se restregaban los ojos; pero la imagen de Lázaro quedaba impresa en ellos hasta la muerte.

 

Pero había individuos que vivían lejos y nunca habían visto a Lázaro y solo tenían de él vagas referencias. Por efecto de esa curiosidad irresistible, más poderosa todavía que el miedo, aunque del miedo se nutre, con una íntima burla en el alma, llegábanse a Lázaro, que estaba sentado al sol, y lo interpelaban. Por aquel entonces, ya el aspecto exterior de Lázaro había mejorado y no resultaba tan imponente; así que, al pronto, ellos chascaban los dedos y pensaban que los habitantes de la ciudad santa eran unos estúpidos. Pero luego de terminarse el breve coloquio, cuando ya se iban a sus casas, mostraban un aspecto tal, que en seguida los habitantes de la ciudad santa los conocían y comentaban:

 

—Todavia hay locos que van a ver a Lázaro —y sonreían compasivos y alzaban al cielo los brazos. Llegaban, con estruendo de armas, valientes guerreros que no conocían el miedo; llegaban, con risas y canciones, jóvenes felices; y discretos publicanos, preocupados con el dinero, y los arrogantes ministros del templo detenían sus rebaños junto al hebreo Lázaro..., pero ninguno volvía de allí como había ido. La misma sombra terrible caía sobre las almas y confería un nuevo aspecto al viejo mundo conocido. Así expresaban sus sentimientos aquellos que se prestaban aún a hablar:

 

Todos los objetos, visibles para los ojos y tangibles para la mano, vuélvense vacíos, livianos y translúcidos... semejantes a claras sombras en la bruma nocturna, así se vuelven: porque esa misma gran bruma que envuelve toda la creación, no iluminada por el sol ni por la luna, ni por las estrellas, que cual velo negro infinito arropa a la tierra como una madre, envolvíalos a todos; todos los cuerpos penetrábamos, así el hierro como la piedra y soltábanse las partes del cuerpo, faltas de encaje, y en lo hondo de esas partes penetraba también y disgregábanse las partes en partículas; porque ese gran vacío, que envuelve la creación no se colmaba ni con el sol ni con la luna o las estrellas, sino que imperaba sin límites, por doquiera calaba, separándolo todo, cuerpos de cuerpos y partes de partes; en el vacío hundían sus raíces los árboles y ellos también estaban vacíos; en el vacío, amenazando con espectral caída, gravitaban los templos, los palacios y las casas y ellos también estaban vacíos; y en el vacío agitábase inquieto el hombre y también resultaba vacío y leve cual una sombra: porque no existía el tiempo y el principio de cada cosa fundiase con su fin; apenas labraban un edificio y aun sus constructores daban martillazos; cuando ya se dejaban ver sus escombros y en el lugar de ellos, el vacío; apenas nacía una criatura, cuando ya sobre su cabeza ardían los blandones fúnebres y se apagaban y ya el vacío ocupaba el lugar del hombre y de los fúnebres blandones; y abrazado por el vacío y la sombra, temblaba sin esperanza el hombre ante el horror de lo Infinito.

 

Así decían aquellos que aun se prestaban a hablar. Pero es de suponer que aún habrían podido decir más aquellos otros que se negaban a hablar y en silencio morían.

 

 

IV.

Por aquel tiempo había en Roma un escultor famoso. Del barro, el mármol y el bronce creaba cuerpos de dioses y hombres y era tal su divina belleza que todos la reputaban sin igual.

 

El, sin embargo, no estaba satisfecho de sus obras y afirmaba que aún había algo más bello que no podía reproducirse ni en el mármol ni en el bronce.

 

—Aún no pude captar el fulgor de la Tuna —decía— ni tampoco el del sol... y mis mármoles no tienen alma ni mis bellos bronces, vida.— y cuando las noches de luna, vagaba despacio el artista por la ciudad y, recortando ]as negras sombras de los cipreses, se deslizaba con su blanco jitón bajo la luna, los amigos que se lo encontraban, echábanse a reir afectuosamente y decian:

-¿Es que andas tras de cazar el fulgor de la luna, Aurelio? ¿Por que no te trajiste un cesto?

 

Y él, también riendo, señalaba a sus ojos:

 

—Estos son mis cestos, en los que recojo la luz de la luna y el resplandor del sol.

 

Y era verdad; brillaba en sus ojos la luna y el sol resplandecía en ellos. Sólo que no podía trasladarlos al mármol y aquel era el luminoso dolor de su vida. Procedía de antiguo linaje patricio, estaba casado con una mujer de buena condición, tenia hijos y no podía sufrir deficiencia de ninguna clase. Luego que hubo llegado a sus oídos la vaga fama de Lázaro, consultó con su mujer y sus amigos y emprendió la larga peregrinación a Judea, al solo fín de ver con sus propios ojos a aquel hombre milagrosamente resucitado. Sentíase por aquel entonces un tanto aburrido y esperaba reavivar con aquel viaje su adormecida atención. Cuanto le habían referido del resucitado, no fué parte a intimidarlo; había meditado mucho sobre la muerte, y aunque no le resultaba simpática, menos simpáticos le eran todavía aquellos que la descartaban de su vida.

 

A este lado... la bellisima vida; a este otro ... La enigmática muerte —pensaba él— y nada mejor podía discurrir el hombre que lo vivo..., alegrarse con la vida y la belleza es lo vivo.

 

Y hasta sentía cierto presuntuoso deseo; ver a Lázaro con la verdad de sus ojos y volver a la vida su alma de igual modo que volviera su cuerpo. Lo cual le parecía tanto más fácil cuanto que aquellos rumores sobre el resucitado, raros y medrosos, no expresaban toda la verdad acerca de é l y solamente de un modo confuso prevenían contra algo espantoso.

 

Ya se levantaba Lázaro de la piedra para seguir al sol que iba a ocultarse en el desierto, cuando hubo de llegarse a él un opulento romano, seguido de un esclavo armado, y en voz recia, le dijo:

 

—¡Lázaro!

 

Y reparó Lázaro en el bello arrogante rostro nimbado por la fama y las radiantes vestiduras y las gemas que centelleaban al sol. Los rojizos rayos del astro daban a la cabeza y a la cara un cierto parecido con el bronce vagamente brillante... y Lázaro lo advirtió. Sentóse dócilmente en su sitio y agobiado, bajó la vista.

 

—Si... no tienes nada de bello, mi pobre Lázaro —dijo lentamente el romano, jugando con su cadenilla de oro— incluso terrible pareces, mi pobre amigo; y la muerte no anduvo perezosa el día que tan imprudentemente caiste en sus brazos. Pero estás inflado como un tonel y los gordos son gente buenaza, por lo general —decía el gran Usar— y no me explico por que la gente te tiene tanto miedo. ¿Me permitirás pasar la noche en tu casa? Es tarde ya y no tengo posada.

 

Nadie hasta entonces pidiérale hospitalidad por una noche en su casa al resucitado.

 

—Yo no tengo casa —dijo Lázaro.

—Yo soy algo martial y puedo dormir sentado —respondióle el romano—. Encenderemos lumbre...

—Yo no tengo fuego.

—Pues entonces, nos sentaremos en la sombra, como dos amigos y conversaremos. Pienso que tendrás algo de vino ...

—Yo no tengo vino.

 

El romano echóse a reir.

 

—Ahora comprendo por que estás tan sombrío y descontento de tú segunda vida. ¡Te falta el vino! Bien...; es igual, nos pasaremos sin él ; mira, hay manantiales cuyas aguas se suben a la cabeza lo mismo que el falerno.

 

Despidió con un gesto al esclavo y ambos se quedaron solos. Y de nuevo rompió a hablar el escultor; pero habríase dicho que, juntamente con el sol declinante, íbase la vida de sus palabras y quedábanse pálidas y hueras... cual si se tambaleasen sobre sus mal seguros pies, como si resbalasen y cayesen, ebrias de un vino de pena y desesperanza. Y dejáronse ver negros resquicios entre ellas..., cual remotas alusiones al gran vacío y a la gran tiniebla.

 

—¡Ahora soy tu huésped y no me ofenderás, Lázaro! —dijo—. La hospitalidad es un deber, incluso para quién estuvo muerto tres días. ¡Porque tres días, según me han dicho, estuviste en el sepulcro!... ¡OH y que frío debe de hacer allí!... Allí debiste aprender esa mala costumbre de prescindir del fuego, aún en invierno... Con lo amante que soy yo de la luz... y lo pronto que oscurece aquí ... Tienes un diseño muy interesante de cejas y frente; se diría las calcinadas ruinas de un palacio, después de un terremoto. Pero por que vas vestido de un modo tan raro y feo? Yo he visto a los recién casados en vuestro país y hay que ver como van vestidos... de un modo tan ridículo... ¡tan horrible!... Pero ¿acaso eres tú uno de ellos?

 

Ocultábase ya el sol, negras sombras gigantescas venían del oriente... ; cual pies enormes y descalzos hacían crujir la arena y un leve escalofrío corríase por la espalda.

 

—En la sombra pareces todavía más grande, Lázaro; se diría que has engordado en este instante. ¿No será que te alimenta la sombra?... Pero yo daría algo por tener aquí fuego..., por poco que fuere..., solamente unas brasas... Si no estuviera esto tan oscuro, diría que me estás mirando, Lázaro... Sí, no hay duda que me miras... Porque lo siento...; sí..., y ahora te has sonreído.

 

Hízose de noche y el aire se llenó de una pesada negrura.

 

—¡Qué gusto mañana, cuando vuelva a salir el sol!... Porque has de saber que yo soy un gran

escultor, por lo menos eso dicen mis amigos. Yo creo...; sí..., eso se llama crear...; pero para eso necesito la luz del día. Infundo vida al frío mármol, moldeo en el fuego el sonoro bronco, en el radiante, cálido fuego. ¿Por que me has tocado con tu mano?

—Vámonos —dijo Lázaro—. Eres mi huésped.

 

Y ambos se encaminaron a la casa. Y la larga noche tendióse por la tierra. No aguardaba el esclavo a su señor y marchó en su busca cuando ya iba alto el sol. Y vió con asombro, cara a los quemantes rayos del sol, que estaban sentados, uno junto al otro, Lázaro y su amo, y fijos en lo alto los ojos, callaban. Echóse a llorar el esclavo y gritó recio:

 

—Señor, ¿qué te pasa? iSeñor!

 

Aquel mismo día regresó el escultor a Roma. Todo el camino fué Aurelio ensimismado y silencioso, mirándolo todo de hito en hito... la gente, los barcos, el mar..., y habríase dicho que hacía esfuerzos por recordar algo. Sobrevino en el mar una recia tempestad y todo el tiempo que duró estúvose Aurelio sobre cubierta mirando las olas que se encrespaban y caian. Al llegar a su casa chocóles a sus deudos el terrible cambio que sufriera; pero él los tranquilizó diciéndoles estas ambiguas palabras:

 

—Lo encontré.

 

Y sin quitarse aquel sucio traje con que hiciera el camino, puso inmediatamente manos a la obra, y el mármol plegábase dócil, retumbando bajo los recios martillazos. Larga y tensamente estuvo trabajando el artista, sin siquiera interrumpir su labor para tomar un bocado, hasta que, al fin, una mañana anunció estar ya terminada su obra y mandó llamar a los amigos, severos estimadores y expertos en achaques de buen gusto. Y en tanto llegaban, vistióse ropas suntuosas, de fiesta, brillantes de oro rubio, rojas de púrpura.

 

—He ahi lo que he creado —dijo pensativo.

 

Miraron sus amigos y la sombra del más profundo agravio cubrió sus semblantes. Era aquello algo monstruoso, sin forma conocida habitual, pero no exento de cierto aire novedoso, de cosa nunca vista. Sobre una tenue, encorvada florecilla, o algo semejante, posábase torcido y raro, el ciego, informe y arrugado pecho de alguien vuelto hacia adentro, de unos trazos que pugnaban impotentes por huir de sí mismos. Y al azar, por debajo de uno de esos salientes, bárbaramente clamantes, veíase una mariposa admirablemente esculpida, de alitas translúcidas, como temblando en impotente ansia de volar.

 

-¿Por que esa admirable mariposa, Aurelio? —preguntó uno indeciso.

—No sé —respondióle el escultor.

 

Pero era preciso decir la verdad; y uno de los amigos, aquel que queria más a Aurelio, con tono firme dijo:

 

—¡Eso es algo informe, mi pobre amigo! Hay que destruirlo. Dame acá el martillo. —Y de dos martillazos destrozó al monstruoso grupo, dejando sólo aquella mariposa, admirablemente esculpida.

 

A partir de aquel dia, ya no volvió Aurelio a crear nada. Con absoluta indiferencia miraba el mármol y el bronce y todas sus divinas creaciones anteriores, en las cuales anidara la belleza inmortal. Pensando despertarle su antiguo fervor por el trabajo, vivificar su alma mortecina, llevándolo a contemplar las más bellas obras de otros artistas..., pero no sacudió ante ellas su apatía y la sonrisa no vino a caldear sus cerrados labios. Y sólo, después que le hubieron hablado largo y tendido de la belleza, objetó cansado y bostezante:

 

—Pues para que lo sepáis, todo eso es... mentira. Pero de dia, en cuanto brillaba el sol, salíase a su espléndido jardín construido con un alarde de arte y buscando allí un lugar adonde no hiciese sombra, entregaba su desnuda cabeza y sus nublados ojos a su brillo y su flama. Revoloteaban por alli mariposas rojas y blancas; en la marmórea fuente corria, chapoteaba el agua, manando de las crispadas fauces de un sátiro; y él que estaba alli sentado, sin moverse... Cual pálido trasunto de aquel que en la profunda lejanía, en las mismas puertas del pedregoso yermo, permanecía asi también, sentado y sin moverse, bajo los ardientes rayos del sol.

 

V.

Y hete aquí que hubo de llamar a Lázaro a su palacio, el propio divino Augusto. Vistieron suntuosamente a Lázaro, con solemnes atavíos nupciales, como si el tiempo los legitimase y hasta el fín de sus días hubiese de seguir siendo el navío de una novia ignorada. Parecía como si a un viejo y podrido féretro que ya empezaba a pudrirse y deshacerse, le hubiesen dado capa de oro y colgádole nuevos y alegres cascabeles. Y triunfalmente llevándolo entre todos, todos ataviados y brillantes, cual si de verdad fuese aquel un viaje de bodas y trompeteaban los batidores en sus trompetas pidiendo paso para el legado del emperador. Pero desiertos estaban los caminos de Lázaro; su país entero maldecía ya el nombre del resucitado y el pueblo huía al solo anuncio de su aproximación terrible. Las trompetas eran las únicas que sonaban y el desierto les respondía con sus largos ecos.

 

Lleváronlo luego por el mar. Y fué el mas lujoso y el mas triste navío, que jamás se hubiese reflejado en las ondas del Mediterráneo. Muchos pasajeros iban a bordo de él, pero resultaba silencioso como una tumba y parecía cual si llorase el agua, al hendirla la aguda y esbelta proa. Solo iba allí sentado Lázaro, expuesta al sol la frente; escuchaba el rumor de las olas y callaba mientras lejos de él, en confuso enjambre de tristes sombas, sentábanse y bostezaban marineros y embajadores. Si en aquellos momentos hubiese estallado una tempestad y desgarrado el viento las rojas velas, es seguro que el bajel habríase hundido, sin que ninguno de los que a bordo llevaba hubiese tenido fuerzas ni deseo de luchar por su vida. Haciendo un supremo esfuerzo, asomábanse algunos a la borda y fijaban ansiosos la vista en el azul, diáfano abismo... ¿No se deslizarían por entre las ondas los hombros rosados de una náyade?... ¿no retozaría en ellas, levantando con sus cascos ruidosos surtidores, algún ebrio centauro, loco de alegria? Pero desierto estaba el mar y mudo y vacío el ecuóreo abismo.

 

Indiferente recorrió Lázaro las calles de la ciudad eterna. Habríase dicho que toda su riqueza, sus grandes edificios, erigidos por titanes, todo aquel brillo y. belleza de un vivir refinado..., eran para él apenas otra cosa que el eco del viento en el desierto, el reflejo de las muertas inestables arenas. Rodaban las carrozas, pasaban densos grupos de gentes recias, gallardas, bellas y altivas, fundadoras de la ciudad eterna y orgullosas partícipes de su vida; sonaban canciones..., reían las fuentes y las mujeres con su risa perlada..., filosofaban los borrachos... y los que no lo estaban escuchaban sus discursos, y los cascos de los corceles aporreaban a más y mejor las piedras del pavimento. Y rodeado por doquiera de alegre rumor, cual un frío manchón de silencio, cruzaba la ciudad el sombrio, pesado Lázaro, sembrando a su paso el desánimo, sombra y una vaga, consuntiva pena.

 

¿Quién se atreve a estar triste en Roma? —murmuraban los ciudadanos y fruncian el ceño; pero ya, al cabo de dos dias, nadie ignoraba en la curiosa Roma al milagrosamente resucitado y con terror se apartaban de él.

 

Pero también allí habia muchos osados que querían probar sus fuerzas y Lázaro acudia dócilmente a sus imprudentes llamadas. Ocupado en los asuntos de Estado, tardó el emperador en recibirlo y por espacio de siete dias enteros anduvo el milagrosamente resucitado por entre la muchedumbre. Y una vez hubo de llegarse Lázaro a un alegre borracho y éste riendo con sus rojos labios, lo saludó diciendo:

 

—iVen acá, Lazaro, y bebe!... ¡Que Augusto no podrá contener la risa, cuando te vea borracho!

 

Y reían aquellas mujeres desnudas, borrachas, y ponían pétalos de rosa en las azulosas manos de Lázaro. Pero no bien fijaban los borrachos sus ojos en los ojos de Lázaro... ya se había acabado para siempre su alegría. Toda su vida seguian ya borrachos; no bebian ya, pero no se les pasaba la jumera... y en vez de esa jovial locuacidad que el vino infunde, sueños espantables ensombrecían sus mentes infelices. Sueños horribles venian a ser el único pábulo de sus almas desatentadas. Sueños horribles, lo mismo de noche que de dia, tenian los cautivos de sus monstruosos engendros y la muerte misma era menos horrible que aquellos sus fieros pródromos. Pasó una vez Lázaro por delante de una parejita de jóvenes, que se amaban y eran bellísimos en su amor. Estrechando ufano y recio entre sus brazos a su amada, dijo el joven con honda compasión:

 

—Miranos, Lazaro, y alégrate con nosotros. ¿Hay acaso en la vida algo más poderoso que el

amor?

 

Y miró Lázaro. Y toda su vida siguieron ellos amándose, pero su amor se les volvió triste y sombrío cual aquellos cipreses sepulcrales, cuyas raices se nutren de la podredumbre de las tumbas y cuyas agudas y negras copas tiéndense afanosamente al cielo en la plácida hora vespertina. Lanzados por la misteriosa fuerza de la vida uno en brazos del otro, iban sus besos mezclados con lágrimas, su placer, con dolor, y ambos sentíanse como dos esclavos; cual dos sumisos esclavos de la vida exigente y servidores sin rechistar de la amenazante silenciosa Nada. Eternamente unidos, eternamente separados, chisporroteaban como chispas y como chispas se apagaban en la ilimitada oscuridad.

 

Y pasó Lazaro junto a un orgulloso sabio y el sabio le dijo:

 

—Yo ya sé todo cuanto puedas decir de horrible, Lázaro... ¿Con qué podrías tu asustarme ya?

 

Pero al cabo de breve tiempo, ya sintió el sabio que conocer lo horrible... no es todavía lo horrible y que la visión de la muerte... no es todavía la muerte. Y sintió asimismo que la sabiduria y la necedad vienen a ser iguales ante la faz de lo Infinito, porque el Infinito no sabe nada de ellas. Y borróse el lindero entre vision y ceguera, entre verdad y mentira, entre el arriba y el abajo, y su pensamiento informe quedóse colgando en el vacio. Y entonces llevóse el sabio las manos a la cana cabeza y clamó, desolado:

 

—¡Ay, que no puedo pensar! ¡Que no puedo pensar!

 

Así perecía, ante la mirada indiferente del milagrosamente resucitado, todo cuanto contribuye a afianzar la vida, el pensamiento y su gozo. Y empezaron los hombres a decir que era peligroso Ilevarlo a presencia del emperador y que era preferible matarlo y enterrarlo en secreto y decirle al César que había desaparecido no se sabía dónde. Y ya se afilaban los cuchillos y jóvenes leales al poder de la vida, apréstabanse con abnegación al homicidio... Cuando Augusto mandó que a la mañana siguiente le llevasen a Lázaro y con ello frustró aquellos planes crueles. Pero ya que era imposible eliminar del todo a Lázaro acordaron los cortesanos atenuar por lo menos la penosa impresión que producía su rostro. Y a ese fin, reunieron hábiles artistas que, toda la noche trabajaron modelando la cabeza de Lázaro. Le recortaron las barbas, y se las rizaron, dándoles una apariencia grata y bella. Desagradable resultaba aquel mortal viso azul de sus brazos y su cara y con colorete se lo quitaron; blanqueáronle las manos y le arrebolaron las mejillas. Repelentes resultaban aquellas arrugas que el sufrimiento marcara en su rostro senil y se las quitaron y borraron del todo y sobre aquel fondo limpio grabáronle con finos pinceles Ias arrugas de una benévola risa y de.una jovialidad simpática y bonachona.

 

Con absoluta indiferencia sometióse Lázaro a cuanto quisieron hacerle y quedó pronto convertido en un anciano naturalmente gordo, guapo, apacible y cariñoso abuelo de numerosos nietos. Aún no huyera de sus labios la sonrisa con que contara divertidos chascarrillos, aún perduraba en el rabillo del ojo una mansa ternura senil... tal hacía pensar. Pero a quitarle sus vestiduras nupciales, no se atrevieron, como tampoco lograron cambiarle los ojos..., aquellos cristalillos opacos y terribles, al trasluz de los cuales miraba a las gentes el propio inescrutable Allá.

 

 

 

 

VI.

No impresionaron a Lázaro lo mas mínimo los imperiales aposentos. Cual si no advirtiese la diferencia entre su derruída casa, a cuyos umbrales llegaba el desierto, y aquel sólido y bello palacio de mármol...; con esa misma indiferencia miraba y no miraba, al pasar.

 

Y los recios pisos de mármol parecian volverse bajo sus pies semejantes a las rnovedizas arenas del yermo y aquella muchedumbre de gentes bien vestidas y arrogantes convertíase en algo así como la vacuidad del aire, bajo su mirada. No lo miraban a los ojos al pasar, temiendo quedar sometidos al terrible poder de sus pupilas; pero cuando por el pesado ruido de sus pisadas sentían que ya pasaba de largo... erguían la frente y con medrosa curiosidad contemplaban la figura de aquel anciano sombrio, corpulento, levemente encorvado, que despacio se adentraba en el propio corazón del imperial palacio.

 

Si la muerte misma hubiera pasado ante ellos, no los hubiera aterrado más; porque hasta entonces sólo los muertos habían conocido a la muerte, y los vivos sólo de la vida habian, y no había puente alguno entre una y otra. Pero aquel hombre extraordinario conocia a la muerte y tenia una significación ambigua y terriblemente maldita. —¡Va a matar a nuestro grande, divino Augusto!— pensaban los cortesanos llenos de pavor y lanzaban impotentes maldiciones a la zaga de Lázaro, el cual lentamente y con indiferencia absoluta seguía adelante, adentrándose cada vez más en las honduras del palacio.

 

Ya estaba también informado el Cesar de la clase de hombre que era Lazaro, y aprestábase a recibirlo. Pero era hombre varonil, sentía toda la magnitud de su enorme e invencible poder y en su fatal entrevista a solas con el milagrosamente resucitado no quería apoyarse en la débil ayuda de la gente. Solo con él, cara a cara los dos, recibió el Cesar a Lázaro.

 

—No levantes hasta mí tu mirada, Lazaro —ordenóle cuando aquél entró en la cámara. Me han dicho que tu rostro es semejante al de Medusa y que conviertes en piedra a quien miras. Pero yo quiero mirarte a ti y hablar contigo antes que me conviertas en piedra —añadió con imperial jovialidad, no exenta de terror.

 

Y llegándose a Lázaro contempló de hito en hito su rostro y sus extranas vestiduras nupciales. Y padeció el engaño del artístico aliño, aunque su mirar seguía siendo agudo e insolente.

 

—¡Vaya! Al parecer, no tienes nada de espantoso, respetable anciano. Pero tanto peor para la gente el que lo horrible asuma tan respetable y simpático aspecto. Hablemos ahora.

 

Sentóse Augusto e interrogando con la mirada tanto como con la palabra, inició el diálogo:

 

—¿Por que no me has saludado, al entrar?

 

Lázaro con indiferencia, contestóle:

 

—No sabia que hubiera que hacerlo.

—Pero ¿quién eres tú?

 

Con cierto esfuerzo respondió Lázaro:

 

—Yo he sido un muerto.

—Bien. Ya lo he oído decir. Pero y ahora ¿quién eres?

 

Lázaro tardó en responder y al cabo repitió con indiferencia y vaguedad:

 

—Yo he sido un muerto.

—Escúchame, desconocido —dijo el emperador, expresando clara y severamente lo que ya antes pensara— mi imperio es un imperio de vivos; mi pueblo, un pueblo de vivos y no de muertos. Y tú estás de más aquí. No se quien seas, no se lo que allí hayas visto...; pero si mientes, abominaré de tu mentira; y si dices verdad..., abominaré de tu verdad. Siento en mi pecho el palpitar de la vida; en mis manos, el poder... Y mis altivos pensamientos, igual que las águilas, recorren con sus alas el espacio. Y allí, a mis espaldas, bajo la salvaguardia de mi poderío, bajo las redes de las leyes por mí promulgadas, viven y trabajan y se alegran los hombres. ¿No oyes esta portentosa armonia de la vida? ¿No oyes ese grito de guerra que lanzan las gentes a la faz del que pasa, provocándole a lucha?

 

Augusto extendió los brazos en actitud de rezo y solemnemente exclamó:

 

—¡Bendita seas, grande, divina vida!

 

Pero Lázaro callaba; y con severidad creciente, continuó el emperador:

 

—Tú estás de más aquí. Tú, despojo lamentable, medio roído por la muerte, infundes a los hombres tristeza y aversión a la vida; tú, como la oruga de los campos, devoras la pingüe mies de la alegria y dejas la baba de la desesperación y el encono. Tu verdad es semejante al puñal tinto en sangre de nocturno asesino... y como a un asesino voy a entregarte al verdugo. Pero antes quiero mirarte a los ojos. Puede que solo a los cobardes metan miedo y a los valientes les despierten ansias de combate y victoria..., y, si asi fuere, no serás digno del suplicio, sino de un premio... Mírame también tu a mí, Lázaro.

 

Y al principio parecióle al divino Augusto que era un amigo el que lo miraba... que así era de mansa, de tiernamente halagadora la mirada de Lázaro. No terror, sino una dulce serenidad prometía, y a una tierna amante, a una compasiva hermana... o madre parecíase lo Infinito. Pero sus abrazos volvíanse cada vez mas fuertes y ya la respiración faltábale a los labios ávidos de besos y ya por entre el suave talle del cuerpo asomaban los férreos huesos, apretados en férreo círculo... y unas garras de no se sabia quién rozaban el corazon y en él se clavaban.

 

—¡Oh, que dolor! —exclamó el divino Augusto—.¡Pero mira, Lazaro, mira!

 

Lentamente abrióse una pesada puerta, cerrada de siglos y por el creciente resquicio, entróse fría y tranquilamente el amenazante horror de lo Infinito. Y he aquí que como dos sombras penetraron alli el inabarcable vacio y la inabarcable tiniebla, y apagaron el sol; lleváronse la tierra de debajo de los pies y la techumbre de sobre las cabezas. Y dejó de doler el desgarrado corazon.

 

—Mira, mira, Lazaro —ordenó Augusto, tambaleándose.

 

Detúvose el tiempo y terriblemente se juntaron el principio y el fin de toda cosa. Aún recién levantado el trono, de Augusto derrumbóse y ya el vacío vino a ocupar el lugar del trono y de Augusto. Sin duda alguna, desplomóse Roma y una nueva ciudad vino a ocupar su puesto y también, a su vez, se la tragó el vacío. Cual colosales espectros, caían y desaparecían en el vacío ciudades, imperios y países y con indiferencia se los tragaban, sin hartarse, las negras fauces de lo Infinito.

 

—Deténte —ordenó el emperador. Y ya en su voz vibraba la indiferencia e inertes colgaban sus manos y en su afanosa lucha con la creciente tiniebla encendíanse y se apagaban sus aquilinos ojos.

—Me has matado, Lázaro —dijo de un modo vago y bostezante.

 

Y aquellas palabras de desesperanza lo salvaron. Acordóse del pueblo, a cuya defensa venía obligado y un agudo, salvador dolor penetró en su corazón agonizante.

 

—¡Condenados a perecer! —pensó con pena—. Sombras luminosas en la tiniebla de lo infinito —pensó con espanto— frágiles arterias con hervorosa sangre, corazones que saben del dolor y la gran alegria, pensó con ternura.

 

Y asi pensando y sintiendo, inclinando la balanza ya del lado de la vida, ya del lado de la muerte, volvióse con lentitud a la vida para en sus dolores y sus goces, encontrar amparo contra las tinieblas del vacio y el espanto de lo Infinito.

 

—¡No; no me has matado, Lazaro! —dijo con firmeza— ipero yo voy a matarte a tí! ¡Ven aca!

 

Aquella noche, comió y bebió con especial fruición el divino Augusto. Más de cuando en cuando flaqueábale en el aire la levantada mano y un opaco brillo deslucía el radiante fulgor de sus ojos aquilinos... otras el horror corríale en doloroso calofrio por las piernas. Vencido, pero no muerto, esperando friamente su hora, cual una negra sombra permaneció toda su vida a su cabecera, imperando por las noches y cediendo dócilmente los claros dias, a los sufrimientos y goces del vivir. Al dia siguiente, por orden del emperador, con un hierro candente quemáronle a Lázaro los ojos y lo volvieron a su tierra. A quitarle la vida no fué osado el divino Augusto.

 

*******

 

Volvió Lazaro a su desierto y acogiólo el desierto con sus vientos de alentar sibilante y su calcinante sol. De nuevo se sentó sobre la piedra, levantando a lo alto sus greñudas barbas salvajes y dos negros huecos en lugar de sus quemados ojos, miraban estúpida y terriblemente al cielo. En la lejanía, zumbaba y rebullíase inquieta la ciudad santa; pero en su proximidad todo estaba yermo y mudo; nadie se acercaba al lugar donde dejaba correr los dias el milagrosamente resucitado y hacia ya mucho tiempo que los vecinos abandonaran su casa.

 

Traspasado por el hierro candente hasta lo hondo del meollo, su maldita fama manteníase allí como en emboscada; como desde una emboscada lanzaba él miles de ojos invisibles sobre el hombre ... Y ya no osaba nadie mirar a Lázaro.

Pero al atardecer, cuando enrojeciendo y guiñando, declinaba el Sol hacia su ocaso, lentamente íbase tras él el ciego Lázaro. Tropezaba con los guijos y caía, obeso y débil; a duras penas se levantaba y seguia andando; y sobre el rojo fondo del poniente, su negro torso y sus tendidos brazos, dábanle un prodigioso parecido con la cruz.

Y sucedió que salió un dia al desierto y ya no volvió más. Así por lo visto, acabó la segunda vida de Lázaro, el que había pasado tres dias bajo el misterioso poder de la muerte y resucitado milagrosamente después.

 

Ben Tovit - Leónidas Andréiev  (Rusia, 1871-1919)

 

El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día, el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un dolor horrible de muelas.

Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero después de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso, negocio que le puso de buen humor.

Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto. No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de volver a dormirse, pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo, más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota de sudor frío.

Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida del sol; de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.

Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus terribles sufrimientos.

La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.

El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por breve tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante los escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir que se iba a romper la cabeza contra la pared.

Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:

-Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.

-¡Déjame en paz! -respondió colérico Ben-Tovit-. ¿No ves lo que sufro?

Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado, la mano en la mejilla, miró hacia abajo.

A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden, una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos, centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los soldados romanos. Uno de los condenados -el que tenía largos cabellos rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas- tropezó en una piedra que le habían tirado y cayó.

Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con sus olas la superficie de un islote.

Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole un bledo cuanto sucedía en la calle.

-¡Dios mío, cómo gritan! -gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas, con las muelas no atormentadas por el dolor.

A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la cabeza y a lanzar gritos.

-Cuentan que curaba a los ciegos -dijo su mujer, que no se apartaba de la barandilla ni dejaba de mirar abajo.

Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba lentamente, medio muerto ya a latigazos.

-¡Tonterías! -respondió Ben-Tovit con acento burlón-. ¡Si posee, en efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!

Y tras un corto silencio añadió:

-¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño! Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!

Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo aseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir cosas agradables.

Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñó su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a propósito del cuadrúpedo.

Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió a Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:

-¡Dios mío! ¡Es terrible!

A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula inferior.

Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba, semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.

La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.

Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovit cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovit experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen que se acababa de cometer sobre la tierra.

FIN

¿NO HAY OTRO LUGAR DONDE PODAMOS ENCONTRARNOS?

  E ra una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y ap...